12 - El regreso del rey

Aunque Tegid y yo estuvimos hablando largo y tendido, fui incapaz de hacerle entender el significado de la desaparici√≥n del jabal√≠. Probablemente no supe explic√°rselo bien, o al menos de una forma en que pudiera entenderme. Parec√≠a que ansiaba comprenderlo, pero mi explicaci√≥n adolec√≠a de alg√ļn elemento crucial de persuasi√≥n. No fui capaz de que viera el peligro que nos amenazaba.
¬óTegid ¬ódije al fin¬ó, es tarde y estoy cansado. Vayamos a comer alguna cosa.
Tegid coincidi√≥ en que era lo mejor que pod√≠amos hacer; se levant√≥ con cierta dificultad y sali√≥ de la tienda. Hasta tal punto mi mente se hab√≠a impregnado de pesimistas presentimientos que me asombr√≥ la belleza del crep√ļsculo: tonos rosas, carmes√≠es, cobres, granates y fucsias te√Ī√≠an de esplendoroso resplandor un radiante cielo de color jacinto. Pesta√Īe√© y me detuve unos instantes a admirarlo. La atm√≥sfera estaba a√ļn templada, s√≥lo una ligera y fresca brisa anunciaba la noche. Pronto aparecer√≠an las estrellas y contemplar√≠amos otro espect√°culo casi del mismo esplendor.
Pese a tantos padecimientos, Albi√≥n sobreviv√≠a. ¬ŅC√≥mo era posible? ¬ŅQu√© la manten√≠a con vida? ¬ŅQu√© la sosten√≠a al borde mismo del cataclismo y del desastre?
¬ó¬ŅQu√© miras? ¬óme pregunt√≥ Goewyn con voz dulce.
—Un milagro —respondí—. Contemplo todo esto y me pregunto cómo es posible que perdure.
Al ver a Tegid salir de la tienda, Goewyn se había apresurado a acudir a mi encuentro. Mientras el bardo y yo hablábamos se había mantenido alejada de la tienda, pero ahora estaba ansiosa por enterarse del motivo de la conversación.
¬ó¬ŅTienes hambre? ¬óme pregunt√≥.
Tomando mi mano de carne entre las suyas, se abstuvo de comentar que hab√≠a estado esperando mucho tiempo, pero sus oscuros ojos casta√Īos revelaban la curiosidad que sent√≠a.
—Lo siento —le dije—. No tenía intención de excluirte. Tegid y yo estábamos hablando, podías haberte unido a nosotros.
¬óCuando un rey y su bardo celebran consejo nadie debe inmiscuirse ¬órepuso.
No había irritación alguna en su tono, y me di cuenta de que, pese a la natural curiosidad que sentía, habría impedido a toda costa que alguien nos interrumpiera.
—La próxima vez te haré llamar, Goewyn —dije—. Perdóname.
—Estás inquieto, Llew —dijo poniéndome su fresca mano en la frente y acariciándome los cabellos—. Ve a dar un paseo. Traeré comida y te aguardaré en la tienda.
¬óNo, ven a pasear conmigo. No quiero estar solo en estos momentos.
Paseamos un rato sin hablar. La silenciosa presencia de Goewyn era un bálsamo para mi torturado espíritu y comencé a tranquilizarme. Cuando las estrellas comenzaban a surgir volvimos a la tienda.
—Ahora descansa. Haré que traigan algo de comer.
Contemplé cómo se alejaba y sentí que mi corazón volvía a la vida; hasta tal punto amaba todas y cada una de las líneas de su cuerpo.
Mi melancol√≠a se desvaneci√≥ de s√ļbito. Ante m√≠ estaban el amor y la vida, colmados y libres. Ante m√≠ brillaba un alma como la llama de un faro, y brillaba s√≥lo para m√≠. Deseaba tomarla entre mis brazos y estrecharla as√≠ para siempre.
¬ęNo me abandones nunca, Goewyn.¬Ľ
Al entrar en la tienda encontré a Tegid y Bran aguardándome. Tegid también había llamado a Cynan. Habían sido encendidas y dispuestas alrededor de la tienda velas de junco que proyectaban una luz rosada en el interior. Cuando aparecí en la puerta, los tres interrumpieron su conversación.
¬óNo era necesario, Tegid ¬óle dije al bardo.
—Estás inquieto, hermano —repuso el bardo—. Y como no he sabido reconfortarte he traído a tus jefes de batalla para que te ayuden.
Les agradecí su presencia e insistí en que no necesitaba su ayuda.
—Tengo a Goewyn para reconfortarme —les expliqué.
¬óHa sido mala suerte que el jabal√≠ se escapara ¬óse condoli√≥ Bran¬ó. Pero ma√Īana encontraremos otro.
¬óEl sendero de caza est√° repleto de jabal√≠es ¬óa√Īadi√≥ Cynan.
