21 - El sluagh

La noche se nos echaba encima mientras nos apresur√°bamos a alejarnos de la rota columna de piedra. Ni siquiera nuestros caballos podr√≠an llegar al campamento antes de que cayera la noche. El camino de regreso era m√°s largo de lo que recordaba y el misterioso crep√ļsculo avanzaba con rapidez sobrenatural. Adem√°s, a medida que se hac√≠a de noche, aumentaba aquel horripilante quejido, como si la fuente de tan inquietante sonido se acercara m√°s y m√°s.
Tegid miraba al cielo constantemente. Cuando vio que no podríamos llegar al campamento antes de la noche, dijo:
¬óDebemos dirigirnos a la ladera m√°s cercana. All√≠ al menos encontraremos le√Īa para el fuego.
¬óMe parece bien ¬óasinti√≥ Cynan¬ó. Pero ¬Ņd√≥nde est√°? No veo nada en estas tinieblas.
La idea de Tegid era buena, los bancales del mont√≠culo estaban llenos de √°rboles y abundaba la le√Īa. Pero ¬Ņc√≥mo pod√≠amos estar seguros de la direcci√≥n si no pod√≠amos ver a dos pasos delante de nosotros?
¬óSupongo que estamos cerca del borde de la llanura ¬ódijo Tegid.
La columna de piedra marcaba, efectivamente, el centro y nosotros nos habíamos ido alejando de ella.
—Si es que no hemos estado andando en círculo —observó sombríamente Cynan.
Tegid no hizo caso de la observación y seguimos adelante. No habíamos dado ni cien pasos cuando Scatha se detuvo.
¬ó¬°Escuchad!
Me detuve, pero sólo oí el quejumbroso gemido que, aparte de crecer en intensidad, no se había alterado sustancialmente.
¬ó¬ŅQu√© pasa?
—Perros —dijo ella—. Me pareció oír perros.
¬óYo no oigo nada ¬ódijo Cynan¬ó. ¬ŅEst√°s segura...?
Lo interrumpió en seco el ladrido rápido, corto e inconfundible de un perro.
—¡Por ahí! ¡Deprisa! —gritó Tegid echando a correr.
Sin duda el bardo pensó que habíamos echado a correr tras él. Pero cuando me volví para seguirlo ya se había desvanecido en la oscuridad.
¬ó¬°Tegid, espera! ¬ŅD√≥nde est√°s? ¬ŅCynan?
Una apagada respuesta llegó hasta nuestros oídos.
—Por aquí... seguidme...
¬ó¬ŅTegid? ¬óllam√© escrutando entre las tinieblas¬ó. ¬°Tegid!
¬ó¬ŅPor d√≥nde se han ido? ¬ópregunt√≥ Scatha¬ó. ¬ŅLos viste?
—No —respondí—. Desaparecieron de golpe.
El perro ladró de nuevo..., si es que se trataba de un perro.
—Está cerca —dijo Scatha, y resonó otro ladrido, un poco más lejos y hacia la izquierda.
—Sí, y hay más de uno.
Miré a mi alrededor pero no vi nada que pudiera guiarnos. Una total oscuridad lo ocultaba todo.
¬óSer√° mejor que nos marchemos.
¬ó¬ŅQu√© direcci√≥n deber√≠amos seguir? ¬óse pregunt√≥ Scatha en voz alta.
—Cualquiera, antes que quedarnos aquí quietos —repuse.
Extendí la mano y me cogí al manto de Scatha; ella se agarró al borde del mío.
¬óNos mantendremos juntos ¬óle dije¬ó. Ag√°rrate fuerte y ten preparada la lanza.
Avanzamos en la oscuridad asidos a los mantos. No abrigaba esperanza alguna de que pudi√©ramos librarnos de los perros, pero pens√© que al menos podr√≠amos encontrar un lugar para defendernos si lleg√°bamos a la ladera de la monta√Īa, antes de que la criatura que segu√≠a nuestro rastro nos diera alcance.
Avanzábamos todo lo rápido que éramos capaces. Pero es enervante correr a ciegas. Cada paso es una batalla contra la duda y el temor. Y el éxito de un paso no facilita el siguiente, sino que el miedo va en aumento hasta convertirse en una fuerza abrumadora.
