19 - Tir aflan

Hubiera sido más fácil surcar el mar con los barcos a cuestas que atracar sin novedad en Tir Aflan. La escarpada costa estaba sembrada de rocas. El mar se precipitaba y desgarraba con atronador bramido contra los afilados escollos. Pasamos la mayor parte del día buscando un lugar en la costa para desembarcar, y por fin fuimos a dar casualmente con una bahía resguardada por dos promontorios rocosos que protegían la estrecha entrada.
Pese a la protección que ofrecían los dos promontorios, a Tegid no le gustó aquel sitio; decía que le inquietaba profundamente. Sin embargo, después de un breve cambio de impresiones, decidimos que era el mejor lugar que habíamos divisado en la costa y probablemente el mejor que podíamos encontrar.
Di la orden y uno tras otro los barcos pasaron entre los dos promontorios. Una vez en la bahía, las aguas estaban mortalmente tranquilas y tenían un tono oscuro, más incluso que las que acabábamos de dejar.
¬óEscucha ¬ódijo Tegid¬ó. ¬ŅHas o√≠do?
—No he oído nada —repuso inclinando a un lado la cabeza.
¬óLas gaviotas han desaparecido.
Una bandada de gaviotas nos hab√≠a acompa√Īado desde el comienzo del viaje. Ahora, en efecto, no hab√≠a la menor se√Īal de ellas.
De pie en la proa vi que el barco de Cynan nos adelantaba y se internaba en la bah√≠a. Cynan nos dio un grito y se√Īal√≥ un lugar para desembarcar. Estaba a√ļn asomado a la borda con la mano extendida cuando vi que las aguas empezaban a rebullir delante mismo de su barco.
A los pocos instantes hervían furiosamente; jamás había visto que un caldero lo hiciera con tanta fuerza. Las aguas se espesaban y estremecían, y burbujas de gas estallaban en la superficie, soltando un vapor verdusco que flotaba sobre el tenebroso mar.
Los hombres se precipitaron hacia la borda y se asomaron sobre las hirvientes aguas. Las exclamaciones de asombro se convirtieron en gritos de angustia cuando, de entre las agitadas aguas, emergió la escamosa cabeza de una enorme serpiente. Abriendo desmesuradamente la dentada boca y disparando su lengua bífida como una lanza de dos puntas, el monstruo silbó y el estruendo que se oyó parecía el de las velas de un barco azotadas por la galerna.
Desde donde estaba vi al monstruo con la claridad que inspira el pavor; su mucosa piel estaba moteada de verde y gris, como el mar en plena tormenta; los ojos sobresal√≠an terriblemente en una cabeza muy plana; sus escamas, gruesas y rugosas como la corteza de un √°rbol, dibujaban una aguda cresta sobre el lomo, pero en cambio el resto del cuerpo era liso y viscoso como el de una babosa. Un espeso r√≠o de transparente baba flu√≠a de dos enormes agujeros en el extremo del hocico y de otros m√°s peque√Īos que se abr√≠an en la base de la garganta y se prolongaban en hilera a lo largo de su cuerpo.
Si el aspecto del monstruo hab√≠a sido dise√Īado con la exclusiva finalidad de inspirar repulsi√≥n, desde luego no pod√≠a haber sido mejor concebido. Se me atenaz√≥ la garganta y el est√≥mago se me revolvi√≥. Despu√©s, nos alcanz√≥ una oleada del aliento del animal y el hedor me hizo vomitar.
¬ó¬°Llew!
Tegid apareció a mi lado en la proa y me puso una lanza en la mano.
¬ó¬ŅQu√© es esa cosa? ¬ópregunt√©, limpi√°ndome la boca con la manga¬ó. ¬ŅLo sabes?
Sin apartar los ojos del monstruo, respondió con voz temblorosa de miedo:
¬óEs un afanc.
¬ó¬ŅSe puede matar?
Me miró con rostro demudado. Abrió la boca, pero no pudo emitir sonido alguno y volvió a clavar los ojos en el monstruo.
