7 - El regreso de los cuervos

Las obras de reconstrucci√≥n de Dinas Dwr empezaron enseguida con en√©rgica eficacia. La gente parec√≠a especialmente ansiosa por eliminar todo rastro del incendio. La gente, mi gente, mi variopinto clan formado por distintas tribus, parentelas, guerreros, granjeros, artesanos, familias, viudas, hu√©rfanos, refugiados, se afanaron sin descanso en reparar los da√Īos del crannog y devolverle el aspecto de antes. Trabajando con ellos, comprend√≠ que Dinas Dwr era para ellos algo m√°s que un refugio; se hab√≠a convertido en su hogar. Se hab√≠an roto y se estaban rompiendo antiguos lazos y ataduras y se estaba forjando un reino nuevo: mientras luch√°bamos y sud√°bamos hombro con hombro nos est√°bamos convirtiendo en un verdadero pueblo, en un clan distinto a cualquiera de las tribus de Albi√≥n.
La vida en el crannog, tan cruelmente atacada por el incendio y por la destrucción del Salvaje Sabueso, comenzaba poco a poco a recobrar su ritmo perdido. Tegid reunió a sus mabinogi y reanudó las diarias lecciones sobre las tradiciones bárdicas. Scatha adiestraba a sus pupilos y en el campo de prácticas resonaban otra vez los gritos de los jóvenes guerreros y el estrépito de las espadas de madera sobre los escudos de cuero. Los granjeros se afanaban en sus desolados sembrados con la esperanza de salvar una parte de la cosecha, ahora que había cesado la sequía. Vaqueros y pastores se dedicaban a reabastecer sus existencias al tiempo que los prados comenzaban a verdear otra vez.
Mientras supervisaba las obras de reconstrucci√≥n, me parec√≠a que todos y cada uno de mis s√ļbditos hab√≠an decidido olvidar el reciente desastre cuanto antes, y liberarse de los terribles recuerdos afan√°ndose en hacer de Dinas Dwr el para√≠so del norte. Pero las heridas eran profundas y, pese a la gran tenacidad de mi gente, pasar√≠a mucho tiempo antes de que Albi√≥n estuviera totalmente curada. √Čsa era la raz√≥n, me dec√≠a a m√≠ mismo, por la que deb√≠a quedarme: para ver la tierra renovada y el pueblo redimido. S√≠, hab√≠a empezado el proceso de curaci√≥n; por primera vez en a√Īos, hombres y mujeres pod√≠an encararse al futuro sin miedo ni desesperaci√≥n.
As√≠, cuando la Bandada de Cuervos regres√≥ con un prisionero, algunos d√≠as despu√©s de su partida, todos lo consideramos una favorable se√Īal.
—¡Ya veis! —se decían los hombres unos a otros—. ¡Nadie puede prevalecer contra Mano de Plata! Todos sus enemigos son vencidos tarde o temprano.
Dispensamos una calurosa acogida a los Cuervos y vitoreamos el √©xito de su misi√≥n. Con ellos tra√≠an un √ļnico prisionero, de aspecto l√ļgubre y hosco, con las manos atadas a la espalda y el manto sobre la cabeza y los hombros.
—¡Salud y felicitaciones, Bandada de Cuervos! —les grité en cuanto el bote tocó la orilla.
Un considerable n√ļmero de personas hab√≠a salido del caer para recibirlos y se hab√≠a esparcido por la orilla mientras los Cuervos desembarcaban.
—Veo que habéis tenido una buena cacería.
—Una cacería rápida y una hermosa pieza —asintió Bran lacónicamente—. Pero no sin ciertos sacrificios, como te contará enseguida Niall.
¬ó¬ŅQu√© ha pasado? ¬ópregunt√©, y al mirar a Niall vi que bajo el manto llevaba un vendaje empapado en sangre.
El Cuervo herido disipó mi alarma con un vago gesto, aunque tan leve movimiento dibujó en su rostro una mueca de dolor.
