37 - La heroica haza√Īa

La habitación, enorme y de una sola pieza, estaba iluminada por antorchas que despedían una débil y mortecina luz, que apenas lograba vencer la tenebrosa oscuridad. En el centro de la habitación estaba el Hombre Cínico. La luz de las antorchas parpadeaba en su máscara de bronce, de modo que parecía como si sus facciones cambiaran constantemente.
Detr√°s de √©l hab√≠a dos puertas con barrotes de hierro. Al mirar hacia all√≠, el rostro de Goewyn apareci√≥ en el peque√Īo ventanuco de una de ellas, y el de T√°ngwen en la otra. Ninguna de las dos mujeres lloraba, pero ambas se agarraban a los barrotes y nos miraban con la at√≥nita y temerosa expresi√≥n de los cautivos que han abandonado hace tiempo la esperanza de la liberaci√≥n, y de pronto ven que la esperanza no los ha abandonado a ellos.
Mi primer impulso fue correr hacia Goewyn y sacarla de su prisión sólo con la fuerza de mis manos. Ansiaba cogerla en mis brazos y llevármela lejos de aquel pestilente e infernal agujero. Me acerqué al Hombre Cínico.
—Suéltalas —le dije.
—No has venido solo —repuso él en tono amenazador.
¬óMi esposa tambi√©n est√° prisionera ¬óle espet√≥ Cynan¬ó. Si le has hecho alg√ļn da√Īo, te matar√©. Su√©ltala.
¬ó¬ŅTu esposa? ¬óse mof√≥ el guerrero recubierto de bronce¬ó. Quiz√°s haya compartido tu lecho, pero T√°ngwen no ha sido nunca tu esposa, Cynan Machae.
¬ó¬ŅQui√©n eres? ¬óle pregunt√≥ Cynan, adelant√°ndose.
Asia la espada con tal fuerza que le temblaba el pu√Īo.
¬ó¬ŅQuer√©is que las libere? ¬ógrit√≥ de pronto el Hombre C√≠nico haci√©ndose a un lado¬ó. Hacedlo vosotros mismos.
Extendi√≥ la mano y con un dedo enfundado en bronce se√Īal√≥ un lugar en el suelo rodeado por antorchas.
¬óHaced lo que tanto dese√°is.
Mir√© hacia donde se√Īalaba y vi dos llaves en un aro de hierro sobre una losa del pavimento. Ech√© una r√°pida ojeada a las puertas de las celdas y vi que hac√≠a poco les hab√≠an puesto cerraduras nuevas.
Hice una se√Īa a Cynan y avanzamos cautelosamente. Mi mano de plata empez√≥ a latirme con agudas y heladas punzadas. Apret√© los dientes y me acerqu√© con la lanza preparada. Las llaves hab√≠an sido colocadas en el centro de un intrincado dibujo, trazado en el suelo con finas y negras l√≠neas de ceniza y trocitos de hueso..., los restos de alg√ļn sacrificio, supuse. Los braseros ard√≠an con un humo penetrante.
¬ó¬ŅQu√© es eso? ¬ópregunt√≥ Cynan¬ó. ¬ŅLo reconoces?
El s√≠mbolo era una rudimentaria parodia del M√īr Cylch, el Laberinto de la Vida, pero estaba al rev√©s y roto, y las l√≠neas eran torpes e irregulares. La belleza y la gracia del original hab√≠an sido voluntariamente desfiguradas.
¬óEs un hechizo de alguna clase ¬óle dije a Cynan.
¬óNo me asusta una marca en el suelo ¬ógru√Ī√≥ √©l.
Antes de que pudiera detenerlo, Cynan se me adelantó y se inclinó para coger las llaves. Pero, al entrar en el círculo, fue asaltado por una repentina parálisis que le impidió todo movimiento.
¬ó¬°Llew! ¬ógrit√≥ con los dientes apretados y la mand√≠bula paralizada¬ó. ¬°Ay√ļdame!
Miré al hombre recubierto de bronce. Tras la máscara, le brillaban los ojos cruel y tenebrosamente.
