44 - Sansa

—¿La pierna? —preguntó Jeyne, insegura. Era una chiquilla bonita, de pelo oscuro, y tenía la misma edad que Sansa—. ¿Es que Ser Loras se ha hecho daño en la pierna?
—No, él no, tonta —replicó Sansa mientras mordisqueaba con delicadeza un muslo de pollo—. La pierna de mi padre. Le duele tanto que está siempre de muy mal humor. Si no, habría enviado a Ser Loras, seguro.
La decisión de su padre le había parecido sorprendente. Cuando el Caballero de las Flores se adelantó, dio por seguro que estaba a punto de ver cómo cobraba vida una de las historias de la Vieja Tata. Ser Gregor era el monstruo, y Ser Loras el gran héroe que lo iba a matar. Hasta su aspecto era el de un gran héroe, porque era muy guapo y esbelto, con aquel cinturón de rosas doradas y aquella cabellera castaña que le caía sobre los ojos. ¡Y su padre lo rechazó! Aquello la había disgustado muchísimo. Se lo había dicho a la septa Mordane mientras bajaban de la galería, pero la mujer le respondió que no le correspondía a ella cuestionar las decisiones de su señor padre.
Y había sido entonces cuando Lord Baelish interrumpió su conversación.
—No sabría qué decir, septa. Su señor padre ha tomado algunas decisiones que él mismo habría hecho bien en cuestionar. La joven dama es tan sabia como hermosa. — Hizo una reverencia a Sansa, una inclinación tan profunda que la niña no supo si era un cumplido o una burla.
—La niña sólo hacía comentarios, mi señor —dijo la septa Mordane que se había puesto muy nerviosa al darse cuenta de que Lord Baelish se había enterado de su conversación—. Simple charla. No pretendía decir nada.
—¿Nada? —Lord Baelish se acarició la barbita puntiaguda—. Cuéntame, pequeña, ¿por qué habrías enviado tú a Ser Loras? —A Sansa no le quedó más remedio que hablarle de los héroes y los monstruos. El consejero del rey sonrió—. Bueno, no son precisamente los argumentos que habría planteado yo, pero... —Le acercó la mano al rostro y le siguió con el dedo la línea del pómulo—. La vida no es una canción, querida. Algún día lo descubrirás, y será doloroso.
A Sansa no le apetecía contarle todo aquello a Jeyne. De hecho, sólo con pensar en el tema se ponía nerviosa.
—La Justicia del Rey es Ser Ilyn, no Ser Loras —señaló Jeyne—. Lord Eddard debería haberlo enviado a él.
Sansa se estremeció. Siempre que veía a Ser Ilyn le pasaba lo mismo. Tenía la sensación de que le correteara una cosa muerta sobre la piel desnuda.
—Ser Ilyn es casi como otro monstruo. Me alegro de que mi padre no lo eligiera.
—Pues Lord Beric es tan héroe como Ser Loras. Es tan valiente, tan guapo...
—Sí, bueno... —titubeó Sansa.
Beric Dondarrion era atractivo, sin duda, pero también era muy viejo, tenía casi veintidós años. El Caballero de las Flores habría sido mucho mejor. Pero claro, Jeyne se había enamorado de Lord Beric desde la primera vez que lo vio en las justas. En opinión de Sansa, Jeyne se comportaba como una tonta. Al fin y al cabo no era más que la hija de un mayordomo, y por mucho que suspirase por él Lord Beric nunca se fijaría en alguien tan inferior, ni aunque la diferencia de edad no fuera tan abismal.
Pero habría sido una descortesía decir semejante cosa, así que Sansa bebió un sorbo de leche y cambió de tema.
—He soñado que el venado blanco era para Joffrey —dijo. En realidad no había sido un sueño, sino más bien un deseo, pero le costaba menos expresarlo de esa manera. Todo el mundo sabía que los sueños eran proféticos. Los venados blancos eran muy raros y mágicos, y Sansa sabía en su corazón que el valeroso príncipe era más digno de cazarlo que su padre borracho.
—¿Lo soñaste? ¿De verdad? ¿Qué pasaba, el príncipe Joffrey se acercaba al venado, lo acariciaba con la mano y no le hacía daño?
—No —respondió Sansa—. Lo mataba con una flecha dorada y me lo traía como prenda. —En las canciones los caballeros jamás mataban a las bestias mágicas, sólo se acercaban a ellas y las tocaban, sin hacerles daño, pero sabía que a Joffrey le gustaba la caza, sobre todo matar a las presas. Pero sólo mataba animales, claro. Sansa estaba segura de que su príncipe no había tenido nada que ver en el asesinato de Jory y el resto de los hombres; aquello había sido cosa de su malévolo tío, el Matarreyes. Sabía que su padre estaba muy enfadado, pero no era justo que le echara la culpa a Joff. Sería como hacerla responsable a ella por lo que hiciera Arya.
