22 - Abrigo amarillo

El horror me atenazó. La repugnante cascada de siaburs inundaba la boscosa ladera. No podíamos escapar; eran demasiados.
Scatha apareció a mi lado.
¬óToma ¬óme dijo entreg√°ndome una robusta rama.
Siempre precavida, Pen-y-Cat me hab√≠a encontrado un arma, adecuada al menos para luchar contra ara√Īas.
Cog√≠ la rama y ech√© una ojeada a la ladera. Las ara√Īas no corr√≠an como antes. Sus movimientos eran torpes y tropezaban unas con otras en su lento avance.
¬óCreo que se est√°n deteniendo.
—Están cansados —observó Scatha—. Podemos correr más velozmente que ellos. ¡Por aquí! ¡Deprisa!
Scatha se dispuso a internarse entre la tupida maleza.
Yo di dos pasos y solté un alarido mientras el dolor me atenazaba el brazo.
¬ó¬°Ay!
Scatha acudió en mi ayuda.
¬ó¬ŅEst√°s herido, Llew?
¬óMi mano... mi mano de plata... ay, oh, est√° muy fr√≠a ¬ódije tendi√©ndosela¬ó. ¬ŅNo lo notas?
¬óEst√° helada. Congelada.
Miramos hacia la ladera; los siaburs hab√≠an detenido su avance y se arrastraban juntos, en pesados y vibrantes montones. Percibimos su hedor en una r√°faga de f√©tido aire. Aunque la luz de la luna no era muy fuerte, distingu√≠a sus informes cuerpos brillando enmara√Īados, mientras se retorc√≠an y culebreaban emitiendo un sonido parecido al de los gatitos al sorber la papilla.
Y entonces, emergiendo por encima de uno de los serpenteantes montones, aparecieron la cabeza y las patas delanteras de un sabueso..., un monstruoso perro de cabeza achatada, enormes y puntiagudas orejas y largos y afilados dientes. Su piel era un empapado amasijo de pelos negr√≠simos y sus ojos eran rojos. Sacud√≠a la horrorosa cabeza de un lado a otro, como para liberarse de la masa de ara√Īas que se hab√≠an convertido en un cenagal de temblorosos vientres y retorcidas patas.
Contemplé fascinado cómo la bestia se abría paso alzando y sacando el lomo y los cuartos traseros de aquella pestilente y pululante ciénaga. Pero el infernal sabueso no estaba escapando, sino naciendo de la repugnante cópula de los siaburs. Mientras tal idea tomaba forma en mi pensamiento, vi emerger otra cabeza, una tercera a su lado, y a cierta distancia distinguí el hocico y las orejas de un cuarto perrazo.
—¡Corre! —gritó Scatha.
El primer perro casi se hab√≠a liberado del asqueroso √ļtero, pero yo no pod√≠a apartar mis ojos de aquel horripilante parto.
Scatha me tiró del brazo y me empujó.
¬ó¬°Llew! ¬°Vamos!
Desde lo alto de la ladera se alz√≥ un babeante gru√Īido y se oy√≥ el rumor de unos veloces pasos. Cog√≠ con fuerza la improvisada porra y sin mirar atr√°s ech√© a correr. Fue una dura y dificultosa carrera de obst√°culos: salt√°bamos, tropez√°bamos, nos agach√°bamos, sorte√°bamos ramas ca√≠das y esquiv√°bamos enormes troncos. Yo corr√≠a tras Scatha admirando la gracia y velocidad con que se mov√≠a, escurri√©ndose entre espinosos matorrales y enormes √°rboles con la agilidad alada de una llama.
