15 - La riqueza de un ni√Īo

¬ó¬ŅCynan?
Oí una apagada orden y el movimiento de un jinete al desmontar..., pasos rápidos que se acercaban... De pronto la robusta y cuadrada silueta de Cynan surgió entre la niebla. Sus cabellos, su bigote y su manto estaban perlados de gotas de niebla y abría los ojos desmesuradamente.
¬ó¬°Clanna na c√Ļ! ¬ómurmur√≥ con el alivio pintado en el rostro¬ó. ¬°Llew! ¬ŅEres t√ļ, hermano? ¬°Mo anam, hombre! ¬óa√Īadi√≥ mirando alrededor¬ó. ¬ŅEst√°s solo?
¬ó¬°Salud, Cynan! ¬ódije envainando la espada y saltando de la silla. Di dos pasos y nos abrazamos¬ó. Me alegro de verte.
¬óUna extra√Īa bienvenida, si es que de una bienvenida se trata.
Se volvi√≥ hacia los que lo acompa√Īaban, unas diez personas, que aguardaban en silencio.
—¡Tángwen! ¡Gweir! ¡Es Mano de Plata en persona quien ha venido a recibirnos! —exclamó.
¬óSi hubiera sabido que eras t√ļ ¬óle dije¬ó, habr√≠a dispuesto miles de antorchas para iluminarte el camino.
¬ó¬ŅQui√©n cre√≠as que era? ¬ópregunt√≥, pero la preocupaci√≥n dej√≥ pronto paso al asombro¬ó. ¬ŅY qui√©n te crees que eres para salir solo al camino, retando a los viajeros a punta de espada?
Le conté lo de los intrusos que Goewyn y yo habíamos visto en el valle y le pregunté si había visto a alguien.
¬ó¬ŅQue si he visto a alguien? ¬óbrome√≥ se√Īalando con un amplio gesto la niebla¬ó. No podr√≠a haber reconocido ni siquiera mi propia cara delante de m√≠, desde que nos internamos en el valle. ¬ŅCrees que vale la pena buscarlos?
—Nunca los encontraremos entre esta niebla. Vamos —dije dirigiéndome a mi caballo—, el fuego arde en el hogar y las copas de bienvenida nos aguardan. Vayamos a calentarnos y a brindar por tu llegada.
Monté de un salto; Cynan me miraba fijamente.
¬ó¬ŅQu√© pasa? ¬ŅHas renunciado a la bebida?
—¡Eso jamás! —exclamó apresurándose a volver junto a su caballo.
Grit√≥ una orden a sus acompa√Īantes y yo volv√≠ grupas y los preced√≠ en el camino de regreso. No hab√≠amos cabalgado mucho rato cuando nos topamos con Scatha, Goewyn y una treintena de guerreros portando antorchas.
Nos detuvimos y les explicamos lo sucedido. Después de que Goewyn y Scatha hubieran saludado a Tángwen y a la comitiva, continuamos la marcha. La niebla se fue despejando a medida que ascendíamos por el risco y aclaró del todo en cuanto llegamos a la cima, aunque el cielo seguía oscuro. Iba a ser una noche muy negra, sin luna ni estrellas. Hablé unos instantes con Scatha y decidimos establecer una vigilancia de treinta hombres en grupos de tres a lo largo del acantilado para impedir que los intrusos intentaran cruzar Druim Vran al abrigo de la noche.
Luego reanudamos el regreso al crannog y al palacio. Tegid nos aguardaba junto al fuego.
—¡Salud, Cynan Dos Torques! ¡Salud, hermosa Tángwen! —exclamó en cuanto entramos.
La sala estaba repleta y todos celebraron con alegr√≠a la llegada de Cynan. El bardo lo abraz√≥ cari√Īosamente y luego se volvi√≥ hacia T√°ngwen. Ella inclin√≥ la cabeza limit√°ndose a tenderle las manos.
