36 - Batalla nocturna

El Hombre C√≠nico galop√≥ en l√≠nea recta hacia m√≠. Yo me hice a un lado en el √ļltimo instante y √©l tir√≥ bruscamente de las riendas. El caballo piaf√≥ y sus patas batieron el aire. El hombre alz√≥ la mano y yo me dispuse a desviar un golpe. Pero en lugar de una espada vi que empu√Īaba un saco cerrado con un nudo. Volvi√≥ hacia m√≠ su inexpresiva cara cubierta de bronce, y, aunque no pude ver sus ojos tras la reluciente m√°scara, sent√≠ sobre mi carne, como una llamarada, la violencia de su odio. Mi mano de plata ard√≠a con helado fuego.
El misterioso jinete blandió sobre su cabeza el saco y lo soltó. La bolsa cayó pesadamente al suelo y rodó hasta mis pies. Entonces, con un salvaje alarido de triunfo, el jinete volvió grupas y se alejó al galope por donde había venido.
Cynan corrió hacia mí con una tea que había cogido de una fogata.
¬ó¬ŅEra Paladyr?
Sacudí la cabeza lentamente.
—No —le respondí—. No creo que fuera Paladyr...
¬ó¬ŅQui√©n, entonces?
Miré el saco que yacía en el suelo, Cynan se acercó, lo cogió y me lo entregó. En el fondo había un bulto redondo pero no demasiado pesado. Deshice el nudo, abrí el saco y miré, pero no pude ver con claridad lo que contenía.
¬óAcerca la antorcha ¬ódije, dejando el saco en el suelo y ensanchando la abertura.
Cynan acercó la tea. Miré de nuevo y al instante deseé no haberlo hecho.
El rostro p√°lido y exang√ľe del profesor Nettleton me miraba fijamente. Sus gafas hab√≠an desaparecido y los cabellos estaban manchados de sangre reseca. Cerr√© los ojos y apart√© el saco, Cynan lo cogi√≥.
Scatha, con una espada en su mano y una antorcha en la otra, llegó corriendo.
¬ó¬ŅEs...? ¬ómurmur√≥, sin atreverse a acabar la pregunta.
¬óEs el hombre de los cabellos blancos ¬óle dijo Cynan¬ó. El amigo de Llew.
—Lo siento mucho, Llew —dijo Scatha con voz triste, aunque era evidente que se sentía aliviada de que no se tratara de su hija.
¬ó¬ŅQu√© quieres que haga con esto? ¬ópregunt√≥ Cynan.
—Por ahora ponlo junto a las cenizas de Alun —le dije con el corazón destrozado—. No quiero enterrarlo en este lugar.
—Las cenizas de Alun... las tiene Tegid —me recordó Scatha.
La o√≠ pero no le respond√≠ ¬ŅA qu√© ven√≠a aquello? ¬ŅEra un reto? ¬ŅUn aviso? ¬ŅQui√©n era capaz de hacer semejante cosa? ¬ŅC√≥mo se hab√≠an apoderado del profesor? ¬ŅQu√© significaba aquello? Clav√© mi mirada en la niebla deseando que, tal como hab√≠a aparecido el jinete recubierto de bronce, surgieran entre sus jirones las respuestas a mis preguntas.
¡El Hombre Cínico! Las palabras silbaron como flechas que se me clavaron en el corazón. Y oí de nuevo la voz de la banfáith recitando su agorera profecía.
Todo esto va a pasar por obra del Hombre C√≠nico, que montado en un corcel de bronce siembra un infortunio tan grande como calamitoso. ¬°Alzaos, Hombres de Gwir! ¬°Empu√Īad las armas y enfrentaos a los hombres malvados que hay entre vosotros! El fragor de la batalla ser√° o√≠do en las estrellas del cielo y el A√Īo Grande avanzar√° hacia su consumaci√≥n final.
¬óLlew ¬ódijo Cynan, posando suavemente su mano sobre mi brazo¬ó. ¬ŅQu√© te ocurre, hermano?
Me volví hacia él.
¬ó¬°Llama a los hombres! ¬°Deprisa!