—Esta tarde he visto a tu hermana —dijo Jeyne, como si le estuviera leyendo la mente—. Estaba en los establos, caminando sobre las manos. ¿Por qué hace esas cosas?
—Nadie sabe por qué hace Arya las cosas que hace. —Sansa detestaba los establos, eran lugares malolientes llenos de estiércol y moscas. Incluso cuando iba a montar prefería que algún mozo le ensillara la montura y se la sacara al patio—. ¿Quieres que te cuente cosas de la corte de justicia, o no?
—Sí, sí —pidió Jeyne.
—Había también un hermano negro —siguió Sansa—, suplicaba hombres para el Muro, pero era muy viejo, y olía mal. —Aquello no le había gustado nada. Siempre había imaginado que los hombres de la Guardia de la Noche eran como su tío Benjen. En las canciones los llamaban «los caballeros negros del Muro». Pero aquel hombrecillo tenía la espalda encorvada, resultaba repugnante y parecía como si tuviera piojos. Si la Guardia de la Noche era así, se compadecía de su medio hermano bastardo, Jon.
—Mi padre preguntó si había presente algún caballero que quisiera honrar a su Casa vistiendo el negro, pero ninguno se adelantó, así que le dijo al tal Yoren que eligiera lo que quisiera de las mazmorras del rey y que se fuera. Luego llegaron dos hermanos, unos jinetes libres de las Marcas de Dorne, para poner sus espadas al servicio del rey. Mi padre les tomó juramento...
—¿No hay pastelitos de limón? —Jeyne bostezó.
—Vamos a ver —dijo Sansa. No le gustaba que la interrumpieran, pero hasta ella reconocía que un pastelito de limón sonaba más interesante que la mayor parte de lo que había acontecido aquella mañana en el salón del trono.
En la cocina no había pastelitos de limón, pero al final encontraron media tarta fría de fresas, que fue una buena alternativa. Se la comieron sentadas en los peldaños de la torre, entre risitas, chismorreos y secretos compartidos, y aquella noche Sansa se acostó con la sensación de ser casi tan traviesa como Arya.
Por la mañana se despertó antes de que amaneciera, y se dirigió medio adormilada hacia la ventana para ver cómo Lord Beric formaba a sus hombres. Emprendieron la marcha cuando las primeras luces empezaron a bañar la ciudad. Los precedían tres portaestandartes, el más alto con el emblema del venado coronado del rey, y por debajo el lobo huargo de los Stark y el rayo de Lord Beric a la misma altura. Era tan emocionante como una canción que cobrara vida: el tintineo de las espadas, el brillo de las antorchas, los pendones al viento, el piafar y relinchar de los caballos, el brillo dorado del amanecer en los barrotes del rastrillo que se alzaba... Los hombres de Invernalia eran los más guapos, con cotas de mallas plateadas y largas capas grises.
Alyn era el que llevaba el estandarte de los Stark. Al verlo cabalgar junto a Lord Beric, Sansa se sintió llena de orgullo. Alyn era aún más guapo de lo que fuera Jory; algún día sería caballero.
Tras su partida, la Torre de la Mano parecía tan desierta que Sansa incluso se alegró de ver a Arya cuando bajó a desayunar.
—¿Dónde están todos? —quiso saber su hermana, al tiempo que pelaba con las manos una naranja sanguina—. ¿Los ha enviado padre a perseguir a Jaime Lannister?
—Cabalgan junto a Lord Beric, para decapitar a Ser Gregor Clegane —repuso Sansa con un suspiro. Se volvió hacia la septa Mordane, que comía gachas con una cuchara de madera—. Septa, ¿Lord Beric clavará la cabeza de Ser Gregor en una lanza y la pondrá ante sus puertas, o se la traerá al rey? —Era una de las cosas que había comentado con Jeyne Poole la noche anterior, pero la septa puso cara de espanto.
—Una dama no habla de esas cosas durante el desayuno. ¿Has olvidado tusmodales, Sansa? Últimamente te portas casi tan mal como tu hermana.
—¿Qué hizo Gregor? —preguntó Arya.
—Quemó una aldea y asesinó a un montón de gente, incluso mujeres y niños.
—Jaime Lannister asesinó a Jory —dijo Arya con el ceño fruncido—, a Heward y a Wyl, y el Perro asesinó a Mycah. A ésos sí que tendrían que cortarles las cabezas.
—No es lo mismo —replicó Sansa—. El Perro es el escudo juramentado de Joffrey; y tu amiguito atacó al príncipe.
