23 - Crom cruach

Tegid y Cynan ya hab√≠an regresado al campamento y estaban aguard√°ndonos. El sol asomaba por el horizonte gris cuando penetramos en el protector c√≠rculo de fuego que a√ļn ard√≠a lentamente. En cuanto cruzamos el umbral de brasas, acus√© el cansancio. Las piernas me pesaban y me dol√≠a la espalda. Tropec√© y casi me vine al suelo.
Tegid me cogió del brazo y me condujo junto a la fogata.
¬óSi√©ntate ¬óme orden√≥, luego hizo una se√Īa a un guerrero¬ó. Trae una copa.
Yo permanecía en pie tambaleándome, incapaz de hacer el más mínimo movimiento; me parecía que el suelo estaba muy lejos.
Cynan, aunque tampoco estaba en su mejor forma tras aquella noche sin dormir, se apresuró a ayudar a Scatha; le pasó el brazo por los hombros y la condujo hasta donde yo estaba.
—Siéntate, hermano —me urgió de nuevo el bardo—. Vas a morirte de pie.
Doblé las rodillas y me derrumbé. Scatha, con los ojos apagados y deslucidos por aquella noche de sufrimientos, se dejó caer a mi lado.
Trajeron la copa. Tegid la puso en mis manos y me ayudó a llevármela a los labios.
¬ó¬ŅQu√© os sucedi√≥? ¬ópregunt√≥ mientras beb√≠amos.
La cerveza estaba fresca y sabrosa y casi la apuré del todo antes de caer en la cuenta de que Scatha estaba tan sedienta como yo. Le pasé la copa y dije:
¬óOs perdimos en la oscuridad. Os llam√©..., no deb√≠amos estar ni a diez pasos de vosotros. ¬ŅPor qu√© nos abandonasteis?
¬óNo o√≠mos nada ¬óafirm√≥ con extra√Īeza Cynan¬ó. Ni el m√°s leve sonido.
¬ó¬ŅNo? ¬ópregunt√©, aunque al fin y al cabo aquello no me extra√Īaba¬ó. Bueno, como no os encontramos, seguimos el borde del mont√≠culo.
—Fuimos perseguidos por sabuesos —continuó Scatha echándose a temblar al recordarlo.
—Luego llegaron los perros y ahuyentaron a los sabuesos —les expliqué sucintamente—. Alun y Bran aparecieron poco después y nos trajeron de vuelta.
¬óH√°blame de los perros ¬ódijo Tegid arrodill√°ndose a mi lado.
¬óEran tres... delgados, con largas patas y el pelo muy blanco. Surgieron del bosque y ahuyentaron a los otros.
Scatha explicó los detalles que yo había pasado por alto.
—Tenían orejas rojas e iban con un hombre. Yo no lo vi, pero Llew sí.
¬ó¬ŅEs cierto? ¬ópregunt√≥ el bardo arqueando una ceja.
Antes de que pudiera responder se me adelantó Alun.
—Lo es. Yo lo vi también. Llevaba un manto amarillo y corría con los perros.
Bran confirmó el informe de Alun.
—Yo vi los perros. Dieron tres vueltas por el campamento y nos condujeron hasta el lugar donde se habían escondido Llew y Scatha.
Tegid sacudió ligeramente la cabeza.
¬ó¬ŅY los sabuesos? ¬ópregunt√≥.
Yo no quer√≠a hablar de ellos. Era in√ļtil sembrar m√°s pavor a√ļn en el coraz√≥n de los guerreros..., ya ten√≠an bastante.
—Bueno —repuse despacio—, no hay mucho que decir. Eran unas bestias enormes y horribles. Salvajes. Si Alun y Bran no hubieran aparecido tan oportunamente, ahora no estaríamos aquí.
—Querrás decir el hombre del manto amarillo. Nosotros llegamos después —observó Alun.
—La cuestión es —dije yo— que no habríamos sobrevivido mucho más tiempo.
—Los sabuesos —insistió Tegid—, háblame de ellos.
¬óNo eran m√°s que sabuesos ¬órepuse yo.
—Eran sluagh —le informó Scatha.
Tegid entrecerr√≥ los ojos. No pregunt√≥ c√≥mo lo sab√≠amos, sino que lo acept√≥ sin hacer ning√ļn comentario, lo cual era de agradecer.