Scatha me miraba con la frente surcada por una arruga de preocupación. Al vacilante resplandor de las fogatas se parecía mucho a Goewyn.
¬ó√Ārmate, Scatha ¬óle dije¬ó. Esta noche vamos a luchar por nuestras vidas.
Cynan alertó a los hombres con un grito y Emyr hizo sonar larga y vigorosamente el carynx. En dos segundos el campamento se convirtió en un caos de hombres que corrían y gritaban, mientras se armaban para enfrentarse al enemigo que se acercaba ya por la playa. Surgieron entre la niebla como fantasmas, dispuestos en apretadas filas y cubiertos enteramente de bronce.
Alguien puso una lanza en mi mano. No pude encontrar un escudo, así que cogí una tea de la fogata y corrí a ponerme al frente de mis guerreros con Scatha a mi derecha y Cynan a mi izquierda. Nos dispusimos en línea de batalla de espaldas al lago.
Los enemigos cayeron sobre nosotros en tremenda embestida, como si desearan empujarnos al lago de la primera arremetida. Pero nuestros hombres eran experimentados guerreros, duchos en la lucha cuerpo a cuerpo, y todos se habían enfrentado con Meldron, el Salvaje Sabueso. Una vez superada la sorpresa del repentino ataque, combatieron con salvaje alegría. Todos, como un solo hombre, estaban hartos de Tir Aflan, hartos de privaciones y sufrimientos, y ansiosos de masacrar al enemigo que les había causado tanta aflicción.
Como antes, el enemigo, aunque bien armado, no estaba preparado para combatir con aut√©nticos guerreros. Pero eran muchos, much√≠simos m√°s que el contingente con el que hab√≠amos luchado por la ma√Īana.
Rechazada la primera embestida, los guerreros de Albi√≥n saltaron como una llamarada y abrasaron al enemigo con la velocidad y el calor del fuego. El resultado fue que los atacantes retrocedieron. Animado por tan r√°pido √©xito, Emyr hizo sonar con furia el cuerno de batalla y los guerreros de Albi√≥n respondieron a su llamada con un rugiente alarido. El grito de batalla reson√≥ en la rocosa playa y se abri√≥ paso entre el enemigo como un pu√Īo.
Scatha, con los cabellos sueltos y el manto al viento, se lanzó entre las líneas enemigas; con la espada en una mano y una tea en la otra, como una verdadera Morrigan, la diosa de la guerra, golpeaba a diestro y siniestro sembrando chispas y muerte a cada arremetida. El enemigo huía a su paso como ante un remolino de llamas.
Cynan llamó junto a él a la flor y nata de Caledon y comenzaron a abrir a lanzadas un espacio por el que hubiera podido pasar un carro, desde la orilla hasta el final de la playa.
Yo me lancé entre mis dos jefes de batalla contra la confusa masa de enemigos blandiendo la lanza, cortando, tajando. La punta de la lanza brillaba roja a la luz de la antorcha, y yo buscaba entre el desordenado amasijo de enemigos al jinete de bronce. Pero mi mano de plata había perdido su misterioso helor, lo cual me indicaba que el jinete no estaba cerca.
Dos enemigos recubiertos de bronce me salieron al paso blandiendo las espadas por encima de sus cabezas. Bajo los astados yelmos les brillaban los ojos y les relucían los dientes sobre el borde de los escudos, mientras emitían un atronador grito de batalla. Haciendo caso omiso de sus espadas, corté el aire ante sus narices con la hoja de mi lanza y se detuvieron en seco. Haciendo girar el astil, golpeé primero una espada, luego la otra. Después... ¡crack!, ¡crack! Con dos certeras lanzadas los despojé de los yelmos y ambos enemigos se derrumbaron como estatuas.
Paso a paso, fuimos ganando terreno playa arriba, avanzando sobre los cuerpos sin vida de nuestros enemigos. Luch√°bamos bravamente. Como paladines. Y la batalla iba cobrando un ritmo inexorable y desesperado.