Sacudí la cabeza e intenté de nuevo explicarme.
¬óNo se trata del jabal√≠. No me importa en absoluto. Lo que me preocupa es lo que representa su repentina desaparici√≥n. ¬ŅNo os dais cuenta?
Por la forma en que me miraban era evidente que no se daban cuenta. Lo intenté otra vez.
—Nos acecha un grave peligro —dije— Existe un equilibrio entre este mundo y el mío, y ese equilibrio ha sido perturbado. Creí que al vencer a Siawn Hy y a Meldron se habría recuperado... Nettles también lo creía así. Pero estaba equivocado, y ahora...
Me miraban sin entender e interrumpí mi discurso. Los había vuelto a perder.
—Si nos acecha un grave peligro, pronto sabremos de qué se trata —sugirió Bran—. Y lo venceremos.
Hablaba como un guerrero.
¬óNo se trata de un peligro de esa clase ¬órepuse.
—Podemos vencer a cualquier enemigo —fanfarroneó Cynan—. Que venga. No existe adversario al que no podamos vencer.
—No es tan sencillo, Cynan —dije suspirando y sacudiendo otra vez la cabeza—. Créeme, ojalá lo fuera.
Tegid, ansiando ayudar, observó:
¬óLa profec√≠a de la banf√°ith se ha cumplido en todos sus detalles. Todo lo que ha sucedido y todo lo que a√ļn tiene que suceder est√° contenido en esa profec√≠a.
¬ó¬ŅLo ves? ¬ócorrobor√≥ Cynan con aire satisfecho¬ó. No tienes por qu√© preocuparte. Contamos con la profec√≠a para ayudarnos si se presenta alg√ļn peligro. No hay motivo alguno de inquietud.
—No lo entendéis —dije cansadamente.
Era como si un golfo nos separara, un golfo tan ancho y profundo como el que quiz√° separaba a los mundos. A lo mejor no hab√≠a modo de salvarlo. Si el profesor Nettleton hubiera estado all√≠, habr√≠a sabido qu√© decir para hacerles entender. Nettles sabr√≠a lo que significaba aquello... ¬Ņo no? Se hab√≠a equivocado respecto a mi permanencia en Albi√≥n; era evidente que yo ten√≠a a√ļn algo que hacer all√≠. Pero entonces, a lo mejor estaba en lo cierto; a lo mejor era mi presencia lo que estaba ocasionando el peligro.
Casi gem√≠ de dolor por el esfuerzo que me supon√≠a intentar encontrar un sentido a aquel laberinto. ¬ŅPor qu√©, oh, por qu√© era tan dif√≠cil?
—Si somos incapaces de entenderlo —observó el bardo—, guiémonos por la profecía.
Juntó las manos, se llevó la punta de los dedos a los labios y exhaló un profundo suspiro. Luego cerró los ojos y salmodió con reposada intensidad la profecía que me había confiado Gwenllian, la banfáith de Ynys Sci.
Yo no necesitaba que me la recordaran; me la sab√≠a de memoria como si la llevara grabada en el coraz√≥n. Sin embargo, siempre que o√≠a las tremendas e implacables palabras de la banf√°ith sent√≠a que una poderosa e incomprensible fuerza me arrastraba... ¬Ņquiz√°s era el destino? No lo s√©. Pero era como si me encontrara en la playa a merced de la marea. Los acontecimientos, como olas, se arremolinaban a mi alrededor y me arrastraban; yo me resist√≠a, nadaba contra la marea, pero al fin me arrastraban irremisiblemente.
Tegid dio fin a su recitación con estas palabras:
¬óAntes de que Albi√≥n sea una, debe ser realizada la Haza√Īa Heroica y debe reinar Mano de Plata.
Cynan y Bran parecían inmensamente complacidos. Bran asintió con aire de suficiencia y Cynan cruzó los brazos sobre el pecho como si hubiera alcanzado una victoria.
—¡Mano de Plata ya reina! —declaró con orgullo—. Y cuando el Cylchedd haya concluido, Albión será otra vez una, bajo la autoridad del Aird Righ.
—Sin duda alguna —exclamó con entusiasmo Bran.
Yo no estaba convencido, pero hab√≠a agotado mis argumentos. En ese momento lleg√≥ Goewyn con una doncella que portaba nuestra cena y decid√≠ dejar de lado el asunto. Si algo iba mal, sin duda el profesor Nettleton vendr√≠a a avisarme, o se las apa√Īar√≠a de alg√ļn modo para enviarme un mensaje.
¬óEsperemos que as√≠ sea ¬óasent√≠ a rega√Īadientes, y les rogu√© que se retiraran a sus tiendas a descansar.
¬óEstaremos alerta, se√Īor ¬óprometi√≥ Bran al marcharse¬ó. Es todo cuanto podemos hacer.
