25 - El bosque de la noche

Seguimos la corriente del río y penetramos en el bosque. La nieve, que había alcanzado un considerable espesor en el valle, era muy escasa entre los árboles. ¡Y qué árboles!
Los hab√≠a de todas clases: a lo largo del r√≠o crec√≠an abedules plateados, sauces de varias clases, matorrales de sa√ļco, endrino, espino, avellano y acebo; y en las anchurosas vegas se alzaban sotos de robles, casta√Īos, carpes, tilos, olmos, sicomoros, pl√°tanos, nogales, fresnos, alerces, etc.; en los terrenos elevados hab√≠a √°rboles de hoja perenne: abetos, pinos y p√≠ceas en abundancia, as√≠ como cedros y tejos. Proliferaban por doquier l√≠quenes y musgos, de modo que parec√≠a como si alguien hubiera cubierto troncos y ramas con un espeso emplasto verdegris√°ceo.
Era evidente que el bosque era antiqu√≠simo. Las ramas cubiertas de musgo pend√≠an pesadamente y los troncos se inclinaban por el peso de incontables a√Īos; hojarasca acumulada durante eternidades cubr√≠a el suelo y hierbas secas como mechones de enmara√Īadas cabelleras se arracimaban en torno a a√Īosas y retorcidas ra√≠ces. Los √°rboles eran viej√≠simos.
¬°Y enormes! El r√≠o, ancho y profundo al penetrar en el bosque, parec√≠a reducirse al tama√Īo de un simple arroyo bajo aquellos gigantescos troncos. Algunos √°rboles tend√≠an sus ramas m√°s largas de una orilla a otra y abovedaban el r√≠o como si fueran enormes serpientes vegetales.
Nos mov√≠amos, en fin, en un mundo de gigantescas proporciones. Y cuanto m√°s nos intern√°bamos en la espesura, m√°s insignificantes y d√©biles nos sent√≠amos..., como si nos hubi√©ramos encogido ante nuestros propios ojos. A la sombra de aquellos √°rboles, ya no √©ramos hombres, sino insectos: diminutos, desvalidos, f√ļtiles.
Pero por descorazonador que fuera sentirse un insecto, m√°s inquietante era a√ļn el silencio que reinaba.
Cuando entramos en el bosque, fueron disminuyendo gradualmente los sonidos del mundo exterior y se iban apagando más y más a cada paso que dábamos, hasta que no oímos absolutamente nada, ni siquiera el viento. No percibíamos ni el canto de los pájaros ni el más leve crujido de ramas o troncos. El rumor de nuestros pasos quedaba amortiguado por la esponjosa hojarasca y el río fluía mudo en su limoso lecho.
Cuando comenzaba a preguntarme si el frío me habría dejado sordo, Cynan exclamó:
¬ó¬°Mo anam, hermanos! Este silencio no es propio de hombres de tan nobles clanes. ¬ŅEs que tenemos tanto miedo que ni siquiera somos capaces de entonar una agradable canci√≥n cu√°ndo y d√≥nde nos place?
Como nadie respondió, el pelirrojo héroe comenzó a cantar profiriendo tales berridos que parecía que fuera a doblar con ellos las herraduras. A voz en grito, con la cabeza erguida, cantaba:
¬°Arriba! ¬°Levantaos, valientes y bravos compa√Īeros!
El sol se alza rojo sobre las retamas de la monta√Īa
y mi negro sabueso est√° ansioso por seguir el rastro.
¬°Arriba! ¬°Levantaos, audaces y esforzados amigos!
El ciervo corre entre los brezos de la ladera,
y mi caballo alaz√°n est√° inquieto por perseguir la presa.
¬°Arriba! ¬°Lev√°ntate, hermosa se√Īora de cabello azabache!
Un beso antes de unirme a la caza,
un beso antes de que me vaya volando... ¬°Arriba!