—Saludos, Tegid Tathal —dijo sonriendo; pero su sonrisa, al igual que su saludo, carecían de auténtica efusión.
Capt√© ese detalle, pero enseguida trajeron la copa de bienvenida rebosante de cerveza. La cog√≠, la puse en las √°vidas manos de Cynan y ya no volv√≠ a pensar en la extra√Īa reacci√≥n de T√°ngwen. Cynan bebi√≥ un largo trago y luego, limpi√°ndose la boca y el bigote con la manga, le pas√≥ la copa a su mujer. Ella bebi√≥ y se la entreg√≥ a Gweir, el jefe de batalla de Cynan.
¬óGracias ¬ódijo T√°ngwen en voz baja.
—Te he echado de menos, amiga mía —dijo Goewyn quitándose el empapado manto. La abrazó y ambas mujeres se besaron.
—Me alegro mucho de verte —repuso Tángwen—. Hace tiempo que esperaba este día.
Acercó las manos al fuego, pero noté que todavía mantenía una actitud rígida, como si estuviera helada. Los rigores del viaje, sin duda..., el frío y el mal tiempo la habían desquiciado.
—Habríamos llegado hace horas —comentó Cynan—, pero la niebla nos hizo perder tiempo. Sin embargo, no me importaba pasar otra noche en el camino.
—Bueno, ahora ya estás aquí —le dijo Goewyn a Tángwen quitándole el manto—. Ven conmigo, te daré ropa seca.
Las dos mujeres se retiraron, dej√°ndonos junto a la chimenea para que nos sec√°ramos.
—¡Ah, qué bien se está aquí! —suspiró Cynan—. Empezaba a pensar que no íbamos a llegar nunca.
—Había olvidado que veníais —le confesé.
Cynan echó atrás la cabeza y soltó una alegre carcajada.
¬óAcabo de comprobarlo, desde luego. ¬°Mano de Plata en persona vigilando el sendero espada en mano para retar a cuantos llegaran! Pero hombre, ¬Ņno viste que era yo?
¬óEvidentemente, si hubiera visto que eras t√ļ, Cynan ¬órepuse¬ó, habr√≠a dejado que te perdieras en la niebla.
—¡La niebla! ¡No me la menciones siquiera! —exclamó poniendo los ojos en blanco.
—Debe de ser tremenda, si acobarda al famoso Dos Torques —comentó Tegid.
¬óEso es precisamente lo que quer√≠a decir. Esa maldita niebla nos ha acorralado durante d√≠as. Casi estaba a punto de darme la vuelta. Pero luego pens√© en vuestra excelente cerveza y me dije: ¬ęCynan Machae, ¬Ņpor qu√© malgastar la estaci√≥n de las nieves en tu seco palacio, solo y abandonado, cuando...?¬Ľ.
—Cuando puedes beber la cerveza de Llew —rematé yo.
Cynan me dirigió una ofendida mirada.
¬óTal pensamiento jam√°s pas√≥ por mi mente ¬óme rega√Ī√≥¬ó. Afloraba tu amistad, hermano, no la compa√Ī√≠a de tus tinajas. Aunque, ahora que lo dices, tu cervecero es un gran hombre. ¬óAlz√≥ la copa y bebi√≥ un largo trago¬ó. ¬°Ah! ¬°Verdadero n√©ctar!
¬óYo tambi√©n te he echado mucho de menos ¬óle dije¬ó. ¬°Sl√°inte, Cynan Dos Torques! ¬óa√Īad√≠ a la vez que alzaba la copa en se√Īal de brindis.
La apuré hasta el fondo, aunque a decir verdad ya estaba casi vacía, y ordené que la llenaran otra vez. Uno de los mabinogi de Tegid acudió corriendo con una jarra.
—Me agradaría oír alguna buena noticia acerca de tus cosechas —comentó Tegid mientras llenaba la copa.
