1 - Llamas tenebrosas

Un fuego consume Albi√≥n. Un extra√Īo, latente e invisible fuego de tenebrosas llamas. Hierve, se agita y arde alimentando en su negro y candente coraz√≥n llamas de oscuridad. Arde invisible e ignoto.
Esas llamas de oscuridad son insaciables; crecen y se propagan con avidez, consumiéndolo todo, destruyéndolo todo. Aunque invisibles, su calor abrasa, quema, seca la carne y los huesos; agota la fuerza y debilita la voluntad; marchita el valor, corroe el coraje y convierte el amor y el honor en duros y negros rescoldos.
El fuego tenebroso es un maligno y ancestral enemigo, más antiguo que la tierra. No tiene rostro, ni cuerpo, ni piernas o brazos contra los que se pueda combatir y luchar, y mucho menos apagar o vencer. Sólo llamas, insidiosas lenguas de fuego y latentes chispas oscuras que arden y se esparcen con las ráfagas del viento.
Y nada puede prevalecer contra el tenebroso fuego. Nada puede resistirse a la incansable e insaciable corrupción de las invisibles llamas. No se apagará hasta que todo lo que existe en el mundo quede reducido a frías cenizas.
La piel de buey de la puerta se corri√≥ y Tegid Tathal entr√≥ en la caba√Īa. Con aguda mirada escrut√≥ la oscuridad; hab√≠a recuperado la vista. Su ceguera hab√≠a sido sanada o por lo menos transmutada en visi√≥n por las curativas aguas del lago. Al verme sentado sobre la paja que cubr√≠a el suelo me pregunt√≥:
¬ó¬ŅQu√© est√°s haciendo?
—Pensar —repliqué, mientras doblaba uno tras otro los dedos de mi mano de plata.
¡Mi mano! Era la encarnación de la belleza en hermosa y perfecta plata. Un tesoro de inimaginable valor. Un regalo, quizá la recompensa a un guerrero, que me había hecho una deidad con un sentido del humor muy peculiar. Muy peculiar, sin duda.
Tegid aseguraba que era un regalo de Dadda Samildanac, de la Mano Firme y Segura. Dec√≠a que era el cumplimiento de la promesa hecha por el se√Īor del bosquecillo. La Mano Firme y Segura, por medio de su mensajero, otorg√≥ a Tegid la gracia de su visi√≥n interior y a m√≠ me hizo el regalo de aquella mano de plata.
Tegid me observó con curiosidad mientras yo seguía perdido en mis meditaciones.
¬ó¬ŅY en qu√© est√°s pensando? ¬óme pregunt√≥ al fin.
¬óEn esto ¬órepuse alzando la mano de metal¬ó. Y en fuego. En un tenebroso fuego ¬óa√Īad√≠.
Aceptó mi respuesta sin plantear más preguntas.
—Ahí fuera te están esperando —se limitó a decir—. Tu pueblo quiere ver a su rey.
—Necesitaba estar solo un rato. Tenía que pensar.
Hasta la caba√Īa llegaba el griter√≠o de la fiesta; la celebraci√≥n de la victoria durar√≠a varios d√≠as. Meldron, el Gran Sabueso, hab√≠a sido derrotado y sus seguidores ajusticiados; la sequ√≠a hab√≠a terminado, la tierra hab√≠a vuelto a la vida y los supervivientes daban rienda suelta a la felicidad que los embargaba.
Pero yo no compartía esa felicidad porque su salvación y su alegría significaban, ni más ni menos, que mi estancia en Albión había concluido. Mi tarea había terminado y debía marcharme, aunque todas y cada una de las fibras de mi cuerpo lo negaran.
Tegid se acercó y se arrodilló para no tener que hablarme desde un plano elevado.
¬ó¬ŅQu√© pasa?
Antes de que pudiera responderle, la piel de buey de la puerta se corrió de nuevo y entró el profesor Nettleton. Saludó con gesto grave a Tegid y se dirigió a mí diciéndome simplemente:
¬óEs hora de partir.
Como no le contesté continuó:
—Llew, ya hemos hablado de este asunto. Y estuvimos de acuerdo. Hay que hacerlo; y cuanto antes mejor. La dilación sólo empeorará las cosas.
Tegid miró al hombrecillo fijamente y dijo:
—Es nuestro rey. Como Aird Righ de Albión está en su derecho...
¬óPor favor, Tegid.
Nettleton sacudió la cabeza despacio y apretó los labios con gesto firme. Se acercó a mí y me miró fijamente.
