53 - Bran

Sab√≠a que eran los √ļltimos. El resto de los se√Īores ya estaba all√≠ con sus huestes. Bran habr√≠a dado cualquier cosa por cabalgar con ellos, por ver las casas invernales llenas a rebosar, las multitudes en la plaza del mercado todas las ma√Īanas, y las calles apisonadas y sucias por las ruedas de los carros y los cascos de los caballos.
‚ÄĒNo podemos prescindir de ning√ļn hombre para que te acompa√Īe ‚ÄĒle hab√≠a explicado su hermano.
‚ÄĒMe llevar√© a Verano ‚ÄĒinsisti√≥ Bran.
‚ÄĒNo seas chiquillo ahora, Bran ‚ÄĒreplic√≥ Robb‚ÄĒ. Sabes que no puede ser. Hace tan s√≥lo dos d√≠as, uno de los hombres de Lord Bolton apu√Īal√≥ a uno de los de Lord Cerwyn en el Le√Īo Humeante. Si permitiera que te pusieras en peligro, nuestra se√Īora madre me despellejar√≠a. ‚ÄĒLo dijo con la voz de Robb el Se√Īor. Bran sab√≠a que eso significaba que no hab√≠a discusi√≥n posible.
La culpa de todo la ten√≠a lo que hab√≠a sucedido en el Bosque de los Lobos, estaba seguro. El recuerdo a√ļn le provocaba pesadillas. Se hab√≠a sentido indefenso como un beb√©, tan incapaz de protegerse como lo habr√≠a sido Rickon en su lugar, o a√ļn peor... porque Rickon habr√≠a dado patadas, al menos. Aquello le daba verg√ľenza. S√≥lo ten√≠a unos pocos a√Īos menos que Robb. Si su hermano era casi un hombre, √©l tambi√©n. Tendr√≠a que haber sido capaz de protegerse.
Hac√≠a un a√Īo, antes, habr√≠a visitado la ciudad aunque tuviera que hacerlo trepando por los muros, √©l solo. Pero ya no pod√≠a bajar corriendo las escaleras, subirse a su poni ni llevar un escudo de madera con el que derribar por los suelos al pr√≠ncipe Tommen. Ya no pod√≠a hacer m√°s que mirar, otear por el catalejo del maestre Luwin. Al menos el maestre le hab√≠a ense√Īado todos los estandartes: el pu√Īo enguantado de los Glover, blanco sobre gules; el oso negro de Lady Mormont; el repugnante hombre flagelado que preced√≠a a Roose Bolton, de Fuerte Terror; el alce de los Hornwood; el hacha de batalla de los Cerwyn; los tres √°rboles centinelas de los Tallhart; y el temible emblema de la Casa Umber, un gigante rugiente con cadenas rotas.
Pronto aprendi√≥ a reconocer tambi√©n los rostros, en cuanto los se√Īores, sus hijos y sus caballeros llegaron a Invernalia para los festines. Ni siquiera el Sal√≥n Principal bastaba para acogerlos a todos sentados, de manera que Robb recib√≠a a los vasallos principales por turnos. Bran ocupaba siempre el lugar de honor, a la derecha de su hermano. Algunos de los se√Īores vasallos lo miraban con desconfianza, como si se preguntaran si un ni√Īo de tan corta edad, y encima tullido, ten√≠a derecho a estar situado por encima de ellos.
‚ÄĒ¬ŅCu√°ntos van ya? ‚ÄĒpregunt√≥ Bran al maestre Luwin despu√©s de que Lord Karstark y sus hijos cruzaran a caballo las puertas de la muralla exterior.
‚ÄĒDoce mil hombres, o tan cerca de doce mil que la cifra exacta no importa.
‚ÄĒ¬ŅY cu√°ntos caballeros?
‚ÄĒLos suficientes ‚ÄĒrespondi√≥ el maestre con cierta impaciencia‚ÄĒ. Para ser caballero hay que velar en un sept, y ser ungido con los siete aceites, que consagran el juramento. En el norte, muy pocas de las grandes casas adoran a los Siete. El resto son fieles a los antiguos dioses, y no nombran caballeros... pero esos se√Īores y sus hijos son espadas juramentadas, y no por ello menos valientes, leales y honorables. El valor de un hombre no se mide por un ¬ęser¬Ľ que alguien ponga delante de su nombre. Te lo he dicho muchas veces.
‚ÄĒDe todos modos ‚ÄĒinsisti√≥ Bran‚ÄĒ, ¬Ņcu√°ntos caballeros?
‚ÄĒTrescientos o cuatrocientos... ‚ÄĒEl maestre Luwin suspir√≥‚ÄĒ. Entre tres mil lanceros que no son caballeros.
‚ÄĒLord Karstark es el √ļltimo ‚ÄĒdijo Bran, pensativo‚ÄĒ. Robb cenar√° con √©l esta noche.
‚ÄĒSin duda.
‚ÄĒ¬ŅFalta mucho para... que se vayan?
‚ÄĒTienen que partir pronto, o ya no valdr√° la pena ‚ÄĒreplic√≥ el maestre Luwin‚ÄĒ. La ciudad invernal est√° llena hasta los topes, y si este ej√©rcito se queda mucho m√°s acabar√° con todas las provisiones. Hay otros que se les unir√°n a lo largo del camino real: caballeros libres, lacustres, Lord Manderly y Lord Flint. Han comenzado los enfrentamientos en las tierras de los r√≠os; a tu hermano le quedan muchas leguas por delante.