El pavoroso eco de sobrenaturales y espectrales ladridos me indic√≥ que al primer sabueso se hab√≠an unido los otros tres. Levantaban una algarab√≠a sanguinaria, salvaje, siniestra, inquietante, un sonido ante el que las rodillas temblaban y el coraje se dilu√≠a como el agua. Ech√© una r√°pida mirada atr√°s y vi brillar bajo el sotobosque las negras siluetas de las bestias; al resplandor de la luna sus ojos ard√≠an como brasas. No podr√≠amos eludirlas y tampoco pod√≠amos hacerles frente s√≥lo con una lanza. Nuestra √ļnica esperanza era seguir corriendo.
Corrimos durante lo que me pareci√≥ un e√≥n. O√≠a los demon√≠acos perros desgarrar los arbustos detr√°s de m√≠. Por el ruido que hac√≠an juzgu√© que estaban ganando terreno y que hab√≠an aumentado en n√ļmero.
Eché otra mirada atrás y vi que efectivamente los perros estaban muy cerca. Por lo menos otros tres se habían unido a la jauría. El eco de sus sanguinarios ladridos me hacia estremecer y me ponía los pelos de punta.
Cuando volví a mirar al frente Scatha había desaparecido.
—¡Scatha! —grité.
¬ŅSe habr√≠a ca√≠do? Corr√≠ hasta el lugar donde la hab√≠a visto por √ļltima vez, pero no estaba all√≠; no hab√≠a el menor rastro de ella. No pod√≠a quedarme all√≠ a buscarla, ni tampoco pod√≠a abandonarla.
¬ó¬°Scatha! ¬ŅD√≥nde est√°s?
—¡Aquí, Llew! —respondió muy cerca, aunque seguía sin verla.
O√≠ un aullido que era casi un gru√Īido y el primer perro se lanz√≥ contra m√≠. Me volv√≠ para hacerle frente, apoyando la espalda contra el tronco m√°s cercano y blandiendo mi improvisada arma, listo para defenderme. Calcul√© que podr√≠a propinarle al menos un par de golpes antes de que llegaran los dem√°s. No ten√≠a ni idea de lo que podr√≠a hacer despu√©s.
El monstruo atacó con asombrosa velocidad. Me dispuse a resistir la acometida.
Entonces, el extremo de un astil de lanza apareció justo delante de mi cara.
—¡Agárrate! —me gritó una voz desde lo alto.
Arrojé la porra y me agarré a la lanza con la mano de carne; di un salto y levanté las piernas hacia las ramas. Abracé una rama con la rodilla y agarré otra con mi mano de plata. Debajo, las mandíbulas del perro se cerraron con la violencia de una trampilla y faltó un pelo para que me atraparan. Agarrándome desesperadamente al astil de la lanza, trepé un poco más.
¬óSuelta la lanza, Llew ¬óme dijo mi salvador¬ó. Hay una rama a tu lado.
Pero no podía soltarla, pues en cuanto lo hiciera caería al suelo. Otro perro se había unido al primero y ambos saltaban hacia mí cerrando las mandíbulas y entrechocando los dientes.
—Suéltala, Llew.
Miré a izquierda y derecha. Si la soltaba me caería y sería despedazado por los perros.
¬óLlew, no puedo ayudarte si no la sueltas.
Titubeé balanceándome peligrosamente muy cerca de los monstruos. Un tercer perro saltó sobre el lomo de los otros dos y agarró entre sus dientes mi manto; me arrastró con la fuerza de su peso y casi logró que soltara la lanza.
¬ó¬°No puedo sostenerte!
Colgado de mi manto, el monstruoso sabueso tiraba furiosamente, con la intención de obligarme a soltar mi precario asidero. El tejido del manto empezó a desgarrarse. Un segundo perro mordió otra punta del manto y comenzó a dar tirones empinado sobre las patas traseras. Mi mano comenzó a deslizarse por el astil, a medida que los tirones se hacían más violentos. Otros perros iban llegando junto al árbol y saltaban para tratar de alcanzar con los dientes mi colgante manto.
¬ó¬°Llew! ¬°Suelta!
