26 - Yr gyrem rua

En el breve espacio de tiempo en que estuvimos contemplando las ruinas, la luz del d√≠a comenz√≥ a apagarse; pronto llegar√≠a el crep√ļsculo y enseguida la noche. Ten√≠amos que encontrar un lugar para acampar, y yo estaba firmemente decidido a no pasar ni una noche m√°s en el bosque. As√≠ que decidimos pasar junto al palacio para ver ad√≥nde conduc√≠a la carretera que part√≠a de all√≠.
En dos apretadas l√≠neas penetramos en la terraza. Tras el agobiante silencio del bosque, produc√≠a una extra√Īa sensaci√≥n pisar sobre s√≥lida piedra, y m√°s extra√Īo a√ļn resultaba o√≠r el eco sordo de las pezu√Īas. Atravesamos lentamente la espaciosa terraza; nuestros pasos resonaban en nuestros o√≠dos y reverberaban en los recovecos de los innumerables muros.
Bran, que abría la marcha, llegó al centro de la terraza, a medio camino entre la escalinata que descendía al río y la impresionante entrada del palacio. Vi que miraba hacia la puerta, se volvía hacia ella y se quedaba inmóvil. Luego alzó la mano para indicar a los que lo seguían que se detuvieran.
—He visto algo que se movía ahí dentro —explicó cuando Cynan y yo nos reunimos con él.
Miré hacia la entrada, redonda como una rueda, oscura como un pozo y cinco veces más alta que un hombre; no me cabía en la cabeza que hubiera podido ver algo allí.
¬óSigamos adelante ¬ódije.
Todav√≠a estaba mirando hacia la puerta cuando o√≠mos un grito: el gemido lastimero y conmovedor de un ni√Īo asustado.
—Mo anam —murmuró Cynan—, ahí dentro hay un bebé.
Nos miramos unos a otros un instante como preguntándonos qué debíamos hacer.
¬óNo podemos pasar de largo y abandonar a esa pobre criatura ¬ódijo Cynan¬ó. No est√° bien.
Aunque reacio, accedí a una rápida inspección.
—Tiene que ser muy rápida —aconsejó Tegid—. Pronto se hará de noche y no debemos arriesgarnos a que nos sorprenda aquí.
Dejamos a Scatha y a los demás vigilando los caballos, y Bran, Emyr, Garanaw, Tegid, Cynan y yo preparamos antorchas y nos acercamos al rojizo palacio con los ojos clavados en la puerta. No vimos nada y no se volvió a oír el grito.
En el umbral, nos detuvimos a encender las antorchas y después penetramos en el enorme y abandonado palacio. Sorprendentemente, la habitación resultó ser mucho más grande de lo que parecía desde fuera. Tegid no tardó en descubrir el motivo.
—Hay solamente una habitación —observó—. Sólo una.
Las numerosas ventanas que desde fuera parec√≠an abrirse a habitaciones distintas, serv√≠an para iluminar aquella √ļnica y enorme c√°mara. Aun as√≠, hab√≠a muy poca luz, la justa para ver que est√°bamos en una especie de plataforma con anchos y bajos escalones que conduc√≠an a un nivel inferior. Desde donde est√°bamos no se pod√≠a ver ni el suelo ni el techo, y la luz de nuestras antorchas era un insignificante reto frente a la oscuridad que reinaba en el palacio.
El aire era h√ļmedo y fr√≠o, mucho m√°s fr√≠o que en el exterior. Nos detuvimos y aguzamos el o√≠do, mientras se nos iba condensando el aliento en torno a las cabezas. Como no o√≠amos nada, comenzamos a bajar por las escaleras, hombro con hombro, manteniendo en alto las antorchas. Cada paso produc√≠a un eco que revoloteaba como un murci√©lago en las tinieblas.
—Una casa muy sombría —musitó Bran, y su voz resonó en la vasta soledad.
¬óNi las llamas podr√≠an calentar el hogar ¬óa√Īadi√≥ Emyr.
—Aun así, no nos vendría mal un buen fuego —dijo Garanaw—. La oscuridad aquí dentro es realmente tenebrosa.
Tras bajar seis escalones nos encontramos en un ancho rellano; bajamos seis más y encontramos otro, y después de otros seis el suelo, pavimentado con vidriadas baldosas hexagonales de color negro. Las baldosas brillaban de humedad y eran muy resbaladizas. Avanzamos cautelosamente hasta el centro de la habitación, donde se suponía que debería estar el hogar.