‚ÄĒLo s√©. ‚ÄĒBran se sent√≠a tan deprimido como denotaba su voz. Tendi√≥ el tubo de bronce al maestre, y se dio cuenta de que el pelo de Luwin empezaba a ralear en la coronilla. Se le ve√≠a el cuero cabelludo rosado. Le parec√≠a extra√Īo mirarlo as√≠, desde arriba, cuando se hab√≠a pasado la vida alzando la vista para mirarlo, pero cuando uno iba sentado en los hombros de Hodor lo ve√≠a todo abajo‚ÄĒ. Ya no quiero mirar m√°s. Hodor, ll√©vame al castillo.
‚ÄĒHodor ‚ÄĒdijo Hodor.
‚ÄĒBran, tu hermano no va a tener tiempo para recibirte ahora ‚ÄĒdijo el maestre Luwin mientras se guardaba el tubo en la manga‚ÄĒ. Tiene que recibir a Lord Karstark y a sus hijos, para darles la bienvenida.
‚ÄĒNo molestar√© a Robb. Quiero visitar el bosque de dioses. ‚ÄĒPuso una mano en el hombro de Hodor‚ÄĒ. Hodor.
En el granito de la pared interior de la torre hab√≠a excavados varios asideros para bajar, a modo de escaleras. Hodor tarareaba una cancioncilla sin melod√≠a, mientras Bran rebotaba en su espalda, en la silla de mimbre que le hab√≠a ideado el maestre Luwin. Luwin se hab√≠a inspirado en las cestas que utilizaban las mujeres para llevar le√Īa a la espalda: s√≥lo hab√≠a que abrir agujeros para las piernas y poner unas cuantas correas m√°s de manera que el peso de Bran se distribuyera de manera homog√©nea. No era tan agradable como montar a Bailarina, pero hab√≠a lugares a los que Bailarina no pod√≠a ir, y aquello no le daba tanta verg√ľenza como cuando Hodor lo llevaba en brazos como a un beb√©. A Hodor tambi√©n parec√≠a gustarle, aunque con √©l nadie sab√≠a. Lo √ļnico complicado eran las puertas: a veces Hodor se olvidaba de que llevaba a Bran a la espalda, y si la puerta era baja resultaba bastante doloroso.
En las √ļltimas dos semanas hab√≠a habido tantas idas y venidas que Robb hab√≠a ordenado que los dos rastrillos estuvieran alzados, y el puente levadizo bajado, incluso durante la noche. Una larga columna de lanceros con armaduras cruzaba el foso que se abr√≠a entre los muros cuando Bran sali√≥ de la torre; eran hombres de los Karstark, que segu√≠an a sus se√Īores al interior del castillo. Llevaban yelmos de hierro negro y capas de lana tambi√©n negra, con el blas√≥n del sol blanco. Hodor trot√≥ junto a ellos, sonriente, con pisadas que resonaban contra la madera del puente. Los jinetes les dirigieron miradas extra√Īadas, y Bran alcanz√≥ a o√≠r una risotada. Se neg√≥ a permitir que aquello lo afectara.
‚ÄĒTe mirar√°n ‚ÄĒle hab√≠a advertido el maestre Luwin la primera vez que ataron la cesta de mimbre al pecho de Hodor‚ÄĒ. Te mirar√°n, har√°n comentarios, y algunos incluso se burlar√°n.
¬ęQue se burlen¬Ľ, pens√≥ Bran. Nadie se burlaba de √©l cuando estaba en su habitaci√≥n, pero se negaba a pasarse la vida en la cama.
Al pasar bajo la puerta del rastrillo, Bran se llevó dos dedos a la boca y silbó. Verano se acercó saltando por el patio. De repente los lanceros Karstark tuvieron que luchar por controlar sus monturas, porque los caballos relincharon y corcovearon. Un semental se encabritó, y su jinete tuvo que agarrarse desesperadamente para no caer. El olor de los lobos huargos enloquecía de pánico a los caballos que no estaban acostumbrados, pero se tranquilizarían en cuanto Verano se perdiera de vista.
‚ÄĒAl bosque de dioses ‚ÄĒrecord√≥ a Hodor.
Hasta la propia Invernalia estaba abarrotada. En el patio resonaban los ruidos de espadas y hachas, el crujido de los carromatos y los ladridos de los perros. Las puertas de la armería estaban abiertas, y Bran vio a Mikken en la forja, golpeando con el martillo al tiempo que el sudor le corría por el pecho desnudo. Bran jamás había visto a tantos desconocidos juntos, ni siquiera cuando el rey Robert fue a visitar a su padre.
Trató de no estremecerse cuando Hodor se agachó para pasar por una puerta baja. Recorrieron un pasadizo largo, en penumbra, con Verano a su lado. De cuando en cuando el lobo miraba hacia arriba, con unos ojos que brillaban como el oro líquido. A Bran le habría gustado tocarlo, pero estaba demasiado alto, no llegaba con la mano.
