35 - Tref-gan-haint

—¡Paladyr! —exclamé, deteniéndome en seco.
Los enemigos parecieron vacilar y se quedaron inmóviles en la cima de la colina. Luego sonó el cuerno de batalla, claro e intenso, y se lanzaron colina abajo en una avalancha de pezuñas y lanzas. Apenas disponíamos de un instante para aprestar las armas, pues casi los teníamos encima. Scatha se hizo cargo de la situación enseguida.
—¡No podemos luchar aquí! —exclamó, dándose la vuelta y echando a correr hacia el arroyo—. ¡Seguidme!
Cynan, lanza en ristre, gritó a sus hombres que se reunieran con él mientras echaba a correr tras Scatha. Yo lo imité y todos nos precipitamos hacia el terreno que comenzaba a elevarse al otro lado del arroyo, mientras el cuerno de batalla atronaba en nuestros oídos y la trápala de pezuñas estremecía el suelo bajo nuestros pies. Dos de nuestros guerreros fueron arrollados por detrás y perdimos otro de una lanzada. Pero el enemigo no se esperaba nuestra rápida finta y logramos llegar a terreno elevado antes de que Paladyr, demasiado impaciente y ansioso de una rápida victoria, pudiera detenernos.
Aunque nos enfrentábamos a pie contra un contingente bastante elevado de jinetes, ahora podríamos hacernos fuertes en una posición superior y los jinetes tendrían que luchar en un terreno irregular y traicionero. La infalible intuición de Scatha no sólo nos había salvado, sino que nos había proporcionado una ligera ventaja.
—¡Están hambrientos! —gritó Cynan, viendo a los caballos debatirse entre los cantos rodados de la ladera—. ¡Vamos, hermano, alimentemos a nuestros impetuosos huéspedes!
Agazapándose bajo el escudo, se lanzó hacia delante propinando un tremendo guadañazo con la lanza que hirió las patas de un caballo. El animal relinchó, piafó y arrojó a su jinete al suelo. Cynan lo lanceó antes de que pudiera levantarse.
Luego echó la cabeza hacia atrás y lanzó un salvaje grito de pavorosa alegría. Otros dos jinetes no pudieron eludirlo y cayeron víctimas de sus lanzadas. Yo despaché a otro, siguiendo la misma táctica que Cynan y, cuando miré a mi alrededor vi que Scatha había logrado derribar a tres más con rápidas y certeras embestidas.
El primer encontronazo duró sólo unos breves instantes. Paladyr, al ver que no conseguía ninguna ventaja, ordenó a sus hombres interrumpir el ataque y se retiraron al otro lado del arroyo para reagruparse.
—Ese Paladyr no tiene un pelo de tonto —observó Cynan—. Sabe muy bien cuándo debe retirarse.
Mirando hacia el otro lado del arroyo vi a Paladyr desnudo de cintura para arriba, con pinturas de guerra en la cara y el torso y los músculos de sus brazos relucientes de sudor. Empuñaba una lanza y un escudo de bronce y reprendía furiosamente a sus hombres por su incompetencia y descuido. Siawn Hy no estaba entre ellos, pero no me sorprendía.
—No tiene un pelo de tonto —asentí yo—, pero es muy impulsivo. Quizás ésa sea su perdición.
—¿Quiénes están con él? —se preguntó Cynan.
Observé a los guerreros de Paladyr. Tenían un aspecto salvaje e iban armados con antiguas armas de bronce, como las que habíamos visto en la arruinada torre. Sus escudos eran pequeños y pesados, las lanzas cortas con cabezas despuntadas. Algunos llevaban cascos, pero la mayoría iba con la cabeza descubierta. Se movían torpemente como si no estuvieran acostumbrados a cabalgar y se sintieran inseguros. Sin duda, habían esperado derrotarnos al primer ataque, pero se encontraron ante un enemigo más peligroso de lo que habían imaginado.