—Tus esperanzas de encontrar un fuego de bienvenida eran infundadas, Garanaw —comentó Tegid—. No hay chimenea.
No había chimenea, ni hogar, ni siquiera un brasero como el que habíamos visto en la torre. La habitación, al menos lo que veíamos de ella, estaba totalmente desprovista de muebles. Pero, donde debería haber estado la chimenea, había un mosaico de teselas rojas, blancas y negras que dibujaban una serpiente alada similar a la que habíamos visto en la torre. No obstante, la serpiente del mosaico era menos estilizada y en cierto modo parecía más viva: a la luz de las antorchas, brillaban sus sinuosos anillos rojos, destellaban los ojos también rojos y sus alas de reptil se desplegaban tras la achatada cabeza. Debajo había escrita en teselas también rojas una palabra que supuse sería el nombre de aquella criatura.
Mientras observaba la imagen dibujada en el suelo, sentí en mi brazo el hormigueo de alerta de mi mano de plata.
Mis ojos se habían acostumbrado a la oscuridad y vi que la enorme habitación era ovalada y que su techo de varios pináculos estaba sustentado por hileras de ahusadas columnas que desaparecían en las tinieblas. Frente a la entrada, al otro lado del vasto salón, se abría una segunda puerta redonda casi tan grande como la primera, practicada en la pared de roca del bancal.
Cruzamos cautelosamente la habitaci√≥n y nos dirigimos hacia la segunda puerta que result√≥ ser la entrada de una cueva, que por la parte de fuera estaba primorosamente revestida de pulimentada piedra, pero por la parte de dentro no era m√°s que un t√ļnel de tosca roca. De pronto se me ocurri√≥ que el palacio era tan s√≥lo una fachada construida para esconder o, quiz√° mejor, para encerrar, la √ļnica entrada de aquella caverna.
¬óBien ¬ódijo Cynan mirando el t√ļnel con aire dubitativo¬ó, hemos llegado hasta aqu√≠. ¬ŅVamos a regresar sin ver lo que hay m√°s all√°?
¬ó¬ŅAcaso todav√≠a te preguntas lo que hay m√°s all√°? ¬ósalt√≥ Tegid.
—Ilumínanos, bardo —repuso Cynan—. No tengo la menor idea.
¬ó¬ŅNo? Muy bien, entonces te lo dir√©. Ah√≠ dentro est√° la criatura cuya imagen hemos visto desde que llegamos a la Tierra Maldita.
¬ó¬ŅEsa bestia que est√° representada en el mosaico? ¬ópregunt√≥, asombrado, Cynan, se√Īalando hacia el sal√≥n.
—La misma —respondió Tegid—. Creo que este agujero conduce a la guarida de la bestia. Se la conoce con el nombre de Yr Gyrem Rua.
¬ó¬ŅLa Serpiente Roja? ¬ómurmur√≥ Cynan, mientras los guerreros miraban temerosos a su alrededor¬ó. ¬ŅSabes algo de ella?
¬óA menos que est√© equivocado ¬órepuso el bardo¬ó, la criatura que est√° ah√≠ dentro es la que la Hermandad llama la Serpiente Roja de Oeth. Algunos la llaman Wyrm ¬óa√Īadi√≥ tras una pausa.
—Wyrm... —murmuró Bran, echando una mirada por encima de su hombro.
Un vertiginoso pavor me invadió como una ola; ahora comprendía por qué el palacio constaba de una sola habitación, y por qué los hombres de bronce de la imponente torre veneraban la imagen de la serpiente: era su dios; le ofrecían sacrificios. Y aquel lugar era el santuario y el templo de Yr Gyrem Rua.
—Marchémonos de aquí mientras podamos —urgió Bran.
Nos alejamos de la puerta de la cueva y emprendimos la retirada, pero no hab√≠amos dado ni tres pasos cuando reson√≥ de nuevo el grito..., el d√©bil y asustado gemido de un pobre ni√Īo abandonado.
¬óUn ni√Īo ha entrado ah√≠ sin darse cuenta ¬ógru√Ī√≥ Cynan, precipit√°ndose a la entrada de la cueva.
Se asom√≥ al agujero y llev√°ndose las manos a la boca a modo de altavoz llam√≥ al ni√Īo, aguard√≥ unos instantes y al no recibir respuesta se meti√≥ en el t√ļnel.
Yo lo agarré por el manto y tiré de él.
