2 - Tres peticiones

Corrí siguiendo el muro de troncos y me reuní con Tegid y el profesor Nettleton que me esperaban en el bote. Lo empujé y salté a bordo; Tegid empuñó los remos y bogó a través del lago. Las tranquilas aguas brillaban como un espejo en el mortecino crepúsculo y reflejaban las últimas luces del cielo azul oscuro.
Desembarcamos al pie de Druim Vran y nos apresuramos a subir por el sendero que conducía al sagrado bosquecillo de Tegid. A cada paso que daba, iba inventando un nuevo argumento o excusa para justificar mi decisión de quedarme. En realidad, jamás había querido marcharme; me parecía injusto. El amor que sentía por Goewyn sólo era un elemento más en la larga lista de razones que tenía para oponerme al prudente designio de Nettleton. El profesor tendría que aceptar mi decisión.
El soto estaba silencioso y la luz era tenue cuando nos internamos en el boscoso santuario. Tegid sin perder tiempo comenzó a trazar un círculo en la tierra con la punta de su vara. Caminaba hacia atrás siguiendo la trayectoria del sol mientras salmodiaba con voz grave y solemne. No podía entender lo que decía, pues utilizaba la Lengua Secreta de los derwyddi, el Taran Tafod.
Mientras aguardaba junto a Nettles, en mi mente se entremezclaban acusaciones, culpabilidades y una profunda indignación... ¡Yo era rey! ¡Había construido aquel lugar! ¿Quién más que yo tenía derecho a quedarse allí?... Pero no podía pronunciar palabra. De pie, en furioso silencio, me limitaba a ver cómo Tegid preparaba nuestra partida.
Tras finalizar la sencilla ceremonia, el bardo salió del círculo que había dibujado y se acercó a nosotros.
—Todo está dispuesto —dijo con la mirada clavada en mí.
En sus ojos se leía una profunda tristeza pero no pronunció ni una palabra de despedida. Mi marcha le producía también a él un enorme dolor.
El profesor avanzó hacia el círculo, pero yo no me moví, como si hubiera echado raíces. Cuando Nettleton se dio cuenta de que me había quedado atrás, miró por encima del hombro; al comprobar que yo no había hecho el menor movimiento para seguirle, me instó:
—Vamos, Lewis.
—No voy a acompañarte —repuse apagadamente.
No era lo que había planeado decirle, pero las palabras habían brotado sin darme cuenta.
—¡Lewis! —me reprendió volviéndose hacia mí—. Piensa bien lo que estás haciendo.
—No puedo marcharme así, Nettles. Es demasiado pronto.
Me cogió del brazo y lo apretó con violencia.
—Lewis, escúchame. Escúchame con atención. Si amas Albión, debes marcharte. Si te quedas, sólo lograrás destruir cuanto has salvado. Considéralo de este modo. Tu tarea ha terminado: no está permitido a ningún ser humano...
—Correré el riesgo, Nettles —le interrumpí.
—No te corresponde a ti correr ese riesgo —explotó impaciente, y su voz resonó en el silencio del soto. Exasperado parpadeó tras los redondos cristales de sus gafas—. Piensa bien lo que estás haciendo, Lewis. Has conseguido lo imposible. Tu tarea aquí ha terminado. No destruyas todo el bien que has hecho. Te lo ruego, Lewis, piénsalo bien.
—La hora-entre-horas —dijo Tegid con voz suave.
—Me quedo —murmuré en tono terminante—. Si tienes que marcharte, es mejor que lo hagas cuanto antes.
Viendo que no podía convencerme, el profesor se dio la vuelta con un gesto de frustración y se internó en el círculo. Al instante, su cuerpo pareció desvanecerse y empequeñecerse, como si hubiera penetrado en un largo túnel.
—Despídete de todos, Lewis —me instó en tono desesperado—, y vuelve tan pronto como puedas. Te estaré esperando.
—¡Adiós, amigo mío! —exclamó Tegid.