El bosque de dioses era una isla de paz en el mar de caos en que se había convertido Invernalia. Hodor pasó entre los robles, los centinelas y los palos santos, y llegó al estanque junto al que crecía el árbol corazón. Se detuvo bajo las ramas retorcidas del arciano, siempre canturreando. Bran alzó las manos y se izó para sacar el peso muerto de sus piernas de los agujeros de la cesta de mimbre. Se quedó allí colgado un instante, mientras las hojas color rojo oscuro le acariciaban el rostro, hasta que Hodor lo cogió y lo sentó en la piedra suave, junto al agua.
‚ÄĒQuiero estar a solas un rato ‚ÄĒle dijo‚ÄĒ. Ve a ba√Īarte. Ve a los estanques.
‚ÄĒHodor. ‚ÄĒHodor se alej√≥ a zancadas entre los √°rboles y desapareci√≥. Al otro lado del bosque de dioses, bajo las ventanas de la Casa de Invitados, un manantial subterr√°neo de aguas termales alimentaba tres peque√Īos estanques. El vapor ascend√≠a de ellos d√≠a y noche, y el muro m√°s cercano estaba cubierto de musgo. Hodor detestaba el agua fr√≠a, y si lo amenazaban con el jab√≥n se defend√≠a como un gato salvaje, pero en cambio le encantaba meterse en el estanque m√°s caliente y quedarse all√≠ horas, lanzando de cuando en cuando sonoros eructos que imitaban el sonido de las burbujas que ascend√≠an de las profundidades verdosas y se romp√≠an al llegar a la superficie.
Verano bebi√≥ un poco de agua a lametones y se tendi√≥ al lado de Bran. Rasc√≥ al lobo bajo la mand√≠bula, y por un momento el ni√Īo y la bestia se sintieron en paz. A Bran siempre le hab√≠a gustado el bosque de dioses, aun antes, pero en los √ļltimos tiempos se sent√≠a atra√≠do hacia aquel lugar cada vez m√°s a menudo. El √°rbol coraz√≥n ya no lo asustaba como en el pasado. Los profundos ojos rojos tallados en el tronco de madera blanca lo segu√≠an vigilando, pero de alguna manera, aquello lo reconfortaba. Se dec√≠a que los dioses velaban por √©l. Los antiguos dioses, los dioses de los Stark y de los primeros hombres, los dioses de los ni√Īos del bosque, los dioses de su padre. Bajo su mirada se sent√≠a seguro, y el silencio absoluto de los √°rboles le ayudaba a pensar. Bran hab√≠a pasado mucho tiempo pensando desde el d√≠a de la ca√≠da; pensando, so√Īando y hablando con los dioses.
‚ÄĒPor favor, haced que Robb no se vaya ‚ÄĒrez√≥ en voz baja. Agit√≥ las aguas fr√≠as con la mano, de manera que las ondas conc√©ntricas se dispersaron por el estanque‚ÄĒ. Que se quede. O si se tiene que ir, haced que vuelva sano y salvo, con mi madre, con mi padre y con las chicas. Y haced... haced que Rickon lo entienda.
Su hermano peque√Īo hab√≠a estado incontrolable como una tormenta invernal desde que supo que Robb se iba a la guerra, a ratos lloraba inconsolable, a ratos se mostraba furioso. Se hab√≠a negado a comer, se pas√≥ una noche entera llorando y gritando, hasta le dio un pu√Īetazo a la Vieja Tata cuando la mujer intent√≥ cantarle para que se durmiera, y al d√≠a siguiente desapareci√≥. Robb puso a medio castillo a buscarlo, y cuando al final lo encontraron, en las criptas, Rickon los amenaz√≥ con una espada de hierro oxidado que le hab√≠a quitado a uno de los reyes muertos, y Peludo babeaba en la oscuridad como un demonio de ojos verdes. El lobo estaba casi tan incontrolable como Rickon; hab√≠a mordido a Gage en el brazo, y le hab√≠a arrancado un bocado de carne a Mikken del muslo. S√≥lo Robb y Viento Gris juntos pudieron controlarlo. Farlen hab√≠a encadenado al lobo negro en las perreras, y eso hizo que Rickon llorase todav√≠a m√°s.
El maestre Luwin aconsejó a Robb que permaneciera en Invernalia, y Bran también se lo suplicó, por su seguridad y por el bien de Rickon, pero su hermano se limitó a sacudir la cabeza con testarudez.
‚ÄĒNo quiero ir ‚ÄĒdijo‚ÄĒ. Tengo que ir.
Era una verdad a medias. Alguien ten√≠a que ir, para defender el Cuello y ayudar a los Tully contra los Lannister, eso Bran lo comprend√≠a, pero no ten√≠a por qu√© ser Robb. Su hermano podr√≠a haber enviado a Hal Mollen, o a Theon Greyjoy, o a alguno de sus se√Īores vasallos. Es lo que le dec√≠a el maestre Luwin que hiciera, pero Robb no atend√≠a a razones.
‚ÄĒMi se√Īor padre jam√°s habr√≠a enviado a otros hombres a morir mientras √©l se quedaba como un cobarde, protegido tras los muros de Invernalia ‚ÄĒhab√≠a replicado, todo Robb el Se√Īor.
