3 - La fiesta de bodas

Arrastrados por un torbellino de alegre entusiasmo, Goewyn y yo fuimos empujados a trav√©s del crannog. Perd√≠ de vista a Tegid, Scatha y Cynan; tampoco vi por ning√ļn lado a Bran o a Calbha. En el embarcadero subimos a un bote y nos llevaron hasta la otra orilla del lago, donde el campo de entrenamiento de Scatha se dispuso a toda prisa para los juegos.
En los d√≠as de fiesta y ceremoniales acostumbran celebrarse competiciones de habilidad y azar. La lucha libre y las carreras de caballos eran las favoritas del p√ļblico, adem√°s de los simulacros de combate y los partidos de hurley. Frente al campo se hab√≠a levantado un mont√≠culo de tierra en el que se hab√≠an instalado dos sitiales. Uno de los asientos estaba hecho de astas de ciervo y adornado con una piel blanca de buey; era el m√≠o. Desde aquel lugar estrat√©gico, Goewyn y yo √≠bamos a presenciar las competiciones y a entregar los premios.
Primero se celebrar√≠an los juegos y despu√©s el banquete; as√≠ los cocineros tendr√≠an tiempo de preparar todo lo necesario y se ir√≠a abriendo el apetito de participantes y espectadores. Al fin y al cabo era mucho m√°s sano luchar con el est√≥mago vac√≠o que con la barriga repleta de cerdo asado. Adem√°s, despu√©s de unas cuantas copas del fuerte aguamiel de bodas, ¬Ņqui√©n podr√≠a sostenerse en una silla de montar y mucho menos competir en una carrera de caballos?
Cuando el montículo estuvo dispuesto, Goewyn y yo ocupamos nuestros asientos y aguardamos a que la gente se reuniera. Muchos ya habían cruzado el lago desde el crannog, pero todavía llegaban más. Me sentía muy feliz mientras aguardaba. Era un hombre feliz; quizá por primera vez en mi vida era realmente feliz.
Todo cuanto sabía de la alegría de la vida, y ahora también del amor, lo había hallado allí, en el Otro Mundo, en Albión. Esta idea despertó en mí un sentimiento de culpabilidad y me estremecí. Pero probablemente el profesor Nettleton estaba equivocado. A buen seguro estaba equivocado, y yo no iba a destruir lo que amaba; sin duda estaba equivocado y por tanto yo podía quedarme. Preferiría dar mi vida que abandonar Albión.
Miré a Goewyn y mi sentimiento de culpa se desvaneció al contemplar el brillo de sus cabellos. Ella intuyó que la estaba mirando y volvió hacia mí sus ojos.
—Te quiero, alma mía —murmuró sonriendo.
Me sentí como un hombre que, tras pasar su vida entera en una caverna, sale de pronto a la resplandeciente luz del día.
Tegid llegó al poco rato rodeado por sus mabinogi y precedido por el portador del arpa, Gwion Bach. Otro ayudante llevaba su vara.
¬óHe ordenado a Calbha que se encargue de los premios ¬ónos dijo¬ó. Est√° prepar√°ndolos.
¬ó¬ŅPremios? ¬°Ah, claro, para los juegos!
¬óYa supon√≠a que no pensar√≠as en ello ¬óme respondi√≥ cari√Īosamente.
Calbha cumpli√≥ su cometido con esmero. Compareci√≥ al frente de una hueste de porteadores con un considerable cargamento de valiosos objetos; algunos portaban dos pesados cestos. Fueron disponiendo los objetos alrededor de nuestros sitiales y el mont√≠culo no tard√≥ en quedar semienterrado bajo el rutilante bot√≠n: lanzas reci√©n hechas con las puntas y los astiles labrados, hermosas espadas recamadas de gemas, escudos con rebordes de plata y bronce, cuchillos con empu√Īaduras de hueso... En cualquier sitio hab√≠a copas y vasijas de cobre, bronce, plata y oro; vasijas de madera finamente labradas; copas de asta con rebordes de plata, grandes y peque√Īas, incluso algunas de piedra. Tambi√©n hab√≠a elegantes mantos y montones de lanudos vellones blancos. Brazaletes de bronce, plata y oro reluc√≠an como eslabones de una valiosa cadena, y esparcidos entre ellos hab√≠a broches, pulseras y anillos. Por si fuera poco, hab√≠a tres hermosos caballos que Calbha no hab√≠a podido resistirse a a√Īadir.
