51 - Sansa

—Estoy segura de que tu padre se encuentra bien —le dijo Sansa cuando consiguió por fin abotonarse—. Le pediré a la reina que te permita verlo. —Pensaba que aquel detalle atento le levantaría la moral, pero Jeyne se limitó a mirarla con aquellos ojos enrojecidos y congestionados, y sollozó con más fuerza todavía. Era una cría.
Sansa también había llorado el primer día. Pese a los recios muros del Torreón de Maegor, con la puerta cerrada y atrancada, cualquiera se habría aterrado cuando empezó la matanza. Ella había crecido en medio del ruido del acero contra el acero en el patio, y apenas si había habido un día en su vida en que no viera espadas, pero saber que la pelea era real hacía que todo resultara muy diferente. Lo oía como no lo había oído nunca antes, y había otros sonidos, gritos de dolor, maldiciones airadas, súplicas y gemidos de los heridos y los moribundos. En las canciones los caballeros nunca gritaban, nunca suplicaban piedad.
De manera que lloró, imploró a través de la puerta que le dijeran qué sucedía. Llamó a su padre, a la septa Mordane, al rey, a su príncipe valiente. Si los hombres que vigilaban la puerta oyeron sus súplicas, no lo demostraron. La puerta sólo se abrió una vez, a última hora de aquella noche, para que empujaran al interior a una Jeyne Poole magullada y temblorosa.
—¡Están matando a todos! —le había chillado la hija del mayordomo. Y siguió hablando, incapaz de callar. Le contó que el Perro había derribado su puerta con una maza, que había cadáveres en las escaleras de la Torre de la Mano, que los peldaños estaban resbaladizos de sangre. Sansa se secó las lágrimas para tratar de calmar a su amiga. Acabaron durmiendo en la misma cama, abrazadas como hermanas.
El segundo día fue aún peor. La habitación en la que habían confinado a Sansa estaba en la torre más alta del Torreón de Maegor. Desde la ventana alcanzó a ver que el pesado rastrillo de hierro de la entrada estaba bajado, y el puente levadizo subido para que nadie cruzara el foso seco que separaba la fortaleza del castillo que la rodeaba. Había guardias Lannister en los muros, todos armados con lanzas y ballestas. La lucha había terminado, y un silencio sepulcral reinaba en la Fortaleza Roja. Sólo se oían los interminables sollozos y gemidos de Jeyne Poole.
Les dieron comida: queso duro, pan recién hecho y leche para desayunar; pollo asado y verduras a mediodía, y a última hora de la noche un guiso de carne y cebada. Pero los criados que les llevaron los alimentos no quisieron responder a las preguntas de Sansa. Esa misma noche unas mujeres le llevaron ropas de la Torre de la Mano, y también algunas cosas para Jeyne, pero parecían casi tan asustadas como su amiga, y cuando intentó hablar con ellas huyeron como si tuviera la peste gris. Los guardias del exterior seguían sin permitir que salieran de la estancia.
—Por favor, tengo que ver otra vez a la reina —les dijo Sansa, como decía a todo el que veía aquel día—. Querrá hablar conmigo, estoy segura. Decidle que quiero verla, por favor. Y si no, decídselo al príncipe Joffrey, tened la bondad. Cuando seamos mayores nos casaremos.
Llegó el ocaso del segundo día, y una gran campana empezó a sonar. Tenía un timbre grave y sonoro, y sus tañidos largos, pausados, llenaron de temor a Sansa. El sonido se prolongó largo rato, y al cabo de un tiempo se oyeron otras campanas que respondían desde el Gran Sept de Baelor en la colina de Visenya. Las campanadas recorrieron la ciudad como un trueno, como un presagio de la tormenta que se avecinaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Jeyne—, ¿por qué tocan las campanas?
—El rey ha muerto. —Sansa no sabía por qué, pero estaba segura. El tañido lento, interminable, llenaba la estancia, triste como una elegía. ¿Habría atacado algún enemigo el castillo y asesinado al rey Robert? ¿Por eso habían oído ruidos de peleas?
Se acostó inquieta, temerosa. ¿Acaso su hermoso Joffrey era ya rey? ¿O lo habrían matado a él también? Tenía miedo por su amado y por su padre. Ojalá alguien le dijera qué pasaba...
Aquella noche Sansa soñó con Joffrey en su trono, y ella sentada a su lado, con una túnica de hilo de oro. Tenía una corona en la cabeza, y todas las personas que había conocido se acercaban a ella, hincaban la rodilla en el suelo y le rendían pleitesía.