¬óY a m√≠ me agradar√≠a cont√°rtela si pudiera ¬órepuso Cynan, sacudiendo lentamente la cabeza¬ó. Fatal... √©sa es la palabra. No pudimos cosechar a su hora por la lluvia. Y perdimos mucho. Si no fuera por la abundancia del a√Īo pasado, no tendr√≠amos ni para sembrar.
¬óLo mismo nos ha ocurrido a nosotros ¬óle dije¬ó. Un buen a√Īo que acaba mal.
Nos fuimos pasando la copa, mientras charl√°bamos de lo que hab√≠a sucedido desde la √ļltima vez que nos hab√≠amos visto. Goewyn y T√°ngwen se reunieron con nosotros. T√°ngwen se hab√≠a puesto ropa seca y se hab√≠a peinado. Ten√≠a un aspecto relajado; la tensa rigidez de antes hab√≠a desaparecido y parec√≠a la de siempre.
Nos sentamos a la mesa donde hab√≠an sido dispuestos los manjares. Comenzamos a comer y not√© que las dos mujeres charlaban felices durante la cena. Su forma de hablar y re√≠r me trajo a la memoria el recuerdo de Goewyn en compa√Ī√≠a de sus hermanas. Goewyn hab√≠a crecido en estrecha camarader√≠a y amistad con Govan y Gwenllian, y desde que las dos hab√≠an muerto no hab√≠a tenido una amiga.
Scatha entró en la sala y se acercó a mí para hablarme en privado.
—Ya se ha organizado la guardia —me informó—. Si alguien trata de cruzar el risco, lo sabremos de inmediato.
No se comentó nada más sobre el incidente y yo no volví a pensar en ello. La sala estaba caliente e iluminada, tanto más cuanto que Cynan había llegado, y la conversación era sumamente agradable. Así que procuré alejar de mi mente a los intrusos.
Tampoco recel√© ning√ļn peligro cuando al d√≠a siguiente Goewyn y T√°ngwen salieron a cabalgar. Los centinelas hab√≠an vigilado toda la noche y el risco permanec√≠a despejado de niebla; no hab√≠an visto ni o√≠do nada. Y cuando en el valle se aclar√≥ la niebla no se encontr√≥ ninguna huella. As√≠ que olvid√© el asunto.
Bran y la Bandada de Cuervos regresaron aquel mismo día. Los centinelas los vieron entrar en el valle y se apresuraron a anunciarnos su vuelta. Tegid, Scatha, Cynan y yo cabalgamos a su encuentro; aunque volvían sucios y rendidos del viaje, estaban de muy buen humor.
—¡Salud, Bran Bresal! —grité ávido de noticias—. Espero que hayas tenido una buena cacería.
—Fue una excelente cacería —repuso el jefe de los Cuervos—, pero no pudimos acorralar la pieza.
¬óMala suerte ¬ócoment√≥ Tegid¬ó. ¬ŅQu√© pas√≥?
¬óEncontramos un rastro que se alejaba del valle ¬óexplic√≥ Bran¬ó. No fue dif√≠cil seguirlo. Pero, aunque lo seguimos tan r√°pido y tan lejos como nos fue posible, no divisamos en ning√ļn momento a los que lo hab√≠an dejado.
¬ó¬ŅCu√°ntos eran? ¬ópregunt√©.
¬óTres hombres a caballo, se√Īor ¬órespondi√≥ Alun Tringad, que estaba cubierto de barro.
—Contádnoslo todo ahora —sugirió Tegid— Así no habrá necesidad de hablar en palacio.
¬óMuy bien ¬órepuso Bran¬ó. Pero hay poco que contar.
Nos explic√≥ a continuaci√≥n que hab√≠an seguido el rastro hacia el este, hacia la costa, y que lo perdieron en la playa rocosa. Hab√≠an recorrido la costa hacia el norte y hacia el sur un buen trecho, sin encontrar de nuevo el rastro ni ver se√Īal alguna del invasor; por eso hab√≠an decidido regresar.
