31 - Bwgan bwlch

Acabábamos de echarnos a descansar cuando los misteriosos sonidos comenzaron de nuevo, pero no sólo las voces. Esta vez aparecieron también los muertos.
Mientras el viento amainaba, la niebla fue descendiendo de las heladas alturas; una niebla extra√Īa, viscosa, que iba y ven√≠a en ondulantes olas. Gris y fr√≠a como la muerte, el esquivo vapor descend√≠a sigilosamente por la desnuda pared rocosa y cubr√≠a los pedruscos de la carretera, desliz√°ndose y riz√°ndose como zarcillos. Los centinelas fueron los primeros en verla y dieron la alarma. Estaban preocupados, aunque no estaban seguros de que fuera un verdadero peligro.
¬óNo te apures ¬óle dije a Niall, que se excusaba por haberme despertado¬ó, es imposible conciliar el sue√Īo en una noche como √©sta. ¬ŅQu√© ha sucedido?
Su rostro, semioculto entre las sombras, miraba de soslayo escrutando las tinieblas.
¬óSe ha levantado una extra√Īa niebla. ¬óHizo una pausa para mirar detr√°s de m√≠¬ó. Tiene un aspecto mal√©volo, se√Īor. No me gusta.
Me levanté y miré alrededor. La niebla se había espesado, formando una sólida capa sobre la tierra, más allá del círculo de luz que arrojaban las fogatas. Si se hubiera tratado de una criatura viva, habría dicho que parecía reacia a acercarse a la luz. Probablemente, el calor de las llamas creaba un margen protector en torno a nosotros. Sin embargo, la neblina parecía casi sensible por la forma en que serpenteaba y se enroscaba mientras se iba espesando.
—Nos está vigilando —susurró Niall.
No era el √ļnico en percibir esa sensaci√≥n. El sobrenatural vapor no tard√≥ en formar un misterioso paisaje en torno a nosotros, casi de la altura de un hombre. Extra√Īas siluetas surg√≠an de aquella masa informe para volver a perderse en ella despu√©s. Los hombres comenzaron a ver cosas entre las grises olas: piernas flotantes, cabezas, torsos, caras et√©reas con ojos vac√≠os.
A los caballos también los inquietó la niebla; armaron tal revuelo encabritándose, pateando y relinchando, que ordené que los encapucharan y los trajeran al círculo de fuego. Tampoco eso les gustó, pero al menos pudimos calmarlos.
Nuestros miedos, en cambio, no pod√≠an ser acallados tan f√°cilmente. Orden√© a los hombres que se armaran y se colocaran hombro con hombro y escudo con escudo. Procuramos extraer todo el valor posible de las armas y sobre todo de la compa√Ī√≠a de nuestros hermanos en la lucha, y contemplamos impotentes aquel despliegue de espectros.
Cabezas sin cuerpo con bocas que se abr√≠an en silenciosas palabras, brazos sueltos que gesticulaban, piernas retorcidas y otras partes de cuerpos que se mezclaban y separaban en monstruosos acoplamientos. Manos engarfiadas que nos hac√≠an se√Īas, que se confund√≠an y convert√≠an en succionantes bocas sin dientes. Vi un enorme ojo sin pesta√Īas que se abr√≠a en unos labios sonrientes y luego se disolv√≠a en una arrugada f√≠stula.
¬ó¬°Clanna na c√Ļ! ¬ógru√Ī√≥ Cynan sin aliento.
Tegid, que permanecía inmóvil muy cerca, susurró:
—Algo que ha estado durmiendo durante eras se está agitando aquí. La ancestral maldad de esta tierra se ha despertado y sus servidores andan una vez más al acecho.
Cynan lo miró con el rostro cubierto de sudor pese al frío.
¬ó¬ŅQui√©n es el causante?
¬ó¬ŅPodr√≠a ser Paladyr? ¬ópregunt√©¬ó. ¬ŅPodr√≠a haber hecho algo para avivar todo este... este mal√©volo poder, o lo que sea?
¬óPuede ser ¬órespondi√≥ Tegid¬ó. Pero creo que es algo m√°s poderoso que Paladyr... una presencia, quiz√°. No lo s√©. Lo siento aqu√≠ ¬óa√Īadi√≥ apret√°ndose el pu√Īo contra el pecho¬ó. Es una sensaci√≥n de una insondable perversidad. No creo que Paladyr sea capaz de tanto odio y de tanta maldad.
Hizo una pausa, reflexion√≥ y a√Īadi√≥:
¬óProbablemente es...