—Por favor, por lo que más quieras, no retrases tu vuelta demasiado tiempo —gritó Nettles con una voz que se iba desvaneciendo.
Su imagen onduló como oculta tras una cortina de agua. Los cristales de sus gafas destellaron y luego desapareció mientras sus últimas palabras permanecían suspendidas en la quietud del aire, como un rápido y apagado consejo.
Tegid se reunió conmigo.
—Bueno, hermano —dijo—, al parecer vas a tener que soportar mi presencia aún por algún tiempo.
Luego el bardo miró el círculo ya vacío. Con el rostro grave y la mirada perdida, parecía estar asomándose al vacío del reino de la nada. Pensé que no iba a pronunciar palabra, pero entonces alzó su vara y dijo con segura certeza:
—Antes de que Albión sea una, la Heroica Hazaña debe ser llevada a cabo y Mano de Plata debe reinar.
Eran las palabras de la profecía de la banfáith, y, como me recordaba él de vez en cuando, todavía tenía que probarse que eran falsas. Tras haberlas pronunciado me miró.
—La elección está hecha —dijo.
—¿Qué ocurrirá si me he equivocado?
—Siempre podré hacerte volver a tu mundo —repuso.
Noté en su voz el alivio que sentía. Del mismo modo que yo no había querido marcharme, Tegid tampoco lo había deseado.
—Es verdad —dije sintiendo que me sacaba un peso de encima.
Desde luego; podría marcharme cuando quisiera, y me marcharía cuando hubiera finalizado lo que había empezado. Algún día me marcharía. Pero aún no; todavía no.
Aparté esa idea de mi mente, aplacando mi torturada conciencia con una dulce autojustificación: después de todo lo que había padecido, me merecía una pequeña dosis de felicidad. ¿Quién podría negármela? Además, todavía quedaba mucho por hacer. Me quedaría hasta ver reconstruida Albión.
Sí, y me casaría con Goewyn.
El rumor de nuestra boda se extendió por Dinas Dwr con la celeridad de un grito. Tegid y yo llegamos al palacio y nos sumamos a la fiesta, que con la llegada de la noche había desembocado en una franca y vertiginosa euforia. El salón parecía desbordar luz y sonido: la chimenea rugía y colgaban antorchas en los muros de madera; hombres y mujeres sentados en bancos se apretaban en grupos en torno a los pilares.
Sólo la cabecera del salón, orientada al oeste, permanecía silenciosa y vacía de público, pues el Bardo Supremo había colocado allí, en un pedestal de hierro, el cofre que contenía las Piedras Cantarinas y había establecido una guardia perpetua: tres guerreros vigilaban noche y día el tesoro de Albión. Los centinelas eran relevados a intervalos por otros guerreros, de forma que todos compartían aquel sagrado deber. En ningún momento, ni de día ni de noche, las milagrosas piedras quedaban sin vigilancia.
El tumulto aumentó en cuanto entramos en el palacio y no tardé en descubrir la causa.
—¡El rey! ¡Ha llegado el rey! —gritó Bran, y los Cuervos acudieron a su llamada—. ¡Brindo por la boda del rey! —exclamó alzando la copa.
—¡Por la boda del rey! —coreó Cynan.
En un instante me vi rodeado, cogido y levantado en volandas. Crucé el umbral y fui paseado en hombros de los guerreros por las callejuelas de Dinas Dwr, mientras la multitud se congregaba a nuestro paso. Recorrimos así el poblado, para que todo el caer se enterara de lo que sucedía y se uniera a nosotros.
Entre el resplandor de antorchas y el clamor de risas llegamos por fin a la cabaña donde se habían instalado Goewyn y su madre. La comitiva se detuvo y Cynan, tomando las riendas del festejo, exclamó que el rey había llegado a buscar a la novia.
Apareció Scatha y se dirigió a la multitud.