¬óNo le est√° permitido a ning√ļn hombre permanecer en el Otro Mundo. Lo sabes perfectamente. Viniste a buscar a Simon para obligarle a regresar y ya lo has conseguido. Tu tarea aqu√≠ ha terminado. Es hora de volver a casa.
Tenía razón; lo sabía muy bien. Sin embargo, la sola idea de marcharme me desgarraba el corazón. No podía. Lejos de allí no era nada; no tenía vida. Un mediocre estudiante extranjero, un triste graduado carente de casi todo lo que es esencial para el hombre, sin amigos y sin el amor de una mujer; un perpetuo universitario sin ninguna meta en la vida salvo aspirar a alguna beca, y eludir las responsabilidades para prolongar al máximo la estancia en los protectores claustros de Oxford.
La √ļnica vida real que hab√≠a conocido estaba en Albi√≥n. Marcharme de all√≠ significar√≠a morir y no me sent√≠a con fuerzas para enfrentarme a ello.
¬óPero a√ļn tengo que hacer muchas cosas aqu√≠ ¬óaduje, casi al borde de la desesperaci√≥n¬ó. Tengo que... Adem√°s, ¬Ņpor qu√© me han dado esto? ¬óa√Īad√≠ alzando la mano de plata.
El fr√≠o ap√©ndice de metal brillaba apagadamente en la oscuridad de la caba√Īa; la intrincada tracer√≠a de oro finamente labrada en su superficie destacaba en la delicada tonalidad de la plata.
—Vamos —dijo el profesor instándome a que me levantara—. No lo hagas más difícil todavía. Vayámonos ahora mismo, y con la mayor discreción posible.
Me levant√© y sal√≠ tras √©l de la caba√Īa. Tegid nos sigui√≥ sin decir nada. Fuera resplandec√≠an las hogueras de la fiesta; las llamas se alzaban en el apagado crep√ļsculo. Alrededor de las hogueras la gente se divert√≠a; entre el alegre tumulto llegaban hasta nosotros retazos de canciones. No hab√≠amos dado ni dos pasos cuando se nos acerc√≥ Goewyn con una jarra en una mano y una copa en la otra; detr√°s de ella una doncella llevaba una bandeja con pan y carne.
—Imaginé que tendrías hambre y sed —se apresuró a explicar mientras echaba la cerveza en la copa—. Lo siento, pero es todo lo que he podido reservarte. Ya no queda más.
—Gracias —le respondí.
Al coger la copa dejé que mis dedos reposaran sobre su mano. Goewyn sonrió y me di cuenta de que no podía irme sin decirle lo que se escondía en el fondo de mi corazón.
—Goewyn, debo decirte... —empecé.
Antes de que pudiera acabar, un jubiloso grupo de guerreros se acercó instándome a que me uniera a ellos en la fiesta. Goewyn y la doncella fueron apartadas sin ceremonias.
¬ó¬°Llew, Llew! ¬ógritaban los guerreros¬ó. ¬°Salve, Mano de Plata!
Uno de ellos llevaba en la mano un anca de venado que me ofreció insistentemente hasta que le hube dado un buen bocado. Otro vio mi copa y me sirvió cerveza de la suya.
—¡Sláinte, Mano de Plata! —gritaron todos cuando me la llevé a los labios.
Los guerreros parecían dispuestos a llevarme en volandas con ellos, pero Tegid intervino. Les explicó que yo deseaba caminar entre la gente para disfrutar de la fiesta y les rogó que protegieran la tranquilidad del rey, alejando de mí a todo el que pudiera molestarme empezando por ellos mismos.
Mientras los guerreros se alejaban ruidosamente, apareció Cynan.
¬ó¬°Llew! ¬óexclam√≥ propin√°ndome un tremendo palmetazo en el hombro¬ó ¬°Por fin te encuentro! Llevo horas busc√°ndote. ¬°Acomp√°√Īame, bebe conmigo! Brindaremos por tu dignidad real. ¬°Que tu reinado sea largo y glorioso! ¬óy ech√≥ cerveza de su copa en la m√≠a, que ya estaba a rebosar.
¬ó¬°Que nuestras copas rebosen siempre! ¬óa√Īad√≠ mientras la cerveza se derramaba por mi mano.
Cynan se echó a reír. Bebimos y antes de que pudiera llenar de nuevo mi copa, me apresuré a pasársela a Tegid.
—Creí que hacía tiempo que se nos había acabado la cerveza —dije—. No tenía idea de que quedara tanta.
¬óEs la √ļltima ¬ócoment√≥ Cynan mirando el contenido de su copa¬ó. Cuando se haya acabado, tendremos que esperar a que los campos sean labrados y crezca el grano. Pero hoy ¬óa√Īadi√≥ con una carcajada¬ó, hoy tenemos cuanta necesitamos.
