32 - Extranjeros

Observ√© el valle. La carretera parec√≠a una estrecha cicatriz que serpenteaba monta√Īa abajo, hasta perderse entre el humo y el polvo. Todo mi cuerpo present√≠a el significado de la se√Īal: era la evidencia inequ√≠voca de un asentamiento humano. El fin de nuestro viaje estaba cerca. No sent√≠a pavor alguno.
¬ó¬ŅPor qu√© has dicho pavor? ¬ópregunt√≥ Cynan a Tegid.
¬óMira c√≥mo se levanta en nubes de humo y polvo ¬órepuso el bardo extendiendo las manos con los dedos separados¬ó, mira c√≥mo proyecta su sombra sobre esa desgraciada tierra. Ante nosotros yace una insondable angustia y un insondable pavor. Nuestra b√ļsqueda ha terminado ¬óa√Īadi√≥ bajando las manos y la voz.
¬ó¬ŅGoewyn est√° ah√≠?
¬ó¬ŅY T√°ngwen? ¬ópregunt√≥ Cynan con creciente impaciencia¬ó. ¬°Mo anam, hermanos! ¬ŅPor qu√© perder m√°s tiempo? Apresur√©monos a liberarlas inmediatamente. ¬ŅHay algo que nos lo impida? ¬óa√Īadi√≥ mir√°ndonos ansiosamente.
Si hubiera sido por Cynan habríamos hecho sonar el carynx de batalla y nos habríamos lanzado precipitadamente hacia el valle. Pero prevaleció la sangre fría de Bran.
—A buen seguro, Paladyr nos está aguardando —dijo recordándonos las almenaras que habíamos avistado—. Probablemente conoce nuestra fuerza y en cambio nosotros no conocemos la suya. Deberíamos averiguar el contingente del enemigo antes de comenzar la batalla.
¬óEntonces vayamos ¬óle respond√≠¬ó. T√ļ y yo iremos a explorar el terreno.
—Yo también iré con vosotros —se apresuró a ofrecerse Cynan echando a andar.
Yo posé mi mano de plata en su pecho.
¬óT√ļ qu√©date aqu√≠, hermano. Iremos Bran y yo. T√ļ debes aprestar a los guerreros y aguardar nuestro regreso.
¬óTambi√©n han raptado a mi esposa ¬ógru√Ī√≥ √©l¬ó. ¬ŅAcaso lo has olvidado?
—No lo he olvidado. Pero necesito que prepares a los hombres —repliqué—, y que te pongas al frente de ellos en el caso de que no regresemos.
Cynan frunció el entrecejo, pero vi que lo había convencido.
¬óVolveremos enseguida ¬óa√Īad√≠¬ó, tan pronto como hayamos averiguado lo que precisamos conocer.
Cynan cedió malhumorado.
—Id, pues. Nos encontraréis preparados cuando regreséis.
Bran escogió dos caballos y mientras montábamos, Tegid cogió las riendas del mío y me detuvo.
—Me preguntaste qué podía haber despertado la ancestral maldad de la Tierra Maldita —me dijo.
¬ó¬ŅSabes ya la respuesta?
¬óNo ¬óconfes√≥¬ó, pero s√≠ s√© algo: encontraremos la respuesta ah√≠ abajo ¬óy se√Īal√≥ hacia el valle cubierto de humo.
—Entonces iré a aclarar ese misterio —le dije.
Bran y yo emprendimos el descenso hacia el anchuroso valle. Enormes pe√Īascos bordeaban la carretera. Plane√°bamos cabalgar hasta el calinoso humo y luego dejar los caballos donde pudi√©ramos encontrarlos f√°cilmente cuando lo precis√°ramos. Continuar√≠amos a pie y nos acercar√≠amos tanto como pudi√©ramos.
Cabalgábamos en silencio, con todos los sentidos alerta. Bran llevaba una lanza y yo la espada desenvainada. Pero no oímos nada salvo la trápala de nuestros caballos sobre la carretera, y no vimos nada salvo el humo que ondeaba como las olas de un sucio océano. Fuimos descendiendo siguiendo la escarpada carretera que serpenteaba camino del valle. Yo contemplaba el ondulante humo a medida que nos íbamos acercando.