—Mi hija está aquí —dijo señalando a Goewyn que había salido de la cabaña tras su madre—. ¿Dónde está el hombre que la busca? —añadió, simulando escrutar entre la multitud, como si buscara al loco que se atrevía a pretender a su hija.
—¡Aquí está! —gritaron todos a una.
De pronto, alzado sobre la retada multitud, caí en la cuenta de que aquello era el preámbulo de un ceremonial de boda céltica que jamás había presenciado. Y no era de extrañar, pues el pueblo de Albión conocía nueve diferentes ritos de esponsales y yo había asistido tan sólo a unos pocos.
—Dejad que el hombre que pretende llevarse a mi hija se dé a conocer por sí mismo —respondió Scatha cruzando los brazos sobre el pecho.
—Aquí estoy, Scatha —repuse yo.
Los guerreros me depositaron en el suelo y la multitud me abrió paso. Vi a Goewyn aguardándome, como si estuviera al final de un sendero franqueado por centinelas.
—Llew Mano de Plata ha venido a pedirte a tu hija por esposa —añadí.
Goewyn sonrió, pero no hizo el menor gesto de reunirse conmigo; mientras me acercaba a ella, Scatha se interpuso en mi camino con expresión intimidadora; me examinó de la cabeza a los pies, como si estuviera inspeccionando un corte de tela apolillado. Se me humedeció la palma de mi mano de carne mientras me sometía a tan concienzudo escrutinio. La multitud que nos rodeaba indicaba a gritos a Scatha las cualidades, reales o imaginarias, que se suponía poseía yo.
Por fin, Scatha se declaró satisfecha con mi aspecto y alzó la mano.
—No observo defecto alguno en ti, Mano de Plata. Pero no puedes pretender que te entregue una hija de tanta valía como Goewyn sin que antes me pagues a cambio un precio que esté a la altura de la novia.
Yo sabía muy bien lo que debía responder.
—Sin duda me juzgas persona de baja estofa si crees que voy a privarte de una hija tan hermosa, sin ofrecerte una adecuada compensación. Pide lo que quieras, te entregaré lo que juzgues aceptable.
—Y tú me juzgas una estúpida si crees que puedo tasar en un instante algo tan valioso. Es un asunto que requiere larga y cuidadosa deliberación —repuso Scatha con arrogancia.
Aunque aceptaba su respuesta como parte del ritual que estábamos celebrando, no pude menos que sentirme irritado ante las trabas que ponía en mi camino.
—Lejos de mí negarte lo que pides. Tómate todo el tiempo que quieras —repuse—. Mañana volveré al alba para escuchar tus peticiones.
Mi respuesta fue considerada justa y todos la celebraron ruidosamente. Scatha inclinó la cabeza y, como si consintiera en dejarse llevar por la reacción de la gente, asintió despacio.
—De acuerdo. Vuelve mañana al alba y veremos qué clase de hombre eres.
—Así lo haré —repliqué yo.
La gente rompió en aplausos y de nuevo fui arrastrado por encima de aquella marea de aclamaciones y vítores. Regresamos al palacio y entre risas y bromas escabrosas, Tegid me explicó lo que me esperaba al día siguiente.
—Scatha planteará sus peticiones y tú debes satisfacerlas con habilidad y astucia. No creas que te va a resultar fácil —me avisó—. Cuanto más valioso es un tesoro tanto más arduo resulta conseguirlo.
—Pero tú me ayudarás —osé sugerirle.
El bardo sacudió la cabeza.
—No, Llew; como Bardo Supremo no puedo tomar partido. Es un asunto entre Scatha y tú. Pero, del mismo modo que ella tiene a Goewyn para ayudarla, tú puedes escoger a uno de tus hombres.
Miré a mi alrededor. Bran sonreía a mi lado; sin duda me resultaría de gran ayuda en aquel trance.
—¿Bran? —le pregunté—. ¿Estarías dispuesto a ayudarme?
El jefe de los Cuervos sacudió la cabeza.
