57 - Sansa

«Libertad para recorrer el castillo» quería decir que podía ir adonde quisiera dentro de la Fortaleza Roja, siempre que prometiera no salir fuera de sus muros; fue una promesa que Sansa hizo de buena gana. Además, tampoco habría podido aventurarse más allá. Las puertas estaban vigiladas día y noche por los capas doradas de Janos Slynt, y siempre había cerca un guardia de la Casa Lannister. Y aunque pudiera abandonar el castillo, ¿adónde iría? Tenía suficiente con pasear por el patio, recoger flores en el jardín de Myrcella y visitar el sept para rezar por su padre. A veces rezaba también en el bosque de dioses, ya que los Stark veneraban a las antiguas deidades.
Era la primera sesión de corte del reinado de Joffrey, de manera que Sansa miró a su alrededor muy nerviosa. Bajo las ventanas que daban al oeste había una hilera de guardias de la Casa Lannister, y bajo las del este otros tantos Guardias de la Ciudad, con sus capas doradas. No vio ningún plebeyo, pero sí un grupo de señores, unos importantes y otros no tanto, que parecían muy inquietos. No había más de veinte personas, cuando en las sesiones del rey Robert esperaban unas cien.
Sansa se deslizó entre ellos, y murmuró saludos corteses mientras trataba de llegar a la primera fila. Reconoció a Jalabhar Xho, con su piel morena, al sombrío Ser Aron Santagar, a los gemelos Redwyne, Horror y Baboso... pero a ella nadie parecía reconocerla. Y si la conocían, desviaban la vista como si tuviera la peste gris. El enfermizo Lord Gyles se cubrió el rostro al verla llegar y fingió un ataque de tos, y cuando Ser Dontos, siempre borracho y divertido, inició un saludo, Ser Balon Swann le susurró algo al oído, y se calló de inmediato.
Y faltaban muchos. ¿Adónde se habían ido? Sansa no lo sabía. Buscó rostros amigos, pero fue en vano. Nadie la miraba a los ojos. Era como si se hubiera convertido en un fantasma, como si estuviera muerta.
El Gran Maestre Pycelle estaba sentado ante la mesa del Consejo, él solo, al parecer adormilado, con las manos entrelazadas por encima de la barba. Sansa vio que Lord Varys entraba apresuradamente en la sala, sin hacer ruido al caminar. Un momento más tarde entró también Lord Baelish, con una sonrisa en el rostro. Conversó unos instantes con Ser Balon y Ser Dontos antes de ir a su sitio. Sansa sentía el aleteo de los nervios en el estómago.
«No hay por qué tener miedo —se dijo—. No hay por qué tener miedo, todo saldrá bien, Joff me quiere, y la reina también; ella misma me lo dijo.»
—Su Alteza, Joffrey de las Casas Baratheon y Lannister —proclamó el heraldo—, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, y señor de los Siete Reinos. Su señora madre, Cersei de la Casa Lannister, reina regente, Luz del Occidente y Protectora del Reino.
Ser Barristan Selmy, resplandeciente en su armadura blanca, les abrió paso. Ser Arys Oakheart escoltaba a la reina, y Ser Boros Blount caminaba junto a Joffrey, de manera que en la sala había ya seis Guardias Reales, todos los Espadas Blancas a excepción de Jaime Lannister. Su príncipe... ¡No, ya era su rey!... subió de dos en dos los peldaños que llevaban al Trono de Hierro, mientras que su madre se sentaba a la mesa del Consejo. Joffrey llevaba ropas de terciopelo negro con ribetes carmesí, una deslumbrante capa de hilo de oro con amplio cuello, y lucía una corona de oro con incrustaciones de rubíes y diamantes negros.
Joffrey paseó la vista por la sala y su mirada se encontró con la de Sansa. Sonrió, y se sentó.
—El deber de un rey es castigar a los desleales y recompensar a los que le son fieles. Gran Maestro Pycelle, os ordeno que leáis mis decretos.
Pycelle se puso en pie. Llevaba una túnica magnífica de terciopelo escarlata, con cuello de armiño y brillantes cierres de oro. De una de las amplias mangas, extrajo un tubo dorado, del que sacó un pergamino. Lo desenrolló y empezó a leer una larga lista de nombres, ordenando a cada uno en nombre del rey y del Consejo que se presentaran allí para jurar lealtad a Joffrey. De no hacerlo se los consideraría traidores, y sus tierras y títulos pasarían al trono.