De no haber sido por la presencia de Scatha, me habría detenido cada dos pasos para infundirme coraje. Pero no quería parecer débil o pusilánime ante ella, así que me preparé para resistir una inevitable y fatal caída y seguí corriendo.
Entretanto, los ladridos de los perros sonaban con m√°s fuerza e insistencia a medida que se acercaban. Adem√°s, parec√≠a haber aumentado el n√ļmero de animales, porque cre√≠ percibir cinco ladridos diferentes; por lo menos eran m√°s de los dos que hab√≠amos o√≠do antes.
Nunca sabré si hubiéramos podido llegar al campamento siguiendo aquella dirección. Probablemente, como Tegid había dicho, entre aquellas tinieblas no había salvación para cualquier criatura que vagara por el montículo, pues sólo el fuego ofrecía alguna protección. Sin embargo, de pronto llegamos al borde de la llanura, el terreno se inclinó bajo nuestros pies y caímos rodando uno sobre el otro.
Me precipité por la invisible ladera medio resbalando y medio rodando y aterricé de costado casi sin respiración. Pasaron unos instantes antes de que pudiera pronunciar palabra.
¬ó¬°Scatha!
¬óAqu√≠, Llew ¬órepuso ella luchando tambi√©n por recobrar el aliento¬ó. ¬ŅEst√°s bien?
Comprobé el estado de mi cuerpo. Me dolía la mandíbula, pero era por correr con los dientes apretados.
¬óCreo que estoy entero.
Desde la meseta que se cern√≠a sobre nuestras cabezas o√≠mos unos pasos que se deslizaban entre la hierba, como los de un animal que lanza un √ļltimo ataque contra su presa.
—¡Deprisa! —aullé—. ¡Bajemos!
Tropezando, cayendo y rodando, nos precipitamos ladera abajo hasta tropezar con un matorral de agudas espinas. Cuando me esforzaba por desengancharme de ellas, Scatha dijo:
¬ó¬°Shhh! ¬°Quieto!
Me quedé inmóvil y escuché. Todavía se oían los perros, pero los ladridos sonaban como si de alguna manera hubiéramos logrado poner cierta distancia entre nosotros y nuestros perseguidores. Me disponía a seguir adelante mientras tuviéramos oportunidad de hacerlo, pero Scatha me lo impidió.
—Quedémonos aquí un momento —me urgió internándose entre los arbustos.
Siguiendo su ejemplo, avancé a rastras bajo el matorral y me senté junto a Scatha a esperar.
¬ó¬ŅTodav√≠a conservas la lanza?
—Sí.
—Magnífico —dije.
Deseé de nuevo haberme acordado de coger la mía cuando desmonté en el montículo. Y también deseé tener un pedernal y una yesca para encender fuego... o por lo menos una antorcha con la que alumbrar nuestro camino. Pero eran deseos imposibles.
Sin embargo, mientras nos sent√°bamos en la tenebrosa oscuridad para aguardar no sab√≠amos qu√©, y la infausta noche resonaba con los ladridos de los perros, imagin√© que mi mano de plata comenzaba a brillar. Al principio fue s√≥lo un destello, un tr√©mulo y d√©bil pesta√Īeo. La alc√© y el brillo se desvaneci√≥. La baj√© otra vez y reapareci√≥.
Estiré el cuello hacia arriba para mirar y ante mi sorpresa vislumbré un pálido ojo que me miraba: era la luna. Aunque envuelta en nubes, fría, macilenta y borrosa en el negro cielo de sollen, me infundió cierto ánimo y deseé que su luz se prolongara.
Los perros estaban en la meseta, casi encima de nosotros. Esperaba que de un momento a otro nos saltaran a la garganta.
Scatha se movió. La punta de su lanza destelló mientras se inclinaba hacia delante presta a defenderse del ataque. Miré alrededor buscando un palo que pudiera blandir como una porra, pero no encontré nada.
