68 - Daenerys

Caminaba por un largo pasillo, bajo arcos de piedra elevados. No podía mirar atrás, no debía mirar atrás. A lo lejos se divisaba una puerta, diminuta en la distancia, pero aun así sabía que estaba pintada de rojo. Caminó más deprisa, y sus pies desnudos dejaron huellas ensangrentadas en la piedra.
—No querrás despertar al dragón, ¿verdad?
Vio la luz del sol sobre el mar dothraki, la llanura viviente, que olía a tierra y a muerte. El viento agitó la hierba, la hizo ondularse como si fuera agua. Drogo la tenía entre sus brazos fuertes, le acariciaba el sexo con la mano, la abría y despertaba aquella humedad dulce que sólo él conocía, y las estrellas les sonreían desde el cielo, estrellas a plena luz del día.
—Mi hogar —susurró cuando la penetró y la llenó con su semilla.
Pero de repente las estrellas ya no estaban, y unas alas enormes ocultaron el cielo azul, y el mundo se incendió.
—... no querrás despertar al dragón, ¿verdad?
El rostro de Ser Jorah estaba demacrado y triste.
—Rhaegar fue el último dragón —le dijo. Se calentó las manos translúcidas sobre un brasero, en el que los huevos de piedra humeaban, rojos como carbones. Y se desvaneció, su carne perdió el color, tuvo menos sustancia que el viento—. El último dragón —le susurró débilmente antes de esfumarse.
Sintió la oscuridad a su espalda, y la puerta roja parecía más lejana que nunca.
—... no querrás despertar al dragón, ¿verdad?
Viserys estaba ante ella, gritando: «El dragón no suplica, puta. No puedes dar órdenes al dragón. Soy el dragón y quiero mi corona». El oro fundido le corría por la cara como si fuera cera derretida, le dejaba surcos profundos en la carne. «¡Soy el dragón y quiero mi corona!», chillaba, y sus dedos saltaron como serpientes, le mordieron los pezones, la pellizcaban, se retorcían... todo eso mientras los ojos de Viserys estallaban y le corrían como gelatina por las mejillas quemadas, ennegrecidas.
—... no querrás despertar al dragón...
La puerta roja estaba muy lejos, y sentía a la espalda el aliento gélido que se cernía sobre ella. Si la alcanzaba, moriría con una muerte que iba más allá de la muerte, aullaría eternamente sola en la oscuridad. Echó a correr.
—... no querrás despertar al dragón...
Sentía el calor en su interior, era un ardor espantoso en el vientre. Su hijo era alto y orgulloso, con la piel cobriza de Drogo, y el pelo como oro blanco de su madre, y los mismos ojos color violeta, pero almendrados. Sonrió, y tendió los brazos hacia ella, pero cuando abrió la boca sólo salió fuego. Vio que el corazón le ardía dentro del pecho, y al instante desapareció, convertido en cenizas, como una polilla que se hubiera acercado demasiado a una llama. Lloró por su hijo, por la promesa de una boca dulce sobre el pecho, pero las lágrimas se convirtieron en vapor en cuanto le tocaron la piel.
—... querrás despertar al dragón...
A lo largo de los muros había fantasmas, ataviados con vestimentas descoloridas de reyes. Tenían en las manos espadas de fuego pálido. Los cabellos eran de plata, o de oro, o de platino, y los ojos de ópalo y amatista, turmalina y jade.
—¡Más deprisa! —le gritaban—. ¡Más deprisa, más deprisa! —Siguió corriendo, sus pies derretían la piedra que tocaban—. ¡Más deprisa! —gritaron los fantasmas con una sola voz, y ella gritó a su vez, y se lanzó hacia adelante.
Un cuchillo de dolor le rajó la espalda, sintió que se le abría la piel, le llegó el hedor de la sangre al arder, y vio la sombra de las alas. Y Daenerys Targaryen voló.
—... despertar al dragón...
La puerta se alzaba ante ella, la puerta roja, tan cercana, tan cercana, el pasillo era una sombra borrosa a su alrededor, el frío quedaba atrás. Y de pronto la piedra había desaparecido, de pronto volaba sobre el mar dothraki, cada vez más alta, la hierba verde se mecía bajo ella, y todo lo que vivía y respiraba sentía pánico al ver la sombra de sus alas. Podía oler el hogar, podía verlo, estaba allí, al otro lado de la puerta, campos verdes y grandes casas de piedra, y brazos que le darían calor. Abrió la puerta...
