11 - La cacería del jabalí

Un esplendoroso y radiante d√≠a, reci√©n entrada la primavera, abandonamos Dun Cruach. La nieve todav√≠a cubr√≠a las monta√Īas, pero yo ansiaba regresar a Dinas Dwr. Para completar el recorrido por Albi√≥n hab√≠a que hacer todav√≠a un lento viaje por Prydain y Caledon. Hab√≠a que visitar a√ļn muchos clanes y poblados del sur y todav√≠a pasar√≠a bastante tiempo antes de que por fin pudi√©ramos dirigir nuestros pasos hacia Dinas Dwr, en el norte.
Mi comitiva hab√≠a ido aumentando desde que comenzamos el viaje, pues en cada lugar que visit√°bamos se nos iba a√Īadiendo gente. Dun Cruach no fue una excepci√≥n; Cynan insisti√≥ en escoltarnos en nuestro viaje al sur de Caledon, con la excusa de que hac√≠a mucho tiempo que un rey de los galanaes no visitaba sus posesiones. Ahora √©l era el rey y estaba en su derecho de hacerlo; adem√°s, el hecho de que lo vieran acompa√Īando al Aird Righ incrementar√≠a su fama.
La verdadera razón, sospechaba yo, era que quería mostrar a su esposa. Pero no me importó, pues era una ocasión para que volviéramos a cabalgar juntos otra vez, cosa que me entusiasmaba.
Como antes, nos precedían mensajeros que iban convocando al pueblo al llys del rey. Acampábamos en lugares sagrados: cruces de caminos, menhires y montículos de gorsedd. Allí recibía yo los juramentos de lealtad de las tribus caledonias y, como en Prydain y Liogres, acogía a los clanes bajo la protección de mi autoridad.
Una y otra vez mis pensamientos volaban a Dinas Dwr, mi espléndida ciudad sobre el agua. Me preguntaba cómo debía de estar mi pueblo, si los ganados y las cosechas habrían prosperado. Echaba de menos aquel lugar, echaba de menos mi variopinta tribu, y me preguntaba si me estarían echando de menos a mí. Sentía nostalgia de mi hogar y del palacio. Los placeres de la vida nómada empezaban a perder su atractivo y hacía tiempo que estaba harto de dormir en una tienda.
—Sólo quedan cuatro o cinco tribus que visitar en el sur —me animaba constantemente Tegid—. Y como quedan muy pocos habitantes en Prydain no tardaremos mucho tiempo en emprender el regreso hacia el norte.
¬ó¬ŅCu√°nto? ¬ópregunt√© yo.
¬óUnos veinte... ¬órepuso el bardo.
—¡Veinte días! —exclamé con impaciencia.
¬ó... o treinta ¬óse apresur√≥ a a√Īadir Tegid¬ó. Quiz√° m√°s. No podr√© saberlo con certeza hasta que hayamos acabado de visitar todos los poblados del sur.
¬óEntonces... llegar√° el Samhein antes de que estemos en casa.
¬óDe ning√ļn modo. Deber√≠amos estar a la vista de Druim Vran antes del Lugnasadh, es decir, antes de la cosecha. ¬óHizo una pausa y esboz√≥ una sonrisa de placer¬ó. Ha sido un buen trabajo. Las tribus han rendido honores a tu dignidad. Tus reyes hermanos te han dado la bienvenida. Es lo que esper√°bamos.
En verdad, el recorrido había sido triunfal. Como Tegid había dicho, los pueblos me aceptaban como Aird Righ, con lo cual podía sentirme más que satisfecho. Tras los tiempos que acabábamos de vivir bajo la tiranía de Siawn Hy y Meldron, la Soberanía Real ofrecía una sustancial garantía, no sólo de tranquilidad, sino sobre todo de estabilidad. Si el cumplimiento del rito del Cylchedd había ayudado a conseguirla, estaba dispuesto a repetirlo gustoso. Estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para lograr que Albión volviera a ser lo que había sido. Cualquier cosa.
¬ó¬ŅPor qu√© no vas de cacer√≠a con Bran? ¬ósugiri√≥ Tegid despert√°ndome de mis meditaciones¬ó. Llegaremos a nuestro destino despu√©s del mediod√≠a. Bran y algunos m√°s est√°n planeando explorar los senderos de caza de los que les ha hablado Cynan. Podr√≠as acompa√Īarlos.
¬ó¬ŅTratas de librarte de m√≠, bardo?
—Sí. Ve con ellos. Por favor.
Bran se mostró más que encantado de incluirme entre su partida de caza. Hacía mucho tiempo que no salía de caza con él o con cualquier otro.
