14 - Intrusos

La Rueda del A√Īo fue girando lentamente a trav√©s de los largos y calurosos d√≠as de maffar. Comenz√≥ rhylla con su brillante esplendor, pero los dorados d√≠as y las frescas noches se fueron apagando. Los vistosos colores se desvanecieron y la tierra se fue marchitando bajo un cielo fr√≠o y ventoso y una lluvia profusa y helada.
Nuestras cosechas, tan abundantes el ano anterior, produc√≠an menos de lo esperado por causa de la lluvia. D√≠a tras d√≠a contempl√°bamos el cielo esperando una mejor√≠a en el tiempo, y unos cuantos d√≠as de sol que nos permitiera secar el grano. Pero el grano empez√≥ a pulirse antes de que lo hubi√©ramos acabado de cosechar. No era un desastre, gracias a la abundancia de la √ļltima cosecha, pero no por ello dejaba de ser una decepci√≥n.
La construcción del molino iba muy despacio y yo me mostraba más y más inquieto. Con la inminente amenaza de los helados dedos de sollen, ansiaba que las obras progresaran todo lo posible, antes de que la nieve nos impidiera proseguir. A veces, si no llovía mucho, ordenaba que los trabajos siguieran. A medida que los días se acortaban, aumentaba mi nerviosismo y mi exigencia. Incluso hice que se colocaran antorchas y braseros para poder trabajar de noche.
Por fin Tegid se decidió a intervenir; me abordó una noche en que regresaba temblando tras haber pasado todo el día bajo la lluvia.
¬óHas conseguido mucho ¬óme dijo¬ó, pero no tires demasiado de la cuerda. Mira a tu alrededor, Mano de Plata; los d√≠as son cortos y hay poca luz. ¬ŅCu√°nto crees que falta para que el cielo empiece a dejar caer la nieve? Es hora de que descanses.
¬ó¬ŅY abandonar el molino? ¬ŅAbandonar todo lo que hemos hecho? Tegid, est√°s diciendo sandeces.
¬ó¬ŅEs que te he dicho que abandones algo? ¬óme espet√≥¬ó. Puedes reemprender las obras en cuanto gyd aclare los cielos otra vez. Ahora es √©poca de descanso, placer y pasatiempos en el hogar.
¬óUnos cuantos d√≠as m√°s de trabajo no le har√°n da√Īo a nadie, Tegid.
¬óEs peligroso no hacer caso de las estaciones ¬órepuso con brusquedad.
¬óHabr√° tiempo sobrado para haraganear junto al hogar, no temas.
Al dirigirme al lugar de las obras al día siguiente, lamenté esas palabras. Habíamos trabajado duro, muy duro; pero habíamos emprendido la construcción del molino muy avanzado el verano, y ahora el tiempo se nos echaba encima. Era un absurdo pretender que los hombres trabajaran entre la oscuridad, la humedad y el frío y yo era un loco por exigírselo.
Peor a√ļn, me estaba convirtiendo en un tirano: exigente, insensible, obsesivo y opresivo. Mis buenos deseos de ahorrar a mi pueblo el trabajo de moler a mano, no hab√≠an conseguido m√°s que aumentar el trabajo de todos.
Mi sabio bardo tenía razón. El tradicional ritmo de las estaciones, la sucesión de trabajo, distracción y descanso, equilibraba la balanza del sagrado entretejido de la vida. Yo había ido demasiado lejos y era hora de que enmendara mi error.
El día había amanecido seco, el sol era débil pero brillante; el viento del este arrastraba el fresco aroma de la nieve. Sí, decidí al llegar al lugar de las obras, había llegado el momento de interrumpir el trabajo para pasar el invierno. Desmonté e inspeccioné las obras mientras aguardaba la llegada de Huel y sus obreros.
Pese a los continuos retrasos, hab√≠amos hecho verdaderos progresos en la construcci√≥n del molino: una presa poco profunda hab√≠a sido cavada y bordeada de piedras; hab√≠an sido echados los cimientos de piedra y troncos para levantar el molino. En primavera, extraer√≠amos de la cantera las enormes piedras de moler, las colocar√≠amos en su sitio y levantar√≠amos la casucha del molino. Construir√≠amos la rueda y luego le a√Īadir√≠amos los fustes y los engranajes. Si todo iba bien, calcul√©, el molino podr√≠a moler su primer grano para la cosecha del a√Īo pr√≥ximo.