¬ó¬°Tegid! ¬°Responde! ¬ógrit√© agarr√°ndolo del brazo y oblig√°ndolo a mirarme¬ó. ¬ŅSe puede matar?
Pareció volver en sí.
—No lo sé —musitó.
Me volví hacia los guerreros que estaban a mi espalda.
—¡Preparad las lanzas! —grité.
En el centro del bote hab√≠a cinco caballos, que se hab√≠an espantado ante la s√ļbita aparici√≥n del monstruo. Corcoveaban y relinchaban tratando de soltarse.
¬ó¬°Tranquilizad a los caballos! ¬°Tapadles los ojos!
Un tremendo crujido resonó en las aguas. Me di la vuelta y vi que el barco de Cynan se estremecía y se tambaleaba. Luego se levantó en el aire, izado sobre un enorme y viscoso anillo. Los hombres gritaban mientras el barco se balanceaba en el aire.
—¡Acércate! —grité al timonel—. ¡Hay que ayudarlos!
En ese preciso instante, una joroba emergió como una anguila ante la proa. El barco chocó contra el afanc y se estremeció haciendo caer de bruces a los hombres. Enrollando un cabo a mi mano de plata, me incliné sobre la borda y blandiendo la lanza la clavé con fuerza en la viscosa piel. De la herida brotó sangre de un color negro azulado.
Tiré de la lanza y la clavé otras dos veces más, lo más profundo que pude. La tercera vez la empujé con todas mis fuerzas, noté la resistencia de la fuerte musculatura y luego sentí que la carne cedía y que la afilada lanza se hendía. El enorme corpachón del monstruo se estremeció de dolor y casi me sacó el brazo de sitio. El agua se ennegreció; yo solté la lanza en el preciso instante en que Tegid me agarraba del cinturón y tiraba de mí.
Los demás, aguijoneados por mi ejemplo, comenzaron a golpear al monstruo con sus armas, abriendo cientos de heridas en la tersa piel. Las verdigrises aguas del mar se espesaron con la sangre. No sé si el monstruo sintió el impacto de nuestras lanzas o si simplemente se sumergió para atacar de nuevo. Lo cierto es que el afanc silbó y la sanguinolenta joroba desapareció bajo las aguas. Los guerreros lanzaron un grito de victoria.
Entretanto, Cynan y sus hombres, asomados a la borda, libraban un frenético ataque contra la cabeza y la garganta del monstruo. Vi a Cynan balancearse peligrosamente en la proa. Alzó la lanza, hizo acopio de toda su energía y la disparó, emitiendo, con el esfuerzo, un tremendo gemido en el mismo instante en que el proyectil salía despedido de su mano.
La lanza voló por los aires y fue a clavarse en los ojos del afanc. El monstruo movió violentamente de un lado a otro su inmensa cabezota para librarse de ella.
Los hombres gritaron de entusiasmo.
Pero los vítores se transformaron en gritos de desconcierto, cuando el afanc alzó su espantosa cabeza por encima del agua y abrió la inmensa boca mostrando una doble hilera de dientes, afilados como un huso. Los guerreros se dispersaron despavoridos mientras la impresionante mandíbula se cernía sobre ellos. Pero unos cuantos se mantuvieron en sus puestos y dispararon sus lanzas dentro de la amarillenta garganta del monstruo.
La terrible bestia retrocedió entre silbidos y espumarajos; algunas lanzas sobresalían de su cuello como cerdas. El barco, todavía preso en el anillo de la serpiente, subía y bajaba tambaleante.
Nosotros est√°bamos demasiado lejos para ayudarlos.
—¡Más cerca! —grité—. ¡Deprisa!
Pero no había nada que hacer.
La boca del monstruo golpeó el mástil del barco; el estrépito de la madera resonó en las aguas. El palo se rompió y el barco se bamboleó arrojando hombres y caballos a las espumantes aguas.
En medio de los alaridos de los hombres o√≠ un extra√Īo sonido, un pavoroso sonido que revolv√≠a las entra√Īas..., apagado, amordazado, √°spero. Mir√© y vi la mitad superior del m√°stil atravesada en la garganta del monstruo. La terrible bestia boqueaba intentando trag√°rselo, pero el astillado tronco se hab√≠a clavado profundamente en la carne.