—Así, la punta de la lanza del rey no se oxidará por falta de uso —me comentó.
Era una manera amable de decir que no deseaba que me apoltronara, ahora que me sentaba más a menudo en un trono que en un caballo al galope. Una observación muy inteligente, desde luego.
Después de acampar, cogimos las lanzas y nos dirigimos al bosque. Era justo después del mediodía, como había dicho Tegid, y el día estaba templado. Tropezamos con el primer sendero de caza poco después de internarnos en el bosque, pero decidimos que probablemente no encontraríamos ninguna pieza tan cerca de los límites del bosque, y nos apresuramos a adentrarnos en la espesura.
La partida de caza constaba de seis hombres y, tras encontrar el segundo sendero, nos dividimos en tres grupos y seguimos el rastro avanzando de dos en dos. Bran y yo cabalgábamos en medio, a una distancia de tres o cuatro lanzas respecto a los que nos precedían y seguían; aunque la espesura del bosque no me permitía verlos, sabía que estaban a muy poca distancia.
Cabalgábamos en silencio y por fin encontramos el rastro de unos cerdos salvajes. Bran desmontó para estudiarlo.
¬ó¬ŅCu√°ntos? ¬óle pregunt√©.
Bran, arrodillado junto al rastro, alzó la cabeza y respondió:
¬óUn peque√Īo reba√Īo. Cuatro al menos... quiz√° m√°s. Cabalguemos un poco m√°s para ver lo que encontramos ¬óa√Īadi√≥ incorpor√°ndose y escrutando el moteado sendero.
Avanzamos con suma precauci√≥n. Siempre es √©ste un momento tenso en la cacer√≠a, porque hasta que no son avistados los jabal√≠es existe el peligro de tropezar con ellos y sorprenderlos descuidados. Entonces pueden sobrevenir accidentes. M√°s de un cazador ha perdido el caballo o algo peor a√ļn, al topar de improviso con un jabal√≠ que no ha visto. Los cerdos salvajes son bravos luchadores y no dudan en atacar cuando se ven acosados; en cambio, como otros muchos animales, si tienen ocasi√≥n, prefieren huir.
Bran y yo seguimos un trecho el rastro y nos detuvimos a escuchar. En el coraz√≥n del bosque, el aire estaba tranquilo; s√≥lo el r√°pido tac-tac de alg√ļn p√°jaro carpintero romp√≠a el denso silencio. De pronto, un poco m√°s adelante, se oy√≥ un ronco gru√Īido, y a continuaci√≥n un crujido de ramitas y un revuelo de hojas secas. Bran baj√≥ la lanza y apunt√≥ a unos matorrales que estaban un poco m√°s adelante y a la izquierda de nosotros. Aguardamos sin movernos y de s√ļbito apareci√≥ una jabalina de considerable tama√Īo ofreciendo una clara diana. Los jabal√≠es no tienen buena vista, aunque s√≠ o√≠do muy agudo y olfato muy fino. Pero no hac√≠a viento y si permanec√≠amos muy quietos pod√≠a ser que el animal se acercara m√°s.
Aguardamos.
Dos peque√Īos jabatos, que deb√≠an de haber nacido tan s√≥lo hac√≠a dos d√≠as, se unieron a su madre, y luego tres m√°s; emit√≠an d√©biles ronquidos y correteaban bajo el vientre y entre las patas de la jabalina, mientras ella husmeaba el sendero con el hocico pegado a la tierra.
Bran sacudió la cabeza lentamente; no podíamos abatir la hembra y dejar a los jabatos sin madre, así que nos dispusimos a darnos la vuelta para evitar el encuentro, pues las hembras recién paridas, recelosas de su prole, pueden mostrarse muy quisquillosas y no queríamos asustarla. Pero cuando nos dábamos la vuelta, el matorral se movió y surgió un jabalí enorme.
Parecía más sorprendido que furioso, porque se detuvo en medio del sendero, movió la cabezota de un lado a otro para tratar de localizar el motivo de su agitación y supongo que para prepararse a arremeter contra nosotros. Eso nos dio tiempo a ponernos en guardia, y cuando el animal atacó, avanzamos hacia él con las lanzas dispuestas. Con sorprendente velocidad la fiera acortó la distancia que la separaba de nosotros. Sin embargo, nosotros estábamos preparados y habíamos decidido cómo abatirlo; Bran lo golpearía en el hombro y yo en las costillas.