—... al dragón...
Y vio a su hermano Rhaegar, a lomos de un corcel tan negro como su armadura. Dentro de su yelmo, a través de la estrecha hendidura para los ojos, el fuego ardía.
—El último dragón —susurró lejana la voz de Ser Jorah—. El último, el último.
Dany levantó el visor negro. El rostro que vio tras él era el suyo propio.
Después, y durante largo rato, sólo hubo dolor, fuego y susurros procedentes de las estrellas.
El sabor de las cenizas la despertó.
—No —gimió—. No, por favor.
—¿Khaleesi? —Jhiqui se acercó a ella, asustada como un cervatillo.
La tienda estaba a oscuras, silenciosa, cerrada. Del brasero salían flotando algunas cenizas, y Dany las siguió con la mirada hasta ver cómo se perdían por el agujero para el humo de la parte superior.
«Volaba —pensó—, tenía alas, tenía alas.» Pero no había sido más que un sueño.
—Ayudadme —susurró Dany, tratando de incorporarse—. Traedme... —Tenía la garganta en carne viva, y no sabía qué quería que le trajeran. ¿Qué era lo que le dolía tanto? Era como si la hubieran despedazado, para luego volver a reconstruirla—. Quiero...
—Sí, khaleesi. —Jhiqui salió corriendo de la tienda, llamando a gritos. Dany necesitaba... algo... a alguien... ¿el qué? Sabía que se trataba de algo importante. Era lo único que importaba en todo el mundo. Rodó sobre un costado, se incorporó sobre un codo y trató de liberarse de la manta que le envolvía las piernas. Le costaba mucho moverse. El mundo parecía moverse en medio de brumas.
«Tengo que...»
La encontraron en la alfombra, arrastrándose hacia sus huevos de dragón. Ser Jorah Mormont la cogió en brazos y la depositó de nuevo sobre las sedas de dormir, mientras ella se debatía sin fuerzas. Vio por encima del hombro del caballero a sus tres doncellas, a Jhogo con su sombra de bigote, y también el rostro ancho y plano de Mirri Maz Duur.
—Es necesario —intentó decirles—. Tengo que...
—Dormid, princesa —dijo Ser Jorah.
—No —suplicó Dany—. Por favor. Por favor.
—Sí. —La tapó con las sedas, aunque estaba ardiendo—. Dormid y recuperad las fuerzas, khaleesi. Volved con nosotros.
Y allí estaba Mirri Maz Duur, la maegi, que le ponía una copa en los labios. Notó el sabor de la leche agria, y también el de algo más, algo espeso y amargo. El líquido caliente le corrió por la barbilla. Consiguió tragar algo. La tienda se hizo más oscura, y el sueño volvió a apoderarse de ella. Pero no hubo pesadillas. Flotó, serena y tranquila, en un mar negro que no tenía orillas.
Tras un tiempo, una noche, un día, un año, no habría sabido decirlo, volvió a despertar. La tienda estaba a oscuras, las paredes de seda se agitaban como alas con cada ráfaga de viento del exterior. En aquella ocasión Dany no trató de levantarse.
—Irri —llamó—. Jhiqui, Doreah. —Acudieron al instante—. Tengo la garganta seca. Muy seca. —Le llevaron agua. Estaba tibia y no sabía bien, pero Dany la bebió con ansiedad, y envió a Jhiqui a buscar más. Irri humedeció un paño suave y le limpió la frente—. He estado enferma —añadió Dany. La muchacha dothraki asintió—. ¿Cuánto tiempo?
—Mucho —susurró. El paño resultaba refrescante, pero Irri parecía tan triste que le dio miedo.
Cuando Jhiqui regresó con más agua, Mirri Maz Duur la acompañaba, todavía adormilada.
—Bebed —dijo al tiempo que volvía a acercar una copa a los labios de Dany.
Pero en aquella ocasión era sólo vino. Vino dulce. Dany bebió, y volvió a tenderse, escuchando el sonido pausado de su respiración. Notaba los miembros pesados, y el sueño volvió a invadirla.
—Traedme... —murmuró con voz aletargada—. Traedme... quiero...
—¿Sí? —preguntó la maegi—. ¿Qué queréis, khaleesi?
—Traedme... los huevos... los huevos de dragón... por favor... —Sentía las pestañas como si fueran de plomo, y el cansancio impidió que los sostuviera entre sus brazos.