En tan apurado trance, deslizándome pulgada a pulgada y casi ahogándome por la presión del manto en mi cuello, no tenía otra solución que soltar la lanza y tratar de agarrarme a la rama invisible.
¬ó¬°No puedo sostenerte m√°s!
Solté la lanza y extendí la mano. El peso de los perros aferrados al manto tiró de mí. Pero mi mano encontró una rama y rápidamente me aferré a aquel resistente asidero y me di impulso hacia arriba.
Fui a parar junto a Scatha, a√ļn temblorosa por el esfuerzo empleado en aguantar mi peso con el extremo de su lanza.
—Faltó poco para que te dejara caer.
—No veía la rama —repuse con los dientes apretados.
De rodillas en la rama, Scatha se inclin√≥ y propin√≥ una lanzada hacia abajo. Un rabioso gru√Īido dej√≥ paso a un aullido de dolor y el peso de mi manto disminuy√≥ considerablemente. Otra r√°pida lanzada suscit√≥ otro alarido y qued√© libre. Busqu√© con torpeza el prendedor y logr√© desabrocharlo y despojarme del manto.
Me di impulso y trepé más arriba. Abajo había no menos de ocho sabuesos; unos saltaban frenéticamente, otros daban enloquecidas vueltas en torno al árbol y al menos dos intentaban trepar por el tronco ayudándose con sus garras. Uno de ellos consiguió subir hasta cierta altura, pero Scatha, agarrándose de la rama con una sola mano, lanceó al monstruo en la garganta. Lo vi caer al suelo panza arriba y dar vueltas sobre sí mismo furiosamente, como si quisiera morderse la garganta de la que brotaba una sangre muy negra.
La bestia cay√≥ al fin muerta, y, al igual que las ara√Īas, se disolvi√≥ en una masa informe que se evapor√≥ en pocos minutos, dejando s√≥lo un gelatinoso residuo. Pero, al pie del √°rbol ya se hab√≠an reunido m√°s de una docena de perros, que saltaban hacia nosotros chasqueando los dientes y gru√Īendo. De vez en cuando, uno trataba de trepar y Scatha lo derribaba muerto o herido. El cad√°ver se disolv√≠a y desaparec√≠a, pero con la misma rapidez era sustituido por m√°s perros.
Era obvio que estábamos atrapados y comencé a pensar que los sabuesos podrían derribar el árbol simplemente aunando sus fuerzas. Sólo el espectáculo del agitado y perverso caos de aquella frenética jauría me llenaba de pavor y desánimo. Por su parte, Scatha no tardó en darse cuenta de la futilidad de su lucha, porque, aunque seguía haciendo buen uso de su lanza cada vez que se le presentaba la ocasión, noté que se iba desanimando. Poco a poco su rostro perdió expresividad y acabó por abatir la cabeza.
—Aquí estamos a salvo —le dije tratando de animarla—. El campamento está cerca. Los guerreros oirán los ladridos y vendrán a ayudarnos.
¬óSi no los est√°n atacando tambi√©n a ellos ¬órepuso en tono l√ļgubre.
¬óNos encontrar√°n ¬ódije, aunque la duda restaba fuerza a mis palabras¬ó. Vendr√°n en nuestra ayuda.
—No tenemos escapatoria —murmuró ella.
—Nos encontrarán —insistí—. Es cuestión de resistir.
Sin embargo, la realidad no tard√≥ en darle la raz√≥n. Los infernales sabuesos no se cansaban, y su n√ļmero iba en aumento. Scatha dej√≥ de propinar lanzadas; trepamos m√°s arriba y nos sentamos con los ojos clavados en el fren√©tico espect√°culo, entumecidos de fr√≠o y paralizados de terror ante aquella algarab√≠a de ladridos, aullidos y gru√Īidos.