El jabal√≠ era un viejo y esforzado guerrero que conoc√≠a muy bien su fuerza. Nos enga√Ī√≥ en su primer ataque y en el √ļltimo momento se detuvo repentinamente, de tal modo que nos vimos obligados a tirar de las riendas y a volver grupas para mantenerlo en medio de los dos. Con el lomo encorvado y las cerdas erizadas sobre los hombros, el animal se qued√≥ unos instantes quieto entre las sombras, con la cabeza baja, los colmillos relucientes y babeando mientras pateaba la hierba.
Bran y yo nos preparamos para una nueva acometida. Me latían las sienes; sentía que me hervía la sangre ante el reto del viejo jabalí. Sin esperar a que la fiera tomara la iniciativa, espoleamos los caballos para abatirla mientras corría. Pero la bestia no se movió, sino que permaneció donde estaba, aguardando. Cuando nuestras lanzas estaban casi sobre él, echó a correr de pronto hacia la izquierda, hacia mí, presentando con su enorme costado un perfecto blanco para mi lanza. Yo me eché hacia atrás para disparar.
El jabal√≠ debi√≥ de percibir mi movimiento, porque hurt√≥ el cuerpo y se lanz√≥ contra m√≠. Mientras corr√≠a gru√Īendo ferozmente, sus patas eran s√≥lo un difuso borr√≥n y sus colmillos un destello de blanco entre las sombras. Me prepar√© para resistir el ataque pues hab√≠a decidido dejar que se acercara todo lo posible antes de disparar mi lanza. Bran se apresur√≥ a reunirse conmigo con la esperanza de propinarle un segundo golpe si el m√≠o fallaba.
De repente, se oyó un agudo chillido y aparecieron en el sendero otros dos jabalíes. Por el rabillo del ojo los vi como dos manchas corriendo a toda velocidad hacia mí. Bran soltó un sonoro grito de sorpresa. Tiré violentamente de las riendas y las patas de mi caballo casi se doblaron mientras el animal se esforzaba por detenerse y darse la vuelta en un mismo movimiento.
El primer jabal√≠ se precipit√≥ bajo las patas delanteras del encabritado caballo. Me las arregl√© para rechazar al otro de un golpe cuando hac√≠a amago de herir el flanco de mi corcel. Ech√© una r√°pida mirada al animal cuando se hac√≠a a un lado para evitar la lanza; era un ejemplar joven que a√ļn no hab√≠a alcanzado la plena madurez: cuartos traseros delgados y pecho poco desarrollado. Sin embargo, supl√≠a con mucho la escasa corpulencia con una asombrosa velocidad y bravura, porque apenas hab√≠a pasado por un lado cuando atacaba por otro.
Previne con un grito a Bran y vi por el rabillo del ojo que la emprendía con el segundo animal con un rápido golpe de lanza. El jabalí se derrumbó sobre el lomo pateando y luego salió huyendo entre quejidos.
Bran tuvo entonces un momento de respiro. Se incorporó en la silla y pidió ayuda profiriendo unos gritos que atronaron el bosque. Yo también intenté gritar, pero estaba demasiado apurado como para hacerlo. El viejo jabalí había pasado junto a Bran como una exhalación y estaba otra vez detrás de mí. Oí sus furiosos ronquidos mientras se lanzaba al ataque. Me di la vuelta y le propiné una violenta y rápida lanzada. El proyectil lo alcanzó en una zona musculosa encima de la corcova.
La lanza se ladeó y el astil se rompió en dos con un sonoro crujido. Luego sólo sé que me encontré cayendo de costado al suelo.
Saqué la pierna del estribo y aterricé de un tremendo costalazo; pero al menos la pierna no me había quedado atrapada bajo el caballo. Me incorporé como pude y me apresuré a coger otra lanza sujeta en mi derribada montura.
Bran adivinó mi intención y me lanzó la suya, que se clavó a dos pasos junto a mí. La cogí y me precipité hacia mi caballo. Así las riendas y lo urgí a que se levantara; aunque sangraba profusamente por un corvejón, tenía la esperanza de que la herida no fuera grave.
—¡Llew! —gritó Bran.
En el preciso instante en que me volvía, la lanza del Cuervo me pasó por encima del hombro y alcanzó oblicuamente al jabalí que se había lanzado contra mí; fue suficiente para desviar su embestida. Yo disparé a mi vez, pero fallé el blanco pues el salvaje animal hurtó ágilmente el cuerpo echando espumarajos por el hocico.
Entonces o√≠ detr√°s de m√≠ un tremendo estr√©pito y al darme la vuelta vi que Alun y Emyr llegaban al galope en nuestra ayuda. Ante la s√ļbita aparici√≥n de los reci√©n llegados, los cerdos se dieron la vuelta y huyeron por el sendero de caza.
