6 - Cynan dos torques

¬ó¬ŅLlam√© a Tegid que sali√≥ al momento de su caba√Īa; parec√≠a encorvado y viejo. Ten√≠a los oscuros cabellos grises de ceniza, la cara muy p√°lida y los ojos enrojecidos por el humo y el cansancio. Deb√≠a de estar muy fatigado. Me sent√≠ culpable por haber ido a tomar un ba√Īo mientras los dem√°s trabajaban duramente.
—Sabio bardo —le dije—, he cambiado de opinión. Me quedo en Dinas Dwr. Enviaré a Bran y a la Bandada de Cuervos a capturar a los ladrones y recuperar las Piedras Cantarinas.
¬óUna prudente decisi√≥n, se√Īor ¬ódijo Tegid asintiendo con discreta satisfacci√≥n.
—Sí, eso me dije.
Emyr Lydaw acudió en ese momento para comunicarme que los guerreros estaban preparados.
—Reuníos en el embarcadero —le ordené—. Tegid y yo acudiremos allí.
—Ven —le dije a Tegid cogiéndolo por el brazo y conduciéndolo a palacio— comeremos algo antes. Nadie debe ver a un rey y a su bardo desmayándose de hambre.
Tegid se mostró de acuerdo con esa opinión, que demostraba que estaba empezando a pensar como un rey. Comimos una rebanada de pan y bebimos unos tragos del aguamiel que había sobrado del banquete de bodas. Recuperadas las fuerzas, nos dirigimos al embarcadero.
Los Cuervos, chamuscados y sucios por el arduo trabajo de la noche, estaban acabando de cargar las provisiones en los botes. Cynan, un tanto apartado, con sendas lanzas en las manos, contemplaba fijamente el agua. Alun y Drustwn me saludaron al verme. Bran dejó lo que estaba haciendo y me dijo:
¬óTodo est√° dispuesto, se√Īor. Aguardamos tus √≥rdenes.
¬óMe necesitan aqu√≠; no voy a acompa√Īaros. Y tampoco vosotros necesit√°is de mi ayuda para capturar a esos criminales ¬óle expliqu√©¬ó. Te encargo que lleves a cabo esta misi√≥n con celeridad y regreses enseguida.
Bran, obviamente satisfecho ante el cambio de planes, repuso:
¬óSe har√° como ordenas, se√Īor.
Cynan, con la mand√≠bula apretada y el ce√Īo fruncido, se limit√≥ a mirar sin decir nada en direcci√≥n a la playa, al otro lado del lago, donde aguardaban Niall y Garanaw con los caballos.
—¡Feliz cacería, hermano! —le deseé.
El príncipe asintió con gesto brusco y saltó a uno de los botes. Los demás lo imitaron y las barcas se alejaron de la orilla. Pero, apenas los remeros habían empezado a bogar, apareció Sioned en la puerta.
—¡Penderwydd! —gritó y echó a correr hacia Tegid.
¬ó¬ŅQu√© sucede, Sioned? ¬ópregunt√≥ el bardo saliendo a su encuentro con sus ojos grises velados de preocupaci√≥n.
—Ha muerto —contestó ella—. El rey Cynfarch ha muerto, penderwydd. Eleri está con él. Sencillamente ha dejado de respirar; eso ha sido todo.
Tegid echó a correr, pero apenas hubo dado tres pasos se detuvo y miró por encima del hombro los botes que se alejaban. Abrió la boca para decir algo, pero yo me adelanté.
—Ve —le dije—. Yo llamaré a Cynan.
Mientras el Bardo Supremo corría hacia la puerta, yo ordené a gritos a los botes que regresaran.
—Cynan —dije cuando estuvieron lo suficientemente cerca para oír mis palabras—, se trata de tu padre.
El príncipe vio a Tegid y a Sioned corriendo y supuso lo peor.
¬ó¬ŅHa muerto mi padre?
—Sí, hermano. Lo siento en el alma.
Al oírme, Cynan se puso en pie con tal brusquedad que casi volcó el bote. En cuanto los remeros acercaron la barca a la orilla, saltó a tierra y echó a correr hacia la puerta.
Lo detuve cuando pasaba junto a mí.
¬óCynan, voy a ordenar que los Cuervos se vayan sin ti.
El rostro del príncipe se ensombreció, pero yo me mantuve firme.