La luz de la luna aumentó en intensidad. Vislumbré el brillo de los ojos de Scatha clavados en la ladera que ascendía hacia la meseta. Sintió que la miraba, volvió su rostro hacia mí y me sonrió. En aquel momento se parecía mucho a Goewyn. El corazón me dio un vuelco. Debió de notar mi estremecimiento porque me dijo:
¬ó¬ŅEst√°s herido?
¬óNo, estaba pensando en Goewyn.
¬óLa encontraremos, Llew.
Su tono inspiraba certeza, consuelo y confianza. Si abrigaba alguna duda en su corazón o en su mente, la disimuló muy bien, porque no percibí en su voz el menor titubeo.
Ahora había luz suficiente para distinguir cualquier sombra en la ladera. Esperamos escuchando con todos los sentidos. Me quedé entumecido de estar tanto tiempo inmóvil.
—Deberíamos marcharnos —dije al fin—. Quizá regresen otra vez.
—Yo iré delante —dijo Scatha comenzando a desenredarse de las espinas.
Se arrastró entre el arbusto y yo la seguí; cuando nos vimos libres de las espinosas zarzas, nos dimos cuenta de que estábamos junto a un espeso bosque. A la débil luz de la luna se veía a cierta distancia, por encima de nosotros, el borde de la meseta circular.
—El cielo se está despejando un poco. Quizá podamos ver el campamento desde allá arriba —dije pensando que si no podíamos hallar a Tegid al menos podríamos localizar el campamento.
Scatha asintió y trepamos lentamente por la ladera; cuando llegamos arriba escrutamos a través de la meseta. Tenía la esperanza de ver las amarillentas fogatas del campamento, o al menos su rubicundo resplandor reflejado en las nubes más bajas, pero no se veía nada. Se me ocurrió llamar a gritos a Cynan y a Tegid, pero luego lo pensé mejor. Era una insensatez llamar la atención de los perros.
¬óBueno ¬ódije¬ó, si seguimos el borde, tarde o temprano encontraremos el campamento.
—Y podremos refugiarnos en el bosque si es necesario —observó Scatha.
R√°pida y silenciosamente, como dos sombras escabull√°ndose entre el apagado gris del terreno, echamos a correr. Scatha, lanza en ristre, iba delante, yo miraba constantemente hacia atr√°s escrutando la meseta por si distingu√≠a alguna se√Īal del campamento o de Tegid; habr√≠a dado cualquier cosa por encontrar a cualquiera de los dos. Recorrimos un buen trecho y de pronto, por el rabillo del ojo, vislumbr√© un parpadeo espectral. Pensando que pod√≠a tratarse del campamento, me detuve y me di la vuelta...; pero si de verdad hab√≠a visto algo, se hab√≠a desvanecido.
Scatha se detuvo también.
—Creí haber visto algo —le expliqué.
Poco después volví a verlo.
En efecto, apenas hab√≠amos dado dos pasos, vi brillar otra vez aquel extra√Īo destello. Como antes, me detuve y me di la vuelta para mirar.
—Hay algo ahí —le dije a Scatha.
¬óNo veo nada.
—Ni yo. Pero había algo.
De nuevo, en cuanto reemprendimos la marcha, reapareció el resplandor. Esa vez no me detuve, ni miré, sino que dejé que la sutil y evanescente luz destellara en el límite de mi campo de visión, mientras yo trataba de observarla para saber lo que era.
Sin embargo, sólo percibí un brillante parpadeo en el aire, como si la helada luz de la luna se hubiera espesado y congelado en alargadas hebras y diáfanos filamentos, que flotaban en el oscuro aire de la noche, rizándose y ondeando como las algas bajo las aguas.
Pero, cada vez que volvía la cabeza con la intención de vislumbrar algo, los fantasmas se desvanecían. Se trataba, decidí, de un fenómeno parecido al de la luz errática de ciertas estrellas, que son claramente visibles cuando se mira hacia otro lugar, pero desaparecen cuando se intenta mirarlas directamente.
Seguimos adelante y no tardé en observar que aquellas amorfas siluetas no estaban limitadas a la meseta, sino que plagaban el aire encima y a ambos lados de nosotros. Dondequiera que mirara, percibía, en el mismísimo limite de mi campo de visión, aquellas fluctuantes y rizadas formas emergiendo, entrecruzándose y flotando en torno.