Las fantasmales siluetas tomaban cuerpo y se condensaban en sutiles y sugerentes formas. Al contemplar aquella silenciosa y deslizante danza macabra, me vino a la mente la Hueste Demoníaca de Nudd en la batalla de Dun na Porth, en Findargad.
—Nudd —dije en voz alta—, el Príncipe de Uffern y Annwn.
¬ó¬ŅEl de la leyenda de Ludd y Nudd? ¬óme pregunt√≥, asombrado, Cynan.
¬óEl mismo.
Al mencionar aquel nombre, comencé a sentir un efecto casi hipnótico. Cualquiera que fuera el poder hostil que animaba aquella niebla, estaba comenzando a ejercer su autoridad sobre nosotros. Me sentía arrastrado, engatusado, atraído por ella. Mi espíritu, fascinado, ansiaba unirse a aquel ondulante desfile de mutantes formas.
Ven, parecía decir la niebla. Abrázame y déjame consolarte. Acabarán tus afanes; terminará tu lucha. ¡Qué dulce descanso! ¡Oh, qué cerca está tu descanso!
La seducci√≥n de tan astuta insinuaci√≥n resultaba a√ļn m√°s efectiva para un grupo de exhaustos y fatigados guerreros. Tras tan largo y penoso viaje a trav√©s de una tierra inh√≥spita, entre los nuestros algunos hab√≠an comenzado a dar muestras de debilidad. Un joven guerrero que ocupaba en el c√≠rculo una posici√≥n diametralmente opuesta a la m√≠a, arroj√≥ a tierra el escudo y avanz√≥ tambaleante. Grit√© a sus compa√Īeros que lo sujetaran y lo hicieran regresar a su sitio.
Apenas lo hizo cuando otro guerrero, un hombre llamado Cadell, lanzó un grito, soltó sus armas e hizo ademán de lanzarse hacia la niebla. Los que estaban junto a él reaccionaron con rapidez y lo agarraron por los brazos.
Cadell se debati√≥, clav√≥ con firmeza los pies en la tierra y golpe√≥ a los que lo sujetaban. Luego se dio la vuelta y ech√≥ a correr hacia la niebla. Un guerrero le puso la zancadilla con el extremo de su lanza y sus compa√Īeros se le echaron encima y lo arrastraron de nuevo al corro. Como pose√≠do por una gigantesca fuerza, pateando y debati√©ndose, Cadell se desprendi√≥ de sus aprehensores y con un tremendo alarido se puso en pie y avanz√≥ tambale√°ndose hacia la niebla.
Reclam√© a gritos la ayuda de Bran y me lanc√© en su persecuci√≥n. Cadell hab√≠a llegado hasta la niebla que parec√≠a agitarse como si quisiera trag√°rselo y se le enroscaba en mu√Īecas y tobillos. Cuando puse mi mano sobre el hombro del guerrero tuve la impresi√≥n de que estaba tocando una roca h√ļmeda y sent√≠ que de la ondulante niebla emanaba un fr√≠o aliento.
Cadell se revolvió sacudiendo con violencia el brazo; el codo me alcanzó en la barbilla y me lanzó por los aires hacia atrás; creí que me había arrancado la cabeza. Caí de rodillas mientras veía un círculo de negras estrellas ante mis ojos.
Sacudí la cabeza con violencia. Mi asaltante avanzaba de nuevo hacia la niebla. Me puse penosamente en pie y corrí tras él. Esta vez no trató de golpearme ni yo traté de sujetarlo; era demasiado tarde. Simplemente me lancé sobre él y levantando la mano de plata la dejé caer pesadamente sobre su nuca.
El guerrero se quedó rígido y dejó caer los brazos; alzó la cabeza, lanzó un grito y se derrumbó inerte como un pesado tronco.
Temeroso de haberlo matado, me incliné sobre él y apreté mis dedos sobre su garganta. En el preciso instante en que lo toqué, su cuerpo empezó a sacudirse y a temblar de la cabeza a los pies, con los ojos desorbitados y la boca muy abierta. Me echó las manos al cuello y me apretó la garganta.
Yo lo golpe√© en la sien con mi mano de plata. Se convulsion√≥ y o√≠ que de su garganta surg√≠a una especie de gorgoteo. Y adem√°s de espirar todo el aire de sus pulmones, espir√≥ algo m√°s: una forma transparente y desdibujada como una evanescente sombra. Al salir me roz√≥ ligeramente y sent√≠ un escalofr√≠o mareante y viscoso y un vac√≠o doloroso y punzante, como si toda la soledad y la tristeza del mundo se hubieran concentrado en una r√°pida r√°faga de insondable aflicci√≥n. En aquel ligero roce experiment√© la angustia de una criatura enloquecida, y supe lo que deb√≠a sentir un animal torturado, capaz de experimentar dolor, pero incapaz de desentra√Īar su causa o raz√≥n. Parec√≠a como si mi coraz√≥n se abrasara en la absoluta desolaci√≥n de aquella sensaci√≥n.
