70 - Jon

El viento que soplaba en el establo era un aliento frío de muerte en el rostro, pero Jon no le prestó atención. Ató el rollo a la silla, pese a la torpeza y rigidez de los dedos heridos.
—Fantasma —susurró—. Conmigo. —Y el lobo acudió, con sus ojos como brasas.
—Jon, por favor, no lo hagas.
Montó, cogió las riendas con una mano, e hizo que el animal se volviera hacia la noche. Samwell Tarly estaba ante la puerta del establo, la luna llena asomaba por encima del hombro. La sombra que proyectaba era inmensa y negra, como la de un gigante.
—Apártate de mi camino, Sam.
—No puedes, Jon —dijo el muchacho—. No te lo permitiré.
—Preferiría no tener que hacerte daño —dijo Jon—. Apártate a un lado, o te arrollaré.
—No me lo creo. Por favor, tienes que hacerme caso...
Jon picó espuelas, y la yegua emprendió el galope hacia la puerta. Sam se mantuvo firme un instante, con la cara tan pálida y redonda como la luna a su espalda, la boca abierta en una inmensa «o» de sorpresa. En el último momento, cuando ya casi estaba sobre él, saltó a un lado, como Jon había sabido que haría, tropezó y cayó al suelo. La yegua saltó por encima de él y salió a la noche.
Jon se echó sobre la cabeza la capucha de la gruesa capa y encaminó a la yegua en la dirección correcta. Se alejó a caballo del Castillo Negro, que estaba sumergido en el silencio. Fantasma corría a su lado. Sabía que había hombres de guardia sobre el Muro, pero miraban siempre hacia el norte, no hacia el sur. Nadie lo vería partir, sólo Sam Tarly, que todavía estaría en los viejos establos, intentando ponerse en pie. Esperaba que Sam no se hubiera hecho daño en la caída. Era tan gordo y torpe que sería propio de él romperse una muñeca o torcerse un tobillo.
—Se lo advertí —dijo Jon en voz alta—. Además, no tenía por qué entrometerse.
Flexionó los dedos de la mano herida mientras cabalgaba, abriéndolos y cerrándolos. Le seguían doliendo, pero al menos ya le habían quitado las vendas.
La luz de la luna se derramaba sobre las colinas mientras Jon recorría los recovecos del camino real. Tenía que alejarse lo máximo posible del Muro antes de que se dieran cuenta de que se había marchado. Al amanecer, se apartaría del camino y cabalgaría a campo traviesa, entre prados, arbustos y arroyos, para evitar a los perseguidores. Pero de momento la velocidad tenía más valor que la discreción. No era como si no pudieran imaginar hacia dónde se dirigía.
El Viejo Oso estaba acostumbrado a levantarse con las primeras luces del alba, de manera que Jon tenía hasta el amanecer para poner tantas leguas como pudiera entre él y el Muro... todo eso si Sam Tarly no lo traicionaba. El muchacho gordo era obediente, y se amedrentaba con facilidad, pero quería a Jon como a un hermano. Si lo interrogaban diría la verdad, no le cabía duda, pero no se lo imaginaba enfrentándose a los guardias de la Torre del Rey para despertar a Mormont.
Al ver que Jon no acudía para recoger en la cocina el desayuno del Viejo Oso, irían a buscarlo a su celda, y se encontrarían a Garra encima de la cama. Le había costado mucho dejarla allí, pero no había perdido el sentido del honor hasta el punto de llevársela. Ni siquiera Jorah Mormont había hecho semejante cosa cuando huyó deshonrado. Sin duda Lord Mormont encontraría a alguien más digno de tal espada. Al pensar en el anciano, Jon se sentía muy mal. Sabía que su deserción sería como un puñado de sal sobre la herida aún abierta de la deshonra de su hijo. No podía haber peor manera de pagarle su confianza, pero era inevitable. Hiciera lo que hiciera, Jon sentía que estaba traicionando a alguien.