Como hipnotizado por el resplandor de la luna en dientes y colmillos y por el vertiginoso dibujo que trazaban en el aire aquellos ojos de color rojo, empecé a desvariar. Los cuerpos de los perros girando sin cesar parecían fundirse en un salvaje torrente, en una rabiosa catarata, en un torbellino de ira. Y me pregunté qué se sentiría al abandonarse a aquel tumultuoso remolino y entrar a formar parte de su terrorífica turbulencia. Sin otro propósito que el caos, sin otro deseo que la destrucción. Qué desafío, qué fuerza, qué desenfreno... abandonarme a tan impetuosa furia.
¬ŅQu√© me suceder√≠a? ¬ŅMorir√≠a o simplemente me convertir√≠a en uno de ellos, primario y libre? Sin l√≠mites, sin frenos, una criatura de primitivos apetitos, una fiera pose√≠da de salvaje y terrible belleza... ¬ŅQu√© se sentir√≠a al actuar sin pensar, al limitarse simplemente a ser... m√°s all√° de cualquier pensamiento, raz√≥n o sentimiento, viviendo s√≥lo para las sensaciones...?
Una brusca sacudida de la rama me despert√≥ de mis enso√Īaciones. Scatha, con los ojos clavados en el enloquecido tumulto alrededor del √°rbol, se hab√≠a puesto de pie sobre la rama y se balanceaba peligrosamente de atr√°s hacia delante, con los brazos extendidos para mantener el equilibrio. Hab√≠a dejado caer la lanza.
—Scatha —grité—, ¡no los mires, Scatha! Aparta tus ojos de ellos.
Continué hablándole mientras me arrastraba por la rama para acercarme a ella. Luego me puse de pie con extrema cautela y le pasé un brazo por los hombros para sostenerla.
—Sentémonos de nuevo, Pen-y-Cat —le dije.
Ella cedió y dejó que la ayudara a sentarse.
—Así está mejor —le dije—. Me has dado un buen susto, Scatha. Podías haberte caído.
Ella me dirigió una inexpresiva mirada y dijo:
—Quería caer.
¬óScatha, esc√ļchame bien: lo que sientes es el sluagh..., nos est√°n tentando. Yo tambi√©n lo siento. Pero debemos resistir. Alguien nos encontrar√° pronto.
Pero Scatha hab√≠a vuelto a clavar los ojos en la vociferante y pululante masa bajo el √°rbol. Perdida toda esperanza de distraerla, luch√© contra la tentaci√≥n de mirar aquel torbellino y escrut√© las tinieblas del bosque en busca de alguna se√Īal esperanzadora.
Y, sin poder dar crédito a mis ojos, vi el débil resplandor de una antorcha que descendía por la ladera.
¬ó¬°Mira! Alguien viene hacia nosotros. Scatha, mira... vienen a ayudarnos.
Mis palabras pretend√≠an llamar la atenci√≥n de Scatha, pero tambi√©n infundirme √°nimos a m√≠ mismo. No hab√≠a raz√≥n para pensar que acud√≠an a salvarnos, y en cambio s√≠ un buen n√ļmero de razones para suponer que un nuevo horror ven√≠a a nuestro encuentro.
Mis esperanzas casi se habían desvanecido cuando Scatha dijo:
¬óNo veo nada. No hay ninguna antorcha.
Era cierto... el resplandor no era el de una antorcha. Lo que hab√≠a visto, empujado por mi anhelo de ver una llama, era s√≥lo un apagado y amarillento resplandor. Pero se acercaba a nosotros a trav√©s del bosque, y poco a poco me di cuenta de que con √©l se acercaba tambi√©n un sonido, dif√≠cil de percibir entre los aullidos, gru√Īidos y alaridos de los sabuesos.
¬óEscucha... ¬Ņno oyes algo?
Scatha escuchó unos instantes apartando los ojos del torbellino infernal.
—Um... Oigo... ladrar —respondió insegura.
—Eso es —aseguré yo—. Ladridos, exactamente... lo mismo que oímos antes de que los siaburs aparecieran.