—No puedes meterte solo ahí dentro.
¬óPues entonces ven conmigo, hermano.
Me volví hacia los demás.
—Esperad aquí —les dije—. Vamos a echar una rápida ojeada ahí dentro.
Con piernas temblorosas, Cynan y yo comenzamos a bajar por el t√ļnel; la luz de nuestras antorchas parpadeaba sobre la h√ļmeda piedra rojiza. Descendimos cautelosamente, pero s√≥lo topamos con un hedor muy fuerte: mohoso y algo dulz√≥n, pero con un cierto tufo a la caza demasiado pasada, a aceite o a grasa rancios.
A unos cincuenta pasos vi una masa informe y brillante que yacía sobre el suelo del pasadizo. Mi mano de metal se enfrió repentinamente y me detuve en seco.
¬ó¬ŅQu√© es eso? ¬ómusit√≥ Cynan, haci√©ndome un gesto con la antorcha.
Me aproximé unos pasos y acerqué mi tea. Se me revolvió el estómago y la boca se me llenó de bilis. La náusea me dejó sin respiración.
En el suelo, ante nosotros, en medio de un charco de vómitos yacía la cabeza de uno de nuestros exploradores. La carne estaba horriblemente podrida, la cara deformada; pero aun así lo reconocí.
Cynan hizo ademán de apartarme para ver, y yo intenté impedírselo poniéndole una mano sobre el pecho.
¬óHermano, no... Es Gweir.
Cynan estiró el cuello para ver; una mezcla de cólera, pena e incredulidad se dibujó en su rostro. Echó una rápida ojeada por encima de mi hombro y soltó una maldición:
¬ó¬°Saeth du!
No podíamos hacer nada por Gweir, así que seguimos adelante; a cada paso que dábamos el hedor iba haciéndose más intenso. Poco después, el pasadizo dibujó una curva y se ensanchó un poco formando una especie de gruta de techo muy bajo. Cuando entré en ella, la fetidez era tan insoportable que intuitivamente retrocedí; pero con un enorme esfuerzo me tragué la bilis y seguí adelante. Cynan entró detrás.
En medio de la gruta había un agujero en el suelo de roca. Los bordes estaban tan gastados que brillaban. No era difícil adivinar cómo la tosca piedra había adquirido aquel brillo tan reluciente.
Desperdigados por el suelo de aquella horripilante c√°mara vimos diferentes restos de los cuerpos de nuestros exploradores y de sus monturas: un pie a√ļn calzado, la mutilada cabeza de un caballo, algunas pezu√Īas, mand√≠bulas, dientes de personas y de animales, el costillar y el estern√≥n de un caballo. Tambi√©n hab√≠a huesos viejos, calaveras y tibias peladas y oscurecidas por los a√Īos..., v√≠ctimas sacrificadas en tiempos muy remotos.
No pude soportar el espect√°culo y me di la vuelta. Entonces el extra√Īo gemido reson√≥ de nuevo, alz√°ndose desde las profundidades del agujero y me di cuenta de que era el Wyrm, y no un ni√Īo, quien gritaba. Cog√≠ la antorcha con fuerza y me acerqu√© al agujero. De pronto, sent√≠ en el brazo una punzada de hielo.
Cynan me cogió por el hombro.
—Volvamos —me instó en un brusco susurro, tirando de mí—. No podemos hacer nada.
Volvimos sobre nuestros pasos hasta llegar al enorme salón. Tegid vio nuestros sombríos rostros y preguntó:
¬ó¬ŅY bien? ¬ŅEncontrasteis al ni√Īo?
Cynan sacudió la cabeza.
¬óNo hab√≠a ning√ļn ni√Īo ¬órespondi√≥ con voz ahogada¬ó. Pero hemos encontrado a la serpiente... y tambi√©n a nuestros exploradores extraviados.
Tegid tragó saliva e inclinó la cabeza mientras nosotros le explicábamos lo que acabábamos de ver.
¬óLa maldad que ha permanecido aletargada durante a√Īos y a√Īos se ha despertado ¬ódijo el bardo cuando hubimos acabado nuestro relato¬ó. Debemos marcharnos ahora mismo.
En el exterior, el cielo había perdido por completo el color y la luz. Bran dio de inmediato la orden de marcha y nos dirigimos apresuradamente hacia la carretera, más allá del palacio. Cuando los primeros guerreros llegaron al final de la terraza, se detuvieron para aguardar al resto de la expedición, antes de proseguir la marcha. Y entonces el Wyrm atacó.