Me quedé boquiabierto ante aquella impresionante colección.
¬ó¬ŅD√≥nde has conseguido todo esto?
¬óEs tuyo, se√Īor ¬órespondi√≥ el rey Calbha en tono alegre¬ó. Pero no te preocupes, he elegido s√≥lo los m√°s hermosos para una fiesta como √©sta.
—Gracias, Calbha —repuse contemplando el tesoro—. Has elegido bien. No tenía ni idea de que fuera tan rico.
Había tantos y tan lujosos objetos que no pude menos que preguntarle en voz baja a Tegid:
¬ó¬ŅPuedo permit√≠rmelo?
El bardo se limit√≥ a re√≠r y se√Īal√≥ con un amplio gesto el rutilante mont√≠culo.
¬óLa grandeza de un rey es proporcional a su generosidad.
—Si es así, regalemos todo esto... ¡y mucho más! Que todos comenten que jamás hubo en Albión una fiesta de bodas como ésta. Que los que oigan hablar de este acontecimiento en días venideros se mueran de envidia por no haber asistido.
Cynan, que llegaba en aquel momento con sus hombres, contempló admirado el tesoro y se mostró dispuesto a ganar su parte. Bran y los Cuervos llegaron después y comenzaron a exigir ruidosamente el comienzo de los juegos. Alun retó a Cynan una vez más a que escogiera el juego o la competición que prefiriera para demostrarle que podía vencerlo.
¬óEres un caso, Alun Tringad ¬ócacare√≥ Cynan¬ó. ¬ŅC√≥mo puedes haber olvidado la derrota que te inflig√≠ la √ļltima vez que pretendiste demostrarme tu superioridad?
¬ó¬ŅDerrota? ¬óexclam√≥ Alun¬ó. ¬°No doy cr√©dito a mis o√≠dos! Fui yo el vencedor, lo sabes de sobra.
—Alun, muchacho..., estoy sorprendido de que todavía te queden dientes, con lo mentiroso que eres. Sin embargo, en atención a la fiesta que estamos celebrando —declaró con aire solemne Cynan—, voy a pasar por alto tu insolencia.
¬óSi no recuerdo mal, fue tu voz, Cynan Machae, la que pidi√≥ a gritos clemencia ¬órepuso Alun afablemente¬ó. Pero, igual que t√ļ, en atenci√≥n a este d√≠a, voy a olvidar lo que pas√≥.
Se enzarzaron inmediatamente en una discusi√≥n en torno a la cuant√≠a de las apuestas, empe√Īando premios que a√ļn no hab√≠an ganado. Muy pronto acudi√≥ un tropel de espectadores ansiosos de apoyar a un campe√≥n u otro para obtener parte de la recompensa.
Como la discusión se alargaba, Goewyn se inclinó hacia mí y me dijo:
¬óSi no das la se√Īal para que comiencen los juegos, nos veremos obligados a o√≠r todo el santo d√≠a sus fanfarronadas.
—Muy bien —asentí y me levanté del sitial para dirigirme a la multitud.
Tegid impuso silencio y cuando el pueblo se dio cuenta de que yo quería hablarles se dispusieron a escuchar.
—¡Dispongámonos a disfrutar de este día que nos ha sido concedido! —dije yo—. Luchemos con destreza y aceptemos de buen grado lo que la fortuna nos depare, para que cuando acaben los juegos y nos retiremos al salón de banquetes seamos mejores amigos que al comienzo de la jornada.
¬ó¬°Bien dicho, se√Īor! ¬óexclam√≥ Tegid¬ó. ¬°Que as√≠ sea!
Se celebraron primero competiciones de lucha libre, seguidas de varias carreras, entre ellas una espectacular carrera de caballos que dejó extenuados a todos cuando el ganador, un joven del clan de Calbha, cruzó la línea de meta. Le recompensé con un caballo y, ante el regocijo de la multitud, el joven se retiró de los juegos por miedo a perder su premio en alguna insensata apuesta.