¬óMe dej√© llevar por el entusiasmo, se√Īor ¬órepuso Niall con los dientes apretados¬ó. No volver√° a suceder, te lo aseguro. Sin embargo, tuve suerte; el golpe de espada me sorprendi√≥ cuando ca√≠a. Pudo haber sido mucho peor.
¬óSu cabeza habr√≠a podido hacer compa√Ī√≠a a su cuello ¬óme inform√≥ Alun Tringad¬ó, aunque no s√© si eso hubiera podido ser mejor o peor.
Su comentario suscit√≥ risas entre la peque√Īa concurrencia que hab√≠a acudido a celebrar el √©xito de los Cuervos y a conocer la identidad del malhechor que hab√≠an capturado.
—Un prisionero muy desagradable —comentó Bran—. Eligió la muerte y estaba decidido a arrastrarnos con él.
—Lo cogimos por sorpresa —terció Drustwn—, de otro modo hubiera dejado fuera de combate a dos o más de los nuestros.
Entonces me di cuenta de que Drustwn y Emyr tambi√©n hab√≠an resultado heridos: Drustwn llevaba el brazo en cabestrillo y la pierna de Emyr estaba vendada por encima de la rodilla. Cuando me interes√© por sus heridas, Drustwn me asegur√≥ que sanar√≠an antes de que lo hiciera el orgullo del prisionero, que hab√≠a resultado seriamente da√Īado.
¬óLo habr√≠amos pasado mal si no llega a resbalar con la hierba h√ļmeda y caerse de cabeza ¬óa√Īadi√≥ Garanaw, que imit√≥ con un gesto lo sucedido suscitando la carcajada de los reunidos.
No era una risa de felicidad, sino m√°s bien de alivio, y adem√°s para humillar a√ļn m√°s al cautivo, pues nadie hab√≠a olvidado el da√Īo infligido.
¬óMe alegro de que ninguno de vosotros haya resultado herido de consideraci√≥n ¬óles dije¬ó. No olvidaremos vuestro sacrificio. Todos vosotros ¬óa√Īad√≠ extendiendo mi mano de plata hacia ellos¬ó os hab√©is ganado una generosa recompensa y la m√°s profunda estima en el coraz√≥n de vuestro rey.
Bran se declar√≥ satisfecho con la √ļltima pero Alun reconoci√≥ que tambi√©n ser√≠a bienvenida la primera. El prisionero, que hab√≠a mantenido hasta entonces un hosco silencio, pareci√≥ volver a la vida; se revolvi√≥ en la silla y aull√≥ desafiante:
—¡Soltadme, hijos de perra! ¡Veréis cómo os doy vuestro merecido en una lucha cara a cara!
Al oírlo se me heló el corazón; no por lo que había dicho, sino por su voz. Conocía muy bien a aquel hombre.
—¡Bajadlo! —ordené—. Y quitadle el manto. Quiero ver su cara.
Los Cuervos desmontaron sin consideraciones al prisionero y lo obligaron a arrodillarse ante mí. Bran le desató el manto y se lo quitó, y yo enseguida reconocí un rostro que hubiera deseado no volver a ver jamás.
Paladyr no hab√≠a cambiado desde la √ļltima vez que lo vi: la noche en que hab√≠a clavado su cuchillo en el coraz√≥n de Meldryn Mawr. En realidad, lo hab√≠a vuelto a ver unos instantes en lo alto del acantilado de Ynys Sci, cuando hab√≠a precipitado a la muerte a Gwenllian; pero entonces apenas lo hab√≠a entrevisto. Al observarlo ahora, volv√≠ a admirarme de su corpulencia. Sus poderosos miembros, sus musculosos hombros parec√≠an tallados del tronco de un roble. Incluso hombres como Bran, Drustwn y Alun Tringad parec√≠an alfe√Īiques al lado del otrora palad√≠n de Prydain.
Desde luego, no se había rendido sin lucha y los Cuervos no habían tenido con él demasiados miramientos: tenía una fea brecha rojiza sobre una sien, la nariz hinchada y el labio inferior partido. Pero mostraba la misma arrogancia y el mismo aire desafiante de siempre.