Al cabo de un rato desmontamos, condujimos los caballos fuera de la carretera y los atamos tras una pe√Īa. Las briznas de hierba que crec√≠an al pie de la perla los mantendr√≠a entretenidos hasta que regres√°ramos. Luego proseguimos a pie casi cegados por la calina. El humo acre nos quemaba los ojos, pero nosotros avanz√°bamos vigilantes, tomando toda clase de precauciones y deteni√©ndonos a escuchar cada pocos pasos. Despu√©s de llegar hasta tan lejos, no pod√≠amos permitir que un peque√Īo descuido arruinara nuestra empresa.
Corríamos de roca en roca y escrutábamos la carretera antes de iniciar cualquier movimiento. Al cabo de un rato comencé a oír un tamborileante ruido, profundo y bajo, como el pulso de la tierra latiendo en el subsuelo. El rítmico sonido me resonaba en el estómago y ascendía por las plantas de mis pies. Bran también lo oyó.
¬ó¬ŅQu√© es eso? ¬ópregunt√≥ cuando nos detuvimos de nuevo.
¬óViene del valle.
La capa de humo se iba aclarando a medida que descendíamos y comprendí que no tardaríamos en encontrarnos debajo de ella.
¬óAh√≠ ¬ódije se√Īalando un voluminoso pe√Īasco angular que sobresal√≠a a un lado de la carretera¬ó. Podremos ver mejor desde ah√≠.
Echamos a correr hacia el pe√Īasco siguiendo la sinuosa pendiente. El tamborileante zumbido iba en aumento. Al llegar al pe√Īasco nos detuvimos a descansar y a avistar el panorama.
La humareda formaba un techo denso y oscuro sobre nuestras cabezas. Ante nosotros se abr√≠a un desolado paisaje: el anchuroso valle era una hondonada vasta y yerma; innumerables pedruscos rojizos se amontonaban en inestables monta√Īas que, en sucesivos niveles, se cern√≠an sobre zanjas y agujeros excavados en una tierra de intenso rojo rutilo, como furiosas cuchilladas en carne tumefacta.
Penachos de espeso humo surgían de zanjas y agujeros y también de hogueras que ardían en las laderas de los montones de escoria. Y junto con la humareda se elevaba también un hedor a excrementos humanos, entremezclado con el de carne podrida y agua corrompida. Era tan insoportable que nos irritaba la garganta.
Arrastrándose en tal infernal paisaje, pululando entre los montones de escoria y entre las zanjas, había miles de hombres y mujeres que se movían como un enjambre de termitas, cavaban como hormigas y se afanaban como incansables abejas obreras; más que humanos parecían, en efecto, insectos. Medio desnudos y cubiertos de polvo, barro y humo, aquellos desdichados caminaban pesadamente transportando enormes fardos sobre sus espaldas, subían por desvencijadas escaleras de mano y se descolgaban por sogas; parecían trabajar con embotada y firme resolución, transportando sacos de cuero y cestos de mimbre llenos de tierra. El valle entero, de una inimaginable desolación, parecía agitarse con aquel pululante y palpitante tumulto.
Contemplamos la devastada hondonada esforzándonos por comprender la metódica y meticulosa minuciosidad de su desolación; pero no podíamos salir de nuestro asombro y consternación. Yo me sentía enfermo, mareado ante el horripilante alcance de la destrucción.
—Son como gusanos que se alimentan de un cadáver putrefacto —murmuró Bran.
En otros tiempos, un turbulento y cristalino arroyo había cruzado el valle. Pero en un extremo habían construido una presa y las aguas se habían remansado en un estrecho lago cubierto de espuma y de lodo rojizo. Detrás de la presa, por una enorme chimenea, una columna de humo entre anaranjado y marrón salía a bocanadas como si siguiera el ritmo del palpitar de la tierra. La humareda ascendía lentamente e iba espesando el denso dosel de suciedad que pendía sobre el desolado valle.