¬ó¬ŅLos mismos que atacaron a los caballos? ¬ópregunt√≥ Cynan.
—Los mismos —respondió Tegid—. Los sluagh cambian de cuerpo para perseguir a sus presas.
¬ó¬°Cambian de cuerpo! ¬óCynan sacudi√≥ la cabeza y emiti√≥ un silbido¬ó. Clanna na c√Ļ. Eres un hombre con suerte, Llew Mano de Plata, puesto que a√ļn te cuentas entre los vivos esta ma√Īana.
Tegid no dijo nada; su expresión era inescrutable y no pude adivinar lo que estaba pensando.
Sin embargo, Cynan tenía ganas de hablar.
¬óDespu√©s de que Scatha y t√ļ os perdierais en la oscuridad, encontramos un agujero cubierto de hierba y nos metimos en √©l para aguardar hasta la salida del sol. ¬°Oh, qu√© noche m√°s negra! No habr√≠a podido ver menos si me hubiera quedado ciego. Poco a poco el cielo empez√≥ a clarear y sali√≥ el sol. Entonces nos dirigimos hacia el campamento. No est√°bamos demasiado lejos, pero... ¬Ņacaso vimos el resplandor del fuego por la noche? Pues no; no lo vimos.
Tegid se levantó de pronto.
—Este montículo está maldito. No podemos quedarnos aquí otra noche.
¬óEstoy de acuerdo. Env√≠a exploradores... dos partidas de cuatro hombres cada una; una que cabalgue hacia el este y la otra hacia el oeste siguiendo el per√≠metro del mont√≠culo. Si ven alguna se√Īal de un campamento, dos deben quedarse a vigilar y los otros dos deben regresar inmediatamente.
¬óPero no deben alejarse demasiado ¬óa√Īadi√≥ Tegid¬ó. Nos marcharemos a mediod√≠a.
—Enviaré a Gweir al mando de una de las partidas —decidió entonces Cynan—, y volverán rápidamente.
Bran y Cynan se marcharon a organizar las partidas. Yo me tend√≠ con la intenci√≥n de descansar hasta que regresaran. Pero no pude conciliar el sue√Īo durante la espera, porque me asaltaron angustiosos pensamientos respecto a la suerte de Goewyn. ¬ŅD√≥nde estaba? ¬ŅQu√© estar√≠a haciendo en aquellos momentos? ¬ŅSabr√≠a que la estaba buscando?
Pensé en construir una enorme almenara para que sus raptores supieran que estábamos allí. Pero luego decidí no hacerlo. Si no se enteraban de nuestra presencia, a lo mejor podíamos cogerlos por sorpresa; y si Paladyr y sus compinches ya estaban enterados, la almenara sólo serviría para desvelarles nuestras intenciones.
Cerca del mediodía, Tegid me trajo un poco de comida. Dejó el plato junto a mi cabeza y se sentó a mi lado.
—Deberías comer algo.
¬óNo tengo hambre.
—No es fácil luchar con demonios si se tiene el estómago vacío —me dijo—. Ya que no duermes, al menos deberías comer.
Me incorporé sobre un codo y me acerqué el plato. Contenía una espesa papilla de avena mezclada con nabos y carne salada. Alcé el plato y sorbí un poco de papilla. Tegid me miraba fijamente.
¬óBueno, ¬Ņqu√© te ronda por la cabeza, bardo?
¬ó¬ŅC√≥mo te sientes?
¬óCansado ¬órepuse¬ó. Pero no puedo dormir. No dejo de pensar en Goewyn.
¬óGoewyn no va a sufrir ning√ļn da√Īo.
¬ó¬ŅC√≥mo puedes estar tan seguro?
—Porque es a ti a quien quieren. Ella es tan sólo el cebo en la trampa.
Tegid hablaba con toda franqueza. Su tranquilidad me animó a expresar en voz alta mis más profundos temores.
—Si es eso cierto, puede que ya la hayan matado. —El corazón me dio un vuelco ante tal pensamiento, pero tras haberlo verbalizado me sentí mejor—. No lo sabremos hasta que no hayamos caído en la trampa, y entonces quizá sea demasiado tarde.
Tegid reflexionó unos instantes, luego sacudió despacio la cabeza de un lado a otro.
¬óNo ¬ódijo en tono seguro¬ó. No lo creo.