—Mentirosa —rugió Arya. Apretó la naranja sanguina con tanta fuerza que el jugo le corrió entre los dedos.
—Eso, insúltame, ahora que puedes —dijo Sansa en tono frívolo—. Cuando esté casada con Joffrey ya no te atreverás. Tendrás que hacerme reverencias y llamarme «Alteza». —Dejó escapar un grito cuando Arya le lanzó la naranja. Le dio en la frente con un golpe húmedo y le cayó en el regazo.
—Tenéis una mancha de zumo en la cara, Alteza —dijo Arya.
El zumo le goteaba por la nariz y le picaba en los ojos. Sansa se limpió con una servilleta. Cuando vio la mancha que le había dejado la fruta en el regazo del hermoso vestido de seda color marfil, dejó escapar otro grito.
—¡Eres odiosa! —chilló a su hermana—. ¡Tendrían que haberte matado a ti, y no a Dama!
—¡Vuestro padre se va a enterar de esto! —dijo la septa Mordane poniéndose de pie—. ¡Id a vuestras habitaciones, ahora mismo! ¡Ahora mismo!
—¿Yo también? —A Sansa se le llenaron los ojos de lágrimas—. ¡No es justo!
—No pienso discutir. ¡A vuestras habitaciones!
Sansa se alejó, con la cabeza bien alta. Iba a ser reina, y las reinas no lloraban, o no lloraban delante de nadie. Al llegar a sus habitaciones, cerró la puerta y se quitó el vestido. La naranja sanguina había dejado una gran mancha roja en la seda.
—¡La odio! —gritó. Hizo una bola con el vestido y lo lanzó a la chimenea, sobre las cenizas frías del fuego de la noche anterior. Entonces vio que la mancha había calado hasta las enaguas, y muy a su pesar se le escapó un sollozo. Se arrancó el resto de la ropa, se tumbó en la cama y lloró hasta que se quedó dormida.
Era ya mediodía cuando la septa Mordane llamó a su puerta.
—Sansa. Tu señor padre quiere verte ahora mismo.
—Dama —susurró Sansa mientras se sentaba en la cama. Por un momento fue como si la loba estuviera en la habitación, mirándola con sus ojazos dorados, tristes y sagaces. Comprendió que había estado soñando. En el sueño Dama la acompañaba, corrían juntas, y... y... Tratar de recordar era como intentar atrapar lluvia con los dedos. El sueño se esfumó, y Dama murió de nuevo.
—Sansa. —Volvieron a sonar golpes en la puerta—. ¿Me oyes?
—Sí, septa —respondió—. Necesito un momento para vestirme, por favor. — Tenía los ojos hinchados de llorar, pero hizo todo lo posible por ponerse guapa.
Cuando la septa Mordane la acompañó hasta las habitaciones de su padre, Lord Eddard estaba sentado ante un gran libro encuadernado en piel, con la pierna entablillada rígida bajo la mesa.
—Ven aquí, Sansa —dijo con voz no exenta de cariño, mientras la septa iba a buscar a su hermana—. Siéntate a mi lado.
Cerró el libro. La septa Mordane regresó con Arya, a la que casi tenía que arrastrar. Sansa se había puesto una hermosa túnica de damasco color verde claro y también una expresión de arrepentimiento en la cara, pero su hermana llevaba todavía las ropas desastradas de cuero que tenía durante el desayuno.
—Aquí está la otra —anunció la septa.
—Gracias, septa Mordane. Si tenéis la amabilidad, quiero hablar a solas con mis hijas.
La septa se inclinó y se marchó.
—Arya empezó —dijo Sansa a toda prisa, deseosa de ser la primera en hablar—. Me llamó mentirosa, me tiró una naranja y me estropeó el vestido, el de seda color marfil que la reina Cersei me regaló cuando me prometí al príncipe Joffrey. Me odia porque voy a casarme con el príncipe. Quiere estropearlo todo, padre, no soporta nada que sea bonito, ni lujoso, ni espléndido.
—Ya basta, Sansa. —La voz de su padre estaba cargada de impaciencia.
—Lo siento mucho, padre —dijo Arya alzando la vista—. Hice mal y ruego a mi querida hermana que me perdone.
—¿Y qué pasa con mi vestido? —consiguió decir Sansa al final. Se había sobresaltado tanto que, durante un momento, se había quedado sin habla.
—No sé... puedo lavártelo —dijo Arya, dubitativa.
—No se puede lavar —replicó Sansa—. Ni aunque lo frotaras un día entero. La seda está estropeada.
—Entonces te... te haré uno nuevo.
—¿Tú? —Sansa echó la cabeza hacia atrás en gesto desdeñoso—. Los trapos que tu coses no valen ni para limpiar pocilgas.