—Ve a buscar a Tegid —ordené al hombre que estaba más cerca de mí, pues no deseaba dar la espalda a Paladyr.
¬óAh√≠ viene el Bardo Supremo, se√Īor ¬ócontest√≥ el hombre.
Me volví y vi que Tegid y Calbha acudían corriendo. Al ver a Paladyr arrodillado ante mí se detuvieron en seco.
Tegid contempl√≥ con ce√Īuda satisfacci√≥n al desafiante prisionero. Al ver al Bardo Supremo de Albi√≥n, Paladyr cerr√≥ la boca y una mal√©vola expresi√≥n se dibuj√≥ en sus siniestros ojos.
Tegid se dirigió a Bran.
¬ó¬ŅEstaban en su poder las Piedras Cantarinas?
—Sí, penderwydd —replicó Bran, e hizo un gesto a Drustwn que descolgó de su silla una bolsa de cuero y nos la trajo.
—Lo cogimos con ellas encima —explicó Garanaw—. Nos llena de orgullo devolverlas al lugar que les corresponde en Dinas Dwr.
Abrió un instante el cofre para mostrar que las pálidas piedras estaban dentro, y se lo entregó a Tegid.
¬ó¬ŅEstaba solo? ¬ŅNo encontrasteis a nadie con √©l? ¬ópregunt√≥ el rey Calbha.
Observ√© atentamente la expresi√≥n de Paladyr, pero su rostro parec√≠a esculpido en piedra, sin mostrar el menor parpadeo o la menor se√Īal de que lo que se estaba hablando le incumbiera.
¬óNo, se√Īor ¬órespondi√≥ el jefe de los Cuervos¬ó. Registramos la zona y estudiamos muy bien el rastro. No encontramos la menor se√Īal de que alguien lo acompa√Īara.
Me dirigí a algunos de los hombres reunidos y les ordené:
—Construid un cobertizo, aquí, en la orilla, para encerrar al prisionero, porque no voy a consentir que vuelva a poner los pies en el crannog.
Luego le dije a Calbha:
—Envía a tu jinete más rápido a Dun Cruach. Que le diga a Cynan que hemos capturado al responsable de la muerte de su padre y que aguardamos su llegada para juzgarlo.
—Enseguida, Mano de Plata —repuso el rey de los cruinos—. No debe de estar a muchos días de camino; lo alcanzaremos antes de que llegue a Dun Cruach.
Calbha llamó a uno de sus hombres y los dos se pusieron en marcha al momento.
¬ó¬ŅQu√© vas a hacer con las Piedras Cantarinas? ¬óme pregunt√≥ Tegid alzando la bolsa de cuero.
—Se me ha ocurrido un lugar seguro para guardarlas —contesté golpeando con un dedo la bolsa—. No volverán a robarlas.
Dejamos al prisionero al cuidado de un grupo de guerreros y Tegid, los Cuervos y yo regresamos a palacio, donde se√Īal√© con un gesto la chimenea, en el centro del sal√≥n.
¬óLevantad la losa del hogar ¬ódije¬ó y colocad debajo las Piedras Cantarinas. Nadie podr√° llev√°rselas sin alertar a todo el crannog.
¬óBuena idea, se√Īor ¬óasinti√≥ Bran.
Trajeron herramientas y tras un tremendo esfuerzo fue levantada la losa del hogar y se construyó debajo un agujero; pusimos las piedras en él y volvimos a colocar la losa.
—¡Que todos vosotros seáis testigos! —declaró con voz solemne Tegid—. Ahora Dinas Dwr se levanta sobre una sacrosanta piedra angular.
Despedí a los Cuervos para que descansaran e hice llamar a palacio a Scatha y Goewyn para ponerlas al corriente de que el ladrón responsable de la muerte de Cynfarch, del robo de las piedras y del incendio del caer había sido capturado.
¬óEs Paladyr ¬óa√Īad√≠.
Un débil gemido escapó de los labios de Goewyn; el rostro de Scatha se ensombreció.
¬ó¬ŅD√≥nde est√°?
