38 - Mano de plata

Una mano de plata, lustrosa y resplandeciente, emergía de las tranquilas y oscuras aguas. Sí, emergía del mortífero lago, y enseguida vi que tras la mano de plata surgía un brazo desnudo.
—¡Es Gofannon! —exclamó un hombre.
—¡Es Llyr! —gritó una mujer que llevaba en brazos un bebé.
El pueblo contempló boquiabierto cómo después emergieron una cabeza y unos hombros. No se trataba de Gofannon, ni de Llyr; la cabeza y los hombros de Llew emergían del lago.
Cuando apareció en la superficie, tenía los ojos cerrados; pensé que estaba muerto. Pero de pronto los abrió; aspiró una bocanada de aire, se sacudió del rostro las putrefactas aguas y comenzó a nadar.
La multitud retrocedi√≥ despavorida. En su memoria estaba a√ļn fresco el recuerdo de los que hab√≠an perecido en las aguas envenenadas del r√≠o, pues hab√≠an presenciado su agon√≠a y su muerte. ¬°Pero Llew viv√≠a!
Meldron no estaba menos aturdido que los demás, pero se sobrepuso enseguida. Oí el chasquido de metal que produjo su espada al ser desenvainada y vi el reflejo del sol en la desnuda hoja.
Alcanzó de un salto la proa blandiendo la espada en alto.
—¡Muere! —rugió.
Descarg√≥ el golpe con violencia asiendo la empu√Īadura con las dos manos; su rostro era una mueca de odio y rabia.
—¡Llew! —grité con todas mis fuerzas.
Llew se giró. No sé si alertado por mi grito o por sus reflejos de guerrero, se encaró con la espada que se cernía sobre él y alzó la mano para detener el asesino ataque de Meldron.
La espada cayó con la celeridad del rayo. Pero la mano de plata de Llew salió a su encuentro.
—¡Mirad! —gritó Cynan desde la orilla.
Aquella mano..., aquella mano de metal unida a un mu√Ī√≥n de carne... detuvo el espadazo de Meldron. La mano de plata choc√≥ con la espada. Se oy√≥ un ruido como el del martillo al golpear el yunque.
La hoja de la espada saltó en pedazos, que cayeron al agua. La hoja se había roto y también el brazo de Meldron.
El hueso produjo un chasquido sordo, y Meldron mir√≥ horrorizado c√≥mo el brazo se le doblaba entre la mu√Īeca y el codo. Dej√≥ caer la espada y solt√≥ un agudo grito que reson√≥ en el aire. Pero, al tiempo que se agarraba el fracturado brazo, perdi√≥ pie.
—¡Salta! —exclamó Siawn Hy.
Un salto le habr√≠a salvado la vida, pero era tarde. El bote se tambaleaba a√ļn por efecto del violento espadazo, y Meldron cay√≥ al agua con los ojos desorbitados por el terror y la boca abierta en un grito de desesperaci√≥n.
Tuvo su merecido, pero su muerte no produjo j√ļbilo alguno entre los espectadores. Se debati√≥ desesperadamente mientras se lo tragaba el negro cieno. Como les hab√≠a sucedido antes a muchos de sus desventurados servidores, su piel se arrugaba y se agrietaba, se le formaban verdugones y sanguinolentas √ļlceras, la carne se desprend√≠a de los tendones y √©stos, de los huesos.
Se retorc√≠a salvajemente aullando de dolor mientras se ara√Īaba la carne como si quisiera arranc√°rsela. Su garganta emiti√≥ un grito estremecedor. Se debati√≥ y agit√≥ como si le estuvieran clavando lanzas, y los cabellos se le cayeron en repugnantes mechones. Abri√≥ desmesuradamente la boca y tom√≥ aliento para emitir un √ļltimo y torturado alarido. Pero el agua, corrupta y putrefacta, le entr√≥ por la boca, y el malvado pr√≠ncipe se ahog√≥ con sus propios gritos. Su cabeza se estremeci√≥ de forma horripilante mientras la muerte acababa con su vida.
