62 - Tyrion

Los cocineros estaban sirviendo la carne: cinco cochinillos de piel tostada y crujiente, cada uno con una fruta diferente en la boca. El olor le hizo la boca agua.
—Disculpad el retraso —dijo.
—Debería encargarte la misión de enterrar a nuestros muertos, Tyrion —bufó Lord Tywin—. Si llegas tan tarde a la batalla como a la mesa, cuando te dignes a aparecer la lucha habrá terminado.
—Vamos, padre, al menos me reservarás un par de labriegos, ¿no? —replicó Tyrion—. Tampoco muchos, no quiero ser codicioso. —Se llenó la copa de vino y observó cómo uno de los criados trinchaba el lechón. La piel crujiente se quebraba bajo el cuchillo y corrían los jugos calientes de la carne. Era el espectáculo más hermoso que Tyrion había visto en mucho tiempo.
—La avanzadilla de Ser Addam dice que la hueste de los Stark se mueve hacia el sur de los Gemelos —le informó su padre al tiempo que le llenaban el plato de tajadas de lechón—. Los hombres de Lord Frey se han unido a él. No creo que esté a más de un día de viaje hacia el norte.
—Por favor, padre —dijo Tyrion—. Que estoy a punto de comer.
—¿Y la perspectiva de enfrentarte al joven Stark te acobarda, Tyrion? A tu hermano Jaime le encantaría tenerlo delante.
—Yo lo que deseo es tener delante ese lechón. Robb Stark no es tan tierno, y jamás ha olido tan bien.
—Espero que vuestros salvajes no compartan esa desgana —dijo Lord Lefford, el ave de mal agüero que se encargaba de las provisiones, inclinándose hacia adelante—, o habremos desperdiciado mucho acero en ellos.
—Mis salvajes utilizarán muy bien ese acero, mi señor —replicó Tyrion. Cuando le dijo a Lefford que necesitaba armas y armaduras para los trescientos hombres que había llevado Ulf de las montañas, fue como si le pidiera que les entregara a sus hijas vírgenes para que se divirtieran.
—Esta mañana he visto al grande —dijo Lefford con el ceño fruncido—, el peludo, el que se empeñó en que necesitaba dos hachas de combate, de esas grandes de acero negro con dos hojas en forma de luna.
—Es que a Shagga le gusta matar a dos manos —dijo Tyrion, sin apartar los ojos del plato de cochinillo humeante que acababan de poner ante él.
—Y todavía llevaba el hacha de madera a la espalda.
—Shagga es de la opinión de que tres hachas son mejor que dos. —Tyrion cogió un generoso pellizco de sal entre el índice y el pulgar, y espolvoreó la carne.
—Hemos pensado que vos y vuestros salvajes deberíais estar en la vanguardia cuando comience la batalla —intervino Ser Kevan inclinándose hacia adelante. Ser Kevan rara vez pensaba nada que Lord Tywin no hubiera pensado antes. Tyrion había pinchado un trozo de carne con la daga y se lo estaba llevando a la boca. Lo volvió a bajar al oír aquello.
—¿La vanguardia? —repitió, dubitativo. O su señor padre sentía de pronto un respeto desconocido ante la habilidad de Tyrion, o había decidido librarse de una vez por todas de la vergüenza que le suponía un hijo tullido. Tyrion tenía el sombrío presentimiento de que era lo segundo.
—Tienen un aspecto muy feroz —señaló Ser Kevan.
—¿Feroz? —Tyrion se dio cuenta de que estaba repitiendo las palabras de su tío como un pájaro bien entrenado. Su señor padre lo miraba, sopesando cada palabra—. Os contaré hasta qué punto son feroces. Anoche un Hermano de la Luna apuñaló a un Grajo de Piedra por una salchicha. Hoy, al montar el campamento, tres Grajos de Piedra le abrieron la garganta. No sé, quizá quisieran recuperar la salchicha. Por suerte Bronn consiguió impedir que Shagga le cortara la verga al cadáver, pero aun así Ulf exige compensación económica por la sangre, y desde luego Conn y Shagga se niegan a pagar.
—Si a los soldados les falta disciplina, la culpa es de su lord comandante —señaló su padre.
Su hermano Jaime siempre había logrado que los hombres lo siguieran de buena gana, que dieran la vida por él si era necesario. Tyrion no tenía aquel don. Compraba la lealtad con oro, e imponía obediencia con su nombre.
—Un hombre más alto podría meterlos en cintura. ¿No es eso lo que intentas decir, mi señor?
—Si los hombres de mi hijo no obedecen sus órdenes —dijo Lord Tywin Lannister a su hermano—, la vanguardia no es el lugar que le corresponde. Sin duda se sentirá más a su gusto en la retaguardia, con los carromatos del equipaje.
—No me hagas favores, padre —dijo, airado—. Si no tienes otro mando que ofrecerme, iré a la cabeza de tu vanguardia.
—No he hablado de darte ningún mando. —Lord Tywin miró a su hijo enano—. Servirás a las órdenes de Ser Gregor.
Tyrion mordió un trozo de cochinillo, lo masticó un instante y lo escupió, furioso.
—No tengo tanta hambre como pensaba —dijo mientras se bajaba torpemente del banco—. Ruego a mis señores que me disculpen.
Lord Tywin inclinó la cabeza en gesto de despedida. Tyrion se dio media vuelta y se alejó. Al cojear colina abajo, sentía los ojos de todos clavados en la espalda. Oyó una carcajada compartida, pero no se volvió. Deseó fervorosamente que se les atragantara el lechón asado.
