38 - Fuego resplandeciente

Siawn Hy no pudo resistir la tentación. Desafiando las llamas, acercó la mano al fuego y con la rapidez de una serpiente cogió una de las tres piedras portadoras de la canción y la alzó con un grito de triunfo:
¬ó¬°Con esta piedra soy invencible!
La piedra, de color blanco lechoso, estaba caliente y, mientras la sosten√≠a en alto y su grito resonaba en el aire, se torn√≥ trasl√ļcida como el hielo y se derriti√≥ en su mano. Siawn contempl√≥ asombrado c√≥mo el l√≠quido se le escurr√≠a entre los dedos y se deslizaba por el brazo alzado como si fuera agua.
Se inclinó para coger otra, desafiando de nuevo las llamas. Sus dedos rebuscaron y cogieron la piedra; pero cuando iba a sacarla del fuego, el líquido rocoso se inflamó. Las llamas envolvieron su mano y se extendieron brazo arriba por el rastro de líquido que había dejado la primera piedra.
Siawn se ech√≥ atr√°s sin soltar la segunda piedra y se acerc√≥ la llameante mano a la cara. Con un deslumbrante rel√°mpago, la piedra estall√≥ en su pu√Īo en miles de fragmentos de un pur√≠simo color blanco, que se esparcieron por doquier en una copiosa lluvia de fuego blanco.
Cada uno de los fragmentos se fundió y comenzó a arder con maravillosa incandescencia.
La tercera piedra, que descansaba a√ļn sobre mi est√≥mago, se fundi√≥ en un l√≠quido que comenz√≥ a fluir como miel de plata, como agua reluciente. R√°pidamente cubri√≥ todo mi cuerpo y se desbord√≥ a mi alrededor. Flu√≠a como un manantial, crec√≠a y crec√≠a, rezumaba de mi cuerpo y se propagaba en esplendorosas oleadas. Y cuando la piedra derretida rozaba uno de los flameantes fragmentos, ard√≠a en llamas de resplandeciente blancura.
Los hombres se apartaron del fuego, algunos echaron a correr. Pero no hab√≠a escapatoria. Las llamas eran tan r√°pidas como brillantes. Corr√≠an avivadas por las r√°fagas de su propio ardor y se alimentaban con asombrosa velocidad, a medida que el fuego se propagaba y se remontaba hacia el cielo. La hierba, la tierra y las pe√Īas ard√≠an. Incluso el aire parec√≠a quemarse como yesca. Nada se libraba, nada escapaba al devorador fuego blanco.
Todos, tanto amigos como enemigos, cayeron ante las insaciables llamas. Siawn, que era el que estaba m√°s cerca, fue el primero en sucumbir y se derrumb√≥ en un informe amasijo. T√°ngwen se precipit√≥ hacia √©l; las llamas le prendieron en la t√ļnica y el manto y sus cabellos se convirtieron en una cortina de fuego. Al verlo, los guardias arrojaron sus armas y echaron a correr, pero el fuego era m√°s veloz que sus pies.
Cynan y Goewyn se vieron rodeados por las llamas. Cynan, convertido en una tea de la cabeza a los pies, se precipitó hacia Goewyn para protegerla, pero ella cayó al suelo antes de que él pudiera alcanzarla y Cynan tras dar algunos pasos se desplomó también.
Bran y los Cuervos se vieron acorralados por el fuego junto con Tegid y Gwion. Como tenían los pies encadenados no podían huir, así que se encararon a las llamas impertérritos. No hicieron lo mismo sus guardianes, que en su desesperación por huir tropezaban unos con otros. Pero el fuego corría por el suelo como un relámpago y no tardó en alcanzarlos. Ellos gritaron de pavor y agonía, pero el rugido del devastador fuego ahogó pronto sus alaridos.
Las llamas se extendieron por doquier e inundaron Tir Aflan en un diluvio de fuego, blanco como la plata, que consum√≠a a su paso todo lo que tocaba con vivas y brillantes llamas. Ardieron la hierba y las pe√Īas. Y mientras el incendio sub√≠a vertiginosamente hacia el cielo en deslumbrantes llamaradas, incendiando incluso el aire, se oy√≥ un sonido semejante a un carill√≥n. Era la voz del fuego purificador que repicaba clara y l√≠mpidamente una canci√≥n, la Canci√≥n de Albi√≥n:
¬°Gloria del sol! ¬°Estrella rutilante de los cielos!
¬°Luz de luz, Excelsa y Sagrada tierra,
que resplandece con las bendiciones del Sumo Dador!
¡Eterno don para la raza de Albión!
Arrastrado por las alas del viento, el fuego purificador se extendió por el cielo, incendió las nubes y los tenebrosos vapores y limpió el aire. El gris y el negro se tornaron reluciente azul, y luego inmaculado blanco. La atmósfera brilló con una luz más brillante que la de las estrellas, más esplendorosa y radiante que la del sol. La Canción resonó en las alturas y se propagó por doquier:
¡Surcada por incontables ríos! Piélago de azules aguas,
playa de blancas olas, firmamento sacrosanto,
exaltada por el poder del √önico,
y bendecida por su paz.
¡Fuente de maravillas para los Descendientes de Albión!