—Sé muy bien cómo te sientes, hermano, pero harás mucha falta aquí. Tu pueblo se ha quedado sin rey. Tu lugar está junto a ellos.
Desvió la vista, luchando consigo mismo.
—Deja que se vayan —le urgí—. A Bran le corresponde servirme. A nosotros quedarnos aquí.
Cynan me miró y luego miró el bote. Sin pronunciar una palabra, se dio la vuelta y salió corriendo.
Desde el bote, Bran gritó:
¬ó¬ŅTenemos que esperarlo, se√Īor?
—No, Bran —respondí indicando al jefe de los Cuervos que se marchara—. Cynan no irá hoy con vosotros.
Contempl√© c√≥mo las barcas alcanzaban la otra orilla y los caballos eran desembarcados. Los Cuervos montaron; Bran alz√≥ su lanza y los guerreros se pusieron en marcha siguiendo la orilla del lago. Levant√© mi mano de plata en se√Īal de saludo y la mantuve en alto hasta que se perdieron de vista. Luego me di la vuelta y me encamin√© a palacio. En el fondo de mi coraz√≥n me alegraba de no ir con ellos. Estaba muerto de cansancio y lo √ļnico que anhelaba era dormir.
Pero me dirig√≠ a la caba√Īa de Tegid donde Cynan estaba velando el cad√°ver de su padre.
—No se puede hacer nada, por desgracia —me comentó Tegid—. Necesitas descansar, Llew. Hazlo mientras te sea posible. Te llamaré si te necesito.
Me resist√≠a a marcharme, pero el bardo puso con firmeza su mano en mi hombro, me oblig√≥ a darme la vuelta y me hizo salir de la caba√Īa. Mir√© mi caba√Īa, al otro lado del patio, y entonces record√© que ahora ten√≠a otro hogar. Me alej√© en direcci√≥n a la casa preparada para m√≠ y para Goewyn. Me parec√≠a que hab√≠a pasado un siglo desde nuestra noche de bodas.
Goewyn me estaba aguardando. Se hab√≠a ba√Īado y se hab√≠a puesto una t√ļnica blanca. Ten√≠a el cabello suelto, todav√≠a h√ļmedo del ba√Īo. Estaba sentada en el lecho y se desenredaba el pelo con un peine de anchas p√ļas de madera. Cuando entr√©, sonri√≥, se levant√≥ y me dio la bienvenida con un beso. Luego, tomando entre las suyas mi mano de plata, me llev√≥ hasta el lecho, me despoj√≥ del manto y me hizo reclinarme sobre los mullidos vellones. Se acost√≥ a mi lado. Yo la abrac√© y me qued√© profundamente dormido.
Me despert√© sobresaltado. La caba√Īa estaba en tinieblas y el caer en silencio. La p√°lida luz de la luna se colaba por la piel de buey de la puerta. Al moverme despert√© a Goewyn, que se apresur√≥ a posar su c√°lida mano en mi nuca.
—Es de noche —murmuró—. Acuéstate de nuevo y vuelve a dormirte.
¬óPero ya no estoy cansado ¬óle dije apoy√°ndome en el codo.
¬óNi yo ¬órepuso¬ó. ¬ŅTienes hambre?
¬óUn hambre de lobo.
¬óHay un poco de pan de bodas y aguamiel.
—Magnífico.
Se levant√≥ y se acerc√≥ a la peque√Īa chimenea que hab√≠a en el centro de la caba√Īa. La contempl√© mientras ella, de rodillas, se afanaba en su trabajo, gr√°cil como un fantasma a la p√°lida luz de la luna. En pocos instantes brot√≥ una llama amarilla, el fuego prendi√≥ en la chimenea y nuestra glorieta qued√≥ ba√Īada por el amarillento resplandor. Goewyn sac√≥ entonces el aguamiel, una copa y dos hogazas peque√Īas de banys bara.
Se sentó de nuevo en el lecho, cortó un pedazo de pan y me lo ofreció. Yo corté otro y se lo ofrecí a mi vez. Comimos la primera hogaza y luego la segunda; después destapamos el pellejo de aguamiel y saboreamos acostados su dulzura y su calor, compartiendo el dorado néctar mezclado con besos cada vez más apasionados.