Hizo una pausa y me miró fijamente, como estudiándome..., como si yo fuera un viejo amigo que hubiera regresado y estuviera comprobando hasta qué punto había cambiado.
¬ó¬ŅQu√© ocurre, bardo? ¬ódije¬ó. No has dejado de observarme desde que regres√© al campamento esta ma√Īana.
La comisura de sus labios se curvó en un amago de sonrisa.
¬óEs verdad. Quiero que me hables de ese hombre con los perros blancos..., de ese hombre del manto amarillo.
—Te he dicho todo lo que sé.
—No es cierto —repuso inclinándose hacia mí—. Me parece que lo conocías.
—No lo conocía —negué con brusquedad.
Tegid me dirigió una rápida y aguda mirada de reproche.
—Lo había visto antes —confesé—, pero no lo conocía. No es lo mismo.
¬ó¬ŅD√≥nde lo viste?
Me embargó la angustia y la boca se me llenó de bilis.
—No tiene nada que ver con todo esto. Dejémoslo.
—Cuéntamelo —insistió el bardo.
El interrogatorio de Tegid me estaba obligando a recordar mi vida en el otro mundo y no quería hacerlo. Lo miré con el entrecejo fruncido, pero le obedecí:
—No fue en este mundo —murmuré—. Ocurrió antes, cuando estaba con Simon, con Siawn Hy, en otro lugar; él había entrado en el cairn y yo estaba aguardando a que saliera. Entonces vi a ese hombre merodeando por allí.
—Descríbeme ese cairn —dijo Tegid.
Cuando lo hube hecho, me preguntó:
¬ó¬ŅViste tambi√©n los perros blancos?
—Sí, vi los perros blancos con las orejas coloradas. Pero estaban con alguien más... un granjero, creo...; oh, hace tanto tiempo que apenas lo recuerdo. Pero creo que estaban todos.
El bardo guardó silencio un rato; por fin musitó:
¬óEra el mismo hombre.
¬ó¬ŅQui√©n era el mismo?
—No importa que fuera con perros o sin perros —afirmó crípticamente.
Cuando le rogué que me explicara lo que quería decir respondió:
¬óNormalmente Abrigo Amarillo es visto en compa√Ī√≠a de los perros, es verdad. Pero t√ļ viste a los perros y lo viste a √©l; no importa que los vieras juntos o por separado.
¬óBardo, procura explicarte mejor.
¬óCrom Cruach, Tuedd Tyrru, Crysmel Hen..., adopta distintos nombres y distintas apariencias ¬ódijo con voz apagada¬ó. Pero en todas ellas se esconde una misma identidad: es el Se√Īor del T√ļmulo.
Cuando Tegid pronunci√≥ el nombre, sent√≠ una mano fr√≠a y h√ļmeda en la garganta.
¬óNo recuerdo ning√ļn t√ļmulo.
¬óCuando un guerrero ve a la Lavandera del Vado ¬ódijo Tegid¬ó, sabe a buen seguro que la muerte lo acecha.
Ya había oído antes leyendas parecidas. Son todas más o menos iguales: un guerrero que se dirige a la batalla llega a un vado y ve a una mujer, a veces muy hermosa, a veces extraordinariamente fea, que está lavando en el agua prendas manchadas de sangre. Si pregunta de quién son las ropas, la lavandera responderá que suyas. De este modo el guerrero se entera de que su fin está cercano. Reflexioné unos instantes y pregunté:
¬ó¬ŅOcurre lo mismo con el Abrigo Amarillo?
¬óS√≥lo aquellos cuyos asuntos conciernan a Crom Cruach pueden verlo ¬óreplic√≥ Tegid con la t√≠pica ambig√ľedad de los bardos.
¬ó¬ŅEso significa la muerte? ¬ópregunt√© sin rodeos.
Tegid titubeó.
—No siempre —respondió al fin.
¬ó¬ŅQu√© significa entonces?
¬óSignifica que Crom Cruach te ha reconocido.
Su respuesta no arrojaba demasiada luz sobre el asunto, pero Tegid parecía reacio a dar más explicaciones.
¬ó¬ŅTiene algo que ver todo esto con el hecho de que rompiera mi geas? ¬ópregunt√©.
—Descansa ahora —dijo Tegid poniéndose en pie—. Hablaremos más tarde.