—Señor, si lo que necesitas es una mano diestra en el manejo de la espada, yo soy tu hombre. Pero este asunto me desborda. Creo que Alun Tringad te servirá de más ayuda que yo.
—¡Drustwn! Ése es tu hombre —exclamó Alun en cuanto escuchó las palabras de Bran, señalando con el dedo el círculo de rostros que me rodeaba; y al instante vi que Drustwn se escabullía—. ¡Vaya! ¿Dónde se ha metido Drustwn?
—Escoge al rey Calbha —exclamó una voz.
Antes de que pudiera pedírselo, alguien replicó:
—¡Es una esposa, no un caballo, lo que quiere Mano de Plata!
—¡Es cierto! —añadió el propio Calbha—. No sé nada de novias; pero no dudes en recurrir a mí cuando necesites un caballo.
Me dirigí entonces a Cynan, que estaba junto a su padre, el rey Cynfarch.
—¡Cynan! ¿Querrás ayudarme tú, hermano?
Cynan, adoptando un aire grave e importante, asintió con la cabeza.
—Aunque todos tus hombres te abandonen, Mano de Plata, yo estaré siempre a tu lado. En todas las situaciones... fuego, guerra, tretas de bardos y de mujeres..., yo soy el hombre que necesitas.
Todos se echaron a reír; incluso el propio Cynan sonreía al hablar, pero su mirada era seria y su voz, firme. Estaba prometiéndome más de lo que le había pedido y sus palabras brotaban desde su corazón.
Pasé una noche intranquila e insomne en mi cabaña y me levanté antes del alba, cuando todos dormían aún. Me dirigí al lago para bañarme, me afeité e incluso me lavé el bigote. Estaba apuntando la luz en el este cuando regresé a la cabaña, donde pasé largo rato escogiendo mi vestimenta, pues quería ponerme mis mejores galas en honor a Goewyn.
Por fin me decidí por un flamante siarc rojo y unos breecs a cuadros verdes y amarillos. Además me puse el hermoso cinturón de discos de oro de Meldryn Mawr y su torque de oro y cogí también su cuchillo de oro, objetos que me habían correspondido en el reparto de las pertenencias de Meldron. «Como legítimo sucesor de Meldryn, a ti te corresponde», me había dicho Tegid. «Meldron no tenía derecho a poseerlos. Llévalos con orgullo, Llew, y te harás merecedor del honor que representan.»
Me los puse procurando olvidar que hacía muy poco tiempo Meldron, el Salvaje Sabueso, los había ostentado y lucido.
Cynan apareció cuando me estaba calzando los buskins. También él se había bañado y acicalado y se había peinado y untado de aceite la pelirroja cabellera.
—Pareces un rey ataviado para sus bodas —me dijo en tono aprobatorio.
—Y tú eres un elegante padrino —repuse—. A lo mejor Goewyn te prefiere a ti.
—¿Tienes hambre? —me preguntó.
—Sí —contesté—. Pero no creo que pueda tragar bocado. ¿Qué aspecto tengo?
Cynan sonrió.
—Ya te lo he dicho. Y no es correcto que un rey se deje tentar por las alabanzas. Vamos —añadió posando su manaza en mi hombro—. Está amaneciendo.
—Tegid debe de estar al llegar —dije yo—. Vayamos a buscarlo.
Abandonamos la cabaña y nos dirigimos al palacio. El sol se estaba levantando y el cielo estaba despejado; no se veía ni una nube. El día de mi boda iba a ser magnífico y soleado, como deben ser los días de boda. ¡El día de mi boda! Aquellas palabras me sonaban extrañas: boda... matrimonio... esposa.
Tegid se había levantado y estaba aguardándonos.
—Ahora mismo me disponía a ir a buscarte —dijo—. ¿Has dormido bien?
—No —repuse—. No he podido pegar ojo.
Asintió con la cabeza.
—Seguro que esta noche dormirás mejor.
—¿Qué hay que hacer ahora?