Combatimos durante toda la noche. A veces, lleg√°bamos hasta el final de la playa y resist√≠amos all√≠. Otras, el enemigo contraatacaba y nos ve√≠amos forzados a retroceder. En una ocasi√≥n, incluso, tuvimos que luchar con el agua hasta las rodillas defendi√©ndonos con nuestras hojas despuntadas de tanto golpear las armaduras del enemigo. Pero Scatha, movi√©ndose entre aquel caos con la gracia y la elegancia de una bailarina, se lanz√≥ contra el coraz√≥n del enemigo con un pu√Īado de guerreros. Incapaces de enfrentarse a la pavorosa c√≥lera de Pen-y-Cat, el enemigo retrocedi√≥ y perdi√≥ su ventaja.
A medida que iba transcurriendo la noche, los enemigos iban perdiendo coraje. Estaban fatigados. Se movían torpemente bajo el peso de las armaduras de bronce. Apenas podían sostener las armas y los escudos; incapaces de levantar los pies tropezaban y caían sobre la pedregosa playa. Desesperados, avanzaban tambaleándose. Nosotros seguíamos golpeando sin piedad. Ellos sucumbían ante nuestra destreza. Los cuerpos de los heridos y de los muertos se amontonaban por doquier como troncos derrumbados; sin embargo, no parecían dispuestos a retirarse.
¬óCualquiera que sea lo que los empuja ¬óobserv√≥ Cynan, pas√°ndose por la cara la mano ba√Īada en sangre¬ó, lo temen m√°s que a nosotros.
Nos habíamos detenido para recobrar el aliento y nos apoyábamos en nuestras lanzas con los hombros hundidos por el esfuerzo de recobrar el aliento.
¬óTemen a su se√Īor ¬óle dije.
¬ó¬ŅQui√©n es?
—El Hombre Cínico.
¬óC√≠nico y adem√°s cobarde, si quieres saber mi opini√≥n ¬ógru√Ī√≥ con desprecio Cynan¬ó. Desde que comenz√≥ el combate no se le ha visto el pelo.
—Es cierto. Todavía no ha comparecido en el campo de batalla.
¬ó¬ŅTodav√≠a? ¬ŅA qu√© espera? Estamos masacrando a sus guerreros. Si intenta vencernos por agotamiento, est√° esperando en vano.
Era verdad; los enemigos, rendidos de cansancio, sucumbían ante la destreza y la experiencia de nuestros guerreros. Habían intentado sacar ventaja de la oscuridad y del ataque por sorpresa, pero nosotros habíamos vencido; y ahora estábamos venciendo también su superioridad numérica, lentamente, sin darles un respiro.
Se me ocurri√≥ de pronto que aquellos desgraciados no necesitaban un jefe de batalla, porque el plan del enemigo hab√≠a consistido en aplastarnos. Se esforzaban por rodearnos, tragarnos y ahogarnos; o, en el caso de que no lo consiguieran, empujarnos hacia el lago con la irresistible inercia de su n√ļmero. Luch√°bamos contra un enemigo que carec√≠a de sutileza y habilidad, un enemigo cuya √ļnica esperanza resid√≠a en barrernos por la fuerza bruta.
Al Hombre Cínico no le importaba cuántos de sus hombres podían sucumbir ante nosotros, porque no le importaban en absoluto sus hombres. Eran simplemente forraje ante nuestras cortantes hojas. Los enviaba a la lucha oleada tras oleada confiando en rendirnos por agotamiento. Cuando quedáramos pocos para resistir, saldría de su escondrijo para reclamar la victoria.
Al ver cómo nuestros desdichados enemigos se afanaban por sostener las armas, mi corazón se llenó de compasión. Eran ciegos, ignorantes y torpes; se tambaleaban en la oscuridad sangrando y muriendo. Y lo más cruel de todo es que no sabían por qué, nunca lo sabrían.
Aquellos hombres no eran en realidad nuestros enemigos; eran s√≥lo mu√Īecos, peones en manos de un despiadado due√Īo. No ten√≠a sentido matarlos. Hab√≠a que detener la carnicer√≠a. Baj√© la lanza, me ergu√≠ y mir√© alrededor.