Cuando despertó por tercera vez, un rayo de sol dorado entraba por el agujero para el humo, y estaba abrazada a uno de los huevos de dragón. Era el más claro, el de las escamas color crema, con vetas espirales de oro y bronce. Dany sintió el calor que procedía de su interior. Bajo las finas sedas del lecho, tenía la piel desnuda cubierta de una película de sudor.
«Rocío de dragón», pensó. Pasó los dedos con suavidad por la superficie de la cáscara, siguiendo las vetas doradas, y sintió cómo en lo más profundo de la piedra algo se agitaba a modo de respuesta. Aquello no la asustó. Ya no tenía miedo de nada, el miedo se había quemado.
Dany se tocó la frente. Tenía la piel fresca bajo el sudor, se le había ido la fiebre. Se forzó a sentarse. La cabeza se le fue un momento, y sintió un dolor profundo entre los muslos. Pero tenía fuerzas. Sus doncellas acudieron corriendo en cuanto las llamó.
—Agua —pidió—. Un frasco de agua, tan fresca como sea posible. Y fruta. Sí, fruta. Dátiles.
—Como digáis, khaleesi.
—Decidle a Ser Jorah que venga —pidió, al tiempo que se levantaba. Jhiqui se acercó con una túnica de seda, y se la echó sobre los hombros—. Preparadme un baño caliente, y llamad a Mirri Maz Duur, y... —De repente, recuperó la memoria y flaqueó—. Khal Drogo —consiguió decir, mirándolas con ojos llenos de miedo—. ¿Está...?
—El khal vive —respondió Irri en voz baja, y salió corriendo a buscar el agua.
Dany vio que sus ojos estaban llenos de sombras. Se volvió hacia Doreah.
—Cuéntamelo.
—Voy... voy a llamar a Ser Jorah. —La chica lysena inclinó la cabeza y salió también corriendo de la tienda.
Jhiqui habría deseado escapar con ellas, pero Dany la agarró por la muñeca.
—¿Qué pasa? Tengo que saberlo de una vez. Drogo... y mi hijo. —¿Por qué no había pensado en el bebé hasta entonces?—. Mi hijo... Rhaego... ¿dónde está? Traédmelo.
—El niño... no vivió, khaleesi —dijo la doncella con la mirada baja.
Su voz era un susurro asustado. Dany le soltó la muñeca.
«Mi hijo está muerto», pensó mientras Jhiqui salía de la tienda. En cierto modo, lo había sabido desde el principio, desde que despertara por primera vez y viera las lágrimas en los ojos de Jhiqui. No, lo había sabido antes aun de despertar. De pronto recordó el sueño, recordó al hombre alto de la piel cobriza y la larga trenza de oro blanco que estallaba en llamas.
Debía llorar, sabía que debía llorar, pero tenía los ojos tan secos como las cenizas. En el sueño había llorado, y las lágrimas se le habían convertido en vapor al rozarle las mejillas.
«El dolor también se ha quemado», pensó. Sentía tristeza, pero... aun así, notaba que Rhaego se alejaba de ella, como si no hubiera existido jamás.
Ser Jorah y Mirri Maz Duur llegaron unos momentos más tarde, y encontraron a Dany de pie ante los dos huevos de dragón, los que seguían en el cofre. Le pareció que estaban tan calientes como el que había tenido abrazado mientras dormía, cosa que le resultaba muy extraña.
—Venid aquí, Ser Jorah —pidió. Le cogió la mano y la puso sobre el huevo negro, el de las espirales color escarlata—. ¿Qué sentís?
—Un cascarón, duro como la roca. —El caballero la miró con cautela—. Escamas.
—¿Y calor?
—No. Es piedra fría. —Apartó la mano—. ¿Os sentís bien, princesa? ¿No creéis que deberíais acostaros? Seguís muy débil.
—¿Débil? Estoy fuerte, Jorah. —Para complacerlo, se recostó sobre un montón de cojines—. Decidme cómo murió mi hijo.
—No llegó a vivir, princesa. Las mujeres dicen... —Perdió la voz. Dany se dio cuenta de que había perdido mucho peso, y de que cojeaba al moverse.
—Contádmelo. Contadme lo que dicen las mujeres.
—Dicen que el niño era... —Él apartó la vista. Tenía una mirada obsesiva en los ojos.
Dany aguardó, pero Ser Jorah no podía pronunciar las palabras. Tenía el rostro ensombrecido por la vergüenza. Él también parecía casi un cadáver.