Scatha me dirigi√≥ una mirada esc√©ptica y con raz√≥n, considerando c√≥mo hab√≠amos huido, aterrorizados, de aquellos ladridos. Era extra√Īo, pues, sentir alivio al volver a o√≠rlos. Y sin embargo yo lo sent√≠a. Escrut√© entre la espesura mientras el extra√Īo destello amarillo brillaba entre los √°rboles. Los ladridos se iban intensificando y no cab√≠a duda de que eran los mismos que hab√≠amos o√≠do antes. Poco despu√©s, vislumbr√© unas sombras blancas que corr√≠an entre el sotobosque hacia nosotros.
¬óAlgo se acerca ¬ódije sofocadamente.
Sent√≠ un templado hormigueo en el brazo y tres perros de lustroso color blanco aparecieron de s√ļbito y se lanzaron contra el espantoso torbellino de los sabuesos. Blancos como la nieve desde el hocico hasta la cola, excepto por las orejas que eran de color rojo sangre, los perros eran m√°s peque√Īos y flacos que los infernales sabuesos, pero mucho m√°s r√°pidos e igualmente fieros.
Temí que en un instante los hicieran pedazos, pero ante mi asombro los sabuesos reaccionaron como si les hubieran echado agua hirviendo. Se alzaron sobre sus patas traseras, saltaron en el aire y se precipitaron unos contra otros en desesperado afán por escapar del ataque de los recién llegados. Y pronto se hizo obvio que les sobraban motivos.
Los perros de orejas rojas propinaron feroces dentelladas; agarraban a los sabuesos por la garganta, los destrozaban y se lanzaban contra otra presa. Los sabuesos se derrumbaban entre gemidos, se disolvían en informe gelatina y desaparecían.
Como relámpagos estallando entre nubarrones, los tres perros blancos luchaban contra nuestros agresores, matándolos con singular celeridad y lanzándose al ataque una y otra vez. Poco después de su aparición, docenas de sus enemigos habían muerto y el resto huía en atropellada fuga. El bosque resonaba con los ladridos de los perros que perseguían a los fugitivos entre la espesura.
¬óHan desaparecido ¬ódijo Scatha al tiempo que exhalaba un profundo suspiro.
Abrí la boca para asentir y entonces lo vi: estaba justo debajo de nosotros y miraba hacia donde los perros habían desaparecido. Llevaba un abrigo amarillo muy largo atado con un cinturón. Era aquel abrigo lo que había visto moverse entre los árboles como un fuego fatuo.
Permaneci√≥ inm√≥vil unos instantes y luego alz√≥ la cara para mirar entre la copa del √°rbol donde est√°bamos escondidos Scatha y yo. Falt√≥ poco para que me cayera de la rama. Era el rostro m√°s feo que jam√°s hab√≠a contemplado: una cara enorme de imponentes facciones, con una nariz larga y ganchuda y una boca de labios abultados semejante a la de una rana; unas orejas como las asas de una jarra asomaban entre una espesa mata de pelos negros, y los ojos, muy separados, le sobresal√≠an bajo una √ļnica y encrespada ceja tambi√©n negra.
Sostuvo mi mirada un breve instante, suficiente para demostrarme que me había visto; además alzó el bastón a modo de saludo antes de alejarse del árbol y perderse entre la espesura.
Cuando hubo desaparecido recobré el habla.
—Ya había visto antes ese rostro —murmuré. Antes..., hacía mucho tiempo... en otro mundo.
Sentí que Scatha me tocaba el brazo.
¬ó¬ŅLlew?
¬óTodo ha terminado ¬óle dije¬ó. Los perros eran suyos.
¬ó¬ŅDe qui√©n?
¬óDel hombre del abrigo amarillo. Estaba aqu√≠. Lo vi; √©l... ¬óme interrump√≠. Era in√ļtil insistir. Era obvio que Scatha no lo hab√≠a visto. Y en cierto modo no me extra√Ī√≥.