¬óOh, s√≠, ay√ļdalo ¬ósise√≥ la c√≠nica serpiente¬ó. Por lo que m√°s quieras, ay√ļdalo.
Luego soltó una terrible carcajada.
Conoc√≠a aquella risa. La hab√≠a o√≠do demasiadas veces como para no reconocerla. Se ech√≥ a re√≠r otra vez, y su carcajada despej√≥ el √ļltimo resquicio de duda y confirm√≥ mis sospechas.
—¡Basta ya, Simon! —grité—. Deja que se vaya.
Llevándose a la barbilla el guantelete de bronce, el hombre se alzó la máscara de metal y se quitó el yelmo. Tenía la cara pálida, mortalmente pálida, y delgada, demacrada. La carne parecía casi transparente; venillas azules se marcaban bajo sus párpados y bajo la piel de su garganta. Parecía un fantasma, una aparición, pero la línea de su barbilla y el odio de su mirada no dejaban lugar a dudas.
—Siawn Hy —corrigió acercándose.
Mi mano de plata se estremeció; heladas punzadas me atravesaron la carne.
¬óLo hice para ti ¬ódijo, se√Īalando el c√≠rculo del suelo¬ó. Pero as√≠ est√° mejor. Ahora estamos solos t√ļ y yo. Frente a frente.
Se detuvo ante mí y se quitó el guante metálico de la mano izquierda, luego lentamente se la llevó a la frente con la palma hacia fuera. Era un gesto bárdico; se lo había visto hacer a Tegid muchas veces. Pero al volver la mano hacia fuera vi grabado en la carne de la palma el dibujo de un ojo.
Siawn pronunci√≥ una retah√≠la de palabras en la lengua desconocida. Yo no pod√≠a apartar mis ojos del s√≠mbolo grabado en la palma de su mano. La piel estaba desgarrada, pero los cortes eran recientes y a√ļn rezumaban sangre.
Habl√≥ de nuevo y los m√ļsculos de mis brazos y piernas se pusieron r√≠gidos. Mi espalda y mis hombros eran como bloques de madera. Paralizado de tan extra√Īa manera, no pod√≠a moverme. La lanza se me escap√≥ entre los dedos y cay√≥ al suelo; mis piernas se quedaron r√≠gidas. De la boca de Siawn Hy segu√≠an surgiendo palabras, un vertiginoso torrente, un tenebroso ensalmo de perverso poder que arrastraba toda resistencia. Exhal√© todo el aliento de la boca y de los pulmones. Cynan, inm√≥vil junto a m√≠, emiti√≥ un ahogado gemido.
Alguien gritó mi nombre..., Goewyn, creo. Pero no podía verla. No podía cerrar los ojos ni apartar mi mirada de la mano de Simon. El malvado ojo iba absorbiendo mi pensamiento y mi voluntad; parecía arder en mi mente, mientras las palabras de Siawn Hy zumbaban en torno como insectos o graznaban como grajos. Comencé a jadear, no podía respirar, pero mi visión era más y más aguda.
La maldad ancestral de Tir Aflan... Siawn Hy la hab√≠a despertado y la empu√Īaba como un arma. Pero exist√≠a una fuerza mucho m√°s poderosa que √©l nunca llegar√≠a a conocer.
¬ęSupremo Sabedor es el Sumo Dador ¬ópens√©¬ó, que socorre a cuantos lo invocan. ¬°Soc√≥rreme a m√≠ ahora!¬Ľ
Al instante sentí que el sagrado awen del penderwydd se avivaba en mí. Como se despliega una vela, mi espíritu se liberó de sus ataduras. Una palabra, un nombre se formó en mi lengua y pude articularlo:
¬óDagda... Samildanac...
Salió de mi garganta impelido por la lengua en un tremendo grito:
¬ó¬°Dagda Samildanac!
Punzantes rayos de hielo salieron de mi mano y me subieron por el brazo hasta el hombro. Fuera cual fuese el origen del poder que Siawn poseía, no podía apagar el fuego abrasador de mi mano de plata: la tersa superficie de plata resplandeció, el intrincado laberinto de la Danza de la Vida brilló con una deslumbrante luz de oro.