La lista de los nombres hizo que Sansa contuviera el aliento. Lord Stannis Baratheon, su señora esposa, su hija. Lord Renly Baratheon. Los dos hombres que ostentaban el título de Lord Royce y sus respectivos hijos. Ser Loras Tyrell. Lord Mace Tyrell, sus hermanos, tíos e hijos. El sacerdote rojo, Thoros de Myr. Lord Beric Dondarrion. Lady Lysa Arryn y su hijito, el pequeño Lord Robert. Lord Hoster Tully, su hermano Ser Brynden y su hijo Ser Edmure. Lord Jason Mallister. Lord Bryce Caron de las Marcas. Lord Tytos Blackwood. Lord Walder Frey y su heredero, Ser Stevron. Lord Karyl Vance. Lord Jonos Bracken. Lady Shella Whent. Doran Martell, príncipe de Dorne, y todos sus hijos.
«Son tantos —pensó mientras Pycelle seguía y seguía leyendo—. Hará falta toda una bandada de cuervos para llevar todas esas órdenes.»
Y al final, casi los últimos, llegaron los nombres que Sansa temía escuchar. Lady Catelyn Stark. Robb Stark. Brandon Stark. Rickon Stark. Arya Stark. Sansa contuvo una exclamación. Arya. Querían que Arya se presentara para jurar fidelidad... eso significaba que su hermana había escapado en la galera, que a aquellas alturas ya estaría a salvo en Invernalia...
El Gran Maestre Pycelle enrolló la lista, se la guardó en la manga izquierda y se sacó otro pergamino de la derecha. Carraspeó para aclararse la garganta y siguió leyendo.
—Es deseo de Su Alteza que, en lugar del traidor Eddard Stark, sea Tywin Lannister, señor de Roca Casterly y Guardián de Occidente, quien ocupe el puesto de Mano del Rey, para hablar con su voz, dirigir sus ejércitos contra sus enemigos y cumplir su regia voluntad. Así lo ha decretado el rey. El Consejo Privado accede.
»Es deseo de Su Alteza que, en lugar del traidor Stannis Baratheon, sea su señora madre, la reina regente Cersei Lannister, que ha sido siempre su más firme apoyo, quien ocupe un lugar en el Consejo Privado, para ayudarlo a reinar con sabiduría y justicia. Así lo ha decretado el rey. El Consejo Privado accede. —Sansa oyó un murmullo de voces entre los señores que la rodeaban, pero cesó de inmediato. Pycelle siguió leyendo—. Es también deseo de Su Alteza que a su leal sirviente, Janos Slynt, comandante de la Guardia de la Ciudad de Desembarco del Rey, le sea concedido de inmediato el título de Lord, y se le asigne el antiguo asentamiento de Harrenhal, con todas sus tierras e ingresos, y que sus hijos y nietos ostenten los mismos honores tras su muerte y hasta el fin de los tiempos. También es su deseo que Lord Slynt ocupe un puesto de inmediato en el Consejo Privado, para ayudarlo en las labores del reino. Así lo ha decretado el rey. El Consejo Privado accede.
Sansa vio un movimiento por el rabillo del ojo cuando Janos Slynt entró en la sala. Los murmullos fueron entonces más sonoros y airados. Los orgullosos señores, cuyas casas se remontaban hasta hacía miles de años, abrieron paso de mala gana al plebeyo calvo y con cara de sapo. Le habían cosido al jubón de terciopelo negro escamas de oro, que tintineaban con cada uno de sus pasos. Su capa era de seda, a cuadros negros y dorados. Dos muchachos poco agraciados, que debían de ser sus hijos, caminaban ante él, luchando contra el peso de escudos metálicos tan altos como ellos. Había adoptado como blasón una lanza ensangrentada, oro sobre campo negro. Sólo con verlo se le puso a Sansa la carne de gallina.
—Y por último —siguió leyendo el Gran Maestre Pycelle en cuanto Lord Slynt hubo ocupado su lugar—, en estos días de caos y traición, tras la muerte de nuestro amado Robert, es opinión del Consejo que la vida y seguridad del rey Joffrey son de la máxima importancia... —Se interrumpió y miró a la reina. Cersei se levantó.