Cynan, con su resplandeciente cabellera roja, con sus brillantes ojos azules y la copa llena de cerveza, parecía tan exultante de vida y tan feliz de disfrutar de aquellos momentos, tras los horribles acontecimientos de los pasados días, que no pude sino unirme a su alegría; me eché a reír aunque el corazón me pesaba en el pecho como una losa.
¬óM√°s a√ļn, hermano ¬óle dije¬ó. ¬°Somos hombres libres y estamos vivos!
—¡Desde luego! —exclamó el príncipe.
Me ech√≥ el brazo al cuello y me atrajo hacia √©l en un cari√Īoso abrazo. As√≠ entrelazados, dediqu√© un silencioso y triste adi√≥s a mi hermano de armas.
Bran y algunos de los Cuervos se nos acercaron y me saludaron y aclamaron como rey jurándome eterna lealtad. También acudieron los reyes Calbha y Cynfarch.
¬ó¬°Salud, Llew! ¬ódijo Calbha¬ó. Que tu reinado contin√ļe como ha empezado.
¬ó¬°Que te acompa√Īe siempre la prosperidad ¬óa√Īadi√≥ Cynfarch¬ó y que la victoria corone todas tus batallas!
Les di las gracias y les rogué que me excusaran, pues había visto que Goewyn se alejaba del grupo. Calbha se dio cuenta de que mis ojos estaban clavados en ella y me dijo:
¬óVe, Llew. Ella te est√° esperando. Ve.
Yo me apresuré a marcharme.
¬óTegid, t√ļ y el profesor disponed el bote. Enseguida me reunir√© con vosotros.
El profesor Nettleton echó una rápida ojeada al cielo y dijo:
¬óVe si crees que debes hacerlo, pero date prisa, Llew. La hora-entre-horas no puede esperar.
Alcancé a Goewyn cuando pasaba entre dos casas.
¬óVen conmigo ¬óle dije¬ó. Debo decirte algo.
La muchacha no contest√≥; dej√≥ la jarra en el suelo y me tendi√≥ la mano. Yo se la cog√≠ y la conduje entre el laberinto de caba√Īas hasta el l√≠mite del crannog. Nos deslizamos entre las sombras del muro de la fortaleza y salimos por las puertas desprovistas de vigilancia.
Goewyn permanec√≠a en silencio mientras yo buscaba torpemente las palabras que expresaran lo que le quer√≠a decir. Ahora que me prestaba toda su atenci√≥n, no sab√≠a por d√≥nde empezar. La joven me miraba; en la desmayada luz del crep√ļsculo sus ojos brillaban grandes y oscuros, los rubios cabellos le resplandec√≠an como plata pulida y ten√≠a la piel p√°lida como el marfil. Una delicada torque reluc√≠a en su garganta como un collar de luz. Era en verdad la mujer m√°s bella que jam√°s hab√≠a conocido.
¬ó¬ŅQu√© ocurre? ¬ópregunt√≥ al fin¬ó. Si hay algo que te causa infelicidad, c√°mbialo. Ahora eres el rey y a ti te corresponde decir c√≥mo deben ser las cosas.
¬óMe parece ¬órepuse con tristeza¬ó que hay algunas cosas que ni siquiera un rey puede cambiar.
¬ó¬ŅQu√© ocurre, Llew? ¬ópregunt√≥ ella de nuevo.
Titubeé. Ella se me acercó aguardando la respuesta. La miré; estaba bellísima en la decreciente luz.
¬óTe amo, Goewyn ¬ódije.
Ella sonrió y sus ojos brillaron de alegría.
¬ó¬ŅY eso es lo que te hace infeliz? ¬óbrome√≥, acerc√°ndose a√ļn m√°s. Alz√≥ los brazos y entrelaz√≥ los dedos en mi nuca¬ó. Yo tambi√©n te amo. Ya ves. Ahora los dos juntos podremos sentirnos muy desgraciados.
Sentí su dulce aliento en la cara. Deseaba cogerla en mis brazos y besarla. Ardía de pasión. Pero me limité a apartar la vista de su rostro.
—Goewyn, me gustaría pedirte que fueras mi reina.
—Y si me lo pidieras —contestó con voz dulce y acariciadora—, aceptaría... como he hecho tantas veces en el fondo de mi corazón.
Su voz... podría vivir dentro de aquella voz. Podría existir en ella, perderme completamente, feliz de no oír nada más excepto su armonía.
Tenía la boca seca y me esforcé por tragar el grumo de arena que de pronto parecía atenazarme la garganta.
¬óGoewyn... yo...