La voz de Siawn retumb√≥ en mis o√≠dos mientras √©l se me acercaba a√ļn m√°s vociferando su letan√≠a. Vi el espantoso ojo grabado en su palma que pretend√≠a marcarme con el repugnante s√≠mbolo.
—Por el poder de la Mano Firme y Segura prevalezco sobre ti —dije y levanté mi mano de plata presionando mi palma contra la suya.
Siawn lanz√≥ un alarido y separ√≥ su mano. Hilillos de humo surgieron del dibujo de su herida. El aire llen√≥ de nuevo mis pulmones y aspir√© con √©l el olor a carne chamuscada. La herida rojiza de la palma de Siawn se hab√≠a borrado, el obsceno estigma se hab√≠a cauterizado; en lugar del mal√©fico ojo campeaba ahora la marca del M√īr Cylch, el Laberinto de la Vida.
S√ļbitamente liberado, me apresur√© a socorrer a Cynan; me arrodill√© a su lado, tom√© aliento y sopl√© sobre las cenizas rompiendo as√≠ el poder del hechizo. Cynan cay√≥ de bruces y se levant√≥ de un salto.
—¡Bravo, hermano! —exclamó.
Yo cogí las llaves.
—Vigílalo —le ordené a Cynan.
—¡Encantado! —replicó él.
Alzó la espada, se acercó al caído Siawn y le puso la punta de la hoja en la garganta.
Yo corrí hacia las puertas de hierro, metí la llave en el primer cerrojo y la giré. El cerrojo cedió y yo empujé con todas mis fuerzas; los goznes rechinaron y la puerta se abrió. Goewyn salió corriendo de su celda y se echó en mis brazos. Le besé la cara, la boca y el cuello y sentí sus labios sobre mi rostro. Mientras me besaba repetía sin cesar mi nombre.
—Estás libre, amor mío —le dije—. Todo ha terminado. Estás a salvo. Estás libre.
La estreché contra mí otra vez, pero ella se apartó con un débil grito y se llevó las manos al vientre, que estaba considerablemente abultado bajo el manchado y sucio manto. Posé mi mano sobre la redonda protuberancia y noté el latido de una vida.
¬ó¬ŅTe encuentras bien? ¬ŅTe ha causado alg√ļn da√Īo? ¬óle pregunt√© inquieto.
Hasta aquel momento había procurado no pensar en sus sufrimientos y ahora de pronto me sentía abrumado por una angustiosa preocupación.
Goewyn sonrió; su cara estaba pálida y demacrada, pero su mirada era límpida y brillaba de amor y felicidad.
¬óNo ¬órepuso, acarici√°ndome la cara¬ó. Me dec√≠a cosas..., cosas horribles ¬óse le llenaron los ojos de l√°grimas que resbalaron por sus mejillas¬ó. Pero no me hizo ning√ļn da√Īo. Creo que T√°ngwen est√° tambi√©n sana y salva.
Cynan, que manten√≠a a raya a Siawn a punta de espada, volvi√≥ la cabeza al o√≠r el nombre de su esposa. Al posar los ojos sobre la celda, la espada vacil√≥ en su mano. Goewyn segu√≠a abrazada a m√≠, y por encima de su hombro vi c√≥mo la puerta se abr√≠a de golpe. La primera reacci√≥n de Cynan fue de j√ļbilo. Pero de pronto comprendi√≥ por qu√© la puerta no estaba cerrada con llave. La alegr√≠a de su rostro se desvaneci√≥ y una expresi√≥n de horror apareci√≥ en sus ojos.
—¡Traición! —gritó.
Por la puerta de la celda de Tángwen irrumpió en la habitación un grupo de hombres armados. Cynan se abalanzó contra ellos espada en mano. Siawn reaccionó con vertiginosa celeridad: extendió de repente la pierna y Cynan tropezó y cayó al suelo; la espada se le escapó de la mano y se deslizó por el suelo.