—Ser Barristan Selmy, adelantaos.
Ser Barristan, que hasta aquel momento había permanecido inmóvil como una estatua al pie del Trono de Hierro, avanzó, hincó una rodilla en tierra e inclinó la cabeza.
—Estoy a vuestras órdenes, Alteza.
—Levantaos, Ser Barristan —dijo Cersei Lannister—. Podéis quitaros el yelmo.
—¿Mi señora? —El anciano caballero se levantó y se quitó el yelmo, aunque al parecer no entendía la razón.
—Habéis servido al reino mucho tiempo y fielmente, buen caballero; cada hombre y cada mujer de los Siete Reinos tiene una deuda de gratitud con vos. Pero ya ha llegado la hora de que concluyáis vuestro servicio. Es deseo del rey y del Consejo que descanséis de tan pesada carga.
—¿Carga? Lo siento... no entiendo...
—Su Alteza intenta deciros que quedáis relevado como Lord Comandante de la Guardia Real —intervino con voz tosca y pesada el recién nombrado lord, Janos Slynt.
—Alteza —dijo al final el caballero alto y canoso que pareció encogerse, casi no respiraba—, la Guardia Real es una Hermandad Juramentada. Hacemos votos de por vida. Sólo la muerte libera al Lord Comandante de su sagrada misión.
—¿La muerte de quién, Ser Barristan? —La voz de la reina era suave como la seda, pero sus palabras llegaron a todos los rincones de la sala—. ¿La vuestra, o la del rey?
—Dejaste morir a mi padre —le dijo Joffrey en tono acusador desde el Trono de Hierro—. Estás demasiado viejo para proteger a nadie.
Sansa vio cómo el caballero alzaba la vista hacia su nuevo rey. Hasta entonces nunca había aparentado los años que tenía, pero en aquel momento era anciano de verdad.
—Alteza —dijo—, se me eligió como Espada Blanca cuando tenía veintitrés años. Era lo máximo que había soñado, desde la primera vez que tuve una espada en la mano. Renuncié a todo derecho sobre mi herencia ancestral. La muchacha con la que iba a casarme contrajo matrimonio con mi primo. Yo no tenía necesidad de tierras, ni de hijos, viviría sólo por el reino. Fue el propio Ser Gerold Hightower quien escuchó mi juramento... proteger al rey con todas mis fuerzas... derramar mi sangre por él... Peleé junto al Toro Blanco, junto al príncipe Lewyn de Dorne... junto a Ser Arthur Dayne, la Espada del Amanecer... Antes de servir a vuestro padre, serví como escudo al rey
Aerys, y antes de él a su padre Jaehaerys... tres reyes...
—Todos ellos muertos —señaló Meñique.
—Vuestro tiempo ya ha pasado —anunció Cersei Lannister—. Joffrey necesita a su lado hombres jóvenes y fuertes. El Consejo ha decidido que Ser Jaime Lannister ocupará vuestro lugar como Lord Comandante de los Hermanos Juramentados de las Espadas Blancas.
—El Matarreyes —dijo Ser Barristan con desprecio—. El mal caballero que profanó su espada con la sangre del rey al que había jurado defender.
—Cuidado con lo que decís, ser —le advirtió la reina—. Habláis de nuestro querido hermano, que lleva la sangre del rey.
—No olvidamos vuestros servicios, buen caballero —intervino Lord Varys, más amable que los otros—. Lord Tywin Lannister ha accedido generosamente a concederos una generosa porción de tierra al norte de Lannisport, junto al mar, con oro y hombres suficientes para construir una fortaleza, y criados que atiendan todas vuestras necesidades.
—Una sala en la que morir y hombres para que me entierren —replicó Ser Barristan—. Os lo agradezco, mis señores... pero escupo sobre vuestra compasión. — Alzó la mano y soltó los broches con que se sujetaba la capa, y la pesada prenda blanca cayó de sus hombros al suelo. El yelmo fue a parar al suelo también—. Soy un caballero —añadió. Se abrió los cierres de plata de la coraza, y la dejó caer con lo demás—. Y moriré como un caballero.
—Un caballero desnudo, a este paso —bromeó Meñique.