Al principio intent√© dar a cada ganador el premio m√°s adecuado, pero muy pronto me di por vencido e iba entregando lo primero que ten√≠a a mano. Despu√©s, a medida que avanzaban los juegos, recurr√≠ a la ayuda de Goewyn, de modo que a veces entregaba yo los premios y otras veces los ganadores recib√≠an sus trofeos de manos de Goewyn, cosa que sospech√© les agradaba mucho m√°s. Me di cuenta de que muchos que se acercaban al mont√≠culo para admirar los premios, se deten√≠an un buen rato para contemplar a Goewyn. De vez en cuando yo mismo me sorprend√≠ mir√°ndola a hurtadillas, como un mendigo que ha encontrado una joya de inmenso valor y debe asegurarse constantemente de que no se trata de un sue√Īo, de que la joya existe de verdad y le pertenece s√≥lo a √©l.
Un muchacho se acercó al montículo y le llamó la atención una copa; la cogió y era evidente que le costaba un enorme trabajo volver a dejarla en su sitio.
¬óTe gusta esa copa, ¬Ņverdad? ¬óle dije, y el muchacho enrojeci√≥ porque no se hab√≠a dado cuenta de que lo estaba observando¬ó. Dime, ¬Ņqu√© estar√≠as dispuesto a hacer para ganarla?
Meditó unos instantes y respondió:
—Lucharía contra el mismísimo Bran Bresal —afirmó con energía.
¬óBran seguramente no se mostrar√≠a dispuesto a arriesgar su renombre luchando con alguien tan joven ¬órespond√≠ yo¬ó. ¬ŅNo te gustar√≠a medir tus fuerzas con alguien de tu edad?
El muchacho acept√≥ mi sugerencia y se organiz√≥ una pelea. Acab√≥ bien y me sent√≠ muy complacido al recompensarle con su premio. As√≠ dio comienzo una serie de juegos y carreras infantiles, no menos re√Īidas que las competiciones de los adultos.
Los juegos prosiguieron y poco a poco el tesoro fue disminuyendo. En un momento determinado Tegid desapareció y yo estaba tan enfrascado en mi tarea de repartir los trofeos que tardé un buen rato en echarlo de menos.
Volviéndome hacia Goewyn le dije:
¬óMe pregunto d√≥nde estar√° Tegid. ¬ŅLo has visto por alg√ļn lado?
Antes de que pudiera responderme, se levantó un tumulto, justo detrás del montículo. Oí que el ruido iba en aumento y por el rabillo del ojo vislumbré un confuso movimiento. Volví la cabeza y vi unas manos extendidas hacia Goewyn, y en el preciso instante en que me ponía en pie de un salto, ella fue arrancada violentamente de su asiento.
—¡Llew! —gritó mientras se la llevaban de mi lado.
Me precipité tras ella, pero había demasiada gente, demasiada confusión. Apenas podía dar un paso. Me arrojé de cabeza sobre la masa de cuerpos que me rodeaba. Unas manos me cogieron y me sentaron de nuevo en mi sitial. Goewyn gritó otra vez, pero su voz sonó lejos y el grito se perdió en el aire.
Di una patada al sitial y baj√© del mont√≠culo de un salto. Apenas hab√≠a recobrado el equilibrio cuando me empujaron desde atr√°s, me arrojaron al suelo y me inmovilizaron. En mis o√≠dos resonaban voces extra√Īas y estridentes. Me debat√≠ contra los que me sujetaban.
—¡Soltadme! —grité—. ¡Dejadme libre!
Pero las manos me sostenían con fuerza y el caos de voces se convirtió en una carcajada. ¡Se estaban burlando de mí!
Enfurecido me debat√≠ con mayor violencia a√ļn.
—¡Tegid! —aullé—. ¡Tegid!
—Aquí estoy, Llew —respondió con la mayor tranquilidad la voz del bardo.
Miré furioso y vi aparecer el rostro de Tegid justo encima de mí.
—¡Soltadle! —ordenó.
Cedió la presión de las manos que me sujetaban y el círculo de rostros se apartó de mí. Me puse en pie.
—Se han llevado a Goewyn —dije—. Estábamos ahí sentados y...
Sonrisas y carcajadas contenidas. Me interrumpí. Tegid, con los dedos entrelazados en torno al bastón, permanecía imperturbable.
¬ó¬ŅQu√© sucede? ¬ópregunt√©¬ó ¬ŅNo me has o√≠do?
—Te he oído, Llew —se limitó a responder el bardo.
Su tranquilidad me dejó pasmado. Abrí la boca para protestar y oí de nuevo una carcajada. Miré a los demás y leí en todos los rostros picardía y regocijo. Sólo entonces caí en la cuenta de que era víctima de una broma.