—Monstruoso —terminó en su lugar Mirri Maz Duur. El caballero era un hombre poderoso, pero Dany comprendió en aquel momento que la maegi era más fuerte, más cruel e infinitamente más peligrosa—. Retorcido. Yo misma os lo saqué. Tenía escamas como de lagarto, sin ojos, y un muñón de cola, y alitas de cuero, como las de un murciélago. Cuando lo toqué, la carne se le desprendió del hueso, y por dentro estaba lleno de gusanos y apestaba a podredumbre. Llevaba años muerto.
«Oscuridad», pensó Dany. La terrible oscuridad que la perseguía para devorarla. Si volvía la vista atrás estaría perdida.
—Mi hijo estaba vivo y fuerte cuando Ser Jorah me metió en esta tienda —dijo—. Sentí sus patadas, luchaba por nacer.
—Será como decís —respondió Mirri Maz Duur—, pero la criatura que salió de vuestro vientre era tal como os he dicho. En la tienda estaba la muerte, khaleesi.
—Sólo había sombras —susurró Ser Jorah, pero Dany captó la duda que impregnaba su voz—. Yo lo vi, maegi. Te vi, estabas sola, bailando con las sombras.
—La tumba proyecta sombras alargadas, Señor de Hierro —dijo Mirri—.
Alargadas y oscuras, y no hay luz capaz de disiparlas.
Dany supo que Ser Jorah había matado a su hijo. Actuó por amor, por lealtad, pero la había metido en un lugar donde no debía entrar hombre alguno, y había entregado su hijo a la oscuridad. Él también lo sabía; el rostro macilento, los ojos vacíos, la cojera.
—Las sombras también os tocaron a vos, Ser Jorah —le dijo. El caballero no respondió. Dany se volvió hacia la esposa de dios—. Me dijiste que sólo la muerte puede comprar la vida. Pensé que te referías al caballo.
—No —replicó Mirri Maz Duur—. Eso fue una mentira que os dijisteis. Sabíais cuál era el precio.
¿Lo había sabido? ¿Lo había sabido? «Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.»
—Se pagó el precio —dijo—. El caballo, mi hijo, Quaro y Qotho, Haggo y Cohollo. El precio se pagó, se pagó y se volvió a pagar. —Se levantó de los cojines—. ¿Dónde está Khal Drogo? Muéstramelo, esposa de dios, maegi, maga de sangre, o lo que seas. Muéstrame a Khal Drogo. Muéstrame lo que he comprado con la vida de mi hijo.
—A vuestras órdenes, khaleesi —dijo la mujer—. Venid, os llevaré junto a él.
Dany estaba más débil de lo que creía. Ser Jorah la rodeó con un brazo y la ayudó a mantenerse en pie.
—Ya habrá tiempo para eso, princesa —dijo con voz queda.
—Quiero verlo ahora, Ser Jorah.
Tras la penumbra de la tienda, el mundo exterior la cegó con su brillo. El sol ardía como si fuera oro fundido, y la tierra estaba reseca y estéril. Sus doncellas aguardaban con fruta, vino y agua, y Jhogo se acercó para ayudar a Ser Jorah a sujetarla. Aggo y Rakharo estaban también allí. El brillo del sol en la arena hacía que fuera difícil ver más, hasta que Dany se llevó la mano a los ojos para hacer visera. Vio las cenizas de una hoguera, unos cuantos caballos sueltos paseando con indolencia, buscando briznas de hierba, algunas tiendas y esterillas de dormir. Un grupito de niños se juntaron para mirarla, y más allá las mujeres se dedicaban a sus quehaceres, mientras que los ancianos arrugados contemplaban el cielo azul intenso con ojos cansados, espantándose de cuando en cuando las moscas de sangre con manotazos débiles. Habría un centenar de personas, no más. Donde antes habían acampado cuarenta mil personas, sólo quedaba el viento y el polvo.
—El khalasar de Drogo se ha marchado —dijo.
—Un khal que no puede cabalgar no es un khal —dijo Jhogo.
—Los dothrakis sólo siguen a los fuertes. Lo siento, princesa, no pudimos retenerlos. Ko Pono fue el primero en marcharse, después de nombrarse a sí mismo Khal Pono, y muchos lo siguieron. Jhaqo no tardó en hacer lo mismo. El resto se fueron yendo noche tras noche, en grupos grandes o pequeños. En el mar dothraki hay una docena de khalasars nuevos que han sustituido al de Drogo.
—Se han quedado los viejos —dijo Aggo—. Los cobardes, los débiles y los enfermos. Y los que juramos lealtad. Nos hemos quedado.