Instantes después, cuatro hombres se echaron sobre su espalda y otros cuatro, Paladyr entre ellos, se abalanzaron sobre mí. Empujé a Goewyn detrás para protegerla con mi cuerpo y saqué del cinto el cuchillo que Scatha me había dado. Pero demasiado tarde. Me inmovilizaron y Paladyr me puso la punta de su espada en la garganta.
Otros dos hombres cogieron a Goewyn y la apartaron de mí. En ese momento Tángwen salió de la celda con aire triunfante.
¬óHay que tener siempre mucho cuidado al elegir esposa ¬ódijo Siawn, mientras T√°ngwen se colocaba a su lado.
—Lo hice por mi padre y por mis hermanos —declaró exultante ella—. Se aliaron con Meldron y vosotros los matasteis. La deuda de sangre está ahora saldada.
Siawn, sosteni√©ndose a√ļn su mano marcada, avanz√≥ sonriente. Se detuvo frente a m√≠ con la expresi√≥n terrible y mal√©fica de un demonio. Espet√≥ una orden a uno de sus secuaces y el hombre desapareci√≥ entre las sombras, a mi espalda.
¬óVaya, por fin comienzas a ver el final.
—Deja que los demás se marchen —dije yo—. Es a mí a quien quieres. Retenme a mí y deja que los demás se marchen.
—Estás en mis manos, amigo mío —se mofó él— Completamente en mis manos.
Entonces se levantó un confuso tumulto al otro lado de la habitación. Una puerta se abrió detrás de mí —no la veía, pero oí el chirrido de sus goznes— y por ella entraron arrastrando los pies Tegid, Gwion, Bran y los Cuervos, con las manos atadas, pesadas cadenas en los pies y custodiados por centinelas; Bran y Drustwn apenas podían sostenerse en pie y el brazo de Garanaw le colgaba inerte en el costado. Mi orgullosa Bandada de Cuervos parecía haber sido duramente batida. Detrás entró Weston y cuatro extranjeros, que parecían asustados y confusos.
Al verme, Bran soltó un grito e intentó acercarse; los demás Cuervos se revolvieron contra sus captores, pero los golpearon con los extremos de las lanzas y los obligaron a volver a la fila.
¬óMira por d√≥nde ¬óse refocil√≥ Siawn¬ó. Nunca me tuviste en mucho, ¬Ņverdad? Muy bien, pues me has subestimado por √ļltima vez, amigo ¬óy la palabra son√≥ en su boca como una maldici√≥n.
¬óEsc√ļchame con atenci√≥n ¬ódije yo con tono agudo, procurando dominar la voz¬ó. Mis guerreros est√°n aguardando ah√≠ fuera. Son invencibles. Si nos ocurre algo, morir√°s. Te lo aseguro.
Si a Siawn Hy le afectaron en algo mis palabras, lo disimuló; pero varios de sus guerreros se estremecieron y la espada de Paladyr disminuyó su presión sobre mi garganta.
¬óEs cierto, se√Īor ¬ódijo¬ó. No cabe la esperanza de que podamos vencerlos.
Siawn hizo un adem√°n desde√Īoso ante el comentario.
—No me interesa vencerlos —dijo como si nada—. Sólo me interesa vencer a Mano de Plata.
—Entonces deja que los demás se marchen —repetí otra vez—. Una vez estén libres, ordenaré a mis guerreros que se retiren. Sin una orden mía, ninguno de vosotros saldréis de este lugar con vida.
¬óHazle caso, se√Īor ¬ódijo Paladyr, con una nota de inseguridad en la voz.
¬ó¬ŅQu√© est√° diciendo? ¬ópregunt√≥ Weston, y su voz son√≥ en mis o√≠dos como un incoherente balbuceo.
Se adelantó e insistió:
¬óQuiero saber lo que est√° pasando. Dijiste que no habr√≠a ning√ļn problema. Dijiste que todo estaba controlado.
—¡Déjame en paz! —rugió Siawn Hy en la lengua de los extranjeros—. Te di lo que querías. Ahora me toca a mí. Así lo acordamos.
¬óPero algunos de mis hombres han sido asesinados... ¬ógimote√≥ Weston¬ó. ¬ŅC√≥mo se supone que voy a...?
