30 - Voces de muertos

Las colinas dieron paso a una interminable vastedad rocosa, escarpada, escabrosa, resbaladiza y pelada, excepto por algunos matorrales de espinoso tojo. El terreno era accidentado, pero la carretera continuaba siendo firme y sólida. Nos azotaban la lluvia y el viento, y la niebla nos cegaba día tras día; no obstante, la carretera continuaba siendo sólida.
A cada d√≠a de marcha las monta√Īas cubiertas de nubes estaban m√°s cerca. Los picachos erosionados por el viento se alzaban hasta coronar el horizonte en todas las direcciones y, sierra tras sierra, cima tras cima, se iban perdiendo en la lejan√≠a. Abrumadoras, salvajes y peligrosas no parec√≠an en modo alguno ben√©volas cumbres, sino que se cern√≠an r√≠gidas y amenazadoras sobre nosotros: blancas, como astillas de huesos o dientes rotos en un combate.
A los lados de la carretera crec√≠a hierba suficiente para alimentar a los caballos, y los caballos nos alimentaban a nosotros. Eso significaba que cada pocos d√≠as sacrific√°bamos un animal, pero gracias a su carne pod√≠amos seguir adelante. Beb√≠amos de los arroyos y charcos de las monta√Īas, y aplac√°bamos con el agua helada el tormento del hambre.
Gyd, la estaci√≥n de Thaws, se iba acercando y nos atacaba con sus h√ļmedos vendavales. La nieve comenzaba a derretirse en las laderas m√°s bajas, y helados arroyuelos flu√≠an por barrancos, torrenteras y ca√Īones rocosos. D√≠a y noche nos martirizaba el ruido del agua que borbotaba, se estrellaba, gorgoteaba y chapoteaba al precipitarse hacia las tierras bajas que ya hab√≠amos dejado muy atr√°s. La niebla ascend√≠a desde profundos desfiladeros donde se despe√Īaban cascadas; las nubes se deslizaban por gargantas en las que rugientes cataratas se estrellaban y resonaban con el estr√©pito de guerreros enloquecidos por el combate.
La inh√≥spita monoton√≠a de las peladas pe√Īas, la aspereza del viento y el estruendo del agua nos recordaban constantemente ¬ócomo si fuera necesario¬ó que est√°bamos intern√°ndonos en un territorio hostil. A medida que sub√≠amos entre los escarpados picachos, nuestra agitaci√≥n iba en aumento. Y no era por causa del viento que ululaba entre las accidentadas cumbres y se estrellaba contra las cimas; se trataba de un miedo crudo y salvaje. Nos acost√°bamos temblando, arropados en los mantos, y escuch√°bamos los gemidos del viento. El alba nos sorprend√≠a insomnes y nerviosos para enfrentarnos al renovado asalto de los elementos.
Dos veces al d√≠a nos encontr√°bamos con nuestros exploradores, una al mediod√≠a y otra cuando regresaban a la hora del crep√ļsculo. Los cuatro Cuervos se turnaban para llevar a cabo la tarea de explorar y lo hac√≠an por parejas, de modo que cada d√≠a sal√≠an dos jinetes de refresco. Una noche, Garanaw y Emyr regresaron cuando √≠bamos a instalar el campamento al pie de un imponente acantilado.
—Hay un lugar mucho mejor justo después de aquel recodo —nos informó Emyr—. No está demasiado lejos y nos ofrecerá mayor protección, en el caso de que de noche se levante viento y lluvia.
Como a√ļn no hab√≠amos desensillado los caballos ni hab√≠amos encendido las fogatas, nos trasladamos al lugar que suger√≠an. Garanaw nos condujo hasta all√≠ y cuando llegamos dijo:
¬óEs un lugar bien protegido, si es que puede decirse que esos desnudos huesos pueden procurarnos alg√ļn abrigo.
Cynan al oírlo replicó:
—Querrás decir esos huesos rotos. Hace días que no veo más que huesos fracturados en astillas.