—Come algo si quieres —contestó el bardo—. Porque aunque se celebrará un banquete, no creo que tengas tiempo para comer.
Pasamos entre los pilares, encontramos una mesa vacía y nos sentamos. Bran y los Cuervos se reunieron con nosotros. Aunque todavía era temprano para conseguir algo recién hecho en el horno, había quedado pan de cebada de la cena de la víspera y nos lo repartimos. Los Cuervos se lanzaron sobre sus rebanadas con hambre voraz y entre bocado y bocado me instaban a que comiera para conservar mis fuerzas.
—Te espera un día muy largo —comentó con humor Bran.
—Y una noche más larga todavía —bromeó Alun.
—No se hará más corto si me quedo aquí —respondí poniéndome en pie.
—¿Estás preparado? —preguntó Tegid.
—¿Preparado? Siento como si hubiera estado esperando este día toda mi vida. ¡En marcha, sabio bardo!
Con un salvaje y alegre alarido los guerreros abandonaron en tropel el palacio. Era imposible guardar el más mínimo decoro, orden o silencio. El imparable regocijo del grupo alertó a todo el crannog y señaló el comienzo de la fiesta. Nos dirigimos a la cabaña de Scatha seguidos por todos los habitantes de Dinas Dwr.
—Llámala —me instó Tegid en cuanto llegamos junto a la puerta.
—¡Scatha, Pen-y-Cat de Ynys Sci! —grité—. Soy Llew Mano de Plata. Vengo a escuchar y a responder a tus peticiones.
Poco después, Scatha salió de la cabaña, hermosísima, ataviada con una túnica color crema y un manto escarlata. Detrás apareció Goewyn y mi corazón dejó de latir: estaba radiante vestida de blanco y oro. Sus largos cabellos habían sido cepillados hasta resplandecer y habían sido entremezclados con hilos de plata y oro y peinados en una gruesa y larga trenza. En sus gráciles brazos brillaban pulseras de oro. Llevaba un manto blanco y un velo de tela muy fina le cubría los desnudos hombros prendido con dos hermosos broches de oro. Dos anchas cintas de tisú de oro bordadas con elegantes cisnes de largos cuellos y alas fantásticamente entretejidas orlaban el manto y la orilla de la túnica. El ceñidor era estrecho, de color blanco con galones de oro trenzados que pendían en deslumbrante cascada de su esbelta cintura. Llevaba pendientes de oro y anillos de oro rojizo adornaban sus gráciles dedos.
Al contemplar su estola me quedé sin aliento; era como mirar el resplandor del sol, y no podía apartar de ella los ojos aunque me quemaban y se me cegaban. Jamás había visto a Goewyn tan bella, jamás había visto una mujer tan hermosa. Había olvidado que pudiera existir tanta belleza.
Scatha me saludó con abierta animadversión y me dijo:
—¿Estás preparado para oír mis peticiones?
—Lo estoy —repuse molesto por su brusquedad.
—Voy a pedirte tres cosas —declaró en tono cortante—. Cuando me las hayas dado, te entregaré a mi hija por esposa.
—Pide lo que deseas y lo tendrás.
Ella asintió con leve movimiento de cabeza y me pareció captar una vaga sonrisa tras su estudiada severidad.
—Lo primero que te pido es lo siguiente: dame el mar cuajado de espuma con una playa de plata.
La gente aguardó en silencio mi respuesta. Yo hice acopio de valor y respondí:
—Es fácil de conseguir, aunque no lo creas.
Luego me dirigí a Cynan.
—¿Qué me dices, hermano? Estamos a varios días de viaje del mar, y...
Cynan sacudió la cabeza.
—No. Scatha no quiere el mar. Es otra cosa. Sería una tarea imposible. Pretende que demuestres tu habilidad en vencer el mayor de los obstáculos.
—Ah, quieres decir que tenemos que pensar en un plano simbólico. Ya entiendo.
