64 - Daenerys

Dany contempló las moscas.
Eran grandes como abejorros, repugnantes, rojizas, brillantes. Los dothrakis las llamaban «moscas de sangre». Vivían en las zonas pantanosas y en las aguas estancadas, chupaban la sangre a hombres y caballos por igual, y ponían sus huevos en los muertos y en los moribundos. Drogo las detestaba. Cada vez que se le acercaba una, movía la mano con la velocidad de una serpiente, y la atrapaba en el puño. Jamás lo había visto fallar. Luego apretaba los dedos, y cuando volvía a abrir la mano la mosca no era más que una mancha rojiza en la palma.
Una mosca subió en aquel momento por la grupa de su semental, y el caballo agitó la cola furioso para quitársela de encima. Otras zumbaron en torno a Drogo, cada vez más cerca. El khal no reaccionó. Tenía los ojos clavados en las colinas lejanas, llevaba las riendas sueltas en las manos. Por debajo del chaleco pintado, un emplasto de hojas de higuera y barro azul reseco le cubría la herida del pecho. Las mujeres de las hierbas se lo habían preparado. La cataplasma de Mirri Maz Duur le picaba y escocía, y Drogo se la había arrancado hacía ya seis días, maldiciendo a la mujer y llamándola maegi. La cataplasma de barro era más calmante, y las mujeres de las hierbas le habían preparado también vino de amapolas. Durante los tres últimos días lo había bebido en grandes cantidades. Y cuando no era vino de amapola, era leche fermentada de yegua, o cerveza de pimienta.
En cambio, apenas comía, y durante la noche no paraba de moverse y gemir. Dany notaba que su rostro estaba cada día más macilento. Rhaego se movía inquieto en su vientre, daba patadas como un semental, pero ni siquiera aquello despertaba ya el interés de Drogo como antes. Cada mañana, tras despertar de un sueño agitado, le descubría nuevas arrugas de dolor en el rostro. Y además, el silencio. Aquel silencio la llenaba de miedo. No le había dicho ni una palabra desde que emprendieran la marcha, al amanecer. Si ella le hablaba, no obtenía más respuesta que un gruñido. Y después del mediodía, ni siquiera eso.
Una de las moscas de sangre se posó sobre la piel desnuda del hombro del khal. Otra descendió volando en círculos, se le posó en el cuello, y avanzó hacia su boca. Khal Drogo se meció en la silla, las campanillas tintinearon, su semental siguió al paso.
—Mi señor —dijo en voz baja Dany, que había clavado los talones en la plata para acercarse a él—. Drogo. Mi sol y estrellas. —No dio señales de oírla. La mosca de sangre le subió por el bigote y se detuvo en la mejilla, en la arruga de al lado de la nariz. Dany contuvo un gemido—. Drogo. —Extendió la mano con torpeza, y le rozó el brazo.
Khal Drogo se tambaleó en la silla, se inclinó hacia un lado y cayó pesadamente del caballo. Las moscas se dispersaron un instante, y a continuación volvieron a posarse sobre el hombre tendido en el suelo.
—¡No! —exclamó Dany. Tiró de las riendas y, sin pensar por una vez en su barriga, se bajó de un salto de la plata y corrió hacia él.
La hierba sobre la que yacía era amarillenta y seca. Drogo gritó de dolor cuando Dany se estaba arrodillando a su lado. El aliento le silbaba ronco en la garganta, y la miró sin reconocerla.
—Mi caballo —jadeó.
Dany le apartó las moscas del pecho y aplastó una tal como hubiera hecho él. La piel de Drogo le quemaba bajo los dedos.
Los jinetes del khal los habían seguido de cerca. Oyó el grito de Haggo cuando se acercaron al galope. Cohollo se bajó del caballo de un salto.
—Sangre de mi sangre —dijo al tiempo que se arrodillaba a su lado.
Los otros dos siguieron montados.
—No —gimió Khal Drogo. Se debatió entre los brazos de Dany—. Debo montar. Montar. No.
—Se ha caído del caballo —dijo Haggo desde arriba. Su rostro no denotaba emoción alguna, pero la voz era tensa.
—No debes decir eso —le advirtió Dany—. Por hoy ya hemos cabalgado suficiente. Acamparemos aquí.
—¿Aquí? —Haggo miró a su alrededor. El terreno era seco y marchito, inhóspito—. No es lugar para acampar.