Sumido en estas meditaciones, vagu√© entre las excavaciones y poco a poco capt√© un peculiar sonido, d√©bil y lejano, pero perceptible en el l√≠mpido aire del oto√Īo: era un lento y r√≠tmico golpeteo, como si cayeran a intervalos piedras sobre la tierra. M√°s a√ļn, me di cuenta de que hac√≠a rato que lo estaba oyendo.
Eché una rápida ojeada al sendero del risco pero no vi a nadie. Me quedé inmóvil y agucé el oído. Pero el sonido se había desvanecido. Intrigado, monté a caballo y cabalgué ladera arriba internándome en el bosque. Me detuve a escuchar, pero sólo capté el silbido del viento en las desnudas ramas.
Al volver la cabeza, creí oír el apagado rumor de unos apresurados pasos en el sendero, pero el viento se llevó enseguida su eco. Me enderecé en la silla y grité:
¬ó¬ŅQui√©n es?
Aguard√©. No hubo respuesta alguna y grit√© a√ļn m√°s fuerte:
¬ó¬ŅQui√©n est√° ah√≠?
Afloj√© las riendas y avanc√© despacio entre tupidos pinos y me encontr√© en uno de los muchos senderos que conducen a la cresta del risco. Segu√≠ el camino, llegu√© a la cima y borde√© la cresta del acantilado. De pronto, top√© con una huella en la h√ļmeda tierra. Era reciente, pues no la hab√≠a borrado la lluvia de la noche; segu√≠ explorando y encontr√© otras que se internaban en el bosque.
Me apart√© del sendero y avanc√© cautelosamente hacia el borde del risco; no tard√© mucho en encontrar un enorme mont√≥n de le√Īa: ramas ca√≠das y troncos derribados del bosque hab√≠an sido apilados en el mism√≠simo borde del acantilado. Hab√≠an escogido muy bien el lugar pues los √°rboles lo hac√≠an invisible desde el sendero, pero en cambio se cern√≠a sobre el valle que se abr√≠a abajo. No se ve√≠a a nadie, as√≠ que desmont√© y me acerqu√© a la pila de le√Īa.
Hab√≠a muchas huellas y al examinarlas con atenci√≥n observ√© que pertenec√≠an a personas distintas. El inmenso tama√Īo del mont√≥n de troncos me dej√≥ at√≥nito. Era un trabajo de muchos d√≠as... o de muchas manos. Fuera como fuese, no me gustaba. Un intruso hab√≠a levantado una almenara en el mism√≠simo umbral de nuestra casa.
Me alej√© de la almenara y mont√© de un salto. Cog√≠ las riendas, espole√© a mi caballo, borde√© la almenara y recorr√≠ al galope la cresta, hasta un lugar desde donde se pod√≠a ver ambas vertientes del risco: a un lado el valle con sus campos pardos y el lago de color gris pizarra, en medio del cual se levantaba el crannog; al otro lado, el t√ļmulo junto al r√≠o y la ancha extensi√≥n de la llanura.
Exhalé un suspiro de alivio con los dientes apretados. Casi había esperado ver la enorme hueste de Meldron inundando el valle. Pero todo estaba tranquilo y silencioso.
Aun así, estuve unos instantes mirando y escuchando. Se deslizaron las nubes y emborronaron la luz. Una fría y neblinosa lluvia comenzó a caer del encapotado cielo. El viento la arrastraba en remolinos. Me alejé del precipicio y emprendí el descenso hacia el lago. Casi había llegado al sendero que conduce a la orilla, cuando me topé con los hombres que acudían a trabajar en las obras del molino.
—Volved junto a vuestras familias —les dije—. Ha comenzado sollen; es hora de que descanséis.
Los hombres parecieron aliviados al oírme. Por eso me sorprendió que Huel protestara ante mi decisión.
¬óSe√Īor ¬óme rog√≥¬ó, perm√≠tenos trabajar un d√≠a de modo que podamos dejar las obras preparadas para resistir las nevadas que se avecinan. Nos ahorraremos as√≠ mucho trabajo cuando el sol vuelva a brillar y reanudemos el trabajo.