A la mañana siguiente, la mañana del tercer día, Ser Boros Blount de la Guardia Real acudió para escoltarla ante la reina.
Ser Boros era un hombre feo de torso ancho y corto y piernas torcidas. Tenía la nariz plana, papada lacia y pelo gris muy crespo. Aquel día iba vestido de terciopelo blanco, y su capa del color de la nieve estaba sujeta con un broche en forma de león. La bestia tenía el brillo delicado del oro y sus ojos eran rubíes diminutos.
—Esta mañana tenéis un aspecto espléndido, Ser Boros —le dijo Sansa. Una dama nunca olvidaba sus modales, y ella estaba decidida a ser una dama, pasara lo que pasara.
—Vos también, mi señora —respondió Ser Boros con voz átona—. Su Alteza os aguarda. Acompañadme.
Había otros guardias en la puerta, hombres de armas de los Lannister, con capas color carmesí y yelmos con crestas en forma de león. Sansa se forzó a saludarlos con gentileza y a desearles los buenos días al pasar junto a ellos. Era la primera vez que le permitían salir de la habitación desde que Ser Arys Oakheart la encerrara, hacía ya dos días con sus noches.
—Es por tu seguridad, querida —le había dicho la reina—. Si algo le sucediera a su amada, Joffrey jamás me lo perdonaría.
Sansa pensaba que Ser Boros la iba a escoltar a las habitaciones reales, pero en vez de eso la llevó al Torreón de Maegor. El puente volvía a estar bajado. Unos trabajadores estaban bajando a un hombre atado al fondo del foso seco. Sansa echó una mirada a hurtadillas y vio un cuerpo empalado en las estacas de hierro del fondo. Apartó la vista enseguida, temerosa de preguntar, temerosa de mirar demasiado, temerosa de que fuera alguien a quien conociera.
La reina Cersei estaba en la cámara del Consejo, sentada a la cabeza de una mesa larga llena de papeles, velas y barras de lacre. El esplendor de la sala era incomparable. Sansa contempló con admiración las tallas de los paneles de madera y las esfinges gemelas sentadas ante la puerta.
—Alteza, he traído a la niña —dijo ser Boros después de que los hiciera pasar otro hombre de la Guardia Real, Ser Mandon, el del rostro extrañamente inexpresivo.
Sansa tenía la esperanza de que Joffrey estuviera allí. No era así, pero sí vio a tres de los consejeros del rey. Lord Petyr Baelish se sentaba a la derecha de la reina, el Gran Maestre Pycelle al final de la mesa y Lord Varys pululaba por la estancia, dejando un rastro de perfume a flores. Advirtió con temor que todos iban vestidos de negro. Ropas de luto...
La reina llevaba una túnica de seda negra con cuello alto, con un centenar de rubíes color rojo oscuro cosidos al corpiño que le llegaban del cuello al pecho. Estaban tallados en forma de lágrimas, como si la reina llorase sangre. Cersei le sonrió, y a Sansa le pareció la sonrisa más dulce y triste que había visto jamás.
—Sansa, querida mía —dijo—. Sé que has estado preguntando por mí. Siento no haber podido recibirte antes. Todo ha sido muy complicado, no he tenido ni un momento. Espero que el servicio haya cuidado bien de ti.
—Todo el mundo ha sido muy amable, Alteza, gracias por vuestro interés —dijo Sansa con educación—. Sólo que... bueno, nadie hablaba con nosotras, nadie nos decía qué pasaba...
—¿Nosotras? —Cersei parecía sorprendida.
—Pusimos a la hija del mayordomo con ella —dijo Ser Boros—. No sabíamos qué hacer con la otra niña.
—La próxima vez, preguntad —dijo la reina con voz tensa y el ceño fruncido—. Los dioses saben qué clase de historias le habrá metido a Sansa en la cabeza.
—Jeyne tiene miedo —dijo Sansa—. No deja de llorar. Le prometí que os preguntaría si podía ver a su padre. —El Gran Maestre Pycelle bajó la vista—. Su padre está bien, ¿verdad? —preguntó Sansa con ansiedad. —Sabía que había habido peleas, pero nadie atacaría a un mayordomo. Vayon Poole ni siquiera llevaba espada.
—No quiero que nadie atemorice innecesariamente a Sansa —dijo la reina Cersei mirando a todos sus consejeros, uno por uno—. ¿Qué podemos hacer con su amiguita, señores?
—Le buscaré un lugar —respondió Lord Petyr inclinándose hacia delante.
—Que no sea en la ciudad —dijo la reina.