El fuego lleg√≥ a las costas y se extendi√≥ por el mar. Arrastrado por las olas, se propag√≥ en l√≠quidas lenguas por el oc√©ano. El mar comenz√≥ a hervir, y pas√≥ del t√ļrgido verde al jade, y luego al color blanco del oro acrisolado. Las aguas se convirtieron en llamas l√≠quidas y el anchuroso y deslumbrante mar se uni√≥ como una campana a la Canci√≥n, armonizando su profundo ta√Īido con las notas agudas de los cielos. Y la Canci√≥n se propag√≥ por doquier:
¬°Deslumbrante con la pureza sin par de su verdor!
Hermosa como el esplendoroso destello de la esmeralda,
resplandecen sus profundas ca√Īadas,
brillan sus campos de labor.
¡Gema de incalculable valor para los Hijos de Albión!
El deslumbrante fuego se extendi√≥ promontorio abajo, como una imponente muralla de abrasadoras y relucientes llamas, y arras√≥ los devastados valles de Tir Aflan extendi√©ndose por los p√°ramos bald√≠os. El repugnante poblado desapareci√≥ al primer contacto con las llamas; los obreros de las minas, al ver que las llamas se precipitaban sobre ellos, se arrojaron a las zanjas. Pero los dedos de las feroces llamas se introdujeron en los m√°s rec√≥nditos agujeros y los incendiaron propag√°ndose por el barro, abrasando la tierra y convirtiendo los pe√Īascos de Cwm Gwaed en una columna de fuego. Y la Canci√≥n se propag√≥ por doquier:
¬°Rica en picos coronados de nieve, inconmensurablemente vasta!
¬°Fortaleza de escarpadas monta√Īas!
¬°Elevadas alturas, oscurecidas por los bosques y enrojecidas por veloces ciervos,
proclaman al viento el orgulloso esplendor de Albión!
De las cimas de las monta√Īas circundantes brotaron coronas de llamas color blanco plata, que brillaban como tit√°nicas almenaras. Las monta√Īas se convirtieron en volcanes; rocas y nieve, musgo y hielo alimentaron el voraz fuego. Olas de calor se propagaron en todas direcciones. La rocosa piel de las monta√Īas se torn√≥ v√≠trea y sus entra√Īas de piedra ardieron con blanco fuego. Las llamas danzaban entre las estrellas. Y la Canci√≥n se propag√≥ por doquier:
¬°Veloces caballos cruzan las praderas!
¬°Gr√°ciles reba√Īos beben aguamiel en dorados r√≠os,
retumban poderosos cascos,
en atronadora alabanza al Supremo Sabedor,
fuente de alegría para el corazón de Albión!
Dorado es el grano del Supremo Dador,
generosa la liberalidad de los fértiles campos.
La tierra tiene el color rojo y oro de las manzanas,
la dulzura de los esplendorosos panales de miel.
¡Es un milagro de abundancia para las tribus de Albión!
De plata es el tributo de las redes, numerosísimo el tesoro
de las felices aguas; salpicando de marrón las laderas
lustrosos reba√Īos sirven
al Se√Īor del Fest√≠n.
¡Una maravilla de abundancia para las mesas de Albión!
Siguiendo el curso de ríos y arroyos, incendiando las aguas, propagándose por la Tierra Maldita con sus dedos de fuego, las deslumbrantes llamas fluían avanzando tierra adentro hasta el corazón de Tir Aflan, abrasando a su paso campos y prados. Las marismas humeaban y luego ardían lentamente hasta convertirse en lagos de fuego. Juncos y hierbas, tojos y troncos retorcidos, bosques enteros eran pasto de las voraces llamas. El fuego purificador consumía la devastada tierra brizna a brizna, rama a rama. Y la Canción se propagaba por doquier:
Hombres sabios, Bardos de la Verdad, audazmente
inflaman sus corazones con la Creación.
¡La sabiduría,
la clarividencia,
la gloria de la verdad pertenece a los hombres de Albión!
¬°Encendida en las llamas celestiales, fraguada
en el abrasador fuego del Amor,
inflamada de la pasión más pura,
abrasada en el corazón del Creador,
una esplendorosa bendición ilumina Albión!
Columnas de fuego de color blanco plata danzaban y subían a los cielos ardiendo con la intensidad de cien mil soles, abrasando a la vez la tierra y el firmamento y llenando la negra bóveda de la noche con deslumbradora luz. Y la Canción se propagaba por doquier:
Nobles se√Īores, de rodillas en se√Īal de adoraci√≥n,
hicieron votos perpetuos
de abrazar la causa de la misericordia,
de honrar eternamente al jefe de los jefes.
¡La vida más allá de la muerte fue prometida a los Hijos de Albión!
La dignidad real surgió de la infinita Virtud,
forjada por la Mano Salvadora;
con la osadía que nace de la Honradez,
con la valentía que nace de la Justicia,
¡una espada de honor para defender a los Clanes de Albión!
Formada con los Nueve Elementos Sagrados,
fraguada por el Amor y la Luz del Se√Īor,
Gracia de las Gracias, Verdad de las Verdades,
llamada al Día de la Lucha,
¡Aird Righ reinará para siempre en Albión!