Fue un ataque tan r√°pido y silencioso que los que est√°bamos en la vanguardia s√≥lo o√≠mos el grito ahogado de los hombres al verse cogidos y arrastrados por la bestia. Al o√≠r el aullido ag√≥nico de la v√≠ctima, me di la vuelta a tiempo de ver una sinuosa silueta que se perd√≠a entre las sombras del crep√ļsculo.
Al momento, retrocedimos por la terraza hasta el lugar donde los hombres se habían detenido.
¬ó¬ŅLo hab√©is visto? ¬ógritaban¬ó. ¬°Ha sido el Wyrm! ¬°Se ha llevado a Selyf!
Yo alcé mi voz por encima de la algarabía:
¬ó¬ŅAlguien ha visto por d√≥nde se fue?
El Wyrm había atacado y se había desvanecido rápidamente entre las sombras sin dejar rastro alguno.
—No podemos marcharnos en esa dirección —dijo Bran, mirando hacia la carretera—. Tendremos que dar un rodeo.
Yo miré a mi alrededor con aire dubitativo. Por un lado, el río, tan silencioso y mortal como la serpiente; por el otro, el rojizo palacio con su perverso inquilino. Detrás el bosque, cerniéndose como una imponente e impenetrable cortina. Volviéndome de mala gana hacia el bosque, dije:
—Por allí; trataremos de encontrar otro camino.
¬ó¬ŅY Selyf? ¬ópregunt√≥ Cynan¬ó. No podemos abandonarlo.
—Se lo ha llevado —repuso sombríamente Bran—. No podemos hacer nada por él.
Cynan se negaba a marcharse.
¬óEra un buen hombre.
¬ó¬ŅDe qu√© le servir√° que nos sumemos a √©l en el agujero? ¬óle pregunt√≥ Bran¬ó. ¬ŅCu√°ntos otros hombres buenos debemos perder en manos del Wyrm?
Yo era del mismo parecer que Cynan, pero Bran tenía razón..., huir era lo más razonable.
¬óEsc√ļchame, hermano ¬ódije¬ó. ¬ŅDe qu√© le servir√° a T√°ngwen que no puedas rescatarla? La serpiente podr√≠a reaparecer en cualquier momento. Vay√°monos mientras podamos hacerlo.
Abandonamos la terraza y nos internamos en el bosque, deteni√©ndonos s√≥lo lo justo para encender las antorchas. Bran abr√≠a la marcha, Cynan y yo √≠bamos detr√°s; el r√≠o quedaba a nuestras espaldas. √ćbamos abri√©ndonos paso entre la espesura, procurando mantenernos a distancia del palacio. Cuanto m√°s nos alej√°bamos del r√≠o, m√°s espeso y enmara√Īado deven√≠a el bosque. Nos abr√≠amos paso entre la vegetaci√≥n a golpes de espada y seguimos avanzando penosamente hasta topar con un muro de piedra que se alzaba a pico desde el suelo del bosque.
¬óEs la misma escarpa en la que est√° labrado el palacio ¬ódijo Bran, despejando con su espada el musgo para dejar a la vista la piedra rojiza.
Levantamos las antorchas tratando de calcular la altura de la escarpa, pero la cima se perdía en la oscuridad, lejos de nuestra vista.
—Aun en el caso de que nosotros pudiéramos escalarlo —observó Cynan—, los caballos no podrían.
Dejando a nuestra derecha la escarpa, seguimos adelante alej√°ndonos siempre del palacio. Cuando una antorcha se apagaba, hac√≠amos otra con la mara√Īa de ramas que nos rodeaban. Una y otra vez nos deten√≠amos para examinar la escarpa, pero como no encontr√°bamos brechas ni asideros segu√≠amos adelante. Por fin apareci√≥ la luna y nos depar√≥ un desmayado resplandor. De vez en cuando, vislumbr√°bamos su p√°lido rostro entre el enmara√Īado ramaje.
—Veo un calvero allá delante —exclamó Bran, que se había adelantado unos pasos.
¬°Por fin!
Parec√≠a que tras haber caminado gran parte de la noche, por fin hab√≠amos descubierto un camino que nos permitir√≠a salvar la escarpa rocosa. Indiqu√© a los hombres que se detuvieran y me adelant√© con Bran a inspeccionar el claro. Hombro con hombro nos acercamos manteniendo siempre las espaldas contra la roca. Al entrar en el calvero vimos justamente delante el palacio rojizo, y a cierta distancia, a la derecha, el l√ļgubre brillo del r√≠o.
