34 - La trampa

Sinuosa como una culebra, la carretera descendía serpenteando hacia el valle. Aunque ya había presenciado el tremendo espectáculo, sentí de nuevo idéntica conmoción... como si me atenazaran la garganta. Era muy temprano, pero los enlodados obreros ya estaban pululando como gusanos por los montones de escoria y por las zanjas. Al otro lado de la presa, la esbelta chimenea vomitaba sus nocivas fumarolas entre el apagado estruendo de la escondida maquinaria.
Mis compa√Īeros contemplaban con ojos vidriosos y expresi√≥n at√≥nita la enfangada desolaci√≥n que nos rodeaba. Incapaces de entender el enajenado af√°n de los desdichados trabajadores, los guerreros se limitaban a mirarlos asombrados y segu√≠an adelante.
Habíamos dividido a los guerreros en tres secciones, cada una de ellas bajo el mando de un jefe de batalla: Scatha, Cynan y yo; todos a pie. Sólo la Bandada de Cuervos iba a caballo, pues de este modo Bran podría recorrer con facilidad el campo de batalla y acudir al lugar donde más se lo necesitara. Yo había juzgado que a los demás no nos servirían de nada los caballos; sin ellos podríamos aprovechar mejor la protección que nos depararían los agujeros y los montones de pedruscos. Tegid, Gwion y Nettles se habían quedado en la retaguardia para vigilar el resto de los caballos. Como en la batalla contra Meldron, el Bardo Supremo quería supervisar el combate y sostenernos al modo bárdico.
Los guerreros de Cynan descendieron hasta el valle y se dirigieron hacia la presa siguiendo la orilla del contaminado lago; yo conduje a los m√≠os por el camino que avanzaba un poco m√°s arriba; Scatha y los suyos se abr√≠an paso por la orilla opuesta del lago, intentando camuflarse en el moteado paisaje. Bran avanzaba detr√°s de nosotros a considerable distancia, de modo que cuando me deten√≠a a mirar atr√°s no pod√≠a divisar por ning√ļn lado a la Bandada de Cuervos.
El primer disparo sobrevino sin previo aviso. O√≠ el silbido de una bala y el seco impacto en la ladera un poco m√°s abajo de donde est√°bamos. Al instante, el sonido reson√≥ en el valle con el estr√©pito de un √°rbol al derrumbarse. Indiqu√© a los hombres que se echaran al suelo. Algunos disparos m√°s se estrellaron contra la ladera. Nervioso e indisciplinado, nuestro enemigo hab√≠a sido incapaz de esperar a que nos acerc√°ramos y abri√≥ fuego demasiado pronto. Tal circunstancia nos dio ocasi√≥n de averiguar su posici√≥n y calcular su contingente sin correr ning√ļn riesgo.
Las espirales de humo blanco que vomitaban las pistolas nos indicaron que el enemigo se había apostado a lo largo de la presa. Escruté el valle y la orilla opuesta del lago y vi que Scatha y Cynan se habían detenido y habían localizado su emplazamiento. Los enemigos nos habían visto a nosotros en la carretera, tal como yo había previsto, pero ni siquiera se les había ocurrido mirar en otra dirección.
—Semejante estupidez se verá recompensada —murmuré al guerrero que estaba a mi lado.
¬óProcuraremos ser generosos, se√Īor ¬óobserv√≥ el hombre secamente.
Las balas chocaron contra las pe√Īas, debajo de nosotros, un buen rato y luego ces√≥ el fuego. Indiqu√© a los hombres que se mantuvieran agachados y reanudamos la marcha lentamente, alerta al silbido de las balas y al revelador humillo blanco que indicaba la presencia de un pistolero. Me reconfortaba pensar que, como nuestros enemigos hab√≠an concentrado toda su atenci√≥n en nosotros, no se hab√≠an percatado de que Scatha y Cynan se les estaban acercando.
Si consegu√≠a entretenerlos un rato, los otros podr√≠an acerc√°rseles sin correr ning√ļn riesgo.
Alcé la mano e indiqué a los guerreros que se detuvieran. Ya casi estábamos a tiro de las pistolas.
—¡Manteneos agachados! —les dije—. Y esperad mis órdenes.
Luego me levanté y blandiendo la lanza y el escudo me puse a gritar:
¬ó¬°Cobardes! ¬°Salid de vuestros escondrijos y venid a luchar como hombres!
Sabía perfectamente que el enemigo no me entendía, pues para envalentonar a mis guerreros había hablado en la lengua de Albión.