Nadie pudo prevalecer ante la ferocidad del fuego. La frágil estructura humana se evaporó en el calor abrasador, la carne y los huesos se disolvieron y sus moléculas se dispersaron en la ardiente atmósfera. La Canción que Todo lo Armoniza se propagó por doquier en espirales de fuego purificador.
Y todo cuanto tocó el fuego sagrado quedó purificado, consumido, fundido, reducido a los elementos esenciales y luego reducido a átomos. Y los liberados átomos se desintegraron, se fusionaron y recombinaron en nuevos elementos. Desde el blanco corazón del fuego, vi cómo la Mano Firme y Segura movía, reunía la informe materia y la moldeaba en nuevas formas.
Sólo yo lo vi, y lo vi con el ojo del Verdadero Aird Righ, del sagrado rey que eternamente se autosacrifica. Lo vi con el ojo imperturbable del Sempiterno, que aviva el alma inconsciente y transforma la muerte en vida. Fuera del derretido calor, vi que la maldita tierra de Tir Aflan se refundía, se rehacía, renacía en el fuego.
Nada escapó a la irresistible voluntad del fuego vivificador: las imperfecciones, la fealdad, la debilidad y la deformidad, la fragilidad, las dolencias, la enfermedad, las deficiencias y los defectos, las faltas y las flaquezas, las taras y las lesiones desaparecían, se limpiaban y purificaban. Y cuando ya no quedó imperfección alguna, las llamas fueron disminuyendo hasta apagarse. No podría decir si todo sucedió en eones o en un abrir y cerrar de ojos. Pero cuando al fin se calmó el fuego, Tir Aflan había sido consumida y sus elementos transmutados en una concepción más hermosa y noble: habían sido recreados con una magnificencia opuesta a su anterior degradación, como cuando se desecha una vieja prenda que no tiene arreglo y se reemplaza por otra de incomparable esplendor. No se trataba, en efecto, de un cambio, sino de una transformación; no se trataba de una conversión, sino de una transfiguración.
Aquellos inmundos seres, putas, esclavos y prisioneros ¬ótodos los desdichados pobladores de la Tierra Maldita¬ó hab√≠an desaparecido y sido reemplazados por hombres y mujeres de gr√°cil prestancia. Los campos y los bosques ya no estaban desiertos; animales de todas clases ¬óciervos y ovejas, cerdos salvajes, jabal√≠es, zorros, nutrias, tejones, conejos, ardillas y ratones, vacas, bueyes y caballos¬ó poblaban prados y ca√Īadas, pac√≠an en los senderos de caza y correteaban entre colinas y vegas; truchas y salmones, lucios y percas jugueteaban en los lagos y arroyos; el cielo de un azul intenso estaba lleno de p√°jaros y las copas de los √°rboles se deleitaban con sus trinos; las abandonadas laderas, los p√°ramos y los ventosos brezales estaban cubiertos de flores de variadas formas y colores; los r√≠os corr√≠an l√≠mpidos y claros y las aguas eran puras y cristalinas.
Tir Aflan había dejado de existir y en su lugar había aparecido Tir Gwyn.
Tegid Tathal fue el primero en volver a la vida. Abri√≥ los ojos, se puso en pie y mir√≥ a su alrededor. Scatha yac√≠a cerca, vestida con una t√ļnica color verde acebo, un cintur√≥n azul y un manto carmes√≠ orlado de verde y oro. Gwion estaba a los pies de Tegid y Bran junto a √©l; y en torno a Bran, la Bandada de Cuervos tal como Tegid los recordaba, aunque ahora llevaban mantos de azul noche y una torque de plata trenzada. Cynan yac√≠a un poco m√°s all√° con la mano tendida hacia Goewyn.
Todos, incluido Tegid, llevaban magníficas vestiduras, de una calidad y un colorido hasta entonces desconocidos. Tegid, Scatha, los Cuervos, todos los GwrGwir y sus prisioneros iban ataviados con ropajes de espléndidos colores y ricos tejidos.
Las armas de los guerreros tambi√©n hab√≠an cambiado. El luminoso lustre del oro y el deslumbrante brillo de la plata resplandec√≠an a la luz de un alba tan l√≠mpida y clara como el primer d√≠a de la creaci√≥n. Las lanzas, tanto los astiles como las puntas, eran de oro y de oro eran tambi√©n las hojas y las empu√Īaduras de las espadas. Los bordes de los escudos, los tachones y los anillos reluc√≠an con el brillo de la plata.
Tegid apartó sus atónitos ojos de los guerreros y de sus armas. Alzó la mirada y contempló un radiante cielo, vivificado por una vivida luz. Luego contempló la transfiguración de la Tierra Maldita, ahora de una inefable belleza, y comenzó a entender lo que había sucedido.
Emocionado y tembloroso, se arrodilló junto a Bran Bresal y lo tocó suavemente. El jefe de los Cuervos se despertó y el bardo lo ayudó a ponerse en pie. Luego despertó a Scatha y a Cynan; y Bran despertó a los Cuervos que ayudaron a Cynan y a Tegid a despertar a los GwrGwir.
Scatha, con coraz√≥n palpitante, corri√≥ hacia su hija y se arrodill√≥ a su lado. Los cabellos de Goewyn, trenzados con flores blancas y amarillas, resplandec√≠an. Llevaba una t√ļnica azul jacinto, un manto color perla y una capa color alhe√Īa con bordados p√ļrpuras. Scatha pos√≥ una mano sobre la mejilla de su hija y le volvi√≥ la cabeza. Goewyn exhal√≥ un profundo suspiro y se despert√≥.