Entonces unas manos me agarraron y me pusieron en pie. La sensaci√≥n de desesperaci√≥n desapareci√≥ tan s√ļbitamente como hab√≠a aparecido.
—Ya he vuelto en mí —les dije, mientras miraba el cuerpo derrumbado de Cadell.
Ante mi sorpresa el hombre abrió los ojos y se sentó. Los guerreros se apresuraron a llevarnos de nuevo al círculo.
Apenas había vuelto a ocupar mi lugar junto a Tegid y Cynan, cuando oí de nuevo la misteriosa voz:
Ven. Oh, ven y deja a un lado tus preocupaciones. Deja que te sostenga y consuele. Deja que te libere de tu dolor. Ven... ven.
—¡Resistid, hombres! ¡Manteneos firmes! —grité—. ¡No escuchéis!
¬óEst√° ganando fuerza ¬ódijo Tegid mirando a su alrededor¬ó. Se alimenta de nuestro miedo y estamos perdiendo la voluntad de resistir.
Se dio la vuelta y tiró de mí.
¬óDebe de haber una forma... ¬°Ay√ļdame!
¬óCynan, t√ļ y Bran vigilad ¬óorden√© mientras me apresuraba a seguirlo¬ó. Ocurra lo que ocurra, manteneos firmes.
Los retorcidos tallos de tojo que quemábamos para calentarnos no eran suficientemente largos, pero sí servirían los astiles de fresno de las lanzas. Con toda premura cortamos las puntas de tres astiles y Tegid me los tendió mientras rebuscaba en la bolsa que le pendía del cinto, lo que él llamaba el Nawglan, el Sagrado Nueve.
Extendió en la palma de su mano derecha parte de aquellas cenizas especialmente bendecidas y frotó con ellas los astiles de las lanzas, uno tras otro.
¬óYa est√° ¬ódijo cuando hubo acabado¬ó. Ahora veamos si pueden resistir.
No era posible clavar los astiles de madera en la pavimentada carretera. Pero tratamos de hincarlos entre las junturas de las piedras.
—Habría sido más fácil clavarlos con las puntas —me lamenté.
¬óEn este rito no puede haber ning√ļn metal ¬órepuso el bardo¬ó. Ni siquiera oro.
Seguimos intent√°ndolo y por fin logramos hincar los astiles: uno vertical y los otros dos inclinados en ligero √°ngulo, de manera que formaran el dibujo de una punta de flecha sin rematar, el gogyrven. Recogimos brasas en el reborde de un escudo y las dispusimos en peque√Īos montoncitos en torno a cada astil. Con el borde de su manto, Tegid aviv√≥ los rescoldos y las llamas lamieron lentamente los esbeltos palitroques.
Después, el bardo alzó con ambas manos la vara sobre su cabeza y comenzó a dar vueltas alrededor de las llamas siguiendo la órbita del sol. Lo oí susurrar palabras en el Taran Tafod; se suponía que yo no debía ni oír ni saber lo que estaba diciendo.
¬ó¬°Date prisa, Tegid!
Cuando hubo completado la tercera vuelta, el bardo se detuvo, miró el llameante gogyrven y dijo:
—¡Dólasair! ¡Dódair! ¡Bladhm dó!
Las palabras de la Misteriosa Lengua se elevaron en el desfiladero, resonando contra las paredes de roca. Luego extendió verticalmente la vara y comenzó a pronunciar las palabras del santificador rito:
¬°Sumo Dador!
¬°T√ļ, cuyo nombre vivifica a cuantos lo escuchan, esc√ļchame ahora a m√≠!
Soy Tegid Tathal ap Talaryant, Bardo Supremo de Albión.
Heme aquí en el círculo trazado siguiendo la órbita del sol.
¬°Escucha mi s√ļplica!
¬°Que sean testigos la tierra y el cielo, la roca y el viento!
¬°Por el poder de la Mano Firme y Segura, reclamo esta tierra
y la santifico con un nombre. Bwgan Bwlch!
¬°Tengo sobre ella el poder del fuego,
tengo sobre ella el poder del viento,
tengo sobre ella el poder del trueno,
tengo sobre ella el poder de la cólera,
tengo sobre ella el poder de los cielos,
tengo sobre ella el poder de la tierra,
tengo sobre ella el poder de los mundos!
