43 - Eddard

—¿Seguro que no eran simples bandidos? —preguntó Varys con voz suave desde la mesa del Consejo, bajo el trono.
El Gran Maestre Pycelle, desasosegado, cambió de postura junto a él mientras Meñique jugueteaba con una pluma. Eran los únicos consejeros presentes. En el Bosque Real se había divisado un venado blanco, y Lord Renly y Ser Barristan se habían apuntado a la partida del rey para darle caza, junto con el príncipe Joffrey, Sandor Clegane, Balon Swann y la mitad de la corte. De manera que, en su ausencia, Ned estaba obligado a sentarse en el Trono de Hierro.
Al menos él podía sentarse. A excepción del Consejo, el resto de los presentes tenía que mantenerse respetuosamente de pie o de rodillas. Los peticionarios aglomerados junto a las altas puertas; los caballeros, damas y señores bajo los tapices; el pueblo en la galería; los caballeros con sus capas, doradas o grises... todos, todos de pie.
Los aldeanos, en cambio, estaban de rodillas: hombres, mujeres y niños, todos andrajosos y ensangrentados por igual, con el miedo reflejado en los rostros. Los tres caballeros que los habían llevado allí para que presentaran testimonio permanecían de pie tras ellos.
—¿Bandidos, Lord Varys? —La voz de Ser Raymun Darry rezumaba desprecio— . Desde luego, sin duda eran bandidos. Bandidos Lannister.
Ned advirtió el murmullo incómodo que recorría la sala, vio cómo los grandes señores prestaban atención igual que los criados. No consiguió fingir sorpresa. El oeste se había convertido en un polvorín desde que Catelyn tomara prisionero a Tyrion Lannister. Aguasdulces y Roca Casterly habían llamado a sus vasallos, y en el paso bajo el Colmillo Dorado se reunían los ejércitos. Sólo era cuestión de tiempo que empezara a correr la sangre. La única pregunta a contestar era cómo restañar la herida.
Ser Karyl Vance, el de los ojos tristes, que habría resultado atractivo de no ser por la marca amoratada de nacimiento que tenía en el rostro, hizo un gesto en dirección a los aldeanos.
—Esto es todo lo que queda de Sherrer, Lord Eddard. El resto de los habitantes han muerto, junto con los de Wendish y los del Vado del Titiritero.
—Levantaos —ordenó Ned a los aldeanos. Jamás confiaba en lo que le decía un hombre arrodillado—. Venga, levantaos todos.
Uno a uno los aldeanos de Sherrer se fueron poniendo en pie. Hubo que ayudar a un anciano, y una muchachita de vestido ensangrentado permaneció de rodillas, mirando sin ver a Ser Arys Oakheart, que estaba al pie del trono vestido con la armadura blanca de la Guardia Real, dispuesto a proteger y defender al rey... o a la Mano del Rey, quiso creer Ned.
—Joss —dijo Ser Raymun Darry a un hombre regordete y calvo que llevaba delantal de cervecero—, cuéntale a la Mano lo que sucedió en Sherrer.
Joss asintió.
—Con el permiso de Su Alteza...
—Su Alteza está cazando al otro lado del Aguasnegras —dijo Ned. Le parecía increíble que un hombre pudiera pasar la vida entera a apenas unos días a caballo de la Fortaleza Roja sin tener la menor idea de cuál era el aspecto del rey. Él vestía un jubón de lino blanco con el lobo huargo de los Stark en el pecho; el broche de plata en forma de mano que era el emblema de su cargo lo utilizaba para sujetarse la capa negra. Blanco, negro y gris, todas las tonalidades de la verdad—. Yo soy Lord Eddard Stark, la Mano del Rey. Dime quién eres y qué sabes de esos jinetes.
—Tengo... tenía... tenía una cervecería, mi señor, en Sherrer, junto al puente de piedra. La mejor cerveza al sur del Cuello, lo dice todo el mundo, con vuestro permiso, mi señor. Ahora ya no existe, mi señor, ha desaparecido, igual que el resto. Vinieron, bebieron hasta hartarse y derramaron el resto. Luego prendieron fuego al techo y también habrían derramado mi sangre si me hubieran atrapado, mi señor.
—Nos quemaron las casas —dijo un granjero junto a él—. Llegaron a caballo en la oscuridad, venían del sur, y prendieron fuego a los campos y a las casas, mataron a todo el que intentó detenerlos. Pero no eran ladrones, mi señor, no querían robarnos el ganado ni nada de eso, mataron a mi vaca lechera y la dejaron allí, para que se la comieran las moscas y los cuervos.