El cielo comenzaba a grisear por el este; un débil resplandor rojizo anunciaba la salida del sol. Habíamos luchado durante toda la noche sin propósito ni ventaja. Era una locura, y había llegado el momento de hacerla cesar. Miré la línea de batalla y vi a los guerreros de bronce con los pies pesados y las cabezas abatidas bajo el peso de los yelmos, incapaces de blandir las armas. Avancé resueltamente hacia ellos, que retrocedieron levantando penosamente las lanzas.
—¡Llew! —gritó Cynan, corriendo detrás de mí.
Tendí la mano, así la lanza más cercana y la arranqué de los entumecidos dedos de uno de los enemigos. La arrojé al suelo y cogí otra. El tercer enemigo hizo un torpe amago de golpearme con su espada. Yo así la hoja con mi mano de plata y se la quité. Era como desarmar a criaturas.
—¡Ya es suficiente! —grité—. ¡Se ha terminado!
A lo largo de la orilla del lago, los hombres se detuvieron en seco y me miraron boquiabiertos. Yo desarmé a otros dos guerreros, arrebatándoles las armas de sus fláccidas manos. Blandí mi lanza y alcé la voz:
—¡Hombres de Tir Aflan! —grité, y mi voz resonó en la playa—. Arrojad al suelo las armas y no os pasará nada.
Mir√© la l√≠nea de batalla. Los hombres hab√≠an dejado de luchar y me miraban con expresi√≥n est√ļpida. Muchos se tambaleaban exhaustos, incapaces de seguir sosteniendo las armas.
—¡Escuchadme! La batalla ha terminado. No podéis ganarla. Arrojad las armas y rendíos. Dejad de luchar... no tenéis nada que temer.
Los enemigos segu√≠an mir√°ndome est√ļpidamente.
¬óMe parece que no te entienden ¬ódijo Cynan.
—Quizá lo entenderán así —repliqué.
Alc√© la lanza y la arroj√© sobre la pedregosa playa; luego indiqu√© con una se√Īa a Cynan que me imitara. Pareci√≥ dudar.
—Hazlo —le urgí—. Todos están mirando.
Cynan dejó caer la lanza sobre la mía y ambos nos quedamos desarmados ante los perplejos guerreros. Alcé mi mano de plata y dije:
—¡Escuchadme! Habéis luchado y sufrido; muchos han muerto. Pero no podéis ganar, ha llegado el momento de detener la lucha. Deponed las armas para que cesen el sufrimiento y la muerte.
Mi voz resonó en la playa. Todos me miraban, pero nadie se atrevía a responder.
—Lucháis por vuestras vidas —proseguí— ¡Hombres de Tir Aflan! ¡Rendíos! Arrojad vuestras armas y yo os regalaré esas vidas. Podréis marcharos como hombres libres.
Mis palabras causaron sensación. Asombrados, abrieron la boca y murmuraron entre ellos.
¬ó¬ŅSer√° verdad? ¬óse preguntaban¬ó. ¬ŅSer√° posible?
Tend√≠ la mano hacia el guerrero m√°s cercano y le hice una se√Īa.
¬óVen. Te regalo la vida.
El hombre miró a su alrededor, confundido; pareció dudar y luego avanzó vacilante. Dio dos pasos, pero sus piernas no lo sostuvieron y cayó a mis pies. Yo me incliné, lo cogí por el brazo y lo ayudé a levantarse. Cogí su espada y la arrojé lejos.
¬óEst√°s a salvo ¬óle dije¬ó Nadie va a hacerte ning√ļn da√Īo.
O√≠ un estr√©pito sobre las rocas, producido por un escudo que su due√Īo ya no pod√≠a sostener por m√°s tiempo. El hombre cay√≥ de rodillas. Me acerqu√©, lo ayud√© a ponerse en pie y le dije:
¬óEst√°s a salvo. Ve junto a tu compa√Īero.
El hombre se reunió con el primer guerrero; ambos temblaban a la luz del alba sin apenas dar crédito a su buena suerte.