Todos se echaron a reír: Joffrey en su trono, los señores que aguardaban de pie, Janos Slynt, la reina Cersei y Sandor Clegane, y hasta el resto de los hombres de la Guardia Real, los cinco que hasta hacía un instante habían sido sus hermanos.
«Seguro que esto es lo que más le ha dolido», pensó Sansa. Su corazón estaba con el valiente anciano que se encontraba allí, de pie, abochornado y sonrojado, demasiado furioso para decir nada. Por último, desenvainó la espada.
Sansa oyó una exclamación contenida. Ser Boros y Ser Meryn se adelantaron para enfrentarse a él, pero Ser Barristan los detuvo en el sitio con una mirada rebosante de desprecio.
—No temáis, señores, vuestro rey está a salvo... pero no gracias a vosotros. Incluso ahora podría acabar con los cinco tan fácilmente como si cortara queso con una daga. Si vais a servir a las órdenes del Matarreyes, ninguno de vosotros es digno de vestir el blanco. —Tiró la espada al pie del Trono de Hierro—. Toma, niño. Fúndela y ponla con las demás si quieres. Te será más útil que las espadas que esgriman estos cinco. Puede que Lord Stannis se siente sobre ella cuando te quite el trono.
Salió de la sala por el camino más largo, con pasos que resonaban sonoros contra el suelo y levantaban ecos en las paredes de piedra desnuda. Las damas y los caballeros le abrieron paso. Hasta que no hubo traspasado las grandes puertas de roble y bronce, Sansa no oyó de nuevo los sonidos habituales de los susurros, las personas que se movían inquietas y los crujidos de los papeles sobre la mesa del Consejo.
—Me ha llamado niño —se quejó Joffrey, que en aquel momento no aparentaba su edad—. Y ha hablado de mi tío Stannis.
—Pura palabrería —dijo Varys, el eunuco—. Sin la menor importancia...
—Puede que esté intrigando con mis tíos. Quiero que lo apresen y lo interroguen. —Nadie se movió. Joffrey alzó la voz—. ¡He dicho que quiero que lo apresen!
—Mis capas doradas se encargarán de todo, Alteza —dijo Janos Slynt levantándose de la mesa del Consejo.
—Bien —dijo el rey Joffrey. Lord Janos salió de la sala a zancadas; sus feos retoños casi tenían que correr tras él, con el gran escudo de metal en el que se veían las armas de la Casa Slynt.
—Alteza —le recordó Meñique al rey—, prosigamos. Los siete son ahora seis. Nos falta una espada para vuestra Guardia Real.
—Díselo tú, madre. —Joffrey sonrió.
—El rey y el Consejo han decidido que no hay hombre en los Siete Reinos más adecuado para guardar y proteger a Su Alteza que su escudo juramentado, Sandor Clegane.
—¿Qué te parece, Perro? —preguntó el rey Joffrey.
El rostro cicatrizado del Perro no dejaba traslucir información. Se detuvo a pensar un largo instante.
—¿Por qué no? No tengo tierras, ni esposa. Y aunque tuviera, ¿a quién le importaría? —Torció el lado quemado de la boca—. Pero os lo advierto, no pienso prestar juramento como caballero.
—Los Hermanos de la Guardia Real han sido siempre caballeros —dijo Ser Boros con firmeza.
—Hasta ahora —replicó el Perro con voz áspera.
Ser Boros se quedó en silencio.
Cuando el heraldo del rey dio un paso al frente, Sansa comprendió que se acercaba el momento. Nerviosa, se alisó el tejido de la falda. Vestía de luto como muestra de respeto al difunto rey, pero había puesto especial cuidado en estar bonita. Llevaba el vestido de seda marfil que la reina le había regalado, el que Arya estropeara con la naranja, pero lo había teñido de negro y la mancha no se veía. Estuvo horas rebuscando entre sus joyas antes de optar por la elegante sencillez de una cadena de plata.
—Si alguien quiere presentar otros asuntos a Su Alteza —retumbó la voz del heraldo en la sala—, que hable ahora o que se mantenga en silencio.
«Ahora —se dijo Sansa, temblando de miedo—. Tiene que ser ahora, que los dioses me den valor. —Dio un paso, y otro. Los señores y caballeros se apartaron para dejarla pasar—. Tengo que ser tan fuerte como mi señora madre.»
