41 - Jon

—A partir de ahora dirán que sois hombres de la Guardia de la Noche, pero si os lo creéis es que sois más estúpidos que este mono de titiritero. No sois más que unos críos, estáis verdes, apestáis a verano y, cuando llegue el invierno, caeréis como moscas. —Sin decir más, Ser Alliser Thorne se dio media vuelta y se marchó.
El resto de los chicos se reunió en torno a los ocho elegidos entre risas, maldiciones y felicitaciones. Halder dio un buen golpe a Sapo en las nalgas con el plano de la espada.
—¡Sapo, de la Guardia de la Noche! —exclamó.
Pyp anunció a gritos que un hermano negro debía ir a caballo, y se subió a los hombros de Grenn. Ambos rodaron por el suelo entre puñetazos y gritos de júbilo. Dareon corrió a la armería y regresó con un pellejo de tinto agrio. Se pasaron el vino de mano en mano, sonriendo como idiotas, y sólo entonces advirtió Jon que Samwell Tarly estaba a solas, bajo un árbol muerto y sin hojas, en un rincón del patio. Le ofreció el pellejo.
—¿Un trago de vino?
—No —dijo Sam sacudiendo la cabeza—, gracias, Jon.
—¿Estás bien?
—Muy bien, de verdad —mintió el muchacho gordo—. Me alegro mucho por todos vosotros. —Se estremeció mientras intentaba fingir una sonrisa—. Algún día serás capitán de los exploradores, como lo fue tu tío.
—Como lo es mi tío —lo corrigió Jon. Se negaba a aceptar que Benjen Stark hubiera muerto. Antes de que pudiera añadir nada, Halder lo llamó a gritos.
—¡Eh! ¿Qué pasa, vas a beber tú sólo?
Pyp le arrebató el pellejo de las manos y se alejó, bailoteando entre risas. Grenn lo agarró por el brazo, y Pyp retorció el pellejo, con lo que un chorro de tinto dio a Jon en la cara. Halder aulló en tono de protesta por el desperdicio de aquel buen vino. Jon farfulló y se sacudió. Matthar y Jeren se subieron al muro y empezaron a lanzarles bolas de nieve.
Cuando Jon consiguió liberarse, con el pelo lleno de nieve y el chaleco manchado de vino, Samwell Tarly había desaparecido.
Aquella noche, Hobb Tresdedos preparó a los chicos una cena especial para celebrarlo. Jon entró en la sala común y el propio Lord Mayordomo lo acompañó a un banco cerca del fuego. Los hombres mayores le palmearon los brazos al pasar. Los ocho futuros hermanos devoraron un festín de costillar de cordero asado con ajo y hierbas, adornado con ramitas de menta y con guarnición de puré de nabos amarillos que nadaba en mantequilla.
—Viene de la mesa del mismísimo Lord Comandante —les dijo Bowen Marsh.
Había ensaladas de espinacas, garbanzos y nabiza, y de postre cuencos de arándanos helados y natillas.
—Espero que no nos separen —dijo Pyp mientras se atiborraban alegremente.
—Yo espero que sí —dijo Sapo con una mueca—. Estoy harto de ver esas orejas que tienes.
—No os perdáis esto —se burló Pyp—. La sartén se aparta del cazo. Puedes estar seguro de que a ti te harán explorador, para que estés lo más lejos posible del castillo. Si Mance Rayder ataca, sólo tienes que levantarte el visor y enseñarle la cara; se largará con el rabo entre las piernas.
—Espero que me hagan explorador —replicó Grenn, el único que no se había reído.
—Y quién no —dijo Matthar.
Todos los que vestían el negro patrullaban el Muro, todos tenían que esgrimir las armas para defenderlo, pero los exploradores eran los verdaderos combatientes de la Guardia de la Noche. Eran los que cabalgaban más allá del Muro y recorrían el bosque embrujado y las montañas de hielo que se alzaban al oeste de la Torre Sombría, los que luchaban contra los salvajes, los gigantes y los terribles osos de las nieves.
—Yo no quiero —dijo Halder—. Prefiero estar con los constructores. ¿De qué servirían los exploradores si el Muro se viniera abajo?
De la orden de los constructores salían los albañiles y los carpinteros, que se encargaban del mantenimiento de las torres y fortalezas; los mineros, que cavaban túneles y trituraban rocas para empedrar caminos y senderos, y los leñadores, que despejaban la maleza siempre que el bosque presionaba demasiado contra el Muro. Se decía que, en cierta ocasión, habían acarreado sobre trineos bloques inmensos de hielo desde los lagos helados, en lo más profundo del Bosque Encantado, para llevarlos hacia el sur y elevar todavía más el Muro. Pero había sido en tiempos ya muy lejanos; en aquellos momentos apenas si daban abasto a recorrer el Muro desde Guardiaoriente a la Torre Sombría, siempre alerta en busca de grietas o zonas derretidas, para realizar las reparaciones necesarias.