—El mar cuajado de espuma... —repitió Cynan—. ¿Qué podrá ser?
—Scatha puso especial énfasis en eso de la espuma. Debe de ser importante. «El mar cuajado de espuma...» —Hice una pausa; tenía la sensación de que me ardía el cerebro—. «Una playa de plata»... ¡Un momento! ¡Ya lo tengo!
—¿De veras? —Cynan se inclinó hacia mí impaciente.
—¡Cerveza en una copa de plata! —repuse—. La cerveza espúmea como el mar y la copa la contiene como una playa.
—¡Ah! —exclamó Cynan dándose un puñetazo en la palma de la mano—. ¡Esa es la respuesta!
Me volví hacia la multitud que se agolpaba a mis espaldas.
—¡Bran! —grité, y el jefe de los Cuervos se apresuró a adelantarse—. Bran, trae un poco de cerveza en una copa de plata ¡Date prisa!
Salió corriendo y yo me volví hacia Scatha y aguardé el regreso del Cuervo con la copa de cerveza.
—¿Qué pasará si no lo hemos adivinado? —le susurré a Cynan.
El príncipe sacudió la cabeza con gravedad.
—¿Y qué pasará si Bran no encuentra cerveza? Temo que nos la hemos bebido toda —comentó.
No se me había ocurrido tan fatal eventualidad, pero Bran era un hombre de recursos; no me dejaría en la estacada.
Aguardamos un rato. La multitud rebullía alegremente haciendo comentarios. Goewyn permanecía tranquila y fría como una estatua; como no me miraba no tenía la menor idea de lo que estaba pensando.
Bran regresó corriendo; la cerveza chapoteando en los bordes de la copa, evocaba las olas del mar espumoso lamiendo la playa. Me entregó la copa diciéndome:
—Es toda la cerveza que queda. La poca que he podido encontrar... y está muy aguada.
—Servirá —repuse, y con una mirada de esperanza a Tegid, cuya expresión era inescrutable, le ofrecí mi regalo a Scatha.
Scatha cogió la copa y la alzó para que todos la vieran. A continuación dijo:
—Acepto tu regalo. Pero aunque has salido airoso de mi primera petición, no creas que te va a resultar fácil satisfacer la segunda. Hombres con más méritos que tú lo han intentado y han fracasado.
Aunque yo sabía que formaba parte de la respuesta ritual, no pude menos que ofenderme al oír lo de otros hombres con más méritos. Pero me tragué el orgullo y respondí:
—De todos modos, estoy dispuesto a oír tu segunda petición. Quizá triunfe donde otros fracasaron.
Scatha asintió con aire solemne.
—Mi segunda petición es la siguiente: dame una cosa que reemplace lo que pretendes quitarme.
Me volví de nuevo hacia Cynan.
—Va a resultar duro —le dije—. Goewyn significa para su madre el mundo entero... ¿cómo lo podríamos simbolizar?
Cynan se rascó la barbilla y frunció el entrecejo pero era evidente que estaba disfrutando con su papel.
—Es muy difícil... reemplazar lo que le quitas.
—A lo mejor —sugerí— sólo tenemos que identificar un rasgo que Scatha considere representativo de su hija. Como la miel representa la dulzura...; algo así.
Cynan apoyó el codo en una mano y descansó su barbilla en la palma de la otra.
—Dulce como la miel... dulce como el aguamiel... —murmuró meditabundo.
—Dulce y sabroso... —sugerí yo—, dulzura y luz... dulce como una nuez...
—¿Qué has dicho?
—Dulce como una nuez. Pero no creo...
—No, antes que nuez. ¿Qué dijiste antes?
—Um... dulzura y luz, creo.
—¡Luz!... ¡Sí! —asintió Cynan con entusiasmo— ¿No lo ves? Goewyn es la luz de su vida. Como le quitas la luz, debes reemplazarla.
—¿Cómo? —pregunté—. ¿Con una lámpara?
—O con una vela —sugirió Cynan.