Luego se hundió en las putrefactas aguas. Poco después su cuerpo apareció flotando en la superficie; sus ojos sin vida miraban fijamente la inmensidad del cielo.
Llew se dirigi√≥ a la orilla; nad√≥ un trecho hasta tocar pie. Sus ropas y ligaduras hab√≠an desaparecido, corro√≠das por el ponzo√Īoso veneno. Se ergu√≠a ante nosotros completamente desnudo, sin mancha, sin la menor herida. Su piel era lisa y perfecta, sus miembros robustos y s√≥lidos. Alz√≥ la mano de plata y la examin√≥ con asombro. Avanz√≥ unos pasos; los guerreros de Meldron retrocedieron. Sent√≠ que las manos que me agarraban por la espalda me soltaban. Me puse en pie y ech√© a correr torpemente sobre la pedregosa playa. Mientras corr√≠a, no cesaba de llamar a mi amigo.
Llew estaba a√ļn en el lago, a poca distancia de la orilla, chorreando agua, aturdido por lo que acababa de sucederle; se detuvo. Yo me puse justo frente a √©l y le grit√© otra vez:
¬ó¬°Llew! ¬°Sal del agua!
Cynan se había puesto en pie y lo miraba aturdido sin dejar de mover la cabeza.
¬ó¬°Est√° vivo! ¬ógrit√≥ Goewyn echando a correr hacia m√≠. Ten√≠a un cuchillo en las manos y procedi√≥ inmediatamente a cortarme las ligaduras¬ó. ¬ŅPor qu√© no sale del agua?
—No lo sé —respondí con los ojos clavados en Llew, que se erguía frente a nosotros con la mano de plata levantada.
Cynan le tendió a Goewyn las manos, y la muchacha se apresuró a liberarlo. El príncipe dio dos rápidas zancadas hacia el lago.
—¡Mirad! ¡El agua! —exclamó.
Mi visi√≥n interior se dirigi√≥ a donde se√Īalaba. Vi a Llew de pie, como antes; no se hab√≠a movido. Pero, en torno a √©l, el agua que se ondulaba en rizadas ondas como un anillo que se fuera agrandando estaba completamente limpia. Tambi√©n se hab√≠a purificado entre √©l y la orilla; el anillo de agua l√≠mpida se extend√≠a por el lago con singular rapidez.
La pestilente plaga cedía, se desvanecía, se disolvía empujada por las ondas de agua limpia que se formaban alrededor de Llew, cuya presencia parecía brillar como un sol que, en un cielo turbio, disipa la niebla y las nubes y disuelve la oscuridad con el resplandor de su luz.
—La curación está en el agua —murmuró Goewyn con lágrimas en los ojos.
Con sus palabras resonando en mis oídos eché a correr hacia Llew.
—¡Tegid! —gritó Cynan haciendo ademán de detenerme.
Di dos pasos, tropec√© y ca√≠ de bruces al lago. Las aguas me cubrieron la cabeza y sent√≠ picor en los ojos. Saqu√© la cabeza jadeando y me frot√© los ojos con ambas manos. Una resplandeciente luz me deslumbraba los ojos. Pesta√Īe√©.
Todo apareció ante mis ojos como lo había visto antes con los ojos de la mente, pero ahora veía mejor, más clara y nítidamente que antes. Mi visión interior y mi vista habían convergido: ¡podía ver! Una luz resplandeciente, deslumbradora, brillante, gloriosa penetraba por mis ojos; los cerré y la luz se apagó. Era cierto. ¡Estaba curado!
Cynan se metió en el lago detrás de mí. De un salto alcanzó a Llew y lo abrazó con todas sus fuerzas. Goewyn se apresuró a unirse a ellos. Besó a Llew y lo estrechó entre sus brazos.
Me levanté, corrí hacia Llew y lo toqué con mis manos.
¬ó¬°Est√°s vivo! ¬óexclam√©¬ó. Meldron ha muerto y t√ļ est√°s vivo.
—¡Todo ha terminado! —declaró Cynan—. ¡Meldron ha muerto!