—Tenía en su poder las Piedras Cantarinas. No hay duda alguna de su culpabilidad.
¬ó¬ŅD√≥nde est√°? ¬órepiti√≥ ella, emitiendo en cada palabra un latigazo de g√©lido odio.
—Lo hemos encerrado en un cobertizo junto a la orilla —respondí—. Será vigilado día y noche hasta que decidamos lo que debemos hacer con él.
Scatha se dio la vuelta.
—¡Scatha, espera! —grité, pero ella no se detuvo.
Cuando le di alcance, Scatha había llegado ya junto al cobertizo y estaba ordenando a los guardias que abrieran la puerta y la dejaran entrar. Al verme, los centinelas mostraron un evidente alivio.
—Vámonos, Pen-y-Cat —le dije—. No tienes nada que hacer aquí.
—¡Mató a mis hijas! ¡La deuda de sangre debe ser saldada! —exclamó, mirándome, dispuesta a reclamar la deuda sin más dilaciones.
—No se escapará —la calmé—. Dejémoslo así por ahora, Pen-y-Cat He enviado un mensaje a Cynan y celebraremos el juicio tan pronto como llegue.
—Quiero ver a esa maldita bestia que asesinó a mis hijas —insistió ella—. Quiero ver su cara.
¬óLa ver√°s ¬ópromet√≠¬ó. Pronto..., pero espera un poco. Por favor, Scatha, esc√ļchame. No podemos hacer nada hasta que llegue Cynan.
¬óQuiero verlo.
La s√ļplica desesperada de su voz pudo m√°s que mis recelos.
¬óMuy bien ¬ódije indicando a los guardias que abrieran la puerta¬ó. Sacadlo.
Paladyr salió arrastrando los pies. Le habían atado las manos y gruesas cadenas pendían de sus pies. Parecía menos insolente que antes y nos miró con aire cauteloso.
Rápido como el coletazo de un gato, el cuchillo de Scatha saltó a su garganta.
¬óNada me proporcionar√≠a m√°s placer que degollarte como a un cerdo ¬ódijo ara√Ī√°ndole el cuello con el cuchillo.
La punta dibujó un tenue trazo de sangre en la piel.
Paladyr se estremeció pero no emitió sonido alguno.
—¡Scatha! ¡No! —dije apartándola de él—. Ya lo has visto. Déjalo ya. Por favor.
La boca de Paladyr se torció en una burlona mueca. Scatha vio la sarcástica sonrisa, se le abalanzó y le escupió a la cara. Paladyr se inflamó de cólera y pensé que iba a golpearla, pero el otrora paladín de Prydain se contuvo. Temblando de rabia, tragó saliva y le dirigió una mirada asesina.
—Lleváoslo —ordené a los guardianes y volviéndome hacia Scatha la vi alejarse con la cabeza erguida y los ojos llenos de lágrimas.
A la llegada de Cynan, pocos días después, convoqué el primer llys de mi reinado para juzgar al asesino. Impartir justicia era la tarea principal de un rey, y nadie merecía más ser juzgado que Paladyr. El veredicto era indiscutible: la muerte.
Mi asiento fue colocado en la cabecera del salón, es decir, al oeste. Tocado con la torque de Meldryn Mawr y con la corona de hojas de roble del Soberano Rey, avancé hacia el trono y tomé asiento. Goewyn y Tegid ocuparon sus puestos: la reina, de pie a mi izquierda con su mano posada en mi hombro; Tegid a mi derecha.
Cuando todos estuvieron reunidos sonó el carynx y el penderwydd de Albión avanzó unos pasos. Se cubrió la cabeza con un pliegue del manto y alzando la vara la sostuvo en alto.
—¡Pueblo de Dinas Dwr —exclamó enérgicamente—, oíd la voz de la sabiduría! En el día de hoy el rey se dispone a impartir justicia. Su palabra es ley, y su ley justicia. Oídme bien: no hay más justicia que la palabra del rey.
Tras golpear tres veces el suelo con su vara, volvió a ocupar su lugar junto a mí.
—¡Traed al prisionero! —ordenó.