¬óMuy bien ¬óasent√≠¬ó. Haz lo que juzgues necesario. Pero a partir de ma√Īana el trabajo queda interrumpido hasta gyd.
Dejé que continuaran su camino y regresé al crannog. Tegid estaba en la sala junto a la chimenea y envié a Emyr en busca de Bran. El bardo captó enseguida mi agitación.
¬ó¬ŅQu√© ha sucedido? ¬ópregunt√≥.
Tend√≠ las manos hacia el fuego. Mi mano de plata destell√≥ a la luz de las llamas y la de carne empez√≥ a entrar en calor. Mir√© la resplandeciente plata, fr√≠a y tersa como un pedazo de hielo al final de mi brazo. ¬ŅPor qu√© estaba tan helada?
¬óLlew... ¬ódijo Tegid posando una mano en mi hombro.
¬óHay una almenara sobre el risco. ¬óMe volv√≠ hacia √©l. La mirada de sus oscuros ojos era intensa, pero no mostraba ninguna otra se√Īal de inquietud¬ó. En la cresta, justo encima del molino.
¬ó¬ŅViste a alguien?
¬óNi un alma. Pero o√≠ un ruido..., supongo que lo hac√≠an al arrojar la madera sobre la pila de le√Īa. Y vi huellas: eran al menos tres hombres, quiz√° m√°s. Alguien ha estado trabajando con verdadero ah√≠nco, Tegid.
Bran compareció en ese momento y le repetí lo que acababa de decirle a Tegid. El bardo se quedó mirando fijamente las llamas, acariciándose la barbilla. Bran frunció el entrecejo mientras me escuchaba y cuando hube acabado de hablar dijo:
—Reuniré a los guerreros y registraremos los bosques y el risco. Si las huellas son frescas, no pueden estar muy lejos. Encontraremos a los que han construido la almenara y los traeremos ante ti.
El Bardo Supremo seguía con los ojos clavados en las llamas. Bran aguardaba una respuesta.
¬óS√≠ ¬óle dije¬ó. Re√ļne a los guerreros. Empezaremos por la almenara.
Tegid alzó la cabeza.
¬óT√ļ no debes ir ¬ódijo suavemente.
Estaba a punto de replicarle, pero él sacudió levemente la cabeza; no le gustaba contradecirme en presencia de Bran. Recordando la discusión que habíamos sostenido sobre la conveniencia o no de que un rey persiguiera a los criminales, comprendí su gesto y me contuve.
—Prepara a los hombres —ordené a Bran, y le indiqué dónde estaba exactamente la almenara—. Puedes empezar por allí.
El jefe de los Cuervos asintió e hizo ademán de marcharse; yo lo retuve cogiéndolo de la manga.
—Encuéntralos, Bran. Persíguelos y tráemelos. Me gustaría saber quién ha levantado la almenara y por qué.
Poco despu√©s, la voz de Bran reson√≥ en la sala llamando a los hombres que hab√≠a elegido para que lo acompa√Īaran. Unos veinte guerreros abandonaron el palacio inmediatamente entre especuladores murmullos.
Me dirigí de nuevo a Tegid y le dije:
—Cabalgaré con ellos sólo hasta la almenara.
El bardo desvió la mirada del fuego y me contempló con aire escéptico.
¬ó¬ŅQu√© est√°s pensando? ¬óle pregunt√©.
¬óHas dicho que era una almenara ¬ódijo¬ó. ¬ŅPor qu√©?
¬óReconozco una almenara a simple vista, hermano.
—No lo dudo —se apresuró a replicar—. Pero supusiste que la había levantado un enemigo.
¬ó¬ŅEs que t√ļ no lo crees as√≠?
¬óCreo que no me lo has contado todo.
No había alzado la voz, pero su forma de mirar era inquietante y acusadora.
—Si hay algo más que yo deba saber, dímelo ahora mismo —me urgió.
—Te he contado todo lo que sé..., tal como ha sucedido —comencé a decir.
El bardo me interrumpi√≥ con una mueca de impaciencia. Yo lo mir√© fijamente. ¬ŅPor qu√© se comportaba de aquel modo?