¬óBueno, Tegid, ¬Ņqu√© pasa?, ¬Ņqu√© has tramado?
¬óNo me corresponde a m√≠ decirlo, se√Īor ¬ófue la respuesta.
De pronto comprendí que aquello formaba parte de las peculiares costumbres de las bodas célticas. La burla requería que yo solucionara el asunto por mí mismo. Aunque se tratara de una broma o de una costumbre, la verdad es que no me hacía ninguna gracia. Me di la vuelta y grité:
¬ó¬°Bran!, ¬°Cynan!, ¬°seguidme!
Me alejé del montículo a toda prisa abriéndome paso entre la multitud.
—¡Bran!, ¡Cynan! —grité otra vez, y como no acudían me di la vuelta y los vi impertérritos e inmóviles— ¡Seguidme!, ¡os necesito!
Cynan, sonriendo, dio un paso al frente, pero luego se detuvo sacudiendo la cabeza.
—¡Pues me voy solo! —exclamé.
—Es lo acostumbrado —comentó Bran.
—¡Así será! —grité.
Mientras mi exasperaci√≥n deven√≠a en c√≥lera, atraves√© el campo a toda velocidad hacia donde hab√≠a visto a Goewyn por √ļltima vez. Era una broma de mal gusto y estaba muy enfadado.
Las huellas se dirig√≠an hacia el lago, pero perd√≠ la pista en la orilla pedregosa. Pod√≠an haber tomado cualquier direcci√≥n: un camino bordeaba el lago hacia Dinas Dwr, el otro serpenteaba hacia las monta√Īas y el risco de Druin Vran, que se cern√≠a en lo m√°s alto. Mir√© hacia el crannog y no vi el menor rastro de los fugitivos, as√≠ que tom√© el camino opuesto, que iba hacia las montanas y hacia el soto de Tegid.
Llegu√© al sendero y emprend√≠ la ascensi√≥n. La multitud me segu√≠a, esparci√©ndose por la orilla del lago en alegre tumulto. Poco a poco la arboleda se fue espesando detr√°s de m√≠, amortiguando el barullo de la gente. Hac√≠a fresco entre los silenciosos √°rboles y la umbr√≠a moteada por los rayos del sol parec√≠a muy tranquila. Pero capt√© el chasquido de una rama sendero adelante y comprob√© que mi instinto no me hab√≠a enga√Īado. Apret√© el paso y segu√≠ subiendo a toda velocidad sorteando ramas y saltando sobre troncos y arbustos.
No tard√© en distinguir el soto de Tegid y me dirig√≠ hacia all√≠. En una √ļltima carrera salv√© el √ļltimo tramo del sendero y llegu√© al soto. Penetr√© en √©l y vi que en el centro del bosquecillo hab√≠a sido erigida una glorieta de ramas de abedul. Junto a la glorieta hab√≠a siete guerreros con las armas preparadas.
—Deponed las armas —les ordené; pero ellos no hicieron el menor movimiento.
Conocía a aquellos hombres; habían combatido a mi lado y se habían enfrentado a Meldron. Ahora se enfrentaban conmigo. Aunque sabía que aquello formaba parte del ritual, sentí por unos instantes el dolor que produce la punzada de una traición. No contaba con la ayuda de nadie. Tenía que enfrentarme solo a ellos.
Me armé de coraje y avancé. Los guerreros se adelantaron con aire amenazador. Me detuve y ellos se detuvieron también mirándome con expresión sombría. Se habían desvanecido las sonrisas y las carcajadas. Mientras los contemplaba me pregunté qué se suponía que debía hacer.
En esos momentos llegaron al soto los primeros espectadores. Me volví y vi a Bran, a Cynan y a Tegid; después todo mi pueblo rodeó ordenadamente el sagrado círculo. Nadie hablaba, pero la impaciencia de sus rostros me empujaba a la acción.
Si se trataba de un simulacro de rapto, era de suponer que yo debía librar un simulacro de combate para liberar a mi reina. No tenía armas, pero, dispuesto a enfrentarme a la tarea que me aguardaba, avancé temerariamente y me enfrenté al primer guerrero que me apuntaba con su lanza. Esquivando con rápido movimiento el peligroso oscilar del astil, lo cogí con mi mano de plata y tiré con fuerza.