—Hemos andado en círculo —observé, pues estábamos a pocos pasos del lugar desde el que habíamos partido.
¬ó¬ŅC√≥mo es posible? ¬óse pregunt√≥, asombrado, Bran.
¬óDebe de habernos confundido la oscuridad. Retrocederemos.
Volvimos sobre nuestros pasos, informamos a los hombres del error cometido y nos pusimos de nuevo en marcha. Dejamos otra vez la escarpa a la derecha para no perdernos. La luna llegó a su punto más alto y comenzó a descender. Seguimos adelante y tras un largo rato llegamos a otro calvero. Bran y yo salimos juntos del protector límite del bosque: ante nosotros se alzaba el palacio y a la derecha fluía el tenebroso río.
Llamé a Tegid.
¬óMira, bardo ¬óle dije¬ó es igual por donde vayamos: al final siempre llegamos al mismo sitio. ¬ŅQu√© podemos hacer?
Tegid echó una ojeada al cielo y dijo:
—El alba está cerca. Descansemos ahora y volveremos a intentarlo cuando nazca el día.
Nos agrupamos en el borde del calvero cerca del río y montamos un tosco campamento. Encendimos hogueras, establecimos turnos de guardia y nos dispusimos a guardar la salida del sol. Cynan se arrebujó en su manto y se tendió en el suelo. Yo acababa de extender la manta de mi silla y de sentarme con las piernas cruzadas y la lanza sobre las rodillas, cuando Tegid se levantó de un salto.
Se quedó muy quieto, escuchando.
Percibí un leve susurro de ondas, como si un bote se moviera en la corriente del río.
—Viene del agua —susurré—. Pero qué...
—¡Shh! —siseó Tegid—. ¡Escucha!
Débilmente, como si viniera de muy lejos, oí el nervioso relincho de un caballo, seguido inmediatamente por otro. Cynan se puso en pie de un salto y gritó:
¬ó¬°Los caballos!
Atravesamos raudos el campamento hacia la estacada de los caballos. Sent√≠ un helado pinchazo de dolor en mi mano de plata y al punto vi, recortada contra el brillo del agua, una monstruosa serpiente que alzaba el cuerpo sobre el suelo y mov√≠a lentamente la enorme y puntiaguda cabezota de un lado a otro. El imponente corpach√≥n reluc√≠a a la luz de la luna; la cabeza, acorazada con astadas placas, surg√≠a de entre tres enormes anillos del tama√Īo de un caballo y una r√≠gida y horquillada cola sobresal√≠a entre el primer y el segundo anillo. Dos largas y gruesas crestas replegadas se extend√≠an a ambos costados de su cuerpo desde la horripilante cabeza.
La serpiente había dejado un rastro de agua desde el río; era obvio que su guarida tenía más de un acceso. Había surgido del río, cerca de los caballos, sin duda con la intención de saciar su pavoroso apetito con carne de caballo. Los corceles, aterrorizados, cabeceaban y piafaban tirando de las bridas y de las estacas. Algunos habían conseguido soltarse y los hombres intentaban cogerlos de nuevo.
El Wyrm parecía fascinado ante el alboroto; balanceaba la cabeza y sus ojos relucían al resplandor del fuego. Miré los asustados caballos y las hogueras del campamento...
¬ó¬°Ay√ļdame, Cynan! ¬ógrit√©.
Eché a correr, cogí una de las balas de liquen con las que alimentábamos a los caballos y me precipité hacia la fogata más cercana. Eché la bala en el fuego y luego la ensarté en la lanza. Después, con el coraje que infunde la cólera y el miedo, corrí hacia la serpiente y le arrojé a la cara la llameante lanza.
El proyectil se clavó en una huesuda placa bajo el ojo del monstruo. El Wyrm parpadeó e hizo un brusco movimiento para rehuir el fuego.
Yo me di la vuelta gritando a los que estaban m√°s cerca:
¬ó¬°Encended m√°s balas! ¬°Deprisa! Lo obligaremos a marcharse.
Cynan y otros dos guerreros se precipitaron hacia el montón de forraje, ensartaron sendas balas y las encendieron. Cynan se lanzó contra el Wyrm con un grito de batalla.
—¡Bás Draig! —aulló.