—Se llevaron los rebaños de Khal Drogo, khaleesi —dijo Rakharo—. Éramos muy pocos, no pudimos impedirlo. También se llevaron muchos esclavos, tanto tuyos como del khal, pero dejaron a unos cuantos.
—¿Y Eroeh? —preguntó Dany al recordar a la muchacha asustada a la que había salvado en el exterior de la ciudad de los hombres cordero.
—La cogió Mago, que ahora es jinete de sangre de Khal Jhaqo —dijo Jhogo—. La montó hasta que se hartó y se la entregó a su khal, que a su vez la entregó al resto de los jinetes de sangre. Cuando terminaron, le cortaron la garganta.
—Era su destino, khaleesi —dijo Aggo.
«Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.»
—Un destino cruel —dijo Dany—, pero no tan cruel como lo será el de Mago. Os lo prometo por los dioses antiguos y por los nuevos, por el dios cordero y el dios caballo, por todos los dioses que existen. Lo juro por la Madre de las Montañas y el Vientre del Mundo. Antes de que acabe con ellos, Mago y Ko Jhaqo suplicarán la misma piedad que tuvieron ellos con Eroeh.
Los dothrakis intercambiaron miradas inseguras.
—Khaleesi —le explicó Irri, como si hablara con una niña—, ahora Jhaqo es khal, lo siguen veinte mil jinetes.
—Y yo soy Daenerys de la Tormenta —dijo Dany alzando la cabeza—, Daenerys de la Casa Targaryen, de la sangre de Aegon el Conquistador y Maegor el Cruel, y antes que ellos de la antigua Valyria. Soy la hija del dragón, y os juro que esos hombres morirán gritando. Ahora, llevadme ante Khal Drogo.
Estaba tendido sobre la tierra roja, mirando hacia el cielo.
Una docena de moscas de sangre se le habían posado encima, pero no daba señal de notarlas. Dany las espantó, y se arrodilló a su lado. Tenía los ojos bien abiertos, pero no la vio, y ella supo al instante que estaba ciego. Cuando susurró su nombre, no pareció oírla. La herida del pecho estaba curada, o tan curada como podía estar, la cicatriz que había quedado era gris rojiza y repugnante.
—¿Por qué está aquí solo, al sol? —les preguntó.
—Parece que el calor le agrada, princesa —dijo Ser Jorah—. Sigue el sol con los ojos, aunque no lo vea. Puede caminar, más o menos. Va a donde lo llevamos, pero nada más. Come si le ponemos la comida en la boca, bebe si le mojamos los labios con agua.
Dany besó suavemente la frente de su sol y estrellas, y se volvió para enfrentarse a Mirri Maz Duur.
—Tus hechizos son caros, maegi.
—Está vivo —replicó Mirri Maz Duur—. Pediste vida. Pagaste vida.
—Para alguien como Drogo, esto no es vida. Su vida era la risa, la carne asada sobre una hoguera, un caballo entre las piernas. Su vida era un arakh en la mano, las campanillas sonando en su cabello cuando cabalgaba para enfrentarse al enemigo. Su vida eran sus jinetes de sangre, y yo, y el hijo que le iba a dar. —Mirri Maz Duur no le contestó—. ¿Cuándo volverá a ser el que era? —exigió saber Dany.
—Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este —replicó Mirri Maz Duur—. Cuando los mares se sequen y las montañas se mezan como hojas al viento. Cuando tu vientre vuelva a agitarse y des a luz un niño vivo. Entonces volverá, no antes.
Dany hizo un gesto en dirección a Ser Jorah y a los demás.
—Dejadnos. Quiero hablar a solas con esta maegi. —Mormont y los dothrakis se retiraron—. Tú lo sabías —le espetó. Le dolía todo, por dentro y por fuera, pero la ira le daba fuerzas—. Sabías qué compraba, sabías el precio, y dejaste que lo pagara.
—No debieron quemar mi templo —replicó plácidamente la mujer gruesa, con su nariz plana—. Eso enfureció al Gran Pastor.
—Esto no ha sido obra de ningún dios —dijo Dany con frialdad. «Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida»—. Me engañaste. Asesinaste a mi hijo mientras estaba en mi vientre.
—El semental que monta el mundo ya no podrá quemar ciudades. Su khalasar no reducirá naciones a cenizas.
—Hablé en tu favor. Te salvé.
