24 - En el interior de la torre

Cautelosamente, encorvados y caminando con todo sigilo, como ladrones temerosos de despertar a los dormidos ocupantes, entramos en la tenebrosa torre.
El aire era húmedo y olía a piedra y tierra mojada como si de una cueva se tratara. Y también la oscuridad era tan lóbrega como la de una cueva, pese a las antorchas que portábamos. Sin embargo, poco a poco, cuando la vista se fue acostumbrando al chisporroteante resplandor de las teas, comenzamos a distinguir nuestras facciones entre las tinieblas.
Habíamos penetrado en una cámara tres veces más grande que el palacio de un rey. Una hilera de columnas atravesaba la habitación y sostenía el piso superior. Enormes aros de hierro pendían de las paredes a diferentes alturas.
—¡Aquí! —exclamó Drustwn, que se había adelantado un poco del grupo—. ¡Mirad!
En desordenado montón, como si hubieran sido arrojados allí en un arranque de ira, había unos veinte carros de bronce, con las ruedas deformadas, los ejes torcidos o rotos y el metal enmohecido por el tiempo. Los altos y circulares costados de los carros parecían de mimbre, pero eran en realidad de láminas triangulares de bronce entretejido, muy resistentes.
A cierta distancia de los carros, se levantaba una pequeña pirámide de enormes discos amontonados unos sobre otros; y al lado, un montón de descomunales hachas de extraño diseño pues tenían una corta y sólida hoja en un lado y una despuntada escarpia en el otro. Las había a centenares, así como también centenares de discos, que tras un atento examen resultaron ser escudos de bronce.
Bran cogió del montón uno de los escudos provocando una verdadera avalancha de polvo. Lo agarró por el borde y lo sostuvo ante él; era plano y enorme, mucho mayor que los que se utilizaban en Albión. En el tachón del centro, como único adorno, se habían labrado al realce unos curiosos símbolos de bronce en torno a la imagen de una extraña y gruesa serpiente.
—Quienquiera que lo enarbolara era, desde luego, un hombre mucho más fuerte que yo —comentó Bran, dejando el escudo y volviendo a coger la antorcha.
Continuamos nuestra inspección, pero, aparte de una hilera de cortas y pesadas lanzas de bronce, no encontramos nada más y proseguimos por una escalera de piedra que conducía al segundo piso.
Las ventanas redondas que se abrían en el centro de cada uno de los cuatro muros iluminaban un poco la enorme y cuadrada habitación del segundo piso, cuyo suelo estaba sembrado de yelmos y cascos de bronce, rematados con afiladas puntas y adornados con serpientes que se enroscaban en el borde, y alzaban sus planas cabezas sobre la visera. Alun cogió uno de los cascos y se lo puso, pero evidentemente había sido hecho para un hombre dos veces más voluminoso que él. Quizás había dos centenares o más de aquellos cascos rematados con serpientes; pero no había nada más en la habitación.
En el tercer piso, encontramos una colosal mesa de piedra con enormes platos de plata y bronce y una bandeja de oro en medio. La plata estaba ennegrecida y el bronce enmohecido, pero el oro parecía recién bruñido y brillaba apagadamente a la luz de las antorchas. Sobre la mesa había también tres montones de monedas entre los podridos jirones de bolsas de cuero. Eran monedas de plata y oro. Las de plata eran poco más que terrenos ennegrecidos, pero las de oro relucían como nuevas. Cogimos algunas y las examinamos.
—Aquí está su rey —dijo Tegid examinando una de las monedas—. No puedo leer su nombre.
La moneda mostraba la imagen de un hombre que parecía haber sido grabada por un niño precoz. En una mano llevaba una lanza corta y en la otra un hacha. Iba descubierto y los cabellos, largos y rizados, le caían por los hombros; la barba y el bigote eran igualmente largos. Iba desnudo de cintura para arriba, sin torques ni adorno alguno, pero llevaba una especie de breecs o polainas e iba calzado con botas altas. Unas palabras en extraños caracteres se arracimaban como avispas en torno a su cabeza, pero era imposible descifrar lo que decían.