¬óEsperaba traeros mejores noticias, se√Īor ¬óme dijo Bran.
—Habéis regresado sanos y salvos —dije—. Me siento más que satisfecho.
Los días fueron acortándose y haciéndose más fríos y oscuros, como si sollen los estrujara y apretara con helada garra. Pero el palacio seguía cómodamente caldeado y animado por el sonido del arpa y el calor de la amistad. Jugábamos y escuchábamos viejas leyendas; comíamos, bebíamos y nos divertíamos llenando las frías y largas noches de risas y luz.
El lago se hel√≥ y los ni√Īos del crannog jugaban sobre el hielo. En uno de esos raros d√≠as en que el sol resplandece en el azul del cielo como una reluciente gema, fuimos a observar los juegos de los j√≥venes. Unos cuantos hab√≠an afilado tiras de huesos y se las hab√≠an atado a los buskins. Los rudimentarios patines se deslizaban a la perfecci√≥n y todos aplaud√≠amos al ver las piruetas de los intr√©pidos patinadores.
Cynan, cautivado por el espectáculo, se metió en el helado lago y se dejó camelar para calzarse unos patines. Sus movimientos eran tan cómicos que los demás lo imitamos deseosos de ganarle, si no en habilidad, por lo menos en comicidad. Al cabo de un rato había más patinadores que espectadores.
Nos desliz√°bamos sobre el hielo cay√©ndonos e improvisando est√ļpidas posturas. Un grupo de jovencitas rodearon a Goewyn y le rogaron que se pusiera unos patines. Ella se dej√≥ convencer, se at√≥ las tiras de hueso a los pies y tendi√©ndome la mano exclam√≥:
—¡Cógeme! ¡Quiero volar!
Yo la cogí de la mano y la arrastré por la resbaladiza pista batida por el viento; ella reía con las mejillas y los labios enrojecidos por el río y con los rubios cabellos y el manto al viento. Sus risas y las de los demás patinadores, como surgidas de una pródiga y soleada fuente, se alzaban a los cielos como un himno al esplendoroso día.
Una y otra vez dimos vueltas y vueltas deteni√©ndonos s√≥lo para recobrar aliento y caer el uno en brazos del otro. El sol se reflejaba en el lago de plata y hac√≠a que las cimas de las monta√Īas nevadas destellaran como diamantes. El coraz√≥n dol√≠a al ver, al sentir tanta belleza y tanta alegr√≠a.
Las piruetas de Cynan, adornadas con ruidosas y espectaculares caídas, duraron todo el día. Reíamos tanto que las lágrimas se deslizaban por nuestras mejillas. Sin embargo, no pude evitar notar que de todos los que habían acudido a mirar, sólo Tángwen rehusó unirse al jolgorio. Permanecía en el embarcadero con los brazos cruzados bajo el manto y una expresión sombría en el rostro.
¬óMe parece que hay alguien que no aprueba nuestra diversi√≥n ¬óle susurr√© a Goewyn mientras la ayudaba a levantarse de su √ļltima ca√≠da.
Siguiendo mi mirada, Goewyn vio a su amiga sola en el embarcadero.
¬óNo ¬ódijo despacio¬ó, es algo m√°s.
¬ó¬ŅLo sabes?
Ella cogió mi mano y la apretó.
—Ahora no. Más tarde —dijo acercando su rostro al mío.
Luego me echó los brazos al cuello y me atrajo hacia ella.
¬óVen.
La franqueza de su tono despertó mi curiosidad. Le brillaban los ojos y en sus labios bailaba una encantadora sonrisa.
¬ó¬ŅQu√©? ¬ŅDe qu√© se trata? ¬óle pregunt√© suspicaz¬ó. ¬ŅQu√© me est√°s ocultando?
—Bueno, no lo podré ocultar por mucho tiempo. La riqueza del rey está aumentando. Muy pronto todos lo sabrán.