—¿Me tomáis por idiota? —replicó él. La reina hizo caso omiso.
—Ser Boros, escoltad a esa niña hasta los aposentos de Lord Petyr, y dad instrucciones a sus criados para que la cuiden hasta que él vaya a buscarla. Decidle que Meñique la va a llevar a ver a su padre, así se calmará. Quiero que se vaya antes de que Sansa vuelva a su habitación.
—A vuestras órdenes, Alteza —dijo Ser Boros. Hizo una reverencia profunda, giró sobre sus talones, y se alejó con la larga capa blanca ondeando a la espalda.
—No lo entiendo —dijo Sansa, estaba confusa—. ¿Dónde está el padre de Jeyne? ¿Por qué Ser Boros no la lleva con él, en vez de Lord Petyr? —Se había prometido a sí misma que sería una verdadera dama, delicada y elegante como la reina, y tan fuerte como su madre, Lady Catelyn. Pero de repente volvía a tener miedo, y por un momento estuvo a punto de echarse a llorar—. ¿A dónde la enviáis? No ha hecho nada malo, es una buena chica.
—Te ha puesto nerviosa —le dijo la reina con dulzura—. Y eso no se puede consentir. Ni una palabra más. Lord Baelish se encargará de que la cuiden bien, te lo prometo. —Dio unas palmaditas a la silla que había junto a la suya—. Siéntate, Sansa. Tengo que hablar contigo.
Sansa tomó asiento junto a la reina. Cersei sonreía de nuevo, pero eso no la tranquilizó. Varys se retorcía las manos blandas, el Gran Maestre Pycelle mantenía los ojos adormilados fijos en los papeles de la mesa, y sólo Meñique la miraba. Siempre la miraba. A veces, cuando le clavaba la vista así, Sansa se sentía como si no tuviera ropa puesta. Aquello le daba escalofríos.
—Sansa, mi dulce niña —dijo la reina Cersei al tiempo que le ponía una mano suave sobre la muñeca—. Eres una chiquilla tan hermosa... Espero que sepas cuánto te amamos Joffrey y yo.
—¿De verdad? —Sansa sentía la respiración entrecortada. Se olvidó de Meñique. Su príncipe la amaba. Era lo único que importaba.
—Yo casi te considero una hija —dijo la reina con una sonrisa—. Y sé que amas a Joffrey. —Sacudió la cabeza con gesto apenado—. Lo siento, pero tenemos que darte malas noticias acerca de tu señor padre. Debes ser valiente, pequeña.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Sansa; aquellas palabras tranquilas le habían helado la sangre en las venas.
—Tu padre, querida, es un traidor —dijo Lord Varys.
—Fui testigo de cómo Lord Eddard juraba a nuestro amado rey Robert que protegería a los jóvenes príncipes como si fueran sus hijos —dijo el Gran Maestre Pycelle levantando la cabeza encanecida—. Pero en cuanto murió, convocó al Consejo Privado para arrebatarle el trono al príncipe Joffrey.
—No —farfulló Sansa—. Imposible. Jamás haría una cosa semejante. La reina cogió una carta. El papel estaba desgarrado y lleno de sangre seca, pero el sello era el de su padre, el lobo huargo estampado sobre lacre color claro.
—El capitán de la guardia de tu Casa llevaba esto, Sansa. Es una carta al hermano de mi difunto esposo, Stannis, en la que lo invita a apoderarse de la corona.
—Por favor, Alteza, tiene que ser un error. —El pánico repentino la hacía sentir débil, mareada—. Por favor, mandad llamar a mi padre, él os dirá que jamás escribió esta carta, el rey era su amigo.
—Eso pensaba Robert —dijo la reina—. Esta traición lo habría destrozado. Los dioses fueron misericordiosos, se lo llevaron para que no viviera para ver esto. — Suspiró—. Sansa, querida, comprenderás que esto nos pone en una posición espantosa. Tú eres inocente de todo mal, lo sabemos, pero aun así eres la hija de un traidor. ¿Cómo voy a permitir que te cases con mi hijo?
—Pero yo... lo amo —gimió Sansa, confusa y asustada. ¿Qué pensaban hacer con ella? ¿Qué le habían hecho a su padre? Aquello no era lo que estaba previsto. Ella iba a casarse con Joffrey, estaban prometidos, hasta lo había soñado. No era justo que se lo quitaran todo por algo que había hecho su padre.
—Bien lo sé, pequeña —suspiró Cersei con voz muy amable, muy dulce—. ¿Por qué si no viniste a contarme los planes que tenía tu padre para alejarte de nosotros? Fue por amor.