Goewyn volvi√≥ a besar a Llew, y otro tanto hizo Cynan. Llew correspond√≠a a sus muestras de cari√Īo como aturdido. Nos tendi√≥ la mano de plata, y yo la cog√≠ entre mis manos. El metal era fr√≠o, pulido como un espejo y muy brillante. Los dedos estaban ligeramente curvados y la palma abierta en un gesto de s√ļplica o de ofrenda.
La plata estaba cubierta de espirales, c√≠rculos y nudos entretejidos, dibujados en la superficie de metal. En la palma estaba el Mor Cylch, el C√≠rculo de Danza, el laberinto de la vida. Pesta√Īe√©, todav√≠a inseguro de mis ojos, y toqu√© con mis dedos el sagrado emblema, comprobando el soberbio y perfecto dibujo de aquellas l√≠neas entretejidas. Ten√≠an un dise√Īo exquisito, y las incisiones estaban repujadas de oro. Era la obra de un artista de fabulosa originalidad y portentosa habilidad, la obra del m√°s perfecto de los herreros.
Acarici√© el laberinto y record√© las palabras de una promesa que nos hab√≠an hecho: ¬ęOs conceder√© el don de tu canci√≥n¬Ľ.
Y en mi mente apareci√≥ la imagen del que las hab√≠a pronunciado: Gofannon, el se√Īor del bosquecillo, el Art√≠fice de la Forja. Yo le hab√≠a hecho el regalo de mi canci√≥n, y √©l, para corresponder, me hab√≠a hecho el regalo de mi visi√≥n interior. Llew hab√≠a cortado le√Īa para √©l, pero no hab√≠a recibido nada a cambio aquella noche.
¬ęOs conceder√© el don de tu canci√≥n¬Ľ, hab√≠a prometido Gofannon, y ahora en Llew se cumpl√≠a su promesa. Porque la canci√≥n que yo hab√≠a cantado aquella noche era la Canci√≥n de Bladudd, el pr√≠ncipe deforme. ¬°Oh! ¬°Qu√© torpe y necio hab√≠a sido! Sin duda hab√≠a cantado aquella noche para la mism√≠sima Mano Segura y Certera.
¬ó¬°Salud, Mano de Plata! ¬ódije llev√°ndome el dorso de la mano a la frente¬ó. ¬°Tu servidor te saluda!
Con regocijado chapoteo, el pueblo de Dinas Dwr dej√≥ a un lado el miedo y se lanz√≥ al lago, cuyas aguas estaban ya completamente limpias. Cog√≠an agua con las manos, se la llevaban a la boca y beb√≠an hasta saciarse; se la derramaban sobre la cabeza para refrescarse, se lavaban y se limpiaban. Los ni√Īos chapoteaban y triscaban como atolondradas ovejitas.
Guiados por la sed y vencidos por la contemplación de aquellas límpidas aguas, los enemigos soltaron las armas y se sumaron al regocijo general. Escudos, cascos, espadas y lanzas caían en la playa pedregosa y eran pisoteados por la multitud que se precipitaba al lago. Los guerreros enemigos que no eran en realidad guerreros no se contentaban con abandonar sus armas; liberados de la brutal esclavitud de Meldron, se arrodillaban en el agua y lloraban de gratitud y alegría.
Ya no pensaban en la recompensa prometida, sino en dar las gracias de todo coraz√≥n. Hab√≠an sufrido la m√°s perversa de las persecuciones; ¬Ņc√≥mo √≠bamos a castigarlos a√ļn m√°s? En realidad nunca hab√≠an sido verdaderos enemigos.
Entretanto, los Cuervos y Calbha habían hecho prisioneros a los Jefes de Batalla de Meldron y a los guerreros de su Manada de Lobos y los habían reunido en la orilla. Cincuenta guerreros aguardaban con gesto adusto ser juzgados.
Bran alzó la lanza y nos llamó.
¬ó¬°Llew! ¬°Tegid! Os necesitamos.