—Ninguna mujer dice dónde paramos —replicó Qotho—. Ni siquiera una khaleesi.
—Acamparemos aquí —repitió Dany—. Haggo, di a todo el mundo que Khal Drogo ha ordenado parar. Si alguien pregunta por qué, diles que estoy a punto de dar a luz, y no he podido seguir. Cohollo, manda venir a los esclavos, que monten enseguida la tienda del khal. Qotho...
—A mí no me das órdenes, khaleesi.
—Ve a buscar a Mirri Maz Duur —le dijo. La esposa de dios caminaba con las otras mujeres cordero, en la larga columna de esclavos—. Haz que venga, y que traiga su cofre.
—La maegi. —Qotho la miraba con ojos duros como el pedernal. Escupió al suelo—. No lo haré.
—Lo harás —replicó Dany—. O, cuando Drogo despierte, le tendrás que explicar que me has desafiado.
Qotho, furioso, hizo dar media vuelta a su semental, y se alejó al galope rojo de rabia... pero Dany sabía que, por poco que le gustara, regresaría con Mirri Maz Duur. Los esclavos alzaron la tienda de Khal Drogo bajo un saliente escarpado de roca negra, cuya sombra proporcionaba cierto alivio para el calor del sol de la tarde. Pese a todo, cuando Irri y Doreah ayudaron a Dany a entrar a Drogo, la temperatura bajo la tela era calcinante. El suelo estaba cubierto de alfombras gruesas con dibujos, y en los rincones había cojines. Eroeh, la muchachita tímida que Dany había rescatado antes de entrar en la ciudad de los hombres cordero, encendió un brasero. Tendieron a Drogo sobre una esterilla.
—No —murmuró en la lengua común—. No, no. —Fue todo lo que dijo, todo lo que parecía capaz de decir.
Doreah le quitó el cinturón de medallones, así como el chaleco y las polainas, mientras que Jhiqui se arrodillaba a sus pies para desatarle los cordones de las sandalias de montar. Irri quería subir los faldones de la tienda para que entrara la brisa, pero Dany lo prohibió. No quería que nadie viera a Drogo de aquella manera, débil y delirante. Cuando por fin llegó su khas, hizo que montaran guardia en el exterior.
—No quiero que entre nadie sin mi permiso —dijo a Jhogo—. Nadie.
—Se muere —susurró Eroeh mientras miraba a Drogo con el temor dibujado en el rostro. Dany la abofeteó.
—El khal no puede morir. Es el padre del semental que monta el mundo. Jamás le han cortado el pelo. Todavía lleva las campanillas que le puso su padre.
—Khaleesi —intervino Jhiqui—, se ha caído del caballo.
Dany, temblorosa, con los ojos llenos de lágrimas, se dio media vuelta. «¡Se ha caído del caballo!» Así que lo había visto, igual que los jinetes de sangre, y las doncellas, y los hombres de su khas. ¿Y cuántos más? No podrían mantenerlo en secreto, y Dany sabía qué significaba aquello. Un khal que no podía montar, no podía mandar, y Drogo se había caído del caballo.
—Tenemos que bañarlo —insistió, testaruda. No podía permitirse el lujo de caer en la desesperación—. Irri, que traigan la bañera enseguida. Doreah, Eroeh, buscad agua, agua fría, está ardiendo.
Khal Drogo era una hoguera con piel.
Los esclavos colocaron la pesada bañera de cobre en un rincón de la tienda. Cuando llegó Doreah con la primera jarra de agua, Dany mojó un trozo de seda y lopuso sobre la piel ardiente de la frente de Drogo. Él la miró sin ver. Abrió los labios, pero no salieron palabras, sólo un gemido.
—¿Dónde está Mirri Maz Duur? —exigió Dany. El miedo había agotado cualquier rastro de paciencia.
Sus doncellas llenaron la bañera con agua tibia que apestaba a azufre, y la aromatizaron con frascos enteros de aceite amargo y puñados de hojas de menta desmenuzadas. Mientras preparaban el baño, Dany se arrodilló torpemente junto a su señor esposo, el pesado vientre apenas le permitía moverse. Le deshizo la trenza con dedos ansiosos, igual que la noche en que la había tomado por primera vez, bajo las estrellas. Fue poniendo las campanillas a un lado, una por una. En cuanto se encontrara bien querría ponérselas de nuevo, seguro.