Como se desliza el cisne sobre el lago,
como cabalga el caballo por la llanura,
como camina el buey sobre la pradera,
como corre el jabalí por la senda,
como corretean por el bosque los ciervos y las ciervas,
como huellan la tierra todas las criaturas veloces,
así huello yo esta tierra, la sojuzgo,
y la libero de toda maldad.
En el nombre de la Palabra Secreta,
en el nombre de la Palabra Vivificadora,
en el nombre de la Palabra Que Todo Lo Abarca,
en el nombre de la Palabra Verdadera, esta tierra se llamar√° Bwgan Bwlch;
que así sea mientras pervivan hombres
que pronuncien su nombre.
Tras pronunciar estas palabras, el Bardo Supremo bajó la vara propinando un sonoro golpe sobre la roca. Luego me miró.
¬óYa est√°. Esperemos que sea suficiente.
La niebla se agitó y se replegó sobre sí misma como alcanzada por una granizada de flechas, o como si fuera una criatura acobardada por el fuego que, no obstante, se resistiera a dejar escapar su presa. Las mutaciones se contorsionaron en agitada masa con rapidez.
Volví a mi puesto en el corro, alcé la lanza y grité:
¬óEn el nombre de la Palabra Secreta, en el nombre de la Palabra Vivificadora, en el nombre de la Palabra Que Todo Lo Abarca, en el nombre de la Palabra Verdadera, este lugar se llamar√° Bwgan Bwlch.
Bran, que estaba junto a mí, repitió mis palabras con tono claro y potente. Pronto se le unieron otros, que elevaron sus voces contra el espíritu maligno que borbotaba como espuma enloquecida en torno a nosotros. Mientras cantábamos, la niebla se agitaba en fantasmales y fantásticas apariencias.
Vi una cara sin ojos con hocico de cerdo y orejas de cabra; una mano con garras que se convirtió en un gato de cinco cabezas antes de adoptar la forma de una sonriente bocaza, que sacaba a modo de lengua un enorme e hinchado sapo. Un par de esqueléticas ancas de buey se convirtieron en una serpiente enroscada, antes de desintegrarse en una nube de escurridizas cucarachas.
Vi un cuerpo de ni√Īo con cabeza de caballo; el torso del ni√Īo terminaba en un par de delgadas y costrosas ca√Īas de cig√ľe√Īa rematadas en unos pies esquel√©ticos de roedor. Un inmenso vientre se hinch√≥ hasta reventar, derramando lagartos ciegos que se convirtieron en una nidada de huevos de reptil, de los que surgieron dos cabezas de brujas de descoyuntadas mand√≠bulas...
—¡Más fuerte! —grité enardecido porque parecía que nuestro canto estaba surtiendo efecto—. ¡Santificad la tierra! ¡Apoderaos de ella!
Los hombres redoblaron sus esfuerzos. Las voces de los guerreros, tan largo tiempo reprimidas por el l√ļgubre silencio de Tir Aflan, aumentaron en intensidad hasta llenar el tenebroso desfiladero y escalaron las desnudas paredes rocosas hasta alcanzar las heladas alturas. Parec√≠a como si estuvi√©ramos seguros de poder erradicar el perverso esp√≠ritu bwgan con la fuerza de nuestro canto.
Con cegadora rapidez, las fantasmales metamorfosis se confundieron. Extra√Īas siluetas se desdibujaron en un torrente de formas mutantes que cambiaban con tal celeridad, que no pod√≠an distinguirse m√°s que brumosas im√°genes vagamente humanas y animales.
Oí la resonante voz de Tegid alzarse por encima de las demás, mientras entonaba las palabras del rito santificador. Todos a una coreamos la voz del bardo y nuestro canto se elevó sonoro y potente y prevaleció frente al bwgan:
Tengo sobre ella el poder del fuego,
tengo sobre ella el poder del viento,
tengo sobre ella el poder del trueno,
tengo sobre ella el poder de la cólera,
tengo sobre ella el poder de los cielos,
tengo sobre ella el poder de la tierra,
tengo sobre ella el poder de los mundos.
El canto santificador del bardo se clavaba en el espíritu maligno como una llameante lanza, como un gogyrven hecho canción. La niebla comenzó a desvanecerse y a disiparse ante nuestros ojos.
Como se desliza el cisne sobre el lago,
como cabalga el caballo sobre la llanura,
como camina el buey sobre la pradera,
como corre el jabalí por la senda,
como corretean por el bosque los ciervos y las ciervas,
como huellan la tierra todas las veloces criaturas,
así huello yo esta tierra, la sojuzgo,
y la libero de toda maldad.