¬ó¬°Piensa!
¬ó¬°Estoy pensando, Tegid!
Mi voz reson√≥ con violencia en la sala. Me tragu√© las palabras y cerr√© la boca. ¬ŅPor qu√© supuse que se trataba de un enemigo? Una almenara es una se√Īal levantada para ser vista desde muy lejos; una almenara es... Mir√© mi mano de plata que casi tocaba las llamas y la sent√≠ todav√≠a helada. Y de pronto, record√© la √ļltima vez que hab√≠a sentido el mismo helor...
Alcé los ojos y dije:
—Tienes razón, Tegid. Hace mucho tiempo que ocurrió y lo había olvidado. No le di importancia.
—A lo mejor estabas en lo cierto. Cuéntamelo ahora.
Le hablé entonces del resplandor que había visto la noche en que acampamos en la llanura, al pie de Druim Vran.
¬óLo siento, hermano ¬óa√Īad√≠ cuando hube acabado mi relato¬ó. Deber√≠a hab√©rtelo dicho entonces. Pero al d√≠a siguiente llegamos a casa y supongo que imagin√© que la almenara hab√≠a sido encendida con motivo de nuestro regreso; y hasta ahora no hab√≠a vuelto a recordarlo.
—Esa no es la verdadera razón por la que no me lo contaste —repuso él en tono terminante—. Dejaste que la impaciencia te obnubilara el entendimiento. En tu ansia por volver a ver Dinas Dwr te negaste a creer que algo podía ir mal; inconscientemente te lo ocultaste a ti mismo y me lo ocultaste a mí.
Mi Bardo Supremo era en verdad muy astuto.
¬óLo siento. No volver√° a suceder.
Rechazó mi disculpa con un gesto de impaciencia.
¬óA lo hecho pecho.
¬óAs√≠ pues, ¬Ņcrees que nos han estado vigilando desde que regresamos?
¬ó¬ŅT√ļ no?
¬óLo creo probable.
¬óYo estoy seguro.
¬óPero ¬Ņpor qu√©?
—Lo averiguaremos cuando Bran regrese con esos espías.
Así que nos dispusimos a esperar y la espera se me hizo muy larga. Deseaba estar con mis hombres enfrentándome cara a cara con aquella amenaza, en lugar de permanecer sentado en palacio sin hacer nada. Pasó un día y luego otro. Yo guardaba para mí mis negros presentimientos. Como el tercer día transcurría sin noticia alguna de nuestros rastreadores, me atreví a comunicar mi creciente inquietud a Tegid.
—Ya deberían estar de vuelta. Hace tres días que se marcharon.
El bardo no se molestó en alzar la vista del cesto de hierbas que estaba clasificando.
¬ó¬ŅNo has o√≠do lo que te he dicho?
—Te he oído —dijo dejando de examinar las hierbas y alzando la cabeza.
Era evidente que también él estaba inquieto por la tardanza de Bran.
¬ó¬ŅQu√© quieres que te diga? ¬óme pregunt√≥ al fin.
—Seguramente les ha pasado algo. Deberíamos salir en su busca.
—Son veinte guerreros escogidos —comentó el bardo—. Bran se basta y se sobra para salir airoso de cualquier encuentro. Dejémoslo en sus manos.
—Tres días más —consentí yo—. Si para entonces continuamos sin noticias, saldré en su busca.
¬óSi para entonces continuamos sin noticias ¬óasinti√≥ el bardo¬ó, podr√°s salir en su busca; y yo te acompa√Īar√©.
De todos modos, al día siguiente cabalgué hacia Druim Vran para comprobar si se veía algo desde la cresta del risco. Aunque hacía frío, el día estaba claro y las nubes eran blancas y altas. Goewyn cabalgaba a mi lado; aunque recorrimos un buen trecho de la cima hacia el este, no vimos absolutamente nada.
Antes de emprender el descenso, nos detuvimos para que los caballos descansaran. Nos sentamos sobre una pe√Īa que se cern√≠a sobre el valle; el viento helado nos azotaba el rostro; yo ech√© el manto por encima de los dos y atraje hacia m√≠ a Goewyn mientras contempl√°bamos c√≥mo la niebla flu√≠a por la ladera de las colinas e iba cubriendo la ca√Īada.