Acabé de comer e intenté dormir. Pero las tenebrosas insinuaciones de Tegid y el bullicio del campamento no me dejaron pegar ojo. Al cabo de un rato me levanté y me reuní con los demás a esperar el regreso de los exploradores. Charlamos de cosas triviales, evitando mencionar los inquietantes sucesos de la noche pasada. Cynan trató de animar a los guerreros en una competición de lucha libre, pero los luchadores mostraron tan pocos ánimos que abandonamos el juego.
La ma√Īana fue transcurriendo. El sol, casi templado, ascend√≠a por su menguada √≥rbita meridional arrastrando grises nubarrones como jirones de un sudario. Poco antes del mediod√≠a, la primera partida de exploradores regres√≥ al campamento con la noticia de que no hab√≠an visto ninguna se√Īal del enemigo. Pero los cuatro guerreros que se hab√≠an dirigido al este no regresaron.
Los aguardamos todo lo que pudimos, m√°s de lo que dictaba la prudencia. Tegid echaba preocupadas miradas al sol y murmuraba entre dientes mientras paseaba de un lado a otro con impaciencia. Por fin dijo:
—No podemos permanecer aquí por más tiempo.
—Pero no podemos abandonarlos —exclamó Cynan—. Los capitanea Gweir. No estoy dispuesto a dejar atrás a mi jefe de batalla y a mis guerreros.
El bardo frunció el entrecejo y resopló.
¬óMuy bien, pues saldremos en su busca.
¬ó¬ŅY qu√© pasar√° si se trata de una trampa? ¬óobserv√≥ Bran¬ó. A lo mejor eso es precisamente lo que Paladyr quiere que hagamos.
—Pues haremos saltar la trampa y ya veremos qué sucede —espetó Tegid—. Es preferible enfrentarse a Paladyr y a sus guerreros que pasar otra noche en este lugar.
—Eso es cierto —asintió Bran.
—Entonces, cabalgaremos rumbo al este —concluí yo.
Atravesamos la meseta siguiendo el rastro que los exploradores habían dejado en la hierba, dando un rodeo para esquivar la columna de piedra, y llegamos al reborde oriental cuando empezaba a anochecer. Nos detuvimos a observar entre las copas de los árboles el territorio que se extendía ante nosotros: lo poco que se divisaba entre las nubes bajas era de un triste tono marrón y gris descolorido por la neblina.
¬óAqu√≠ es donde acaba el rastro ¬ódijo Bran en tono l√ļgubre.
¬ó¬ŅAcaba? ¬órepet√≠ mir√°ndolo.
Una espesa barba negra hac√≠a a√ļn m√°s f√ļnebre el aspecto de mi jefe de batalla, que parec√≠a realmente que se estaba transformando poco a poco en un verdadero cuervo.
Bran se√Īal√≥ la hierba pisoteada; en la nieve se ve√≠an claramente huellas de pezu√Īas, pero no hab√≠a ninguna se√Īal de lucha.
—Los exploradores se detuvieron aquí, y aquí acaba el rastro. Debieron de internarse en el bosque —opinó sin demasiada convicción.
¬óPero t√ļ les dijiste que no lo hicieran.
—Sí. Se lo dije.
Comenzamos a descender por la boscosa ladera. La espesa vegetación dificultaba la marcha. No habíamos avanzado demasiado cuando nos vimos obligados a desmontar, y a encapuchar a los caballos. Como antes, los animales rehusaban internarse en el bosque y para poder seguir adelante tuvimos que conducirlos de la brida a pie. De todos modos tampoco habríamos podido seguir a caballo porque la vegetación era espesísima e impenetrable.
Bran abr√≠a la marcha, flanqueado por los Cuervos, con la esperanza de poder localizar el rastro de los exploradores perdidos. Pero cuando lleg√≥ el crep√ļsculo a√ļn no hab√≠amos dado con una sola huella. Avanz√°bamos con enloquecedora lentitud y ten√≠amos que ir abri√©ndonos camino entre el sotobosque con las espadas. Pese al ejercicio, not√© que cuanto m√°s descend√≠amos m√°s fr√≠o hac√≠a, de forma que cuando lleg√≥ el momento de buscar un lugar donde acampar, √≠bamos arropados de la cabeza a los pies con los mantos y nuestro aliento formaba una helada nube en torno a nuestras cabezas.