La multitud abri√≥ paso a seis guerreros que escoltaban a Paladyr. Si el cautiverio lo hab√≠a amansado en algo, no lo demostraba en modo alguno. El otrora palad√≠n de Prydain se mostraba tan altivo como siempre: sonre√≠a con aire satisfecho, manten√≠a la cabeza muy erguida y ni siquiera pesta√Īeaba. Era obvio que la cautividad no hab√≠a domado su insolencia. Avanz√≥ hasta el trono y se detuvo con las piernas separadas y una mueca burlona en su boca.
Cuando Bran vio la insolencia con que el prisionero me miraba, lo oblig√≥ a arrodillarse propin√°ndole varios golpes de espada en las rodillas. Tampoco as√≠ logr√≥ doblegar el altivo porte del prisionero, que sigui√≥ mir√°ndome con una extra√Īa y desde√Īosa expresi√≥n, que yo interpret√© como una forma de autoinfundirse valor.
En el sal√≥n reinaba un silencio mortal. Todos los presentes, hombres y mujeres, sab√≠an muy bien lo que Paladyr hab√≠a hecho y no pocos anhelaban con pasi√≥n ver saldada la deuda de sangre. Tegid mir√≥ al prisionero fr√≠amente, empu√Īando la vara como un guerrero empu√Īar√≠a la espada.
—Compareces ante el tribunal de justicia de Llew Mano de Plata, Aird Righ de Albión —dijo con una autoridad que restalló como un latigazo—. Hoy caerá sobre ti el peso de la justicia, que durante tanto tiempo has eludido.
Al o√≠r que Tegid utilizaba el t√©rmino de Soberano Rey, Paladyr nos dirigi√≥ una r√°pida mirada, primero al bardo, luego a m√≠; me pareci√≥ que en los ojos del en otro tiempo palad√≠n de Prydain aparec√≠a por primera vez un destello de algo parecido al miedo. ¬ŅO era otra cosa?
El Bardo Supremo, actuando en mi nombre, continuó con voz grave y firme:
¬ó¬ŅQui√©n tiene alguna acusaci√≥n contra este hombre?
Algunas mujeres, las madres de los ni√Īos asfixiados, gritaron al un√≠sono, y otras, las viudas de los guerreros muertos, sumaron sus voces al coro acusador.
—¡Asesino! —gritaban unas—. ¡Yo lo acuso! ¡Mató a mi hijo!
¬ó¬°Mat√≥ a mi marido! ¬óa√Īad√≠an otras.
Tegid dejó que los gritos se prolongaran un rato y luego impuso silencio.
¬óHemos escuchado vuestras acusaciones ¬ódijo¬ó ¬ŅAlguien m√°s lo acusa?
Scatha, con voz fría y cortante como la espada que pendía en su costado, dio un paso al frente.
¬óYo lo acuso de la muerte de mi hija Gwenllian, banf√°ith de Ynys Sci. Yo lo acuso de la muerte de mi hija Govan, gwyddon de Ynis Sci.
Pronunció estas palabras con gélida claridad e impresionante dignidad, e intuí que se las había repetido incontables veces, esperando que llegara aquel día.
Luego habló Bran Bresal avanzando junto a Scatha.
—Yo lo acuso de robar el Tesoro de Albión y de matar a los hombres que lo custodiaban.
Dando un paso al frente, Cynan exclamó:
¬óYo lo acuso de haber originado el incendio que arrebat√≥ la vida a mi padre y a otros inocentes, hombres, mujeres y ni√Īos.
Su voz cortaba como un cuchillo y la atmósfera se cargó de reprimida cólera; sus palabras levantaron un tenso murmullo y Tegid esperó unos instantes a que cesara. Luego impuso de nuevo silencio.
¬óHemos o√≠do vuestras acusaciones. Por tercera y √ļltima vez: ¬Ņalguien m√°s lo acusa?
Como nadie más hizo amago de responder, me puse en pie. No sabía si era propio de un rey hablar de aquel modo, pero no me importó. Tenía acusaciones mucho más graves que las de los demás y deseaba que fueran oídas.