Robb era casi un desconocido para Bran. Se hab√≠a transformado en un aut√©ntico se√Īor, aunque ni siquiera hab√≠a llegado su decimosexto d√≠a del nombre. Hasta los vasallos de su padre se daban cuenta. Muchos intentaron ponerlo a prueba, cada uno a su manera. Tanto Roose Bolton como Robett Glover le exigieron el honor del mando en el combate, el primero de manera brusca, el segundo con una sonrisa y una broma. La recia y canosa Maege Mormont, que vest√≠a cota de mallas como cualquier hombre, le dijo directamente que ten√≠a edad para ser su nieto, y que no le iba a dar √≥rdenes... pero que ella ten√≠a una nieta que podr√≠a casarse con √©l. Lord Cerwyn acudi√≥ directamente con su hija, una doncella gruesa y fea de unos treinta a√Īos, que se sentaba a la izquierda de su padre y jam√°s levantaba la vista del plato. El jovial Lord Hornwood no ten√≠a hijas, pero llegaba con regalos, un d√≠a era un caballo, otro una pierna de venado, al siguiente un cuerno de caza con adornos de plata, y no ped√≠a nada a cambio... nada excepto cierta aldea que le hab√≠a sido arrebatada a su abuelo, y derechos de caza al norte de cierto r√≠o, y permiso para represar el Cuchillo Blanco, si al se√Īor le parec√≠a bien.
Robb respondía a todos con cortesía fría, de la misma forma que habría hecho su padre, y de alguna manera se las arregló para que se plegaran a su voluntad.
Y cuando Lord Umber, al que sus hombres llamaban el Gran Jon, que era tan alto como Hodor y el doble de ancho, lo amenazó con llevarse a sus huestes si durante la marcha lo situaban detrás de los Hornwood y los Cerwyn, Robb le dijo que podía hacerlo cuando gustara.
‚ÄĒY cuando acabemos con los Lannister ‚ÄĒsigui√≥ al tiempo que rascaba a Viento Gris detr√°s de la oreja‚ÄĒ, volveremos al norte, os sacaremos a rastras de vuestro castillo y os colgaremos por romper vuestro juramento.
El Gran Jon maldijo a gritos, tir√≥ una jarra de cerveza al fuego y aull√≥ que Robb estaba tan verde que seguramente meaba hierba. Hallis Mollen fue a contenerlo, pero √©l lo derrib√≥ por tierra, salt√≥ sobre una mesa, y desenvain√≥ el espad√≥n m√°s grande y amenazador que Bran hab√≠a visto en su vida. En los bancos sus hijos, sus hermanos y sus espadas juramentadas se pusieron en pie, con las manos sobre las empu√Īaduras de las espadas.
Robb se limit√≥ a decir una palabra en voz baja, y en un abrir y cerrar de ojos se oy√≥ un gru√Īido y Lord Umber se encontr√≥ tumbado de espaldas, con la espada girando en el suelo a un metro de √©l y la mano chorreando sangre, porque Viento Gris le hab√≠a arrancado dos dedos de un mordisco.
‚ÄĒMi se√Īor padre me ense√Ī√≥ que desenfundar el arma contra el se√Īor de uno significaba la muerte ‚ÄĒdijo Robb‚ÄĒ. Pero creo que s√≥lo quer√≠ais ayudarme a cortar la carne.
A Bran se le hicieron agua las entra√Īas al ver que el Gran Jon se pon√≠a en pie lami√©ndose los mu√Īones ensangrentados... pero entonces, para su sorpresa, el hombret√≥n se ech√≥ a re√≠r.
‚ÄĒVuestra carne ‚ÄĒrugi√≥‚ÄĒ es jodidamente dura.
Después de aquello el Gran Jon se convirtió en la mano derecha de Robb, en su defensor más acérrimo, proclamaba a gritos que el muchacho era un verdadero Stark, y que más valía que doblaran la rodilla ante él si no querían que se la arrancaran de un bocado.
Pero aquella misma noche su hermano fue a verlo al dormitorio, después de que los fuegos del Salón Principal se hubieran apagado. Estaba pálido y tembloroso.
‚ÄĒPens√© que me iba a matar ‚ÄĒle confes√≥ Robb‚ÄĒ. ¬ŅViste c√≥mo tir√≥ a Hal a un lado, como si fuera tan peque√Īo como Rickon? Dioses, qu√© miedo tuve. Y el Gran Jon no es el peor, √ļnicamente el m√°s escandaloso. Lord Roose nunca dice ni una palabra, solamente me mira, y yo en lo √ļnico en lo que puedo pensar es en aquella habitaci√≥n que tienen en Fuerte Terror, donde los Bolton cuelgan los pellejos de sus enemigos.
‚ÄĒEso no es m√°s que uno de los cuentos de la Vieja Tata ‚ÄĒdijo Bran. Pero hab√≠a un toque de duda en su voz‚ÄĒ. ¬ŅVerdad?
‚ÄĒNo lo s√©. ‚ÄĒSacudi√≥ la cabeza, agotado‚ÄĒ. Lord Cerwyn pretende que su hija viaje con nosotros al sur. Dice que para que le prepare las comidas. Theon est√° seguro de que la noche menos pensada me la encontrar√© bajo las mantas. Ojal√°... ojal√° estuviera padre aqu√≠.