—Arrollaron a mi aprendiz —intervino un hombre achaparrado con músculos de herrero y la cabeza vendada. Se había puesto sus mejores ropas para acudir a la corte, pero llevaba los calzones manchados y la capa polvorienta—. Lo persiguieron a caballo por los campos, jugaron con él, lo pinchaban con las lanzas y se reían como si fuera un juego, el chico no hacía más que gritar y caerse, y al final uno lo traspasó.
La muchacha que seguía de rodillas movió la cabeza para alzar la vista hacia Ned, en el trono.
—También mataron a mi madre, Alteza. Y a mí me... a mí me... —Su voz se quebró, como si hubiera olvidado lo que estaba a punto de decir. Empezó a sollozar. Ser Raymun Darry reanudó el relato.
—En Wendish la gente intentó refugiarse en el fortín, pero las paredes eran de madera. Los jinetes amontonaron paja contra ellas y los intentaron quemar vivos. Cuando los habitantes de Wendish abrieron las puertas para escapar del fuego, los mataron con flechas a medida que salían, incluso a las mujeres con niños de pecho.
—Qué espanto —murmuró Varys—. ¿Hasta dónde puede llegar la crueldad del hombre?
—A nosotros nos habrían hecho lo mismo, pero el fortín de Sherrer es de piedra —dijo Joss—. Algunos querían hacernos salir con humo, pero el grande dijo que había fruta más madura río arriba, así que se fueron a Vado del Titiritero.
Ned sintió el acero frío contra los dedos al inclinarse hacia adelante. Entre cada dos dedos había una hoja, las puntas de espadas retorcidas sobresalían como garras de los brazos del trono. Pese a los tres siglos transcurridos desde que fuera forjado, algunas seguían afiladas y cortantes. El Trono de Hierro estaba lleno de trampas para cazar al incauto. Según decían las canciones, para hacerlo se habían empleado mil espadas, calentadas al rojo blanco en las forjas de Balerion, el Terror Negro. Los trabajos duraron cincuenta y nueve días. El resultado fue aquella bestia negra, hecha de filos, púas y hojas de metal afilado: una silla capaz de matar a un hombre, y que, según las leyendas, ya lo había hecho. Eddard Stark era incapaz de comprender qué hacía allí sentado, pero allí estaba, y aquella gente le pedía justicia.
—¿Qué pruebas tenéis de que fueran de la Casa Lannister? —preguntó, tratando de controlar la ira—. ¿Llevaban capas escarlata o un estandarte con el emblema del león?
—Ni siquiera los Lannister son tan idiotas para eso —resopló Ser Marq Piper. Era un joven gallito, un fanfarrón, demasiado inmaduro e impulsivo para el gusto de Ned. Pero al mismo tiempo era buen amigo del hermano de Catelyn, Edmure Tully.
—Todos los atacantes iban a caballo y con cotas de mallas, mi señor —respondió Ser Karyl con voz tranquila—. Llevaban lanzas de punta de acero, y también espadas y hachas. —Hizo un gesto en dirección a uno de los harapientos supervivientes—. Tú. Sí, tú. Nadie te va a hacer nada. Dile a la Mano lo que me contaste.
—Es sobre los caballos —dijo el anciano con la cabeza inclinada—. Eran caballos de guerra. Trabajé muchos años en los establos del viejo Ser Willum, así que los distingo. Pongo a los dioses por testigos de que ninguno de esos animales había tirado nunca de un arado.
—Bandoleros con buenas monturas —observó Meñique—. Puede que robaran los caballos antes de atacar.
—¿Cuántos hombres componían el grupo? —quiso saber Ned.
—Por lo menos cien —respondió Joss.
—Cincuenta —dijo a la vez el herrero de los vendajes.
—Cientos y cientos —fue la respuesta de una anciana, tras ellos—. Un ejército, mi señor, un ejército era eso.
—Tienes más razón de la que crees, buena mujer —le dijo Lord Eddard—. Decís que no llevaban estandarte. ¿Y qué armaduras utilizaban? ¿Alguno de vosotros se fijó en los adornos, en las decoraciones, cualquier detalle de los escudos o de los yelmos?