Su empe√Īo en levantar los √°nimos era digno de admiraci√≥n. Logr√≥ incluso que algunos hombres lo corearan, pero nadie estaba de humor y no tardaron en enmudecer. Cynan, enfadado, sigui√≥ cantando solo un buen rato por pura y simple tozudez. Pero tambi√©n su impetuoso esp√≠ritu acab√≥ dobleg√°ndose ante el vasto y agobiante silencio del bosque.
A partir de entonces seguimos nuestro camino en silencio, embotados y ensimismados. El bosque parecía apoderarse de nuestras mentes y de nuestros corazones, despertaba nuestros miedos y hacía emerger recelos y temores recónditos para que fueran desgastándonos con su corrosivo poder. Me daba la impresión de que nos vigilaban, de que en la espesura nos acechaba un enemigo invisible.
En las ramas que se entretejían sobre nuestras cabezas, en las espesas y oscuras sombras al otro lado del río, detrás de cada uno de los árboles y matojos, nos observaban fríos ojos y nos aguardaban frías manos. Imaginaba que una multitud de Hombres Serpientes, armados con sus cortas lanzas de bronce, nos observaban con helada malicia de reptil, espiaban nuestro avance y se deslizaban en el silencio del bosque con el silencio de las serpientes.
Me repetía a mí mismo que mis temores eran meras invenciones de mi mente, pero no podía evitar que mis ojos escrutaran constantemente las sombras.
La noche se fue apoderando sigilosamente del bosque, pero apenas se notó la diferencia; en aquel lugar, siempre tenebroso y sobrenaturalmente quieto, la luz del sol era sólo una débil y ajena presencia. Tegid lo había llamado Coed Nos, el Bosque de la Noche; y era, desde luego, un nombre muy acertado. En efecto, el sol seguía su órbita diaria, se levantaba y ponía en resplandecientes llamaradas que iluminaban el mundo exterior; pero nosotros habíamos penetrado en el mismísimo reino de la noche y el astro rey no tenía poder alguno en aquel lugar.
Acampamos a la orilla del r√≠o y encendimos enormes fogatas. Si abrigaba la esperanza de encontrar alg√ļn alivio en el fuego, no tard√© en decepcionarme. El bosque parec√≠a absorber el calor y la luz, incluso la vida de las llamas, y les confer√≠a un aspecto p√°lido e impotente. Nos acomodamos con las caras muy cerca del tibio resplandor, mientras sent√≠amos en nuestras espaldas el peso del furtivo silencio.
No pod√≠a descansar. No pod√≠a comer ni tampoco hablar con nadie; a cada instante volv√≠a la cabeza y escrutaba las sombras por encima del hombro. La sensaci√≥n de que nos estaban acechando era tan fuerte que se convert√≠a en una absoluta certeza. Creo que los dem√°s tambi√©n lo present√≠an; nadie hablaba ni bromeaba como es usual cuando los hombres se re√ļnen alrededor del fuego, tras una larga jornada. Parec√≠a como si no pudi√©ramos resistir aquel absorbente silencio; prefer√≠amos hundirnos en √©l, dejar que nos cubriera y nos escondiera de las cosas que acechaban entre las sombras.
Pasamos una noche horrible. Nadie durmi√≥; todos permanecimos despiertos escrutando la tupida mara√Īa de troncos y ramas, apenas iluminados por las d√©biles fogatas. Sin embargo, eso no signific√≥ que no so√Ī√°ramos. So√Īamos. Creo que todos nosotros fuimos visitados por inquietantes y extra√Īas pesadillas.
Sentado y encorvado sobre las rodillas, mientras escrutaba aquella oscuridad de troncos retorcidos, vi una silueta que destellaba d√©bilmente y, a medida que se acercaba, iba tomando una apariencia humana: la de una mujer esbelta vestida de blanco. ¬ŅGoewyn?
Me puse en pie de un salto.
¬°Goewyn!
Corrí hacia ella. Estaba temblando, sus brazos desnudos estaban helados y era evidente que había estado errando por el bosque durante muchos días. Debía de haber escapado de sus raptores y se había refugiado en el bosque.
