46 - Daenerys

La sangre caliente le llenó la boca y le corrió por la barbilla. El sabor estuvo a punto de provocarle arcadas, pero se obligó a masticar y a tragar. El corazón de un semental haría que su hijo fuera fuerte, rápido y arrojado, o eso creían los dothrakis. Pero sólo si la madre se lo conseguía comer entero. Si se atragantaba con la sangre o vomitaba por la carne, los presagios no serían tan favorables. El niño podría nacer muerto, o débil, o deforme, o hembra.
Sus doncellas la habían ayudado a prepararse para la ceremonia. Pese a que durante las dos últimas lunas había tenido nauseas, Dany había comido cuencos de sangre medio cuajada para acostumbrarse al sabor, y además Irri le hizo masticar tiras de carne seca de caballo hasta que le dolieron las mandíbulas. Antes de la ceremonia se había pasado un día y una noche enteras sin comer, con la esperanza de que el hambre la ayudara a retener la carne cruda.
El corazón del semental salvaje era puro músculo, y Dany tuvo que arrancar cada bocado con los dientes y masticarlo largo rato. En los confines sagrados de Vaes Dothrak, bajo la sombra de la Madre de las Montañas, no se permitía el acero. Tenía que desgarrar el corazón con los dientes y las uñas. El estómago se le revolvía, pero ella resistió y siguió adelante, con el rostro lleno de sangre que a ratos parecía estallarle en los labios.
Khal Drogo, con el rostro impenetrable como un escudo de bronce, permaneció a su lado mientras comía. La larga trenza negra le brillaba, aceitada. Llevaba anillos de oro en el bigote, campanillas de oro en las trenzas, y un pesado cinturón también de oro en torno a la cintura, pero lucía el pecho desnudo. Lo miraba cada vez que sentía que las fuerzas le fallaban. Lo miraba, masticaba y tragaba, masticaba y tragaba, masticaba y tragaba. Casi al final a Dany le pareció ver un fuego de orgullo en los ojos oscuros y almendrados, pero era imposible saberlo a ciencia cierta. El rostro del khal rara vez traicionaba sus pensamientos.
Y, por último, lo logró. Consiguió tragar el último bocado, con las mejillas y los dedos pegajosos. Solamente entonces volvió la vista hacia las ancianas, hacia las viejas del dosh khaleen.
—¡Khalakka dothrae mr'anha! —proclamó en su mejor dothraki. «¡En mis entrañas cabalga un príncipe!» También llevaba semanas ensayando la frase con su doncella, Jhiqui.
La más vieja de las ancianas, una mujer encorvada y flaca que tenía sólo un ojo, alzó los brazos hacia el cielo.
—¡Khalakka dothrae! —gritó. «¡El príncipe cabalga!»
—¡Cabalga! —respondieron las otras mujeres—. ¡Rakh! ¡Rakh! ¡Rakh haj! — proclamaron. «¡Un varón, un varón, un varón fuerte!»
Sonaron las campanas, fue un repentino clamor de pájaros de bronce. Se escuchó el sonido de un cuerno, con una nota larga, grave. Las ancianas empezaron a cantar. Los pechos arrugados de las viejas se movían bajo los chalecos de cuero pintado, brillantes de aceites y sudor. Los eunucos que las servían arrojaron puñados de hierbas secas a un gran brasero de bronce, del que enseguida se elevaron nubes de humo aromático hacia la luna, hacia las estrellas. Los dothrakis creían que las estrellas eran caballos de fuego, una gran manada que galopaba por los cielos durante la noche.
El humo ascendió, y los cánticos fueron desvaneciéndose. La anciana que sólo tenía un ojo lo cerró para escudriñar el futuro. Se hizo un silencio absoluto. Dany alcanzaba a oír los cantos lejanos de las aves nocturnas, el siseo y el crepitar de las antorchas, el suave batir de las olas en el lago. Los dothrakis la miraron con ojos de noche. A la espera.