¬ó¬ŅLlew? ¬óHab√≠a captado la desesperaci√≥n de mi voz.
¬óGoewyn, no puedo... no puedo ser rey. No puedo pedirte que seas mi reina.
La muchacha se irguió y se apartó de mí.
¬ó¬ŅQu√© quieres decir?
—Quiero decir que no puedo quedarme en Albión. Debo marcharme. Debo regresar a mi mundo.
¬óNo lo entiendo.
¬óYo no pertenezco a este mundo ¬óempec√© a decir con considerable torpeza, pero una vez hube empezado tuve miedo de callar¬ó. √Čste no es mi mundo, Goewyn. Soy un intruso; no tengo derecho a quedarme aqu√≠. Es la verdad. S√≥lo vine aqu√≠ por Simon. √Čl...
¬ó¬ŅSimon? ¬ópregunt√≥ ella, pues aquel nombre no significaba nada en su lengua.
¬óSiawn Hy ¬óle aclar√©¬ó. En nuestro mundo se llama Simon. √Čl vino aqu√≠ y yo tras √©l. Vine para hacerle regresar..., y ahora que lo he logrado tengo que marcharme. Ahora mismo, esta noche. No te ver√© nunca m√°s...
Goewyn no dijo nada, pero era evidente que no entendía ni una palabra de lo que le estaba diciendo. Exhalé un profundo suspiro y proseguí con mi torpe discurso.
—Todos los problemas, todo lo que ha sucedido aquí, en Albión... la muerte y la destrucción, la matanza de los bardos, las guerras, la desolación de Prydain... todas las desgracias que han sucedido... han derivado de Simon.
¬ó¬ŅTodo ha sido obra de Siawn Hy? ¬ópregunt√≥ la muchacha con incredulidad.
¬óNo me estoy explicando muy bien ¬ótuve que admitir¬ó. Pero es verdad. Preg√ļntaselo a Tegid; te dir√° lo mismo. Siawn Hy trajo consigo ciertas ideas..., ideas de tal astucia y perversidad que envenen√≥ con ellas toda Albi√≥n. Meldron comulg√≥ con ellas y ya ves lo que sucedi√≥.
¬óNo s√© nada de todo eso. Pero s√≠ s√© que Albi√≥n no ha sido destruida. Y no ha sido destruida ¬ópuntualiz√≥¬ó gracias a que t√ļ lo impediste. De no ser por ti, Siawn Hy y Meldron habr√≠an reinado sobre una Albi√≥n asolada.
—Entonces ya ves por qué no puedo permitir que eso suceda de nuevo.
¬ólo √ļnico que veo ¬ócorrigi√≥ ella con firmeza¬ó es que t√ļ debes quedarte para impedir que vuelva a suceder.
Advirtió mi vacilación y adujo más argumentos.
—Sí, debes quedarte. Como rey que eres, es tu derecho y tu deber. —Hizo una pausa y sonrió—. Quédate y reina sobre una Albión renovada.
Goewyn sabía muy bien las palabras que yo deseaba oír y las había pronunciado. Sí, pensé yo, podía quedarme en Albión. Podía ser rey y reinar junto a Goewyn como mi reina. Seguramente el profesor Nettleton estaba equivocado y ella estaba en lo cierto: era mi deber como rey asegurarme de que la renovación de Albión proseguiría como había empezado. ¡Podía quedarme!
Goewyn ladeó la cabeza.
¬ó¬ŅQu√© me dices, amor m√≠o?
¬óMe quedo, Goewyn. Si es posible, me quedar√© para siempre. S√© mi reina. Ay√ļdame a reinar.
Ella se ech√≥ en mis brazos y sent√≠ sobre mis labios la c√°lida suavidad de los suyos. Aspir√© con deleite la fragancia de sus cabellos. La abrac√© con fuerza y la bes√©; bes√© su garganta de marfil, sus p√°rpados de seda, sus c√°lidos y h√ļmedos labios que sab√≠an a miel y a flores silvestres. Y ella tambi√©n me bes√≥.
Hab√≠a so√Īado con aquel momento innumerables veces, lo hab√≠a deseado, lo hab√≠a anhelado. En verdad, lo √ļnico que ansiaba era amarla. Apret√© contra m√≠ el suave calor de su cuerpo y supe con certeza que me quedar√≠a..., como si en alg√ļn momento hubiera abrigado alguna duda.
—Espérame —dije; la solté y me apresuré a alejarme.
¬ó¬ŅAd√≥nde vas? ¬ógrit√≥ tras de m√≠.
—Nettles se marcha. Me está esperando —respondí—. Debo despedirme de él.