Ante mi sorpresa, el guerrero solt√≥ la lanza y cay√≥ a mis pies como si hubiera muerto. Empu√Ī√© la lanza y me encar√© con el segundo, que alz√≥ la suya para dispararla. Golpe√© el escudo con la punta de la lanza y el hombre solt√≥ su arma y se dej√≥ caer al suelo. El tercer guerrero se derrumb√≥ cuando le roc√© el hombro con mi lanza; y lo mismo sucedi√≥ con el cuarto y el quinto. Los dos que quedaban me atacaron a la vez.
El primero de ellos se lanzó contra mí dibujando con su espada un amplio y lento arco. Me agaché mientras la espada pasaba por encima de mi cabeza y me arrojé contra los dos manteniendo oblicua la lanza. Los toqué ligeramente y ambos se tambalearon, cayeron al suelo y se quedaron inmóviles.
De pronto, todo el soto tembló con un alarido de triunfo mientras yo me dirigía a la entrada de la glorieta.
—Sal, Goewyn —llamé—. Todo ha terminado.
Se oy√≥ un leve movimiento en el interior de la glorieta y Goewyn sali√≥. Estaba tal como la hab√≠a visto momentos antes, pero en cierto modo hab√≠a cambiado. Se hab√≠a transfigurado. En efecto, al salir de entre las verdes sombras de la glorieta de ramas de abedul, la luz del sol se reflej√≥ en sus cabellos y en su t√ļnica transform√°ndola en una criatura de luz, un resplandeciente esp√≠ritu de aire y fuego: sus cabellos parec√≠an doradas llamas y su t√ļnica brillaba con el blanco de la espuma del mar.
La multitud, tan ruidosamente jubilosa hacía un instante, enmudeció en respetuoso silencio.
Resplandeciente, radiante de belleza, apareció ante mí y yo no pude menos que quedarme embobado e inmóvil. Oí que algo se movía a mi lado.
—Realmente es una diosa —murmuró Cynan—. Ve a buscarla, hombre. Toma a tu novia..., o lo haré yo.
Avancé un paso y le tendí mi mano de plata. Mientras Goewyn me la cogía, la luz del sol destelló en el metal. Y fue como si un resplandor surgiera de la unión de nuestras manos. Aunque todo había sido una broma, la abracé contra mi pecho con auténtico alivio.
—No me abandones nunca, Goewyn —murmuré.
—Jamás te abandonaré —prometió ella.
Cuando regresamos al crannog, el sol comenzaba a ponerse por el oeste. Junto al palacio un considerable n√ļmero de mesas hab√≠a sido dispuesto, para acomodar a la multitud que el rey deseaba homenajear aquella noche. Yo habr√≠a preferido quedarme all√≠ fuera, pues tan resplandeciente d√≠a promet√≠a una noche templada y estrellada; pero el interior del sal√≥n hab√≠a sido adornado con velas de junco y ramas de abedul para imitar la umbr√≠a glorieta del soto. Ante tales preparativos, dispuestos especialmente para nosotros, habr√≠a sido descort√©s despreciarlos y no disfrutar de ellos.
Acuciados por el hambre y la sed, los guerreros reclamaron ruidosamente comida y bebida en cuanto cruzaron el umbral. En el sal√≥n, las mesas hab√≠an sido dispuestas en un enorme cuadrado con un amplio espacio en medio para que nos pudi√©ramos ver unos a otros. En cuanto los primeros invitados ocuparon sus lugares, hicieron su aparici√≥n criados portando en hombros bandejas con escogidas tajadas de buey asado, cerdo y cordero; luego siguieron bandejas de coles hervidas, nabos, puerros e hinojo. En el extremo de cada mesa hab√≠a sido colocada una enorme tinaja para que nadie tuviera que ir muy lejos a llenar su copa. Pero, como se hab√≠a terminado la cerveza, las tinajas conten√≠an tan s√≥lo agua perfumada de miel y ciruelas. En el centro de cada mesa hab√≠a peque√Īas hogazas de pan reci√©n amasado y salido del horno recubierto de miel s√≥lida; era el banys bara, el pan de bodas.
