39 - El nudo sin fin

Alc√© la cabeza y mir√© a mi alrededor busc√°ndola. El esfuerzo desencaden√≥ en mi interior algo y mis pulmones se llenaron de aire fr√≠o. Era un aire rudo y agudo; quemaba como fuego, pero no pod√≠a dejar de inhalarlo. Respiraba ansiosamente, como si cada aspiraci√≥n pudiera ser la √ļltima. Los ojos me lloraban y los brazos y las piernas comenzaron a temblarme. El coraz√≥n me palpitaba y la cabeza vibraba al ritmo de los latidos. Cerr√© los ojos y procur√© dominar la desbocada carrera de mi coraz√≥n.
¬óLew... ¬ódijo de nuevo la misma voz con acento preocupado.
Sentí una mano en el hombro; ella estaba junto a mí.
¬ó¬ŅGoewyn? ¬ólevant√© la mirada y vislumbr√© un mech√≥n de cabellos rojizos... No era Goewyn, sino su hermana, la banf√°ith de Albi√≥n¬ó. ¬°Gwenllian!
¬ó¬ŅLew... Lewis?
Enfoqué la vista poco a poco y vislumbré un rostro.
¬óGwenllian, yo...
¬óSoy Susannah, Lewis. ¬ŅTe encuentras bien?
De alg√ļn rinc√≥n de mi mente aflor√≥ un vago recuerdo.
¬ó¬ŅSusannah?
—Sí, deja que te ayude.
Me pasó los brazos y me ayudó a incorporarme.
¬óEst√°s helado ¬ódijo¬ó. ¬ŅQu√© ha sido de tus ropas?
Bajé los ojos y vi que estaba completamente desnudo, de pie sobre unos tres centímetros de nieve. El viento soplaba entre las ramas de los árboles despojadas de hojas, y me encontraba junto a la estrecha puerta de un cairn en forma de colmena, tambaleante y atontado mientras oleadas de desesperación rompían sobre mí arrastrándome, ahogándome.
¬óPonte esto o te morir√°s de fr√≠o ¬óme dijo Susannah, coloc√°ndome su abrigo sobre los hombros¬ó. He venido en coche; est√° en la carretera, en la colina. Nettles no me dijo que ten√≠a que traer ropa, pero tengo unas mantas. ¬ŅPuedes andar?
Abrí la boca pero no pude articular palabra. Probablemente no había palabras para expresar lo que sentía. Así que me limité a asentir con la cabeza. Susannah me cogió por los hombros, hizo que le pasara un brazo en torno al cuello y comenzó a llevarme lejos del cairn. Caminamos entre la larga hierba, colina arriba, hasta llegar a una cancilla que estaba abierta. Un utilitario verde aguardaba en la carretera con las ventanas cubiertas de vaho.
Susannah me condujo hasta la puerta del copiloto y la abrió.
—Espera un momento —me dijo—. Te traeré una manta.
Yo contemplé fijamente el mundo al que acababa de llegar tratando de averiguar lo que me había ocurrido, mientras sentía en el vacío de mi corazón una tristeza tan intensa que me producía dolor.
Susannah extendió una manta sobre el asiento y luego me tapó con otra tras quitarme su abrigo. Me ayudó a entrar en el coche y cerró la puerta. Después se instaló en el asiento del conductor y dio al contacto. El motor gimió, pero acabó por ponerse en marcha. Luego encendió al máximo la calefacción y el ventilador.
¬óTardar√° un minuto en calentarse ¬ódijo.
Asent√≠ y mir√© por el empa√Īado cristal delantero. Reun√≠ cuanta energ√≠a pude y pregunt√©:
¬ó¬ŅD√≥nde estamos?
Las palabras sonaron desma√Īadas y torpes; sent√≠a la lengua como si fuera un trozo de madera.
¬óSabe Dios ¬óo√≠ que contestaba ella por encima del rugido del ventilador¬ó. En alg√ļn lugar de Escocia. No muy lejos de Peebles.
El aire caliente del ventilador fue aclarando un poco el cristal delantero y Susannah acabó de limpiarlo con el dorso de la mano. Aceleró y salió a la carretera.
—No te preocupes por nada —me dijo—. Recuéstate y descansa. Si tienes hambre, hay bocadillos y café en el termo. Afortunadamente hoy es fiesta y habrá poco tráfico.