Khal Drogo puso la mano en el brazo de Dany. Ella sintió los dedos tensos. Hasta un khal tan poderoso como Drogo sabía que había mucho que temer cuando el dosh khaleen escudriñaba el futuro en el humo. Tras ella, sus doncellas se movían, ansiosas.
Por fin, la vieja abrió el ojo y alzó los brazos.
—He visto su rostro, he oído el trueno de sus cascos —proclamó con voz débil.
—¡El trueno de sus cascos! —corearon las demás.
—Veloz como el viento cabalga, y tras él su khalasar cubre la tierra, hombres incontables, los arakhs les brillan en las manos. Fiero como la tormenta será este príncipe. Sus enemigos temblarán ante él, las esposas de los que se le enfrenten llorarán lágrimas de sangre y se desgarrarán las carnes. Las campanas de su pelo anunciarán su llegada, y los hombres de leche en las tiendas de piedra temerán su nombre. —La anciana empezó a temblar, y miró a Dany casi como si le tuviera miedo—. El príncipe cabalga, y será el semental que montará el mundo.
—¡El semental que montará el mundo! —exclamaron las demás como un eco. Y el grito se repitió, hasta que la noche retumbó con el sonido de las voces.
—¿Cuál será el nombre del semental que montará el mundo? —La vieja de un solo ojo miró a Dany.
—Su nombre será Rhaego —dijo ella levantándose, con las palabras que Jhiqui le había enseñado. Se tocó con gesto protector el vientre hinchado bajo los pechos, y escuchó el rugido de los dothrakis.
—¡Rhaego! —gritaron—. ¡Rhaego, Rhaego, Rhaego!
El nombre le resonaba todavía en los oídos cuando Khal Drogo salió con ella del pozo. Sus jinetes de sangre los siguieron. Tras ellos se puso en marcha una procesión hacia el camino de dioses, el amplio sendero de hierbas que discurría por el centro de Vaes Dothrak, desde la Puerta del Caballo hasta la Madre de las Montañas. Las viejas del dosh khaleen iban las primeras, con sus eunucos y sus esclavos. Algunas caminaban con piernas temblorosas, apoyadas en largos cayados de madera tallada, mientras que otras avanzaban tan orgullosas como cualquier gran señor. Cada una de las ancianas había sido en el pasado una khaleesi. Tras la muerte de sus señores esposos, cuando un nuevo khal ocupaba su puesto, junto con la nueva khaleesi, a ellas las habían enviado allí, a reinar sobre la vasta nación dothraki. Hasta el khal más poderoso se inclinaba ante la sabiduría y autoridad del dosh khaleen, pero Dany se estremecía con sólo pensar que algún día tendría que reunirse con ellas, tanto si lo deseaba como si no.
Tras las mujeres sabias iban los demás: Khal Ogo y su hijo, el khalakka Fogo, Khal Jommo y sus esposas, los jefes del khalasar de Drogo, las doncellas de Dany, los criados y esclavos del khal, y muchos más. Las campanas sonaban, y el ritmo majestuoso de los tambores marcaba su paso por el camino de dioses. Las deidades y héroes robados a pueblos muertos acechaban en la oscuridad. A lo largo de la procesión, los esclavos corrían por la hierba con antorchas y las llamas hacían que los grandes monumentos parecieran casi vivos.
—¿Qué es significado, nombre Rhaego? —le preguntó Khal Drogo mientras caminaban, en la lengua común de los Siete Reinos.
Dany le había estado enseñando algunas palabras. Drogo aprendía deprisa y ponía mucho interés, aunque tenía un acento tan marcado y bárbaro que ni Ser Jorah ni Viserys entendían una palabra.
—Mi hermano Rhaegar era un gran guerrero, mi sol y estrellas —le explicó—. Murió antes de que yo naciera. Ser Jorah dice que fue el último de los dragones.