Me soltó y se llevó la mano al vientre.
¬ó¬ŅRiqueza? ¬ŅLa riqueza de un ni√Īo?
Ella se rió de mi sorpresa.
—¡Un bebé! ¡Vamos a tener un bebé! —exclamé.
La abracé estrechamente y luego la solté para no estrujar la tenue vida que crecía en su vientre.
¬ó¬ŅCu√°ndo? ¬ŅHace mucho que lo sabes?
—Bastante —respondió ella—. Estaba aguardando el momento oportuno para decírtelo, pero... bueno, hace un día espléndido y no he podido aguardar más.
¬óOh, Goewyn, te amo.
La cogí en brazos y la besé largamente.
—Te amo y estoy muy contento de que no esperaras más. Voy a decírselo a todos... ahora mismo.
—¡Shhh! —siseó ella, poniéndome los dedos en los labios—. Todavía no. Deja que sea nuestro secreto durante unos días.
—Pero quiero decírselo a todos.
—Por favor... sólo unos días.
¬óEn el solsticio, pues ¬ósuger√≠¬ó. Se celebrar√° una fiesta como la del ano pasado, cuando se casaron Cynan y T√°ngwen. Y en plena fiesta se lo comunicaremos a todos. ¬ŅLo sabe alguien m√°s?
¬óNadie ¬óme asegur√≥¬ó. T√ļ eres el primero.
¬ó¬ŅCu√°ndo ser√°...? Me refiero al nacimiento. ¬ŅCu√°ndo nacer√° el ni√Īo?
Goewyn sonrió, me abrazó, me besó y apoyó su mejilla en mi cuello.
¬óTodav√≠a tendr√°s esposa por alg√ļn tiempo. El ni√Īo nacer√° en maffar..., antes del Lugnasadh, creo.
—Una buena época para venir al mundo —declaré—. Goewyn, es maravilloso. ¡Te quiero tanto!
—Shhh —me advirtió—. Todos te están oyendo.
Se deslizó hacia atrás sobre los patines de hueso. Luego me tendió las manos y me llamó:
¬óVen, amado m√≠o. Te ense√Īar√© a volar.
Y volamos mientras la luz se iba apagando. Corto pero esplendoroso, el día se desvaneció rápidamente, como una chispa que prende en medio de la oscuridad. Iluminó nuestros corazones con su hermoso resplandor y luego sucumbió ante las tinieblas de la noche.
Mientras el sol se hund√≠a tras las cimas de las monta√Īas festoneando el cielo con destellos rosas y escarlatas, unas cuantas estrellas empezaron a brillar en el este. La noche tend√≠a su manto sobre Albi√≥n. Deslumbrado por el amor de Goewyn, yo ve√≠a la oscuridad pero no la reconoc√≠a.
Aquella noche abandonamos temprano la sala. Goewyn cogi√≥ mi mano y me llev√≥ hasta el lecho, cubierto de mantas y pieles para abrigarnos del fr√≠o. Se desat√≥ el cintur√≥n, se despoj√≥ de la t√ļnica y se qued√≥ quieta ante m√≠. Cogi√≥ una copa que hab√≠a dejado junto a la chimenea y bebi√≥ sin dejar de mirarme.
Su cuerpo, acariciado por la luz de las velas de junco, era como una visión de suaves, redondeadas y armónicas curvas, seductoras y tentadoras en su dulce delicadeza. Se acercó, extendió un brazo, me desabrochó el cinto y lo dejó caer. Luego me atrajo hacia ella; yo sentí el calor de su cuerpo en el mío. Cogiendo un mechón de sus cabellos, le hice levantar la cabeza y la besé en la boca. Saboreé el calor del aguamiel en su lengua y la pasión me encendió como una llama. Y me abandoné a su calor.
Compartimos el aguamiel y aquella noche hicimos el amor para celebrar el nacimiento de nuestro hijo. Al día siguiente Goewyn desapareció.