Viajamos todo el día y sólo nos detuvimos un par de veces a repostar gasolina. Yo veía cómo el paisaje desfilaba por las ventanillas, sin decir palabra. Susannah carraspeaba de vez en cuando y me miraba de reojo como si tuviera miedo de que yo pudiera desaparecer; pero mantuvo la boca cerrada y no me atosigó a preguntas, cosa que le agradecí infinitamente.
Era ya muy tarde cuando llegamos a Oxford; yo estaba exhausto por el viaje. Arropado entre las mantas, contemplaba atontado las luces de la ciudad desde el cintur√≥n de circunvalaci√≥n y me sent√≠a totalmente derrotado. ¬ŅC√≥mo hab√≠a podido ocurrirme todo aquello a m√≠? ¬ŅQu√© significaba?
No sab√≠a d√≥nde ir. Pero Susannah lo hab√≠a preparado todo. Condujo el coche por solitarias calles y se detuvo al fin en alg√ļn lugar del centro de Oxford que parec√≠a una madriguera de conejos. Me ayud√≥ a bajar del coche y vi que nos hab√≠amos parado junto a una puerta baja. En una placa de lat√≥n se le√≠a: D. M. Campbell, Profesor. Susannah sac√≥ del bolsillo un llavero, introdujo en la cerradura una llave y le dio la vuelta.
La puerta se abri√≥; ella pas√≥ delante y encendi√≥ las luces. En cuanto entr√© en la habitaci√≥n, la reconoc√≠. ¬ŅCu√°nto tiempo hab√≠a transcurrido desde la √ļltima vez que hab√≠a estado all√≠?
¬óEl profesor Nettleton me dijo que te las diera ¬ódijo Susannah, poni√©ndome en las manos las llaves¬ó. No est√° aqu√≠... ¬ócomenz√≥ a decir, pero se interrumpi√≥ y a√Īadi√≥¬ó... pero supongo que ya lo sabes.
—Sí —repuse.
Sospechaba que Nettles jam√°s regresar√≠a; pero ¬Ņpor qu√© hab√≠a vuelto yo? ¬ŅPor qu√© yo? ¬ŅY por qu√© a aquel lugar?
¬óBueno ¬ódijo ella escrutando con sus oscuros ojos mi rostro, como si esperara ver alguna se√Īal de inter√©s¬ó, hay comida en la despensa y leche en la nevera. No sab√≠a qui√©n o cu√°ntos comensales vendr√≠an, as√≠ que hay un poco de todo. Pero si necesitas algo m√°s, aqu√≠ te dejo mi n√ļmero de tel√©fono y...
¬óGracias ¬ódije interrumpi√©ndola¬ó. Estoy seguro de... Est√° bien ¬óa√Īad√≠ incapaz de articular m√°s palabras.
Ella me miraba con curiosidad, ardiendo en deseos de hacerme preguntas. Pero se limitó a dirigirse hacia la puerta.
¬óBueno... ¬ómurmur√≥, posando la mano en la manecilla y abri√©ndola. Vacil√≥ unos instantes, esperando que yo la detuviera¬ó. Nos veremos ma√Īana ¬óa√Īadi√≥.
—Por favor, no hace falta que te molestes —balbucí yo, pues mi lengua se resistía a utilizar mi antiguo idioma.
—No es molestia —se apresuró a responder Susannah—. Adiós.
Y salió sin darme tiempo a hacerla desistir.
No podría asegurar cuánto tiempo estuve en pie, arropado en la manta. Permanecí escuchando los escandalosos ruidos de Oxford, que la pesada puerta de madera y los gruesos muros de la casa del profesor no podían acallar. Me sentía entumecido por dentro, vacío, hueco. No dejaba de pensar: Estoy muerto y estoy en el infierno.
En cierto momento debí de dejarme caer en uno de los sillones de Nettles, atiborrados de papeles, porque oí la puerta y al abrir los ojos vi que Susannah entraba en la habitación cargada de paquetes y bolsas. Trataba de no hacer ruido porque creía que dormía. Pero al volverse para dejar los paquetes sobre la mesa me vio sentado en el sillón.
—¡Oh! Buenos días —exclamó.
Su sonrisa era alegre y cari√Īosa. Ten√≠a las mejillas arreboladas por el fr√≠o y se frotaba las manos para entrar en calor.
—No me digas que has pasado la noche en ese sillón.
—Supongo que sí —repuse lentamente.
Me resultaba difícil escoger las palabras y la lengua se me trababa.
—Yo me he levantado al alba —declaró ella con orgullo—. Te he comprado ropa.
—Susannah —repuse yo—, no tenías por qué hacerlo. Realmente yo...