Incapaz de librarse del m√°stil, el afanc sacud√≠a la cabeza a uno y otro lado, azotando el agua como un l√°tigo. Y entonces, cuando parec√≠a que los barcos iban a hacerse pedazos con los bandazos de la enorme cabezota, el abotargado corpach√≥n dio una sacudida y la bestia se hundi√≥ en las profundidades, propinando un √ļltimo y tremendo coletazo. Los dos barcos que estaban m√°s cerca quedaron anegados y estuvieron a punto de naufragar, pero lograron mantenerse a flote y pusieron proa hacia la orilla. El √ļltimo barco, alcanzado tambi√©n por la violencia del golpe, casi zozobr√≥.
Nos dirigimos hacia el barco de Cynan e izamos a bordo a cuantos pudimos recoger. Aun así, tres caballos se ahogaron y unos doce hombres tuvieron que nadar en las heladas aguas hasta la orilla. Pudimos salvar el destrozado barco, pero perdimos las provisiones.
Cuando los √ļltimos hombres llegaron a tierra, aturdidos y medio helados, nos reunimos en la orilla y contemplamos mudos la bah√≠a de nuevo tranquila. Amarramos los barcos lo mejor que pudimos y abandonamos la costa, alej√°ndonos del lecho del afanc, para pasar una insomne noche acurrucados en torno a una chisporroteante hoguera, en un triste esfuerzo por entrar en calor.
La nevisca silbaba entre las espasm√≥dicas llamas y la madera h√ļmeda siseaba. Nos calentamos muy poco y descansamos a√ļn menos; cuando apareci√≥ el sol, p√°lido como un fantasma, en un tenebroso cielo de color gris, nos levantamos para entrar en calor y comenzamos a rastrear la orilla en busca de alguna se√Īal de Goewyn, T√°ngwen y sus raptores. Como no descubrimos ning√ļn rastro, nos dispusimos a internarnos tierra adentro.
¬óClanna na c√Ļ ¬ómurmur√≥ Cynan, mientras la niebla se condensaba en sus cabellos y bigote¬ó. Este lugar apesta. Oled el aire. Apesta ¬óa√Īadi√≥ con las aletas de la nariz dilatadas y una mueca de asco en la boca.
La atmósfera, en efecto, era fétida y densa como un pozo de inmundicias.
Muy cerca, Tegid, apoyado en su vara, escrutaba con aire taciturno la espesa vegetación del bosque que se alzaba como una muralla de color gris en la estrecha playa, formada por fragmentos de afilado pedernal. En la orilla yacían, como rígidos cadáveres, árboles muertos con las raíces colgando.
—Deberíamos marcharnos enseguida —dijo—. Alguien podría advertir nuestra llegada.
—Mejor que mejor —comenté—. Quiero que Paladyr sepa que hemos llegado.
¬óNo estaba pensando s√≥lo en Paladyr ¬óme dijo el bardo¬ó. Quiz√° sea la menor de nuestras preocupaciones. Intuyo que nos acechan peligros a√ļn mayores.
—Que vengan —declaró Alun—. No les tengo miedo.
Tegid gru√Ī√≥ y le dirigi√≥ una siniestra mirada.
¬óCuanto menos fanfarronees ahora, menos tendr√°s que lamentarlo luego.
Poco despu√©s regres√≥ Garanaw de su incursi√≥n tierra adentro e inform√≥ que hab√≠a encontrado un riachuelo que podr√≠a servirnos como sendero. Cynan propuso que nos dirigi√©ramos a las colinas que hab√≠amos avistado desde el mar; desde all√≠ podr√≠amos otear la extensi√≥n de aquella tierra y avistar alguna se√Īal del enemigo.
Las huellas, la almenara y las estr√≠as de las quillas de los barcos no dejaban lugar a dudas de que Paladyr hab√≠a contado con ayuda. Desde las colinas podr√≠amos avistar el humo de alg√ļn campamento o de alg√ļn poblado. Era una esperanza muy exigua en nuestras ya escasas posibilidades, pero era lo √ļnico que ten√≠amos. As√≠ que nos pusimos en marcha como si estuvi√©ramos seguros del triunfo.