—Alteza —dijo con voz temblorosa.
La altura del Trono de Hierro hacía que Joffrey dominara la sala mejor que nadie. Fue el primero en verla.
—Adelantaos, mi señora —le dijo sonriente.
Su sonrisa le dio valor, la hizo sentir hermosa y fuerte. «Me ama, me ama.» Sansa alzó la cabeza y se dirigió hacia él, ni muy despacio ni demasiado deprisa. No debía permitir que vieran lo nerviosa que estaba.
—Lady Sansa, de la Casa Stark —anunció el heraldo.
Se detuvo bajo el trono, al lado de la capa blanca, el yelmo y la coraza de Ser Barristan.
—¿Quieres presentar algún tema ante el rey y el Consejo, Sansa? —le preguntó la reina desde la mesa del Consejo.
—Así es. —Se arrodilló sobre la capa para no manchar su vestido, y alzó la vista hacia su príncipe, sentado en el temible trono negro—. Alteza, quiero pedir misericordia para mi padre, Lord Eddard Stark, que fue Mano del Rey. —Había ensayado aquellas palabras un centenar de veces.
—Me decepcionas, Sansa. —La reina dejó escapar un suspiro—. ¿Qué te dije sobre la sangre del traidor?
—Vuestro padre ha cometido crímenes graves y espantosos, mi señora —entonó el Gran Maestre Pycelle.
—Pobrecilla, pobrecilla —suspiró Varys—. No es más que una niña, mis señores, no sabe lo que está pidiendo.
Sansa sólo tenía ojos para Joffrey.
«Tiene que escucharme, tiene que escucharme», pensó. El rey se movió inquieto en el trono.
—Dejad que hable —ordenó—. Quiero escucharla.
—Gracias, Alteza. —Sansa le dirigió una sonrisa tímida, secreta, sólo para él. La estaba escuchando. Lo sabía, lo sabía.
—La traición es una semilla ponzoñosa —declaró Pycelle con solemnidad—. Hay que arrancarla de raíz, o nacerán nuevos traidores junto al camino.
—¿Negáis los crímenes de vuestro padre? —preguntó Lord Baelish.
—No, mis señores. —Sansa sabía qué debía decir—. Sé que merece un castigo. Lo único que pido es piedad. Mi padre debe de lamentar lo que hizo. Era amigo del rey Robert, lo quería con todo su corazón, bien lo sabéis. Él no quería ser la Mano hasta que el rey se lo pidió. A mi padre lo debieron de engañar. Lord Renly, o Lord Stannis, o... o alguien, seguro que lo engañaron, si no...
El rey Joffrey se inclinó hacia delante, con las manos sobre los brazos del trono. Entre sus dedos sobresalían las puntas de las espadas.
—Dijo que yo no era el rey. ¿Por qué?
—Tenía la pierna rota —replicó Sansa al instante—. Le dolía tanto que el maestre Pycelle le daba la leche de la amapola, y se dice que la leche de la amapola nubla la mente. De lo contrario, jamás habría dicho nada así.
—La fe de una niña... —dijo Varys—. Qué dulce inocencia... pero se dice que de las bocas de los inocentes se escucha la verdad.
—La traición es la traición —señaló Pycelle al instante.
—¿Madre? —Joffrey se mecía en el trono, inquieto.
—Si Lord Eddard confesara su crimen —dijo por fin Cersei Lannister después de mirar a Sansa, pensativa—, sabríamos que se ha arrepentido de su locura.
«Por favor —pensó Sansa—. Por favor, por favor, sé el rey que sé que eres, bueno, generoso y noble, por favor.»
—¿Queréis añadir algo más? —preguntó Joffrey poniéndose en pie.
—Sólo que... si me amáis, me concederéis esta merced, príncipe mío —dijo.
—Vuestras dulces palabras me han conmovido —dijo galante el rey Joffrey mirándola de arriba abajo, al tiempo que asentía, dando a entender que todo se iba a arreglar—. Haré lo que me pidáis... pero antes, vuestro padre debe confesar. Debe confesar y reconocer que soy el rey, o no habrá piedad para él.
—Lo hará —dijo Sansa, con un alivio inmenso—. Lo hará, sé que lo hará.