¬óNo hay problema ¬ódijo, entrando en la cocina como Pedro por su casa¬ó. Preparar√© algo para desayunar y despu√©s te ense√Īar√© lo que he comprado. Ya me dar√°s luego las gracias.
Me quedé sentado sin fuerzas ni voluntad para levantarme. Susannah reapareció poco después y comenzó a rebuscar entre los paquetes.
¬óMuy bien ¬ódijo sacando algo azul de una bolsa¬ó, cierra los ojos.
Yo la mir√©. ¬ŅPor qu√© estaba haciendo todo aquello? ¬ŅPor qu√© no me dejaba en paz? ¬ŅEs que no ve√≠a que estaba destrozado?
¬ó¬ŅQu√© ocurre, Lewis? ¬óme pregunt√≥.
¬óNo puedo.
¬ó¬ŅQu√© es lo que no puedes?
¬óNo puedo soportarlo, Susannah ¬óexclam√©¬ó. ¬ŅNo lo entiendes?
Claro que no lo entend√≠a. ¬ŅC√≥mo habr√≠a podido? ¬ŅC√≥mo alguien iba a entender ni siquiera la m√°s insignificante y peque√Īa parte de lo que yo hab√≠a vivido? ¬°Hab√≠a sido rey de Albi√≥n! Hab√≠a librado batallas y matado a enemigos, y adem√°s yo mismo hab√≠a sido muerto. S√≥lo que en lugar de ir al otro mundo hab√≠a regresado al que hab√≠a dejado. Todo lo que yo hab√≠a hecho y experimentado no significaba nada.
¬óLo siento ¬ódijo Susannah con sinceridad¬ó. S√≥lo intentaba ayudarte ¬óa√Īadi√≥ mordi√©ndose el labio.
¬óNo es culpa tuya ¬óle dije¬ó. No tiene nada que ver contigo.
Se acercó y se arrodilló junto al sillón.
—Quiero entenderlo, Lewis. De verdad. Sé que tiene que ser muy difícil.
Como no le contesté siguió hablando.
¬óNettles me cont√≥ un mont√≥n de cosas sobre lo que estaba ocurriendo. Al principio no le cre√≠. Todav√≠a no estoy segura de haberle cre√≠do. Pero me dijo que buscara algunas cosas... Se√Īales de los Tiempos, las llamaba √©l; y me dijo que si las ve√≠a, deb√≠a ir a aquel lugar a esperar a que apareciera alguien. Incluso me dio un mapa.
Se qued√≥ pensativa unos instantes y a√Īadi√≥:
¬óNo ten√≠a la menor idea de que ser√≠as t√ļ quien aparecer√≠a.
Guardamos silencio un buen rato. Ella esperaba que yo le dijera algo.
—Escucha —me decidí al fin—. Te agradezco lo que has hecho. Pero ahora necesito... —casi sudaba con el esfuerzo de hablar— ... necesito cierto tiempo para poner las cosas en orden.
Me dirigió una mirada ofendida y se levantó.
—Lo comprendo. Pero sólo pretendo ayudar.
Hizo una pausa y desvió la mirada. Cuando volvió a mirarme me dirigió una sonrisa un tanto triste.
¬óTe dejar√© solo por ahora. Pero ll√°mame luego, ¬Ņde acuerdo? ¬ŅMe lo prometes?
Asentí arrellanándome en el cómodo sillón, y también en mi tristeza y dolor. Ella se marchó.
Pero a la ma√Īana siguiente regres√≥ muy pronto. Me ech√≥ una ojeada a m√≠ y a la habitaci√≥n y r√°pida como un cohete encendi√≥ la luz.
¬óLev√°ntate, Lewis. Vas a venir conmigo.
Yo había perdido toda mi voluntad y la suya parecía más que suficiente para los dos, así que la obedecí. Hurgó entre los paquetes que seguían sobre la mesa tal como los había dejado y me puso en la mano unos calzoncillos.
¬óToma. Para empezar.
Yo me puse en pie arropado todavía en la manta que me colgaba de los hombros como una capa.
¬ó¬ŅQu√© pretendes?
—Tienes que salir —replicó, tajante, Susannah—. Es domingo. Iremos a la iglesia.
¬óNo quiero ir.
Ella se encogió de hombros, cogió una camisa y me la probó por encima ladeando la cabeza.
—Póntela —me ordenó.
Me vistió con ruda eficiencia: pantalones, calcetines, zapatos y cinturón; luego me contempló complacida del resultado.
¬óPodr√≠as afeitarte ¬óobserv√≥ frunciendo el entrecejo¬ó. Pero lo dejaremos para m√°s tarde. ¬ŅListo?