—Es un buen nombre, esposa Dan Ares, luna de mi vida —dijo Khal Drogo mirándola desde toda su altura. Su rostro era una máscara de cobre, pero bajo los largos bigotes negros, caídos por el peso de los anillos de oro, a ella le pareció ver la sombra de una sonrisa.
Cabalgaron hasta el lago que los dothrakis llamaban Vientre del Mundo, una superficie de aguas tranquilas, rodeada de altos juncos. Según Jhiqui, el primer hombre había salido de sus profundidades hacía mil años, a lomos del primer caballo.
La procesión aguardó en la orilla cubierta de hierbas, mientras Dany se despojaba de las ropas manchadas. Caminó desnuda hacia las aguas. Irri le había dicho que el lago no tenía fondo, pero ella sintió el lodo blando entre los dedos de los pies al avanzar entre los juncos altos. La luna que flotaba sobre las aguas se rompió y volvió a rehacerse con las ondas concéntricas. Se le puso la carne de gallina cuando el frío le subió por los muslos y le besó el sexo. Tenía sangre del semental seca en las manos y en torno a la boca. Dany cogió las aguas sagradas con las manos y se la derramó sobre la cabeza, para limpiarse ella y limpiar al niño que llevaba dentro, bajo la mirada atenta del khal y los demás. Oyó los murmullos de las ancianas del dosh khaleen, y se preguntó qué estarían diciendo.
Salió del lago, mojada y temblorosa, y su doncella Doreah corrió hacia ella con una túnica de seda pintada, pero Khal Drogo la apartó a un lado. Miraba con aprobación sus pechos hinchados, la curva de su vientre, y Dany advirtió la forma de su virilidad que le presionaba contra los pantalones de piel de caballo, bajo los pesados medallones de oro que formaban su cinturón. Fue hacia él y lo ayudó a desvestirse. Luego su gran khal la cogió por las caderas y la alzó en el aire. Las campanillas del pelo tintinearon suavemente.
Dany le rodeó los hombros con los brazos y apretó la cara contra su cuello mientras él la llenaba. Tres embestidas rápidas, y todo terminó. «El semental que monta el mundo», le susurró Drogo con voz ronca. Las manos aún le olían a sangre de caballo. En el momento del placer, le mordió el cuello con fuerza, y cuando la alzó de nuevo su semilla la desbordó y se le derramó por la cara interna de los muslos. Sólo entonces pudo Doreah envolverla en la seda aromática, e Irri ponerle las suaves zapatillas en los pies.
Khal Drogo volvió a atarse los pantalones y dio una orden; al momento les acercaron los caballos hasta la orilla del lago. Cohollo tuvo el honor de ayudar a la khaleesi a montar sobre la plata. Drogo espoleó su semental, y se puso en marcha por el camino de dioses, bajo la luna y las estrellas. Dany lo siguió a lomos de la plata.
La seda que cubría la sala de Khal Drogo estaba enrollada aquella noche, y la luna los siguió hasta el interior. Las llamas se elevaban tres metros en los grandes hogares rodeados de piedras. El aire estaba impregnado de los olores de la carne asada y la leche fermentada de yegua. Cuando entraron la sala estaba abarrotada y llena de ruido, y los cojines ocupados por todos aquellos cuyo rango y nombre no eran tan importantes para asistir a la ceremonia. Dany pasó a caballo bajo el arco de la entrada, por el pasillo central, con todos los ojos fijos en ella. Los dothrakis hacían comentarios a gritos sobre su vientre y sus pechos, saludaban la vida que llevaba en su interior. Ella no alcanzaba a entender todo lo que decían, pero una frase destacaba sobre todas las demás. «El semental que monta el mundo», oyó en un millar de bocas diferentes.