—Sí, fue por amor —se apresuró a asentir Sansa—. Mi padre ni siquiera me permitía despedirme. —Ella era la hija buena, la hija obediente, pero aquella mañana, hacía ya días, se había sentido casi tan traviesa como Arya; se escabulló de la septa Mordane y desafió a su padre. Jamás en su vida había hecho nada tan deliberado, y entonces tampoco lo habría hecho de no ser por el amor que profesaba a Joffrey—. Me iba a llevar a Invernalia, quería casarme con algún caballero, pero yo amo a Joff. Se lo dije, pero no me hizo caso. —El rey había sido su última esperanza. El rey ordenaría a su padre que la dejara quedarse en Desembarco del Rey, y casarse con el príncipe Joffrey. Pero el rey siempre le había inspirado temor. Era gritón, tenía la voz ronca y a menudo estaba borracho, seguro que la habría devuelto a Lord Eddard, y eso si conseguía que la recibiera. De modo que fue a ver a la reina, se lo confió todo. Cersei la escuchó y le dio las gracias de una manera tan dulce... pero luego Ser Arys la escoltó hasta la habitación más alta del Torreón de Maegor y le puso guardias en la puerta, y unas horas después empezó la lucha—. Por favor —terminó—, tenéis que permitir que me case con Joffrey, seré una buena esposa para él, ya lo veréis. Seré una reina como vos, lo prometo.
—¿Qué responden a su súplica los señores del Consejo? —preguntó la reina Cersei mirando a los demás.
—Pobre niña —murmuró Varys—. Sería una crueldad poner fin a un amor tan sincero e inocente, Alteza... pero, ¿qué remedio nos queda? Su padre ha sido condenado. —Se frotó una mano blanda contra la otra, en gesto de lástima e impotencia.
—La hija nacida de la semilla de un traidor lleva la traición en su naturaleza — dijo el Gran Maestre Pycelle—. Ahora mismo es una niña dulce, pero, ¿quién sabe qué traiciones concebirá antes de diez años?
—No —dijo Sansa, horrorizada—. No, yo jamás... yo nunca traicionaría a Joffrey; lo amo, de verdad.
—Conmovedor —suspiró Varys—. Pero, en verdad, la sangre puede más que las promesas.
—A mí me recuerda a la madre, no al padre —señaló Lord Petyr Baelish con voz tranquila—. Miradla bien. El pelo, los ojos... es la viva imagen de Cat cuando tenía su edad.
—Niña, si pudiera creer que no eres en absoluto como tu padre —dijo la reina mientras la miraba, en sus claros ojos verdes había dudas, pero Sansa vio también bondad—, nada me complacería más que verte casada con mi Joffrey. Sé que él te ama con todo su corazón. —Suspiró—. Pero temo que Lord Varys y el Gran Maestre estén en lo cierto. La sangre acabará por revelarse. Todavía recuerdo que tu hermana azuzó a su loba contra mi hijo.
—Yo no soy como Arya —se apresuró a decir Sansa—. Ella lleva la sangre del traidor, yo no. Yo soy buena, preguntad a la septa Mordane, os lo dirá, sólo quiero ser la esposa amante y fiel de Joffrey. —Sentía el peso de los ojos de Cersei mientras la reina estudiaba su rostro.
—Te creo, niña. —Se volvió hacia los demás—. Mis señores, creo firmemente que si el resto de sus familiares permanecieran leales a nosotros en estos terribles momentos, nuestros temores tendrían poca razón de ser.
—Lord Eddard tiene tres hijos varones. —El Gran Maestre Pycelle se acarició la barba, al tiempo que fruncía el ceño en gesto pensativo.
—No son más que niños —replicó Petyr, encogiéndose de hombros—. A mí me preocupan más Lady Catelyn y los Tully.
—¿Sabes escribir, pequeña? —La reina cogió la mano de Sansa entre las suyas. Sansa asintió, nerviosa. Leía y escribía mejor que ninguno de sus hermanos, aunque las cuentas se le daban fatal—. Me complace que sea así. Puede que aún haya esperanzas para Joffrey y para ti...
—¿Qué queréis que haga?
—Tienes que escribir a tu señora madre, y también a tu hermano mayor... ¿cómo se llama?
—Robb —respondió Sansa.
—No cabe duda de que las noticias de la traición de tu señor padre les llegarán muy pronto. Sería mejor que fueras tú quien se las comunicaras. Debes contarles que Lord Eddard traicionó a su rey.