—¡Goewyn! Oh, Goewyn, estás sana y salva —dije, y le tendí la mano olvidándome de lo helado que resultaría el tacto de mi mano de plata sobre su piel. La toqué y ella gritó.
—Estoy helada, Llew —musitó.
¬óToma mi manto ¬óle dije quit√°ndomelo¬ó. P√≥ntelo. Ac√©rcate al fuego. Yo te calentar√© ¬óa√Īad√≠ metiendo la mano de plata entre las llamas.
En un instante el metal se calentó, y entonces me volví y cogí la mano de Goewyn. El metal estaba muy caliente y le quemó la carne. Se levantó una acre humareda que me irritó los ojos. Goewyn retrocedió con un grito, pero la piel se había adherido al metal y se le desgarró al retirar su mano de la mía. Y no sólo la piel..., también la carne quemada.
Con un grito de agon√≠a, se llev√≥ la mano a la cara pero s√≥lo le quedaban los huesos. Sin carne y sin ligamentos que los mantuvieran unidos, los huesos se separaron y cayeron al suelo enterr√°ndose en la nieve. Goewyn se agarr√≥ el mu√Ī√≥n y se ech√≥ a llorar.
Yo estaba paralizado por el p√°nico y la indecisi√≥n; deseaba consolarla pero no me atrev√≠a a tocarla por miedo a hacerle da√Īo. Tegid se acerc√≥ corriendo. Cogi√≥ a Goewyn por los hombros y empez√≥ a sacudirla con violencia.
—¡Cállate! —le gritaba—. ¡Cállate! ¡Van a oírte!
Pero ella no podía dominarse. Lloraba y sollozaba sosteniéndose el brazo. Tegid seguía gritándole que se callara, que iba a alertar al enemigo.
Bran lleg√≥ corriendo espada en mano. Sin una palabra, se lanz√≥ sobre Goewyn. Ella se volvi√≥ hacia √©l y el Cuervo le clav√≥ la espada en el coraz√≥n. Al retirarla, brot√≥ un chorro escarlata que ensangrent√≥ la t√ļnica blanca de Goewyn.
Ella se volvió hacia mí y gritó:
¬ó¬°Llew! ¬°S√°lvame!
Pero yo no podía moverme. No podía hacer nada por salvar a mi amada, que se derrumbó, sangrando profusamente por la herida. Tendida en el suelo alzó su brazo hacia mí.
—Llew... —jadeó con voz desmayada.
Mi nombre fue la √ļltima palabra que sali√≥ de sus labios.
La sangre caliente que brotaba de su pecho se hundía en la blanca nieve, que comenzó a derretirse. Y bajo la nieve derretida empezó a aparecer y a crecer la hierba.
Alc√© los ojos y mir√© a mi alrededor. Ya no me encontraba en el bosque. Tegid y Bran se hab√≠an marchado y me hab√≠an dejado solo en la cima de una monta√Īa que se cern√≠a sobre un arroyo; al otro lado del arroyo hab√≠a un bosquecillo de esbeltos abedules plateados. Vi que la nieve de las laderas de la colina se derret√≠a y que brotaban centenares de flores amarillas. Las nubes se despejaron y apareci√≥ un c√°lido sol en un radiante cielo azul.
Cuando me di la vuelta, Goewyn hab√≠a desaparecido; pero en el lugar donde hab√≠a yacido hab√≠a un peque√Īo t√ļmulo... poco m√°s que un montoncito de tierra cubierto de hierba. Y sobre el t√ļmulo se arracimaban hermosas flores blancas, pues hab√≠a brotado un arbusto de milenrama donde hab√≠a yacido el cuerpo de Goewyn.
Con lágrimas en los ojos me alejé y descendí por la ladera hasta llegar junto al arroyo; me arrodillé y me lavé la cara en las frías y cristalinas aguas. Mientras me estaba lavando, oí que una voz desde el bosquecillo de abedules entonaba una melodía ligera, como el canto de los pájaros. Me levanté, vadeé el arroyo y entré en el soto.