—Me duele deciros esto, mi señor —contestó Joss, el cervecero, sacudiendo la cabeza—, pero no, las armaduras que llevaban eran sencillas. Sólo... bueno, el que parecía que mandaba, la armadura suya era igual que las otras, pero llamaba la atención. Era por el tamaño, mi señor. Quien diga que los gigantes ya no existen es porque no ha visto a este hombre, os lo juro. Era grande como un buey, y su voz retumbaba como un trueno.
—¡La Montaña! —exclamó Ser Marq de manera que todos lo oyeran—. ¿A alguien le cabe la menor duda? Esto ha sido obra de Gregor Clegane.
Ned oyó murmullos bajo las ventanas y al otro extremo de la sala. Hasta en las galerías se escuchaban susurros nerviosos. Tanto los grandes señores como el pueblo llano entendían qué significaría que Ser Marq estuviera en lo cierto. Ser Gregor Clegane era vasallo de Lord Tywin Lannister.
Escudriñó los rostros aterrados de los aldeanos. No era de extrañar que estuvieran tan asustados: creían que los habían arrastrado allí para llamar asesino a Lord Tywin, ante el rey que estaba casado con su hija. Seguramente los caballeros no les habían dejado elección.
El Gran Maestre Pycelle se levantó pausadamente de su lugar en la mesa del Consejo. La cadena que simbolizaba su cargo tintineó.
—Con todos los respetos, Ser Marq, no podéis saber si ese forajido era Ser Gregor
o no. En el reino hay muchos hombres corpulentos. —¿Tan corpulentos como la Montaña que Cabalga? —replicó Ser Karyl—. Yo no he conocido a ninguno.
—Ni nadie entre los presentes —añadió Ser Raymun, ardoroso—. Hasta su hermano parece un cachorrillo en comparación. Abrid los ojos, mis señores. ¿Os hace falta ver su sello sobre los cadáveres? Fue Gregor.
—¿Por qué iba a actuar Ser Gregor como un bandido? —preguntó Pycelle—. Su señor le otorgó una fortaleza y tierras propias. Es un caballero ungido.
—¡Un falso caballero! —replicó Ser Marq—. Es el perro rabioso de Lord Tywin.
—Mi señor Mano —declaró Pycelle con tono rígido—, os ruego que recordéis a este «buen» caballero que Lord Tywin Lannister es el padre de nuestra amada reina.
—Gracias, Gran Maestre Pycelle —dijo Ned—. Si no llegáis a decirlo quizá lo hubiéramos olvidado.
Desde su lugar privilegiado en el trono, vio cómo varios hombres salían a hurtadillas por la puerta del fondo de la sala. Los conejos corrían a esconderse... o tal vez las ratas iban a mordisquear el queso de la reina. Divisó a la septa Mordane en la galería, acompañando a su hija Sansa. Ned sintió un ramalazo de ira: aquél no era lugar apropiado para una niña. Pero la septa no podía haber imaginado que la sesión iba a ir más allá de la tediosa rutina de escuchar peticiones, zanjar disputas entre aldeas rivales y marcar límites entre poblados.
Abajo, junto a la mesa del Consejo, Petyr Baelish pareció perder interés en la pluma y se inclinó hacia delante.
—Ser Marq, Ser Karyl, Ser Raymun... ¿puedo haceros una pregunta? Esas aldeas estaban bajo vuestra protección. ¿Dónde estabais mientras tenían lugar tantos asesinatos e incendios?
—Yo estaba al lado de mi señor padre, en el paso bajo el Colmillo Dorado — respondió Ser Karyl—. Igual que Ser Marq. Cuando Ser Edmure Tully recibió la noticia de estas afrentas, nos envió instrucciones de organizar un grupo de hombres para buscar a los supervivientes que hubiera y traerlos ante el rey.
—Ser Edmure me había convocado a Aguasdulces, junto con todos mis hombres —explicó por su parte Ser Raymun Darry—. Estaba acampado al otro lado del río, aguardando sus órdenes, cuando me llegó la noticia. Cuando regresé a mis tierras, Clegane y sus alimañas ya estaban al otro lado del Forca Roja, en las colinas de Lannister.
—¿Y si vuelven, señor? —Meñique se acarició la barbita puntiaguda, pensativo.
—Si vuelven su sangre regará los campos que quemaron —declaró Ser Marq Piper, en tono fervoroso.
—Ser Edmure ha enviado hombres a todo pueblo y aldea a menos de un día a caballo de la frontera —explicó Ser Karyl.