Los dem√°s quiz√°s esperaban que matara a los desertores. Pero al ver que no les hac√≠a ning√ļn da√Īo, un tercero se arriesg√≥ a confiar en m√≠. Le di la bienvenida y no tardaron en adelantarse otros dos, que arrojaron sus armas a mis pies. Les di tambi√©n la bienvenida y les indiqu√© que se reunieran con los otros. Avanz√≥ entonces otro desertor, y despu√©s tres m√°s.
—¡Cynan! ¡Scatha! —exclamé, indicándoles que acudieran en mi ayuda—. ¡Venid! ¡Es una auténtica marea!
Espadas, lanzas y escudos resonaron contra las rocas de la playa a lo largo del lago; los exhaustos enemigos se apresuraban a desprenderse de sus armas. Tras su resistencia inicial, se rendían con evidente alivio. Algunos estaban tan emocionados que sollozaban ante tan inimaginable fortuna. Su larga pesadilla había acabado; eran libres, estaban a salvo.
Cuando terminamos de desarmar al √ļltimo de los enemigos, me volv√≠ hacia mis guerreros que guardaban silencio detr√°s de m√≠. Mir√© sus mantos, otrora magn√≠ficos y ahora desgarrados y sucios; mir√© sus caras, otrora hermosas y ahora demacradas y estragadas por las privaciones y la lucha. Hab√≠an renunciado a la salud y a la felicidad, a sus mujeres, a sus hijos, a sus compatriotas y amigos, a las comodidades y al placer.
Leales hasta el final, me habían apoyado en todo y estaban dispuestos a servirme y a entregarme sus vidas si se las pedía. Magullados y maltrechos, se erguían como un solo hombre, con las armas preparadas, dispuestos a ser llamados de nuevo a la batalla. Eran en verdad los GwrGwir, los Verdaderos Hombres de Albión.
Alcé mi mano de plata y me llevé el dorso a la frente a modo de saludo. Los guerreros respondieron con un grito de triunfo que resonó en el lago y en las colinas circundantes.
Les dije que hab√≠a llegado la hora de descansar y se precipitaron al lago para beber y ba√Īarse. Yo me qued√© un momento contemplando c√≥mo mis fatigados guerreros se met√≠an en el agua.
—Míralos —dije, mientras el orgullo estallaba en mi interior como una canción de alegría—. Con la ayuda de unos hombres tan generosos cualquier hombre podría ser rey.
Cynan, apoyado en su lanza, adelantó orgullosamente la barbilla.
¬óEllos no apoyar√≠an a cualquiera. Ni yo tampoco ¬óa√Īadi√≥, llev√°ndose el dorso de la mano a la frente.
El lago result√≥ una verdadera bendici√≥n. Nos metimos en el agua helada y cubierta de niebla y refrescamos nuestros doloridos miembros. El agua nos vivific√≥ y tonific√≥, lav√°ndonos la sangre y la suciedad de la batalla. Al sentir sobre mi carne la fr√≠a sensaci√≥n del agua, rememor√© otro momento, cuando, tras mi primera batalla, tambi√©n me hab√≠a ba√Īado y me hab√≠a sentido como reci√©n nacido.
Sin embargo, duró poco tan agradable sensación. Bran y los Cuervos seguían sin comparecer cuando el sol se levantó sobre las colinas circundantes.
—Esto no me gusta nada —le dije con toda franqueza a Cynan y a Scatha—. Algo les ha sucedido; de otro modo habrían regresado hace rato.
—Me temo que tengas razón —asintió Scatha.
—Ya hemos acabado aquí —dijo Cynan—. Podemos regresar a Cwn Gwaed a buscarlos.
Eché una ojeada a los hombres desarmados tendidos en la playa.
¬óVamos a hablar con ellos ¬ódije se√Īal√°ndolos¬ó. Quiz√° puedan decirnos algo.
—Lo dudo —dijo Cynan—. Pero lo haré si lo crees conveniente.
Miré a Scatha, que tras haberse lavado el hollín y la sangre, ya no parecía Morrigan, sino Modron, la Reconfortadora. Se había trenzado los cabellos y cepillado el manto, y, por la forma como los derrotados guerreros la seguían con la mirada, colegí que podría tener más éxito que nosotros en hacerlos hablar.