—¡Huyen! —gritó Alun, espoleando el caballo para perseguirlos.
Emyr y Bran lo siguieron. Yo pas√© el brazo por el cuello de mi corcel y mont√©. Poco despu√©s galopaba tras ellos. Los jabal√≠es hu√≠an ce√Īidos a un lado del sendero, protegi√©ndose as√≠ entre la maleza. Nuestra √ļnica esperanza de cenar cerdo asado era perseguirlos hasta que llegaran a un lugar abierto.
Preparamos las lanzas y acordamos la estrategia de caza. Después, cuando casi habíamos dado alcance a nuestras veloces presas, el sendero dibujó un recodo y nos encontramos de pronto en un soleado calvero rodeado de zarzas. En el centro se alzaba un dolmen: tres piedras verticales coronadas por una enorme losa a modo de tejado. El dolmen estaba rodeado por una zanja poco profunda cubierta de hierba.
El jabal√≠ viejo baj√≥ la cabeza, atraves√≥ el claro esquivando el dolmen y se meti√≥ entre los matorrales del otro lado del calvero. Su joven compa√Īero, sin embargo, no fue tan astuto. El animal salv√≥ la zanja y desapareci√≥ tras el dolmen perseguido de cerca por Emyr. Alun y yo corrimos hacia el otro lado para cortarle la retirada. Bran se qued√≥ a la entrada del calvero para evitar que el impetuoso jabal√≠ huyera por donde hab√≠amos llegado.
En cuanto nos vio al otro lado del dolmen, la fiera continuó corriendo por segunda vez. Emyr le salió al encuentro y lo acosó. Ahora nos tocaba a Alun y a mí. Pero el veloz cerdo correteó entre las piedras y nos esquivó. Emyr gritó cuando vio aparecer al animal en su lado una vez más, y yo vi entonces una borrosa mancha marrón que dibujaba una tercera vuelta alrededor del dolmen.
Alun blandi√≥ la lanza mientras el jabal√≠ aparec√≠a de nuevo ante nosotros. La lanza se clav√≥ en el suelo justo delante del hocico del animal. El cerdo emiti√≥ un asustado gru√Īido y busc√≥ cobijo bajo el dolmen.
Lo vi escabullirse entre las sombras del megalito y vislumbré su silueta recortada contra el verdor del otro lado. Luego, de pronto, desapareció.
El jabal√≠ se hab√≠a desvanecido como por encanto. Lo vi desvanecerse ante mis propios ojos; mejor dicho, lo vi y luego ya no volv√≠ a verlo. El animal sencillamente se hab√≠a evaporado ¬ócolmillos, cola, cerdas, todo¬ó dejando atr√°s tan s√≥lo un gru√Īido.
Lo vi desaparecer y el estómago se me encogió; el corazón me dio un vuelco y me sentí desvanecer. La lanza se me escurrió entre los dedos; intenté asirla pero me fallaron las fuerzas y el arma cayó pesadamente al suelo.
¬ó¬ŅD√≥nde est√°? ¬ógrit√≥ Emyr, mirando a Alun que segu√≠a inclinado sobre la silla lanza en ristre, preparado para dispararla. Ninguno de los dos hab√≠a visto c√≥mo desaparec√≠a el animal.
¬ó¬°Se ha escondido ah√≠! ¬órepuso Alun se√Īalando un recoveco entre las piedras.
Con toda cautela, Emyr se acercó al dolmen y hurgó con la lanza bajo la losa que coronaba el megalito, con la intención de hacer salir al animal. Con temblorosos dedos, cogí las riendas, volví grupas y abandoné el calvero. Al pasar junto a Bran, oí que me gritaba:
¬ó¬ŅLo han matado? ¬°Llew!
No respondí. Sobrecogido por el abrumador suceso, no podía ni hablar. Me limité a picar espuelas.
¬ó¬°Llew! ¬ŅQu√© ha ocurrido? ¬ópregunt√≥ Bran, inquieto.
Yo sab√≠a muy bien lo que hab√≠a ocurrido: el entretejido de los mundos se hab√≠a debilitado tanto que incluso un asustado jabal√≠ pod√≠a cruzar el umbral a plena luz del d√≠a. La balanza entre los mundos se hab√≠a desequilibrado; el Nudo Sin Fin se estaba desenmara√Īando. El Otro Mundo y el mundo manifiesto que yo hab√≠a abandonado se desplomaban uno sobre el otro. El caos era inminente.