—Pero si él jamás... —Sansa deseaba con desesperación estar al lado de Joffrey, pero no tenía valor para hacer lo que le pedía la reina—. Yo no... Alteza, no sabría qué decir...
—Nosotros te dictaremos qué debes escribir, pequeña —dijo la reina dándole unas palmaditas en la mano—. Lo más importante es que pidas a Lady Catelyn y a tu hermano que mantengan la paz del rey.
—Si no lo hacen les costará muy caro —intervino el Gran Maestre Pycelle—. Por el amor que les profesas, debes decirles que sean prudentes.
—Sin duda tu señora madre temerá por tu vida —siguió la reina—. Debes decirle que te encuentras bien, bajo nuestro cuidado, que te tratamos con todo respeto y satisfacemos todos tus deseos. Pídeles que vengan a Desembarco del Rey, y que juren lealtad a Joffrey cuando suba al trono. Si lo hacen... entonces sabremos que tu sangre no está corrompida, y cuando llegues a la flor de tu feminidad contraerás matrimonio con el rey en el Gran Sept de Baelor, ante los ojos de los dioses y los hombres.
«Matrimonio con el rey.» Aquellas palabras hacían que se le acelerase la respiración. Pero Sansa titubeaba.
—Quizá... si pudiera ver a mi padre, y hablar con él sobre...
—¿Traición? —sugirió Lord Varys.
—Me decepcionas, Sansa. —Los ojos de la reina eran duros como piedras—. Te hemos contado los crímenes de tu padre. Si eres tan leal como dices, ¿para qué quieres verlo?
—No... sólo pretendía... —Se le humedecieron los ojos—. No está... por favor, no está herido, ni...
—Lord Eddard no ha sufrido daño alguno —dijo la reina.
—Y... ¿qué será de él?
—Eso lo debe decidir el rey —anunció el Gran Maestre Pycelle midiendo las palabras.
¡El rey! Sansa parpadeó para contener las lágrimas. Joffrey era el rey. Su valeroso príncipe jamás haría daño al padre de su prometida, por graves que fueran los crímenes de los que se lo acusaba. Si acudía a él y le suplicaba piedad, la escucharía, sin duda. Tenía que escucharla, la amaba, hasta la reina lo había dicho. Joff tendría que castigar a su padre, los señores lo esperaban de él, pero quizá podría enviarlo de vuelta a Invernalia, o exiliarlo a una de las Ciudades Libres, al otro lado del mar Angosto. Y sólo durante unos cuantos años. Para entonces, ya estaría casada con Joffrey, y una vez fuera reina podría persuadirlo para que trajera de vuelta a su padre y lo perdonara.
Pero... si su madre o Robb se comportaban como traidores, si convocaban a los vasallos o se negaban a jurar lealtad, o algo así, todo saldría al revés. Su Joffrey era bueno y misericordioso, ella lo sabía en lo más profundo de su corazón, pero un rey debía ser duro con los rebeldes. ¡Tenía que hacérselo entender a su familia!
—Sí... escribiré las cartas —les dijo Sansa.
—Sabía que lo harías. —Cersei Lannister le dedicó una sonrisa cálida como una puesta de sol, y le dio un suave beso en la mejilla—. Joffrey se sentirá muy orgulloso cuando le cuente lo valiente y sensata que has sido.
Al final Sansa escribió cuatro cartas: a su madre, Lady Catelyn Stark; a sushermanos en Invernalia; a su tía, Lady Lysa Arryn del Nido de Águilas, y a su abuelo, Lord Hoster Tully de Aguasdulces. Cuando terminó, tenía los dedos doloridos y manchados de tinta. Varys tenía el sello de su padre. Ella calentó el lacre blanco sobre una vela, lo dejó caer cuidadosamente y observó cómo el eunuco estampaba en cada carta el lobo huargo de la Casa Stark.
Cuando Ser Mandon Moore acompañó a Sansa a la torre alta del Torreón de Maegor, Jeyne Poole y sus pertenencias ya no estaban allí. Se sintió agradecida, ya no tendría que escuchar más sollozos. Pero, sin Jeyne, parecía como si hiciera más frío, y eso que consiguió encender el fuego. Puso una silla cerca de la chimenea, cogió uno de sus libros favoritos y se sumergió en las historias de Florian y Jonquil, de Lady Shella y el Caballero del Arco Iris, del valiente príncipe Aemon y su amor imposible por la reina de su hermano.
Sólo mucho más tarde, aquella noche, cuando ya se estaba quedando adormilada, Sansa cayó en la cuenta de que se le había olvidado preguntar por su hermana.