¬óPodemos marcharnos ¬óle dije.
Descendí hasta la rama más baja y me dispuse a ganar el suelo de un salto. Cuando me solté de mi asidero, Scatha gritó desde arriba:
¬ó¬°Espera! ¬°Escucha!
Pero su aviso llegó tarde. Aterricé de mala manera y caí de espaldas. En aquel preciso instante oí un violento crujido entre la espesura. Me puse en pie de un salto y busqué desesperadamente la lanza que Scatha había dejado caer, deseando haber conservado mi porra.
—¡Llew! —gritó Scatha—. ¡Allí... detrás de ti!
La lanza yac√≠a, efectivamente, a unos pasos. Me precipit√© hacia ella, la cog√≠ y me di la vuelta para encontrarme... ante Bran y Alun Tringad, espada en mano y acompa√Īados de unos veinte guerreros con antorchas.
—¡Aquí! —les grité—. ¡Scatha! ¡Es Bran! ¡Estamos salvados!
Bran y Alun se acercaron con extrema cautela, como si yo fuera un fantasma.
—¡Aquí estoy! —grité otra vez agitando la lanza y corriendo a su encuentro—. Scatha está conmigo.
¬ó¬ŅLlew? ¬óexclam√≥ dubitativo el jefe de los Cuervos, y fue bajando poco a poco la espada.
Echó una rápida mirada a Alun que se apresuró a decirle:
—Ya te dije que los encontraríamos.
—Mientras regresábamos al campamento nos perdimos —les expliqué.
Volví apresuradamente junto al árbol y llamé a Scatha.
¬óYa puedes bajar. Estamos a salvo.
Scatha saltó de la rama y con la agilidad de un gato aterrizó de pie en el suelo.
¬ó¬ŅEst√°n con vosotros Cynan y Tegid? ¬ópregunt√≥ Alun escrutando entre las ramas.
—Nos separamos —respondí—. No sé hacia dónde fueron.
¬óNo regresaron al campamento por la noche ¬ódijo Bran.
¬ó¬ŅC√≥mo supisteis d√≥nde est√°bamos?
—Oímos unos perros —explicó Bran—. Corrían por el campamento y Alun vio a alguien...
—Dieron tres vueltas corriendo alrededor del campamento —especificó Alun—. El individuo que iba con ellos nos hizo senas para que lo siguiéramos.
—Yo no vi a nadie —intervino Bran con firmeza—. Sólo los perros.
¬óEse individuo ¬óle pregunt√© a Alun¬ó, ¬Ņc√≥mo iba vestido?
—Llevaba un manto largo y un cinturón muy ancho —respondió al instante Alun.
¬óY el manto... ¬Ņde qu√© color era?
—Pues, pardo. O amarillo —contestó Alun—. Aunque no podría precisarlo porque estaba muy oscuro y no llevaba ninguna antorcha.
¬ó¬ŅY los perros?
—Era blancos —respondió Bran.
¬óCon orejas rojas ¬óa√Īadi√≥ Alun Tringad¬ó. Eran tres. Nos condujeron hasta aqu√≠.
¬ó¬ŅNo o√≠steis nada m√°s?
¬óNada m√°s, se√Īor ¬órepuso Alun.
¬ó¬ŅNo o√≠steis alaridos de sabuesos? ¬óconcret√©¬ó. Aqu√≠ mismo, en este lugar.
Bran sacudió la cabeza.
—Sólo oímos a los perros —afirmó Bran—. Y sólo eran tres.
—Y el hombre —apostilló Alun.
—Sí, en efecto, había un hombre... el hombre del abrigo amarillo —le confirmé—. Scatha no lo vio, pero yo sí.
—Yo sólo vi los perros —dijo Scatha con un suspiro de alivio—. Pero ya tuve bastante.
Not√© que se absten√≠a de hablar de los sabuesos y de las ara√Īas. Y yo tampoco dije nada.