A medida que iban pasando las bandejas, los comensales, hombres o mujeres, se iban sirviendo los apetitosos manjares. Al poco rato el jolgorio fue sustituido por un sordo masticar de bocas llenas de sabrosos bocados. El privilegio de comer en el primer turno acarreaba la obligaci√≥n de servir despu√©s; los que serv√≠an ser√≠an luego servidos. De este modo se manten√≠a el orden y la equidad de forma admirable. Las √ļnicas excepciones eran los centinelas que custodiaban las Piedras Cantarinas. Ninguno de ellos com√≠a o beb√≠a, sino que permanec√≠an ajenos a la fiesta, tan vigilantes y atentos como si estuvieran solos en un territorio hostil.
Al pasear la mirada por el concurrido salón, mi corazón se colmó de alegría al contemplar la felicidad y la alegría de mi pueblo. Entendí entonces por qué la categoría de un rey iba ligada a su benevolencia: la vida de su pueblo dependía de ella, pues el rey era su sostén y apoyo; por él vivían o morían. Me serví en el plato los sabrosos manjares y comencé a comer con repentino apetito.
Cuando todos se hubieron servido a placer, un sonoro tamborileo reson√≥ en el sal√≥n e hicieron su entrada ocho doncellas caminando con lento y solemne ritmo. Llevaban los largos cabellos anudados en la nuca. Se soltaron la orilla de sus mantos para que les quedaran libres las piernas y se desataron las cintas del corpi√Īo. Luego se acercaron a los guerreros y les pidieron las espadas.
Los guerreros se apresuraron a prestárselas y las doncellas regresaron al centro del cuadrilátero y se colocaron en círculo, dejando las espadas a sus pies de forma que las puntas se tocaran en el centro. Inmediatamente, hizo su entrada Tegid con el arpa al hombro y comenzó a tocarla. Las cuerdas temblaron con armoniosas notas y las doncellas empezaron a bailar con pausado y lento ritmo.
Danzaban alrededor de las bru√Īidas espadas saltando lentamente por encima de empu√Īaduras y hojas, con la mirada al frente, clavada en alg√ļn punto distante. Daban vueltas y vueltas e iban a√Īadiendo un paso m√°s en cada ronda. A la sexta vuelta el ritmo del arpa se aceler√≥ y el trenzado de pasos se fue complicando. En la duod√©cima vuelta, la m√ļsica fue vertiginosa y la danza fren√©tica. Sin embargo, las doncellas bailaban con id√©ntica actitud solemne, la mirada fija y los rostros graves.
La m√ļsica alcanz√≥ un crescendo y enmudeci√≥; las doncellas dieron una vertiginosa vuelta agitando los brazos en intrincado movimiento. Luego, con la rapidez de un parpadeo, se detuvieron, volvieron a dar vueltas y se inclinaron, cogiendo cada una de ellas la espada por la empu√Īadura y alzando la punta hacia el techo de troncos, mientras desplegaban en el mismo movimiento sus mantos.
La m√ļsica comenz√≥ a sonar otra vez, muy despacio. Las doncellas bajaron las espadas y reanudaron la danza con pasos mesurados y precisos. Las espadas reluc√≠an y destellaban, trazando brillantes arcos en torno a las √°giles y vertiginosas siluetas de las bailarinas. El ritmo se aceler√≥ y los espectadores comenzaron a golpear las mesas con las palmas animando a las bailarinas. La habilidad de las doncellas en el manejo de las espadas era asombrosa; el movimiento de manos y pies era intrincado, √°gil y diestro: las manos trazaban enigm√°ticos dibujos y los pies, complejos pasos entre el resplandeciente fulgor de las afiladas espadas.
La luz de las antorchas y de las velas de junco se reflejaba en los gr√°ciles brazos empapados de sudor, en los redondeados hombros y en los pechos de las danzarinas. El ritmo de la m√ļsica se hizo m√°s r√°pido y la danza de espadas lleg√≥ a su cl√≠max. Con un tremendo alarido, las muchachas dieron un salto y entrechocaron las espadas en un simulacro de combate. Una, dos, tres veces resonaron las armas. Luego se quedaron inm√≥viles por un instante y se derrumbaron en el suelo abrazando las espadas contra sus pechos desnudos. Despu√©s se arrodillaron y se inclinaron hacia atr√°s hasta que sus cabezas tocaron el suelo y las espadas yacieron sobre sus tensos torsos y vientres.