En eso estaban de acuerdo todos, Bran, Rickon y Robb el Se√Īor; todos habr√≠an deseado que su padre estuviera con ellos. Pero Lord Eddard se encontraba a mil leguas, cautivo en alguna mazmorra, o huyendo para salvar su vida, o tal vez muerto. Nadie lo sab√≠a a ciencia cierta, cada viajero contaba una historia diferente, y cada una m√°s aterradora que la anterior. Las cabezas de los guardias de su padre se pudr√≠an empaladas en estacas, en los muros de la Fortaleza Roja. El rey Robert hab√≠a muerto a manos de su padre. Los Baratheon asediaban Desembarco del Rey. Lord Eddard hab√≠a huido hacia el sur con Renly, el malvado hermano del rey. El Perro hab√≠a asesinado a Arya y a Sansa.
Su madre hab√≠a asesinado a Tyrion el Gnomo, y ten√≠a su cad√°ver colgado de las murallas de Aguasdulces. Lord Tywin Lannister marchaba contra el Nido de √Āguilas, quemando aldeas enteras a su paso y asesinando a sus habitantes. Un cuentacuentos, ebrio como una cuba, hab√≠a llegado a decir que Rhaegar Targaryen estaba de regreso de entre los muertos, al mando de una vasta horda de antiguos h√©roes, reunidos en Rocadrag√≥n, desde donde iba a recuperar el trono de su padre.
Cuando lleg√≥ el cuervo con una carta que ten√≠a el sello de su padre, escrita del pu√Īo y letra de Sansa, la cruel verdad no fue menos incre√≠ble. Bran jam√°s olvidar√≠a la expresi√≥n en el rostro de Robb al leer las palabras de su hermana.
‚ÄĒDice que padre conspir√≥ con los hermanos del rey para cometer traici√≥n ‚ÄĒ ley√≥‚ÄĒ. El rey Robert ha muerto, y madre y yo debemos ir a la Fortaleza Roja para jurar lealtad a Joffrey. Dice que debemos ser leales, y que cuando se case con Joffrey le suplicar√° que perdone la vida a nuestro se√Īor padre. ‚ÄĒCerr√≥ el pu√Īo, arrugando la carta de Sansa‚ÄĒ. Y no dice nada de Arya, nada, ¬°ni una palabra! ¬°Maldita sea! ¬ŅEsa chica es idiota o qu√©?
Bran sintió que se helaba por dentro.
‚ÄĒPerdi√≥ a su loba ‚ÄĒdijo en tono d√©bil, recordando el d√≠a en que cuatro guardias de su padre volvieron del sur con los huesos de Dama.
Verano, Viento Gris y Peludo hab√≠an empezado a aullar aun antes de que cruzaran el puente levadizo, y su aullido era triste, desolador. A la sombra del Primer Torre√≥n hab√≠a un peque√Īo cementerio donde los antiguos Reyes del Invierno hab√≠an enterrado a sus sirvientes m√°s fieles. All√≠ enterraron ellos a Dama, mientras sus hermanos de camada caminaban entre las tumbas como sombras inquietas. Se hab√≠a ido al sur, y s√≥lo hab√≠an regresado sus huesos.
Su abuelo, el viejo Lord Rickard, también había ido al sur con su hijo Brandon, que era el hermano de su padre, y doscientos de sus mejores hombres. Ninguno de ellos regresó. Y su padre se había ido al sur, con Arya y Sansa, y también con Jory, Hullen, Tom el Gordo y los demás; y luego se habían ido su madre y Ser Rodrik, y ellos tampoco habían regresado. Y Robb quería irse. No a Desembarco del Rey, ni a jurar lealtad, sino a Aguasdulces, con una espada en la mano. Y si su padre estaba prisionero, aquello significaría sin duda la muerte para él. Bran tenía mucho, mucho miedo.
‚ÄĒSi Robb tiene que irse, velad por el ‚ÄĒsuplic√≥ Bran a los antiguos dioses que lo vigilaban con los ojos rojos del √°rbol coraz√≥n‚ÄĒ, y velad tambi√©n por sus hombres, por Hal, y Quent, y los dem√°s, y por Lord Umber y Lady Mormont y los otros se√Īores. Y bueno, por Theon tambi√©n. Velad por ellos y protegedlos, si es vuestra voluntad, dioses. Ayudadlos a detener a los Lannister y a salvad a padre, y que vuelvan todos sanos y salvos a casa.
Una tenue brisa susurr√≥ a trav√©s del bosque de dioses, y las hojas rojas se agitaron y murmuraron. Verano ense√Ī√≥ los dientes.
‚ÄĒ¬ŅLos has o√≠do, chico? ‚ÄĒpregunt√≥ una voz.
Bran alzó la cabeza. Osha estaba al otro lado del estanque, bajo un roble viejo, con el rostro casi oculto entre las hojas. Pese a los grilletes, la salvaje se movía silenciosa como un gato. Verano rodeó el estanque y la olfateó. La mujer alta retrocedió, atemorizada.
‚ÄĒVen aqu√≠, Verano ‚ÄĒllam√≥ Bran. El lobo huargo la olfate√≥ por √ļltima vez, se dio media vuelta y regres√≥ con √©l. Bran le ech√≥ los brazos al cuello‚ÄĒ. ¬ŅQu√© haces aqu√≠? ‚ÄĒNo hab√≠a vuelto a ver a Osha desde que la cogieron prisionera en el Bosque de los Lobos, aunque sab√≠a que la hab√≠an puesto a trabajar en las cocinas.