En el instante en que se desvanecía, el bwgan se manifestó como un ser inmenso y monstruoso, una bestia con el cuerpo peludo de una jabalina, las patas traseras de un buey y las delanteras de un águila. Tenía la cola larga y pelada de una rata, pero su cabeza y cara eran inquietantemente humanas: chata, de labios gruesos, con enormes y colgantes orejas, ojos redondos y lengua gruesa y protuberante.
En el nombre de la Palabra Secreta,
en el nombre de la Palabra Vivificadora,
en el nombre de la Palabra Que Todo Lo Abarca,
en el nombre de la Palabra Verdadera, esta tierra se llamar√° Bwgan Bwlch;
que así sea mientras pervivan hombres
que pronuncien su nombre.
Y entonces, mientras la niebla se disipaba, el bwgan fue haciéndose más y más diáfano y se desvaneció.
El desfiladero de la monta√Īa reson√≥ con los atronadores aplausos de los guerreros, que elevaban su canto hacia el cielo de la noche s√ļbitamente sembrado de relucientes estrellas.
—¡Lo hemos conseguido! —exclamó Cynan, palmoteando alegremente cuantas espaldas encontraba al alcance de la mano—. ¡Hemos vencido a la bestia del bwgan!
¬ó¬°Bravo, compa√Īeros! ¬ógrit√≥ Bran¬ó. ¬°Bravo!
Tan ocupados estábamos en felicitarnos unos a otros que, en un principio, no oímos el tenue gemido en los picachos que se cernían sobre nuestras cabezas. Pero Tegid sí lo oyó.
—¡Silencio! —gritó—. ¡Silencio!
—¡Silencio! —repitió Cynan tratando de acallar a los hombres—. ¡Nuestro bardo nos está hablando!
¬ó¬°Escuchad! ¬ódijo Tegid alzando la mano hacia los tenebrosos picachos.
Mientras ced√≠a el j√ļbilo de los hombres, o√≠ a lo lejos un exang√ľe y lastimero gemido ¬ócomo el de una enorme ave de presa¬ó, que se iba perdiendo en la distancia, a medida que aquel esp√≠ritu impuro se alejaba del mundo de los hombres.
Miré a Tegid.
¬ó¬ŅBardo?
—Es el bwgan —explicó con satisfacción Tegid—. Está buscando una nueva casa entre esos escarpados picachos. Si no la encuentra antes de la salida del sol, morirá.
Luego, extendiendo los brazos hacia el cielo gritó:
—¡Fijaos! Un nuevo día alborea en Tir Aflan.
Todos a una nos dimos la vuelta y vimos que el sol estaba surgiendo por el este. Mientras se levantaba, lo contemplamos con la avidez de los hombres que han estado privados largo tiempo de luz. En pocos instantes, una lanza de clara luminosidad rozó el estrecho desfiladero y despejó las sombras con la fuerza de su fulgor. Las rocas brillaron con un color rojo dorado y los picachos destellaron como una gema.
—Ese malévolo espíritu no regresará jamás a este lugar —siguió diciendo el bardo—. Esta tierra está ahora santificada, ha sido recuperada para los seres humanos.
—¡La hemos conquistado nosotros! —exclamó Bran Bresal.
Fue un instante de felicidad, un bendito alivio contemplar aquel nuevo día. Sin embargo, en medio de tanta alegría, sentí la profunda y melancólica desesperación de la tierra reafirmándose de nuevo en ella misma. Podíamos haber recuperado un desfiladero de entre miles, pero mientras refluía la inexorable marea de aflicción, comprendí que un simple rito santificador no podía desvanecer tantos siglos de tormento y sufrimiento. Haría falta, me dije, algo más que una canción para redimir Tir Aflan.
Levantamos el campamento y reanudamos la marcha. Oscuros nubarrones no tardaron en ocultar el sol. El d√≠a, que hab√≠a comenzado con tanto esplendor, se hundi√≥ una vez m√°s en la lobreguez, una lobreguez que era a√ļn m√°s palpable por la gloria del alba que hab√≠amos presenciado. Sent√≠ ¬ótodos lo sentimos¬ó una herida en el pecho, un agujero por el que se escapaba el alma como si fuera sangre.
Al cabo de cinco d√≠as, dos caballos y tres desfiladeros, avistamos, azotados por el viento y arropados en nuestros destrozados mantos, una extra√Īa y oscura capa de nubes que pend√≠an sobre un anchuroso valle que se abr√≠a en lontananza.
¬ó¬°Qu√© nubes tan extra√Īas! ¬ócoment√©.
—Es humo —replicó Tegid—. Humo, polvo y pavor.