¬ó¬ŅPor qu√© os agazap√°is como sabandijas en vuestros agujeros? ¬óme burl√©¬ó. ¬°Venid! ¬°Combatamos cara a cara!
Mi treta dio resultado. Los enemigos abrieron fuego. Las balas rebotaron en los montones de escoria levantando polvo y astillas, pero sin acertar en el blanco. Utilizaban pistolas y rifles ligeros. Si hubieran dispuesto de armas de mayor calibre, los disparos habrían sido más largos y certeros.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° vuestro jefe de batalla? ¬ógrit√©, y mi voz reson√≥ al chocar en la pared lisa de la presa¬ó. ¬ŅD√≥nde est√° vuestro capit√°n? ¬°Que venga y lucharemos cara a cara!
Mis gritos suscitaron una lluvia de balas desde la presa; los guerreros y yo nos echamos a re√≠r. Tras haberme asegurado de que no corr√≠amos ning√ļn peligro, les orden√© que se pusieran en pie. Siguiendo mi ejemplo, tambi√©n ellos se pusieron a gritar retando a los enemigos para que dieran la cara y lucharan como verdaderos guerreros. Los disparos alcanzaron un enloquecido frenes√≠ y una espesa humareda blanca se alz√≥ detr√°s de la presa.
¬ó¬ŅCu√°ntos calculas que hay? ¬óle pregunt√© al guerrero que estaba junto a m√≠.
¬óQuince ¬órepuso.
Yo también había calculado la misma cifra. Era previsible que quince hombres con pistolas tuvieran que derrotar a sesenta armados tan sólo con lanzas... y nosotros éramos algunos menos. Pero dada la torpeza estratégica que habían demostrado aquellos quince hombres, era evidente que aquel día no se iba a imponer la superioridad de las armas.
Scatha, aguda como la hoja que empu√Īaba, se apresur√≥ a sacar provecho de nuestra estratagema. En dos r√°pidos y vertiginosos avances ella y sus guerreros llegaron a la presa, la cruzaron y descendieron por el otro lado. Cynan sigui√≥ su ejemplo y desapareci√≥ tras la presa mientras nosotros aull√°bamos y bail√°bamos como dementes para atraer la atenci√≥n y las balas del enemigo.
Durante todo el tumulto, los enfangados esclavos segu√≠an trabajando, sin apenas alzar la cabeza cuando las balas les pasaban por encima. ¬ŅEstaban tan enajenados que ni siquiera se daban cuenta o les preocupaba lo que ocurr√≠a a su alrededor?
Los disparos cesaron de pronto... Pero la trampa ya se había cerrado.
¬óAhora debemos encontrar una manera de hacerlos salir de sus escondrijos para que Cynan y Scatha puedan atacarlos ¬ódije, pensando en voz alta.
¬óLa lujuria de la batalla ha hecho presa en ellos ¬ódijo el guerrero que estaba a mi lado¬ó. Est√°n ansiosos por matar.
—Veamos, pues, si su ansia les hace perder la razón. Formaremos una línea de escudos.
Di la orden y los guerreros ocuparon sus puestos a mi lado. Formamos una línea hombro con hombro y comenzamos a avanzar lentamente carretera adelante.
—¡Alzad los escudos! —grité.
Todos antepusimos los escudos trab√°ndolos por los bordes y seguimos adelante.
El enemigo se abstuvo de disparar. Pese a que nos habíamos arriesgado a avanzar bastante, seguían sin abrir fuego.
—¡Alto! —ordené alzando mi mano de plata.
La estratagema no había dado resultado; no habíamos atraído al enemigo hacia terreno descubierto. Si nos acercábamos más, las balas podrían atravesar nuestros escudos de roble y hierro.
—¡Cobardes! —grité hacia la presa. Estábamos lo bastante cerca para ver los agujeros poco profundos que los enemigos habían practicado en la parte superior de la presa—. ¡Pérfidos! ¡Escuchadme! ¡Somos los Gwr Gwir! ¡Salid de vuestros agujeros y os mostraremos de lo que son capaces los guerreros de verdad!
Los guerreros comenzaron entonces a golpear sus escudos y a insultar a los emboscados enemigos. El golpeteo de las lanzas contra los escudos devino en resonante estruendo. Los enemigos no pudieron resistir la tentación de un blanco tan fácil y comenzaron a disparar. Las balas se estrellaron contra las piedras a nuestros pies. Ordené a mis hombres que retrocedieran dos pasos.
La tentación había sido tan grande que los enemigos se decidieron por fin a abandonar sus escondites y avanzaron gritando.