No pude esperar más. Dejé a un lado el pellejo de aguamiel, y la atraje hacia mí. Ella, cálida y tierna, se abandonó entre mis brazos y nos entregamos al hermoso deleite de nuestros cuerpos.
Consciente de que mi mano de metal podía resultarle desagradable, procuré no tocarla con ella, pero no era tarea fácil, porque me moría por acariciar sus cabellos y su piel. Sin embargo, Goewyn se apresuró a desterrar mis temores.
Se arrodill√≥ junto a m√≠, se entreabri√≥ la t√ļnica y me cogi√≥ la mano de plata entre las suyas.
—Forma parte de ti —me dijo con voz suave y acariciadora—, así que también tendrá que formar parte de mí —y posó la mano de metal entre sus pechos.
La ternura de aquel gesto colmó mi pasión y me abandoné a ella. Goewyn era mi universo y mi vida.
Poco después, escanciamos aguamiel en la copa de oro y bebimos en el lecho. Nuestra noche de bodas, aunque interrumpida, era finalmente lo que habíamos esperado que fuera.
¬óMe parece como si no hubiera estado realmente vivo hasta ahora ¬óle dije.
Sonriendo deliciosamente, Goewyn se llevó la copa a los labios.
—No vayas a creer que la noche ya ha terminado —me susurró.
Hicimos de nuevo el amor con pasión, pero sin la premura de antes; esta vez disfrutamos del placer con lento deleite. Hacia el alba nos quedamos dormidos estrechamente abrazados. Pero no recuerdo el momento en que cerré los ojos; sólo recuerdo a Goewyn, su dulce aliento en mi pecho y el calor de su cuerpo junto al mío.
Aquella noche fue s√≥lo un breve par√©ntesis de respiro antes de las preocupaciones y problemas del d√≠a que sigui√≥. Sin embargo, a la ma√Īana siguiente me levant√© con √°nimo invencible, dispuesto a enfrentar lo que me deparara el futuro. Hab√≠a mucho que hacer y anhelaba ponerme manos a la obra.
En el palacio encontr√© a Tegid acompa√Īado de un Cynan muy taciturno; estaban comiendo y discut√≠an los detalles del funeral de Cynfarch. Hab√≠an decidido que el pr√≠ncipe regresar√≠a con su pueblo a Dun Cruach para enterrar all√≠ al rey. Deb√≠an ponerse en marcha sin m√°s dilaciones.
—Me habría gustado que las cosas fueran de otro modo —me dijo Cynan con los ojos enrojecidos y la voz ronca—. Me habría gustado ayudarte a reconstruir el caer.
¬óYa lo s√©, hermano ¬órepuse¬ó. Pero disponemos de suficientes manos. A m√≠ me gustar√≠a acompa√Īarte.
Luego hablamos del aprovisionamiento para el viaje. A causa del fuego y de la sequ√≠a de los √ļltimos tiempos, nuestras reservas no eran muchas. Pero quer√≠a que se llevara v√≠veres no s√≥lo para el viaje, sino tambi√©n para una larga temporada.
El rey Calbha, que también pensaba volver a sus posesiones en un plazo corto, supervisó el cargamento de los carros de los galanaes. Al cabo de un rato, entró en palacio y anunció que todo estaba listo; nos levantamos de mala gana y salimos tras él.
—Te enviaré noticias en cuanto hayamos atrapado a los ladrones —le prometí a Cynan una vez en el patio.
—Hasta ese día —repuso Cynan con gesto grave— no beberé cerveza ni aguamiel y no se encenderá fuego alguno en el hogar del rey. Dun Cruach permanecerá en la más absoluta oscuridad.
Algunos galanaes que estaban cerca oyeron el juramento de Cynan y se acercaron.
—Deberíamos tener un rey que nos condujera a casa —dijeron—. No es justo que regresemos a la patria sin rey.
Tegid, al o√≠r tal s√ļplica, se cubri√≥ la cabeza con un pliegue del manto y dijo:
¬óVuestra s√ļplica os honra. ¬ŅHay entre vosotros un hombre digno de ser rey?
—Sí, penderwydd— contestaron los galanaes.
¬óDecidme su nombre y traedlo ante mi presencia.
¬óEst√° junto a ti, penderwydd ¬órepusieron ellos¬ó. No es otro que Cynan Machae.
Tegid se volvió y posó una mano en el hombro de Cynan.