‚ÄĒTambi√©n son mis dioses ‚ÄĒdijo Osha‚ÄĒ. M√°s all√° del Muro no hay otros. ‚ÄĒLe estaba creciendo el pelo, casta√Īo y desgre√Īado. Ya parec√≠a algo m√°s femenina, gracias a eso y al sencillo vestido de tejido basto que le hab√≠an dado para sustituir la cota de mallas y las prendas de cuero‚ÄĒ. Gage me permite venir a rezar de cuando en cuando, siempre que lo necesito, y yo le dejo hacer lo que quiera debajo de mi falda, siempre que lo necesita. A m√≠ no me importa. Me gustan sus manos, huelen a harina, y es m√°s amable que Stiv. ‚ÄĒHizo una torpe reverencia‚ÄĒ. Te dejo solo. Me faltan muchas ollas por fregar.
‚ÄĒNo, qu√©date ‚ÄĒorden√≥ Bran‚ÄĒ. Dime qu√© quer√≠as decir con eso de o√≠r a los dioses.
‚ÄĒT√ļ les hablaste, y ellos respondieron ‚ÄĒdijo Osha mir√°ndolo detenidamente‚ÄĒ. Abre las orejas, escucha, y los oir√°s.
Bran prestó atención.
‚ÄĒNo es m√°s que el viento ‚ÄĒdijo, inseguro‚ÄĒ. El viento entre las hojas.
‚ÄĒ¬ŅY qui√©n crees que env√≠a el viento? Los dioses. ‚ÄĒSe sent√≥ frente a √©l, al otro lado del estanque, con un suave tintineo. Mikken le hab√≠a puesto grilletes de hierro en los tobillos, unidos por una pesada cadena. Pod√≠a caminar, siempre que diera pasos cortos, pero no ten√≠a manera de correr, trepar o montar a caballo‚ÄĒ. Los dioses te ven, chico. Te han o√≠do. Ese susurro entre las hojas es su respuesta.
‚ÄĒ¬ŅY qu√© dec√≠an?
‚ÄĒEst√°n tristes. No pueden ayudar a tu se√Īor hermano all√≠ donde va. Los antiguos dioses no tienen poder en el sur, talaron los arcianos hace miles de a√Īos. ¬ŅC√≥mo van a velar por tu hermano, si no tienen ojos?
Bran no había calculado aquello. Le daba miedo. Si ni siquiera los dioses podían ayudar a su hermano, todo estaba perdido. Aunque quizá Osha no hubiera entendido bien. Inclinó la cabeza a un lado y escuchó de nuevo. Le pareció percibir la tristeza, sí, pero nada más.
El susurro entre las hojas se hizo más audible. Bran escuchó unas pisadas amortiguadas y un canturreo, y Hodor salió de entre los árboles, desnudo y sonriente.
‚ÄĒ¬°Hodor!
‚ÄĒNos ha debido de o√≠r hablar ‚ÄĒdijo Bran‚ÄĒ. Hodor, se te ha olvidado la ropa.
‚ÄĒHodor ‚ÄĒasinti√≥ Hodor. Estaba chorreando del cuello para abajo, la piel le desprend√≠a vapor en el aire g√©lido. Ten√≠a el cuerpo cubierto de un espeso vello casta√Īo, y la virilidad entre las piernas le colgaba larga, pesada.
‚ÄĒEsto s√≠ que es un hombre ‚ÄĒdijo Osha mir√°ndolo con una sonrisa amarga‚ÄĒ. Si no tiene sangre de gigante, yo soy la reina.
‚ÄĒEl maestre Luwin dice que los gigantes ya no existen. Dice que est√°n todos muertos, igual que los ni√Īos del bosque. Ya s√≥lo quedan los huesos en la tierra; a veces los campesinos los encuentran al arar.
‚ÄĒPues dile al maestre Luwin que cabalgue m√°s all√° del Muro ‚ÄĒdijo Osha‚ÄĒ. Encontrar√° a los gigantes, o los gigantes lo encontrar√°n a √©l. Mi hermano mat√≥ a una. Med√≠a m√°s de tres metros, y era de las peque√Īas. Los hay de casi cuatro metros. Dicen que son seres temibles, todo pelo y dientes, y que las mujeres tienen barba igual que los varones, as√≠ que no hay manera de diferenciarlos. Las hembras se acuestan con humanos, y as√≠ nacen los mestizos. A las humanas que capturan no les va tan bien. Los hombres son tan grandes que las destrozan antes de poder dejarlas pre√Īadas. ‚ÄĒLe sonri√≥‚ÄĒ. Seguro que no sabes de lo que te hablo, ¬Ņverdad, chico?
‚ÄĒS√≠ que lo s√© ‚ÄĒinsisti√≥ Bran. Sab√≠a todo lo de la c√≥pula, hab√≠a visto a los perros en el patio, y una vez vio a un semental montando a una yegua. Pero hablar de aquello lo incomodaba. Mir√≥ a Hodor y le dijo‚ÄĒ: Ve a buscar tus ropas, Hodor. V√≠stete.