Sus primeros disparos alcanzaron las piedras a pocos pasos de nuestra posición. Un guerrero pudo esquivar una bala que rebotó oblicua en el suelo. Otra alcanzó el borde de mi escudo; sentí que la madera se estremecía al impacto. Había llegado el momento de retroceder.
—¡Atrás! —grité—. ¡Tres pasos más!
La línea retrocedió y se detuvo de nuevo; prosiguieron las burlas y rechiflas. Al ver que no nos acercábamos más, los enemigos se lanzaron al ataque.
Apenas habían abandonado sus escondrijos cuando Scatha y Cynan surgieron entre la humareda detrás de ellos. Los pistoleros habían caído en la trampa.
Aterrorizados, se dieron la vuelta y dispararon enloquecidamente. Dos de ellos cayeron víctimas de su propia incompetencia. Uno de los hombres de Cynan recibió un impacto a través del escudo y cayó al suelo. El enemigo que le había disparado pagó con creces su acción cuando una lanza se le clavó en el vientre. El hombre se derrumbó debatiéndose y gritando.
Aquel simple hecho precipitó el fin de la lucha y los demás comenzaron a gritar que se rendían, mientras arrojaban al suelo sus armas.
—¡Lo hemos logrado! —grité—. ¡Vayamos a reunirnos con nuestros hermanos de armas!
Corrimos carretera abajo hacia la presa. Ech√© una r√°pida ojeada hacia atr√°s, pero no vi por ninguna parte a la Bandada de Cuervos. ¬ŅQu√© los habr√≠a entretenido?
—¡Magnífico, Pen-y-Cat! ¡Bien hecho, Cynan! —exclamé.
Al mirar entre la turbamulta de guerreros me sorprendí agradablemente al ver que el hombre que había sido alcanzado por el disparo estaba de nuevo en pie. Tenía el escudo abollado en la parte superior izquierda, estaba pálido y sangraba por el hombro, pero no parecía haber sufrido ninguna herida de gravedad.
Su atacante no había sido tan afortunado. La lanza había hecho un buen trabajo. El hombre yacía en el suelo, inmóvil; ya no gritaba.
Ordené a los guerreros que se apoderaran de las pistolas del enemigo:
¬óReunid sus armas y arrojadlas al lago.
Scatha y Cynan habían alineado a los doce enemigos supervivientes.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Weston? ¬ópregunt√© utilizando su lengua.
Nadie respondió. Hice una sena a Cynan que se adelantó y golpeó a uno de los hombres en el pecho con el extremo de su lanza. El hombre se derrumbó como una piedra y rodó por el suelo con los ojos desorbitados y la boca abierta, incapaz de respirar.
¬óOs lo preguntar√© otra vez: ¬Ņd√≥nde est√° el tal Weston?
Los prisioneros se miraron angustiados unos a otros, pero no contestaron. Cynan recorrió con parsimonia la fila; se detuvo ante uno de los hombres y alzó la lanza. El hombre se encogió.
—¡Espera, espera! —gritó moviendo las manos.
Cynan mantuvo la lanza en alto.
¬ó¬ŅY bien? ¬ólo urg√≠¬ó. Habla.
¬óWeston est√° en el molino ¬óbalbuci√≥ el hombre, se√Īalando hacia la chimenea que se alzaba detr√°s de √©l¬ó. Est√° vigilando el molino.
¬ó¬ŅCu√°ntos hombres est√°n con √©l? ¬óle pregunt√©.
¬óTres o cuatro, creo ¬órepuso el hombre¬ó. Eso es todo.
¬ó¬ŅHay alguien m√°s?
El hombre parecía reacio a contestar y Cynan blandió de nuevo el extremo de la lanza.
—¡No! —se apresuró a responder el hombre—. No hay nadie más. ¡Lo juro!
Miré hacia el complejo de edificios bajo la presa. Weston se escondía en el molino con tres o cuatro hombres armados. Hacerlos salir sería difícil y costoso. Alcé mi mano de plata y ordené a cuatro guerreros que se llevaran a los prisioneros.
¬óAtadlos bien ¬ódije¬ó. Y vigiladlos. Procurad que no se escapen.
Llamé a Scatha y a Cynan y les conté lo que había averiguado.
¬ó¬ŅQu√© suger√≠s que hagamos? ¬óles pregunt√©.
Cynan fue el primero en replicar:
¬óNo vale la pena poner en peligro la vida de nobles guerreros por esos despreciables extranjeros ¬ódijo con el mayor de los desdenes.
¬óAun as√≠, hemos apresado a sus hombres y por tanto no podemos consentir que su jefe quede impune ¬órepuse¬ó. ¬ŅQu√© opinas t√ļ, Pen-y-Cat? ¬ópregunt√©, dirigi√©ndome a Scatha.