Acampamos al pie de un enorme y nudoso roble, bajo cuyas retorcidas ramas encontramos un clavero bastante grande. Trajimos le√Īa de los alrededores y la apilamos en tres montones con los que ir alimentando tres fogatas. Tegid encendi√≥ las tres diciendo:
¬óSi encendemos tres, aunque se apague una, siempre quedar√°n dos con las que prenderla de nuevo.
¬ó¬ŅAcaso crees que las fogatas se apagar√°n? ¬óle pregunt√©.
—Simplemente creo que es peligroso quedarse sin fuego durante la noche —respondió.
Así que establecimos turnos para vigilar las fogatas y alimentar el fuego.
La noche fue muy fría pero tranquila y nos despertamos sin novedad, excepto por el hecho de que caía una lluvia gris y pertinaz. Lo mismo sucedió al día siguiente y también en los otros que siguieron. Avanzábamos entre una interminable sucesión de espinosos matorrales tupidos como un seto, arrastrándonos sobre troncos caídos y sorteando a gatas enormes rocas. Durante el día caminábamos penosamente en fila india empapados hasta los huesos; por la noche procurábamos secarnos lo mejor que podíamos. A cada paso la temperatura iba bajando, de modo que el quinto día la lluvia se transformó en nieve. Aquello no facilitó nuestra marcha, pero por lo menos supuso una novedad que recibimos con cierto agrado.
Caminábamos en silencio. Scatha, hosca y taciturna, no hablaba con nadie; tampoco Tegid parecía tener mucho que decir. Cynan y Bran se dirigían a sus hombres en tono tenso y brusco, y sólo cuando era estrictamente preciso. Yo no encontraba nada que decir a nadie y me arrastraba tan mudo y abatido como los demás.
La ladera fue allanándose tan poco a poco que no nos dimos cuenta de que por fin habíamos arribado al pie del montículo, hasta llegar a un lento riachuelo bordeado de altos pinos y esbeltos abedules.
—A partir de aquí la marcha será más rápida —observó Bran.
Aunque no hab√≠amos vuelto a ser atacados por los sluaghs, experiment√© cierto alivio al dejar atr√°s el mont√≠culo, pues ten√≠a la sensaci√≥n de que tambi√©n dej√°bamos atr√°s aquellos esp√≠ritus depredadores. Descansamos bajo los √°rboles y al d√≠a siguiente seguimos el curso del arroyo. Los √°rboles eran viejos y las ramas altas, y el sotobosque se aclar√≥ considerablemente, con lo cual nuestra marcha se hizo m√°s f√°cil. Poco a poco, el arroyo se fue ensanchando hasta convertirse en un peque√Īo r√≠o que serpenteaba entre fangosos bancales, sorteando las ra√≠ces de los pinos. De vez en cuando vislumbr√°bamos un apagado sol entre las espesas ramas de las copas.
Mientras la luz del d√≠a se apagaba en un neblinoso crep√ļsculo de tonos ocres, llegamos por fin al l√≠mite del bosque y contemplamos un ancho valle que se abr√≠a entre dos enormes riscos. La nieve cubr√≠a el valle, pero no ten√≠a demasiado grosor. La corriente del r√≠o se hac√≠a m√°s r√°pida al salir del bosque y comenzar a fluir sobre un lecho rocoso. Como se ve√≠an muy pocos √°rboles, decidimos pasar la noche en el lindero del bosque, donde al menos hab√≠a le√Īa de sobra. La ma√Īana siguiente la dedicamos a hacer acopio de le√Īa y cargarla a lomos de los caballos. Sin embargo, pese a que reemprendimos tarde la marcha, avanzamos bastante y cuando acab√≥ la jornada hab√≠amos recorrido una distancia mayor que los d√≠as precedentes, desde que desembarcamos en Tir Aflan.
El sol permaneci√≥ escondido entre un s√≥lido amasijo de nubes bajas y oscuras, durante los d√≠as que seguimos el curso del r√≠o; s√≥lo nos deten√≠amos a abrevar los caballos, comer y dormir. La temperatura era fr√≠a, pero nevaba poco y no demasiado rato. No se ve√≠a ning√ļn p√°jaro ni ning√ļn otro animal; ni tampoco rastro alguno, salvo el que nosotros mismos √≠bamos dejando en la delgada alfombra de nieve.