Ni siquiera en aquel momento estaba seguro de hacer lo más honorable. Para los sureños era más sencillo. Podían hablar con sus septons, alguien les decía cuál era la voluntad de los dioses y los ayudaba a distinguir el bien del mal. Pero los Stark adoraban a los antiguos dioses, los dioses sin nombre, y quizá los árboles corazón escucharan, pero no hablaban.
Cuando las luces del Castillo Negro se perdieron de vista, Jon se permitió aminorar la marcha. Le quedaba un largo camino por delante, y sólo disponía de un caballo. En las aldeas y granjas podría cambiar la yegua por un caballo descansado, pero no si estaba herida o reventada.
También tendría que buscarse ropas nuevas, mejor dicho, robarlas. Iba vestido de negro de los pies a la cabeza: botas altas de montar, polainas de tejido basto, túnica, chaleco de cuero, capa gruesa de lana... Hasta la espada larga y la daga iban en vainas de piel de topo negro, y la cota de mallas que llevaba colgada de la silla era negra. Si lo apresaban, cualquiera de aquellas prendas supondría su muerte. Los pueblos y aldeas al norte del Cuello recibían con desconfianza a cualquier forastero vestido de negro, y pronto habría hombres persiguiéndolo. Jon sabía que, cuando los cuervos del maestre Aemon emprendieran el vuelo, no habría refugio para él. Ni siquiera en Invernalia. Bran querría dejarlo entrar, pero el maestre Luwin era más sabio. Atrancaría las puertas y le negaría la entrada, como debía ser. Era mejor no pasar por allí.
Pero, en su mente, veía claro y diáfano el castillo, como si hubiera salido de él el día anterior: las altas murallas de granito, el salón principal con los olores del humo, los perros y la carne asada, las habitaciones de su padre, la habitación de la torre que había sido su dormitorio... Una parte de él deseaba más que nada en el mundo volver a oír la risa de Bran, comer una de las empanadas de carne de Gage, y oír los cuentos de la Vieja Tata sobre los niños del bosque y Florian el Bufón.
Pero no había huido del Muro para eso. Se había marchado porque era hijo de su padre y hermano de Robb. Una espada regalada, aunque fuera tan bella como Garra, no hacía de él un Mormont. Tampoco era Aemon Targaryen. El anciano había tenido que decidir en tres ocasiones, y en tres ocasiones había optado por el honor, pero había sido su decisión. Ni siquiera en aquellos momentos sabía Jon si el maestre se había quedado porque era débil y cobarde, o porque era fuerte y honorable. Pero comprendía lo que le había contado sobre el dolor de elegir. Lo comprendía demasiado bien.
Tyrion Lannister aseguraba que la mayoría de los hombres prefería negar una verdad dolorosa antes que enfrentarse a ella, pero Jon estaba harto de negar cosas. Era quien era, Jon Nieve, bastardo y fugitivo, sin madre, sin amigos, perseguido. Durante el resto de su vida, durase lo que durase, sería un forajido, un hombre silencioso que se ampararía en las sombras sin atreverse a pronunciar su verdadero nombre. En los Siete Reinos, fuera a donde fuera, tendría que vivir en la mentira, o cada hombre sería su enemigo. Pero eso no importaba, nada importaba, siempre que viviera lo suficiente para ocupar el lugar que le correspondía al lado de su hermano, y ayudara a vengar a su padre.
Recordó a Robb tal como lo había visto por última vez, de pie en el patio, con la nieve derritiéndosele sobre el cabello castaño. Jon tendría que acercarse a él en secreto, disfrazado. Trató de imaginar la cara que pondría Robb cuando le descubriera su personalidad. Su hermano sacudiría la cabeza, y sonreiría, y le diría... le diría...