Drustwn regresó de explorar la costa hacia el sur.
¬óS√≥lo hay escarpados acantilados. No he podido hallar ning√ļn lugar accesible.
—Muy bien. Entonces dirijámonos hacia el norte. Muéstranos el camino, Garanaw.
Nos pusimos en marcha lentamente tras Garanaw. Bran y los demás Cuervos caminaban a su lado, seguidos por Cynan y sus guerreros; detrás íbamos Tegid, Scatha y yo, y cerraban la marcha seis guerreros que conducían la reata de caballos en doble hilera. La vegetación que bordeaba la orilla era tan espesa y apretada que era imposible cabalgar. Tendríamos que ir a pie, al menos hasta que la senda se ensanchara.
El arroyo que había visto Garanaw resultó ser una fétida filtración de agua amarillenta que fluía del bosque, se deslizaba por la pedregosa playa e iba a parar al mar formando una mancha de color ocre. Sin embargo, el agua había trazado en cierto modo una senda, una tosca y abrupta torrentera, entre la maleza y el sotobosque.
Tras echar una √ļltima ojeada al mortecino cielo, nos internamos tierra adentro siguiendo la garganta. √Ārboles ca√≠dos a ambos lados y sobre la torrentera dificultaban en extremo nuestra marcha. Muy pronto perdimos de vista el cielo: sobre nuestras cabezas se cern√≠a un amasijo de ramas entretejidas tan tupidas y espesas como un techo de paja. Avanz√°bamos con angustiosa lentitud en medio de una f√©tida penumbra con los pies y las piernas cubiertos de maloliente barro. El √ļnico ruido que percib√≠amos era el ulular del viento entre los √°rboles y el apestoso chapoteo del arroyo.
Los caballos se mostraron reacios a internarse en el bosque y, apenas habíamos avanzado unos pasos, tuvimos que detenernos para taparles los ojos. De esa forma, los animales se tranquilizaron y se dejaron conducir.
Nos afanamos durante todo el d√≠a saltando y sorteando los √°rboles ca√≠dos. Cuando anocheci√≥ est√°bamos exhaustos y entumecidos de tanto resbalar y tropezar contra las paredes de la torrentera, y salimos de la garganta para acampar. Por lo menos hab√≠a le√Īa en abundancia y encendimos una hermosa fogata para alumbrar aquel tenebroso anochecer.
Tegid se sentó un poco apartado de los demás, inclinado sobre su vara; sumido en sus meditaciones no hablaba con nadie. Juzgué prudente no molestarlo y lo dejé abandonado a sus pensamientos.
Tras descansar, los hombres empezaron a charlar en voz baja y los encargados de la intendencia se dispusieron a preparar la cena. Yo me senté con Scatha, Bran y Cynan y comentamos el progreso de nuestra marcha..., mejor dicho, su lentitud.
¬óMa√Īana avanzaremos mucho m√°s ¬ódije sin demasiada convicci√≥n¬ó. Bueno, al menos no puede ser peor que hoy.
—Me encantaría salir de esta apestosa zanja —murmuró, sombrío, Cynan.
¬óNo me extra√Īa, Cynan Machae ¬óobserv√≥ Alun¬ó, verte luchando con el barro es m√°s que suficiente para arrancar l√°grimas de mis ojos.
Scatha, con los largos cabellos trenzados y recogidos bajo el casco, se limpiaba el barro de los buskins con un palo mientras murmuraba:
¬óEs este hedor repugnante lo que arranca l√°grimas de mis ojos.
Tales comentarios aliviaron un poco nuestro pesimismo; luego concentramos nuestra atención en distribuir a los hombres y asegurar la vigilancia del campamento durante la noche. Comimos con escaso apetito, nos envolvimos en los mantos y nos quedamos dormidos.