—Te confío a ti esa tarea, Pen-y-Cat —le dije—. Estoy seguro de que confiarán más en ti que en Cynan Dos Torques.
Y así, observamos cómo se movía entre los hombres, deteniéndose de vez en cuando, inclinándose hacia uno, arrodillándose junto a otro, hablándoles con la mayor seriedad y mirándolos a los ojos mientras ellos le respondían. Vi que posaba la mano en los hombros de los guerreros, como lo haría una esposa o una madre y que les hablaba tanto con los ademanes como con la voz.
Poco después regresó junto a nosotros.
—Hay un caer bastante cerca de aquí. Algunos de ellos han estado allí. Dicen que el Hombre Cínico retiene en ese lugar a algunos prisioneros.
¬ó¬ŅEst√°n T√°ngwen y Goewyn en ese lugar? ¬ópregunt√≥, ansioso, Cynan.
Scatha lo miró con expresión sombría.
—No lo saben. Pero es de todos conocido que los dyn dythri van allí a menudo y los rhuodimi proceden de allí.
¬ó¬ŅLas cosas rugientes? ¬ópregunt√≥, asombrado, Cynan.
¬ęLos coches y las m√°quinas¬Ľ, pens√© yo.
¬óEntonces all√≠ aguarda Siawn Hy, y all√≠ encontraremos a T√°ngwen y a Goweyn. Y ¬óme apresur√© a a√Īadir¬ó, si no me equivoco, all√≠ est√°n prisioneros Tegid y los Cuervos.
Scatha asintió.
¬óPero hay algo m√°s: dicen que el caer est√° protegido por un poderoso encantamiento. Todos sienten pavor de ese lugar.
Nos alejamos del lago y caminamos hacia el este, siguiendo la dirección que nos hablan indicado los prisioneros. Un desfiladero, invisible desde la orilla del lago, se abría entre las colinas; lo seguimos y fuimos a parar a una vasta meseta. El mar se extendía ante nosotros, verde e inquieto bajo un nublado cielo gris. Sobre la cima de un promontorio rocoso, que se cernía sobre las agitadas aguas, se levantaba una fortaleza de piedra. Como la torre que habíamos visto hacía días, el caer se alzaba abandonado y solitario sobre la desnuda roca, como una reliquia de remotos tiempos.
—El Hombre Cínico ha escogido este lugar como baluarte —dijo Scatha.
Nos habíamos detenido para observar el terreno que se extendía más allá del desfiladero y, aparte de la arruinada fortaleza y de algunas casuchas de piedra en las que habían vivido los guerreros, el paraje estaba totalmente desierto. Los desertores habían descrito el lugar con todo detalle.
Sin embargo, nos acercamos a la fortaleza muy despacio, atentos a cualquier se√Īal de vida que apareciera en las destrozadas murallas. Yo abr√≠a la marcha junto a Cynan y Scatha, al frente de los GwrGwir, como no quisieron quedarse atr√°s, nuestros derrotados enemigos nos segu√≠an a cierta distancia. Al pasar junto al promontorio vi huellas de veh√≠culos pesados en la hierba. Muchos rhuodimi hab√≠an pasado por all√≠. La puerta entre los mundos de la que hablaba el profesor Nettleton deb√≠a de estar cerca, pero no alcanzaba a verla.
El mar bat√≠a y suspiraba en torno al promontorio; el viento ululaba en las ruinas. Enormes pedruscos se hab√≠an derrumbado entre la espesa hierba verde al pie de las otrora alt√≠simas murallas. Observamos un buen rato los derruidos muros esperando ver alguna se√Īal de vida.
¬óArianrhod duerme en su promontorio rodeado por el mar ¬ódije pensando en voz alta, mientras contemplaba la derruida puerta ennegrecida por los a√Īos y semidesprendida de sus goznes.
A lo cual replicó Scatha:
—Sólo el beso casto la devolverá al lugar que le corresponde.
Cynan nos miró de reojo.
¬ó¬ŅY bien? ¬ópregunt√≥ con impaciencia¬ó. ¬ŅEs que vamos a pasarnos todo el santo d√≠a aguardando aqu√≠?