El crepúsculo hacía que todos los estandartes parecieran negros. El campamento Lannister se extendía kilómetros y kilómetros entre el río y el camino real. Era fácil perderse entre tantos hombres, caballos y árboles, y eso fue lo que hizo Tyrion. Pasó junto a una docena de grandes pabellones y un centenar de hogueras donde se preparaban las cenas. Las luciérnagas revoloteaban entre las tiendas como estrellas errantes. Le llegó el olor de salchichas con ajo, especiadas y sabrosas, tan tentador que el estómago le empezó a rugir. A lo lejos se oían voces que entonaban una canción grosera. Una mujer pasó corriendo junto a él, riendo, desnuda bajo una capa oscura, mientras su perseguidor, borracho, tropezaba con las raíces de los árboles. Más adelante dos hombres con lanzas se enfrentaban separados por un estrecho arroyo, practicando lanzamientos y esquivando a la escasa luz, con los torsos desnudos y empapados de sudor.
Nadie se fijó en él. Nadie le dirigió una mirada. Nadie le prestó atención. Estaba rodeado de hombres que habían jurado lealtad a la Casa Lannister, un vasto ejército de veinte mil hombres, pero se encontraba solo.
Cuando oyó el rugido de la risa de Shagga en la oscuridad, lo siguió hasta el rincón donde se encontraban los Grajos de Piedra. Conn, hijo de Coratt, le mostró una jarra de cerveza.
—¡Tyrion Mediohombre! Ven, siéntate junto a nuestro fuego, comparte carne con los Grajos de Piedra. Tenemos un buey.
—Ya lo veo, Conn, hijo de Coratt. —El enorme trozo de carne roja estaba suspendido sobre el fuego, atravesado por un espetón del tamaño de un árbol pequeño. Probablemente se trataba de un árbol pequeño. Dos Grajos de Piedra daban vueltas a la carne, y la sangre y la grasa goteaban sobre las llamas—. Te lo agradezco. Llamadme cuando esté hecho. —Por el aspecto de la carne, quizá fuera antes de la batalla. Se alejó de allí.
Cada uno de los clanes tenía su hoguera. Los Orejas Negras no comían con los Grajos de Piedra, los Grajos de Piedra no comían con los Hermanos de la Luna, y con los Hombres Quemados no comía nadie. La modesta tienda que había conseguido sacarle a Lord Lefford se alzaba en el centro de las cuatro hogueras. Tyrion vio a Bronn, que compartía un pellejo de vino con uno de los nuevos criados. Lord Tywin le había enviado un caballerizo y un asistente personal, incluso se empeñó en que tuviera escudero propio. Todos estaban sentados en torno a una hoguera pequeña. Los acompañaba una muchacha delgada, de pelo oscuro, que no aparentaba más de dieciocho años. Tyrion examinó su rostro un momento, antes de ver las espinas entre las cenizas.
—¿Qué habéis comido?
—Truchas, mi señor —dijo el caballerizo—. Las pescó Bronn.
«Truchas —pensó—, cochinillo asado... Maldito sea mi padre.» Contempló los restos con tristeza. Le rugía el estómago.
Su escudero, un muchacho llamado para su desgracia Podrick Payne, se tragó algo que estaba a punto de decir. El muchacho era primo lejano de Ilyn Payne, el verdugo del rey... y parecía tan silencioso como su pariente, aunque no por falta de lengua. En cierta ocasión Tyrion lo había obligado a enseñársela para estar seguro.
—Pues sí, es una lengua —dijo en aquella ocasión—. Quizá algún día aprendas a utilizarla.
Pero esa noche carecía de la paciencia necesaria para intentar hacer hablar al chico. Tenía la sensación de que se lo habían asignado como broma cruel. Concentró su atención en la chica.
—¿Es ella? —preguntó a Bronn.
La muchacha se levantó con un gesto grácil, y lo miró desde la cima de su altura, un metro y medio, quizá más.
—Sí, mi señor, y si te parece bien puede hablar por sí misma.
—Soy Tyrion, de la Casa Lannister —dijo Tyrion inclinando la cabeza hacia un lado—. Los hombres me llaman el Gnomo.
—Mi madre me llama Shae. Los hombres me llaman... a menudo.
Bronn se echó a reír, y el propio Tyrion no pudo contener una sonrisa.
—Vamos a la tienda, Shae, si tienes la amabilidad. —Levantó el ala de la tienda para que pasara. Una vez dentro, se arrodilló para encender una vela.
En la vida del soldado había ciertas compensaciones. Todo campamento tenía un grupo de personas que lo seguía. Al final del día, Tyrion había enviado a Bronn a que le buscara entre ellas una prostituta bonita.
—Me gustan razonablemente jóvenes, y mejor si son lindas —le indicó—. Si se ha lavado este año, mucho mejor, si no báñala antes. No te olvides de decirle quién soy, y sobre todo cómo soy.
En ocasiones Jyck se había olvidado de hacerlo. Y las chicas ponían una cara extraña al ver al señor a quien debían complacer... una cara que Tyrion Lannister no quería volver a ver.
Alzó la vela y la examinó. Bronn se había esmerado; tenía ojos de gacela y era esbelta, con pechos pequeños y firmes, y una sonrisa a ratos tímida, a ratos insolente, en ocasiones traviesa. Eso le gustaba.
—¿Me quito el vestido, mi señor? —preguntó.
—Todo a su tiempo. ¿Eres doncella, Shae?
—Si vos lo deseáis, mi señor... —contestó con recato.
—Lo que deseo es la verdad, muchacha.
—Sí, pero eso os costará el doble.
—Soy un Lannister —dijo Tyrion, que comprendió que se iban a llevar muy bien—. Si algo me sobra es oro, y no tardarás en ver que soy generoso. Pero querré de ti algo más que lo que tienes entre las piernas, aunque eso también, claro. Compartirás mi tienda, me servirás el vino, reirás mis chistes, me darás masajes en las piernas para quitarme el dolor tras la jornada de marcha... y, tanto si te conservo a mi lado un día como si es un año, mientras estés conmigo no habrá otros hombres en tu cama.