¬ó¬°B√°s Draig!¬ó corearon los otros dos guerreros.
Al volver por otra lanza y otra bala me topé con Scatha que corría hacia mí.
—¡Avisa a los demás guerreros! —le grité—. ¡Ayuda a Cynan a mantener a la serpiente alejada de los caballos!
Luego, dirigiéndome a Tegid le ordené:
—Quédate aquí y ve encendiendo balas, a medida que las vayamos necesitando.
Bran y Alun, que habían visto lo que hacía, aparecieron con balas encendidas; yo me hice con otra lanza y juntos cargamos contra el Wyrm. Scatha y sus guerreros habían tomado posiciones a medio camino entre la serpiente y el río —peligrosamente cerca del monstruo, a mi parecer—, y se afanaban en atraer la atención de la bestia para alejarla del campamento.
Yo ocupé la posición opuesta, pensando que si la serpiente se revolvía contra ellos, podríamos atacarla por el costado sin que se diera cuenta. Al adivinar nuestra intención, los demás Cuervos se unieron a nosotros blandiendo las armas y soltando un estridente grito de guerra para distraer a la serpiente. Scatha y sus hombres aprovecharon la oportunidad y avanzaron con las lanzas inclinadas y los escudos en alto. Arremetieron contra los anillos, hundiendo el hierro en la blanda piel del vientre, entre las escamas. La tremenda cabeza del reptil se volvió rápidamente hacia ellos.
—¡Ahora! —grité lanzándome al ataque.
La mano de plata me ardía con frenético fuego.
Los hombres de Scatha se mantuvieron firmes e imp√°vidos y arrojaron sus lanzas contra el costado del Wyrm. La bestia, inquieta, baj√≥ la cabeza y solt√≥ un silbido amenazador. Cuando abri√≥ la boca, lanc√© mi proyectil con todas mis fuerzas. El tiro result√≥ corto y con una lluvia de chispas fue a dar justo debajo de la boca del monstruo, pero no le ocasion√≥ el menor da√Īo. Mientras mi lanza ca√≠a al suelo, yo ya corr√≠a precipitadamente a buscar otra.
Alun no tuvo mejor suerte que yo. Pero Bran, viendo c√≥mo hab√≠amos fallado, se las apa√Ī√≥ para compensar el peso de su lanza y prepar√≥ un calculado y magn√≠fico tiro. La serpiente, alertada por nuestras fallidas lanzadas, se volvi√≥ hacia √©l silbando perversamente.
Tan pronto como abrió la boca, Bran disparó su lanza y acertó. Los Cuervos vitorearon a su jefe. Pero la serpiente se liberó de la lanza con una brusca sacudida de cabeza.
Creí que Bran, igual que Cynan y que yo, volvería junto a Tegid en busca de otra bala incendiada. Pero se limitó a recobrar la lanza que acababa de disparar, ensartó mejor la encendida bala y se dispuso a dispararla de nuevo.
Quizá la bestia intuyó el movimiento de Bran. O quizá Yr Gyrem Rua, encolerizada por nuestro ataque, arremetió contra lo que se movía más cerca. Eché una rápida ojeada alrededor y vi cómo la serpiente inclinaba la astada cabeza y embestía con sorprendente celeridad, en el preciso instante en que el brazo de Bran se inclinaba hacia atrás para arrojar la lanza.
La embestida de la serpiente golpeó al jefe de los Cuervos en el hombro. Cayó al suelo y rodó, pero sin soltar el arma. Cuando el Wyrm se disponía a atacarlo otra vez, se puso de rodillas y levantó la lanza con ambas manos mientras el monstruo inclinaba la cabeza, de modo que detuvo la embestida con el astil. La lanza con la bala incendiada saltó por un lado y Bran por el otro. La serpiente se echó hacia atrás aprestándose a un nuevo ataque.
Los Cuervos se lanzaron como un solo hombre para salvar a su capit√°n. Alun lleg√≥ el primero y tras coger la lanza ca√≠da, la blandi√≥ ante la cabeza del monstruo mientras sus compa√Īeros se llevaban a rastras a Bran.
—¡Alun! ¡Quítate de en medio! —le gritó Cynan.
Alun se apartó de un salto, cayó rodando, se puso en pie y echó a correr. Pero en lugar de retirarse al campamento con los demás, se inclinó a recuperar la lanza disparada por Bran.
Al verlo, le grité con todas mis fuerzas:
¬ó¬°No! ¬°Alun!