‚ÄĒHodor. ‚ÄĒEl hombret√≥n se alej√≥ por donde hab√≠a llegado, pero tuvo que agacharse para esquivar una rama baja. Bran se lo qued√≥ mirando. Era incre√≠blemente grande, pens√≥.
‚ÄĒ¬ŅDe verdad hay gigantes m√°s all√° del Muro? ‚ÄĒpregunt√≥ a Osha, inseguro.
‚ÄĒGigantes y cosas peores, joven se√Īor. Intent√© dec√≠rselo a tu hermano cuando me interrog√≥, y tambi√©n al maestre, y a ese chico, Greyjoy, que no hace m√°s que sonre√≠r. Se est√°n levantando vientos fr√≠os, los hombres que se alejan de sus fuegos ya no vuelven... o si vuelven ya no son hombres, sino espectros, con ojos azules y manos fr√≠as y negras. ¬ŅPor qu√© crees que vine al sur con Stiv, Hali y el resto de aquellos idiotas? Mance cree que puede luchar, es un encanto, pero tan testarudo... como si los caminantes blancos no fueran m√°s que exploradores. ¬ŅQu√© sabr√° √©l? Se llena la boca diciendo que es el Rey¬≠m√°s-all√°-del-Muro, pero no es m√°s que otro cuervo viejo que huy√≥ de la Torre Sombr√≠a. Nunca ha probado el invierno. Yo nac√≠ all√≠ arriba, chico, igual que mi madre, y la madre de mi madre, y tambi√©n su madre. Nac√≠ del Pueblo Libre. Nosotros recordamos. ‚ÄĒOsha se levant√≥, sus cadenas tintinearon‚ÄĒ. Intent√© dec√≠rselo a tu se√Īor hermano. Ayer mismo, cuando lo vi en el patio. Lo llam√© ¬ęMi se√Īor Stark¬Ľ, toda respetuosa. Pero √©l me mir√≥ como si no me viera, y ese gordo sudoroso, Gran Jon Umber, me apart√≥ a un lado de un manotazo. Pues como quiera. Llevar√© grilletes y cerrar√© la boca. El hombre que no quiere escuchar no puede o√≠r.
‚ÄĒCu√©ntamelo a m√≠. Robb me escuchar√°, estoy seguro.
‚ÄĒ¬ŅDe verdad? Ya veremos. Pues dile esto, mi se√Īor: dile que va a marchar en la direcci√≥n que no debe. Tendr√≠a que llevar sus espadas hacia el norte, no hacia el sur. ¬ŅMe entiendes?
Bran asintió.
‚ÄĒSe lo dir√©.
Pero aquella noche, durante el banquete del Sal√≥n Principal, Robb no estuvo presente. Hizo que le llevaran la cena a sus habitaciones para tomarla con Lord Rickard, el Gran Jon y otros se√Īores vasallos, con intenci√≥n de ultimar los planes para la larga marcha que los esperaba. A Bran le correspond√≠a ocupar su puesto en la cabecera de la mesa, y actuar como anfitri√≥n para los hijos de Lord Karstark y sus honorables amigos. Ya estaban todos en sus sitios cuando Hodor entr√≥ con Bran en la espalda y se arrodill√≥ ante el asiento m√°s elevado. Dos criados lo sacaron de la cesta. Bran sent√≠a los ojos de todos los desconocidos clavados en √©l. Se hab√≠a hecho un gran silencio.
‚ÄĒMis se√Īores ‚ÄĒanunci√≥ Hallis Mollen‚ÄĒ, Brandon Stark, de Invernalia.
‚ÄĒOs doy la bienvenida junto a nuestros hogares encendidos ‚ÄĒdijo Bran, con rigidez‚ÄĒ, y os ofrezco pan y aguamiel en nombre de nuestra amistad.
Harrion Karstark, el mayor de los hijos de Lord Rickard, hizo una reverencia, y sus hermanos lo imitaron. Pero, a medida que se iban sentando, oy√≥ por encima del estr√©pito de las copas que los dos m√°s j√≥venes hac√≠an comentarios. ¬ę... antes la muerte que vivir as√≠¬Ľ, dijo uno, el que se llamaba igual que su padre, Eddard. Y su hermano Torrhen le respondi√≥ que probablemente el chico estaba tan roto por dentro como por fuera, y ten√≠a miedo de quitarse la vida.
¬ęRoto¬Ľ, pens√≥ Bran con amargura. Agarr√≥ el cuchillo por fuerza. ¬ŅEso era? ¬ŅBran el Roto?
‚ÄĒNo quiero estar roto ‚ÄĒsusurr√≥ furioso al maestre Luwin, sentado a su derecha‚ÄĒ. Quiero ser caballero.
‚ÄĒA veces a los de nuestra orden nos llaman caballeros del pensamiento ‚ÄĒreplic√≥ Luwin‚ÄĒ. Eres un muchacho muy inteligente cuando quieres, Bran. ¬ŅHas pensado alguna vez que podr√≠as lucir una cadena de maestre? Aprender√≠as infinidad de cosas.