—Me parece justo. —Se inclinó, se cogió el borde del vestido y se lo sacó por la cabeza en un solo movimiento fluido, antes de tirarlo a un lado. Bajo él sólo llevaba la piel—. Si mi señor no deja esa vela se va a quemar los dedos.
Tyrion dejó la vela, la cogió de la mano y la atrajo con gentileza hacia él. La muchacha se inclinó para besarlo. La boca le sabía a miel y a especias, y los dedos con que desató los lazos de sus ropas eran diestros y hábiles.
Cuando la penetró, ella lo recibió con susurros cariñosos y estremecimientos de placer. Tyrion sospechaba que era fingido, pero lo hacía tan bien que no importaba. No necesitaba tanta verdad.
En cambio, como comprendió más tarde, mientras la muchacha yacía tranquila entre sus brazos, sí la había necesitado a ella. O quizá a alguien como ella. Hacía casi un año que no estaba con una mujer, desde que partiera hacia Invernalia en compañía de su hermano y el rey Robert. Quizá muriera al día siguiente, y si era lo que le deparaban los dioses, prefería irse a la tumba pensando en Shae, y no en su señor padre, en Lysa Arryn, ni en Lady Catelyn Stark.
Sentía la suavidad de los pechos de la chica contra el brazo. Era agradable. Una canción le llenó la mente. Empezó a silbar, muy bajito.
—¿Qué sucede, mi señor? —preguntó Shae, acurrucada junto a él.
—Nada —respondió—. Una canción que aprendí de niño, nada más. Duerme, pequeña.
Cuando ella cerró los ojos, y su respiración se hizo lenta y pausada, Tyrion salió de su abrazo con delicadeza, para no turbarle el sueño. Salió al exterior desnudo, tropezó con su escudero, y fue tras la tienda para orinar.
Bronn estaba sentado bajo un castaño, con las piernas cruzadas, cerca del lugar donde habían atado los caballos. Estaba afilando la espada, bien despierto. Por lo visto el mercenario no dormía como el resto de los hombres.
—¿Dónde la encontraste? —le preguntó Tyrion mientras meaba.
—Se la arrebaté a un caballero. No quería dejarla marchar, pero tu nombre hizo que cambiara de opinión... bueno, eso y mi daga en su garganta.
—Espléndido —replicó Tyrion secamente, al tiempo que se sacudía las últimas gotas—. Si mal no recuerdo, te pedí que me buscaras una puta, no que me crearas un enemigo.
—Todas las bonitas estaban ya cogidas —dijo Bronn—. Si prefieres una vieja desdentada, yo me quedaré con ésta.
—Mi señor padre diría que eso ha sido una insolencia —dijo Tyrion mientras se acercaba cojeando a él—, y te mandaría a las minas por impertinente.
—Por suerte para mí tú no eres tu padre —replicó Bronn—. Había otra con la nariz llena de verrugas. ¿Te la traigo?
—Sé que te rompería el corazón —dijo Tyrion para devolverle el golpe—. Me quedo con Shae. ¿Recuerdas por casualidad el nombre de ese caballero? No quisiera tenerlo a mi lado durante la batalla.
—En la batalla seré yo quien estará a tu lado, enano. —Bronn se había levantado, ágil y rápido como un gato, haciendo girar la espada en la mano.
Tyrion asintió. El aire de la noche era una caricia cálida sobre la piel desnuda.
—Encárgate de que sobreviva a esta batalla y podrás pedirme lo que quieras.
—¿Quién querría matar a alguien como tú? —Bronn se pasó la espada de la mano derecha a la izquierda, y practicó un golpe de tajo.
—Mi señor padre, por ejemplo. Me ha puesto en la vanguardia.
—Yo habría hecho lo mismo. Un hombre pequeño con un escudo grande. A los arqueros les dará un ataque.
—Me parece que estás muy contento —bufó Tyrion—. Seguramente soy yo el que está loco.
—No te quepa duda. —Bronn envainó la espada.
Cuando Tyrion volvió a la tienda, Shae se incorporó sobre un codo.
—Me desperté y mi señor se había ido —murmuró, somnolienta.
—Tu señor ha vuelto ya —dijo Tyrion y se deslizó entre las mantas junto a ella. La chica metió la mano entre las piernas atrofiadas y descubrió que estaba dispuesto.
—Ya lo veo —dijo mientras lo acariciaba. Él le preguntó por el hombre con el que estaba cuando Bronn la había escogido para él. Le dio el nombre de un vasallo menor de un señor insignificante—. No tenéis nada que temer de él, mi señor —añadió la muchacha, con las manos ocupadas en su sexo—. Es un hombre pequeño.
—¿Y qué soy yo? —preguntó Tyrion—. ¿Un gigante?
—Oh, sí —ronroneó—. Mi gigante de Lannister. —Se montó sobre él y, durante un rato, casi consiguió que la creyera. Tyrion se durmió con una sonrisa en los labios...
... y despertó en la oscuridad, entre el sonido de las trompetas. La chica lo sacudía por el hombro.
—Mi señor —susurraba—. Despertad, mi señor. Tengo miedo.
Se sentó adormilado, y apartó la manta. Los cuernos resonaban en la noche, salvajes y apremiantes, con un aullido que proclamaba: «deprisa, deprisa, deprisa». Oyó gritos, ruido de lanzas, relinchos de caballos, pero nada que delatara que empezaba la batalla.
—Las trompetas de mi señor padre —dijo—. Llaman a la batalla. Creía que Stark estaba todavía a una jornada de distancia.
Shae sacudió la cabeza. Tenía los ojos muy abiertos, estaba conmocionada.