¬óEs cierto, Bran, muy cierto.
El Cuervo y Cynan salieron de la tienda seguidos por Tegid, que, aunque parecía ansioso por decirme algo, se limitó a mirar a Goewyn un instante y desearle buenas noches; luego se marchó dejándonos a solas para que compartiéramos nuestro pan y mi tristeza.
¬óCome, esposo m√≠o ¬óme rog√≥ Goewyn cari√Īosamente, tendi√©ndome el plato¬ó. Un hombre no puede pensar o luchar con el est√≥mago vac√≠o.
Se me hizo la boca agua al oler la carne hervida en espeso y especiado caldo. Cogí el plato con mi mano de plata, metí en él los dedos y comencé a comer. Seguí dando vueltas en mi mente a las severas promesas de la profecía y comí en silencio sin hacer caso de la presencia de Goewyn sentada ante mí.
—Toma, amor mío —dijo ella al cabo de un rato sacándome de mis meditaciones—. Para ti.
Alc√© la mirada y vi que part√≠a una peque√Īa hogaza de pan moreno y me tend√≠a sonriente la mitad.
Era un gesto sin importancia, cotidiano: me tendía la mano como si quisiera desbaratar con un pedazo de pan los desconocidos azares que nos preparaba el futuro; era un gesto humilde e insignificante frente a la abrumadora incertidumbre que nos acechaba. Sin embargo, en aquel momento era más que suficiente.
Al día siguiente reanudamos el viaje, y todo salió tan bien como hasta entonces. No sucedió ninguna desgracia. La tierra no se abrió bajo nuestros pies para tragarnos; el cielo no se derrumbó; el sol no se desvió de su órbita. Y, cuando llegó la noche, surgió la luna y envolvió a la tierra con su hermosa luz. Todo estaba, pues, como debía estar.
Al cabo de unos cuantos d√≠as, empec√© a convencerme de que la desaparici√≥n del jabal√≠ era simplemente un √ļltimo eco de la perturbaci√≥n desencadenada por Simon y Meldron; era un insignificante y aislado suceso que no presagiaba ning√ļn desastre. Albi√≥n estaba sanando de sus heridas, s√≠, pero era una utop√≠a esperar que todo volviera a la normalidad de la noche a la ma√Īana. Sin duda, el proceso de curaci√≥n ser√≠a largo. Y al fin y al cabo, tal como daban a entender Tegid y Cynan, mi reinado era el elemento primordial de esa recuperaci√≥n. ¬ŅC√≥mo pod√≠a pensar de otro modo?
Ya hab√≠a terminado maffar, la m√°s dulce de las estaciones, y estaba bastante avanzada gyd, la estaci√≥n del sol, cuando pusimos rumbo al norte. Me sent√≠a muy satisfecho de haber realizado el recorrido, pero m√°s a√ļn de haberlo terminado. Echaba de menos Dinas Dwr y a los amigos que se hab√≠an quedado all√≠. Y ansiaba ver lo que se hab√≠a realizado en mi ausencia.
Una vez terminado nuestro viaje por el sur, Cynan y Tángwen se despidieron, pero no sin habernos prometido que irían a pasar el invierno con nosotros en Dinas Dwr.
¬óConcedednos el placer de vuestra compa√Ī√≠a. Nuestro palacio es un establo comparado con el vuestro ¬óles dije¬ó. Y junto a la chimenea hace tanto fr√≠o como en las cimas de las monta√Īas nevadas. Pero ser√° menos terrible si consent√≠s compartir nuestra comida.
¬óMo anam ¬óexclam√≥ Cynan¬ó ¬ŅEsperas que rechace tan generosa invitaci√≥n? Ve llenando las copas, hermano... ¬°Cynan Machae estar√° en el umbral de tu hogar cuando el viento ulule en los tejados de troncos!
Así, Cynan y Tángwen regresaron a Dun Cruach y nosotros nos encaminamos hacia San Cathmail. En cuanto hubimos emprendido el regreso, mi impaciencia llegó al paroxismo. Me parecía que avanzábamos muy despacio. Cada jornada transcurrida me parecía estar más lejos; a cada paso que dábamos mi nostalgia aumentaba; me abrasaba como la sed en una garganta seca.
Hasta que el terreno no empez√≥ a subir y vi brillar las altas cimas en la azulada calima, no comenc√© a convencerme de que por fin est√°bamos de vuelta. El d√≠a que divis√© M√īn Dubh no pude contenerme por m√°s tiempo. Me adelant√© con Goewyn a la vanguardia de la comitiva y habr√≠a dejado atr√°s a los dem√°s si Tegid no me lo hubiera impedido.
¬óNo puedes regresar de este modo ¬óme dijo cuando nos dio alcance¬ó. Deja que tu pueblo se prepare para dispensarte una adecuada bienvenida.