¬óScatha ¬ódije en voz muy baja; ella se detuvo¬ó. No, sigue andando. No te detengas.
Reemprendimos la marcha y a√Īad√≠:
¬óMe parece que esas formas... esos fantasmas se est√°n reuniendo a nuestro alrededor. Hay much√≠simas. ¬ŅLas ves?
¬óNo ¬órepuso¬ó. No veo nada, Llew.
Hizo una pausa y preguntó:
¬ó¬ŅQu√© aspecto tienen?
¬ęBendita seas, Pen-y-Cat ¬ópens√©¬ó, por no tomarme por loco.¬Ľ
¬óParecen... parecen jirones de niebla, o telas de ara√Īa meci√©ndose en la brisa.
¬ó¬ŅSe mueven?
¬óConstantemente. Como el humo; se entrecruzan y cambian de forma sin parar. Las veo cuando no las miro directamente.
Seguimos caminando y al cabo de un rato comencé a darme cuenta de que las fantasmales siluetas se fundían en formas más sustanciales, más espesas, más densas. Seguían emergiendo y mezclándose, pero parecían ir acumulando sustancia. Al mismo tiempo, noté que mi mano de plata me hormigueaba de frío..., mejor dicho, no la mano, sino el punto en que el metal se unía a la carne.
Creí que era consecuencia del frío aire de la noche, luego caí en la cuenta de que las bajas temperaturas jamás me habían afectado de aquella forma. Es más, mi mano de plata siempre había permanecido insensible tanto al calor como al frío. Siempre, con una excepción: el día que descubrí la almenara.
Mientras continu√°bamos adelante, iba dando vueltas a aquel enigma. ¬ŅSer√≠a posible que mi ap√©ndice de metal, aparte de otras propiedades que pose√≠a, funcionara como una especie de alarma? Considerando la fant√°stica naturaleza de la mano y la manera como hab√≠a llegado a formar parte de m√≠, aquello encajaba de forma veros√≠mil en su prodigiosa esencia; en verdad todo en aquella mano de plata suger√≠a una consustancial afinidad con misteriosos y extra√Īos poderes.
Si mi mano de plata pose√≠a la capacidad de alertar a su due√Īo del peligro, ¬Ņde qu√© me estaba avisando?
Segu√≠a tan absorto en mis elucubraciones, que descuid√© las siluetas que se deslizaban hasta el l√≠mite de mi campo de visi√≥n. Cuando las observ√© otra vez, me qued√© helado. Los fantasmas se hab√≠an solidificado y eran ahora de un tama√Īo uniforme, aunque sus formas eran a√ļn irreconocibles. Adem√°s, hab√≠an experimentado otro cambio. Y eso fue precisamente lo que hizo que me detuviera en seco: pose√≠an una inconfundible conciencia, casi una capacidad de percepci√≥n. Era como si las fantasmag√≥ricas siluetas parecieran ansiosas o excitadas..., impacientes quiz√°.
En efecto, cuando me apresur√© a reunirme con Scatha, sent√≠ que las misteriosas formas se agitaban..., como si mis movimientos las frustraran y las confundieran. Me embarg√≥ entonces una extra√Īa e inquietante sensaci√≥n, porque me pareci√≥ que aquellos fantasmas eran conscientes de mi presencia y capaces de responder a ella.
Entretanto, el helado hormigueo de mi mano de plata se había convertido en un agudo y punzante frío que me subía por el brazo. Apreté el paso y alcancé a Scatha.
—No dejes de moverte —le dije—. Los fantasmas saben que estamos aquí. Parece que nos persiguen.
Perseguir no era la palabra que quería pronunciar. Aquellas cosas nos rodeaban, se agitaban encima de nuestras cabezas y a nuestro lado. Era peor que cruzar un espeso y hostil bosque en el que cada hoja fuera un enemigo, y cada rama, un adversario.
Sin aminorar la marcha, Scatha levant√≥ la lanza y se√Īal√≥ una mancha en la oscuridad.
—Ahí delante se ve el resplandor de un fuego.