Cogimos un buen puñado de monedas para mostrárselas a los demás y Cynan se apoderó de la bandeja de oro.
—Se la regalaré a Tángwen cuando la vea —dijo.
Junto a la mesa había un trípode de hierro con una enorme caldera de bronce. Bajo la caldera había un círculo de piedras ennegrecidas y dentro los restos de la última comida, duros como ladrillos. Pero a mí me llamó la atención la superficie de la caldera. Parecía bullir de actividad: en torno a la base de la caldera se lanzaban al ataque guerreros montados en carros, con las lanzas en ristre y los cabellos al viento; más arriba, galopaban jinetes blandiendo espadas y lanzas; en el nivel superior, hombres alados corrían o quizá volaban con una serpiente en la mano derecha y una frondosa rama en la izquierda. El reborde de la caldera era una serpiente cubierta de escamas mordiéndose la cola.
—Los Hombres de la Serpiente —dijo Tegid señalando a los guerreros.
—¿Sabes algo de ellos?
—Los derwyddi recuerdan su historia, pero no la cantan, como tampoco cantan la de Tir Aflan.
Creí que no iba a añadir nada más, pero el bardo, con los ojos fijos en la caldera, prosiguió:
—Se contaba que la Serpiente despertó y con una poderosa hueste dominó la tierra. Cuando no hubo más enemigos que conquistar los Hombres Serpientes se pelearon y lucharon entre ellos. Cuando destruyeron todo lo que habían construido, y cuando hubo muerto el último de ellos, la Serpiente se retiró al mundo subterráneo a dormir hasta que fuera despertada de nuevo.
—¿Qué puede despertarla? —pregunté.
—Una perversa maldad —respondió lacónicamente el bardo.
Desperdigados por la habitación había variados objetos de uso diario: copas y platos; espadas con empuñaduras de hueso fundidas a sus vainas; escudos redondos; una colección de pequeños tarros, frascos y cajas vacías de piedra rojiza; cucharones y tenedores de largos y curvados mangos para servir el caldo y la comida de la caldera; numerosas hachas; cuchillos de diferentes tamaños; una máscara de bronce que representaba el rostro de un barbado guerrero de largos bigotes y rizados cabellos, con la boca abierta en un grito y un casco rematado por una serpiente; y en cada uno de los cuatro rincones de la habitación cuatro esbeltos soportes de lámparas de aceite de piedra labrada.
Bajo uno de los escudos, Emyr encontró un extraño objeto; una diadema de pequeños discos enlazados en torno a un cuerno cónico. Tras darle varias vueltas declaró:
—Creo que es una corona.
Como la mayoría de los objetos que habíamos visto, era de bronce y cuando se la puso sobre la cabeza se hizo evidente que había sido hecha para una más voluminosa que la suya.
—Mo anam —murmuró Cynan, probándose también la corona—, esos hombres serpientes eran verdaderos gigantes.
—¡Mirad! —exclamó Garanaw, acercando su antorcha a la pared que quedaba más alejada.
Cruzamos la habitación y vimos en el muro una pintura. Estaba muy bien hecha y sin duda en otro tiempo había estado coloreada. Pero, aunque los colores se habían desvanecido en un uniforme tono gris amarronado, vimos que nos contemplaba fijamente el rostro de un hombre serpiente, con los carnosos labios curvados en una burlona sonrisa, un helado regocijo en los ojos, y una lengua bífida asomándole por la boca abierta. Un revoltijo de ensortijados cabellos le aureolaba la cara, y bajo la barbilla todavía se podía adivinar el alado torso y una mano blandiendo una serpiente negra que se le enrollaba en el brazo.
Nos alejamos de la pintura y Niall atrajo nuestra atención hacia una escalera de hierro en un hueco del muro. La escalera salvaba el techo de piedra e iba a dar al tejado. No había nada en el tejado pero el panorama que contemplamos desde allí era impresionante. Al sur, allá abajo, en el lecho del río entre las derrumbadas columnas, se divisaba nuestro campamento; hombres y caballos se agrupaban junto al hilo gris de la corriente.