Me llev√≥ un tiempo deducir que lo que estaba mirando era una tosca y rudimentaria mina. Pero las excavadoras y vagonetas eran seres humanos: hombres, mujeres y ni√Īos enlodados, sucios, empapados.
—¡Es una mina! —balbucí.
Bran asintió con rostro inexpresivo.
¬ó¬ŅCrees que est√°n extrayendo hierro?
—Seguramente. Pero me gustaría verlo desde más cerca.
Salimos de nuestro escondrijo y reanudamos el descenso. La carretera dibujaba una curva que se alejaba del valle y bordeaba un recodo entre las monta√Īas. En un punto determinado, el muro de roca se alzaba vertical a la izquierda de la carretera y descend√≠a a pico por la derecha. Por la escarpadura ca√≠a una cascada que formaba en la carretera una charca poco profunda y se precipitaba en el vac√≠o por el otro lado. Las aguas hab√≠an arrastrado, desde lo alto de la pared rocosa, sedimentos y lodo que hab√≠an formado una especie de cauce. Al cruzar el arroyuelo vi algo entre el barro que me oblig√≥ a detenerme en seco.
Tend√≠ una mano hacia Bran que se qued√≥ inm√≥vil lanza en ristre y ech√≥ una r√°pida mirada tratando de localizar el peligro. Al no ver nada, me mir√≥. Yo se√Īal√© el barro a mis pies. El jefe de los Cuervos mir√≥ largo rato la huella y luego se inclin√≥ para examinarla mejor.
¬ó¬ŅSabes qu√© la ha producido? ¬ópregunt√≥.
—Sí —repuse.
La sangre se me agolpó en las sienes y me sentí mareado y enfermo.
—Es un... —hice una pausa buscando las palabras adecuadas para hacérselo entender—. Una rueda —dije al fin.
De rodillas, Bran tocó con las yemas de los dedos el intrincado dibujo en el barro.
¬óJam√°s he visto una rueda parecida.
¬óLa ha hecho un...
Antes de que pudiera acabar la frase, o√≠ un rumor extra√Īamente familiar.
¬ó¬°Deprisa! Salgamos inmediatamente de la carretera.
Bran oyó el sonido pero no hizo el menor movimiento. Frunció el entrecejo y ladeó la cabeza para escuchar mejor, inconsciente del peligro. Lo agarré por el brazo y lo empujé con violencia.
¬ó¬°Deprisa! ¬°No deben vernos!
Atravesamos corriendo la carretera y nos arrojamos a la cuneta. Poco despu√©s vislumbr√© una r√°faga de color amarillo y el apagado destello de un cristal oscuro, mientras el veh√≠culo pasaba a toda velocidad justo encima de nuestras cabezas. Al llegar al arroyo aminor√≥ la velocidad y el cambio de marchas rechin√≥ al reducir; luego el motor rugi√≥ con un extra√Īo ruido, como si se le revolvieran las tripas, y el coche sigui√≥ su marcha.
Nosotros permanecíamos inmóviles con las caras pegadas al suelo. Cuando el coche hubo desaparecido, Bran alzó la cabeza con una expresión de asombro en el rostro.
—Era una especie de carro —le expliqué—. Procede de mi mundo. Es lo que dejó esas marcas en el barro.
—Un objeto endemoniado, sin duda —comentó él.
¬óNo encaja en modo alguno en este mundo ¬órepuse levant√°ndome¬ó. Vamos. Debemos darnos prisa antes de que vuelva a aparecer.
Trepamos de nuevo a la carretera y caminamos deprisa. Bran miraba constantemente hacia atr√°s, temeroso de que alguno de aquellos extra√Īos carros se le echara encima. Pero la carretera estaba desierta y abajo tampoco se ve√≠a el menor movimiento.