«Que es probablemente lo que quiere Lord Tywin —se dijo Ned para sus adentros—, mermar las fuerzas de Aguasdulces, engañar al chico para que disperse a sus hombres.» El hermano de su esposa era joven, y más valeroso que inteligente. Intentaría defender cada centímetro de sus tierras, a cada hombre, mujer y niño de los que lo llamaban señor, y Tywin Lannister, astuto como era, lo sabría.
—Si vuestros campos y aldeas están a salvo de todo daño —decía Lord Petyr—, ¿qué pedís al trono?
—Los señores del Tridente mantienen la paz del rey —respondió Ser Raymun Darry—. Los Lannister la han quebrado. Pedimos permiso para darles cumplida respuesta, acero por acero. Pedimos justicia para los habitantes de Sherrer, de Wendish y del Vado del Titiritero.
—Edmure está de acuerdo, debemos pagar a Gregor Clegane con su misma moneda sangrienta —declaró Marq—, pero el anciano Lord Hoster nos ordenó venir aquí a pedir el permiso del rey antes de atacar.
«Gracias a los dioses por el anciano Lord Hoster.» Tywin Lannister tenía tanto de zorro como de león. Si era verdad que había enviado a Ser Gregor para quemar y saquear, y de eso a Ned no le cabía la menor duda, se había asegurado de que lo hiciera amparado en la noche, sin estandartes, como un vulgar bandolero. Cuando Aguasdulces contraatacara, Cersei y su padre insistirían en que los que habían roto la paz del rey habían sido los Tully, no los Lannister. Y sólo los dioses sabían a quién creería Robert.
—Mi señor Mano —lo interpeló el Gran Maestre Pycelle, que se había levantado de nuevo—, si estos aldeanos creen que Ser Gregor ha dejado de lado sus votos sagrados para dedicarse a las violaciones y el pillaje, que vayan a presentar tales quejas a su señor. Estos crímenes no tienen nada que ver con el trono. Que busquen la justicia de Lord Tywin.
—Toda justicia es justicia del rey —replicó Ned—. Todo lo que hacemos en el norte, en el sur, en el este o en el oeste, es en nombre de Robert.
—Es la justicia del rey —insistió el Gran Maestre Pycelle—. Por lo tanto, deberíamos aplazar este asunto hasta que Su Alteza...
—El rey está cazando al otro lado del río, y puede que no regrese en varios días —dijo Lord Eddard—. Robert me ordenó ocupar su lugar, escuchar con sus oídos y hablar con su voz. Y es precisamente lo que voy a hacer... aunque estoy de acuerdo en que se le debe comunicar este asunto. —Divisó bajo los tapices un rostro conocido—. Ser Robar —llamó.
—Mi señor. —Ser Robar Royce dio un paso al frente e hizo una reverencia.
—Vuestro padre está cazando con el rey —dijo Ned—. ¿Queréis ir a llevarles la noticia de lo que se ha dicho y hecho hoy aquí?
—Al momento, mi señor.
—¿Tenemos pues vuestro permiso para emprender la venganza contra Ser Gregor? —preguntó Marq Piper al trono.
—¿Venganza? —inquirió Ned—. Pensaba que estábamos hablando de justicia. Con quemar los campos de Clegane y matar a sus siervos no se recuperará la paz del rey, no haréis más que poner parches en vuestro orgullo. —Apartó la vista antes de que el joven caballero pudiera protestar airadamente, y se dirigió a los aldeanos—. Habitantes de Sherrer, no puedo devolveros los hogares ni las cosechas, ni tampoco devolver la vida a vuestros muertos. Pero quizá pueda mostraros, aunque sea en pequeña medida, la justicia de nuestro rey Robert.
Todos los ojos de la sala estaban clavados en él, a la espera. Ned se puso en pie muy despacio y se levantó del trono con la fuerza de los brazos, haciendo caso omiso del dolor punzante en la pierna rota; no era el mejor momento para que nadie advirtiera su debilidad.
—Los primeros hombres creían que el juez que ordena la muerte debe ser también el que esgrima la espada, y en el norte todavía nos regimos por esa costumbre. No me gusta enviar a nadie a matar en mi nombre... pero me temo que no tengo otro remedio —dijo señalándose la pierna herida.
—¡Lord Eddard! —El grito procedía del ala oeste de la sala. Un muchachito muy joven y atractivo se adelantó con paso osado. Sin la armadura, Ser Loras Tyrell ni siquiera aparentaba sus dieciséis años. Llevaba ropas de seda color azul celeste, y su cinturón era una cadena de rosas doradas, el emblema de su Casa—. Os suplico el honor de que me permitáis actuar en vuestro lugar. Encomendadme esa tarea, mi señor, y juro que no os fallaré.