—No, pero primero debemos comprobar si hay otra entrada —respondí yo.
—Enseguida —repuso Cynan, e hizo un gesto a Owyn y a tres guerreros más, que desaparecieron corriendo por la esquina más próxima de aquella cortina de piedra.
Poco después aparecieron por el otro lado.
¬óNo hay ning√ļn otro acceso ¬óinform√≥ Owyn.
¬ó¬ŅHas visto a alguien? ¬óle pregunt√≥ Scatha.
—A nadie —respondió el guerrero galanae.
¬óEntonces entraremos.
Alc√© mi lanza en silenciosa se√Īal y los guerreros avanzaron en perfecta formaci√≥n detr√°s de m√≠.
Cuando pasábamos bajo la sombra del muro, una voz gritó:
—¡Alto! ¡No os acerquéis más!
Levanté la cabeza hacia la derruida muralla. El Hombre Cínico nos miraba desde lo alto del muro, a la izquierda, con la máscara de bronce y la lanza en ristre.
—¡Tu hueste ha sido derrotada! —grité—. ¡Arroja las armas y libera a los prisioneros! Hazlo inmediatamente o a buen seguro morirás.
El guerrero de bronce echó hacia atrás la cabeza y soltó una carcajada inquietante y odiosa. No era la primera vez que la oía.
La carcajada cesó de pronto.
—¡No me des órdenes aquí! —gritó encolerizado.
Luego, suavizando la voz, a√Īadi√≥:
¬óSi quieres recuperar a tu esposa, ven a buscarla. Pero solo.
Y desapareció de la muralla antes de que pudiera responderle.
¬óNo me gusta esto ¬ógru√Ī√≥ Cynan.
—Me parece que no tenemos otra opción —comenté yo—. Iré solo.
—Es un riesgo insensato —objetó Scatha.
—Lo sé —le dije—. Pero es un riesgo que debo correr por Goewyn.
Ella asintió, metió la mano bajo el manto y sacó un delicado cuchillo. Se acercó y me lo escondió en el cinto.
—Ya te armé en otra ocasión, y vuelvo a hacerlo otra vez, hijo mío. Salva a mi hija.
—Así lo haré, Pen-y-Cat —repuse.
Scatha me abrazó, me besó y se alejó rápidamente volviendo a ocupar su lugar al frente de los guerreros.
Yo avancé dos pasos hacia la puerta.
—¡Espera! —dijo Cynan, adelantándose—. No pienses que vas a entrar solo, mientras a Cynan Dos Torques le quede un aliento de vida. Mi esposa también está prisionera; voy contigo.
Dio un paso hacia la puerta.
¬óPodemos discutir el asunto o podemos entrar a rescatar a nuestras mujeres ¬óa√Īadi√≥.
Como no habría forma de disuadirlo, asentí; atravesamos juntos la puerta y entramos en el patio.
Hierbas secas asomaban entre las grietas del pavimentado patio y se mecían al viento como largos bigotes blancos. El suelo estaba sembrado de derrumbados pedruscos. Al patio se abrían puertas arqueadas que dejaban entrever oscuros y vacíos pasillos. Al otro lado, frente a la puerta de la muralla, se alzaba un edificio escalonado; el tejado se había hundido y tejas curvas como escamas de un dragón sembraban el patio. Unos cuantos escalones de piedra conducían hasta una estrecha puerta de madera. La puerta, dos veces más alta que un hombre, estaba abierta.
Sentí un helado escalofrío en mi mano de plata.
—Está cerca —le murmuré a Cynan.
Subimos resueltos y sigilosos los escalones y empujamos la puerta. Al instante nos asaltó un repugnante hedor a carne podrida, a orina y excrementos. La puerta daba a un oscuro vestíbulo lleno de inmundicias. Las cabezas cortadas de dos desgraciados estaban clavadas en el dintel de una puerta interior. Las jambas estaban manchadas de sangre.
Atravesamos cautelosamente la puerta y penetramos juntos en una sala.
¬óOs estaba esperando ¬ódijo una voz¬ó. Todos os est√°bamos esperando.