—¿De qué me salvaste? —La mujer Ihazareena escupió al suelo—. Tres jinetes ya me habían tomado, y no como un hombre toma a una mujer, sino por detrás, como el perro monta a la perra. El cuarto estaba dentro de mí cuando pasaste a caballo. ¿De qué me salvaste? Vi arder la casa de mi dios, donde había curado a incontables hombres buenos. Mi casa también ardió, y en las calles vi montones de cabezas. Vi la cabeza del panadero que horneaba mi pan. Vi la cabeza de un chiquillo al que había salvado de unas fiebres hacía menos de tres lunas. Oí los gritos de los niños mientras los jinetes los hacían avanzar a latigazos. Dime, ¿de qué me salvaste?
—Tienes la vida.
—Fíjate en tu khal —dijo Mirri Maz Duur y dejó escapar una carcajada cruel—, y mira de qué vale la vida cuando se ha perdido todo lo demás.
Dany llamó a los hombres de su khas, y les ordenó que se llevaran a Mirri Maz Duur, y la ataran de pies y manos. Pero, cuando se alejaban con ella, la maegi le sonrió como si compartieran un secreto. Una sola palabra de Dany habría bastado para que la decapitaran... aunque, ¿qué obtendría con eso? ¿Una cabeza? Si la vida no tenía valor, ¿acaso lo tenía la muerte?
Llevaron a Khal Drogo a su tienda, y Dany ordenó que llenaran una bañera. En aquella ocasión no había sangre en el agua. Ella misma se encargó de bañarlo, le quitó la suciedad y el polvo de los brazos y el pecho, le limpió la cara con un paño suave, le enjabonó la larga cabellera negra, se la cepilló y deshizo los nudos hasta que volvió a tener el brillo que recordaba. Ya había anochecido cuando terminó, y se sentía agotada. Hizo una pausa para comer y beber, pero apenas si consiguió mordisquear un higo y pasar un trago de agua. Necesitaba dormir, pero ya había dormido suficiente... en realidad, había dormido demasiado. Aquella noche se la debía a Drogo, por todas las noches que él le había dado, y las que quizá le pudiera dar aún.
El recuerdo de su primera vez juntos la acompañaba cuando lo guió hacia la oscuridad, porque los dothrakis creían que todas las cosas importantes en la vida de un hombre deben hacerse a cielo abierto. Se dijo que había poderes más fuertes que el odio, y hechizos más antiguos y verdaderos que los que la maegi había aprendido en Asshai. La noche era negra, sin luna, pero sobre ella parpadeaban un millón de estrellas. Lo consideró un presagio.
Allí no había ninguna alfombra de hierba que les diera la bienvenida, sólo estaba la tierra dura, polvorienta, llena de piedras. No había árboles que se mecieran al viento, ni arroyo que calmara sus miedos con la música dulce de las aguas. Dany se dijo que con las estrellas bastaba.
—Recuerda, Drogo —susurró—. Recuerda la primera vez que montamos juntos, el día en que nos casamos. Recuerda la noche en que hicimos a Rhaego, todo el khalasar nos miraba, tus ojos estaban clavados en los míos. Recuerda lo clara y fresca que era el agua en el Vientre del Mundo. Recuerda, mi sol y estrellas. Recuerda, y vuelve conmigo.
El parto la había dejado demasiado desgarrada para recibirlo en su interior, como hubiera querido, pero Doreah le había enseñado muchas cosas. Dany utilizó las manos, la boca, los pechos. Le recorrió el cuerpo con las uñas, lo cubrió de besos, le susurró al oído, rezó, le contó historias, y al final lo bañó con lágrimas. Pero Drogo no sentía, no hablaba, no se levantaba.
Cuando el amanecer empezó a llenar el horizonte, Dany comprendió que lo había perdido.
—Cuando el sol salga por el oeste y se ponga por el este —dijo con tristeza—. Cuando los mares se sequen y las montañas se mezan como hojas al viento. Cuando mi vientre vuelva a agitarse y dé a luz un niño vivo. Entonces volverás, mi sol y estrellas, no antes.
«Jamás —gritó la oscuridad—, jamás, jamás, jamás.»
Dany encontró en la tienda un cojín de seda suave relleno de plumas. Lo estrechó contra sus pechos y volvió con Drogo, su sol y estrellas.
«Si vuelvo la vista atrás, estoy perdida.» Cada paso le dolía, quería dormir, dormir y no soñar.
Se arrodilló, besó a Drogo en los labios y le apretó el cojín contra la cara.