¬ó¬°Cierra el pico! ¬óvocifer√≥ Siawn, interrumpi√©ndolo con un manotazo. Luego se dirigi√≥ a m√≠¬ó. Si dejo a los dem√°s libres, t√ļ nos dar√°s un salvoconducto para que nos marchemos..., ¬Ņno es eso?
—Te doy mi palabra de honor —juré—. Pero deja que se vayan.
—No, Llew —me suplicó con débil voz Goewyn—. Yo no te dejaré.
Siawn emitió un silbido.
¬óMe estoy divirtiendo de lo lindo.
¬óLos guerreros aguardan fuera ¬óle dije¬ó. Y no aguardar√°n eternamente.
¬ó¬ŅCrees que me importa mucho? ¬óse burl√≥ Siawn¬ó. No voy a permitir que un prisionero me d√© √≥rdenes.
Acercó su rostro al mío, jadeando. Las venas le sobresalían en el cuello y la frente.
¬óTu palabra no significa nada para m√≠. T√ļ no significas nada para m√≠. Desde que viniste aqu√≠ has sido mi desgracia. Pero se acab√≥, viejo amigo.
Me volvió la espalda.
—¡Hacedlo! —aulló.
¬ó¬ŅQu√© quieres que hagamos, se√Īor? ¬ópregunt√≥ Paladyr.
—¡Matadlo! —gritó Siawn.
Paladyr vaciló.
—¡Hacedlo! —repitió Siawn Hy.
Paladyr miró a su alrededor y luego clavó los ojos en Siawn.
—No —dijo bajando la espada y haciéndose a un lado—. Deja que los demás se vayan, o nos matarán.
¬ó¬°Paladyr! ¬óexclam√≥ la voz de Tegid, que hab√≠a estado aguardando el momento oportuno para hablar¬ó. ¬°Esc√ļchame! T√ļ pediste naud y Llew te lo concedi√≥ ¬ódijo, record√°ndole que me deb√≠a la vida¬ó. No te minti√≥ entonces y tampoco te est√° mintiendo ahora. Su√©ltanos y no sufrir√©is ning√ļn da√Īo.
—¡Hacedlo callar! —rugió Siawn.
Oí un golpe y Tegid cayó al suelo.
—Te concedí la vida, Paladyr —dije yo.
—¡Está mintiendo! —insistió Siawn Hy—. ¡Matadlo!
Paladyr sacudió la cabeza lentamente.
¬óNo. Est√° diciendo la verdad.
—i Siawn Hy! —dije yo—. Retenme a mí, pero deja que los demás se marchen.
Para demostrar la verdad de lo que dec√≠a di vuelta al cuchillo que ten√≠a en la mano, lo cog√≠ por la hoja y le ofrec√≠ la empu√Īadura.
¬ó¬°Oh, muy bien! ¬ógru√Ī√≥ Siawn Hy.
Cogió el cuchillo y lo desvió un poco. Pero luego, con un rápido movimiento de felino me lo clavó. La afilada hoja se hendió fácilmente en el centro del pecho, justo debajo de las costillas. Ni siquiera sentí que se me clavara.
Goewyn gritó y se soltó de sus captores. Dio unos pasos hacia mí, pero Paladyr la detuvo cogiéndola por el brazo.
Baj√© la mirada y vi el cuchillo clavado en mi pecho. Con un grito de j√ļbilo Siawn lo hundi√≥ a√ļn m√°s. Sent√≠ bajo las costillas como una quemadura y not√© que el pulm√≥n se deshinchaba; aire y sangre salieron por la herida. Siawn empuj√≥ a√ļn m√°s la hoja y luego la solt√≥. Los tres hombres que me sosten√≠an se apartaron.
De s√ļbito mis piernas se debilitaron. Levant√© un pie para dar un paso y ca√≠ de rodillas. Busqu√© con mis manos la empu√Īadura, la agarr√© y tir√© con fuerza. Sent√≠ como si una almenara se hubiera encendido en mi pecho y estuviera ardiendo. Dej√© caer el cuchillo.