En la tienda entró una corriente de aire cuando Aggo asomó la cabeza entre los pliegues de seda.
—Khaleesi —dijo—. El ándalo está aquí, suplica que le permitas entrar. —Los dothrakis llamaban a Ser Jorah «ándalo».
—Sí —respondió al tiempo que se levantaba con dificultad—. Que pase. — Confiaba en el caballero. Si alguien sabía qué tenía que hacer, era él.
Ser Jorah Mormont se agachó para pasar bajo el faldón de la tienda, y aguardó un instante hasta que se le acostumbraron los ojos a la penumbra. Bajo el calor fiero del sur, vestía pantalones sueltos de seda cruda jaspeada, y sandalias de montar atadas hasta las rodillas que dejaban al descubierto los dedos de los pies. La vaina de la espada le colgaba de un cinturón de crin trenzada. Bajo el chaleco blanco, el pecho desnudo aparecía quemado por el sol.
—La noticia ha recorrido todo el khalasar —dijo—. Se dice que Khal Drogo se ha caído del caballo.
—Ayudadlo —suplicó Dany—. Por el amor que decís profesarme, ayudadlo.
El caballero se arrodilló junto a ella. Miró fijamente a Drogo durante largo rato, y luego a Dany.
—Decid a las doncellas que salgan.
Dany, que se había quedado muda de miedo, hizo un gesto. Irri guió al resto de las muchachas fuera de la tienda.
Una vez solos, Ser Jorah sacó la daga. A continuación, hábilmente, con una delicadeza sorprendente en un hombre tan corpulento, empezó a rascar las hojas negras y el barro seco azul del pecho de Drogo. El emplasto se había endurecido tanto como las murallas de barro de los hombres cordero, y al igual que las murallas se quebraba con facilidad. Ser Jorah rompió el barro seco con el cuchillo, apartó los restos de la carne y fue quitando las hojas una por una. El olor que despedía la herida era espantoso, dulzón y tan penetrante que Dany se sintió a punto de ahogarse. Las hojas estaban llenas de sangre y pus, el pecho aparecía ennegrecido, con el brillo de la podredumbre.
—No —susurró Dany, con las mejillas llenas de lágrimas—. No, por favor, dioses, ayudadme, no.
Khal Drogo agitó los brazos como si luchara contra algún enemigo invisible. La sangre negra empezó a manar, lenta y espesa, de la herida abierta.
—Vuestro khal se puede dar por muerto, princesa.
—No, no puede morir, no debe morir, si no era más que un corte. —Dany cogió la mano grande y encallecida entre las suyas, tan pequeñas, y la apretó con fuerza—. No permitiré que muera...
—Esa orden está fuera de vuestro alcance, ya seáis khaleesi o reina —dijo Ser Jorah dejando escapar una carcajada amarga—. Guardaos las lágrimas, niña. Ya lo lloraréis mañana, o dentro de un año. Ahora no hay tiempo para la pena. Tenemos que partir, y enseguida, antes de que muera.
—¿Partir? ¿Hacia dónde? —Dany no comprendía nada.
—En mi opinión el mejor lugar sería Asshai. Está muy al sur, al final del mundo conocido, pero según se dice es un gran puerto. Allí encontraremos algún barco que nos lleve de vuelta a Pentos. No quiero engañaros, será un viaje duro. ¿Confiáis en vuestro khas? ¿Vendrán con nosotros?
—Khal Drogo les ordenó que velaran por mí —respondió Dany, insegura—. Pero, si muere... —Se tocó el vientre abultado—. No lo entiendo. ¿Por qué tenemos que huir? Soy la khaleesi. Llevo en mi vientre al heredero de Drogo. Será khal después de él...
—Escuchadme bien, princesa —dijo Ser Jorah con el ceño fruncido—. Los dothrakis no seguirán a un bebé de pecho. Sólo se inclinaban ante la fuerza de Drogo, nada más. Cuando él ya no esté, Jhaqo, Pono y los otros kos se enfrentarán para ocupar su puesto, y este khalasar se devorará a sí mismo. El vencedor no querrá tener más rivales. Os arrancarán al niño del pecho nada más nacer y se lo echarán a los perros.
—Pero, ¿por qué? —sollozó quejumbrosa, abrazándose el vientre—. ¿Por qué querrían matar a un bebé?