—El Viejo Oso no es ningún idiota —señaló Dareon—. Seguro que a ti te hacen constructor, y a Jon, explorador. Es el que mejor monta y el que mejor maneja la espada de todos nosotros, y su tío era el capitán de los exploradores antes de... —Se dio cuenta de lo que había estado a punto de decir y se interrumpió, avergonzado.
—Benjen Stark todavía es el capitán de los exploradores —le dijo Jon mientras jugueteaba con su cuenco de arándanos. Quizá los demás dieran ya por perdido a su tío, pero él no. Apartó a un lado el postre que apenas había tocado y se levantó del banco.
—¿No te lo vas a comer? —preguntó Sapo.
—Todo tuyo. —Jon casi no había probado el excelente festín de Hobb—. No me cabe ni un bocado más. —Recogió la capa que colgaba de un gancho cerca de la puerta y se dirigió hacia la salida. Pyp corrió tras él.
—¿Qué te pasa, Jon?
—Es Sam —dijo el muchacho—. Hoy no se ha sentado a la mesa.
—No es propio de él perderse una comida —asintió Pyp, pensativo—. ¿Crees que estará enfermo?
—Lo que está es asustado. Lo vamos a dejar solo. —Recordó el día en que había partido de Invernalia, rememoró las despedidas agridulces; Bran, inconsciente, y Robb con el pelo lleno de nieve, y los besos de Arya cuando le regaló a Aguja—. Una vez pronunciemos los juramentos, tendremos obligaciones. Puede que a algunos nos envíen fuera, a Guardiaoriente o a la Torre Sombría. Sam tendrá que seguir entrenándose, con tipos de la calaña de Rast o Cuger, y con los nuevos que vienen por el camino real. Los dioses saben cómo serán, pero seguro que Ser Alliser hace que se enfrenten a él en cuanto tenga ocasión.
—Has hecho todo lo que has podido —le dijo Pyp con una mueca.
—Todo lo que he podido hacer no ha bastado —replicó Jon.
Inquieto, se dirigió hacia la Torre Hardin para buscar a Fantasma. El lobo huargo lo siguió hasta los establos. Cuando entraron, los caballos más asustadizos empezaron a cocear en los compartimientos y agacharon las orejas. Jon ensilló su yegua, montó y salió del Castillo Negro en dirección sur, bajo la luna que iluminaba la noche. Fantasma corría por delante de él, casi parecía volar, y desapareció en un instante. Los lobos necesitaban cazar.
Jon cabalgaba sin rumbo fijo. Sólo quería montar. Durante un rato siguió el curso del arroyo, escuchando el discurrir del agua helada sobre las rocas, y luego cortó campo a través para llegar al camino real. Se extendía ante él, estrecho y pedregoso, lleno de hierbajos. No parecía nada prometedor, pero con sólo verlo el corazón de Jon Nieve se llenó de nostalgia. Si siguiera aquel camino llegaría a Invernalia y a Aguasdulces, a Desembarco del Rey, al Nido de Águilas y a tantos otros lugares: Roca Casterly, la Isla de los Rostros, las montañas rojas de Dorne, las cien islas de Braavos en el mar, las ruinas humeantes de la antigua Valyria... Lugares que Jon no vería jamás. El mundo estaba al otro lado de aquel camino, y él estaba allí.
Una vez hiciese los juramentos, el Muro sería su hogar hasta que fuera tan viejo como el maestre Aemon.
—Pero aún no he jurado nada —susurró.
No era ningún forajido, obligado a elegir entre pagar por sus crímenes o vestir el negro. Había ido allí por su voluntad y de la misma manera podía marcharse... siempre que no hiciera el juramento. Sólo tenía que seguir cabalgando y todo quedaría atrás. Antes de que brillara la luna llena estaría en Invernalia, con sus hermanos.
«Con tus medio hermanos —le recordó una vocecita interior—. Y con Lady Stark, que no te dará precisamente la bienvenida.» En Invernalia no había lugar para él; tampoco en Desembarco del Rey. Ni siquiera su madre lo aceptaba. Cada vez que pensaba en ella se ponía triste. ¿Quién había sido su madre? ¿Qué aspecto tuvo? ¿Por qué la abandonó su padre? «Porque era una prostituta o una adúltera, idiota. Fue algo turbio, una deshonra; si no, ¿por qué Lord Eddard se avergonzaba de hablar de ella?»