Tyrion consiguió ponerse en pie torpemente, salió de la tienda y llamó a gritos a su escudero. Los jirones de niebla blanquecina parecían dedos largos que surgieran del río hacia el aire de la noche. Tanto hombres como caballos se movían casi a ciegas en medio del frío previo al amanecer; se ensillaban los animales, se cargaban los carromatos, se apagaban las hogueras... Las trompetas sonaron de nuevo: «deprisa, deprisa, deprisa». Los caballeros maldecían a gritos, los guerreros se colgaban a toda prisa las espadas de los cintos. Cuando por fin encontró a Pod, el muchacho roncaba suavemente. Tyrion le dio una patada en las costillas.
—Mi armadura —dijo—. Venga, venga.
Bronn surgió de pronto de entre la niebla, ya con la armadura puesta y a caballo, con su eterno yelmo abollado.
—¿Qué ha pasado? —le preguntó Tyrion.
—Stark se nos ha adelantado un día —dijo Bronn—. Ha bajado por el camino real en medio de la noche, y ahora sus huestes están formadas para la batalla a menos de un kilómetro hacia el norte.
«Deprisa —llamaban las trompetas—, deprisa, deprisa, deprisa.»
—Asegúrate de que los hombres de los clanes estén preparados. —Tyrion volvió a entrar en su tienda—. ¿Dónde está mi ropa? —gritó a Shae—. Muy bien. No, maldita sea, la de cuero. Sí. Tráeme las botas.
Cuando consiguió vestirse, su escudero le presentó la armadura. Tyrion tenía una armadura excelente, diseñada para adaptarse a su cuerpo deforme. Por desgracia, la armadura estaba a buen recaudo en Roca Casterly, y él no. Tuvo que arreglárselas con restos elegidos en los carromatos de Lord Lefford: una cota de mallas, el gorjal de un caballero caído en batalla, canilleras y guanteletes articulados, y botas de acero con puntera. Parte de la armadura era sencilla, parte muy ornamentada, y ni una sola pieza le quedaba bien. La coraza estaba diseñada para un hombre más corpulento, y lo único que pudo encontrar adecuado al tamaño excesivo de su cabeza fue un yelmo grande, con una púa triangular de un palmo de largo.
Shae ayudó a Pod con las hebillas y los cierres.
—Si muero, llora por mí —pidió Tyrion a la prostituta.
—¿Cómo sabrás si lloro o no? Estarás muerto.
—Lo sabré.
—Te creo.
Shae le puso el yelmo, y Pod se lo ajustó al gorjal. Tyrion se abrochó el cinturón, del que colgaban una espada corta y una daga. Para entonces el mozo de cuadra le había llevado ya la montura, un corcel con una armadura tan formidable como la del propio Tyrion. Tuvieron que ayudarlo para montar, se sentía como si pesara una tonelada. Pod le tendió su escudo, una enorme pieza de madera de palo santo con refuerzos de acero. Por último le dieron el hacha de combate. Shae retrocedió un paso y lo miró.
—Mi señor tiene un aspecto temible.
—Mi señor tiene aspecto de enano con armadura de retales —replicó Tyrion con amargura—, pero te lo agradezco. Podrick, si la batalla se vuelve contra nosotros, acompaña a la señora a su casa, quiero que llegue sana y salva.
La saludó con el hacha, hizo dar media vuelta al caballo y se alejó al trote. Tenía el estómago encogido en un nudo duro, tan prieto que le hacía daño. Tras él, sus criados empezaron a recoger la tienda a toda prisa. Los primeros rayos rosados del amanecer se divisaban ya hacia el este, a medida que el sol surgía por el horizonte. El cielo del oeste era de un color púrpura oscuro, salpicado de estrellas. Tyrion se preguntó si sería aquél el último amanecer que presenciaba... y si el hecho de preguntárselo denotaba cobardía. ¿Pensaría su hermano Jaime en la muerte antes de una batalla?
Un cuerno de guerra resonó a lo lejos, con una nota profunda, triste, que encogía el alma. Los hombres de los clanes montaron en sus esqueléticos caballos, entre gritos, maldiciones y bromas groseras. Varios de ellos parecían borrachos. El sol naciente disipaba ya los tentáculos de niebla cuando Tyrion se puso al frente de su grupo para iniciar la marcha. La poca hierba que los caballos habían dejado estaba llena de rocío, como si un dios hubiera salpicado la tierra con diamantes. Los montañeses cabalgaron tras él, separados por clanes y cada uno con su jefe al frente.
A la luz del amanecer, el ejército de Lord Tywin Lannister se desplegó como una rosa de hierro, llena de espinas deslumbrantes.
Su tío estaba al mando del grupo central. Ser Kevan había izado sus estandartes por encima del camino real. Los arqueros de a pie, con las aljabas colgadas de los cinturones, se situaron en tres largas hileras, cruzando el camino de este a oeste, y aguardaron en calma con los arcos ya tensos. Entre ellos los hombres armados con picas formaron en cuadro. Detrás iban los guerreros armados con lanzas, espadas y hachas. Trescientos jinetes rodeaban a Ser Kevan y a los señores vasallos Lefford, Lydden y Serrett, junto a sus guardias juramentados.
El ala derecha correspondía por completo a la caballería, unos cuatro mil hombres con pesadas armaduras. Allí se concentraban más de tres cuartas partes de los jinetes, apiñados como un gigantesco puño de acero. Ser Addam Marbrand estaba al mando. Tyrion vio que en aquel momento su portaestandarte desplegaba la enseña, un árbol en llamas, anaranjado y humeante. Detrás ondeaban el unicornio púrpura de Ser Flement, el jabalí pinto de Crakehall, el gallo de Swyft, y muchos más.