No conseguía visualizar la sonrisa. Por mucho que lo intentaba, no la veía. En cambio, recordaba al desertor que su padre había decapitado el día que encontraron los lobos huargos. «Pronunciaste un juramento —le había dicho Lord Eddard—. Hiciste votos ante tus hermanos, ante los antiguos dioses y ante los nuevos.» Desmond y Tom el Gordo arrastraron al hombre hasta el tocón. Bran tenía los ojos abiertos como platos, y Jon tuvo que recordarle que controlara su poni. Recordaba la expresión en la cara de su padre cuando Theon Greyjoy le tendió a Hielo, la lluvia de sangre sobre la nieve, la manera en que Theon había pateado la cabeza cuando llegó rodando a sus pies.
Se preguntó qué habría hecho Lord Eddard si el desertor hubiera sido su hermano Benjen, en vez de aquel desconocido harapiento. ¿Habrían cambiado las cosas? Seguro que sí, sin duda, sin duda... Y Robb le daría la bienvenida, desde luego. Era necesario. Si no...
No quería ni siquiera pensarlo. El dolor le palpitó en lo más profundo de los dedos cuando agarró las riendas. Picó espuelas y salió al galope camino real abajo, como para escapar de sus dudas. Jon no temía a la muerte, pero no quería morir de aquella manera, maniatado y decapitado como un vulgar criminal. Si había de perecer, que fuera con una espada en la mano, luchando contra los asesinos de su padre. No era un Stark, nunca lo sería... pero podía morir como un Stark. Que los hombres dijeran que Eddard Stark había engendrado cuatro hijos, no tres.
Fantasma se mantuvo a su altura casi un kilómetro, con la lengua roja colgando entre los dientes. Hombre y caballo bajaron la cabeza cuando Jon pidió al animal más velocidad. Pero el lobo aminoró la marcha y se detuvo, los ojos le brillaban rojos a la luz de la luna. Se quedó atrás y desapareció, pero Jon sabía que lo seguiría a su ritmo.
Entre los árboles, más adelante, a ambos lados del camino, brillaban algunas luces dispersas: Villa Topo. Un perro empezó a ladrar, y oyó a una mula en los establos, pero aparte de eso el pueblo estaba en silencio. Aquí y allá, el brillo de los fuegos en las chimeneas salía por las hendiduras de los postigos de las ventanas, pero sólo en unos pocos puntos.
Villa Topo era más grande de lo que parecía, porque tres cuartas partes del pueblo estaban bajo tierra, en sótanos profundos y cálidos conectados por un laberinto de túneles. Hasta el prostíbulo estaba allí abajo, en la superficie no había más que una choza del tamaño de una letrina, con una lámpara roja colgada de la puerta. En el Muro, los hombres llamaban a aquellas prostitutas «tesoros enterrados». ¿Cuántos de sus hermanos negros estarían allí aquella noche, explotando la mina? Eso también iba contra el juramento, pero por lo visto a nadie le importaba.
Hasta que no pasó de largo del pueblo, Jon no volvió a aminorar la marcha. Tanto él como la yegua estaban ya empapados de sudor. Desmontó, tiritando; la mano quemada le dolía mucho. Bajo los árboles había una zona con nieve derritiéndose, que brillaba a la luz de la luna, mientras el agua goteaba para formar pequeños charcos. Jon se acuclilló, juntó las manos y cogió un puñado. Estaba fría como el hielo. Bebió y se lavó la cara hasta que sintió como agujas en las mejillas. Los dedos le palpitaban más que desde hacía muchos días, y también notaba un latido sordo en la cabeza.
«Estoy haciendo lo correcto —se dijo—. Entonces, ¿por qué me siento tan mal?»
La yegua parecía cansada, de manera que Jon la cogió por las riendas y avanzó un rato a pie. El camino era tan estrecho que dos hombres a caballo no habrían podido pasar a la vez más que con muchas dificultades, y estaba salpicado de piedras y cortado por diminutos arroyos. Montar al galope había sido una verdadera tontería, había corrido el riesgo de romperse el cuello. Jon se preguntó por qué se habría comportado así. ¿Tanta prisa tenía por morir?