—Es el hijo de Drogo. Las viejas dicen que será el semental que monte el mundo. Fue una profecía. Más vale matar al crío que arriesgarse a sufrir su ira cuando crezca y sea un hombre.
El niño le dio una patadita, como si lo hubiera oído todo. Dany recordó lo que Viserys le había contado, lo que habían hecho los perros del Usurpador con los hijos de Rhaegar. El pequeño también era un bebé, pero lo habían arrancado del pecho de su madre para estrellarle la cabeza contra una pared. Así actuaban los hombres.
—¡No pueden hacer daño a mi hijo! —exclamó—. Ordenaré a mi khas que lo cuide, y los jinetes de sangre de Drogo...
—Un jinete de sangre muere con su khal. —Ser Jorah la sujetó por los hombros— . Lo sabéis perfectamente, niña. Os llevarán a Vaes Dothrak, con las viejas, será su última misión. Y después se reunirán con Drogo en las tierras de la noche.
Dany no quería regresar a Vaes Dothrak y pasar el resto de su vida entre aquellas viejas espantosas, pero sabía que el caballero estaba en lo cierto. Drogo no había sido simplemente su sol y estrellas; era también el escudo que la mantenía sana y salva.
—No lo abandonaré —dijo con triste testarudez—. Nunca.
El faldón de la tienda se levantó de nuevo, y Dany volvió la cabeza. Mirri Maz Duur entró e hizo una profunda reverencia. Los días de marcha a pie tras el khalasar la habían dejado demacrada y coja, con los pies llenos de heridas y ampollas, y bolsas oscuras bajo los ojos. Tras ella llegaron Qotho y Haggo, que transportaban entre los dos el cofre de la esposa de dios. Los jinetes de sangre vieron la herida de Drogo. A Haggo se le resbaló el cofre de entre las manos y se estrelló contra el suelo de la tienda, y Qotho soltó una maldición tan brutal que pareció hendir el aire.
—La herida se ha infectado —dijo Mirri Maz Duur mientras examinaba a Drogo con rostro inexpresivo.
—Esto es cosa tuya, maegi —dijo Qotho.
Haggo asestó un puñetazo a Mirri en la mejilla, y la mujer rodó por tierra. Luego empezó a darle patadas.
—¡Basta! —gritó Dany.
—Las patadas son demasiado buenas para una maegi —dijo Qotho, mientras contenía a Haggo—. Vamos a sacarla afuera. La ataremos a una estaca para que la monte todo el que pase. Y cuando acabe, que la monten los perros también. Las comadrejas le sacarán las entrañas y las aves carroñeras le devorarán los ojos. Las moscas del río le pondrán huevos en el vientre y beberán el pus de lo que quede de sus pechos.
Clavó unos dedos duros como el hierro en la carne blanda y temblorosa del brazo de la esposa de dios, y la obligó a ponerse en pie.
—No —replicó Dany—. No quiero que le suceda nada malo.
—¿No? —Qotho le mostró los dientes amarillentos y podridos, en una espantosa parodia de sonrisa—. ¿A mí te atreves a decirme que no? Más te valdría rezar para que no te atemos al lado de tu maegi. Esto es culpa tuya, tanto como de ella.
Ser Jorah se interpuso entre ambos mientras desenvainaba la espada.
—Frena esa lengua, jinete de sangre. La princesa es tu khaleesi.
—Sólo mientras la sangre de mi sangre siga con vida —replicó Qotho al caballero—. Si muere, la mujer no es nada.
—Antes de ser la khaleesi, ya era de la sangre del dragón. —Dany sintió la tensión de su interior—. Ser Jorah, llamad a mi khas.
—No —dijo Qotho—. Nos iremos. Por ahora... Khaleesi.
Haggo, con el ceño fruncido, salió de la tienda tras él.
—Ése no tiene buenas intenciones, princesa —dijo Mormont—. Los dothrakis dicen que un hombre y sus jinetes de sangre comparten la misma vida, y Qotho está viendo que toca a su fin. Un hombre muerto no teme a nada.
—Nadie ha muerto —replicó Dany—. Puede que necesite vuestra espada, Ser Jorah. Será mejor que os pongáis la armadura. —Estaba más asustada de lo que quería reconocer, incluso de lo que quería reconocerse a ella misma.
—A vuestras órdenes —dijo el caballero con una reverencia, y salió de la tienda.