As√≠ fue como aquellas monta√Īas se convirtieron para nosotros en Tor Esgyrnau, los Huesos Rotos. Y la observaci√≥n de Cynan era muy acertada; adem√°s, al darles un nombre, se hicieron algo menos amenazadoras, algo menos pavorosas, y comenzamos a mirarlas con menos aprensi√≥n que antes.
—Así son las cosas —observó Tegid cuando se lo comenté pocos días después—. Entre los derwyddi se dice que conferir un nombre a algo significa vencerlo.
—Pues ya sabes lo que tienes que hacer, bardo. Encuentra un nombre con el que vencer a Paladyr. Y yo lo proclamaré a gritos desde la cima del picacho más alto.
M√°s tarde, mientras la noche ocultaba las monta√Īas, lo sorprend√≠ escrutando entre las tinieblas, que comenzaban a invadir las tierras bajas que hab√≠amos dejado atr√°s. Lo mir√© fijamente unos instantes y luego le pregunt√©:
¬ó¬ŅQu√© miras?
—Creí ver algo que se movía en la carretera, ahí abajo —replicó sin dejar de observar el zigzagueante camino.
¬ó¬ŅD√≥nde?
Agucé la vista pero no vi nada entre las tinieblas.
—Enviaré a alguien.
—No hace falta —dijo Tegid—. Ha desaparecido..., si es que había algo. Debe de haber sido una sombra.
Se alej√≥, pero yo me qued√© all√≠ observando en el apagado crep√ļsculo, escrutando las tinieblas por si ve√≠a moverse algo. Hab√≠amos subido bastante y aunque los d√≠as eran un poco m√°s templados, las noches todav√≠a eran muy fr√≠as y el viento soplaba desde las cimas cubiertas de nieve. A menudo, nos despert√°bamos con los mantos llenos de escarcha y lo que se derret√≠a durante el d√≠a se helaba durante la noche, de forma que la carretera estaba peligrosamente resbaladiza hasta que el sol calentaba el pavimento.
Para entrar en calor quemábamos retorcidos troncos de tojos que arrancábamos de sus lechos de piedra con nuestras espadas. Al quemarse producían un olor desagradable y un humo acre y oleoso, pero los rescoldos permanecían calientes mucho tiempo después de que las llamas se hubieran extinguido.
Llegamos a un escarpado desfiladero y cruzamos el primer umbral de las monta√Īas. Mir√© hacia atr√°s y contempl√© el apagado e informe panorama: un p√°ramo inh√≥spito, sin √°rboles, neblinoso, descolorido, empapado y triste. Me alegraba dejarlo por fin atr√°s. Me qued√© un buen rato mirando c√≥mo la carretera se estrechaba en la lejan√≠a. Desde que Tegid me hab√≠a sugerido que posiblemente nos segu√≠an, me deten√≠a con bastante frecuencia a observar, y esta vez llegu√© a convencerme de que, en efecto, hab√≠a algo o alguien all√° abajo, lejos, muy lejos. ¬ŅO ser√≠a simplemente un fugaz jir√≥n de niebla o la sombra de una nube?
Arriba, entre los √°ridos picachos, el viento soplaba y ululaba, castig√°ndonos la piel con sus garras de hielo. El vendaval era enervante; a veces, alguna pe√Īa o alguna pared rocosa nos proporcionaban una pasajera protecci√≥n, mientras la carretera serpenteaba convirti√©ndose a veces en casi un sendero colgado en la ladera. Todos √≠bamos a pie, porque no nos atrev√≠amos a correr el riesgo de caer en tan peligroso camino.
Como no pod√≠amos cabalgar, cargamos los caballos con tanta provisi√≥n de tojos como pudieron soportar, de modo que los animales parec√≠an altozanos cubiertos de tojos que hubieran echado a andar. Avanz√°bamos m√°s lentamente de lo que hubi√©ramos deseado. Sin embargo, de no ser por la carretera, nunca habr√≠amos podido escalar las monta√Īas.