A lo lejos, entre los árboles, el grito distante de algún animal asustado le hizo levantar la vista. La yegua relinchó, nerviosa. ¿Habría cazado ya el lobo? Se puso las manos en torno a la boca.
—¡Fantasma!—gritó—. ¡Fantasma, conmigo!
No obtuvo más respuesta que un batir de alas tras él, cuando un búho alzó el vuelo.
Jon siguió la marcha con el ceño fruncido. Tiró de la yegua durante media hora, hasta que el sudor del animal se secó. Fantasma no apareció. Jon montó y cabalgó de nuevo, pero la desaparición del lobo lo preocupaba.
—¡Fantasma! —llamó de nuevo—. ¿Dónde estás? ¡Conmigo! ¡Fantasma!
En los bosques no había animal que pudiera asustar a un lobo huargo, ni siquiera a uno que no había alcanzado el tamaño de la madurez, a excepción de... No, Fantasma era demasiado listo para atacar a un oso. Y si hubiera por allí alguna manada de lobos, Jon ya habría escuchado los aullidos.
Decidió hacer una parada para comer, así se le asentaría el estómago, y Fantasma tendría tiempo para alcanzarlo. Aún no corría peligro, el Castillo Negro seguía durmiendo. Sacó de las alforjas una galleta, un trozo de queso y una manzanita arrugada. También llevaba algo de carne salada, y un trozo de panceta que había hurtado de la cocina, pero prefería reservar la carne para el día siguiente. Cuando se le acabara, tendría que cazar, y eso lo obligaría a ir más despacio.
Jon se sentó bajo los árboles y se comió la galleta y el queso, mientras la yegua pastaba por los bordes del camino real. Dejó la manzana para el final. Se había puesto un poco blanda, pero la pulpa era ácida y jugosa. Ya sólo le quedaba el corazón cuando oyó los sonidos: caballos, y procedentes del norte. Jon se puso en pie con rapidez y caminó hasta la yegua. ¿Podría escapar al galope? No, estaban demasiado cerca, sin duda lo oirían, y si procedían del Castillo Negro...
Tiró de las riendas de la yegua y la guió hasta situarla detrás de unos cuantos centinelas color gris verdoso.
—Tranquila —susurró, al tiempo que se acuclillaba para mirar por entre las ramas más bajas.
Si los dioses eran generosos, los jinetes pasarían de largo. Probablemente no fueran más que aldeanos de Villa Topo, o granjeros de camino hacia sus campos, aunque, ¿qué hacían allí a medianoche...?
Prestó atención al sonido de los cascos, que se acercaban cada vez más por el camino real. A juzgar por el ruido eran al menos cinco o seis. Las voces empezaron a llegar entre los árboles.
—... ¿Seguro que ha venido por aquí?
—No podemos estar seguros.
—Por lo que sabemos, igual se ha ido hacia el este. O ha salido del camino para atajar por el bosque. Es lo que haría yo.
—¿En la oscuridad? Idiota. Te romperías el cuello al caerte del caballo, o acabarías de vuelta en el Muro cuando amaneciera.
—No es verdad. —Grenn parecía enfurruñado—. Yo cabalgaría hacia el sur. Se sabe dónde está el sur por las estrellas.
—¿Y si hubiera nubes? —preguntó Pyp.
—Entonces no cabalgaría.
—¿Sabéis dónde estaría yo en su lugar? —intervino otra voz—. En Villa Topo, buscando tesoros enterrados.
La risa chillona de Sapo retumbó entre los árboles. La yegua de Jon resopló.
—Callaos todos —dijo Halder—. Me parece que he oído algo.
—¿Por dónde? Yo no he oído nada.
Los caballos se detuvieron.
—Es que tú no oyes ni los pedos que te tiras.
—Sí que los oigo —insistió Grenn.
—¡Callaos!