Lentamente, alzando las espadas por la empu√Īadura, se arrodillaron de nuevo blandiendo en alto las hojas. De pronto, el arpa emiti√≥ una aguda y prolongada nota. Las espadas cayeron al suelo de punta y las doncellas se derrumbaron con un grito.
Se hizo un momento de silencio mientras todos mirábamos hipnotizados el balanceo de las espadas clavadas en el suelo. Luego los aplausos atronaron el salón, celebrando calurosamente el arte de las bailarinas. Las muchachas recogieron sus ropas y se retiraron.
Miré a Goewyn y luego al plato que sostenía en mis manos. Había perdido por completo el apetito, reemplazado por un hambre completamente distinta pero no menos urgente. Ella notó que la estaba mirando y me sonrió.
¬ó¬ŅNo te gusta la comida? ¬óme pregunt√≥, se√Īalando el plato medio vac√≠o.
Sacudí la cabeza.
—Sí, pero es que acabo de descubrir algo que me gusta muchísimo más.
Goewyn se inclinó, posó su mano en mi cara y me besó.
¬óSi lo encuentras ¬ósusurr√≥¬ó, re√ļnete conmigo cuando hayas terminado.
Se levantó de la silla y dejó que sus dedos resbalaran por mi mandíbula. La caricia me puso la piel de gallina.
La vi marcharse. Se detuvo en la puerta y me echó una rápida mirada antes de desaparecer. Me pareció que el concurrido salón, tan alegre hasta entonces, se me hacía insoportable y opresivo.
Cynan se dio cuenta de que había dejado de comer.
—¡Come! —me urgió—. Esta noche, más que ninguna otra, necesitarás toda tu energía.
Bran, sentado junto al príncipe, le dijo:
¬óHermano, ¬Ņno ves que se est√° muriendo de ganas por otra clase de comida y bebida?
Los dem√°s se apresuraron a expresar sus opiniones sobre la mejor manera de conservar energ√≠a y vigor en tales circunstancias. Procur√© tragar alg√ļn bocado y beb√≠ un trago, pero mis amigos juzgaron mis esfuerzos faltos de convicci√≥n y redoblaron sus consejos. Calbha vaci√≥ su copa en la m√≠a e insisti√≥ en que me la bebiera de un trago. Yo le obedec√≠ disciplinadamente y celebr√© sus bromas aunque mi coraz√≥n estaba lejos de all√≠.
La fiesta y las danzas se prolongarían durante toda la noche, pero me sentía incapaz de aguantar un segundo más. Me levanté de la mesa y traté de escabullirme discretamente, pero sin resultado, de modo que me vi obligado a soportar humorísticos consejos sobre cómo comportarme en mi noche de bodas.
Cuando pasé junto a Tegid, me puso en las manos un pellejo de aguamiel para que a mi noche de bodas no le faltara ni dulzura ni calor.
¬óEl aguamiel es el condimento del lecho matrimonial. Doblemente bendecidos son los amantes que lo comparten en su primera noche.
Los m√°s alborotadores parec√≠an empecinados en acompa√Īarme hasta la caba√Īa donde me aguardaba Goewyn; pero Tegid acudi√≥ en mi ayuda y los urgi√≥ a que volvieran a sentarse para celebrar con una canci√≥n la felicidad de los reci√©n casados. Cogi√≥ el arpa y con gesto solemne se dispuso a ta√Īerla.
—Vete enseguida —me susurró—. Yo me encargo de mantenerlos a raya.
Con el pellejo de aguamiel colgado del brazo, cruc√© el patio y me dirig√≠ a la caba√Īa que hab√≠an dispuesto para nosotros. La casa, lo mismo que el sal√≥n, hab√≠a sido transformada en una boscosa glorieta; fragantes ramas de pino y abedul adornaban paredes y techo, y velas de junco ard√≠an como rojizas estrellas dispensando una agradable luminosidad de tonos rosados.
Goewyn me estaba aguardando; me recibió con un beso y me hizo entrar cogiendo el pellejo de aguamiel.
—Hace tiempo que aguardaba esta noche, amor mío —me susurró mientras me abrazaba con ternura.
Nuestro primer abrazo culminó en un largo y apasionado beso. Y como habían preparado un mullido lecho de espesos vellones cubiertos de mantas, nos dejamos caer en él. Cerré los ojos sintiendo que mis pulmones se llenaban con el perfume de la piel de Goewyn y nuestras caricias se hicieron más urgentes y apasionadas.