Incluso desde lejos, su señor padre tenía un aspecto esplendoroso. La armadura de combate de Tywin Lannister era aún más rica que la dorada de su hijo Jaime. Llevaba una amplia capa de hilo de oro, tan pesada que apenas le ondeaba a la espalda al cabalgar, y tan larga que cuando montaba cubría casi por completo los cuartos traseros de su semental. No había broche que soportara tal peso, de manera que se la sujetaba en los hombros con dos pequeñas leonas que parecían a punto de saltar. El macho, un león de magnífica melena, descansaba sobre el gran yelmo de Lord Tywin, con las fauces abiertas en un rugido, y una zarpa amenazadora en el aire. Los tres leones eran de oro, con ojos de rubíes. La armadura era de grueso acero esmaltado en escarlata, con canilleras y guanteletes llenos de incrustaciones de oro en forma de volutas. Las rondelas tenían forma de soles, todos los broches estaban chapados en oro, y el acero rojo estaba tan bruñido que brillaba como el fuego a la luz del sol naciente.
A los oídos de Tyrion llegaba ya el retumbar de los tambores del enemigo. Recordó a Robb Stark tal como lo había visto la última vez, en el trono de su padre, en la Sala Principal de Invernalia, con la espada desenvainada en las manos. Recordó también cómo habían salido de entre las sombras los dos huargos, y volvió a verlos ante él, mostrando los colmillos, gruñendo y lanzando dentelladas. ¿Acompañarían al chico durante la batalla? La sola idea lo ponía nervioso.
Los norteños estarían agotados tras la larga noche de marcha, sin dormir. Tyrion estaba intrigado, ¿qué habría planeado el muchacho? ¿Acaso había pretendido cogerlos desprevenidos mientras dormían? Era poco probable. De Tywin Lannister se podían decir muchas cosas, pero no que fuera idiota.
La vanguardia se estaba agrupando a la izquierda. Lo primero que vio fue el estandarte, tres perros negros sobre campo de oro. Bajo él cabalgaba Ser Gregor, a lomos del caballo más grande que Tyrion había visto en su vida. Bronn le echó un vistazo y sonrió.
—En la batalla, sigue siempre al hombre más grande.
—¿Y eso por qué? —Tyrion lo miró con el ceño fruncido.
—Son un blanco magnífico. Y ese hombre va a atraer las miradas de todos los arqueros.
—La verdad es que nunca lo había considerado desde esa perspectiva. —Tyrion se echó a reír, y vio a la Montaña con otros ojos.
En Clegane no había nada de espléndido. Su armadura era de acero gris opaco, deslucida y arañada por el uso, sin ningún blasón ni adorno. Iba señalando a los hombres sus posiciones con movimientos del enorme espadón; Ser Gregor lo movía con una sola mano, con la misma facilidad con que otro habría manejado una daga.
—¡Yo mismo mataré al que vea huir! —rugía. En aquel momento vio a Tyrion—. ¡Gnomo! Ve a la izquierda. Defiende el río. Si puedes.
La izquierda de la izquierda. Para situarse en aquel flanco, los Stark necesitarían caballos capaces de correr sobre las aguas. Tyrion guió a sus hombres hacia la orilla.
—¡Mirad! —gritó al tiempo que apuntaba con el hacha—. El río. —Un manto de neblina cubría aún la superficie del agua, la corriente verdosa discurría bajo ella. Los bajíos eran lodosos y llenos de plantas acuáticas—. Ese río es nuestro. Pase lo que pase, no os alejéis del agua. No lo perdáis de vista. Ningún enemigo debe interponerse entre nuestro río y nosotros. Si ensucian nuestras aguas, cortadles las pollas y echadlas de comer a los peces.
Shagga llevaba un hacha en cada mano. Las entrechocó con un sonido estremecedor.
—¡Mediohombre! —gritó. Otros Grajos de Piedra repitieron el grito, y también lo hicieron los Orejas Negras y los Hermanos de la Luna. Los Hombres Quemados no gritaron, pero entrechocaron las espadas y las lanzas—. ¡Mediohombre! ¡Mediohombre! ¡Mediohombre!
Tyrion hizo dar media vuelta a su caballo para examinar el campo de batalla. En aquella zona el terreno era ondulado y desigual. Al lado del río era blanco y lodoso, luego se alzaba en una pendiente suave hacia el camino real, y al otro lado de la vía, hacia el este, resultaba pedregoso. En las laderas de la colina había algunos árboles, pero la mayor parte de la tierra se utilizaba para cultivos. El corazón le latía al ritmo de los tambores, y bajo las capas de cuero y acero sentía la piel fría de sudor. Vio cómo Ser Gregor, la Montaña, recorría las líneas a caballo, siempre gritando y gesticulando. También aquella ala era de caballería, pero, mientras la derecha era una piña de caballeros con armaduras y lanceros bien protegidos, en la vanguardia estaban los desperdicios del oeste: arqueros a caballo con chalecos de cuero, un hervidero de jinetes libres y mercenarios sin disciplina, labriegos montados sobre caballos que hasta hacía poco araban la tierra, armados con guadañas y las espadas oxidadas de sus padres, muchachos sin entrenamiento, procedentes de los antros de Lannisport... y Tyrion, con sus hombres de los clanes montañeses.
—Alimento para los cuervos —murmuró Bronn a su lado, poniendo voz a las palabras que Tyrion no había querido pronunciar.
Tuvo que asentir. ¿Acaso su señor padre había perdido el juicio? Ninguna pica, pocos arqueros, apenas un puñado de caballeros, los hombres con peores armas y armaduras, todos a las órdenes de un salvaje que se guiaba por la rabia... ¿cómo esperaba su padre que quedara protegido el flanco izquierdo durante la batalla?
No tuvo tiempo para pensarlo. Los tambores estaban tan cerca que el ritmo se le metía bajo la piel y le producía cosquilleos en las manos. Bronn desenvainó la espada larga, y de pronto el enemigo apareció ante ellos, por encima de las colinas, avanzando a paso mesurado tras una muralla de escudos y picas.