Calbha y Bran estaban juntos, y los guerreros reunidos detrás de ellos apuntaban con sus lanzas a la Manada de Lobos. Nos unimos a ellos, y Calbha y Bran se apartaron para mostrarnos a su prisionero: era Siawn Hy, que mantenía la cabeza gacha como si estuviera contemplando las ligaduras que le sujetaban las manos.
Al acercarnos, Siawn alz√≥ la cabeza y nos dirigi√≥ una mirada siniestra. En la sien derecha ten√≠a una peque√Īa herida.
—¡Locos! —siseó—. Creéis que habéis ganado. Pero nada ha cambiado. ¡No habéis ganado absolutamente nada!
—¡Silencio! —le advirtió Bran—. No hables de ese modo al rey.
¬óTodo ha terminado, Simon ¬ódijo Llew.
Al o√≠r su antiguo nombre, Siawn respir√≥ hondo y le escupi√≥ a la cara. Bran, r√°pido como una serpiente, le peg√≥ un pu√Īetazo en la boca. Los labios de Siawn se llenaron de sangre. Bran se dispuso a golpearlo otra vez, pero Llew se lo impidi√≥ con un r√°pido movimiento de cabeza.
—Todo ha terminado —repitió Llew—. Meldron ha muerto.
¬óM√°tame a m√≠ tambi√©n ¬ómurmur√≥ l√ļgubremente Siawn¬ó. Nunca me someter√© ante ti.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Paladyr? ¬óle pregunt√©, y recib√≠ por toda respuesta un gru√Īido de desprecio.
Calbha alz√≥ la espada y se√Īal√≥ a Siawn y despu√©s a los dem√°s componentes de la Manada de Lobos.
¬ó¬ŅQu√© hay que hacer con todos esos? ¬óinquiri√≥ en tono fr√≠o y justiciero.
—Llevadlos a los almacenes y encerradlos —ordenó Llew—. Luego pasaremos cuentas.
Alun Tringad y Garanaw cogieron a Siawn por los brazos y se lo llevaron; los dem√°s siguieron a los centinelas de Calbha.
Drustwn y Niall se metieron en el agua y fueron hasta donde flotaba el cuerpo de Meldron. Cogieron el cad√°ver y lo arrojaron dentro del bote como si fuera un saco de grano. Luego empujaron a tierra el bote y se llevaron el cuerpo para que fuera enterrado y olvidado lo m√°s pronto posible.
Scatha contempló la escena con los brazos cruzados sobre el pecho y una sonrisa implacable en los labios.
—Tenía la esperanza de ver su cabeza en la punta de mi lanza. Pero así está bien.
Llew asintió y se fue tras los prisioneros. No había dado ni diez pasos cuando Cynan cogió una espada del suelo, la blandió y rompió a gritar:
¬ó¬°Salud, Mano de Plata! ¬°Salud!
Bran dio un paso al frente y cogió una lanza.
—¡Salud, Mano de Plata! ¡Salud! —gritó agitándola.
De pronto en todo el lago resonó el mismo grito, pues el pueblo de Dinas Dwr y la antigua hueste de Meldron dejaron de jugar y se volvieron a aclamar a Llew.
¬ó¬°Mano de Plata! ¬ógritaban¬ó. ¬°Salud, Mano de Plata!
Los v√≠tores resonaban como si el cielo se sacudiera con un trueno de j√ļbilo. Y Llew, que caminaba por la orilla, se detuvo, se volvi√≥ hacia el pueblo y levant√≥ su mano derecha de plata.
No pod√≠amos celebrar la victoria mientras nuestros muertos permanecieran insepultos. ¬ŅC√≥mo hubi√©ramos podido regocijarnos con los ojos llenos de l√°grimas? ¬ŅC√≥mo habr√≠amos podido celebrar los banquetes del triunfo mientras nuestros compa√Īeros eran pasto de las aves carro√Īeras?