La aparici√≥n del coche me sorprendi√≥ y perturb√≥ m√°s de lo que esperaba. Pero no ten√≠a tiempo para considerar las implicaciones de aquel hecho. Urg√≠a m√°s que nunca averiguar la fuerza y la posici√≥n del enemigo. Por eso corr√≠ carretera abajo, ocult√°ndome tras las pe√Īas y deteni√©ndome s√≥lo para recuperar el aliento y seguir adelante. Bran corr√≠a detr√°s de m√≠ y as√≠ llegamos por fin al valle y nos apostamos sin ser vistos tras los montones de escoria y pedruscos.
Comenzó a caer una lluvia sucia que dejaba en la piel unos goterones bordeados de negro. Los trabajadores no parecían notarla. El polvo rojizo se fue convirtiendo poco a poco en un lodo también rojizo, y el valle se transformó en un vasto cenagal. Sin embargo, los obreros seguían trabajando.
Bran y yo nos arrastramos hasta un pe√Īasco bastante voluminoso y nos dispusimos a observar. Lo primero que atrajo mi atenci√≥n, tras la sorpresa ante tanta desolaci√≥n y la presencia de los dyn dythri, los extranjeros del Otro Mundo, fue el incansable trabajo de los mineros. Seg√ļn observ√©, no hab√≠a ni vigilancia ni capataces. Nadie dirig√≠a la fren√©tica labor. Esclavizados por un invisible l√°tigo, aquellos hombres cubiertos de lodo trabajaban encorvados bajo el peso de sus fardos y se afanaban entre la inmundicia, el fango y el holl√≠n.
¬ęPobres e ignorantes bestias¬Ľ, pens√©, y me pregunt√© qui√©n o qu√© los habr√≠a esclavizado.
En la parte más alejada del valle había un sendero de troncos que atravesaba el lodazal. Vi cómo los hombres se encaminaban hacia allí desde los agujeros y las zanjas y lo recorrían penosamente en dirección a la presa. El camino atravesaba la presa y luego desaparecía de la vista descendiendo hacia la humeante chimenea, que parecía ser el punto de destino de los obreros.
Me pregunté si aquellos desgraciados se afanaban impulsados por el objetivo mismo de su trabajo, o lo hacían obligados por alguna presión o amenaza externa. A lo mejor estaban esclavizados por alguna recóndita pasión interior; quizá querían trabajar como bestias de carga. Como no encontraba ninguna explicación razonable, llegué a la conclusión de que debían ser prisioneros de su propia rapacidad.
¬óQuiero ver lo que hay detr√°s de la presa ¬óle dije a Bran.
Lenta y cautelosamente comenzamos a rodear el montón de escoria. Apenas nos habíamos arrastrado unos doce pasos cuando nos topamos de frente con dos trabajadores que estaban cavando en el lodo, con rudimentarias palas de madera. Nos miraron con inexpresivos ojos y yo pensé que iban a gritar al ver intrusos. Pero ellos se limitaron a encorvar sus espaldas y a proseguir con su trabajo, sin volver siquiera la cabeza mientras nosotros pasábamos junto a ellos y continuábamos nuestro camino.
Lo mismo se repitió otras veces. Había tantos esclavos que era imposible que pasáramos inadvertidos; pero cuando nos veían, no parecían reparar en nuestra presencia, o si lo hacían no parecían inmutarse. No mostraban temor, pero tampoco curiosidad. Al parecer estaban totalmente abstraídos en su trabajo y consagrados a él en cuerpo y alma.
¬ó¬°Qu√© extra√Īo! ¬ócoment√≥ Bran sacudiendo lentamente la cabeza¬ó. Aunque fueran bestias de carga, no trabajar√≠an de ese modo.
Cuando llegamos a la presa, evitamos el camino de troncos y tomamos una senda que había un poco más arriba, de modo que podíamos observar lo que había abajo desde una respetable distancia. La chimenea que habíamos avistado formaba parte de un desvencijado conjunto de construcciones y se alzaba en el edificio más grande, del que surgía un constante y apagado rumor de maquinaria pesada. Una interminable procesión de mineros entraba por una puerta con pesados fardos y salía por otra con los sacos de cuero y las cestas vacías.