—Una vela... ¡Una olorosa vela de cera!
Cynan sonrió radiante de felicidad.
—¡Dulzura y luz! Podría ser la respuesta.
—¡Alun! —grité dirigiéndome una vez más a los Cuervos—. Ve a buscar una vela de cera y tráela inmediatamente.
Alun Tringad desapareció abriéndose paso a empujones entre la multitud agolpada. Debió de ir a la casa más cercana, porque volvió al instante con una vela que yo me apresuré a ofrecer a Scatha diciéndole:
—Me has pedido un regalo y yo te lo entrego: esta vela reemplazará la luz que te quito al llevarme a tu hija. Desvanecerá las sombras y colmará la oscuridad de fragancia y calor.
Scatha cogió la vela.
—Acepto tu regalo —dijo alzando la vela para que todos pudieran verla—. Pero aunque has salido airoso de la segunda petición, no creas que te va a resultar fácil satisfacer mi tercera demanda. Hombres de más méritos que tú lo han intentado y han fracasado.
Sonreí confiado y repetí la adecuada y esperada respuesta:
—De todos modos, estoy dispuesto a oír tu petición. Quizá triunfe donde otros fracasaron.
—Escucha, pues, si lo deseas, mi última petición: dame lo que le falta a mi casa, un regalo de valor incalculable.
—¿Qué será esta vez? ¿De nuevo algo imposible? —pregunté una vez más a Cynan—. Porque a mí me lo parece.
—Podría ser —asintió él—, pero no lo creo. Ya lo hemos conseguido una vez. Se trata de algo más.
—Pero ¿qué le falta a su casa? Podría tratarse de cualquier cosa.
—De cualquier cosa no —repuso, pensativo, Cynan—. Se trata sólo de una cosa: un regalo de valor incalculable.
—Pareció enfatizar esas palabras —asentí sin demasiada convicción—. Un regalo de valor incalculable... ¿Qué puede ser? ¿El amor? ¿La felicidad?
—Un niño —sugirió, meditabundo, Cynan.
—¿Scatha desea que le regale un niño? No puede ser.
—A lo mejor es a ti a quien quiere —insinuó Cynan.
Cogí al vuelo la sugerencia.
—¡Eso es! ¡Ésa es la respuesta!
—¿Qué dices?
—¡Yo! —exclamé—. Piénsalo. A su casa le falta un hijo, un yerno. El regalo de incalculable valor es la vida.
El rostro de Cynan se iluminó con una amplia sonrisa y le brillaron los azules ojos.
—¡Desde luego! Al unir tu vida a la de Goewyn creas una fuente de vida —guiñó un ojo y añadió—: especialmente si te das prisa en tener unos cuantos bebés. Te está pidiendo a ti mismo, Llew.
—Esperemos que hayamos acertado —dije.
Tomé aliento y me volví hacia Scatha que me contemplaba disfrutando del trance por el que me estaba obligando a pasar.
—Me has pedido un regalo de incalculable valor, una cosa de la que tu casa carece —dije—. Creo que a tu casa le falta un hombre y no se puede poner precio a la vida de ningún hombre.
Me arrodillé ante ella y añadí:
—Por tanto, Pen-y-Cat, te entrego el regalo de mi persona.
Scatha sonrió sumamente complacida, posó sus manos en mis hombros, se inclinó y me besó en las mejillas. Yo me levanté y ella me dijo:
—Acepto tu regalo, Llew Mano de Plata. —Alzó la voz para que todos la oyeran y añadió—: Que todos sepan que no existe para mi hija un hombre de más méritos que tú, porque has triunfado donde otros fracasaron.
Se dio la vuelta y llamó a Goewyn; luego cogió la mano izquierda de su hija, la puso sobre la mía y estrechó las dos entre las suyas.
—Que se celebre el matrimonio.