¬óYo tambi√©n lo acuso ¬ódije se√Īalando con el dedo el rostro de Paladyr¬ó. Estoy convencido de que t√ļ, con la ayuda de otros que ya est√°n muertos, buscaste y mataste al Phantarch, con lo cual desataste la destrucci√≥n de Prydain.
Mi revelación levantó un tenebroso y amenazador murmullo entre la abarrotada concurrencia.
—Sin embargo —continué—, como no tengo pruebas de tu participación en tan aborrecible crimen, no puedo acusarte.
Alc√© mi mano de plata y lo se√Īal√© con el dedo.
—Pero con mis propios ojos vi cómo matabas a Meldryn Mawr, que ostentaba la soberanía antes que yo. Con simulado arrepentimiento arrebataste la vida del Soberano Rey. Por tal acción te acuso de traición y muerte.
Me senté de nuevo. Tegid alzó despacio por tres veces su vara.
¬óAcabamos de o√≠r graves acusaciones contra ti, Paladyr. Acabamos de o√≠r que con tus propias manos mataste a nuestro rey, a Meldryn Mawr. Acabamos de o√≠r que asesinaste a Gwenllian, la banf√°ith de Ynys Sci, y violaste el ancestral geas de protecci√≥n a que ten√≠an derecho todos cuantos se refugiaban en aquel reino. Tramaste robar el Tesoro de Albi√≥n, utilizando las llamas para ocultar tu crimen, llamas que causaron la muerte a una veintena de personas, hombres, mujeres y ni√Īos. Para hacerte con el tesoro mataste a los centinelas que lo custodiaban y con sigilo te lo llevaste de Dinas Dwr.
El Bardo Supremo continuó hablando, con una voz hiriente como un latigazo que resonaba en el techo de troncos.
—Una y otra vez has traicionado a tu pueblo y has pagado lealtad con alevosía: has traicionado a los que habías jurado proteger con tu vida. Buscaste premeditadamente ganancias al servicio de un falso rey; vendiste tu honor por promesas de riqueza y rango, y concentraste tu fuerza al servicio del mal. Por todas estas perversas acciones tu nombre suena como una blasfemia en boca de los hombres.
Cuando hubo acabado de hablar, nadie se movió, nadie emitió el menor sonido. El pueblo permanecía inmóvil, enmudecido ante la magnitud de los crímenes de Paladyr. Sin embargo, el prisionero parecía vagamente contrito, pero en modo alguno preocupado por su suerte. Permanecía con los ojos bajos, como si centrara toda su atención en el dibujo del suelo. Supuse que desde hacía mucho se había hecho a la idea de las consecuencias que podría acarrearle su perversidad.
¬óPor todos esos cr√≠menes, y tambi√©n por los que cometiste a las √≥rdenes del Salvaje Sabueso, te condenamos ¬ódeclar√≥ Tegid¬ó. ¬ŅTienes algo que decir antes de escuchar la sentencia del rey?
Paladyr seguía inmóvil; creí que no iba a hablar. Pero lentamente alzó la cabeza y miró a Tegid. Arrogante hasta el fin, dijo:
—He oído tus palabras, bardo. Me condenáis y estáis en vuestro derecho. No voy a negároslo.
Sus ojos se posaron en mí y sentí que se me revolvían las tripas de recelo. Mirándome fijamente, Paladyr dijo:
¬óPero ahora vamos a ver si realmente estoy en presencia del Soberano Rey de Albi√≥n. Si as√≠ es, que demuestre la dignidad real que ostenta. Esc√ļchame bien: solicito naud.
Durante unos instantes sus palabras resonaron en el silencio del salón. La cara de Tegid palideció. Las miradas de todos se clavaron en el postrado Paladyr con mudo y atónito asombro. Sin dar crédito a lo que todos habíamos oído, Tegid dijo:
¬ó¬ŅQue solicitas naud?
Envalentonado por el efecto que había producido su petición, Paladyr se puso en pie.
—Comparezco condenado ante el rey. Por lo tanto, solicito naud por mis crímenes. Concédemelo si es tu deseo.