—No os he hecho venir para hablar de vestidos —dijo su padre después de soltar un suspiro—. Voy a enviaros de vuelta a Invernalia.
Sansa se encontró sin palabras por segunda vez. Se le volvieron a llenar los ojos de lágrimas.
—No es posible —dijo Arya.
—Por favor, padre —consiguió decir Sansa al final—. Por favor, no.
—Al menos hemos encontrado un tema en el que estáis de acuerdo. —Eddard Stark dirigió a sus hijas una sonrisa cansada.
—Yo no he hecho nada malo —le suplicó Sansa—. No quiero volver. —Le encantaba estar en Desembarco del Rey, el boato de la corte, la presencia de grandes damas y señores, con ropajes de terciopelo y seda, y con joyas; la gran ciudad y sus habitantes. Los días del torneo habían sido los más mágicos de su vida, ¡y aún le faltaba tanto por ver...! Las fiestas de la cosecha, los bailes de máscaras, las representaciones de comediantes... No soportaba la idea de perderse todo aquello.
—Envía a Arya de vuelta, ella empezó, padre, te lo juro. Seré buena, ya lo verás, deja que me quede y te prometo que seré tan cortés y tan noble como la reina.
—Si os envío de vuelta no es por la pelea, Sansa —dijo su padre con una mueca extraña—, aunque bien saben los dioses que estoy harto de vuestras riñas. Quiero que volváis a Invernalia porque allí estaréis a salvo. Asesinaron a tres de mis hombres como perros a una legua de este lugar, ¿y qué hace Robert? Se va de caza.
Arya se mordisqueaba el labio, en su habitual mueca repugnante.
—¿Puede venir Syrio con nosotras?
—¿Y a quién le importa tu estúpido maestro? —estalló Sansa—. Padre, acabo de caer en la cuenta, no puedo marcharme, me voy a casar con el príncipe Joffrey. —Trató de dedicarle una sonrisa valiente—. Lo amo, padre, lo amo de todo corazón, lo amo tanto como amaba la reina Naerys al príncipe Aemon, el Caballero Dragón, tanto como amaba Jonquil a Ser Florian. Quiero ser su reina, y darle muchos hijos.
—Pequeña —suspiró su padre—, presta atención. Cuando seas mayor, concertaré tu matrimonio con un gran señor que sea digno de ti, con alguien valiente, bueno y fuerte. Tu compromiso con Joffrey ha sido un gran error. Tienes que creerme, ese chico no es como el príncipe Aemon.
—¡Sí que lo es! —insistió Sansa—. Y no quiero a nadie valiente y bueno, lo quiero a él. Seremos felices por siempre jamás, igual que en las canciones, ya lo verás. Le daré un hijo de cabellos dorados, que algún día será el rey más grande que se haya visto, valiente como el lobo y orgulloso como el león.
—Imposible, con un padre como Joffrey —dijo Arya haciendo una mueca—. Es un mentiroso y un cobarde. Además, es un venado, no un león.
—¡No! —A Sansa le escocían las lágrimas en los ojos—. No tiene nada que ver con el borracho del rey —gritó a su hermana, tan dolida que había olvidado toda su educación.
—Dioses —maldijo su padre entre dientes, mirándola de una manera muy extraña—. De la boca de los borrachos y los niños... —Llamó a gritos a la septa Mordane y se volvió hacia las niñas—. Estoy buscando una galera mercante rápida que os lleve a casa. En estos tiempos que corren es más seguro viajar por mar que por el camino real. Embarcaréis en cuanto encuentre la nave adecuada, con la septa Mordane, un grupo de guardias... y sí, también con Syrio Forel, si quiere entrar a mi servicio. Pero no digáis nada, ¡a nadie! Es mejor que nadie conozca nuestros planes. Volveremos a hablar mañana por la mañana.
Sansa no dejó de llorar en todo el camino mientras la septa Mordane las guiaba escaleras abajo. Se lo iban a quitar todo: el torneo, la corte, a su príncipe, todo, y la iban a devolver a los muros grises de Invernalia, donde se quedaría encerrada para siempre. Su vida había terminado antes incluso de empezar.
—Deja de llorar, niña —ordenó la septa Mordane—. Estoy segura de que vuestro señor padre sabe qué os conviene.
—No va a ser tan malo, Sansa —dijo Arya—. Navegaremos en una galera. Será una aventura, y volveremos a estar con Bran y con Robb, con la Vieja Tata, con Hodor y con todos los demás. —Extendió la mano para acariciarle el brazo.
—¡Hodor! —chilló Sansa—. Tendrías que casarte con Hodor, porque eres igual que él, ¡estúpida, peluda y fea!
Esquivó la mano de su hermana, entró corriendo en su habitación y cerró la puerta.