El sonido de los tambores y los cuernos se alzaba en la noche. Mujeres medio desnudas bailaban y giraban junto a las mesas bajas, entre trozos de carne asada y bandejas llenas de ciruelas, dátiles y granadas. Muchos de los hombres se habían embriagado ya con la leche fermentada y grumosa de yegua, pero Dany sabía que aquella noche no habría arakhs; estaban en la ciudad sagrada, donde no se podían llevar armas ni derramar sangre.
Khal Drogo desmontó y ocupó su lugar en el banco más alto. A Khal Jommo y a Khal Ogo, que se encontraban ya en Vaes Dothrak con sus khalasars cuando ellos llegaron, se les asignaron asientos de gran honor, a la derecha y a la izquierda de Drogo. Los jinetes de sangre de los tres khals se sentaban bajo ellos, y aún más abajo estaban las cuatro esposas de Khal Jommo.
Dany desmontó de la plata y entregó las riendas a uno de los esclavos. Mientras Irri y Doreah le preparaban los cojines, buscó con la mirada a su hermano. La sala era inmensa y estaba abarrotada, pero aun así la piel clara de Viserys, su cabello plateado y sus andrajos de mendigo lo habrían hecho destacar. No lo vio por ninguna parte.
Recorrió con la mirada las mesas atestadas más cercanas a las paredes, junto a las que se sentaban hombres que tenían las trenzas aún más cortas que las hombrías, sobre alfombras raídas y cojines finos ante mesas bajas, pero todas las caras que vio tenían ojos negros y pieles cobrizas. Divisó a Ser Jorah Mormont cerca del centro de la sala, próximo al hogar central. Era un puesto de respeto, aunque no de gran honor: los dothrakis valoraban mucho las hazañas de un hombre con la espada. Dany envió a Jhiqui para que lo invitara a su mesa. Mormont se acercó al instante, e hincó una rodilla en tierra ante ella.
—Khaleesi —dijo—, estoy a vuestras órdenes.
—Sentaos y hablad conmigo —dijo ella palmeando un cojín de piel de caballo, a su lado.
—Me honráis. —El caballero se sentó en el cojín, con las piernas cruzadas. Un esclavo se arrodilló ante él y le ofreció una bandeja de madera llena de higos maduros. Ser Jorah cogió uno y lo mordió.
—¿Dónde está mi hermano? —preguntó Dany—. Debería haber llegado ya al festín.
—Vi a Su Alteza esta mañana —respondió él—. Me dijo que iba al Mercado Occidental, a buscar vino.
—¿Vino? —dijo Dany, dubitativa. Sabía que Viserys no soportaba el sabor de la leche fermentada de yegua que bebían los dothrakis, y que a menudo paseaba por los bazares para beber con los mercaderes que llegaban en las grandes caravanas procedentes de oriente y de occidente. Por lo visto, disfrutaba de su compañía más que de la de ella.
—Vino —confirmó Ser Jorah—, y tenía intención de reclutar algunos hombres para su ejército, de entre los mercenarios que escoltan las caravanas. —Una sirvienta le puso delante una empanada de morcilla, y Ser Jorah la cogió con ambas manos.
—¿Os parece buena idea? —preguntó Dany—. No tiene dinero para pagar soldados. ¿Y si lo traicionan? —Los guardias de las caravanas no tenían muchos problemas en cuestión de honor, y el Usurpador de Desembarco del Rey les pagaría muy bien por la cabeza de su hermano—. Deberíais haber ido con él para protegerlo. Sois su espada juramentada.
—Estamos en Vaes Dothrak —le recordó—. Aquí nadie puede llevar armas ni derramar sangre humana.
—Pero mueren hombres —replicó ella—. Me lo ha contado Jhogo. Algunos mercaderes tienen eunucos muy corpulentos, capaces de estrangular a los ladrones con una tira de seda. De esa manera no se derrama sangre, y los dioses no se enfurecen.