Al oeste se alzaba la gigantesca mole del montículo, cuya cima se perdía entre las nubes bajas, y al este sólo se veía fluir el río entre los dos escarpados riscos. Al norte, tras la gigantesca muralla de piedra que se perdía hacia el este y el oeste, se sucedía una interminable serie de bajas colinas cubiertas de nieve que subían y bajaban como blancas olas de un helado océano.
La enormidad y soledad del paisaje, sumadas a la tenebrosa torre y a sus extraños objetos, lograron que nos sintiéramos pequeños y débiles, y además osados intrusos por haber penetrado en un lugar al que no pertenecíamos. Escruté aquel panorama montañoso en busca de alguna huella de sus pobladores, pero no vi humo ni señal alguna que nos mostrara el camino que debíamos seguir.
—¿Qué piensas, bardo? —le pregunté a Tegid, que se encontraba junto a mí.
—Creo que deberíamos abandonar este lugar a sus horrendos recuerdos.
—Yo también, pero ¿qué dirección debemos tomar?
—Hacia el este —repuso sin la menor vacilación.
—¿Por qué hacia el este? ¿Por qué no hacia el sur o hacia el oeste?
—Porque en el este encontraremos a Goewyn.
Su respuesta me intrigó.
—¿Cómo lo sabes?
—¿Te acuerdas cuando Meldron nos abandonó a la deriva?
—Mutilados y abandonados a la muerte en un simple bote... ¿cómo podría olvidarlo?
—A cambio de mis ojos, me fue concedida una visión.
Lo dijo con tanta naturalidad que cualquiera hubiera dicho que aquello había sido tan sencillo como cambiar unos breecs por otros.
—Lo recuerdo. La entonaste en una canción.
—¿Te acuerdas de la visión?
—Vagamente —contesté.
—Yo la recuerdo muy bien.
Cerró los ojos como si la estuviera contemplando otra vez y comenzó a cantar. Yo lo escuchaba mientras rememoraba la terrible noche en que el bardo había tenido aquella visión.
En tono muy bajo, para que sólo yo pudiera oírla, Tegid cantó una cañada de escalonadas laderas y una fortaleza que se alzaba en un hermoso lago. Cantó un trono de asta adornado con una piel blanca de buey sobre un montículo cubierto de hierba. Cantó un escudo bruñido sobre el que se posaba un cuervo negro con las alas desplegadas elevando su ronco canto a los cielos. Cantó una almenara llameando en la noche, cuya señal era respondida de colina en colina. Cantó un jinete sobre un pálido caballo bayo que surgía de la niebla; las pezuñas del caballo hacían saltar chispas de las rocas. Cantó una enorme hueste de guerreros que se bañaba en un lago cuyas aguas se teñían de rojo por la sangre de las heridas. Cantó una mujer de cabellos de oro en una glorieta bañada por el sol y un recóndito Túmulo del Héroe.
Yo reconocía algunas de aquellas cosas: Druim Vran, Dinas Dwr, mi trono de asta; la mujer de cabellos de oro en la enramada era Goewyn el día de nuestra boda. Pero otras me resultaban totalmente desconocidas.
Cuando hubo terminado, abrió los ojos y dijo:
—Esta tierra forma parte de mi visión. No lo sabía hasta que llegamos a esta torre.
—No mencionaste torre alguna en tu visión..., ¿la había?
—No —confesó—, pero ésta es la tierra. Lo percibo con todos mis sentidos.
Sus ojos oscuros escrutaron las lejanas colinas que subían y bajaban una tras otra hasta perderse de vista.
—En estos confines aguarda una enorme tarea que debe ser llevada a cabo.
—La única gran tarea que me importa es rescatar a Goewyn antes de... —me interrumpí, porque los demás, aunque no estaban escuchando, estaban muy cerca.
—Antes de que nazca el niño —dijo Tegid expresando lo que me torturaba el pensamiento.
—Antes de que les pase algo a los dos.
—Seguiremos nuestro viaje con ánimo esperanzado y confiaremos en que la Mano Segura y Firme guíe nuestros pasos.
—No nos vendría mal en estos momentos una pequeña ayuda —admití, mirando la vasta soledad de las colinas y la inmensidad del cielo.
—Llew —me dijo el bardo—, siempre hemos sido guiados.