Jon Nieve dio la espalda al camino real para contemplar el Castillo Negro. Las hogueras quedaban ocultas tras una colina, pero el Muro estaba a la vista, blanco bajo la luz de la luna, vasto y frío, de horizonte a horizonte.
Espoleó al caballo y regresó a casa.
Fantasma apareció de nuevo en la cima de una loma y trotó junto al caballo. El hocico del lobo huargo estaba ensangrentado. Jon divisó el resplandor lejano de una lámpara en la Torre del Lord Comandante, y volvió a pensar en Samwell Tarly por el camino. Cuando llegó a los establos, ya sabía qué debía hacer.
Las habitaciones del maestre Aemon se encontraban en un pequeño torreón de madera, bajo las pajareras. El maestre, anciano y frágil, compartía las estancias con dos mayordomos jóvenes que atendían sus necesidades y lo ayudaban en sus obligaciones. Los hermanos comentaban en broma que le habían asignado los dos hombres más feos de la Guardia de la Noche; como estaba ciego, se ahorraba el tormento de verlos. Clydas era bajo, calvo y sin barbilla, y sus ojillos rosados parecían los de un topo. Chett tenía en el cuello una verruga del tamaño de un huevo de paloma, y el rostro enrojecido cubierto de forúnculos y espinillas. Quizá por eso tenía siempre aspecto de enfadado.
Fue Chett quien abrió la puerta tras la llamada de Jon.
—Tengo que hablar con el maestre Aemon —dijo el muchacho.
—El maestre está en la cama, igual que deberías estar tú. Vuelve mañana, quizá pueda recibirte. —Empezó a cerrar. Jon bloqueó la puerta con la bota.
—Tengo que hablar con él ahora mismo. Mañana será demasiado tarde.
—El maestre no está acostumbrado a que lo despierten a medianoche. —Chett lo miraba con el ceño fruncido—. ¿Sabes qué edad tiene?
—La suficiente como para tratar a los visitantes con más cortesía que tú —replicó Jon—. Pídele disculpas en mi nombre. No lo molestaría si no fuera importante.
—¿Y si me niego?
—Si es necesario me quedaré aquí toda la noche. —Jon mantenía la bota firme en el umbral.
—Espera en la biblioteca —dijo el hermano negro después de soltar un bufido, y abrir la puerta para que entrara—. Hay leña, enciende el fuego. No quiero que el maestre se resfríe por tu culpa.
Cuando Chett regresó con el maestre Aemon, los leños ya ardían alegremente. El anciano llevaba ropas de dormir, pero lucía en torno al cuello la cadena de eslabones, símbolo de su orden. Los maestres no se las quitaban ni para acostarse.
—La silla junto al fuego será muy confortable —dijo al sentir el calor en el rostro.
Cuando estuvo acomodado, Chett le cubrió las piernas con una piel y se situó de pie junto a la puerta.
—Siento haberos despertado, maestre —dijo Jon Nieve.
—No me has despertado —replicó el maestre Aemon—. He descubierto que, cuanto más viejo me hago, menos sueño necesito. Y soy muy, muy viejo. A menudo me paso la mitad de la noche con fantasmas, recordando cosas de hace cincuenta años como si hubieran sucedido ayer. El misterio de un visitante a medianoche es una distracción deliciosa. Así que dime, Jon Nieve, ¿a qué se debe tu presencia aquí, a estas extrañas horas?
—Quiero pediros que Samwell Tarly sea retirado del entrenamiento y aceptado como hermano en la Guardia de la Noche.
—Eso no es cosa del maestre Aemon —protestó Chett.
—Nuestro Lord Comandante ha puesto el entrenamiento de los reclutas en manos de Ser Alliser Thorne —dijo el maestre con tono amable—. Como bien sabes, sólo él puede decir si un muchacho está preparado para hacer el juramento. ¿Por qué acudes a mí?
—El Lord Comandante escucha vuestra opinión —respondió Jon—. Y los heridos y enfermos de la Guardia de la Noche están a vuestro cuidado.
—¿Tu amigo Samwell está herido o enfermo?
—Lo estará —le aseguró Jon—, a menos que lo ayudéis. —Se lo contó todo, incluso lo de que había azuzado a Fantasma contra Rast. El maestre Aemon lo escuchó en silencio, con los ojos ciegos clavados en el fuego, pero el rostro de Chett se iba ensombreciendo cada vez más—. Y si no estamos nosotros para velar por él, Sam no sobrevivirá —terminó Jon—. Es un perfecto inútil con la espada. Mi hermana Arya, que no tiene ni diez años, lo podría hacer pedazos. Si Ser Alliser lo obliga a luchar sólo es cuestión de tiempo que resulte herido, o muerto.