Mi √°nimo, ya bastante deca√≠do, acab√≥ de hundirse. En efecto, si es que a√ļn cab√≠a alguna duda, la humareda y el rumor de la maquinaria la desvanec√≠an por completo. No hab√≠a ninguna se√Īal de Paladyr ni de guerreros; ni tampoco hab√≠a un lugar lo suficientemente grande y seguro como para encerrar rehenes, excepto aquella f√°brica, y dudaba mucho que pudi√©ramos encontrarlas all√≠.
—Goewyn y Tángwen no están ahí —le dije a Bran—. Regresemos al campamento.
Leí en su rostro una muda pregunta y antes de que pudiera formularla dije:
¬óLos dyn dythri han venido en gran n√ļmero a saquear Tir Aflan. Les contaremos a los dem√°s lo que hemos visto y trazaremos nuestra estrategia de batalla.
Y así, Bran y yo nos apresuramos a deshacer el largo camino hacia el lugar donde nos aguardaban los guerreros. Casi habíamos superado la espesa capa de humo cuando oí el odioso zumbido del motor del coche.
Reaccioné con celeridad.
¬ó¬°Esa pe√Īa! ¬ógrit√© d√°ndome la vuelta y se√Īalando hacia un punto de la carretera.
En la curva se alzaba un enorme pe√Īasco tras el que pod√≠amos ocultarnos. Corrimos hacia all√≠, nos apretamos contra la roca y aguardamos a que pasara el coche.
Oí el rugido del motor cuando el conductor redujo para tomar la curva. Los neumáticos del vehículo chapotearon en el fango a pocos pasos de nuestro escondrijo. Luego, el estrépito del motor se alejó y se fue perdiendo en el valle. Aguardamos hasta que se apagó por completo y luego trepamos de nuevo a la carretera. Llegamos hasta donde estaban los caballos y nos sentamos unos instantes para recobrar el aliento. Allá abajo, a nuestras espaldas, bajo la lluvia plomiza, se extendía el valle de un apagado color rojizo, como una herida que sangrara lentamente.
Bran se puso en pie y montó a caballo.
—Vayámonos inmediatamente de este Cwm Gwaed —dijo en tono sombrío el jefe de los Cuervos—. Me pone enfermo.
—Cwm Gwaed —murmuré yo—, el Valle de la Sangre. El nombre le encaja a la perfección. Así lo llamaremos.
Bran no contestó; condujo al caballo hasta la carretera y se alejó del valle sin mirar atrás.
Al llegar al campamento nos salieron al encuentro dos guerreros, Owyn y Rhodri, que muy nerviosos nos pusieron al corriente de las novedades.
¬ó¬°Se acercan extranjeros!
¬óCynan y Garanaw han ido a su encuentro.
Desmonté escrutando el campamento.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Tegid?
—El penderwydd está observando la carretera —respondió Owyn—. Ha dicho que te lleváramos junto a él cuando llegaras. Te mostraré dónde está.
Rhodri se hizo cargo de los caballos y Owyn nos condujo hasta un lugar a poca distancia del campamento, desde donde se divisaba la carretera que ascendía hacia el desfiladero donde habíamos acampado. Como nos habían dicho los guerreros, Tegid y Scatha estaban allí observando a unos jinetes que se acercaban a lo lejos.
El bardo volvió la cabeza cuando nos apostamos junto a él.
¬ó¬ŅSabes qui√©n es? ¬óle pregunt√©.
¬óM√≠ralo t√ļ mismo ¬óse limit√≥ a contestar.
Poco después, distinguí a los jinetes, dos de los cuales eran más menudos y delgados que los otros. Uno de ellos llevaba un sombrero o una boina blanca. Cuando estuvo más cerca, caí en la cuenta de que eran simplemente cabellos canosos. El hombre alzó el rostro hacia donde estábamos y la luz del sol se reflejó en los cristales de sus gafas.
—¡Nettles! —exclamé, mientras corría a su encuentro.