Dany se volvió hacia Mirri Maz Duur. Los ojos de la mujer estaban alerta, llenos de cautela.
—Así que me habéis vuelto a salvar.
—Y ahora tú tienes que salvarlo a él —dijo Dany—. Por favor...
—A una esclava no se le pide nada —replicó Mirri secamente—. Se le dan órdenes. —Se volvió a Drogo, que seguía ardiendo sobre la esterilla, y observó la herida largo rato—. Pero da igual que lo pidáis o lo ordenéis. Ningún sanador puede hacer ya nada por él. —El khal tenía los ojos cerrados. Le abrió uno con los dedos—. Ha estado adormeciendo el dolor con la leche de la amapola.
—Sí —reconoció Dany.
—Le preparé una cataplasma de semilla de fuego y nomepiques, y se la vendé con piel de cordero.
—Decía que le quemaba y se la arrancó. Las mujeres de las hierbas le prepararon otra, húmeda y calmante.
—Quemaba, sí. El fuego tiene una gran magia sanadora, eso lo saben hasta vuestros hombres sin pelo.
—Prepárale otra cataplasma —suplicó Dany—. Esta vez haré que la aguante.
—Ya no es el momento para eso, mi señora —dijo Mirri—. Ahora ya no puedo hacer más que facilitar el oscuro camino que tiene por delante, para que cabalgue sin dolor hacia las tierras de la noche. No vivirá hasta el amanecer.
Sus palabras atravesaron el pecho de Dany como un cuchillo. ¿Qué mal había hecho a los dioses, para que fueran tan crueles con ella? Por fin había encontrado un lugar seguro, por fin conocía el sabor del amor y la esperanza. Por fin iba a volver a su hogar. Y ahora, perderlo todo...
—No —suplicó—. Sálvalo y te liberaré, lo juro. Seguro que sabes alguna manera... magia, o algo...
Mirri Maz Duur se sentó sobre los talones, y miró a Daenerys con ojos negros como la noche.
—Hay un hechizo. —Su voz era baja, poco más que un susurro—. Pero es duro, mi señora, y oscuro. Muchos dirían que la muerte es más limpia. Lo aprendí en Asshai, y pagué muy cara la lección. Mi maestro fue un mago de sangre, de las Tierras Sombrías.
—Entonces, es cierto, eres una maegi... —El cuerpo de Dany se cubrió de un sudor frío.
—¿Sí? —Mirri Maz Duur sonrió—. Sólo una maegi puede salvar a vuestro jinete en este momento, Dama de Plata.
—¿No hay otra manera?
—No.
Khal Drogo dejó escapar un gemido y se estremeció.
—Hazlo —le espetó Dany. No debía tener miedo, era de la sangre del dragón—. Sálvalo.
—El precio es alto —le advirtió la esposa de dioses.
—Te daré oro, caballos, lo que quieras.
—No se trata de oro ni caballos. Esto es magia de sangre, mi señora. La vida sólo se puede pagar con la muerte.
—¿Con la muerte? —Dany se apretó los brazos como si quisiera protegerse, se movió adelante y atrás sobre los talones—. ¿Mi muerte?
Se dijo que moriría por él si era necesario. Era de la sangre del dragón, no debía tener miedo. Su hermano Rhaegar había muerto por la mujer a la que amaba.
—No —le prometió Mirri Maz Duur—. No será tu muerte, khaleesi.
—Hazlo —ordenó Dany mientras temblaba de alivio.
—Como dices se hará —asintió la maegi con solemnidad—. Llama a tus sirvientes.
Khal Drogo se debatió débilmente mientras Rakharo y Quaro lo metían en el baño.
—No —murmuró—. No. He de montar. —Una vez en el agua, las fuerzas parecieron abandonarlo.
—Traed su caballo —ordenó Mirri Maz Duur.
Así lo hicieron. Jhogo hizo entrar el gran semental castaño en la tienda. Cuando el animal olfateó el olor a muerte, relinchó y corcoveó, con ojos espantados. Hicieron falta tres hombres para contenerlo.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Dany.
—Necesitamos la sangre —respondió Mirri—. Así ha de ser.
Jhogo dio un paso atrás y echó mano del arakh. Era un joven de dieciséis años, flaco, temerario, de risa pronta, con apenas la sombra de su primer bigote asomando en el labio superior. Cayó de rodillas ante ella.
—Khaleesi —suplicó—, no permitas esto. Deja que mate a esa maegi.