Todos se quedaron en silencio, escuchando. Jon descubrió que estaba conteniendo el aliento. «Sam», pensó. No había despertado al Viejo Oso, pero tampoco se había ido a la cama, sino que había despertado a los demás chicos. Malditos fueran todos. Si llegaba el amanecer y no estaban en sus lechos, a todos los condenarían por desertores. ¿Qué se creían que hacían?
El silencio pareció prolongarse una eternidad. Desde el lugar donde estaba acuclillado, Jon alcanzaba a ver las patas de los caballos entre las ramas.
—¿Qué has oído? —preguntó Pyp al final.
—No lo sé —reconoció Halder—. Me pareció un ruido. Puede que fuera un caballo, pero...
—Aquí no hay nada.
Jon vio por el rabillo del ojo una forma blanca que se movía entre los árboles. Las hojas crujieron, y Fantasma salió como una centella de entre las sombras. Fue tan repentino que la yegua se sobresaltó y relinchó.
—¡Ahí! —exclamó Halder.
—¡Yo también lo he oído!
—Traidor —dijo Jon al lobo, al tiempo que montaba a caballo. Hizo girar a la yegua para escabullirse entre los árboles, pero antes de que avanzara ni tres metros ya los tenía encima.
—¡Jon! —le gritó Pyp.
—¡Para! ¡No puedes escapar de todos!
—Marchaos —dijo Jon dando media vuelta mientras desenvainaba la espada—. Volved. No quiero haceros daños, pero si me obligáis...
—¿Uno contra siete? —Halder hizo una señal. Los chicos rodearon a Jon.
—¿Qué queréis de mí? —rugió el muchacho.
—Queremos llevarte de vuelta al lugar donde debes estar —replicó Pyp.
—Debo estar al lado de mi hermano.
—Ahora nosotros somos tus hermanos —dijo Grenn.
—Si te cogen te cortarán la cabeza, ya lo sabes —intervino Sapo con una risita nerviosa—. ¡Qué estupidez, una cosa así sólo la haría el Uro!
—Mentira —replicó Grenn—. Yo no soy ningún perjuro. Pronuncié el juramento, y lo dije en serio.
—Yo también —replicó Jon—. Pero, ¿no lo comprendéis? Han matado a mi padre. Es la guerra. Mi hermano Robb está luchando en las tierras de los ríos...
—Lo sabemos —dijo Pyp con solemnidad—. Sam nos lo ha contado todo.
—Sentimos mucho lo de tu padre —dijo Grenn—, pero eso no importa. Una vez pronuncias el juramento, pase lo que pase no te puedes marchar.
—Tengo que hacerlo —dijo Jon, fervoroso.
—Pronunciaste el juramento —le recordó Pyp—. «Ahora empieza mi guardia. No terminará hasta el día de mi muerte.»
—«Viviré y moriré en mi puesto» —añadió Grenn, asintiendo con la cabeza.
—No tenéis que recordarme el juramento, me lo sé tan bien como vosotros. —Jon estaba enfadado. ¿Por qué no dejaban que se marchara en paz? Lo único que conseguían era que le resultase más duro.
—«Soy la espada en la oscuridad» —entonó Halder.
—«Soy el vigilante del muro» —siguió Sapo.
Jon los maldijo a todos, pero no le hicieron caso. Pyp se acercó más a caballo, sin dejar de recitar.
—«Soy el fuego que arde contra el frío, la luz que trae el amanecer, el cuerno que despierta a los durmientes, el escudo que defiende los reinos de los hombres.»
—No te acerques —le advirtió Jon, al mismo tiempo que blandía la espada—. Lo digo en serio, Pyp.
Ninguno de ellos llevaba armadura, si era necesario los podía hacer pedazos.
Matthar había situado su caballo tras él, y se unió al coro.
—«Entrego mi vida y mi honor a la Guardia de la Noche.»
Jon picó espuelas y obligó a la yegua a girar en círculo. Sus amigos lo rodeaban, se acercaban por todos lados. Halder avanzó trotando desde la izquierda.
—«Durante esta noche...»