¬ó¬ŅLlew? ¬ópregunt√≥.
De pronto recordó lo sucedido y gritó:
¬ó¬°Llew!
Se puso en pie de un salto y corri√≥ hacia m√≠. Mi cuerpo estaba donde lo hab√≠a dejado Paladyr. Ataviado como un rey, con siarc, cintur√≥n, breecs y buskins de encendido color escarlata, yac√≠a envuelto en un manto tambi√©n escarlata; el manto llevaba bordado en hilos de plata el M√īr Cylch, el Laberinto de la Vida.
Goewyn posó su helada mano en mi frente y después me acarició la cara. Los ojos se le llenaron de lágrimas al sentir el helor de mi carne sin vida. Scatha y Cynan acudieron a su lado; Bran y la Bandada de Cuervos se reunieron alrededor. Cuando Tegid se unió al grupo, Goewyn alzó los ojos arrasados en lágrimas.
—Oh, Tegid, pensé... —y rompió en sollozos.
¬óEst√° muerto, Goewyn ¬ódijo Tegid con voz dulce, arrodill√°ndose a su lado.
Luego apoy√≥ su mano en mi r√≠gido pecho y a√Īadi√≥:
¬óNo volver√°.
—Mirad —exclamó Bran—, su mano de plata ha desaparecido.
Alzaron mi mano y vi que, en efecto, mi mano de plata había desaparecido y el metal había sido reemplazado por una mano de carne. Goewyn me cogió la mano, se la llevó a los labios y la besó; luego la dejó sobre mi corazón.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Siawn Hy? ¬ópregunt√≥ de pronto Cynan¬ó. ¬ŅD√≥nde est√°n T√°ngwen y Paladyr?
En realidad, hasta aquel momento nadie hab√≠a pensado en buscarlos, ni tampoco, despu√©s de una infructuosa b√ļsqueda, pudieron dar con ellos. Los malvados se hab√≠an desvanecido, aunque no por completo.
¬ó¬°Venid! ¬óexclam√≥ Cynan, escrutando el lugar donde hab√≠an visto a Siawn por √ļltima vez¬ó. He encontrado algo.
Cuando los dem√°s acudieron, estaba examinando una peque√Īa y extra√Īa mancha en el suelo.
¬ó¬ŅQu√© es esto? ¬ópregunt√≥, se√Īalando un montoncito de polvillo.
Tegid se inclinó para examinarlo mejor.
—Es todo lo que queda de Siawn Hy —declaró al fin.
Lo mismo hab√≠a ocurrido con Paladyr, Weston y los secuaces de Siawn. El fuego purificador hab√≠a quemado la escoria y no hab√≠a dejado nada tras su catarsis. Nada, excepto un pu√Īado de cenizas blancas como copos de nieve.
Cynan deseaba recogerlas y arrojarlas al mar, pero Tegid lo hizo desistir de su idea.
—Déjalo —le aconsejó—. Que el viento se las lleve. No habrá lugar de reposo para ellas.
¬ó¬ŅQu√© ha sucedido? ¬ópregunt√≥ Bran, tratando de comprender el cambio que se hab√≠a experimentado en ellos y en la tierra que los rodeaba.
Por su boca hablaban otros muchos, especialmente los desertores, que al seguirme a m√≠ hab√≠an escapado al hado de su se√Īor. Totalmente transformados, miraban con mudo asombro sus nuevos cuerpos y el mundo renacido en torno, incapaces de comprender su extraordinaria fortuna.
Tegid alzó el bastón de oro que había reemplazado su vara de serbal. Luego, levantando la otra mano sobre su cabeza, se dirigió a la atónita concurrencia:
¬óEl fragor de la batalla ser√° o√≠do en las estrellas del cielo y el A√Īo Grande avanzar√° hacia su consumaci√≥n final. Escuchad, Hijos de Albi√≥n: la sangre nace de la sangre. La carne nace de la carne. Pero el Esp√≠ritu nace del Esp√≠ritu y con el Esp√≠ritu permanece por siempre jam√°s. Antes de que Albi√≥n sea Una, debe ser realizada la Heroica Haza√Īa y debe reinar Mano de Plata.
Bajó el bastón y lo tendió sobre mi cuerpo.
¬óAs√≠ fue anunciado y as√≠ ha sucedido ¬ócontinu√≥ el bardo¬ó. El A√Īo Grande ha terminado, el viejo mundo ha desaparecido y ha sido creado otro nuevo.
Se√Īal√≥ mi cuerpo ataviado de carmes√≠ y a√Īadi√≥:
¬óEl Aird Righ de Albi√≥n ha muerto. La Heroica Haza√Īa para la que fue elegido ha sido realizada. ¬°Mirad en torno! Ha conquistado Tir Aflan y la ha colocado bajo su soberan√≠a. As√≠ pues, todos los territorios est√°n ahora unidos bajo un solo rey: desde este d√≠a Albi√≥n es Una. Este es el Reino de Mano de Plata. La profec√≠a se ha cumplido.