—En ese caso, esperemos que vuestro hermano tenga suficiente sentido común para no robar nada. —Ser Jorah se limpió la grasa de la boca con el dorso de la mano, y se inclinó hacia delante—. Viserys tenía intención de llevarse vuestros huevos de dragón, pero le advertí que, si se atrevía a tocarlos, le cortaría la mano.
—Los huevos... —Durante un instante Dany se quedó tan perpleja que no supo qué decir—. Pero si son míos, me los regaló el magíster Illyrio, fueron un obsequio de bodas... y para qué los quiere Viserys, si son sólo piedras...
—Lo mismo se puede decir de los rubíes, los diamantes y los ópalos de fuego, princesa. Y los huevos de dragón son mucho más raros. Los mercaderes con los que ha estado bebiendo venderían sus miembros por una de esas «piedras», así que con las tres Viserys podría comprar tantos mercenarios como quisiera.
—Entonces... —Dany no lo sabía, ni siquiera se lo había imaginado—. Entonces debería dárselos. No tiene por qué robarlos, sólo hacía falta que los pidiera. Es mi hermano... y mi rey.
—Es vuestro hermano —reconoció Ser Jorah.
—No lo entendéis, ser —dijo ella—. Mi madre murió al traerme al mundo, mi padre y mi hermano Rhaegar murieron antes. De no ser por Viserys ni siquiera sabría sus nombres. Era lo único que me quedaba. Lo único. Es lo único que tengo.
—Hablad en pasado —replicó ser Jorah—. Eso ha cambiado, khaleesi. Ahora pertenecéis a los dothrakis. En vuestro vientre cabalga el semental que monta el mundo. —Tendió la copa, y un esclavo se la llenó de leche fermentada de yegua, de olor agrio y llena de grumos.
Dany rechazó la suya. Hasta el olor le daba náuseas, y no quería correr el riesgo de vomitar el corazón de caballo que había conseguido comerse.
—¿Qué significa eso? Todos lo gritan sin parar, pero no lo entiendo.
—El semental es el khal de khals, el que anuncian las antiguas profecías, niña. Unirá a los dothrakis en un khalasar, y cabalgará hasta los confines de la tierra, según las leyendas. Todos los pueblos del mundo serán su manada.
—Oh —dijo Dany con voz tenue. Se acarició el vientre hinchado, por encima de la túnica—. Lo voy a llamar Rhaego.
—Ese nombre hará que al Usurpador se le hiele la sangre en las venas.
De pronto Doreah le tironeó del codo.
—Mi señora —susurró con voz apremiante—, vuestro hermano...
Dany miró hacia el otro extremo de la larga sala sin techo, y allí estaba, avanzando hacia ella. Por su manera de caminar, comprendió que Viserys había conseguido vino... y algo semejante al valor.
Llevaba las ropas de seda escarlata, sucias y desgastadas por el viaje. La capa y los guantes eran de terciopelo negro desteñido por el sol. Las botas estaban secas y agrietadas, y el cabello rubio plateado revuelto y sucio. En la vaina de cuero del cinturón llevaba una espada larga. Los dothrakis miraron el acero; Dany oyó las maldiciones, las amenazas y los murmullos airados que se alzaban como una marea. La música se detuvo con un sonido nervioso de tambores.
—Id con él —ordenó a Ser Jorah. El corazón se le había helado en el pecho—. Detenedlo. Traedlo aquí. Decidle que le daré los huevos de dragón si los quiere. —El caballero se levantó rápidamente.
—¿Dónde está mi hermana? —gritó Viserys con la voz turbia de los borrachos—. He venido a su festín. ¿Cómo os atrevéis a comer sin mí? Nadie come antes que el rey. ¿Dónde está? Esa puta no se puede esconder del dragón.
Se detuvo junto al más grande de los tres hogares y escudriñó los rostros de los dothrakis. En la sala había cinco mil hombres, y sólo unos pocos de ellos conocían la lengua común. Pero, aunque sus palabras resultaran incomprensibles, sólo hacía falta verle la cara para saber que estaba borracho.