—Si la matas, matarás a tu khal —dijo Dany.
—Eso es magia de sangre —insistió el muchacho—. Está prohibida.
—Soy la khaleesi, y digo que no está prohibida. En Vaes Dothrak, Khal Drogo mató un semental y yo me comí su corazón para dar a nuestro hijo su fuerza y su valor. Esto es lo mismo. Lo mismo.
El semental coceó y corcoveó cuando Rakharo, Quaro y Aggo lo acercaron a la bañera en la que flotaba el khal, que parecía ya un cadáver, entre las aguas sucias del pus y la sangre que le manaban de la herida. Mirri Maz Duur entonó un cántico en una lengua que Dany no conocía, y de pronto tenía un cuchillo en la mano. Dany nunca supo de dónde lo había sacado. Parecía muy viejo, de bronce rojizo, en forma de hoja, con extraños símbolos grabados en toda la superficie. La maegi lo pasó por la garganta del semental, bajo la cabeza del noble bruto. El caballo relinchó y se estremeció, y la sangre empezó a manar como un surtidor rojo. Se habría derrumbado de no ser porque lo sujetaban los hombres de su khas.
—Fuerza de la montura, entra en el jinete —canturreó Mirri mientras la sangre del caballo llenaba la bañera de Drogo—. Fuerza de la bestia, entra en el hombre.
Jhogo parecía aterrado, tenía miedo de soportar el peso del semental, de tocar la carne muerta, pero también tenía miedo de soltarlo.
«Sólo un caballo», pensó Dany. Si podía comprar la vida de Drogo con la muerte de un caballo, pagaría aquel precio mil veces.
Cuando por fin dejaron caer el cuerpo del semental, el baño estaba lleno de un líquido rojo oscuro, y a Drogo sólo se le veía la cara. Mirri Maz Duur no necesitaba el cadáver del caballo para nada.
—Quemadlo —les ordenó Dany. Sabía que aquélla era la costumbre. Cuando moría un hombre, mataban a su caballo y ponían el cadáver en la pira funeraria, para que lo llevara a las tierras de la noche. Los hombres de su khas arrastraron el cuerpo fuera de la tienda. Había sangre por todas partes, hasta la tela de las paredes estaba salpicada de rojo, y las alfombras estaban húmedas y negras.
Encendieron los braseros. Mirri Maz Duur arrojó un polvo rojo sobre los carbones, y aquello dio al humo un aroma especiado bastante agradable, pero Eroeh salió corriendo entre sollozos, y Dany sintió un miedo paralizante. Pero había llegado demasiado lejos para retroceder. Hizo salir a sus doncellas.
—Id con ellas, Dama de Plata —le dijo Mirri Maz Duur.
—Me quedaré —replicó Dany—. Este hombre me poseyó bajo las estrellas y dio vida al niño que llevo dentro. No lo dejaré.
—Es necesario. Una vez empiece mi cántico, ninguna persona debe entrar en esta tienda. Mi canción va a despertar poderes antiguos y oscuros. Los muertos danzarán aquí esta noche. Ningún hombre vivo debe verlos.
—Nadie entrará —dijo Dany agachando la cabeza, impotente. Se inclinó sobre la bañera, sobre Drogo casi sumergido en la sangre, y le dio un beso en la frente—. Devuélvemelo —susurró a Mirri Maz Duur antes de salir.
En el exterior el sol estaba ya bajo en el horizonte y el cielo estaba teñido de rojo. El khalasar había acampado. Las tiendas y las esterillas para dormir se extendían hasta donde alcanzaba la vista. El viento soplaba ardiente. Jhogo y Aggo estaban excavando un agujero para encender una hoguera en la que quemar el cadáver del semental. Se había reunido toda una multitud para observar a Dany con ojos negros y duros, con rostros de cobre batido. Ella vio a Ser Jorah Mormont, vestido ya con ropas de cuero y cota de mallas, y la frente perlada de sudor allí donde el pelo empezaba a ralear. El caballero se abrió camino entre los dothrakis hasta llegar junto a Dany. Cuando vio las huellas escarlata que las botas de la muchacha dejaban en la tierra, el color huyó de su rostro.
—Pequeña idiota, ¿qué habéis hecho? —susurró con voz ronca.
—Tenía que salvarlo.
—Podríamos haber escapado —dijo él—. Podría haberos llevado a salvo hasta Asshai, princesa. No había necesidad de...