Segu√≠amos adelante arrastr√°ndonos penosamente, con los labios amoratados, temblando, encogi√©ndonos, mientras el viento arrancaba l√°grimas de nuestros ojos y el fr√≠o nos calaba hasta los huesos. Nos volvimos duros como el cuero y afilados como cuchillos. Est√°bamos hambrientos; nos consum√≠a esa hambre salvaje y corrosiva que ning√ļn banquete puede saciar. Anhel√°bamos ser curados m√°s que saciados, ansi√°bamos regresar a Albi√≥n y dejar que la vista de sus hermosas colinas y ca√Īadas aliviara nuestros destrozados corazones. Padec√≠amos el taithchwant, la profunda nostalgia del hogar.
Pero yo no podía volver al hogar. Prefería morir que abandonar a mi bien amada. Emprendería el regreso a Druim Vran cuando la cabeza de mi enemigo adornara mi cinto; volvería a ver Dinas Dwr cuando mi esposa estuviera de nuevo a mi lado. Mi reina regresaría conmigo a Albión o de otro modo yo no regresaría jamás.
La primera noche despu√©s de cruzar el umbral de las monta√Īas, notamos un cierto cambio en aquella salvaje tierra. Pero dos noches despu√©s, cuando nos hab√≠amos internado en la fortaleza de las monta√Īas, el cambio comenz√≥ a evidenciarse. Si los p√°ramos hab√≠an sido inh√≥spitos y abrumadores, las monta√Īas eran amenazadoras. Y no se trataba s√≥lo de la amenaza de caer desde la estrecha carretera y estrellarse contra las rocas. Era algo m√°s: una especie de cautelosa malevolencia rondaba entre los picachos, un tenebroso poder que juzgaba nuestra presencia como una invasi√≥n y reaccionaba en consecuencia.
La tercera noche comprendimos finalmente la naturaleza de nuestro adversario. La jornada hab√≠a ido bien; avanzamos bastante y encontramos un refugio para pasar la noche entre una profunda fisura entre dos picachos. S√≥lidas paredes de roca se alzaban a pico desde la carretera, con la superficie mellada, como si la carretera hubiera sido abierta a trav√©s de la monta√Īa a golpes de daga. El viento no pod√≠a alcanzarnos all√≠ de plano y por eso el lugar nos procuraba un cierto abrigo entre los desnudos riscos.
Como siempre, nos acurrucamos cerca de las fogatas, pero aquella noche, mientras el vendaval arreciaba con sus habituales aullidos, oímos en el ulular del viento un nuevo y sobrecogedor matiz. Tegid, siempre alerta a los repentinos cambios y formas de la luz y el sonido, fue el primero en percibirlo:
—¡Escuchad! —siseó.
La tranquila y sigilosa conversación en torno al fuego se acalló de pronto. Aguzamos el oído, pero no percibimos nada, a excepción de las heladas ráfagas que se desgarraban contra los desnudos picachos de Tor Esgyrnau.
Me incliné hacia Tegid.
¬ó¬ŅQu√© has o√≠do? ¬óle pregunt√©.
—Lo he oído y lo oigo —repuso el bardo ladeando la cabeza—. Allí... ¡otra vez!
—Es el viento —comentó Bran—. No oigo nada más.
¬óNi lo oir√°s si te empe√Īas en ahogarlo con tu voz.
Aguardamos quietos largo rato. Como seguíamos sin oír nada, pregunté:
¬ó¬ŅC√≥mo era?
—Era una voz —respondió el bardo encorvando los hombros—. Creí oír una voz. Eso es todo.
Su tono, brusco y cortante, suscitó mi curiosidad.
¬ó¬ŅLa voz de qui√©n, Tegid?
Cynan y Bran y algunos otros que estaban cerca nos miraron con creciente interés. El bardo miró a su alrededor y luego clavó los ojos en el fuego.
¬óSe prepara una tormenta.
¬óContesta, bardo. ¬ŅDe qui√©n era la voz que has o√≠do?
Tegid suspir√≥ y pronunci√≥ el √ļltimo nombre que yo esperaba o√≠r.
—La voz de Ollathir —respondió en voz baja—. Creí oír la voz de Ollathir.
¬ó¬ŅOllathir? Hace a√Īos que muri√≥. Es...
—¡Lo sé de sobra!