¬óNo voy a salir contigo, Susannah.
Ella sonrió con afectación y me cogió del brazo. Sus manos estaban calientes.
—¡Claro que sí! No voy a dejarte aquí languideciendo todo el santo día como un buitre moribundo. Después de ir a la iglesia, te permitiré que me invites a comer.
—Sé lo que tratas de hacer, Susannah. Pero no quiero salir.
La iglesia estaba repleta. En todo el tiempo que había vivido en Oxford jamás había visto un oficio tan concurrido. Había al menos mil personas. La gente se amontonaba en los bancos y se alineaba en los vastos alféizares de la iglesia. Habían colocado sillas en la parte de atrás cubriendo todos los espacios. Los reclinatorios habían sido retirados y colocados en las naves laterales para acomodar más gente. Como todas aquellas medidas resultaron insuficientes, habían abierto las puertas para que los asistentes pudieran escuchar desde la calle.
¬ó¬ŅQu√© ocurre? ¬ópregunt√© at√≥nito ante aquel tumulto¬ó. ¬ŅQu√© es todo esto?
¬óUna iglesia ¬ódijo Susannah asombrada ante mi pregunta.
El oficio transcurría para mí como entre una neblina. No podía concentrarme más que durante dos o tres segundos. Mi mente, mi corazón, mi alma, mi vida, estaban en Albión; estaba muerto para el mundo. Estaba bloqueado y no podría regresar jamás.
Susannah me dio un codazo. Miré a mi alrededor. Todos se habían arrodillado y el pastor, o el sacerdote, o lo que fuera, sostenía en alto una rebanada de pan y decía:
¬ó√Čste es mi cuerpo sacrificado por vosotros...
Yo escuchaba las palabras, las había escuchado antes muchas otras veces; había crecido escuchándolas, y jamás les había dedicado un pensamiento fuera de los muros de la iglesia.
√Čste es mi cuerpo sacrificado por vosotros...
Palabras plenas de sentido, palabras que se remontaban siglos y siglos atrás. Palabras que explicaban lo que me había sucedido a mí. Como una estrella que estalla en la helada bóveda del espacio, su significado estalló en mi cerebro. ¡Sabía, sabía muy bien, lo que querían decir!
Me sent√≠ d√©bil y aturdido; la cabeza me daba vueltas. Me invadi√≥ un rapto de alegr√≠a tan grande que tem√≠ desmayarme. Mir√© las caras que me rodeaban, transfiguradas de devoci√≥n. ¬°S√≠, s√≠! No eran los mismos; hab√≠an cambiado. Naturalmente que hab√≠an cambiado. ¬ŅC√≥mo habr√≠an podido no hacerlo?
Albi√≥n hab√≠a sido transformada y este mundo tampoco segu√≠a siendo el mismo de antes. Aunque no de una forma manifiesta, hab√≠a sobrevenido en √©l un gran cambio. Y lo podr√≠a encontrar escondido en millones de lugares: actuando con la sutileza y el sigilo de la levadura, invisible y desconocido, pero alter√°ndolo todo de forma generosa, poderosa y radical. Sab√≠a, como sab√≠a el significado de las eucar√≠sticas palabras, que el renacimiento de Albi√≥n y la renovaci√≥n de este mundo eran lo mismo. La Haza√Īa Heroica hab√≠a sido realizada.
El resto del oficio pasó en un suspiro. Mi mente funcionaba febrilmente; ansiaba salir y me precipité fuera de la iglesia tan pronto como fue dada la bendición. Susannah me agarró del brazo y me sujetó.
—¡Qué impaciente! Al menos podrías haber simulado que prestabas atención.
¬óLo siento, pero es que...
¬óNunca en mi vida me he sentido tan avergonzada. Realmente. Lewis, eres...
¬ó¬°Susannah!
Se detuvo. La cogí por los hombros y la obligué a mirarme de frente.
¬óEscucha, Susannah. Tengo que hablar contigo. Ahora mismo. Es muy importante.
Tras empezar a hablar, las palabras se atropellaron en mi boca como un vertiginoso hurac√°n.
—Antes no lo entendía. Pero ahora lo veo muy claro. ¡Es increíble! Ya sé qué ocurrió. Ya sé lo que ocurre por doquier. Es...
¬ó¬ŅQu√© es eso que ocurre por doquier? ¬ópregunt√≥ ella, apret√°ndome el brazo y mir√°ndome con desconfianza.