Ser Jorah se acercó rápidamente a él, le susurró algo al oído. Y lo agarró por el brazo, pero Viserys se liberó de él.
—¡Quítame las manos de encima! ¡Nadie toca al dragón sin su permiso!
Dany lanzó una mirada ansiosa al banco más elevado. Khal Drogo decía algo a los otros khals. Khal Jommo sonrió, y Khal Ogo soltó una risotada. Aquel sonido hizo que Viserys alzara la vista.
—Khal Drogo —dijo con la lengua espesa, pero en tono casi educado—, he venido al festín. —Se alejó tambaleante de Ser Jorah, como si fuera a reunirse con los tres khals en el banco alto.
Khal Drogo se levantó, escupió una docena de palabras en dothraki tan deprisa que Dany no pudo entenderlas, y señaló con el dedo.
—Khal Drogo dice que tu lugar no está en el banco alto —tradujo Ser Jorah para su hermano—. Khal Drogo dice que tu lugar es aquél.
Viserys miró en la dirección en la que señalaba el khal. Era un lugar al fondo de la larga sala, junto a la pared y oculto por las sombras; allí se sentaba lo más bajo de lo bajo, para que los hombres mejores no tuvieran que soportar su presencia: los niños que aún no habían visto sangre, los hombres viejos de ojos turbios y articulaciones rígidas, los de inteligencia corta y los tullidos. Lejos de la carne, y más lejos aún del honor.
—No es lugar para un rey —replicó su hermano.
—Es lugar —replicó Khal Drogo en la lengua común que Dany le había enseñado—, para Rey de los Pies Sangrantes. —Dio unas palmadas—. ¡Un carro! ¡Traed carro para Khal Raggat!
Cinco mil dothrakis celebraron la ocurrencia con risotadas y gritos. Ser Jorah estaba de pie junto a Viserys, le gritaba algo al oído, pero el clamor era tal que Dany no alcanzó a oír qué le decía. Su hermano gritó algo a su vez, y los dos hombres se enzarzaron, hasta que Mormont derribó a Viserys al suelo.
Entonces su hermano desenvainó la espada. El acero desnudo reflejó el fuego de los hogares con un brillo rojizo.
—¡No te acerques a mí! —siseó Viserys.
Ser Jorah retrocedió un paso, y su hermano se puso de pie, inseguro. Blandió sobre la cabeza la espada que el magíster Illyrio le había prestado para darle un aspecto más regio. Desde todos los puntos de la sala los dothrakis le gritaban y le lanzaban maldiciones.
Dany dejó escapar un grito de terror. Ella sabía qué significaba sacar allí la espada, aunque su hermano no lo comprendiera.
—Ahí está —dijo con una sonrisa. Al oírla, Viserys había vuelto la cabeza, como si la viera por primera vez. Avanzó hacia ella hendiendo el aire, como si se abriera paso entre sus enemigos, aunque nadie se había interpuesto en su camino.
—La espada... no debes... —le suplicó—. Por favor, Viserys. Está prohibido. Deja la espada, comparte mis cojines. Hay comida, bebida... ¿quieres los huevos de dragón? Te los daré, pero suelta la espada.
—Haz lo que te dice, idiota —le gritó Ser Jorah—. ¡Vas a hacer que nos maten a todos!
—No pueden matarnos —dijo Viserys entre risas—. En la ciudad sagrada no pueden derramar sangre... pero yo sí. —Puso la punta de la espada entre los pechos de Daenerys, y la fue deslizando por la curva de su vientre—. Vengo a buscar lo que es mío —dijo—. Quiero la corona que me prometió. Te compró, pero no te pagó. Dile que quiero que me pague, o te llevaré lejos. A ti y a los huevos. Si quiere, se puede quedar con su potrillo. Te lo sacaré de la barriga y se lo dejaré aquí. —La punta de la espada apartó las sedas y le pinchó el ombligo. Dany vio que Viserys estaba llorando. Llorando y riendo a la vez. Y aquel hombre había sido su hermano.