Se dir√≠a que √©ramos los √ļnicos humanos que nos hab√≠amos internado hasta tan lejos en la Tierra Maldita. Y esa impresi√≥n subsisti√≥ durante bastante tiempo..., hasta que empezamos a ver ruinas.
Al principio nos pareció que la cima del risco a la izquierda del valle se había hecho más escarpada, dibujando una serie de protuberancias de piedra y dentados y afilados promontorios. Pero, a medida que nos internábamos en el valle, los riscos iban encajonándolo más e iban perdiendo altura; y entonces distinguimos los restos de una arruinada muralla.
Contemplamos aquellas ruinas con la misma mezcla de miedo y fascinaci√≥n que hab√≠amos experimentado al encontrarnos ante el mont√≠culo. Los d√≠as iban transcurriendo y la muralla se iba haciendo m√°s alta y amenazadora: serpenteaba siniestramente entre la ondulada cresta del risco y de pronto se interrump√≠a donde la piedra se hab√≠a derrumbado y despe√Īado hasta el valle, en un informe mont√≥n de rocas. Al sexto d√≠a avistamos un puente y una torre.
La torre se alzaba en un desnudo promontorio rocoso, justo en el lugar donde el valle se estrechaba. Los restos de una doble hilera de derrumbadas columnas atravesaban el valle y el r√≠o, hasta el risco del otro lado. Avanzamos hasta los enormes basamentos redondos que yac√≠an semienterrados por su propio volumen y por el abrumador peso de los a√Īos. All√≠ nos detuvimos.
En otros tiempos, en un remoto pasado, el r√≠o deb√≠a de haber sido un tempestuoso torrente salvado por un enorme puente..., una obra de gigantes. Y guardando el puente, en un extremo, se alzaba una inh√≥spita y siniestra torre. Todos nos preguntamos lo mismo: ¬Ņqui√©n hab√≠a construido la torre?, ¬Ņqu√© hab√≠a detr√°s del muro?, ¬Ņde qu√© se hab√≠an protegido? Como no pod√≠amos resistir m√°s la curiosidad que sent√≠amos, acampamos entre las semienterradas columnas y Cynan, Tegid, los Cuervos y yo escalamos el risco.
La torre era de piedra y constaba de tres secciones que se alzaban en escalonados pisos, en los que se abr√≠an extra√Īas ventanas redondas que parec√≠an cuencas de ojos vac√≠as. En la planta baja hab√≠a s√≥lo una entrada con un portal y una puerta, muy diferentes a cuantos hab√≠a visto hasta entonces: eran redondos, como las ventanas; y la puerta consist√≠a en una rueda hecha de piedra, no de madera, bordeada de hierro y empotrada en una ancha ranura. Las superficies del portal y de la puerta estaban cubiertas de s√≠mbolos grabados, tan erosionados por el tiempo que no se pod√≠an descifrar. Los restos de una carretera de gastadas losas sal√≠an del portal y terminaban en el punto en que en otro tiempo el puente se un√≠a al risco. A juzgar por la anchura de la carretera, el puente deb√≠a de haber sido lo suficientemente ancho como para que pasaran por √©l cuatro jinetes cabalgando de cuatro en fondo.
La muralla se unía al primer piso de la torre y era tres veces más alta que un hombre. No había otra entrada que el portal redondo y aparentemente no había manera de mover la enorme piedra de la puerta. Pero la curiosidad de Alun y de Bran iba en aumento y comenzaron a examinar el portal. Luego la empujaron con los hombros y lograron mover la puerta.
—¡Acabará por ceder! —exclamó Alun—. Ayudadnos a limpiar la ranura.
La rodada por la que debía deslizarse la piedra estaba atascada de escombros. En poco tiempo, con la ayuda de Emyr, Drustwn y Niall, la limpiaron de cascajos y pedruscos. Luego la emprendieron con la puerta. Los cinco Cuervos le propinaron un tremendo empujón y ante el asombro de todos la piedra cedió descubriendo una oscura cámara.
Los Cuervos se asomaron con cautela al interior, e informaron de que no se veía absolutamente nada.
¬óNecesitamos antorchas ¬ódijo Tegid.
A un gesto de su jefe, Emyr y Niall descendieron por el risco y regresaron con teas. Aguardamos con impaciencia a que Tegid las encendiera y las distribuyera; después, con el corazón palpitante cruzamos el imponente portal y entramos en la misteriosa torre.