—¿Soy de verdad vuestra princesa?
—Que los dioses nos ayuden a los dos, bien sabéis que sí.
—Entonces, ayudadme.
—Ojalá supiera cómo. —Ser Jorah hizo una mueca.
La voz de Mirri Maz Duur se elevó hasta convertirse en un aullido agudo, ululante, que hizo estremecer a Dany. Algunos de los dothrakis retrocedieron entre murmullos. Los braseros del interior de la tienda hacían que resplandeciera en el ocaso. A través del tejido de las paredes, salpicado de sangre, divisó sombras que se movían.
Mirri Maz Duur había empezado a bailar. Y no estaba sola.
Dany vio el miedo en los rostros de los dothrakis.
—Esto no puede ser —retumbó la voz de Qotho.
No había visto volver al jinete de sangre. Haggo y Cohollo estaban con él. Los acompañaban los hombres sin pelo, los eunucos que curaban con el cuchillo, la aguja y el fuego.
—Esto va a ser —replicó Dany.
—Maegi —rugió Haggo.
Y Cohollo, el viejo Cohollo, que había atado su vida a la de Drogo desde el día que nació, Cohollo, que siempre había sido bueno con ella... Cohollo le escupió a la cara.
—Morirás, maegi —prometió Qotho—. Pero antes ha de morir la otra. — Desenvainó el arakh y avanzó hacia la tienda.
—¡No! —gritó Dany—. ¡No entres! —Lo agarró por el hombro, pero Qotho la empujó a un lado. Dany cayó sobre las rodillas, cruzando los brazos sobre el vientre para proteger a su hijo—. Detenedlo —ordenó a su khas—. ¡Matadlo!
Rakharo y Quaro seguían ante el faldón de la tienda. Quaro dio un paso al frente, buscó con la mano el mango de su látigo, pero Qotho giró con la elegancia de un bailarín al tiempo que alzaba el arakh. El tajo dio de lleno a Quaro bajo el brazo, el acero afilado atravesó el cuero y la piel, cortó el músculo y las costillas. El joven jinete retrocedió, boqueando, mientras la sangre manaba a chorros. Qotho le arrancó el arma del cuerpo.
—¡Señor de los caballos! —gritó Ser Jorah Mormont—. Prueba conmigo.
Desenvainó la espada larga. Qotho lanzó una maldición y se volvió. El arakh se movió tan deprisa que la sangre de Quaro se dispersó al viento ardiente como si fuera una llovizna. La espada paró el golpe a un palmo del rostro de Ser Jorah, y durante un instante los dos aceros quedaron brillando en el aire, mientras Qotho aullaba de rabia. El caballero iba vestido con cota de mallas, llevaba guanteletes y canilleras de acero articulado, y un pesado gorjal en torno a la garganta, pero no se le había ocurrido ponerse el yelmo.
Qotho retrocedió, y cuando Ser Jorah cargó contra él hizo girar el arakh centelleante sobre la cabeza. El caballero esquivó el golpe como pudo, pero los tajos eran tan rápidos que Dany pensó que Qotho tenía cuatro arakhs y otros tantos brazos. Oyó el crujido de la cota de mallas cuando la golpeó el arakh, y vio cómo saltaban chispas cuando la larga hoja curva rebotó contra un guantelete. De pronto era Mormont quien retrocedía, mientras Qotho se lanzaba al ataque. El lado izquierdo del rostro del caballero estaba lleno de sangre, y un golpe que había recibido en la cadera le había atravesado la cota de mallas y lo hacía cojear. Qotho se mofaba de él a gritos, lo llamaba cobarde, hombre de leche, eunuco con traje de hierro.
—¡Vas a morir! —le prometió mientras el arakh brillaba trémulo en el ocaso rojo.
El hijo de Dany le dio una patada brutal dentro del vientre. La hoja curva resbaló sobre la recta, y fue a hundirse en la cadera del caballero, en el boquete de la cota de mallas.
Mormont gruñó y se tambaleó. Dany sintió un dolor agudo en el vientre, y humedad en los muslos. Qotho lanzó un grito de triunfo, pero el arakh había llegado al hueso, y tardó un instante en poder sacarlo.