Cuando hubimos descansado, comido y bebido aquella agua tan dulce y clara hasta saciarnos, nos dirigimos al campo de batalla en busca de nuestros muertos; y no eran pocos: casi la mitad de los que hab√≠an partido a luchar no hab√≠an regresado. Calbha hab√≠a sufrido las p√©rdidas m√°s numerosas; la hueste de los cruinos hab√≠a quedado diezmada. Los guerreros galanaes tambi√©n hab√≠an pagado un precio muy alto, y Cynfarch estaba profundamente abatido. Llew y Scatha hab√≠an perdido menos hombres que los dem√°s, pero la muerte de un solo hombre era para ellos una p√©rdida irreparable y por eso tambi√©n ellos estaban muy entristecidos. S√≥lo la Bandada de Cuervos hab√≠a salido inc√≥lume. Pero Bran y los Cuervos se unieron a nuestro dolor y nos acompa√Īaron al campo de batalla para enterrar a los ca√≠dos.
Todos nuestros hermanos de armas recibieron las honras f√ļnebres que merecen los h√©roes. Como hab√≠an muerto juntos, los depositamos a todos en una enorme tumba con las lanzas en las manos y cubiertos por sus escudos. Luego los tapamos con sus mantos y levantamos un t√ļmulo.
Mientras tanto, unos artesanos cortaron enormes lascas de piedra en el risco, y, cuando estuvo erigido el mont√≠culo, construimos un dolmen que se√Īalara la tumba.
Ya era tarde cuando nos dedicamos a los muertos del enemigo. El sol se había puesto y las estrellas brillaban en el cielo de la noche.
—Que esperen —comentó Cynan—. Tenían muchas ganas de conquistar esta tierra; que disfruten pues de los frutos de su esfuerzo.
Pero Llew echó una ojeada al montón de cadáveres.
—No, Cynan —dijo—, no está bien. La mayoría de ellos no eran guerreros de Meldron.
—Pero luchaban a su lado. Murieron por él. Que él se encargue de ellos —replicó Cynan con tono amargo.
¬óHermano ¬ólo apacigu√≥ Llew¬ó, observa a tu alrededor. Mira a esos hombres. Eran granjeros, eran muchachos inexpertos, campesinos, le√Īadores y pastores. No hab√≠a sitio para ellos en esta lucha. El Salvaje Sabueso los utiliz√≥ cruelmente y los arroj√≥ a la muerte. Nosotros hemos sufrido mucho, pero ellos tambi√©n han sido v√≠ctimas de la brutalidad de Meldron. Al menos, ofrezc√°mosles nosotros un poco de respeto a la hora de la muerte.
Cynan asintió de mala gana. Se rascó el cuello mientras contemplaba la llanura cubierta por las sombras; sus ojos azules brillaban con la poca luz que quedaba.
¬ó¬ŅQu√© sugieres que hagamos?
—Enterrémoslos como hemos hecho con los nuestros —dijo Llew.
—No lo merecen —observó Cynan.
—Quizá no —asintió Llew—, pero lo haremos de todos modos.
¬ó¬ŅPor qu√©? ¬ópregunt√≥ Cynan.
—¡Porque nosotros estamos vivos y tenemos una oportunidad, y ellos en cambio no! —repuso con pasión Llew—. Lo haremos por ellos y también por nosotros mismos.
Cynan sacudió la cabeza.
¬óEllos nunca notar√°n esa diferencia.
—Pero nosotros sí —replicó Llew.
¬óEs una buena idea ¬óintervine¬ó. Pero ya no hay luz y estamos cansados. Vayamos a descansar y ma√Īana ser√° otro d√≠a.
A Llew no le agrad√≥ la idea y sacudi√≥ la cabeza; yo me apresur√© a a√Īadir:
¬óMa√Īana erigiremos un dolmen sobre la tumba. Cuando lo veamos nos acordaremos de lo horrible que puede llegar a ser el miedo y con qu√© facilidad puede dominar el alma de un ser humano.
Llew contempl√≥ el campo de batalla sumido en las sombras; √©l mismo era poco menos que una silueta oscura recortada en el paisaje a la luz del crep√ļsculo.
¬óMarchaos los dos. Descansad y dormid. Yo no reposar√© hasta que el √ļltimo rastro de Meldron sea borrado.