De la herida brot√≥ sangre, caliente y oscura, que me empap√≥ las manos. Una confusa neblina me emborron√≥ la vista, pero era consciente de lo que estaba sucediendo: Siawn me contemplaba con maligno regocijo; Cynan se debat√≠a con violencia en el suelo, sujetado a√ļn por los secuaces de Siawn; Paladyr, ce√Īudo y silencioso, reten√≠a a Goewyn por el brazo.
Sent√≠ un hormigueo en la garganta y abr√≠ la boca para toser, pero no pude. El aire se me atascaba en la laringe. Ten√≠a la boca seca como si el fuego del pecho me estuviera devorando por dentro. Abr√≠ la boca, pero no pude aspirar aire. Emit√≠ un extra√Īo y ahogado sonido.
Tendí la mano para sostenerme, pero se me dobló el codo y caí de costado. Goewyn se liberó de Paladyr, corrió a mi lado y me cogió entre sus brazos.
—¡Llew! ¡Oh, Llew! —Sollozaba y sus lágrimas caían sobre mi cara—. Llew, alma mía...
Le mir√© el rostro. Era lo √ļnico que alcanzaba a ver. Aunque lloraba, estaba hermos√≠sima. Me arrastr√≥ una marea de recuerdos. Me pareci√≥ que todo lo que hab√≠a sufrido por ella no era nada, menos que nada, ahora que estaba a mi lado. La amaba profundamente, ansiaba dec√≠rselo, pero no pod√≠a. De repente ces√≥ el fuego de mi pecho y sent√≠ un helado entumecimiento. Trat√© de sentarme, pero mis piernas no me obedecieron. Levant√© la mano hacia la cara de Goewyn y le acarici√© la mejilla con dedos temblorosos.
—Goewyn, amada mía —dije en un susurro—. Te amo... adiós...
Goewyn, con los ojos anegados en llanto acerc√≥ su rostro al m√≠o. El dulce beso de sus labios, calientes y vivos, fue lo √ļltimo que sent√≠.
Luego me embargó la oscuridad. Aunque mis ojos continuaban abiertos, no podía ver nada a causa de la negra niebla que me rodeaba. Me pareció que estaba flotando y cayendo a un tiempo. Oí sollozar a Goewyn, la oí pronunciar mi nombre y después oí un estruendoso rugido, como el del mar al estrellarse contra una remota orilla.
El sonido fue en aumento hasta ensordecerlo todo. Se hizo tan intenso que creí que mi cabeza parecía a punto de estallar con la presión del estruendo. Por un terrible instante temí que el sonido me tragara, me aniquilara. Resistí aunque no sé cómo. No podía moverme, no podía hablar ni ver.
Pero cuando pensé que ya no podría soportarlo más, el sonido cesó de pronto y la negra niebla se aclaró. Volvía a ver y a oír, con más claridad que nunca. Podía ver, pero ahora veía todo desde arriba y desde fuera. Vi a Goewyn inclinada sobre mí, meciendo mi cuerpo en su regazo, mientras sus hombros se estremecían con el llanto. Vi a Siawn y a Tángwen mirando con los rostros iluminados por un jactancioso orgullo. Vi a Paladyr un poco aparte, abrumado, con los brazos colgando inertes en los costados. Vi a los Cuervos y a Tegid, atónitos y asombrados ante la atrocidad que no habían podido impedir.
Vi a Cynan tendido en el suelo, inmovilizado por los enemigos y enfurecido por mi muerte. Sent√≠ pena por √©l. Su esposa nos hab√≠a vendido a Siawn, nos hab√≠a enga√Īado desde el principio; durante el resto de su vida tendr√≠a que soportar el peso de aquella verg√ľenza, un destino fatal que en modo alguno merec√≠a. Sobre todas las cosas era mi mejor amigo; me habr√≠a gustado despedirme de √©l. Paz, hermano, le dije, pero no me oy√≥.
Siawn se volvió y ordenó a sus hombres que ataran a Cynan. Luego se dirigió a Paladyr:
—Coge el cuerpo y llévalo afuera —le ordenó.
Paladyr avanzó, pero Goewyn estrechó mi cuerpo entre sus brazos, gritando:
¬ó¬°No! ¬°No! ¬°No lo toques!