¬óPero...
¬óMe preguntaste de qui√©n era la voz que o√≠ ¬óreplic√≥ Tegid con voz baja y airada¬ó. Y yo te estoy diciendo la verdad. Cre√≠ o√≠r la voz de Ollathir, Bardo Supremo de Albi√≥n, que reposa en su tumba desde hace a√Īos.
Sus palabras vibraban a√ļn en el aire cuando Bran se puso en pie de un salto.
¬ó¬°La he o√≠do! ¬óexclam√≥ con el rostro entre las sombras¬ó. ¬°All√≠! ¬ŅNo la o√≠s? Y ahora otra vez. Pero no es la voz de Ollathir..., sino la de Alun Tringad.
Cynan me dirigió una siniestra mirada.
—Aquí hay algo misterioso, lo intuyo —dijo con un cauteloso susurro como si temiera que lo oyeran.
Las llamas crujían y crepitaban y el viento aullaba. Luego Cynan se puso en pie lentamente y se llevó un dedo a los labios.
¬óNo... no... ¬ósusurr√≥¬ó, no es la voz de Alun Tringad, es la de... Cynfarch..., la de mi padre ¬óa√Īadi√≥ con rostro demudado.
La confusión no tardó en hacer presa de todo el campamento a medida que todos iban reconociendo las misteriosas voces de sus amigos y parientes muertos. Todos menos yo. Yo oía sólo el aullido del viento, ya de por sí bastante enervante. En efecto, a medida que avanzaba la noche, el vendaval chocaba con más fuerza contra los invisibles picachos y sus aullidos reverberaban desde las alturas. No podíamos hacer otra cosa más que acercarnos a las fogatas y taparnos las orejas con las manos.
Pero tambi√©n nos vimos privados del fuego. Los aullidos del viento se despe√Īaban por los riscos como una cascada. Las llamas vacilaron, se aplanaron y acabaron por apagarse. Sumidos en la tenebrosa oscuridad, martirizados por el vendaval y por los gritos de los amigos y parientes difuntos, los hombres comenzaron a correr desordenadamente en busca de sus armas.
—¡Tegid! —grité tratando de hacerme oír por encima de la galerna—. Alguien va a resultar herido si no hacemos algo por evitarlo.
—Me temo que estás en lo cierto —asintió Cynan—. Es más que probable en plena oscuridad.
¬ó¬ŅQu√© me sugieres? ¬óreplic√≥ Tegid, airado¬ó. No puedo detener el viento.
¬óNo, pero podemos evitar que los hombres huyan enloquecidos.
El bardo trepó a una roca y alzó la vara.
¬ó¬°Aros! ¬°Aros llawr! ¬órugi√≥¬ó. ¬°Quietos! ¬°Deteneos! ¬°No son las voces de los muertos! Somos v√≠ctimas de una impostura, pero no os dej√©is enga√Īar. ¬°Tened valor!
—¡Nos están llamando! —gritó alguien—. ¡Los muertos nos han encontrado! ¡Estamos perdidos!
¬ó¬°No! ¬óles dije yo¬ó. Escuchad a nuestro sabio bardo: todos hemos perdido amigos y parientes. Nuestros pensamientos est√°n con ellos y por eso imagin√°is que est√°is oyendo sus voces. Es un enga√Īo del viento y de la tormenta. S√≥lo eso.
¬ó¬ŅAcaso t√ļ no los oyes? ¬ópregunt√≥ una asustada voz.
—No. Sólo oigo el viento —repuse con firmeza—. Salvaje y violento, pero no es más que el viento. Sentaos todos y aguardaremos juntos a que cese.
Mis palabras parecieron tranquilizar a los hombres. Se reunieron todos, algunos con las armas preparadas, y se acurrucaron hombro con hombro a esperar. Poco a poco el vendaval amainó y cesó aquel misterioso ataque.
Avivamos las fogatas y nos fuimos relajando; después nos echamos a dormir creyendo que el peligro había pasado. Pero no era más que un esperanzado deseo, como no tardamos en comprobar: el martirio no había hecho más que empezar.