—Deberíamos regresar, o Tegid soltará a los sabuesos tras nuestras huellas.
Pero seguimos sin movernos, extasiados ante el espectáculo del valle inundado por la espesa y grisácea niebla. Empezaba a oscurecer y pese al deleite que me proporcionaba la proximidad y tibieza de Goewyn, me decidí a levantarme.
¬óPronto anochecer√° ¬ódije¬ó. Regresemos a casa.
¬óMmmm ¬ósuspir√≥ Goewyn, encogiendo las piernas pero sin ponerse a√ļn de pie.
Me acerqué a los caballos, los desaté y cogí las riendas.
—¡Llew! —exclamó Goewyn en un tono que me obligó a volverme al instante.
¬ó¬ŅQu√© pasa?
—Algo se mueve ahí abajo, junto al río... Entre la niebla.
En tres zancadas estaba a su lado escrutando la borrosa ca√Īada.
¬óNo veo nada ¬ódije¬ó. ¬ŅEst√°s segura?
Ella extendi√≥ el brazo se√Īalando un punto.
—¡Allí! —exclamó con la mirada clavada en aquel lugar.
Miré hacia donde me indicaba. La niebla se despejó un tanto y vi tres sombras avanzando por la orilla del río. No pude discernir si iban a pie o a caballo. Vi sólo tres oscuros bultos informes moviéndose... y luego, de repente, la niebla los ocultó otra vez.
—Vienen hacia aquí —dije—. Vienen hacia Druim Vran.
¬ó¬ŅCrees que se trata de Bran y sus hombres?
—No sé. Pero algo me dice que no es Bran... ni ninguno de sus hombres.
¬ó¬ŅQui√©n, entonces?
¬óHabr√° que averiguarlo.
Le tendí la mano y la ayudé a que se levantara.
¬óRegresa a toda prisa a Dinas Dwr y alerta a Tegid y a Scatha. Diles que re√ļnan un grupo de guerreros e ind√≠cales ad√≥nde deben dirigirse.
Goewyn me sujetó los brazos.
¬ó¬ŅVas a bajar?
—Sí, pero sólo para echar una ojeada a nuestros visitantes —dije acariciándole la mano—. No te preocupes, no voy a hacerles frente. Vete ahora mismo... y deprisa.
No le agradaba la idea de dejarme solo, pero me obedeció. Yo me asomé de nuevo a nuestra atalaya y escruté el valle. Vislumbré otra vez la silueta de los intrusos junto al río y luego la niebla volvió a ocultarlos.
Mont√© a caballo y recorr√≠ la cima por donde hab√≠amos venido; como el camino era alto, a√ļn quedaba bastante luz como para ver a considerable distancia, pero Goewyn no tard√≥ en desaparecer de mi vista. Cabalgu√© hasta encontrar el sendero que conduc√≠a a la ca√Īada y emprend√≠ el descenso; a medio camino del valle me vi envuelto en el remolino de la niebla.
Continué adelante casi a ciegas; cuando llegué abajo me detuve a escuchar. Todo estaba mortalmente tranquilo, la oscuridad neblinosa amortiguaba cualquier sonido; sin embargo, estaba seguro de que si había algo que oír lo oiría claramente.
Inm√≥vil en la silla, permanec√≠a tenso aguzando el o√≠do para captar cualquier espor√°dico ruido. Al cabo de un rato, o√≠ el ligero tintineo de las bridas de un caballo y la sorda tr√°pala de unas pezu√Īas avanzando despacio. La niebla me imped√≠a calcular la distancia, pero no parec√≠an estar demasiado cerca. Alc√© las riendas y obligu√© a mi corcel a que avanzara despacio, sin hacer ruido.
Sin embargo, apenas había avanzado diez pasos cuando la niebla se hizo jirones y vislumbré a un jinete que venía hacia mí. Un sudor frío me recorrió el cuello y la espina dorsal.
Nos separaba la distancia de una lanzada. Me detuve. Quizá no me había visto.