—Lo siento —murmuró él, mientras se inclinaba sobre ella.
—¡Cogedla! —gritó Siawn.
Dos de sus secuaces se apresuraron a asirla y separarla de mí. Gritando, llorando, ella se debatió, pero ellos se la llevaron a rastras.
Paladyr se arrodilló y cogió en brazos mi cuerpo. Luego se puso en pie y me alzó en volandas.
—¡Seguidme! —vociferó Siawn Hy.
Se dio la vuelta y se dispuso a abandonar la habitación; al pasar junto a un candelabro, cogió una de las antorchas.
En el vestíbulo se detuvo para dejar pasar delante a Paladyr.
—Están aguardando a su rey —se mofó—. Se lo llevaremos.
Paladyr me sacó del salón, atravesó el patio y se dirigió hacia la puerta tras la que aguardaban mis guerreros. Tras él iban Siawn y Tángwen, seguidos por Cynan y Goewyn, vigilados por sendos guardianes, aunque en realidad Cynan había perdido su espíritu combativo y los centinelas tenían que ayudar a Goewyn a mantenerse en pie. Tegid y los Cuervos caminaban detrás con aire resuelto, pues habían recuperado algo de su dignidad y temple. Cerraban la marcha Weston y sus mercenarios, temerosos e inseguros.
La procesión provocó un repentino alboroto entre los guerreros que aguardaban junto a las murallas; pero al ver mi cuerpo sin vida todos enmudecieron. Scatha hizo amago de echar a correr hacia su hija, pero Siawn Hy gritó:
¬ó¬°Alto! ¬°Que nadie se mueva!
Luego ordenó a Paladyr que dejara mi cuerpo en el suelo, y blandiendo la antorcha, se colocó junto a mí.
—¡Aquí tenéis a vuestro joven rey! —vociferó a los destrozados guerreros.
¬ó¬°Siawn Hy! ¬ógrit√≥ Scatha¬ó. ¬°Morir√°s por lo que has hecho! T√ļ y tus hombres.
Pero Siawn se echó a reír.
¬ó¬ŅLo quer√©is? Os lo regalo. ¬°Venid! ¬°Llev√°oslo!
Scatha y dos guerreros se acercaron despacio. Siawn les permitió que lo hicieran y, cuando estaban cerca, sacó de su coraza de bronce un frasco y vertió con premura su contenido sobre mi cuerpo. Luego, cuando mis guerreros se hubieron detenido y tendían sus brazos para cogerme, Siawn bajó la antorcha y la acercó al líquido que brillaba sobre mi piel.
Estalló una deslumbrante llamarada amarilla. El calor fue instantáneo e intenso. El fuego se propagó por donde se había extendido el líquido. Se me quemaron las ropas y después la carne.
Goewyn gritó y se debatió entre sus captores. Se habría arrojado a las llamas, pero ellos se lo impidieron y la arrastraron lejos de mí.
Siawn contempló con inmensa satisfacción cómo ardía mi cuerpo. Había planeado largamente su venganza y estaba saboreando el momento de su consumación. Cynan, mudo, inmóvil, no miraba las llamas sino a su traidora esposa, que estaba junto a Siawn con aire altivo.
Las llamas consumieron mis ropas. Luego la piel de la cara y del cuello comenzaron a apergaminarse y a humear. El fuego crepitaba y silbaba a medida que prendía la grasa de mi carne. Ardieron mis cabellos, mi siarc y mis breecs. Mi cinturón anudado con varias vueltas tardó más en consumirse. Pero cuando las primeras capas de ropa hubieron ardido, aparecieron tres bultos redondos.
Siawn, que estaba contemplando c√≥mo ard√≠a mi cuerpo, vio los tres bultos y los mir√≥ con curiosidad. Una extra√Īa luz ilumin√≥ sus ojos al reconocer las piedras que Tegid me hab√≠a dado para que las llevara a Tir Aflan: tres Piedras Cantarinas, que brillaban como diminutas lunas con un resplandeciente color blanco. Tres Piedras Cantarinas al alcance de su mano.