—He observado a ese chico gordo en la sala común —dijo Chett, que ya no podía contenerse más—. Es un cerdo, y si lo que dices es cierto, también es un cobarde de pies a cabeza.
—Tal vez —dijo el maestre Aemon—. Dime, Chett, ¿qué harías tú con un muchacho así?
—Lo dejaría donde está —replicó Chett—. En el Muro no hay sitio para los débiles. Que siga entrenando hasta que esté preparado, no importa cuántos años cueste. Ser Alliser hará de él un hombre o lo matará, como quieran los dioses.
—Qué estupidez —bufó Jon. Respiró hondo para organizar sus ideas—. Recuerdo que en cierta ocasión le pregunté al maestre Luwin por qué llevaba una cadena al cuello.
—Sigue. —El maestre Aemon se rozó la cadena con dedos huesudos y arrugados, acariciando los pesados eslabones de metal.
—Me dijo que el collar de un maestre es una cadena que simboliza su vocación de servicio —continuó Jon, rememorando—. Le pregunté por qué cada eslabón era de unmetal diferente, cuando un collar de plata sería más adecuado para sus túnicas grises. Él se echó a reír y me contó que el maestre forjaba la cadena con sus estudios. Los metales diferentes simbolizaban los distintos aprendizajes: el oro era por el estudio del dinero y las cuentas, la plata por la curación, el hierro por las artes de la guerra... Y me dijo que había otros metales con otros significados. El collar debe recordar a un maestre que sirve al reino, ¿no es así? Los grandes señores son el oro y los caballeros son el acero, pero con dos eslabones no se hace una cadena. También se necesita plata, hierro, plomo, estaño, cobre, bronce, de todo, y eso son los granjeros, los herreros, los comerciantes y el resto de las personas. Para hacer una cadena se necesita todo tipo de metal, igual que la tierra necesita de todo tipo de hombres.
—¿Y qué más? —preguntó el maestre Aemon con una sonrisa.
—En la Guardia de la Noche también hacen falta personas diferentes. Si no, ¿por qué tenemos exploradores, mayordomos y constructores? Lord Randyll no pudo convertir a Sam en un guerrero, y Ser Alliser tampoco podrá. Por mucho que se golpee el estaño, nadie lo puede transformar en hierro. Pero eso no quiere decir que el estaño no sirva de nada. ¿Quién dice que Sam no puede ser un buen mayordomo?
—Yo soy mayordomo. —Chett lo miró, airado—. ¿Crees que es un trabajo sencillo, adecuado para los cobardes? La orden de los mayordomos mantiene viva la Guardia. Cazamos y cultivamos, cuidamos de los caballos, ordeñamos las vacas, recogemos leña, preparamos la comida. ¿Quién te crees que fabrica tus ropas? ¿Quién trae provisiones del sur? Los mayordomos.
—¿Tu amigo es buen cazador? —El maestre Aemon fue más amable.
—No soporta cazar —reconoció Jon.
—¿Sabe arar un campo? —preguntó el maestre—. ¿Puede guiar un carromato o tripular un barco? ¿Sería capaz de sacrificar una vaca?
—No.
—He visto muchas veces lo que les pasa a los señoritos blandos cuando los ponen a trabajar. —Chett soltó una risotada cruel—. Si baten nata para hacer mantequilla se les llenan las manos de ampollas y les sangran. Si les das un hacha para que corten leña, lo que se cortan es un pie.
—Hay algo que Sam sabe hacer mejor que nadie.
—¿El qué? —inquirió el maestre Aemon.
Jon echó una mirada cautelosa a Chett, que seguía de pie junto a la puerta, con los forúnculos enrojecidos por la rabia.
—Podría ayudaros —dijo rápidamente—. Sabe hacer cuentas, y leer y escribir. Chett no sabe leer, y Clydas está mal de los ojos. Sam se ha leído todos los libros de la biblioteca de su padre. También cuidaría de los cuervos. Los animales le cogen cariño, Fantasma se hizo amigo suyo enseguida. Puede hacer muchas cosas, excepto luchar. La Guardia de la Noche necesita de todos los hombres. ¿Por qué matar a uno? Es mejor aprovecharlo.
El maestre Aemon cerró los ojos, y durante un breve instante Jon temió que se hubiera quedado dormido.
—El maestre Luwin te enseñó bien, Jon Nieve —dijo al final—. Parece que tienes la mente tan ágil como el brazo.
—¿Eso quiere decir que...?
—Quiere decir que meditaré sobre lo que has dicho —le respondió el maestre con firmeza—. Ahora, debo retirarme a dormir. Chett, acompaña a nuestro joven hermano hasta la puerta.