Me pareció percibir el crujido del vacío mientras me alejaba del claro. Se me helaba el corazón... y la mano: en efecto, sentía que mi mano de plata se me iba congelando en el extremo del brazo. Su helor se me calaba hasta los huesos. Se me emborronaba la vista.
¬ó¬ŅEst√°s herido, se√Īor? ¬óo√≠ que preguntaba a mis espaldas el jefe de los Cuervos.
No le hice caso y seguí cabalgando...
Casi había llegado al límite del bosque cuando los demás me dieron alcance. Estaban confusos ante mi reacción y decepcionados por no haber cobrado pieza alguna. Ninguno de ellos dijo una palabra, pero percibí su tácito asombro ante mi conducta. Regresamos al campamento sin cruzar palabra y tras haber desmontado me dirigí a Bran:
—Ve a buscar a Tegid —le ordené mientras entraba en mi tienda.
Goewyn no estaba. Habría ido a alguna parte con Tángwen. Me senté en el centro de la tienda sobre una piel de buey roja, crucé las piernas, doblé los brazos sobre el pecho e incliné la cabeza hasta casi tocar con ella las rodillas. Aguardé mientras me iba invadiendo una marea de desesperación; me pareció que sólo resistiría su acometida si no pensaba en lo que había visto ni en su significado.
—Deprisa, Tegid —murmuré balanceándome lentamente hacia atrás y hacia delante.
De este modo mantenía a raya la marea e impedía que me tragara y me llevara lejos. No sé cuánto tiempo pasó, pero al fin oí un rumor de pasos fuera e intuí la presencia de alguien a mi lado. Abrí los ojos y alcé la cabeza.
Tegid me miraba con una arruga de preocupación en la frente.
¬óAqu√≠ me tienes, hermano ¬ódijo con voz suave¬ó. ¬ŅHa ido bien la caza?
Cerré los ojos otra vez y sacudí la cabeza. Como no le respondí, el bardo me preguntó:
¬ó¬ŅQu√© ha sucedido? ¬óHizo una pausa¬ó. Llew, dime, ¬Ņqu√© ha sucedido?
Le tendí mi mano de plata.
—Está fría, Tegid. Como el hielo.
El bardo se inclinó y tocó con aire meditabundo el metal.
—Eso parece —observó irguiéndose de nuevo—. Háblame de la cacería.
—Tres jabalíes —comencé con voz vacilante—. Nos proporcionaron una buena cacería. Los perseguimos en el corazón del bosque. Uno escapó; seguimos a los otros dos hasta un calvero. Había un dolmen rodeado por una zanja. Acosamos a uno de los cerdos en torno al dolmen y... y desapareció.
¬ó¬ŅEl dolmen?
Eché una rápida mirada al bardo para ver si me estaba tomando el pelo.
—El jabalí. El jabalí desapareció. Vi cómo se desvanecía y sé adónde fue.
¬ó¬ŅLo vieron los dem√°s? ¬ópregunt√≥ Tegid.
¬óEso es lo de menos... ¬Ņno? ¬óle espet√©.
Tegid me miró fijamente.
¬óYo he visto antes ese animal ¬óle dije¬ó Antes de venir a Albi√≥n. Vi ese animal. Es como lo de los uros, ¬Ņno te das cuenta?
Pero Tegid no se daba cuenta. ¬ŅC√≥mo pod√≠a hacerlo? As√≠ que le expliqu√© lo de los uros..., los uros que hab√≠amos perseguido durante nuestra huida a Findargad y que hab√≠an desaparecido en un mont√≠culo, del mismo modo que se hab√≠a desvanecido el jabal√≠.
—Pero si lo matamos —protestó Tegid—. Nos comimos su carne.
—¡Eran dos! —repliqué—. Uno desapareció y matamos al otro. Esos uros nos trajeron a Simon y a mí a Albión; mejor dicho, el que acosamos fue el que nos trajo hasta aquí. Y el que perseguimos hoy es el que vi antes de venir.
Tegid sacudió la cabeza lentamente.
—Te he escuchado, hermano, pero no acabo de entender qué te inquieta —dijo—. Es mala suerte, pero...
¬ó¬°Mala suerte!
Tegid me miró unos instantes, luego se sentó frente a mí y me dijo:
¬óSi quieres que te entienda, tendr√°s que explicarme lo que significa todo esto.
Hablaba despacio pero había cierta crispación en su voz; procuraba dominarse, pero le costaba un evidente esfuerzo.
¬óSignifica ¬ócontest√© cerrando otra vez los ojos¬ó que Nettles estaba equivocado. El equilibrio no se ha restaurado. El Nudo... el Nudo Sin Fin sigue desenmara√Ī√°ndose.