El d√≠a siguiente amaneci√≥ h√ļmedo. Soplaba un fuerte viento del norte. Aunque hac√≠a bastante fr√≠o no nevaba; pero la humedad nos calaba hasta los huesos. Caminamos penosamente por la garganta, abri√©ndonos paso entre la mara√Īa de ramas y troncos; descans√°bamos de vez en cuando, pero s√≥lo nos deten√≠amos cuando ya ni pod√≠amos arrastrar los pies.
El terreno iba subiendo y al final del tercer día comenzamos a preguntarnos por qué tardábamos tanto en llegar a nuestro destino.
—No lo entiendo —confesó Bran—. Deberíamos haber llegado a la cima de esta asquerosa colina hace tiempo.
Estaba de pie apoyado en la lanza con la frente manchada de barro y sudor y los breecs y el manto empapados y sucios; los demás Cuervos no presentaban mejor aspecto que él. Más que guerreros al servicio de un rey, parecían fugitivos escapados de una mazmorra.
Hac√≠a d√≠as que no nos afeit√°bamos e √≠bamos cubiertos de barro de la cabeza a los pies. Hubiera dado algo por encontrar un riachuelo decente o un estanque para librarme del lodo. Pero ambas cosas y tambi√©n la cima de la monta√Īa parec√≠an estar muy lejos de nuestro alcance.
Me volví hacia Tegid.
¬ó¬ŅPor qu√©, Tegid? A pesar de que recorremos todos los d√≠as una considerable distancia, ni siquiera hemos avistado la cima.
El bardo torci√≥ el gesto, como si sufriera alg√ļn dolor, y dijo:
¬óSabes tanto como yo acerca de estos malditos parajes.
¬ó¬ŅQu√© quieres decir? ¬ŅQu√© ocurre?
—No puedo ver nada aquí —murmuró con amargura—. Estoy ciego otra vez.
Lo miré fijamente y entonces comprendí lo que quería decir.
—Tu awen, Tegid... No tenía idea...
—No importa —repuso en tono amargo dándose la vuelta—. No es una gran pérdida.
¬ó¬ŅQu√© le ocurre? ¬ópregunt√≥ Cynan, que nos hab√≠a visto hablar y se acerc√≥ a m√≠ en cuanto el bardo se hubo alejado.
—Su awen —le expliqué—. No puede utilizarlo aquí.
Cynan frunci√≥ el ce√Īo.
¬óMala cosa; si en alg√ļn lugar necesitamos la vista de un bardo, es aqu√≠, en Tir Aflan.
¬óS√≠ ¬óasent√≠¬ó. Pero, cuando falla la sabidur√≠a, no queda m√°s remedio que confiar s√≥lo en nuestros pu√Īos y en nuestras fuerzas.
Cynan sonrió. Le habían agradado mis palabras.
—Como rey eres bastante aceptable —comentó—, pero no hay duda de que sigues siendo un bravo guerrero.
Acampamos en el h√ļmedo y malsano bosque y nos levantamos al alba para reanudar la marcha. La jornada fue una dura lucha contra la monoton√≠a y el tedio, pero al menos no hac√≠a tanto fr√≠o como en los d√≠as anteriores. De hecho, a medida que sub√≠amos, el aire se iba templando. Nos alegramos de tan inesperado beneficio y seguimos adelante; al final del d√≠a nuestros esfuerzos se vieron recompensados y llegamos a la cima.
Aunque el sol hac√≠a rato que se hab√≠a rendido, avanzamos penosamente por la cresta de la colina hasta un lugar llano y herboso. A la mortecina luz del crep√ļsculo vimos un claro bastante extenso y plano. R√°pidamente apilamos le√Īa del bosque y encendimos una hoguera. Bran nos aconsej√≥ que no lo hici√©ramos, pensando prudentemente que s√≥lo nos faltaba una almenara que alertara al enemigo de nuestra presencia. Pero yo juzgu√© que necesit√°bamos tanto la luz como el calor del fuego y adem√°s no me importaba que Paladyr y sus compinches lo vieran.
Pero, como mi sabio bardo había dicho, Paladyr era el menor de los peligros que nos acechaban, como no tardaron en demostrar los gritos de alarma de los centinelas.