Me di cuenta de que más que entrenados guerreros eran una banda de indisciplinados asesinos, mercenarios escogidos quizás entre los obreros que se afanaban entre el barro del valle. Aunque iban a caballo, era obvio que no estaban habituados a luchar sobre una silla de montar: el desastre de su primer ataque lo demostraba sobradamente.
—¡Llew! —gritó Scatha corriendo hacia mí—. ¿Lo ves?
—No —repuse—. Siawn Hy no está entre esos guerreros. Pero ¿qué te parecen los demás?
—Creo que Paladyr ha tratado de fabricarse una banda de guerreros con una tela de poca calidad —replicó.
—Eso es precisamente lo que estaba pensando —comenté yo—. Y me parece que se le va a descoser entre las manos.
—¿Qué oigo? ¿Llew fanfarroneando? —bromeó Cynan, subiendo ladera arriba—. ¿Te encuentras bien, hermano?
—Mejor que nunca —repuse.
El estruendo del carynx señaló un segundo ataque y el enemigo cruzó de nuevo el arroyo. Esta vez Paladyr dispuso a sus hombres en una sola línea y avanzaron todos juntos con la esperanza de separarnos y dispersar nuestra débil defensa.
Scatha tenía planes muy distintos. Llamó a todos los guerreros y los dispuso en una cuña. Incapaces de escalar la escarpada ladera y atacarnos por el flanco, los jinetes no tuvieron otra elección que enfrentarse a la punta de la cuña.
Cabalgaron contra nosotros aullando y gritando, haciendo todo cuanto estaba en sus manos para asustarnos y dispersarnos. Pero nosotros nos mantuvimos firmes y los fuimos derribando de sus sillas a medida que se ponían a tiro de nuestras lanzas. Ocho enemigos cayeron antes de que pudieran volver grupas para retirarse y Paladyr se vio forzado de nuevo a interrumpir el ataque.
Mientras el enemigo emprendía una veloz retirada al otro lado del arroyo, yo llamé a los jefes de batalla.
—Al parecer no tienen arrestos para sostener el ataque.
—Clanna na cù —gruñó Cynan, adelantando orgullosamente la barbilla—. Yo sentiría vergüenza de capitanear tan desastrosos guerreros.
—Sí, y Paladyr es un buen jefe de batalla... o por lo menos lo era. No lo entiendo.
—La inexperiencia de esos hombres se vuelve en su contra —observé—. No se atreven a combatir abiertamente, por eso intentan hostigarnos para hacernos abandonar nuestra posición aventajada.
—Pues no se saldrán con la suya —dijo Scatha, escrutando la ladera de la colina—. Si no nos atacan con más resolución, podremos resistir todo el día.
—No tendríamos que quedarnos aquí si tuviéramos nuestros caballos —comentó Cynan.
—Entonces apoderémonos de los suyos —sugirió Scatha— Les sacaríamos bastante más provecho.
Rápidamente trazamos un plan para apoderarnos en el próximo ataque del mayor número posible de caballos. Y quizás hubiera funcionado. Pero, en el preciso instante en que los guerreros de Paladyr cruzaban el arroyo y comenzaban a subir por la ladera en un tercer ataque, aparecieron los Cuervos. Los enemigos divisaron a la Bandada de Cuervos que descendía por la colina entre salvajes gritos y se dispersaron cobardemente. Volvieron a cruzar el arroyo y desaparecieron por el otro lado de la colina. Bran se dispuso a perseguirlos, pero yo le ordené que volviera.
—Es preferible que te quedes con nosotros —le dije—. ¿Qué encontrasteis allá delante?
Una extraña expresión asomó entonces en el rostro del jefe de los Cuervos.
—Un poblado, señor —dijo—. Pero muy distinto a cuantos he visto hasta ahora.
—¿Crees que es un lugar seguro? —preguntó Cynan—. Podría ser otra trampa.
—Quizá —repuso el jefe de los Cuervos—. Pero no lo creo.
—¿Qué quieres decir? —le preguntó Scatha.
Por toda respuesta Bran repuso:
—Te lo mostraré. No está muy lejos.