El jinete se acerc√≥; lo vi alzar los ojos del camino y clavarlos en m√≠. Su rostro era poco menos que una sombra bajo la capucha de su manto. Tir√≥ de las riendas y detuvo su caballo. Grit√≥ algo por encima del hombro a los compa√Īeros que lo segu√≠an. O√≠ su grito, agudo y urgente, pero no distingu√≠ las palabras.
El viento arrastró de nuevo la niebla y el jinete desapareció de mi vista. Pero en el preciso instante en que la niebla me lo ocultaba, creí ver que volvía grupas y retrocedía.
Desenvainé la espada que pendía de mi silla, tomé aliento y grité con todas mis fuerzas:
—¡Alto! ¡Quédate donde estás!
Por toda respuesta oí el rápido galope del caballo al alejarse.
Empu√Īando la espada y deseando haber cogido adem√°s una lanza y un escudo, cabalgu√© cautelosamente hasta el lugar donde el jinete hab√≠a desaparecido. Naturalmente, ya no estaba all√≠ y adem√°s apenas pod√≠a distinguir nada a un paso. Aguard√© un rato y, como no o√≠ nada m√°s, decid√≠ regresar al sendero del risco y esperar a Scatha y a los dem√°s. De ese modo, podr√≠a vigilar el sendero por si los jinetes trataban de llegar hasta all√≠ dando un rodeo para evitarme.
Volv√≠ grupas, llegu√© al lugar donde el sendero empieza a empinarse hacia el risco y me dispuse a esperar. La luz del d√≠a se hab√≠a desvanecido por completo y un tenebroso crep√ļsculo se hab√≠a adue√Īado de la ca√Īada. La niebla y la oscuridad no tardar√≠an en hacer dificultoso, si no imposible, seguir a caballo. Sin duda los intrusos contaban con ello. Me consol√≥ en cierto modo la idea de que lo que era dif√≠cil para uno tambi√©n lo era para los otros. Cualquier cosa que me ocultara a m√≠, ocultar√≠a tambi√©n a los dem√°s; yo estaba tan protegido por la niebla como ellos.
Esperé observando y escuchando. No sé cuánto tiempo pasó, pues la niebla se arremolinaba y espesaba como lana empapada embotando todos mis sentidos; pero, poco a poco, comencé a imaginar que volvía a oír ruido de caballos, aunque a causa de la niebla no sabía en qué dirección se aproximaban.
Podía tratarse de los guerreros que acudían a reunirse conmigo, pensé, pero no tenían tiempo de haber salvado la cima del risco y mucho menos de haber descendido. Probablemente, los invasores se habían decidido a avanzar convencidos de que yo me había marchado.
Escuchando con todas las fibras de mi cuerpo y reteniendo el aliento, aguzaba el o√≠do en las tinieblas para captar cualquier indicio que me se√Īalara por d√≥nde se acercaban. El sonido de los caballos fue aumentando a medida que acortaban la distancia. Yo mov√≠a la cabeza de un lado a otro, alerta al m√°s m√≠nimo movimiento.
Entonces, aparecieron entre la niebla tenues esferas de luz... Eran antorchas, dos antorchas a unos veinte pasos de distancia. Cogí crispadamente la espada y grité:
¬ó¬°Alto! ¬°Ni un paso m√°s!
Los invasores se detuvieron al instante. Las antorchas se quedaron inmóviles en el aire; no podía distinguir a los que las portaban, pero oía los resoplidos de los caballos y el crujir de las bridas.
Como a√ļn no quer√≠a mostrarme ante ellos, continu√© habl√°ndoles desde donde estaba.
—Tranquilos, amigos —les dije—. Si os traen deseos de paz, sois bienvenidos. Pero si pretendéis luchar, seréis mejor recibidos en cualquier otra parte. ¡Desmontad!
Transcurrieron unos minutos de silencio antes de que los intrusos replicaran. O√≠ el impaciente golpe de una pezu√Īa y luego una voz:
—Somos hombres de paz. Pero no acostumbramos obedecer órdenes de alguien a quien no podemos ver.
¬óY yo no acostumbro recibir viajeros espada en mano ¬órepuse con firmeza¬ó. Quiz√°s ambos nos encontramos en desacostumbradas situaciones. Por eso te aconsejo prudencia.
En medio del silencio oí el chisporroteo de las antorchas. Luego la misma voz dijo:
¬ó¬ŅLlew?