Fue suficiente. Ser Jorah asestó un golpe de arriba abajo con todas las fuerzas que le quedaban, atravesó la carne, el músculo y el hueso, y de pronto el antebrazo de Qotho colgaba de su brazo sujeto sólo por un fino jirón de piel y tendón. El siguiente golpe del caballero fue hacia la oreja del dothraki, y resultó tan salvaje que el rostro de Qotho pareció estallar.
Los dothrakis gritaban, Mirri Maz Duur lanzaba aullidos inhumanos en la tienda, el moribundo Quaro suplicaba agua. Dany pidió ayuda, pero nadie la oyó. Rakharo luchaba contra Haggo, arakh enfrentado a arakh, hasta que el látigo de Jhogo restalló como un trueno, y la punta se enroscó al cuello de Haggo. Dio un tirón, y el jinete de sangre cayó hacia atrás, perdiendo a la vez el equilibrio y la espada. Rakharo se precipitó hacia él con un aullido, blandiendo el arakh con ambas manos en un golpe descendente que acertó a Haggo entre los ojos. Alguien lanzó una piedra, y cuando Dany se volvió vio que tenía el hombro herido y lleno de sangre.
—No —sollozó—. No, por favor, para, es demasiado alto, el precio es demasiado alto.
Le llovieron más pedradas. Trató de arrastrarse hacia la tienda, pero Cohollo la agarró por el pelo y le echó la cabeza hacia atrás. Dany sintió el roce de su cuchillo en la garganta.
—¡Mi bebé! —gritó.
Tal vez los dioses la oyeron, porque en aquel momento Cohollo cayó muerto. La flecha de Aggo le entró por debajo del brazo, y le atravesó los pulmones y el corazón.
Cuando Daenerys reunió por fin fuerzas suficientes para levantar la cabeza, vio que la multitud se dispersaba. Los dothrakis regresaban en silencio a sus tiendas y a sus esterillas. Algunos ensillaron caballos y se alejaron. El sol se había puesto. En todo el khalasar ardían hogueras, brillantes fuegos anaranjados que chisporroteaban con furia y escupían al aire brasas encendidas. Trató de incorporarse, pero el dolor se apoderó de ella y la estrujó como el puño de un gigante. Se quedó sin respiración. Apenas si pudo boquear. La voz de Mirri Maz Duur era como un canto fúnebre. En el interior de la tienda, las sombras giraban.
Le pasaron un brazo bajo la cintura. Ser Jorah la ayudó a ponerse en pie. El caballero tenía el rostro lleno de sangre, y Dany vio que había perdido media oreja. Una nueva oleada de dolor hizo que se estremeciera en sus brazos, y oyó cómo el hombre llamaba a gritos a sus doncellas para que acudieran a ayudarla.
«¿Tanto miedo tienen?» Sabía demasiado bien la respuesta. La dominó otro espasmo de dolor, y tuvo que contener un grito. Sentía como si su hijo tuviera un cuchillo en cada mano, y se estuviera abriendo camino a tajos hacia el exterior.
—¡Maldita seas, Doreah! —rugió Ser Jorah—. Ven aquí. Trae a las parteras.
—No quieren venir. Dicen que está maldita.
—¡Si no vienen les cortaré la cabeza!
—Se han marchado todas, mi señor. —Doreah se echó a llorar.
—La maegi —dijo otra voz. ¿La de Aggo?—. Llevadla con la maegi.
«No —quiso gritar Dany—. No, eso no, no lo hagáis.» Pero cuando abrió la boca se le escapó un largo aullido de dolor, y la piel se le cubrió de sudor. «¿Qué les pasa a todos, acaso no lo ven?» En el interior de la tienda las formas danzaban en círculos en torno al brasero y la bañera llena de sangre, eran sombras oscuras en las paredes de tela, y algunas no parecían humanas. Divisó la forma de un lobo grande, y otra que parecía un hombre envuelto en llamas.
—La mujer cordero conoce los secretos del parto —señaló Irri—. Yo se lo oí decir.
—Sí —corroboró Doreah—. Yo también.
«No», gritó Dany, o tal vez sólo lo pensó, porque de sus labios no salió sonido alguno. La llevaban en brazos. Abrió los ojos para contemplar un cielo negro, muerto, sin estrellas. «No, por favor.» El sonido de la voz de Mirri Maz Duur se hizo cada vez más alto, hasta llenar el mundo. «Las formas —gritó en su interior—. ¡Los bailarines!»
Ser Jorah la llevó al interior de la tienda.