—Volver a ver Dinas Dwr es suficiente bienvenida para mí —insistí yo—. Ya estaríamos allí si no nos hubieses detenido. Nos adelantaremos. Que los demás lleguen cuando quieran.
El bardo sacudió la cabeza con firmeza.
—Un día más, y entonces entrarás en tu ciudad y recibirás la bienvenida que un rey merece. Enviaré a Emyr para que prepare tu camino —insistió él prestando oídos sordos a mis protestas—. Hasta ahora hemos observado el ritual en todos los detalles. Cumplámoslo hasta el final.
Goewyn se mostró de acuerdo con él.
—Sigue los sabios consejos de tu bardo —me rogó—. Sólo es un día más, y a tu pueblo le complacerá enterarse con anticipación de tu regreso, para poder recibirte como exige tu rango.
De este modo, Emyr fue enviado para anunciar nuestra llegada y yo tuve que pasar una noche m√°s en mi tienda. Como un ni√Īo la v√≠spera de una fiesta, estaba demasiado excitado como para poder dormir. Acostado en el lecho daba vueltas sin cesar y acab√© por levantarme y salir a pasear mi inquietud.
Era noche cerrada, la luna brillaba en lo alto. El campamento estaba silencioso. O√≠ el ulular de una lechuza y la respuesta del macho a poca distancia. Mir√© hacia el sonido y vi una fantasmal silueta entre las copas de los √°rboles. Las colinas circundantes se dibujaban suavemente contra un cielo todav√≠a salpicado de plata. Todo estaba sumido en las sombras y el silencio... De pronto, me llam√≥ la atenci√≥n un peque√Īo detalle: un ligero resplandor sobre la cima de una lejana monta√Īa.
Miré con atención y tardé un momento en darme cuenta de lo que era: una almenara. En ese preciso instante sentí un escalofrío en mi mano de plata; una aguda y fría punzada.
Me volv√≠ para observar las colinas que quedaban a mi espalda, pero no vi brillar respuesta alguna. Me pregunt√© qu√© indicar√≠a aquella se√Īal y pens√© levantar a Tegid del lecho para ense√Ī√°rsela. Pero el resplandor de la almenara se desvaneci√≥ y con √©l mi certeza de haberla visto realmente. A lo mejor no era m√°s que el fuego del campamento de algunos cazadores; o quiz√° Scatha hab√≠a enviado exploradores al risco para que le anunciaran nuestra llegada.
Recorrí el perímetro del campamento y me detuve a hablar unos instantes con los centinelas que vigilaban los caballos, pero no habían visto nada. Completé la inspección del campamento y regresé a la tienda. Me acosté y me quedé dormido arrullado por la lenta y profunda respiración de Goewyn.
Al día siguiente me desperté temprano, me vestí con rapidez y procedí a contagiar a todos mi nerviosismo metiéndoles prisa. Estábamos tan sólo a un día de Druim Vran y si nos apresurábamos podríamos llegar al lago a la puesta de sol y cenar aquella noche en Dinas Dwr.
A mediod√≠a divis√© la oscura silueta de la Sierra del Cuervo y pens√© que no √≠bamos a llegar nunca. Sin embargo, mientras el sol comenzaba a ponerse lentamente por el oeste, entramos en la ancha llanura que se extend√≠a al pie de las monta√Īas. La sombra del mont√≠culo del gorsedd se alargaba en la llanura y la imponente mole de Druim Vran se elevaba hacia el cielo.
En lo más alto del risco, el pueblo nos aguardaba para darnos la bienvenida al hogar. Mi corazón se regocijó al verlo.
¬óEscucha ¬ódijo Goewyn ladeando la cabeza¬ó. Est√°n cantando.
Est√°bamos a√ļn muy lejos para entender las palabras, pero el canto ca√≠a desde lo alto del risco como una dulce lluvia. Me detuve, me di la vuelta y grit√© a Tegid:
¬ó¬ŅLo oyes? ¬ŅQu√© est√°n cantando?
El bardo picó espuelas para reunirse conmigo, se detuvo a mi lado y aguzó el oído; luego sonrió.
—Es La Bienvenida de Arianrhod —respondió—, la canción que Arianrhod le canta a su amado cuando lo ve llegar en su ayuda navegando sobre las olas.
¬ó¬ŅDe veras? ¬ópregunt√©¬ó Nunca he o√≠do contar esa historia.
¬óEs una hermosa leyenda ¬ócoment√≥ Tegid¬ó. Alg√ļn d√≠a te la cantar√©.
Levanté el rostro y escuché embelesado aquella alegre canción. Nunca habría podido imaginar que pudiera emocionarme tanto el ver a mi pueblo en el risco entonando su bienvenida hacia el valle. Se me llenaron los ojos de lágrimas; indudablemente, había vuelto a mi hogar.