Regresaron a trav√©s de las monta√Īas ahora transformadas: eran resplandecientes gigantes coronados de plata que sosten√≠an sobre sus hermosos hombros la b√≥veda celeste. Nubes blancas adornaban con regios ropajes las laderas; relucientes arroyos recorr√≠an los valles con sus onduladas risas, y cascadas arropadas en neblina irisaban las alturas. La carretera hab√≠a desaparecido; en su lugar, un herboso sendero serpenteaba entre los picachos y los un√≠a a los valles.
Regresaron a trav√©s de los p√°ramos, transformados en vastas praderas salpicadas de √°rboles y de primaverales y relucientes lagunas. Reba√Īos de ciervos y de ovejas salvajes pac√≠an por doquier; los p√°jaros surcaban el cielo en alegres bandadas o lanzaban sus trinos a un cielo tan azul y hermoso que cortaba la respiraci√≥n...
Regresaron a trav√©s de colinas y valles, ahora renovados: suaves terraplenes sub√≠an hasta hermosas cimas y luego descend√≠an en umbr√≠as y solitarias ca√Īadas. El verdor de colinas y ca√Īadas era tan variado como los tonos de la dorada luz que jugaba en los oteros moteados de nubes...
Regresaron a través del bosque ahora renacido: imponentes columnas de magníficos troncos se alzaban hacia una abovedada arcada de miles de ramas que se extendían bajo un hermoso dosel de hojas; era un verdadero santuario de la naturaleza, iluminado por una suave y difusa luz. Durante el día, el herboso sendero estaba alumbrado por una interminable sucesión de haces dibujados por los rayos del sol. Por la noche, la luna y las estrellas derramaban su plata sobre redondos troncos y gráciles ramas, adornando las hojas con un intrincado dibujo...
Regresaron siguiendo el r√≠o, que era ahora un hermoso cauce de generosa corriente y vastos meandros que transcurr√≠a sonoro y armonioso. Cisnes, √°nsares y otras aves acu√°ticas anidaban entre los bancales de junco; los peces ganduleaban en los umbrosos baj√≠os y saltaban en los l√≠mpidos r√°pidos ba√Īados por el sol...
Regresaron a trav√©s de un mundo renacido: m√°s hermoso que el m√°s fervoroso ensue√Īo de belleza de un coraz√≥n enamorado, m√°s gr√°cil que el deleite, m√°s alegre que la esperanza. Regresaron a trav√©s de Tir Gwyn transportando mi cuerpo, hasta la playa donde aguardaban los veloces barcos de pulidos cascos. Y luego regresaron a trav√©s de las olas coronadas de espuma de un mar de asombroso color y claridad.
A trav√©s de aquel luminoso y siempre cambiante firmamento de l√≠quida luz me llevaron a Albi√≥n. Y aunque el viaje se prolong√≥ muchas jornadas, mi cuerpo no mostr√≥ la menor se√Īal de corrupci√≥n. Parec√≠a como si estuviera dormido, aunque la respiraci√≥n no agitaba mi pecho y mi coraz√≥n estaba r√≠gido y fr√≠o.
Mi cuerpo yacía en un féretro hecho con los escudos de plata de los GwrGwir atados a astiles de lanza dorados. Me cubría mi manto escarlata y Goewyn permanecía siempre junto a mí, a pie o a caballo. Cuando el séquito se detenía para pasar la noche, ella dormía siempre a mi lado.
Al llegar a Albi√≥n, transportaron mi cuerpo a trav√©s de aquellas tierras conocidas y familiares, pero transmutadas sin embargo en una copia a√ļn m√°s perfecta. Albi√≥n, en efecto, se hab√≠a transformado en una maravilla que colmaba el alma de deleite y de asombro, como si su anterior belleza no hubiera sido sino un pobre reflejo de la realidad. El esplendor de Albi√≥n era ahora m√°s puro y hermoso que las notas de un arpa, m√°s exquisito que la m√ļsica, de modo que los corazones de todos cantaban al contemplarlo.
Llevaron mi cuerpo a través de Caledon, por colinas y llanuras; luego ascendieron por Druim Vran y llegaron a Dinas Dwr donde aguardaba el rey Calbha y mi pueblo. Al enterarse de mi muerte, la gente lloró con sincero y desconsolado dolor. Los huesos de Alun Tringad fueron enterrados en el dolmen que se alzaba en el Montículo del Héroe, a los pies de Druim Vran. La cabeza del profesor Nettles fue también enterrada allí. Mi cuerpo, sin embargo, fue colocado en el salón del rey en espera de que se celebrara el funeral, pues Tegid había dispuesto que debía ser enterrado en una tumba que él mismo iba a construir. Entretanto, yací en mi dorado catafalco en el salón del rey, y Goewyn, inconsolable, permaneció a mi lado día y noche mientras se disponía el gorsedd.
Un anochecer, Tegid entró en el salón y se arrodilló junto a Goewyn, que pasaba la noche, igual que otras muchas, sentada en el trono de asta junto a mi cuerpo sin vida.
¬óHa llegado el momento de la despedida, Goewyn ¬óle dijo el bardo.
¬ó¬ŅDespedida? Jam√°s lo abandonar√© ¬óreplic√≥ ella con una voz que la pena convert√≠a en un susurro.