«Malditos sean los dioses, son muchos», pensó Tyrion, aunque sabía que su padre contaba con más hombres. Sus capitanes cabalgaban a lomos de caballos de guerra bien pertrechados, al lado de sus portaestandartes. Divisó el alce de los Hornwood, el sol de los Karstark, el hacha de combate de Lord Cerwyn, el puño con guantelete de los Glover... y las torres de los Frey, azul sobre gris. Con lo seguro que había estado su padre de que Lord Walder no intervendría... El blanco de la Casa Stark ondeaba por doquier, los huargos grises parecían a punto de saltar de los estandartes, desde lo más elevado de las astas. Tyrion no vio a Robb, cosa que le resultó intrigante.
Resonó la llamada de un cuerno de guerra. Aruuuuuuuuuuuuuuuu, rugió en la noche, un sonido largo y grave, frío como el viento del norte. Las trompetas de los Lannister respondieron, da-DA-da-DA da-DAAAAAAA, metálicas y desafiantes, pero a Tyrion le dio la sensación de que era un sonido inferior, lleno de ansiedad. Sintió que se le revolvían las entrañas, y trató de dominarse. No quería morir vomitando.
El sonido de los cuernos se fue apagando, y un siseo constante llenó el aire. Una lluvia de flechas surcó el cielo dibujando un arco ascendente desde su derecha, donde se habían situado los arqueros, flanqueando el camino. Los norteños emprendieron la carga entre gritos, pero las flechas Lannister cayeron sobre ellos como granizo, cientos de ellas, miles; los gritos se tornaron en gemidos, los hombres cayeron. Para entonces ya una segunda andanada dibujaba su arco mortífero, y los arqueros tensaban las cuerdas sobre una tercera flecha.
Las trompetas resonaron de nuevo, da-DAAA da-DAAA da-DA da-DA da-DAAAAA. Ser Gregor hizo un gesto con la enorme espada, rugió una orden, y mil voces respondieron a su grito. Tyrion picó espuelas y agregó una voz más a la cacofonía; la vanguardia se adelantó.
—¡El río! —gritó a los hombres de los clanes—. ¡Acordaos, el río es nuestro!
Siguió al frente hasta que emprendieron el galope, entonces Chella lanzó un grito escalofriante y lo adelantó; Shagga siguió sus pasos con un aullido similar. El resto de los montañeses cargó tras ellos, y Tyrion quedó respirando el polvo de su estela.
Ante ellos había una formación de lanceros enemigos dispuestos en semicírculo, un puerco espín erizado de acero a la espera tras altos escudos de roble con el blasón del sol de los Karstark. Gregor Clegane fue el primero en llegar hasta ellos a la cabeza de una cuña de veteranos con armadura. La mitad de los caballos se espantaron en el último instante y dejaron de cargar justo delante de las lanzas. Los demás murieron con los pechos atravesados por las agudas puntas de acero. Tyrion vio caer a una docena de hombres. El semental de la Montaña se encabritó y levantó las patas delanteras, con sus herraduras de hierro, cuando una lanza dentada le hirió el cuello. El animal, enloquecido, cargó contra el enemigo. Todas las lanzas se volvieron contra él, pero la muralla de escudos se derrumbó bajo su peso. Los norteños trataron de ponerse a salvo de sus últimos estertores. Cuando su caballo cayó, todavía lanzando dentelladas con la boca llena de sangre, la Montaña se levantó ileso, blandiendo a diestro y siniestro el gigantesco espadón.
Shagga entró por la brecha antes de que la muralla de escudos se cerrara de nuevo, y otros Grajos de Piedra lo imitaron.
—¡Hombres Quemados! ¡Hermanos de la Luna! ¡Seguidme! —gritó Tyrion. Pero la mayoría iba por delante de él. Vio cómo Timett, hijo de Timett, salía de debajo de su montura muerta. Vio a un Hermano de la Luna empalado por una lanza Karstark. Vio cómo el caballo de Conn destrozaba de una coz las costillas de un hombre. Una lluvia de flechas cayó sobre ellos; no habría sabido decir de dónde procedían, porque mataban a los Stark y a los Lannister por igual, chocaban contra las armaduras o abrían las carnes. Tyrion Lannister alzó el escudo y se cobijó bajo él.
El puerco espín se desmoronaba, los norteños retrocedían ante el ataque de la caballería. Tyrion vio cómo un golpe de Shagga destrozaba el pecho de un lancero, cómo el hacha hendía la armadura, el cuero, el músculo y los pulmones. Murió todavía de pie, con la cabeza del hacha incrustada en el pecho, pero Shagga siguió adelante, partió en dos un escudo con el hacha de la mano izquierda, mientras el cadáver se balanceaba colgado inerte de la derecha. Por fin Shagga se liberó de su peso, entrechocó las dos hachas y lanzó un rugido.
El enemigo estaba ya sobre Tyrion, su espacio de combate se redujo a apenas un metro en torno al caballo. Un guerrero trató de ensartarle el pecho. Tyrion blandió el hacha y desvió la lanza a un lado. El hombre retrocedió para probar suerte de nuevo, pero él picó espuelas y lo arrolló con su caballo. Tres enemigos rodeaban a Bronn, que consiguió cortar con la espada la punta de la primera lanza, y destrozar la cara del segundo hombre con el golpe de revés.