Avancé entre las moteadas sombras verdes y entre los esbeltos abedules blancos, en pos de la melodía. Llegué a un calvero y me detuve. En medio del calvero, sobre un estanque de dorados rayos se alzaba una glorieta hecha con ramas de abedul; la melodía surgía de aquella enramada.
El corazón me latió con fuerza. Salí de entre los árboles y crucé el prado. Mientras me acercaba, la canción enmudeció. Vi que algo se movía entre el verdor de la enramada y me detuve.
De la glorieta salió una mujer vestida de verde y amarillo. Los cabellos, de un suave tono dorado, le cubrían el rostro; como mantenía la cabeza baja no podía ver quién era. Se alejó grácilmente de la pérgola y extendió las manos hacia el sol como si quisiera recoger en ellas los rayos convertidos en agua. Y entonces, aunque yo no me había movido y ni siquiera respiraba, se volvió hacia mí y me dijo:
¬óLlew, por fin has llegado. Te he estado esperando. ¬ŅPor qu√© has tardado tanto?
Se apartó los cabellos de la cara. Yo me quedé atónito. Ella se rió de mi aturdimiento y dijo:
¬ó¬ŅEs que no vas a darme un beso de bienvenida?
Su voz sonaba en mis oídos como una dulce melodía.
¬ó¬ŅGoewyn?
Ella me tendió los brazos.
—Te estoy esperando, amado mío.
—Goewyn, estás muerta. Vi cómo morías.
¬ó¬ŅMuerta?
Pronunció la palabra con la suave ligereza de una mariposa al posarse en un pétalo. Sin dejar de sonreír, mientras sus labios formaban una deliciosa curva que se prolongaba hasta los hoyuelos de sus mejillas, alzó la barbilla en un gesto de burlón desafío.
¬óNo quiero saber nada de la muerte ¬ódijo¬ó. Y ahora, ¬Ņno vas a darme un beso?
Corrí a sus brazos y sentí sus cálidos labios sobre los míos y un dulce sabor en la lengua. La estreché contra mí, y la besé en la boca, en las mejillas, en el cuello, abrazándola con fuerza para que no se me escabullera como la luz del sol entre los dedos.
—Creí que te había perdido —le dije, mientras brotaban de mis ojos lágrimas de alegría. Aspiré el dulce aroma de sus cabellos como si pudiera aspirarla a ella, hacerla parte de mí mismo.
¬óNo me dejes nunca, Goewyn.
Ella sonrió.
¬ó¬ŅDejarte? ¬ŅC√≥mo podr√≠a dejarte? Formas parte de m√≠ y yo de ti.
—Dímelo otra vez. Por favor, dime que nunca me dejarás.
—Nunca te dejaré, alma mía —susurró ella—. Te amaré siempre... siempre...
¬ó¬ŅLlew? ¬ŅQu√© haces?
Era la voz de Tegid. Me di la vuelta y lo miré exasperado.
¬ó¬ŅEs que no lo ves? Est√°s de m√°s aqu√≠. Vete.
¬óLlew, volvamos junto al fuego. Has estado so√Īando.
¬ó¬ŅQu√© dices?
El rostro de Tegid se ensombreció, como si hubiera pasado una nube y hubiera ocultado el sol.
¬óVuelve al campamento conmigo ¬ódijo¬ó. Has estado caminando en sue√Īos.
Con esas palabras, el calvero ba√Īado de sol se desvaneci√≥. Mir√© a mi alrededor y vi que de nuevo me encontraba en el bosque, en plena noche. La umbr√≠a enramada hab√≠a desaparecido y Goewyn con ella.
En los d√≠as que siguieron no habl√© con nadie. Abatido, desanimado y turbado, elud√≠a la compa√Ī√≠a de todos. Cuando era necesario, Cynan o Bran se encargaban de dar las √≥rdenes.