Llamé a Drustwn y a Garanaw y les ordené:
—Tegid y los caballos ya deberían haber llegado. Cabalgad a su encuentro y luego llevadnos los caballos al poblado. Os esperaremos allí. Enséñanos ese lugar que has encontrado —añadí, dirigiéndome a Bran.
—Por aquí —dijo Bran volviendo grupas, y nos condujo montaña arriba para seguir después bordeando la cresta.
El resto de los Cuervos se colocó detrás de los guerreros para abrir la retaguardia, por si Paladyr y sus secuaces regresaban con la intención de cogernos desprevenidos. Pero el enemigo no volvió a aparecer.
Seguimos un trecho la cresta y luego el sendero trazó una curva y comenzó a descender hacia una escalonada hondonada. Un río cenagoso serpenteaba al fondo del valle y en el extremo más cercano de la hondonada se alzaba un destartalado poblado. Había unas pocas construcciones de madera, de cierto tamaño y solidez; pero el resto era un confuso laberinto de barracas hechas con materiales de desecho. A poca distancia del poblado, un estrecho lago brillaba apagadamente en la opaca luz.
Descendimos al valle, entramos en el pueblo por la única calle de tierra que había, avanzamos entre chabolas semiderruidas que se agolpaban unas sobre otras. Nos detuvimos en una especie de plaza que se abría ante una de las construcciones más grandes. Una hilera de desvencijados establos se amontonaban a lo largo de la calle frente a aquel edificio, y una piedra cubierta de lodo endurecido se alzaba entre ellos. Nos detuvimos allí a aguardar a Tegid y a los caballos.
No habíamos visto a nadie y por la basura y los excrementos esparcidos por doquier se podía deducir que aquel pueblucho estaba abandonado. Pero tan pronto como decidimos que permaneceríamos allí un buen rato, los pobladores comenzaron a dejarse ver. Aparecieron como sabandijas reptando de agujeros y escondrijos, primero tímidamente, después con creciente atrevimiento. Cojeando, corriendo, arrastrando miembros destrozados y deformes, fueron llenando la plaza. En pocos momentos nos vimos rodeados por una andrajosa chusma de pedigüeños.
Nos acosaban con las manos tendidas y las bocas abiertas mendigando comida y ropas como animales enfermos, aunque era obvio que no teníamos nada que darles. Tenían la misma mirada apagada, mortecina e inexpresiva que los miserables y sucios obreros de las minas. Zambos y encorvados, abyectos en su aflicción, tenían un aspecto más animal que humano. Como en Albión no había mendigos, los guerreros al principio no entendían lo que aquella muchedumbre quería de ellos. Retrocedían ante las implorantes manos o las rechazaban, lo cual aumentaba el clamor de los pedigüeños.
Cynan y Bran contemplaban el acoso con creciente intranquilidad, pero sin decir nada.
—Deberíamos marcharnos inmediatamente —sugirió Scatha—, o tendremos problemas.
—Cuando vean que no tenemos nada que darles —repuse—, se marcharán.
Pero estaba equivocado. Los mendigos se mostraban más y más insistentes y exigentes. Luego agresivos. Algunas mujeres se contoneaban ante los guerreros y se atrevían a rozarlos. Los guerreros reaccionaban con repulsión y asco. Pero las mujerzuelas eran tan persistentes como descaradas. Los halagaban con voces estridentes y se agarraban a ellos.
—Llew —me suplicó Scatha—, marchémonos de este... de este Tref-gan-Haint inmediatamente.
—Tienes razón —asentí—. Iremos al lago y esperaremos allí a los caballos.
Al ver que nos marchábamos, los mendigos comenzaron a lamentarse gimoteando lastimosamente. Las mujerucas, al sentirse rechazadas y desdeñadas, nos persiguieron con improperios y pullas. Una de ellas, poco menos que una niña, vio mi mano de plata y corrió hacia mí. Se dejó caer de hinojos, cogió mi mano y empezó a acariciarla.