Una lanza llegó silbando por la izquierda hasta Tyrion, y se le clavó en el escudo. Se dio media vuelta y persiguió al lancero, pero él también se protegió levantando el escudo por encima de la cabeza. Tyrion lo rodeó, lanzando hachazos contra la madera. Saltaron astillas de roble, hasta que el norteño perdió pie, resbaló y cayó de espaldas, todavía con el escudo encima. Estaba fuera del alcance del hacha de Tyrion, y descabalgar para matarlo habría sido una molestia excesiva, así que lo dejó allí y cabalgó hacia otro hombre. Le asestó un golpe desde arriba con tal energía que el brazo se le quedó entumecido. Así consiguió un instante de respiro. Tiró de las riendas, y buscó el río con la mirada. Allí estaba, a la derecha. En el fragor de la batalla, se había dado la vuelta.
Un Hombre Quemado pasó a su lado, derrumbado sobre el caballo. La lanza que le había penetrado por el vientre le sobresalía por la espalda. Nada se podía hacer por él, pero, cuando Tyrion vio que uno de los norteños echaba mano de sus riendas, se lanzó a la carga.
Su enemigo lo esperó con la espada en la mano. Era un hombre alto y flaco, con jubón largo de mallas y guanteletes de acero articulados, pero había perdido el yelmo, y la sangre que le manaba de un corte de la frente le corría entre los ojos. Tyrion lanzó un golpe de tajo hacia la cara, y el hombre alto lo desvió.
—¡Enano! —gritó—. ¡Muere!
Tyrion cabalgó en torno a él, lanzándole golpes a la cabeza y a los hombros, mientras el norteño giraba en círculo. El acero chocó contra el acero, y Tyrion no tardó en darse cuenta de que el hombre alto era más fuerte y más rápido que él. ¿Dónde infiernos estaría Bronn?
—¡Muere! —insistió su enemigo, con un golpe salvaje.
Tyrion apenas consiguió levantar el escudo a tiempo, y sintió como si la fuerza del ataque hiciera reventar el arma defensiva. Los trozos de madera volaron de su brazo.
—¡Muere! —aulló de nuevo el hombre de la espada. Se acercó más, y asestó a Tyrion un golpe tan fuerte en la sien que se le nubló la mente. El sonido de la hoja al resbalar contra el metal fue espantoso. El hombre alto sonrió... hasta que el caballo de Tyrion, rápido como una serpiente, le lanzó un bocado y le arrancó la carne de la cara hasta el hueso. Entonces, gritó. Y Tyrion le clavó el hacha en la cabeza.
—No, muere tú —le dijo. Y el norteño obedeció. Mientras recuperaba el hacha, oyó un grito.
—¡Eddard! —retumbó una voz—. ¡Por Eddard y por Invernalia! El caballero cayó sobre él al tiempo que hacía girar por encima de la cabeza una maza con púas en el extremo de una cadena. Los caballos de batalla chocaron antes de que Tyrion tuviera tiempo de abrir la boca para llamar a Bronn. Sintió un dolor terrible en el codo derecho cuando las púas le atravesaron el fino metal de la articulación. Perdió el hacha al instante. Intentó echar mano de la espada, pero la maza volvía a hendir el aire en dirección a su rostro. El crujido fue espantoso, y empezó a caer. Más adelante no recordaría haber chocado contra el suelo, pero cuando alzó la vista el cielo estaba sobre él. Rodó hacia un lado e intentó ponerse en pie, pero una ráfaga de dolor lo recorrió, y el mundo palpitó en torno a él. El caballero que lo había derribado lo miró desde arriba.
—Tyrion el Gnomo —rugió—. Estás en mi poder. ¿Te rindes, Lannister?
«Sí», pensó Tyrion. Pero la palabra se le atragantaba. El sonido que emitió mientras se incorporaba de rodillas fue más semejante a un graznido. Tanteó a su alrededor en busca de un arma. La espada, la daga, lo que fuera...
—¿Te rindes? —El caballero se alzaba sobre él, a lomos de su caballo pertrechado. Tanto el hombre como el animal parecían inmensos. La maza describió un círculo perezoso. Tyrion tenía las manos entumecidas, la visión borrosa, la vaina de la espada vacía—. Ríndete o muere —declaró el caballero a la vez que blandía la maza, más deprisa.
Tyrion se puso de pie tan deprisa como pudo, y embistió de cabeza contra el vientre del caballo. El animal lanzó un relincho espantoso, y corcoveó. La sangre y las vísceras cayeron como una lluvia sobre la cara de Tyrion, y el animal se derrumbó como una avalancha. Cuando se quiso dar cuenta, tenía el visor sucio de barro y algo le aplastaba el pie. Consiguió liberarse. Tenía un nudo tan tenso en la garganta que apenas si consiguió hablar.
—... rindes... —graznó de manera patética.
—Sí —gimió una voz llena de dolor. Tyrion se quitó el barro del yelmo para poder ver. El caballo había caído hacia el otro lado, sobre su jinete. El caballero tenía una pierna atrapada debajo, y el brazo con el que había intentado parar la caída estaba doblado en un ángulo grotesco—. Me rindo. —Se tanteó el cinturón con la mano del brazo sano, sacó una espada y la tiró a los pies de Tyrion—. Me rindo, mi señor.
El enano, asombrado, se arrodilló y cogió el arma. Un latigazo de dolor le recorrió el codo al mover el brazo. El combate se había desplazado, ya no tenía lugar a su alrededor. En aquel punto del campo de batalla no quedaba nadie, aparte de los cadáveres. Los cuervos ya los sobrevolaban en círculos y se posaban para comer. Advirtió que Ser Kevan había maniobrado con sus hombres para dar apoyo a la vanguardia, la multitud de hombres armados con picas hacía retroceder a los norteños hacia las colinas. En aquellos momentos forcejeaban en las laderas, las picas chocaban contra otra muralla de escudos, éstos ovalados y reforzados con remaches de hierro. El aire volvió a llenarse de flechas, y los hombres que se parapetaban tras la pared de roble cayeron bajo aquella lluvia mortífera.
—Me temo que los vuestros están perdiendo, ser —dijo al caballero atrapado bajo el caballo.