¬ó¬ŅHay algo que te impida subir al trono de tu padre? ¬ódijo.
Cynan se pasó los dedos por la espesa cabellera pelirroja y meditó unos instantes.
—Nada que yo sepa —respondió al fin.
—Tu pueblo te ha elegido —dijo Tegid—, y no creo que pudieran haber hecho una elección mejor. Como Bardo Supremo de Albión, estoy dispuesto a confiarte la dignidad real ahora mismo, si quieres aceptarla.
—La aceptaré con sumo agrado —repuso el príncipe.
—Habría que establecer tu reinado con una ceremonia apropiada —explicó Tegid—, pero dada la urgencia del viaje te proclamaremos rey ahora mismo.
En efecto, sin m√°s ceremonial, Cynan fue proclamado rey en presencia de Scatha, Goewyn, Calbha y todos los galanaes que se congregaron a nuestro alrededor al o√≠r las palabras de Tegid. La ceremonia fue r√°pida y sencilla, con una √ļnica interrupci√≥n: cuando Tegid se dispuso a quitarle a Cynan la torque que luc√≠a y reemplazarla por la que hab√≠a ostentado Cynfarch.
—La torque de oro es el símbolo de tu soberanía —le dijo el bardo—. Por ella todos te reconocerán como rey y te servirán con respeto y honor.
Cynan asintió, pero no estaba dispuesto a desprenderse de su torque de plata.
—Ponme la torque de oro si es tu deseo, pero no quiero quitarme la que me regaló mi padre.
—Llévala siempre..., y ésta también.
Con estas palabras el bardo deslizó la torque de oro alrededor del cuello de Cynan y alzando la mano por encima de su cabeza exclamó:
¬óTe proclamo rey de los galanaes de Caledon. ¬°Salve, Cynan Dos Torques!
Todos se echaron a reír, incluso Cynan, que desde entonces ostentaría su nuevo nombre tan orgullosamente como sus dos torques.
Yo me adelant√© a abrazarlo y tambi√©n Scatha y Goewyn. Luego lleg√≥ el momento del adi√≥s. Cynan estaba ansioso por regresar al sur para enterrar a su padre y comenzar su reinado. Cruzamos la llanura y le acompa√Īamos a caballo hasta Druim Vran, donde aguardamos sobre el risco para ver pasar la comitiva de los galanaes. Cuando el √ļltimo carro hubo coronado el risco y emprendido el lento descenso, Cynan se volvi√≥ hacia m√≠.
—Todavía no me he marchado y ya lo lamento. Desde luego, la responsabilidad de un rey es una pesada carga —me dijo suspirando.
¬óSin embargo, me parece que sobrevivir√°s.
¬óT√ļ lo tienes m√°s f√°cil ¬órepuso¬ó, pero yo no tengo a mi lado una bella esposa y debo soportar la carga yo solo.
—Me casaría contigo con gusto, Cynan —apostilló amablemente Goewyn—, pero ya lo he hecho con Llew. Sin embargo, creo que no estarás mucho tiempo sin novia. No hay duda de que un rey con dos torques es un marido muy deseable.
Cynan puso los ojos en blanco.
—¡Vaya! No hace ni un día siquiera que soy rey y ya me encuentro con hembras ansiosas de quitarme mi tesoro.
—Hermano —le dije—, considérate afortunado si encuentras una mujer dispuesta a casarse contigo a cualquier precio. Vale la pena entregar no una torque, sino diez por una esposa.
—No dudo de que estás en lo cierto —admitió Cynan—, pero hasta que no encuentre una esposa tan valiosa como la tuya, conservaré mi tesoro.
Goewyn se inclinó y lo besó en la mejilla. Le dijimos adiós y nos quedamos mirándolo mientras descendía hacia el valle, y se ponía al frente de su pueblo. Durante el camino de regreso al lago, Goewyn iba silenciosa a mi lado.
¬óC√°sate conmigo, Goewyn ¬óle dije.
Ella se echó a reír.
—Pero si ya estamos casados, amado mío.
—Quiero oírtelo decir otra vez.
¬óEntonces, esc√ļchame bien, Llew Mano de Plata ¬ódijo ella irgui√©ndose en la silla y alzando la cabeza con gesto orgulloso¬ó. Me casar√© contigo hoy, y ma√Īana, y todos los d√≠as de mi vida.