‚ÄĒQuiero aprender magia ‚ÄĒdijo Bran‚ÄĒ. El cuervo me prometi√≥ que volar√≠a. ‚ÄĒPuedo ense√Īarte historia ‚ÄĒdijo el maestre Luwin con un suspiro‚ÄĒ, curaci√≥n, las propiedades de las hierbas... Puedo ense√Īarte el lenguaje de los p√°jaros, y a construir
un castillo, y a guiarte por las estrellas como hacen los marineros con sus barcos. Puedo ense√Īarte a medir los d√≠as y a marcar las estaciones, y en la Ciudadela de Antigua aprender√≠as mil cosas m√°s. Pero no, Bran. Nadie te puede ense√Īar magia.
‚ÄĒLos ni√Īos s√≠ podr√≠an ‚ÄĒreplic√≥ Bran‚ÄĒ. Los ni√Īos del bosque. ‚ÄĒEntonces record√≥ la promesa que hab√≠a hecho a Osha en el bosque de dioses, y se lo cont√≥ todo a Luwin.
‚ÄĒMe parece que esa salvaje cuenta cuentos mejor que la Vieja Tata ‚ÄĒdijo el maestre cuando Bran hubo terminado, despu√©s de escucharlo con educaci√≥n‚ÄĒ. Si quieres volver√© a hablar con ella, pero ser√° mejor que no molestes a tu hermano con esas tonter√≠as. Tiene muchas preocupaciones, no le hace ninguna falta pensar en gigantes y hombres muertos que rondan por ah√≠. Los que tienen a tu padre son los Lannister, Bran, no los ni√Īos del bosque. ‚ÄĒLe puso una mano en el brazo con gesto amable‚ÄĒ. Piensa en lo que te he dicho, muchacho.
Y dos días más tarde, bajo la luz rojiza del amanecer, Bran estaba en el patio, en la puerta de la muralla, sujeto con correas a Bailarina, para despedir a su hermano.
‚ÄĒAhora eres el se√Īor de Invernalia ‚ÄĒle dijo Robb. Iba a lomos de un semental gris de crines hirsutas. De la silla del caballo colgaba su escudo, de madera con refuerzos de hierro, blanco y gris, con el blas√≥n del lobo huargo. Vest√≠a una cota de mallas color gris sobre las prendas de cuero, de la cintura le colgaban una espada y una daga, y se cubr√≠a los hombros con una capa ribeteada en piel‚ÄĒ. Tendr√°s que ocupar mi lugar, igual que yo ocup√© el de mi padre, hasta que volvamos a casa.
‚ÄĒLo s√© ‚ÄĒdijo Bran con tristeza. Jam√°s se hab√≠a sentido tan solo y tan asustado. No sab√≠a qu√© hacer para ser un se√Īor.
‚ÄĒAtiende los consejos del maestre Luwin, y cuida bien de Rickon. Dile que volver√© en cuanto acabe la batalla.
Rickon se había negado a bajar. Estaba en su habitación, con los ojos enrojecidos, desafiante.
¬ę¬°No! ‚ÄĒhab√≠a gritado cuando Bran le pregunt√≥ si no quer√≠a ir a decir adi√≥s a Robb‚ÄĒ. ¬°No adi√≥s!¬Ľ
‚ÄĒYa se lo he dicho ‚ÄĒsuspir√≥ Bran‚ÄĒ. Dice que nadie vuelve.
‚ÄĒNo puede comportarse como un cr√≠o eternamente. Es un Stark, y tiene casi cuatro a√Īos. ‚ÄĒRobb suspir√≥‚ÄĒ. En fin, madre no tardar√° en volver. Y yo traer√© a padre, te lo prometo.
Espoleó el caballo y se alejó al trote seguido por Viento Gris, delgado y veloz. Hallis Mollen los precedió a través de la puerta, con el estandarte blanco de la Casa Stark ondeando al viento. Theon Greyjoy y el Gran Jon iban cada uno a un lado de Robb, y sus caballeros formaron una doble columna tras ellos, mientras el sol arrancaba reflejos de las puntas de acero de las lanzas.
Record√≥, inquieto, las palabras de Osha: ¬ęVa a marchar en la direcci√≥n que no debe¬Ľ. Por un momento sinti√≥ deseos de galopar en pos de √©l y avisarle, pero entonces Robb desapareci√≥ bajo el rastrillo, y la ocasi√≥n se esfum√≥.
Al otro lado de los muros del castillo reson√≥ un clamor. Los soldados de a pie y los habitantes de la ciudad aclamaban a Robb cuando pasaba junto a ellos. Aclamaban a Lord Stark, al se√Īor de Invernalia, a lomos de su gran corcel, con la capa ondeando al viento y Viento Gris corriendo a su lado. Bran, dolido, comprendi√≥ que a √©l nunca lo aclamar√≠an as√≠. La ausencia de su padre y de su hermano lo convert√≠a en el se√Īor de Invernalia, pero segu√≠a siendo Bran el Roto. Ni siquiera pod√≠a bajarse solo del caballo.
Cuando los gritos y aclamaciones se fueron acallando, y el patio qued√≥ al fin desierto, Invernalia le pareci√≥ un lugar abandonado y muerto. Bran examin√≥ los rostros de los que quedaban all√≠, mujeres, ni√Īos y ancianos... y Hodor. El enorme mozo de cuadras ten√≠a una expresi√≥n asustada en el rostro.
‚ÄĒ¬ŅHodor? ‚ÄĒdijo con tristeza.
‚ÄĒHodor ‚ÄĒasinti√≥ Bran, pregunt√°ndose qu√© significar√≠a aquello.