—¡No! —gritó alguien.
Alcé los ojos y vi que Scatha se tambaleaba, como herida por una lanza. Ella gritó de nuevo y Bran, que estaba a su lado, la abrazó, no sé si para consolarla o para impedirle que atacara a Paladyr.
—¡No! ¡No puede ser! —gritó con el rostro contraído por la cólera.
Cynan, con los pu√Īos apretados, dio un paso al frente resollando como un toro. Drustwn, Niall y Garanaw lo contuvieron e impidieron que saltara al cuello del prisionero. La multitud comenz√≥ a agitarse peligrosamente, pidiendo a gritos la muerte de Paladyr.
Con gesto enérgico y severo, Tegid les gritó:
¬ó¬°Silencio! Hay que guardar silencio ante el trono.
Los Cuervos se encargaron de contener a la multitud y poco después cedió la tensión. Cuando se hubo restaurado el orden, el Bardo Supremo se volvió hacia mí, visiblemente trastornado y se inclinó para intercambiar consultas.
¬óVoy a neg√°rselo ¬ódije.
—No puedes —replicó; aunque atónito y consternado era capaz de pensar con más claridad que yo.
—No me importa. No voy a permitir que se salga de ésta.
—No te queda otro remedio —apuntó él simplemente—. No tienes elección.
¬óPero ¬Ņpor qu√©? ¬óle espet√© con desesperaci√≥n¬ó. No lo entiendo, Tegid. Debe de haber algo que podamos hacer.
Sacudió la cabeza gravemente.
—No hay nada que podamos hacer. Paladyr ha solicitado naud y debes concedérselo —explicó—, o la Soberanía de Albión estará en manos de un alevoso asesino.
Lo que Tegid decía era cierto, literalmente hablando. La solicitud de naud era en parte una apelación de clemencia, como si uno se acogiera a la misericordia del tribunal. Pero era algo más, porque iba más allá de la justicia, trascendía lo lícito y lo ilícito y apuntaba a la mismísima esencia de la soberanía.
Al solicitar naud, el culpable no sólo invocaba a la misericordia del rey, sino que prácticamente trasladaba la responsabilidad de su crimen al propio rey. El rey, desde luego, podía elegir; podía conceder o denegar la petición. Si la concedía, el crimen quedaba borrado: el castigo que la justicia exigía, lo satisfaría la misma justicia. Naturalmente, sólo el rey podía conciliarse consigo mismo.
Si el rey, sin embargo, denegaba la petici√≥n, el culpable ten√≠a que enfrentarse al castigo decretado por la justicia. Era una elecci√≥n f√°cil, podr√≠a pensarse; pero al negarse a conceder naud, el rey pr√°cticamente se declaraba inferior al criminal. Ning√ļn rey merecedor de tal nombre desear√≠a humillarse de esa forma, ni permitir que la dignidad real quedara degradada.
Considerada desde una apropiada perspectiva, esa aparente falta de l√≥gica era curiosamente l√ļcida. En Albi√≥n, la justicia no es un concepto abstracto que se dispensa con el castigo del crimen. Para el pueblo de Albi√≥n la justicia tiene un rostro humano. Si la palabra del rey es ley para todos los que se acogen a su protecci√≥n, entonces el rey se convierte para su pueblo en la mism√≠sima justicia; el rey es la encarnaci√≥n de la justicia.
Tan peculiar concepción de la justicia significa que el culpable puede hacer recaer en el rey una petición que él no tiene derecho a hacer. Y, una vez hecha, le corresponde al rey, como encarnación de la justicia, demostrar su integridad. La justicia, así pues, está limitada sólo por la idiosincrasia del rey; es decir, la justicia está limitada sólo por la personal concepción que el rey tenga de sí mismo como rey.
As√≠ pues, en la petici√≥n de naud subyace esta cuesti√≥n: ¬Ņcu√°nta es la grandeza del rey?