Scatha contemplaba pensativamente la humeante chimenea.
—Con el humo se cura el pescado. Quizá también podamos ahumar a esos enemigos.
Fue muy fácil escalar la chimenea y atascarla con unos cuantos mantos. Al poco rato el humo empezó a salir entre las junturas del tosco edificio, tan precariamente construido.
Nos pusimos en marcha y atravesamos el recinto con toda cautela. Al acercarnos oímos un portazo y un motor que se ponía en marcha; poco después una camioneta surgió detrás del edificio y pasó a nuestro lado a toda velocidad. Los guerreros se quedaron boquiabiertos mientras el vehículo se alejaba entre una nube de polvo y gravilla. Algunos guerreros le arrojaron pedruscos y le rompieron las ventanillas laterales, pero la camioneta llegó a la carretera, giró y se alejó valle arriba por otra carretera.
—Nunca los podríamos alcanzar a pie —observé, contemplando cómo el vehículo desaparecía entre las colinas.
Me volví hacia Cynan y le ordené:
—Envía hombres a buscar los caballos. Los seguiremos —dije dirigiéndome a Scatha—. Si Nettles está en lo cierto, nos conducirán hasta donde están Siawn Hy y Paladyr.
Nos pusimos en marcha siguiendo las rodadas del coche y, temeroso de alguna emboscada, envi√© por delante a algunos exploradores. Segu√≠amos deprisa el ascendente sendero, que a cierta distancia comenz√≥ a alejarse de Cwm Gwaed y a internarse en las monta√Īas.
Ordené un alto en la cima de una colina, cerca de un arroyuelo.
—Descansaremos aquí y aguardaremos a que traigan los caballos —les dije.
Cuando est√°bamos ya a punto de perder de vista el valle mir√© hacia atr√°s por √ļltima vez.
¬ó¬ŅD√≥nde estar√° Bran? ¬óme pregunt√© en voz alta¬ó. ¬ŅQu√© puede haberle ocurrido?
¬óNo te preocupes por Bran ¬ódijo Scatha¬ó. Estar√° donde m√°s se lo necesite.
—Tienes razón, Pen-y-Cat —asentí—. Pero me gustaría que mi jefe de batalla cabalgara a mi lado.
Apenas hab√≠a pronunciado estas palabras cuando o√≠mos un disparo procedente del otro lado de la colina. Corrimos a la cima y vimos que la camioneta amarilla hab√≠a sido atrapada en un estrecho desfiladero y estaba atravesada en un arroyuelo poco profundo bordeado de pe√Īas. Bran y los Cuervos cabalgaban en torno al veh√≠culo gritando y blandiendo las lanzas. Dos hombres disparaban desde las destrozadas ventanas del coche.
Nos apresuramos a acudir en su ayuda, ordenando a gritos a los Cuervos que se retiraran. Sería fácil arreglárselas con los cuatro individuos de la camioneta y no quería que ninguno de mis guerreros resultara herido por una bala perdida. Los Cuervos abandonaron el coche y se retiraron hasta nuestra posición, fuera del alcance de la mortal descarga del rifle.
Los disparos continuaron unos momentos y luego cesaron.
—No os vi desde el valle —le dije a Bran—. Estaba inquieto y me preguntaba qué os habría pasado.
—Paladyr atacó el campamento —me informó el jefe de los Cuervos— Corrimos en ayuda de Tegid y pusimos en fuga al enemigo. Los perseguimos, pero los perdimos en esas colinas. Cuando vimos al tut-hóg-ar-rhodau a toda velocidad, creí prudente impedirle la fuga.
El motor de la camioneta gimió, luego rechinó el cambio de marchas, patinaron las ruedas y el vehículo salió del arroyo y huyó del valle.
—Seguidlo —le dije a Bran—, y no lo perdáis de vista, pero no intentéis detenerlo y no os acerquéis demasiado. El rastro que deja es muy claro; no pueden escapar. He enviado hombres en busca de los caballos; os alcanzaremos tan pronto como lleguen.
La Bandada de Cuervos emprendi√≥ la persecuci√≥n; mientras nosotros regres√°bamos a la colina a aguardar a los caballos, o√≠mos procedente del otro lado de la colina una apagada tr√°pala de pezu√Īas.
—Es Tegid con los caballos —le dije a Cynan, y al instante apareció el primer guerrero en la cima de la colina.
Pero no era Tegid quien apareció agitando la lanza; y los guerreros a caballo que surgieron tras él eran desconocidos.
Habíamos caído en una trampa.