Muy lejos, como si fuera en otro mundo, Dany oyó los sollozos de su doncella Jhiqui, diciendo que no se atrevía a traducir aquello, que el khal la ataría a su caballo y la arrastraría hasta la Madre de las Montañas. Rodeó a la chica con un brazo.
—No tengas miedo —dijo—. Yo se lo contaré. —No sabía si conocía suficientes palabras, pero cuando terminó Khal Drogo pronunció unas cuantas frases secas en dothraki, y Dany supo que la había comprendido. El sol de su vida bajó del banco alto.
—¿Qué ha dicho? —preguntó sobresaltado el hombre que había sido su hermano.
En la sala se había hecho un silencio tal que podía oír el tintineo de las campanillas en el pelo de Khal Drogo al caminar. Sus jinetes de sangre lo siguieron como tres sombras cobrizas. Daenerys se había quedado fría.
—Dice que tendrás una corona de oro tan espléndida que los hombres temblarán al contemplarla.
Viserys sonrió y bajó la espada. Aquello fue lo más triste, lo que más adelante desgarraría el alma, su manera de sonreír.
—Eso es todo lo que quería —dijo—. Lo que me prometió.
Cuando el sol de su vida llegó junto a ella, Dany le rodeó la cintura con un brazo. El khal dio una orden, y sus jinetes de sangre avanzaron. Qotho agarró por los brazos al hombre que había sido su hermano. Haggo le rompió la muñeca con un simple movimiento brusco de sus manos enormes. Cohollo le quitó la espada de sus flácidos dedos. Y ni siquiera entonces comprendió Viserys qué iba a suceder.
—No —gritó—. ¡No podéis tocarme, soy el dragón, el dragón, y quiero mi corona!
Khal Drogo se soltó el cinturón. Los medallones eran enormes, de oro puro, muy ornamentados, cada uno de ellos tenía el tamaño de la mano de un hombre. Gritó una orden. Los esclavos de las cocinas sacaron un pesado caldero de hierro del hogar, derramaron el guiso por el suelo, y volvieron a ponerlo sobre las llamas. Drogo tiró su cinturón al interior y observó con rostro inexpresivo cómo los medallones se ponían al rojo y empezaban a deformarse. Dany vio cómo las llamas bailaban en sus ojos de ónice. Un esclavo le tendió un par de gruesos mitones de piel de caballo, y él se los puso sin siquiera mirarlo.
Viserys empezó a chillar, el grito agudo y sin palabras del cobarde que se enfrenta a la muerte. Pataleó, se retorció, lloriqueó como un perro y sollozó como un niño. Pero los dothrakis lo sujetaron con fuerza. Ser Jorah había conseguido llegar al lado de Dany. Le puso una mano en el hombro.
—Daos la vuelta, princesa, os lo suplico.
—No —respondió ella. Se puso las manos sobre el vientre en gesto protector.
—Hermana, por favor... —Por fin Viserys había clavado la mirada en ella—.
Dany, diles... haz que... hermanita...
Cuando el oro estuvo medio fundido, casi líquido, Drogo cogió el caldero.
—¡Corona! —rugió—. Aquí. ¡Una corona para Rey del Carro! —Y puso el caldero en la cabeza del hombre que había sido su hermano.
El sonido que emitió Viserys Targaryen cuando aquel espantoso yelmo de hierro le cubrió la cara no fue humano. Sus pies marcaron un ritmo frenético en el suelo de tierra, se agitaron y al final se detuvieron. Sobre el pecho le cayeron goterones de oro fundido, y la seda escarlata empezó a humear... pero no se derramó ni una gota de sangre.
Dany se sentía extrañamente tranquila.
«No era un dragón —pensó—. El fuego no mata a un dragón.»