—«... y todas las que estén por venir» —terminó Pyp. Tendió la mano para coger las riendas de Jon—. Así que tendrás que elegir: mátame, o regresa conmigo.
Jon alzó la espada... y la volvió a bajar, impotente.
—Maldito seas —dijo—. Malditos seáis todos.
—¿Tenemos que atarte las manos, o nos das tu palabra de que volverás tranquilamente? —preguntó Halder.
—No voy a escapar, si te refieres a eso. —Fantasma salió de entre los árboles, y Jon lo miró—. Menuda ayuda has sido.
Los profundos ojos rojos lo miraron, llenos de inteligencia.
—Más vale que nos demos prisa —dijo Pyp—. Si no estamos de vuelta antes del amanecer, el Viejo Oso nos cortará la cabeza a todos.
Jon apenas recordaría nada del viaje de regreso. Le pareció más corto que el de ida, tal vez porque su mente estaba muy lejos. Pyp se encargó de marcar el ritmo, al galope, al paso, al trote, después otra vez al galope. Pasaron junto a Villa Topo y la dejaron atrás, el farolillo rojo de la puerta del burdel se había apagado hacía ya rato. Fue un viaje rápido: aún faltaba una hora para el amanecer cuando Jon divisó las torres del Castillo Negro, que se alzaban oscuras contra la inmensidad blanca del Muro. En ese momento no le dio la sensación de volver al hogar.
Se dijo que lo habían obligado a regresar, pero no podrían hacer que se quedara. La guerra no iba a terminar al día siguiente, ni al otro, y sus amigos no podrían vigilarlo día y noche. Se tomaría tiempo, haría que pensaran que se conformaba... y entonces, cuando bajaran la guardia, escaparía de nuevo. La próxima vez no iría por el camino real. Podía seguir el Muro hacia el este, quizá hasta el mar: era una ruta más larga, pero también más segura. O ir hacia el oeste, hasta las montañas, y bajar por los pasos. Ése era el camino de los salvajes, duro y lleno de peligros, pero al menos estaba seguro de que nadie lo seguiría. No se acercaría a menos de cien leguas de Invernalia o del camino real.
Samwell Tarly los esperaba en los establos viejos, recostado contra una bala de heno, demasiado nervioso para dormir. Se levantó y se sacudió las ropas.
—Me... me alegro de que te encontraran, Jon.
—Yo no —replicó Jon al tiempo que desmontaba.
Pyp se bajó del caballo y examinó de mal humor el cielo que clareaba.
—Échanos una mano con los caballos, Sam —dijo el muchacho menudo—.
Tenemos un largo día por delante, y no hemos dormido gracias a Lord Nieve.
Cuando amaneció, Jon se dirigió a las cocinas como todos los días. Hobb Tresdedos no le dirigió la palabra al entregarle el desayuno del Viejo Oso. Aquel día eran tres huevos duros con pan frito y jamón asado, y un cuenco de ciruelas pasas. Jon llevó la bandeja a la Torre del Rey. Mormont estaba sentado junto a la ventana, escribiendo. Su cuervo le iba pasando de un hombro a otro, graznando: «maíz, maíz, maíz». Cuando entró Jon, lanzó un graznido más agudo. El Viejo Oso alzó la vista.
—Pon el desayuno en la mesa —dijo—. Para beber quiero un poco de cerveza.
Jon abrió una ventana, cogió de la cornisa la jarra de cerveza y llenó un cuerno. Hobb le había dado un limón, todavía con el frío del Muro. Jon lo estrujó con el puño, y el zumo le corrió por los dedos. Mormont tomaba la cerveza siempre con limón, decía que por eso conservaba la dentadura.
—No cabe duda de que querías a tu padre —dijo cuando el muchacho le tendió el cuerno—. Aquello que amamos acaba siempre por destruirnos. ¿Recuerdas que te lo advertí?
—Lo recuerdo —replicó Jon de mala gana. No quería hablar de la muerte de su padre, ni siquiera con Mormont.