Paladyr hab√≠a intuido correctamente la cuesti√≥n y hab√≠a decidido plantearla. Si yo denegaba su petici√≥n, ser√≠a equivalente a admitir que la amplitud y poder de mi soberan√≠a estaban restringidos. A√ļn m√°s, todos conocer√≠an con precisi√≥n los l√≠mites de mi autoridad.
En cambio, si concedía a Paladyr su petición de naud, me mostraría más grande que sus crímenes, por encima de ellos, pues mi soberanía podía extenderse incluso más allá que los delitos de Paladyr, lo cual significaba que era, sin duda, un gran rey. Como Aird Righ, mi poder soberano y mi autoridad serían considerados poco menos que infinitos.
¡Oh! ¡Pero era algo muy duro! En esencia, se me había pedido que absorbiera en mí mismo aquellos crímenes. Si lo hacía, un hombre culpable quedaría libre.
Tegid, con el entrecejo fruncido, me miraba fijamente como si yo fuera el culpable de su irritación.
¬óBueno, Mano de Plata, ¬Ņqu√© decides?
Miré a Paladyr. Sus crímenes reclamaban a gritos un duro castigo. Sin duda, nunca un hombre se había hecho tan merecedor de la muerte como él.
¬óLe conceder√© naud¬ó dije, sinti√©ndome como si hubiera recibido una patada en el vientre¬ó. Pero ¬óme apresur√© a a√Īadir¬ó, ¬Ņme est√° permitido establecer condiciones?
¬óPuedes dictar medidas para proteger a tu pueblo ¬ófue la cautelosa respuesta del bardo¬ó. Nada m√°s.
¬óMuy bien, lo enviaremos a alg√ļn lugar donde no pueda causar da√Īo a nadie. ¬ŅExiste un lugar as√≠?
Los ojos de Tegid se entrecerraron en silenciosa aprobación.
—Tir Aflan —respondió.
¬ó¬ŅLa Tierra Maldita? ¬ŅD√≥nde est√°? ¬ópregunt√©, pues en todo el tiempo que llevaba en Albi√≥n apenas hab√≠a o√≠do nombrarla.
¬óAl este, al otro lado del mar ¬óme explic√≥ el bardo¬ó. Para los naturales de Albi√≥n es un lugar triste y desolado. Puede que Paladyr prefiera antes la muerte ¬óa√Īadi√≥ esbozando una sonrisa.
—Que así sea. Mi sentencia es ésta: lo destierro a Tir Aflan y ojalá se pudra allá de tristeza.
Tegid se enderezó y se dio la vuelta para dirigirse al prisionero. Alzó la vara y la dejó caer con estrépito.
—Escucha la sentencia del rey —salmodió—. Has solicitado naud y se te concede.
Sus palabras causaron general consternación. El salón estalló en gritos; algunos protestaban abiertamente contra mi decisión, otros sollozaban en silencio. Tegid alzó la vara e impuso silencio antes de continuar.
—Es voluntad del rey, para proteger al pueblo de Albión, desterrarte de todas las tierras sujetas a su autoridad.
La expresión de Paladyr se ensombreció. Probablemente no contaba con aquel detalle. Lo vi calcular mentalmente sus implicaciones. Luego se irguió y preguntó:
¬óSi todas las tierras est√°n sujetas a tu autoridad, ¬Ņd√≥nde se supone que debo ir?
Una buena pregunta, que demostraba su inteligencia. Si yo era el Soberano Rey, toda Albión estaba bajo mi autoridad. Ciertamente, no había un lugar en la isla de la Fuerza ni en ninguna de sus islas hermanas adonde pudiera ir. Pero Tegid tenía preparada la respuesta.
—Irás a Tir Aflan —replicó con firmeza—. Y te quedarás a vivir donde encuentres hombres que te reciban. Entérate bien: desde el mismísimo día en que pongas tu pie en Tir Aflan, tu vuelta a Albión te acarreará la muerte.
Paladyr aceptó su destino con gélida dignidad. Sin una palabra más, fue escoltado fuera del palacio por Bran y los Cuervos. Tegid dio por concluido el llys y la gente comenzó a abandonar el salón en silencio, con los corazones destrozados.