—Ser Loras, si os enviamos a vos —dijo Meñique con una risita—, Ser Gregor nos enviará a cambio vuestra cabeza con una pluma metida en esa preciosa boquita que tenéis. La Montaña no es el tipo de persona que inclina la cabeza ante la justicia de cualquier hombre.
—No temo a Gregor Clegane —replicó Ser Loras, altanero.
Ned volvió a sentarse en el duro asiento de hierro que era el trono deforme de Aegon. Escudriñó con la mirada los rostros que se alineaban junto al muro.
—Lord Beric —llamó—. Thoros de Myr. Ser Gladden. Lord Lothar. —Los nombrados se fueron adelantando, uno a uno—. Deberéis reunir un grupo de veinte hombres cada uno, y llevar mi palabra a la fortaleza de Gregor. Veinte de mis guardias os acompañarán. Lord Beric Dondarrion, tendréis el mando general, como corresponde a vuestro rango.
—A vuestras órdenes, Lord Eddard —dijo el joven señor del pelo dorado rojizo con una reverencia.
—En nombre de Robert de la Casa Baratheon —exclamó Ned alzando la voz para que llegara a todos los extremos del salón del trono—, el primero de su nombre, rey de los ándalos, los rhoynar y los primeros hombres, señor de los Siete Reinos y Protector del Reino; yo, Eddard de la Casa Stark, su Mano, os encomiendo cabalgar hacia las tierras de occidente, cruzar el Forca Roja del Tridente bajo la bandera del rey, y llevar la justicia del rey al falso caballero Gregor Clegane, y a todos aquellos que hayan sido partícipes de sus crímenes. Yo lo denuncio, lo deshonro, lo despojo de su rango y títulos, de todas sus tierras, propiedades e ingresos, y lo sentencio a muerte. Que los dioses se apiaden de su alma.
Apenas se hubo extinguido el eco de sus palabras, el Caballero de las Flores se adelantó, perplejo.
—¿Y qué pasa conmigo, Lord Eddard?
Ned lo miró. Visto desde el trono, Loras Tyrell parecía casi tan joven como Robb.
—Nadie pone en duda vuestro valor, Ser Loras, pero ahora se trata de justicia, y lo que buscáis vos es venganza. —Se volvió hacia Lord Beric—. Emprended el camino al alba. Estas cosas es mejor hacerlas deprisa. —Alzó una mano—. El trono no escuchará hoy más peticiones.
Alyn y Porther subieron los escalones de hierro que llevaban al trono para ayudarlo a descender. Ned no pudo dejar de advertir la mirada hosca de Loras Tyrell, pero el muchacho se alejó antes de que llegara a su altura.
Al pie de la base del Trono de Hierro, Varys recogía papeles de la mesa del Consejo. Meñique y el Gran Maestre Pycelle se habían marchado ya.
—Tenéis más valor que yo, mi señor —dijo con voz suave el eunuco.
—¿Por qué lo decís, Lord Varys? —preguntó Ned en tono brusco. La pierna le dolía mucho y no estaba de humor para juegos de palabras.
—De haber estado en vuestro lugar, yo habría enviado a Ser Loras. Lo deseaba con tanta vehemencia... y cualquier hombre que tenga por enemigos a los Lannister haría bien en ganarse la amistad de los Tyrell.
—Ser Loras es joven —replicó Ned—. Ya se le pasará la decepción.
—¿Y qué hay de Ser Ilyn? —El eunuco se acarició la mejilla regordeta y empolvada—. Al fin y al cabo él es la Justicia del Rey. Eso de enviar a otros hombres a cumplir con las misiones de su cargo... hay quien lo consideraría un insulto grave.
—No era mi intención. —La verdad era que Ned no confiaba en el caballero mudo, aunque tal vez fuera porque no le gustaban los ejecutores—. Os recuerdo que los Payne son vasallos de la Casa Lannister. Me pareció más adecuado elegir hombres que no debieran lealtad alguna a Lord Tywin.
—Una decisión prudente, no me cabe duda —dijo Varys—. Pero dio la casualidad de que vi a Ser Ilyn al fondo de la sala, mirándonos con sus ojos claros, y la verdad, no parecía nada contento, aunque eso es siempre difícil de asegurar cuando se trata de nuestro silencioso caballero. Supongo que a él también se le pasará. Aunque le gusta tanto su trabajo...