El hombre no respondió nada. Tyrion oyó el sonido de unos cascos de caballo a su espalda, y se volvió, aunque el dolor del codo apenas si le permitía sostener la espada. Bronn tiró de las riendas y lo miró desde arriba.
—No se puede decir que me hayas ayudado mucho —bufó Tyrion.
—Por lo que veo te las has arreglado muy bien solo —replicó Bronn—. Pero has perdido la púa del yelmo.
Tyrion se palpó la parte superior del casco. La púa ya no estaba en su lugar.
—No la he perdido. Sé perfectamente dónde está. ¿Has visto mi caballo?
Cuando lo encontraron, las trompetas ya habían sonado de nuevo y la retaguardia de Lord Tywin se acercaba por el río. Tyrion vio pasar a su padre, con el estandarte rojo y oro de los Lannister ondeando a su paso. Lo rodeaban quinientos jinetes, el sol arrancaba destellos de las puntas de sus lanzas. Los restos de las líneas de los Stark se quebraron ante la carga como un cristal con el golpe de un martillo.
Tyrion sentía el codo dolorido y entumecido, y no hizo el menor ademán de unirse a la carnicería. Bronn y él fueron a buscar a sus hombres. A muchos los encontró entre los muertos. Ulf, hijo de Umar, yacía sobre un charco de sangre coagulada, le faltaba un antebrazo, y a su alrededor yacían también una docena de sus Hermanos de la Luna.
Shagga estaba bajo un árbol, acribillado a flechazos, con la cabeza de Conn en el regazo. Tyrion creyó que ambos estaban muertos, pero cuando desmontó Shagga abrió los ojos.
—Han matado a Conn, hijo de Coratt —dijo.
El atractivo Conn no tenía más heridas que la mancha roja del pecho, allí donde la lanzada le había arrancado la vida. Bronn ayudó a Shagga a ponerse en pie, y el montañés pareció advertir por primera vez las flechas que tenía clavadas. Se las fue arrancando una a una, maldiciendo los agujeros que habían hecho las prendas de cuero y mallas, y aullando como una criatura al sacarse las que se le habían enterrado en la carne. Chella, hija de Cheyk, llegó junto a ellos mientras ayudaban a Shagga a quitarse las flechas, y les mostró las cuatro orejas que había capturado. A Timett lo encontraron saqueando los cadáveres, en compañía de sus Hombres Quemados. De los trescientos montañeses que habían entrado en combate con Tyrion Lannister apenas si había sobrevivido la mitad.
Dejó que los vivos se ocuparan de los muertos, envió a Bronn a hacerse cargo del caballero cautivo, y fue en busca de su padre. Lord Tywin estaba sentado junto al río, bebiendo vino de una copa adornada con piedras preciosas, mientras su escudero le quitaba la coraza.
—Hermosa victoria —comentó Ser Kevan al ver a Tyrion—. Tus salvajes han luchado muy bien.
Los ojos de su padre estaban clavados en él. Eran de un color verde claro con puntos dorados, y tan gélidos que sintió un escalofrío.
—¿Te ha sorprendido, padre? —preguntó—. ¿Te ha descabalado los planes? Porque se suponía que iban a matarnos a todos, ¿no?
—Es cierto, situé a la izquierda a los hombres menos disciplinados. —Lord Tywin apuró la copa, con rostro inexpresivo—. Había previsto que no resistirían. Robb Stark no es más que un crío inexperto, con más valor que inteligencia. Tenía la esperanza de que, si veía derrumbarse el flanco izquierdo, intentaría atacar por ahí para derrotarnos. Las picas de Ser Kevan lo rodearían, lo atacarían y lo acorralarían contra el río mientras llegaba yo con la retaguardia.
—Y te pareció que lo mejor era colocarme en medio de esa carnicería, sin hacerme partícipe de tus planes.
—Una flaqueza fingida resulta menos convincente —replicó su padre—. Y no acostumbro a comunicar mis planes a hombres que se relacionan con salvajes y mercenarios.
—Lástima que mis salvajes te estropearan el baile. —Tyrion se quitó el guantelete de acero y lo dejó caer al suelo. El dolor que le recorrió el brazo le retorció el rostro.
—El chico Stark ha resultado muy cauteloso para su edad —admitió Lord Tywin—. Pero una victoria es una victoria. Parece que estás herido.
—Eres muy perspicaz, padre —dijo Tyrion con los dientes apretados. Tenía el brazo derecho empapado de sangre—. ¿Te importaría que me atendiera uno de tus maestres? A menos que quieras tener un hijo enano y manco...
—Lord Tywin —gritó alguien de forma apremiante, e hizo que su padre se volviera antes de responder. Tywin Lannister se puso en pie inmediatamente, mientras Ser Addam Marbrand desmontaba de un salto. De la boca del animal brotaba una espuma sanguinolenta. Ser Addam hincó una rodilla en tierra. Era un hombre alto y delgado, de cabello cobrizo oscuro que le caía sobre los hombros, llevaba una armadura de bronce bruñido con el árbol en llamas que era el emblema de su casa grabado en negro sobre la coraza—. Nos hemos apoderado de algunos de sus comandantes, mi señor: Lord Cerwyn, Ser Wylis Manderly, Harrion Karstark, y cuatro de los Frey. Lord Hornwood ha muerto, y me temo que Roose Bolton se nos ha escapado.
—¿Y el chico? —preguntó Lord Tywin.
Ser Addam titubeó.
—El joven Stark no iba con ellos, mi señor. Dicen que cruzó por los Gemelos con la mayor parte de los jinetes, y que en estos momentos cabalga hacia Aguasdulces.
«Un crío inexperto —recordó Tyrion—. Con más valor que inteligencia.» Si no le hubiera dolido tanto, se habría echado a reír.