¬óNo quiero decir que tengas que olvidarlo ¬óla calm√≥ Tegid¬ó. Pero ha llegado la hora de que Llew emprenda su viaje. S√≥lo t√ļ lo retienes aqu√≠.
¬ó¬ŅQue s√≥lo yo lo retengo aqu√≠? ¬ópregunt√≥ Goewyn¬ó Pues lo retendr√© siempre y √©l siempre permanecer√° aqu√≠ a mi lado ¬óa√Īadi√≥, cogiendo mi helada mano entre las suyas.
¬óNo ¬óle dijo Tegid cari√Īosamente¬ó. Deja que se vaya. Es un error imped√≠rselo.
La cogió por los hombros y la miró fijamente, obligándola a mirarlo.
¬óGoewyn, esc√ļchame. Todo est√° como debe estar. Llew nos fue enviado con una misi√≥n y esa misi√≥n ha sido cumplida. Ha llegado el momento de dejar que contin√ļe su viaje.
—No puedo —gimió Goewyn abrumada por el dolor—. ¡Me quedaré sola!
—Si no dejas que se vaya, tu amor te hará enfermar; te quitará la vida y la de tu hijo —replicó Tegid con firmeza.
Los ojos de Goewyn se llenaron de lágrimas; escondió el rostro entre las manos y rompió a llorar.
—Oh, Tegid —exclamó, mientras las lágrimas caían por sus mejillas—. ¡Es tan doloroso!
—Lo sé —repuso él con ternura—. Es un dolor difícil de curar.
—No sé qué hacer —sollozó ella.
¬óTe dir√© lo que debes hacer ¬órepuso el sabio bardo abraz√°ndola¬ó. Dar√°s a luz al ni√Īo que √©l te ha regalado, amar√°s a ese hijo y lo educar√°s en su memoria. Ahora ven conmigo, Goewyn ¬óa√Īadi√≥, cogi√©ndola de la mano.
Goewyn se levant√≥ y tras dirigirme una amorosa mirada sali√≥ con Tegid. Scatha y la Bandada de Cuervos aguardaban a la puerta del sal√≥n. Tan pronto como salieron Tegid y Goewyn, los Cuervos entraron y se acercaron al f√©retro. Cargaron a hombros la litera de escudos y astiles y la sacaron fuera; luego la transportaron a trav√©s del crannog hasta un bote, y atravesaron el lago hasta la otra orilla donde aguardaba Cynan con caballos y un carro. Tres corceles, uno rojo, otro blanco y un tercero negro, tiraban del carro; las pezu√Īas de los caballos y las ruedas del carro estaban cubiertas con crespones negros. Junto a Cynan, que portaba un escudo y una lanza tambi√©n enlutados, estaba el rey Calbha; y detr√°s, con antorchas apagadas, se hab√≠a congregado todo el pueblo de Dinas Dwr.
El cuerpo fue colocado en el carro y la procesi√≥n recorri√≥ lentamente la orilla del lago hasta el lugar donde Tegid hab√≠a erigido el T√ļmulo del H√©roe, dentro del sagrado bosquecillo destinado a sus mabinogi. Al subir ladera arriba hacia el bosquecillo, el s√©quito pas√≥ junto al molino que en mi ausencia hab√≠an acabado de construir el rey Calbha y Huel, el maestro de obras. Al pasar junto a √©l, yo lo bendije para que funcionara bien.
El cortejo penetr√≥ en el umbr√≠o soto, que proyectaba su sombra bajo un cielo de un esplendoroso crep√ļsculo azul. El gorsedd hab√≠a sido erigido en el centro del soto: era una c√°mara subterr√°nea de piedra, cubierta de tierra y hierba y rodeada por un anillo de esbeltos abedules plateados. Alguien hab√≠a dejado un escudo junto al cairn, y al entrar en el soto o√≠ el graznido de un cuervo. Una sombra veloz cruz√≥ el cielo y un p√°jaro enorme de negras y brillantes plumas se pos√≥ en el reborde del escudo. Creo que Alun hab√≠a enviado un mensajero para que me dijera adi√≥s.
El f√©retro dorado fue dejado a los pies del t√ļmulo ante la silenciosa multitud. El Bardo Supremo, de pie junto al cad√°ver, se cubri√≥ la cabeza con un pliegue de su manto.
Luego, alzando encima de m√≠ la vara de oro, dijo: ¬óEsta noche enterramos a nuestro rey. Esta noche despedimos a nuestro hermano y amigo; un amigo que hizo por nosotros lo que nosotros no pod√≠amos hacer solos. Vivi√≥ poco tiempo entre nosotros, pero, como Meldryn Mawr, que ostent√≥ antes que √©l la soberan√≠a, Llew preserv√≥ la Canci√≥n de Albi√≥n. Su vida fue la vida de la Canci√≥n, y la Canci√≥n reclam√≥ la vida que tan brevemente le hab√≠a otorgado. El rey ha muerto, asesinado de la forma m√°s vil y odiosa. Se enfrent√≥ gustosamente a la muerte para salvar la vida de su esposa y la de sus amigos, por cuya libertad luch√≥ y triunf√≥. Que jam√°s sea dicho que ambicion√≥ la gloria; que todos recuerden que se humill√≥ a s√≠ mismo y rompi√≥ su geas para poder capitanear la expedici√≥n a Tir Aflan. Y gracias a que √©l no se aferr√≥ a su rango, la felicidad y el bienestar reinan en este mundo, porque con su muerte restaur√≥ la Canci√≥n de Albi√≥n. ¬°Escucha, oh Albi√≥n! El A√Īo Grande ha terminado, comienza un ciclo nuevo. La Canci√≥n ya no tendr√° que mantenerse escondida; ya no necesitar√° que el Phantarch y los reyes la protejan, porque ahora la Canci√≥n est√° en el coraz√≥n y en el alma de todas las mujeres y de todos los hombres, y todos los hombres y las mujeres ser√°n sus protectores.