Entonces se adelantó el bardo. Golpeó tres veces el suelo con su vara de fresno y exclamó:
—Os habla el Bardo Supremo de Albión. ¡Oídme todos! Desde tiempos inmemoriales los derwyddi han unido unas vidas con otras para perpetuación de nuestro linaje. ¿Deseáis unir vuestras vidas en matrimonio? —añadió mirándonos.
—Lo deseamos —respondimos al unísono.
Scatha entregó a Tegid la copa que yo le había regalado. El bardo la alzó y dijo:
—Sostengo en mis manos el mar ceñido por una playa de plata. El mar es la vida; la plata es el círculo que rodea este mundo. Si queréis casaros, coged este mundo y compartid la vida.
Tras estas palabras depositó en nuestras manos la copa de plata. Sosteniéndola entre los dos, yo se la ofrecí a Goewyn para que bebiera; luego ella me la ofreció a mí. Bebí unos tragos de la aguada cerveza y alcé la cabeza.
—¡Bebed! —nos instó Tegid—. Es la vida lo que sostenéis en vuestras manos, amigos míos. ¡La vida! Apuradla hasta el fondo.
La copa que había traído Bran era muy grande. Tomé aliento y la alcé de nuevo. Cuando ya no pude más, se la pasé a Goewyn, que, a su vez, se la llevó a los labios y bebió de ella de forma tan prolongada y ávida que creí que no se iba a detener nunca a tomar aliento. Por fin la apartó con los ojos especialmente brillantes; se lamió los labios y entregó la copa a Tegid sin apartar su mirada de la mía.
Tegid dejó a un lado la copa y dijo:
—Goewyn, ¿has traído algún regalo?
Goewyn contestó:
—No he traído ni oro ni plata, ni nada que se pueda comprar o vender, perder o robar. Pero he traído mi amor y mi vida y los entrego de buen grado.
—¿Aceptas los regalos que te han sido ofrecidos? —me preguntó Tegid.
—Los acepto de todo corazón. Los guardaré siempre como el más preciado de los tesoros y los protegeré hasta el último aliento.
Tegid inclinó la cabeza.
—¿Qué ofreces en prenda de tu aceptación?
¿Una prenda de aceptación? Nadie me había dicho una palabra de eso; no tenía prenda alguna que ofrecer. Cynan me susurró al oído.
—Dale tu cinturón —sugirió.
No se me ocurría nada mejor, así que me lo quité y se lo entregué a Tegid.
—Ofrezco este cinturón de fino oro —dije, y con repentina inspiración añadí— que su hermosura y precio sea humilde prenda de la estima en que tengo a mi bien amada, y que ciña su hermosa figura con resplandeciente fulgor, del mismo modo como mi amor la acompañará siempre sincero e incorruptible.
Tegid asintió complacido y ofreció el cinturón a Goewyn, que inclinó la cabeza al recibirlo en sus manos. Luego lo apretó contra su pecho y me pareció ver lágrimas en sus ojos.
A continuación Tegid se dirigió a Goewyn:
—Esta prenda muestra que tu regalo ha sido aceptado. Si aceptas el regalo que te ha sido ofrecido, debes entregar también algo en prenda de tu aceptación.
Sin una palabra, Goewyn deslizó su brazo tras mi nuca y apretó sus labios contra los míos. Me besó con tanta espontaneidad y fervor que la multitud congregada rompió en aplausos. Luego me soltó y enrojecí al ver la pasión que expresaban sus claros ojos castaños.
Tegid, con amplia sonrisa, golpeó de nuevo el suelo tres veces con su vara. Luego la alzó y la sostuvo horizontalmente sobre nuestras cabezas.
—Han sido intercambiados regalos de amor y vida. Por tanto, que todos los hombres sepan que Llew Mano de Plata y Goewyn son marido y mujer.
Y eso fue todo. El pueblo aclamó con desbordado entusiasmo el fin de la ceremonia. Inmediatamente nos vimos inmersos en un torbellino de felicitaciones. La boda había terminado y comenzaba la fiesta.