Yo traté amablemente de desprenderme de ella, pero la chiquilla se colgó de mí tirando de mi brazo. Gemía y hacía pucheros mientras rozaba mi mano de plata con sus labios.
—No tengo nada que darte —le dije en tono firme—. Por favor, levántate. No te humilles de esa forma.
Pero ella no hizo el menor movimiento para soltarme. La cogí por la cintura, me desprendí de su mano e hice amago de seguir adelante. Cuando se dio cuenta de que pretendía librarme de ella, dio un salto con la pretensión de arañarme. Aparté la cabeza y la chiquilla cayó al suelo debatiéndose y lloriqueando. Pasé por encima de ella y seguí adelante. Ella pateó y me maldijo; su estridente vocecilla se fue perdiendo en la algarabía que nos rodeaba.
Me abrí paso entre la multitud a la cabeza de mis guerreros. Los mendigos me agarraban de brazos y piernas; gemían y gritaban. Yo seguía adelante con los ojos bajos, sin mirar ni a izquierda ni a derecha. ¿Qué podía hacer por ellos? ¿Qué querían de mí?
Enfilamos de nuevo la estrecha y pestilente calle y continuamos hasta el final del poblado de chabolas, donde montones de basura ardían lentamente con fétida humareda. También allí había mendigos escarbando entre los desperdicios y la inmundicia en busca de algún bocado.
Escuálidos perros de largas patas olisqueaban entre las basuras. Un hombre, desnudo, con la espalda negra por el humo, yacía medio cubierto por las basuras; al vernos pasar se incorporó sobre el codo y nos gritó obscenamente. Sus piernas eran un repugnante amasijo de llagas abiertas. Los espantosos perros que rondaban por allí le lamían de vez en cuando las rezumantes heridas. Aparté la vista de tan repugnante espectáculo, pero topé con otro: dos perros luchaban sobre un cadáver, que era poco más que unos jirones de carne pútrida colgando de un esqueleto. Asombrado y asqueado, caí en la cuenta de que eran restos humanos. La garganta se me llenó de bilis y tuve que apartar la vista.
Scatha había llamado al poblado Tref-gan-Haint, es decir, ciudad de pestilencia, lugar de corrupción. Y, en efecto, enferma y moribunda, la ciudad ofrecía un espantoso espectáculo y el aire apestaba a putrefactas heridas. Allí, reflexioné, iban a parar los esclavos cuando dejaban de ser útiles y acababan sus días como mendigos disputándose las inmundicias. Estaba horrorizado, pero ¿qué podía hacer?
Más allá del poblado, a poca distancia, encontramos el lago del que nacía el arroyo y juzgamos que aquel paraje era algo más soportable. Aunque la playa era de cortantes fragmentos de sílex, el agua estaba bastante limpia. Ninguno de los desdichados habitantes nos siguió hasta allí, de modo que teníamos el lago para nosotros solos y nos derrumbamos en la dura playa a aguardar.
Yo me quedé medio dormido y soñé que Goewyn nos había encontrado y que estaba junto a mí. Al despertarme era Bran quien estaba a mi lado y no se veía la menor señal de los caballos. Me levanté y caminé con mi jefe de batalla por la orilla del lago. Un apagado sol amarillento se estaba poniendo en los picachos del oeste y alargaba nuestras sombras en la rocosa playa.
—¿Dónde estará Tegid? —me pregunté en voz alta, mirando hacia la destartalada ciudad y la sierra que se alzaba detrás—. ¿Crees que ha caído en manos de Paladyr?
—Es posible. Pero Drustwn y Garanaw saben dónde encontrarnos —observó Bran—. Si hubiera algún problema, nos habrían avisado.
—Aun así, no me gusta esto —le dije—. Ya deberían haber llegado.
—Iré a averiguar lo que ha sucedido —se ofreció Bran.
—Que Emyr y Niall te acompañen. Envía a uno de ellos con noticias en cuanto averigües algo.
Bran corrió hacia su caballo, montó, llamó a los dos Cuervos y se pusieron en marcha sin perder tiempo. Los contemplé hasta perderlos de vista y entonces llamé a Scatha y a Cynan.