Tegid Tathal, penderwydd de Albi√≥n, baj√≥ la mano y a√Īadi√≥: ¬óHa llegado el momento de despedir a nuestro hermano para que siga su camino.
Encendi√≥ un peque√Īo fuego y prendi√≥ una antorcha. El fuego fue pasando de una tea a otra hasta que todas brillaron como estrellas, en el soto sumido en las tinieblas de la noche. Luego orden√≥ a los Cuervos que alzaran de nuevo el f√©retro. Drustwn, Emyr, Niall y Garanaw, con Bran junto a mi cabeza, se dispusieron a transportar mi cuerpo en torno al soto siguiendo la √≥rbita del sol. Detr√°s iba Tegid, con Scatha a su derecha y Cynan a su izquierda, seguidos por Goewyn y por todo el pueblo de Dinas Dwr. Mientras caminaban, todos comenzaron a cantar.
Yo estaba con ellos en el soto. Ve√≠a el resplandor de las antorchas iluminando sus caras surcadas de l√°grimas. O√≠a c√≥mo sus voces se elevaban al principio suavemente y despu√©s con m√°s √≠mpetu a medida que daban rienda suelta al dolor que los abrumaba. Goewyn tambi√©n cantaba, con la cabeza erguida y los ojos pre√Īados de l√°grimas que le iban ba√Īando las mejillas y el cuello.
Yo sent√≠ el peso de su dolor y me acerqu√© a ella: ¬ęGoewyn, amada m√≠a, vivir√°s para siempre en mi alma ¬óle susurr√© al o√≠do¬ó, esposa m√≠a, el m√°s sincero de los corazones, tu dolor cesar√° alg√ļn d√≠a¬Ľ.
Tegid condujo la procesi√≥n f√ļnebre en torno al t√ļmulo..., luego dio una segunda vuelta... y una tercera. Tras haber completado el tercer c√≠rculo, la gente se dispuso en una doble hilera y todos alzaron las antorchas, formando as√≠ el Aryant Ol, el Camino Radiante, por el que el cuerpo de un rey es conducido hasta su descanso eterno. Y, en la hora-entre-horas, mi cuerpo fue llevado a su tumba.
Los Cuervos, imponentes y solemnes, con el f√©retro sobre los hombros, comenzaron a avanzar con lentos y medidos pasos hacia el t√ļmulo a trav√©s del Camino Radiante. Tegid, con Goewyn y Cynan detr√°s, alz√≥ la antorcha y los tres, siguiendo el Camino Radiante, entraron en el cairn detr√°s de los Cuervos. Colocaron el f√©retro sobre un jerg√≥n en el centro de la c√°mara y uno tras otro se fueron despidiendo de m√≠, arrodill√°ndose junto al cuerpo y llev√°ndose el dorso de la mano a la frente en un √ļltimo saludo.
Finalmente, sólo se quedaron Cynan, Goewyn y Tegid. Cynan, con los ojos llenos de lágrimas, se llevó las manos a la garganta y se quitó la torque de oro; la depositó sobre mi pecho y dijo:
—Adiós, hermano. Que en el lugar a donde vas encuentres lo que buscas y no lo que no buscas.
Se le quebró la voz y se dio la vuelta frotándose los ojos con los nudillos.
Goewyn, con los ojos brillantes a la luz de las antorchas se inclinó y me besó en la frente.
¬óAdi√≥s, amado m√≠o ¬ódijo con voz temblorosa y baja¬ó, mi coraz√≥n te acompa√Īar√° dondequiera que vayas.
Tegid tendi√≥ su antorcha a Cynan y cogi√≥ la bolsa de cuero que le colgaba al cinto. Sac√≥ un pu√Īado de Nawglan, el Sagrado Nueve, y lo deposit√≥ en la palma de su mano izquierda. Untando la yema de su dedo √≠ndice en el polvillo, traz√≥ una l√≠nea vertical sobre mi frente. Luego presion√≥ de nuevo la yema en el Nawglan y traz√≥ una segunda y una tercera l√≠nea a ambos lados de la primera, ligeramente inclinadas. De este modo, con las cenizas del Sagrado Nueve, dibuj√≥ sobre mi helada frente el gogyren, los tres Rayos de la Verdad.
—Adiós, Llew, Mano de Plata. Que te vaya bien en tu viaje —dijo el bardo.
Luego clavó la antorcha a la cabecera del féretro y se dio la vuelta saliendo de la tumba con Cynan y Goewyn.