Nos fuimos internando en la espesura. Los √°rboles se iban haciendo m√°s grandes, sus retorcidos troncos y enmara√Īadas ramas ocultaban la luz del sol y aumentaban m√°s y m√°s la lobreguez y el silencio del lugar. Si nos hubieran encerrado en sacos de cuero, no nos habr√≠an parecido m√°s agobiantes y abrumadores que Coed Nos.
Una atmósfera de maligno cansancio emanaba de las retorcidas raíces y de los troncos que nos rodeaban; bajo nuestros pies la languidez rezumaba de la mullida hojarasca como cieno. Un letargo semejante al liquen gris que cubría todo se adhería a nuestras piernas y nos iba arrebatando las fuerzas.
Avanzábamos en fila, con las cabezas gachas y los hombros hundidos. Los que iban a pie marchaban en vanguardia para que nadie se quedara atrás, pues Tegid temía que si alguno se rezagaba no se lo volvería a ver más. Cada vez que nos deteníamos a descansar o a abrevar los caballos, Cynan y Bran se turnaban en el mando. Hacían todo lo que podían para imponer un paso regular y nos obligaban a movernos pese a la apatía que nos dominaba.
Aun as√≠, parec√≠a que, m√°s que avanzar, segu√≠amos un camino que iba dando vueltas lentamente. Nos mov√≠amos pero no avanz√°bamos, segu√≠amos adelante pero nunca lleg√°bamos. Nos empecin√°bamos en dirigirnos hacia un destino que perpetuamente retroced√≠a. Los d√≠as fueron transcurriendo hasta que perdimos la cuenta de ellos. Dorm√≠amos muy poco, habl√°bamos a√ļn menos y segu√≠amos adelante inexorablemente.
La comida empezó a escasear. Habíamos abrigado la esperanza de cazar en la espesura; por lo menos nos habría servido de distracción. Pero si había caza en el bosque, no la vimos, ni nos cruzamos con huellas de animales. Se nos acabó la carne seca y tuvimos que alimentarnos de mendrugos, que ablandábamos empapándolos en cerveza. Cuando se nos acabó la cerveza, bebimos agua del río. El pan se enmoheció y se volvió incomestible, pero no teníamos nada más. Cuando también se nos acabó el pan, hicimos gachas hirviendo los preciosos granos de cereal que llevábamos, con raíces y cortezas que buscaba Tegid. Los caballos se alimentaban de los líquenes grises que empacábamos tras arrancarlos de los troncos con cuchillos y espadas. Era un alimento muy poco adecuado para tan nobles bestias, pero por lo menos lo había en abundancia y los animales lo devoraban de buena gana.
Nos creci√≥ la barba y la piel se nos empalideci√≥ por la falta de sol. Nos ba√Ī√°bamos con regularidad en el r√≠o, hasta que los hombres empezaron a encontrar sanguijuelas por doquier. Desde entonces dejamos de ba√Īarnos y nos tuvimos que conformar con lavarnos simplemente.
La inquietud de Cynan fue en aumento. A medida que transcurrían los días, nos urgía a que apresuráramos la marcha y se quejaba con frecuencia porque no nos afanábamos lo bastante por salir del bosque.
—Tranquilízate, hermano —le aconsejó Bran—. Nada se gana con presionar tanto.
¬óEstamos tardando demasiado ¬ógru√Ī√≥ Cynan¬ó. Hace tiempo que deber√≠amos haber salido del bosque.
¬óNo te desanimes ¬óle dije¬ó. Pronto llegaremos.
Cynan se encaró conmigo.
¬ó¬°Tambi√©n han raptado a mi esposa! ¬ŅO es que lo has olvidado? Te aseguro que no es menos reina que tu preciosa Goewyn.
—Lo sé, hermano —intenté apaciguarlo—. Por favor, sé...