Un apagado resplandor brillaba, en efecto, en el horizonte.
¬óDebe de ser el campamento ¬ódije, e inmediatamente ca√≠ en la cuenta de algo pavoroso. ¬ęEso explica su agitaci√≥n ¬ópens√©¬ó, los fantasmas no quieren que lleguemos al campamento.¬Ľ
¬ó¬°Deprisa! Lo lograremos.
Apenas había pronunciado estas palabras cuando Scatha me puso la mano en el pecho para detenerme. Al momento olfateé un dulzón olor a podrido..., el mismo que exhalan los cadáveres de los caballos. Se me atenazó la garganta.
Scatha también había reconocido el hedor.
—¡Siabur! —exclamó casi atragantándose.
Oí un apagado sonido y vi que una bulbosa forma caía en el suelo a pocos pasos de nosotros. El mareante hedor dulzón se intensificó; los ojos se me llenaron de lágrimas. El redondo burujo negriazul tembló unos instantes y luego se encogió como una gota de agua sobre una superficie caliente. Al mismo tiempo, pareció endurecerse porque dejó de temblar y comenzó a desplegar unas patas en torno a un abultado estómago. Luego emergió una cabeza con redondos ojos y una espantosa boca con pinzas.
Comprend√≠ entonces lo que hab√≠a estado viendo. Los fantasmas eran esas criaturas que Tegid hab√≠a llamado sluagh. Y ahora, gracias a los poderes que pose√≠an, hab√≠an reunido la fuerza suficiente para materializarse como un siabur. Lo inmaterial se hab√≠a solidificado y hab√≠a adoptado la forma de una arar√≠a grotescamente hinchada. Pero era una ara√Īa como jam√°s en mi vida hab√≠a visto: verde y negra como una contusi√≥n, anormalmente grande, del tama√Īo de un ni√Īo que empieza a andar, con un vientre peludo y abultado y unas patas largu√≠simas rematadas por una sola garra.
El enorme corpachón rezumaba un reluciente y viscoso líquido. El siabur emitió un espeluznante sonido y arrastró su repulsiva mole sobre la hierba.
—¡Es horrible! —musitó Scatha.
Con dos r√°pidas y decididas zancadas, Scatha se acerc√≥ al monstruo con la lanza en ristre. Alz√≥ el brazo y dispar√≥. La lanza hiri√≥ a la criatura detr√°s de la grotesca cabezota clav√°ndola en el suelo. El siabur se retorci√≥ emitiendo exang√ľes chillidos; sacudi√≥ las patas y cerr√≥ violentamente las pinzas de la boca.
Scatha revolvió la lanza en la herida; las frágiles patas se doblaron y el monstruo se derrumbó entre temblores. Pen-y-Cat retiró la lanza y volvió a clavarla en el vientre de la asquerosa criatura. Surgió un apestoso y nocivo gas y el repugnante monstruo pareció derretirse; su cuerpo perdió forma sólida y se licuó otra vez en una gota que acabó por disolverse dejando sobre la hierba una mancha apestosa y brillante.
Mientras el siabur se evaporaba eché a correr. Cogí a Scatha por el brazo y la arrastré. Oí el ruido de otro cuerpo caer a mi derecha y otro en donde habíamos estado hacía un instante. Scatha se volvió hacia el sonido.
—¡Déjalo! —le grité—. Corramos hacia el campamento.
Y corrimos a toda velocidad. La noche se estremec√≠a con el sonido de aquellos asquerosos y abultados cuerpos al caer sobre la hierba. Los hab√≠a a cientos, a miles. Y segu√≠an cayendo del aire como una obscena y p√ļtrida lluvia.
El hedor impregnaba la atmósfera. Mi respiración se convirtió en un jadeo que me desgarraba la garganta y los pulmones. Las lágrimas corrían por mis mejillas. La nariz me moqueaba.
La larga hierba se nos enredaba a los pies como si quisiera estorbarnos la carrera. La meseta bull√≠a de siaburs que se arrastraban materializ√°ndose en enormes formas sobre la hierba y se afanaban, luchaban, se esforzaban por darnos alcance, agitando las delgadas patas y sorbiendo con sus babeantes bocas. Acabar√≠an con nosotros en cuanto nos detuvi√©ramos o titube√°ramos; y entonces nos quedar√≠amos como los caballos que hab√≠amos visto aquella ma√Īana: secas c√°scaras sin sangre.