Los Cuervos, que aguardaban fuera, procedieron a sellar la entrada con piedras. Vi, desde dentro, c√≥mo la puerta del cairn se iba haciendo m√°s peque√Īa, piedra a piedra. Vi los rostros de los que tanto hab√≠a querido: Scatha, la majestuosa, valiente y hermosa Pen-y-Cat; Bran Bresal, el jefe de los Cuervos, el imp√°vido se√Īor de la batalla; la bandada de Cuervos: Drustwn, Emyr Laidaw, Garanaw Brazo Largo y Niall, incondicionales compa√Īeros, hombres en quienes se pod√≠a confiar en cualquier circunstancia; el rey Calbha, mi generoso aliado; Cynan, fiel hermano de armas y leal amigo; Goewyn, la m√°s hermosa entre las hermosas, mi esposa y amante, que estar√≠a para siempre junto a mi coraz√≥n; y Tegid, el sabio penderwydd, el Bardo Supremo de Albi√≥n, el amigo m√°s fiel, cuyo amor me allanaba el viaje m√°s all√° de la muerte.
Vi cómo mi pueblo se iba pasando las piedras de mano en mano por el Aryant Ol para sellar mi tumba. Y entonces oí la voz de Tegid, clara y potente, que entonaba una canción que reconocí al instante como un canto de satisfacción. Mientras paseaba sus dedos por las cuerdas del arpa, el bardo cantaba:
En la escarpada senda de nuestro com√ļn destino,
te rogamos:
hazla fácil o difícil para nuestra carne,
hazla luminosa u oscura para los que la seguimos,
hazla dura o suave bajo nuestros pies;
concede, Sumo Sabedor, tu maravillosa protección,
a nuestro regio amigo,
para que no caiga ni se extravíe en el error.
En el abrigo de este bosquecillo,
sé su consuelo y su guía,
Aird Righ, por la autoridad de los Doce:
el Viento de tormentas y galernas,
el Trueno de tempestuosas olas,
el Rayo del resplandeciente sol,
el Oso de siete batallas,
el √Āguila del escarpado risco,
el Jabalí del bosque,
el Salmón del estanque,
el Lago de la ca√Īada,
el Brezo de la colina,
la Fuerza del guerrero,
la Palabra del poeta,
el Fuego del pensamiento sabio.
¬ŅQui√©n sostiene el gorsedd, si no T√ļ?
¬ŅQui√©n cuenta las eras del mundo, si no T√ļ?
¬ŅQui√©n gobierna la Rueda del Cielo, si no T√ļ?
¬ŅQui√©n despierta la vida en el √ļtero, si no T√ļ?
Por tanto, Dios de Todas las Virtudes y Poderes,
purifícalo y protégelo con tu Mano Firme y Segura,
cond√ļcelo en paz hasta el final de su viaje.
La abertura del cairn ya era poco m√°s que una grieta en la piedra. Luego taparon tambi√©n aquel peque√Īo resquicio y me qued√© solo. La voz de Tegid ante la sellada tumba fue lo √ļltimo que o√≠.
—Morir en un mundo es nacer en otro —declaró ante el pueblo de Dinas Dwr—. Que todos lo sepan y lo recuerden.
El chisporroteo de la antorcha llenaba la tumba, pero poco a poco fue disminuyendo a medida que la tea se apagaba. La llama acabó por morir dejando un rojizo resplandor que también se desvaneció. Luego las tinieblas me reclamaron.
No sé cuánto tiempo estuve sumido en la silenciosa oscuridad. De pronto oí un sonido parecido al del viento entre las ramas, un chasquido, un crujido, un susurro. Me di la vuelta y vi detrás de mí, como a través de una puerta entre sombras, la turbia silueta de una colina color violeta pálido, que se recortaba sobre el azul grisáceo del alba. Instintivamente me acerqué para ver mejor.
En el momento en que di el primer paso, oí un estruendo y me pareció como si estuviera descendiendo por un largo y estrecho pasillo. Y de pronto sentí una ráfaga de aire, una inmensa y abrumadora oleada que se cernía sobre y en torno a mí, como un océano de aire. En aquel preciso instante, la colina de color violeta pálido se emborronó y desapareció.
Adelanté un pie en el oscuro sendero y luego otro. El viento rugía a mi alrededor con el estruendo de un océano. Con el vacío a ambos lados y el abismo a mis pies fui avanzando paso a paso por aquel puente estrecho como el filo de una espada. Oía en el rugido del viento el inquietante eco de tenebrosas fuerzas que se deslizaban y chocaban en el abismo tétrico e insondable. Todo a mi alrededor era oscuridad —la más profunda e intensa— y abrumador silencio.
Y de pronto se alzó un espantoso vendaval que aullaba por doquier y me impelía violentamente hacia delante. Me parecía como si me estuvieran despellejando y arrancándome la carne de los huesos. La cabeza comenzó a latirme dolorosamente; no podía respirar. Me dolían los pulmones y el corazón me palpitaba agitadamente.
Sin hacer caso al dolor, alcé un pie y di otro paso. Pero el pie se posó en el vacío y caí. Eché las manos para protegerme en la ciega caída; mis palmas encontraron una suave y sólida superficie y caí de bruces sobre la nieve, fuera del cairn, a la luz gris del alba.
¬ó¬ŅLlew...?
Era la voz de Goewyn.