¬ó¬°Yo fui rey de Albi√≥n! ¬óexclam√©¬ó ¬ŅSabes lo que significa eso, Susannah? ¬ŅTienes idea de lo que significa?
Unas cuantas cabezas se volvieron a mirarnos. Susannah me miró alarmada y se mordió el labio.
¬óMira ¬ódije tratando de explicarme de otra manera¬ó, ¬Ņte importar√≠a que no fu√©ramos a ning√ļn sitio? Podr√≠amos volver a casa de Nettles a charlar. Tengo que cont√°rselo a alguien. ¬ŅQuieres?
Con evidente alivio, Susannah sonrió y se colgó de mi brazo.
—Me encantaría. Encargaré comida y podrás contármelo todo.
Regresamos a casa charlando y seguimos hablando durante la comida. Yo me llevaba los bocados a la boca, pero no los saboreaba. Ardía con la certeza de la verdad que acababa de vislumbrar. Me había tragado el sol y ahora el sol me rezumaba por todos los poros y vísceras. Hablaba como un descosido, llenando las horas con palabras y más palabras, sin acertar a describir los más nimios detalles de cuanto había experimentado.
Susannah escuchaba con atenci√≥n y despu√©s de comer sugiri√≥ que fu√©ramos a dar un paseo por el r√≠o para poder mantenerse despejada y seguir escuch√°ndome. Paseamos hasta que el sol comenz√≥ a ponerse en un hermoso crep√ļsculo de primavera. El cielo resplandec√≠a de azul, nubes rojizas y doradas se deslizaban sobre colinas color esmeralda y campos de esplendoroso verdor. Parejas y familias deambulaban pl√°cidamente por el sendero y los cisnes surcaban el r√≠o como plum√≠feros galeones. Mirara a donde mirase s√≥lo ve√≠a paz y tranquilidad... era un verdadero d√≠a del Se√Īor.
—Tenías razón —dijo ella, cuando al fin me quedé sin aliento—. Es increíble.
Quedaba mucho, muchísimo por contar, pero me dolía la mandíbula y tenía seca la garganta.
—Simplemente increíble —repitió acercándose a mí y apoyando la cabeza en mi hombro mientras emprendíamos el camino de regreso.
¬óS√≠. Lo es. Pero t√ļ eres la √ļnica persona que lo sabr√°.
Ella se detuvo y me miró.
—Pero tienes que decírselo a la gente, Lewis. Es de una importancia crucial.
Abrí la boca para objetar, pero ella adivinó mi intención.
—Compréndelo, Lewis —insistió—. No puedes guardarte para ti una cosa semejante. Debes contársela a los demás..., es tu deber.
Sólo pensar en los periódicos me aterrorizaba. Periodistas persiguiéndome con micrófonos y cámaras, televisiones, radio... un desfile interminable de escépticos, chiflados y bravucones incrédulos... Jamás.
¬ó¬ŅQui√©n podr√≠a creerme? ¬ópregunt√© desesperanzado¬ó Si se lo digo a alguien m√°s, ser√≠a como comprar un billete de ida al manicomio.
—Quizás —asintió ella— Pero en realidad no sería necesario que lo contaras.
¬ó¬ŅNo?
—Podrías simplemente escribirlo. Sabes cómo manejarte con el teclado —observó Susannah muy satisfecha de su idea—. Podrías quedarte a vivir en la casa de Nettles y yo te ayudaría. Podríamos hacerlo entre los dos.
Arque√≥ las cejas en se√Īal de desaf√≠o y sonri√≥ maliciosamente.
¬óVenga ya, ¬Ņqu√© te parece?
Así fue como me encontré sentado ante el escritorio de Nettles, con una desvencijada máquina de escribir y un montón de hojas en blanco, mientras Susannah trasteaba en la cocina preparando té y bocadillos. Coloqué una hoja de papel en la máquina y extendí las manos sobre el teclado.
No se me ocurri√≥ nada. ¬ŅPor d√≥nde empezar a contar semejante historia?
Pase√© la mirada por el escritorio y vi la esquina de un pedacito de papel con unos trazos de colores. Lo cog√≠. Era un dibujo celta, el que el profesor Nettles me hab√≠a ense√Īado hac√≠a mucho tiempo. Mir√© fijamente el mareante y vertiginoso dibujo: dos l√≠neas entretejidas que simbolizaban el equilibrio de todos los elementos girando para siempre en perfecta armon√≠a. El Nudo Sin Fin.
Al momento las palabras empezaron a fluir y yo comencé a teclear:
Todo empezó con el uro...