—He enviado a Bran a ver qué ha podido suceder con Tegid y los demás.
—Se está haciendo tarde —dijo Scatha—. Quizá deberíamos tratar de encontrar un refugio mejor.
—Mucho me temo que la oscuridad será, esta noche, nuestro único refugio.
Miré hacia la serranía y escruté las cimas, pero no vi ninguna señal de que alguien regresara. ¿Qué podía haberles pasado a Tegid y a Nettles?
El sol se hundía en una fea y marronosa calina; era un tétrico crepúsculo. Al ponerse el sol comenzó a hacer frío; sentí la brisa helada de las montañas y la humedad de la tierra. Se levantó niebla del lago y jirones de nubes oscuras comenzaron a descender por las laderas de las montañas.
Los hombres habían hecho acopio de leña en las pedregosas laderas que rodeaban el lago, y cuando cayó la noche encendieron pequeñas fogatas que chisporroteaban a ráfagas y producían un tenue resplandor. Como no habíamos comido nada desde primera hora de la mañana, teníamos hambre, que procuramos aplacar con el agua del lago. Era sosa y tenía un sabor metálico, pero estaba fría y calmaba la sed.
El crepúsculo oscureció el valle. Una luz mortecina todavía iluminaba el cielo; la niebla del lago y de las laderas se iba espesando. Yo caminaba sin cesar por la rocosa playa, alerta a cualquier sonido, aguardando con ansiedad la llegada de los caballos. Pero no se oía nada aparte del chapaleteo del agua y algún que otro perro que ladraba en la distancia.
Estuve largo rato esperando, escuchando. Una luna rojiza flotaba sobre las montañas, se asomaba como un ojo entre las nubes y la niebla y proyectaba un mortecino resplandor rojizo sobre el lago y las laderas.
Al fin, me di la vuelta y regresé junto a las fogatas del campamento que brillaban débilmente entre la neblina. Pasé junto a la primera y oí a los hombres hablando tranquilamente, con voces que la niebla convertía en débiles murmullos. Pero me pareció oír además otra cosa. Me detuve y agucé el oído conteniendo el aliento...
Un ruido sordo, apagado y rítmico como el latido del corazón, resonaba en la oscuridad... pum... pum... pum. Por efecto de la niebla parecía provenir a la vez de todas direcciones. Cynan lo oyó también y se reunió conmigo.
—¿Qué puede ser? —me preguntó en un susurro.
—¡Shhh!
Permanecimos inmóviles. El sonido fue aumentando y haciéndose más claro. Pum-lump... pum-lump... pum-lump. Era el galope acompasado y sostenido de un caballo sobre la pedregosa playa.
—Tenemos visita —le dije a Cynan.
Avancé unos pasos por la playa en dirección a la trápala. La mano de metal me ardía con un frío helado. El jinete estaba más cerca de lo que suponía. Y de pronto lo vi: un jinete montado en un caballo pálido como la mismísima neblina se destacó entre los jirones de niebla; las herraduras del caballo levantaban chispas en el pedernal de la playa.
El jinete iba cubierto de los pies a la cabeza en bronce, que brillaba apagadamente a la débil luz de la luna. Su yelmo estaba coronado por un penacho de plumas y una extraña máscara le cubría la cara. Llevaba una larga lanza de bronce y un escudo pequeño y redondo, también de bronce, sobre el muslo. Calzaba escarpes de bronce y en las manos llevaba guanteletes cubiertos con escamas de bronce. La silla de montar, de esbeltos borrenes, estaba adornada con tachones de bronce. El caballo también iba armado: un casco de bronce con curvados cuernos le cubría la cabeza. Petos de bronce y grebas protegían al guerrero y a su montura.
Aunque jamás había visto a aquel jinete, lo reconocí. La banfáith me había prevenido hacía mucho tiempo, e incluso en medio de la mortecina niebla de la noche supe quién era: el Hombre Cínico.