Abandonamos el tejado y bajamos hasta el portal de la torre. Tegid nos aconsejó que cerráramos la puerta, e hicimos rodar la piedra hasta encajarla en su ranura. Luego descendimos por el escarpado risco para reunirnos con los demás guerreros que nos estaban aguardando. Les mostramos las monedas que habíamos encontrado y ellos quisieron regresar a buscar el resto, pero Tegid no lo permitió, diciendo que sería muy mal recibida una segunda intrusión. Ellos lo obedecieron. La torre tenía un aspecto siniestro e incluso los que no habían entrado en ella percibían la opresiva desolación del lugar. Además, estaba oscureciendo y nadie quería correr el riesgo de ser sorprendido por las tinieblas de la noche, fuera del círculo de fuego del campamento.
Aquella noche escuchamos los quejumbrosos aullidos del viento estrellándose contra las ruinas de la muralla que coronaba los riscos. Dormí muy mal y soné con serpientes aladas y hombres recubiertos de bronce.
Me desperté dos veces y me levanté para observar la negra mole de la torre que se dibujaba contra un cielo aún más negro. Parecía estar vigilándonos, posada sobre el escarpado risco como un ave de presa que esperara el momento oportuno para desplegar sus alas de tinieblas y precipitarse sobre nosotros. Pero yo no era el único acosado por las pesadillas: los caballos estuvieron nerviosos e inquietos durante toda la noche y más de un guerrero gritó en sueños.
Al día siguiente reemprendimos la marcha, mientras el viento ululaba y gemía en el valle. La nieve caía en abundancia y se arremolinaba en nuestros pies; nos cubrimos las cabezas con los mantos, nos echamos sobre los hombros las mantas de las sillas de montar y avanzamos penosamente en aquel desapacible día. El paisaje cambió ligera pero no sustancialmente: cada vez que alzaba la mirada contemplaba los desnudos riscos y la desdentada muralla cerniéndose amenazadoramente sobre nuestras cabezas.
Durante cinco días todo siguió igual: frío, nieve, viento y noches sin estrellas plagadas de horribles sueños. Durante el día avanzábamos penosamente, estremecidos de frío ora a pie ora a caballo, y por las noches nos acurrucábamos lo más cerca posible del fuego. Después, cuando la sexta jornada tocaba a su fin, vimos que los riscos comenzaban a perder altura, el río se ensanchaba y el valle se iba abriendo. Dos días después llegamos al lugar donde terminaba el risco y la muralla continuaba su solitario viaje, virando hacia el norte, por encima de las interminables colinas. Ante nosotros se alzaba la oscura y encrespada línea de un bosque.
Al contemplarlo dibujado en el horizonte como un numeroso ejército en orden de batalla, sentí que mi espíritu se acobardaba. Tir Aflan era una tierra más vasta de lo imaginable. ¿Dónde estaría Goewyn? ¿Cómo podría encontrarla en aquel inmenso yermo?
—Escucha, bardo, ¿estás seguro de que éste es el camino? —le pregunté a Tegid cuando nos detuvimos a abrevar los caballos.
Habíamos dejado atrás la muralla y estábamos cerca del límite del bosque, pero no había señal alguna que nos indicara que íbamos en la dirección correcta.
Tegid no contestó de inmediato, y cuando finalmente lo hizo ni siquiera me miró.
—El bosque que se alza ante nosotros es más antiguo que Albión —dijo escrutando con sus oscuros ojos la línea de árboles mientras hacía girar entre sus palmas la vara de fresno.
—¿No has oído lo que te he preguntado? —le urgí—. ¿Es ésta la dirección correcta?
—Mucho antes de que los hombres caminaran por los bellos confines de Albión, este bosque ya existía. Entre la Hermandad se cuenta que todos los bosques del mundo han nacido de las semillas de esos árboles.
—Fascinante. Pero lo que quiero saber es esto: ¿tienes alguna idea, por vaga que sea, del lugar al que nos dirigimos?
—Vamos al bosque —respondió—. En el bosque de la noche encontraremos lo que buscamos... o nos encontrará a nosotros.
¡Bardos!