—Pues no lo olvides nunca. Las verdades más dolorosas son a las que más hay que aferrarse. Acércame el plato. ¿Otra vez jamón? Qué se le va a hacer. Pareces cansado. ¿Tan agotador ha sido el viaje de esta noche?
—¿Lo sabíais? —A Jon se le secó la garganta.
—Sabíais —graznó el cuervo desde el hombro de Mormont—. Sabíais.
—¿Crees que me nombraron Lord Comandante de la Guardia de la Noche porque soy un completo imbécil, Nieve? —resopló el Viejo Oso—. Aemon me dijo que te marcharías. Yo le dije que volverías. Conozco a mis hombres... y también a mis muchachos. El honor te hizo emprender el viaje por el camino real... y el honor te hizo regresar.
—Mis amigos me hicieron regresar —replicó Jon.
—No he dicho que fuera tu honor —dijo Mormont con la vista clavada en el plato.
—Mataron a mi padre. ¿Esperabais que me quedara aquí, sin hacer nada?
—La verdad, esperábamos que hicieras lo que hiciste. —Mormont probó una ciruela y escupió el hueso—. Ordené a los guardias que te vigilaran. Te vieron al partir. Si tus hermanos no te hubieran traído de vuelta, manos menos amigas te habrían detenido por el camino. A menos que tuvieras un caballo con alas, como un cuervo. ¿Es el caso?
—No. —Jon se sentía idiota.
—Lástima. Nos iría bien tener caballos así.
—Sé cuál es el castigo por la deserción, mi señor. —Jon se irguió en toda su estatura. Se dijo que moriría con orgullo. Era lo menos que podía hacer—. No me da miedo la muerte.
—¡Muerte! —graznó el cuervo.
—Espero que tampoco te dé miedo la vida —dijo Mormont al tiempo que cortaba el jamón con la daga y le daba un trocito al cuervo—. No has desertado... todavía. Estás aquí. Si decapitáramos a todo muchacho que hace una escapada nocturna a Villa Topo, sólo tendríamos espíritus para vigilar el Muro. Pero quizá pienses huir de nuevo mañana, o dentro de dos semanas. ¿Es así? ¿Es lo que planeas, muchacho? —Jon no dijo nada—. Lo que pensaba —siguió Mormont mientras pelaba un huevo duro—. Tu padre está muerto, muchacho. ¿Puedes devolverle la vida?
—No —replicó de mala gana.
—Excelente —dijo Mormont—. Tú y yo hemos visto volver a los muertos, y no es una experiencia que me apetezca mucho repetir. —Se comió el huevo de dos mordiscos, y escupió por entre los dientes un trocito de cáscara—. Tu hermano está en el campo de batalla, respaldado por todo el poder del norte. Cualquiera de sus señores vasallos está al mando de más espadas de las que hay en toda la Guardia de la Noche. ¿Qué te hace pensar que necesitan tu ayuda? ¿Acaso eres un guerrero tan temible, o llevas en el bolsillo un amuleto mágico que hace tu brazo invencible?
Jon no supo qué responder. El cuervo picoteó un huevo hasta romper la cáscara. Metió el pico por el agujero, y se dedicó a sacar trocitos de clara y de yema. El Viejo Oso suspiró.
—No eres el único afectado por esta guerra —dijo—. Mi hermana cabalga con el ejército de tu hermano, junto con esas hijas suyas que visten armaduras de hombres. Maege es una arpía vieja, testaruda y malhumorada. La verdad, no soporto estar a su lado, pero no por eso la quiero menos que tú a tus medio hermanas. —Mormont frunció el ceño, cogió el último huevo y lo apretó en el puño hasta que la cáscara crujió—. O quizá sí. Sea como sea, si la mataran me dolería, pero a mí no me verás escapar de aquí. Pronuncié el juramento, igual que tú. Mi lugar está aquí... ¿y el tuyo, muchacho?