¬ó¬ŅCrees acaso que no me preocupa mi esposa? ¬óme grit√≥ desafiante¬ó. ¬ŅCrees que porque no digo nada, no pronuncio su nombre en lo m√°s profundo de mi coraz√≥n a cada paso que doy?
¬óNo me cabe la menor duda, Cynan. C√°lmate. Las encontraremos a las dos.
Posé mi mano sobre su brazo, pero él la rechazó, me miró fijamente y resopló.
Alg√ļn tiempo despu√©s ¬óno s√© si pasaron dos o diez d√≠as¬ó, llegamos al l√≠mite del bosque y vimos un claro rodeado por los rocosos riscos del r√≠o. En el centro del claro, sobre la orilla izquierda, se alzaba una ciudad, arruinada y desierta, construida con la piedra rojiza del bancal. A primera vista me pareci√≥ una ciudad, pero cuando la hube observado mejor, vi que consist√≠a en una sola edificaci√≥n: un enorme palacio con centenares y centenares de viviendas, murallas, columnas, patios y santuarios, que se amontonaban en un confuso revoltijo de piedra rojiza.
Al salir del bosque, nos deslumbr√≥ la apagada luz del d√≠a. Hac√≠a incontables d√≠as que no ve√≠amos el cielo, y nos detuvimos a mirarlo, protegi√©ndonos los ojos con las manos. Despu√©s, estremecidos a√ļn por la brusca aparici√≥n del sol, el cielo y el aire libre, avanzamos cautelosamente, como si aquel extra√Īo palacio fuera un espejismo que pudiera desvanecerse en cuanto apart√°ramos los ojos de √©l.
Pero a juzgar por los incontables pin√°culos de los puntiagudos tejados que remataban las distintas edificaciones, aquella construcci√≥n era de s√≥lida piedra. Las columnas y los tejados estaban en su mayor√≠a derrumbados, y las redondas cuencas de las ventanas, vac√≠as y apagadas. Sin embargo, el palacio permanec√≠a intacto en su mayor parte. En los frontones hab√≠a labradas figuras de animales y p√°jaros, pero no se ve√≠a ninguna figura humana. El edificio hab√≠a sido construido encarado al r√≠o; una sola entrada, semejante a la de la torre pero mucho mayor, se abr√≠a sobre una terraza que acababa en una ancha escalinata de piedra que descend√≠a hacia el r√≠o. Los muros de piedra labrada se suced√≠an en curvas y se inclinaban unos sobre otros como si fueran ramas, sin dibujar ni una sola l√≠nea recta. Tan extra√Īa arquitectura infund√≠a a aquel lugar una apariencia org√°nica que Cynan defini√≥ muy acertadamente al primer golpe de vista:
—Vaya, miradlo ahí acostado... como un lagarto repantigado en la orilla del río.
—Desde luego —asintió Alun Tringad—. Es un lagarto dormido. Ojalá no se despierte.
No se mov√≠a nada; no se o√≠a ni el m√°s leve sonido entre las ruinas. El palacio rojizo estaba tan muerto y desierto como la torre que hab√≠amos visto, y era tan viejo como ella. Y sin embargo, cualquiera que fuera el poder que preservaba aquella construcci√≥n, no la hab√≠a abandonado del todo. En efecto, era evidente que el palacio a√ļn ejerc√≠a un superior dominio sobre el bosque; de otro modo, la piedra rojiza habr√≠a sido devorada tiempo atr√°s por la vegetaci√≥n. Todav√≠a persist√≠a algo que imped√≠a a la vegetaci√≥n invadir el claro y el abandonado palacio y adue√Īarse de ellos.
Al final de la terraza, los arruinados restos de lo que parecía ser una ancha y pavimentada carretera conducían fuera de la ciudad trazando un ángulo que se alejaba del río. Tegid contempló largo rato el rojizo palacio y luego nos conminó a alejarnos de allí.
—Es un lugar maldito. No encontraremos en él nada más que aflicción.
¡Ay! Ojalá hubiéramos seguido su sabio consejo.