Nuestra marcha fue haci√©ndose m√°s y m√°s dificultosa, y nuestra carrera m√°s y m√°s azarosa, pues nos ve√≠amos obligados a esquivar las ara√Īas. Mi mano de plata ard√≠a de fr√≠o.
Un siabur apareció delante de mí y tuve que saltar por encima de él. Cuando mis pies tocaron el suelo, sentí un peso frío entre los hombros..., unas patas largas se aferraron a mi cuello con el helado tacto de una cosa muerta. Me debatí con violencia agitando los brazos hasta librarme del monstruo y arrojarlo al suelo, donde se revolvió entre espantosas sacudidas.
Otro ocupó su lugar. Sentí su frío y mortal peso en el hombro y noté un agudo y helado mordisco en la base del cuello. Un escalofrío intenso se extendió desde el cuello y los hombros y fue descendiendo por mi espalda hasta los muslos y las piernas. Dejé de correr. La oscuridad era total, sofocante. Mi rostro se entumeció; no sentía ni los brazos ni las piernas. Se me cerraban los párpados; quería dormir... dormir y olvidar... sumirme en el olvido... Me hubiera dormido a no ser por una vocecilla que gritaba a lo lejos. Tan pronto como callara... Al oír mi grito, Scatha se volvió y de una patada me libró del siabur. De una rápida lanzada lo ensartó por el hinchado estómago. La asquerosa criatura serpenteó, luego se disolvió en un limo gelatinoso y desapareció.
Mi vista se aclaró y mis miembros comenzaron a reaccionar. Sentí que las manos de Scatha me levantaban. Traté de ponerme en pie, pero no sentía las piernas.
—Llew, Llew —musitó Scatha con voz dulce—. Yo te sostengo. Te llevaré.
Me ayudó a levantarme. Di dos pasos vacilantes y caí de bruces. Los siaburs se precipitaron todos a una; corrían con asombrosa rapidez. Aparté de una patada a uno, que soltó un gemido y salió huyendo; pero me atacaron otros dos y se asieron con sus garras a mis breecs mientras me revolcaba por el suelo.
Scatha pateó a uno en el momento en que me agarraba y de una certera lanzada partió al otro por la mitad. Después, con los pies firmes en el suelo, dio media vuelta y lanceó a dos más que se acercaban; un tercero trató de esquivarla, pero ella lo ensartó por el vientre, lo alzó clavado en la punta de la espada y de un bandazo lo envió por los aires.
Haciendo acopio de todas sus fuerzas, Scatha me levant√≥ y tir√≥ de m√≠. Tropezando como un viejo, me dej√© llevar. El movimiento me ayud√≥ y poco a poco fui recuperando la fuerza en las piernas; no tard√© en correr a la misma velocidad que antes. Huimos hacia el reborde de la meseta y hacia la boscosa ladera que descend√≠a desde all√≠, en donde yo esperaba que pudi√©ramos eludirlos m√°s f√°cilmente. Un pu√Īado de siaburs trat√≥ de cortarnos el paso, pero las certeras lanzadas de Scatha despejaron el camino y pudimos alcanzar la ladera en medio de un coro de agudos e irritados chillidos.
Al llegar al reborde seguimos corriendo ladera abajo. El aire era puro; lo aspir√© ansiosamente y mi visi√≥n se aclar√≥ y los pulmones dejaron de quemarme. Cuando llegamos a la primera hilera de √°rboles, mir√© hacia atr√°s y vi que los siaburs se deslizaban por el borde de la meseta en una repugnante y agitada cascada. Aunque hab√≠a esperado que nos persiguieran, el coraz√≥n se me vino abajo al ver su n√ļmero: si antes se contaban por veintenas y centenas, ahora eran miles y miles.
Fluían ladera abajo en enorme y agitada avalancha, gritando horriblemente. No había forma de detenerlos; no había escapatoria.