«Yo no tengo lugar —habría querido decir Jon—. Soy un bastardo. No tengo derechos, ni nombre, ni madre, y ahora ni siquiera tengo padre.» Pero no le salieron las palabras.
—No lo sé.
—Yo sí —replicó el Lord Comandante Mormont—. Empiezan a soplar los vientos fríos, Nieve. Más allá del Muro, las sombras son cada vez más alargadas. Cotter Pyke me ha escrito, me habla de manadas de alces que se desplazan por el sur y el este hacia el mar, y también mamuts. Dice que uno de sus hombres descubrió huellas de pisadas gigantescas y deformes a menos de tres leguas de Guardiaoriente. Los exploradores de la Torre Sombría han encontrado aldeas enteras abandonadas, y Ser Denys dice que por las noches se ven hogueras en las montañas, fuegos enormes que arden desde el ocaso hasta el amanecer. Quorin Mediamano cogió un prisionero en lo más profundo de la Quebrada, que jura que Mance Rayder está reuniendo a todos sus hombres en una fortaleza secreta que ha encontrado, sólo los dioses saben con qué objetivo. ¿Crees que tu tío Benjen es el único explorador que hemos perdido este último año?
—Ben Jen —graznó el cuervo, con la cabeza inclinada y trocitos de huevo en el pico—. Ben Jen, Ben Jen.
—No —respondió Jon. Había habido otros. Demasiados.
—¿Y crees que la guerra de tu hermano es más importante que la nuestra? —rugió el anciano.
Jon se mordió el labio. El cuervo batió las alas.
—Guerra, guerra, guerra, guerra —cantó.
—Pues no lo es —insistió Mormont—. Que los dioses nos ayuden, muchacho, no eres ciego, y no eres idiota. Los muertos regresan en medio de la noche, ¿crees que importa quién se sienta en el Trono de Hierro?
—No. —Jon no lo había considerado desde ese punto de vista.
—Tu señor padre te envió con nosotros, Jon. ¿Quién sabe por qué?
—¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —graznó el cuervo.
—Sólo sé que la sangre de los primeros hombres corre por las venas de los Stark. Los primeros hombres construyeron el Muro, y se dice que recuerdan cosas que los demás han olvidado. Además, tu lobo... ese animal nos llevó hasta las criaturas sobrenaturales, te alertó sobre el hombre muerto de las escaleras. Sin duda Ser Jaremy diría que fue una casualidad, pero Ser Jaremy está muerto, y yo no. —Lord Mormont pinchó un trozo de jamón con la punta de la daga—. Creo que tu destino era estar aquí, y quiero que tú y tu lobo nos acompañéis cuando vayamos más allá del Muro.
—¿Más allá del Muro? —Aquellas palabras hicieron que Jon sintiera un escalofrío de emoción.
—Ya me has oído. Pienso encontrar a Benjen Stark, vivo o muerto. —Masticó y tragó—. No me quedaré aquí sentado tranquilamente, a esperar las nieves y los vientos helados. Tenemos que averiguar qué sucede. Esta vez, la Guardia de la Noche cabalgará como un ejército, se enfrentará al Rey-más-allá-del-Muro, a los Otros y a quien haga falta. Yo mismo iré al mando. —Apuntó al pecho de Jon con la daga—. Según la costumbre, el mayordomo del Lord Comandante es también su escudero... pero no quiero despertar cada mañana sin saber si habrás escapado de nuevo. Así que necesito una respuesta, Lord Nieve, y la necesito ahora mismo. ¿Eres un hermano de la Guardia de la Noche... o un chico bastardo que quiere jugar a la guerra?
«Perdóname, padre. Robb, Arya, Bran... perdonadme. No puedo evitarlo. Tiene razón. Éste es el lugar que me corresponde.»
—Soy... vuestro hombre, mi señor. —Jon se irguió, y respiró hondo—. Lo juro. No volveré a escapar.
—Bien. —El Viejo Oso resopló—. Venga, ve a por tu espada.