Se alejó, solo.
¬óPues tardar√° mucho en poder dormir ¬ócoment√≥ Cynan mir√°ndolo marcharse¬ó. No hay hogar ni colina en toda Albi√≥n que no lleve la marca de la plaga de Meldron. Clanna na c√Ļ, Tegid. ¬ŅHab√≠as o√≠do alguna vez algo parecido?
¬óNo ¬ótuve que confesar¬ó. Jam√°s. Pero comienza un nuevo orden. Creo que vamos a tener que aprender muchas novedades. ¬óLe puse la mano en el hombro y a√Īad√≠¬ó: Ordena que traigan antorchas y comida. Trabajaremos toda la noche.
En efecto, trabajamos durante toda la noche y durante todo el caluroso d√≠a que sigui√≥. El pueblo de Dinas Dwr y sus antiguos enemigos trabajaron hombro con hombro, con infatigable ardor. Cuando terminamos, en la llanura se levantaban dos mont√≠culos: uno a los pies de Druim Vran, en el que estaban enterrados nuestros hermanos de armas; el otro al otro lado del r√≠o, donde hab√≠an ca√≠do tantos hombres de Meldron. Fue un noble gesto y el pueblo comprendi√≥ su significado, aunque no la prisa de Llew por llevarlo a cabo. Hab√≠a dicho que no descansar√≠a hasta que el trabajo acabara, y creo que lo hab√≠a dicho de todo coraz√≥n. De todas formas era cierto que no habr√≠a un nuevo ma√Īana hasta que el ayer estuviera del todo enterrado.
Cuando los equipos de obreros hubieron terminado de colocar las lascas en el dolmen, el sol se estaba poniendo y derramaba sus débiles rayos sobre la tierra del montículo. La sombra del dolmen se proyectaba sobre la verde llanura. Ordené a Gwion que me trajera el arpa y congregué a todo el pueblo para cantar el Lamento por los Valientes.
Hac√≠a much√≠simo tiempo que la consoladora m√ļsica del arpa no se o√≠a entre nosotros, y muchos unieron sus voces a la canci√≥n; el pueblo lloraba al escuchar la melod√≠a. Eran l√°grimas de dolor, s√≠, pero tambi√©n de alivio. Cant√°bamos, y las l√°grimas flu√≠an de nuestros ojos y de nuestras almas.
Cuando hubimos terminado el lamento, pidieron más canciones. Yo acaricié las cuerdas del arpa mientras pensaba qué podía cantar, qué regalo podía ofrecerles. Me sentía muy a gusto con el arpa apoyada en el hombro; mis dedos no tardaron en encontrar las notas y comencé a cantar la canción que me había sido inspirada. A medida que cantaba, las palabras iluminaban una vez más la visión, que empezaba a hacerse realidad en el mundo de los hombres.
Cant√© a la escalonada ca√Īada hundida en el frondoso bosque, los pinos altos que se alzaban hacia el cielo... Cant√© al trono de asta erigido en un mont√≠culo herboso y cubierto por una piel de buey blanca como la nieve... Cant√© al bru√Īido escudo en el que se hab√≠a posado un cuervo con las alas abiertas que llenaba la ca√Īada con su austero graznido... Cant√© a la almenara cuyo fuego se elevaba al cielo de la noche y era respondido de colina en colina... Cant√© al jinete montado en un caballo bayo que emerg√≠a entre la niebla gris y cuyos cascos iban arrancando chispas de las piedras... Cant√© al batall√≥n de guerreros que se ba√Īaban en el lago de la monta√Īa mientras las aguas se iban ti√Īendo de la roja sangre de sus heridas... Cant√© a la mujer vestida de blanco, de pie, en una frondosa enramada, mientras la luz del sol hac√≠a resplandecer sus cabellos con un fuego dorado... Cant√© al cairn, a la tumba de los h√©roes...
Mientras cantaba, el sol poniente te√Ī√≠a de rojo y oro los cielos. Las nubes parec√≠an dedos de fuego que atravesaran la b√≥veda celeste. Era la hora-entre-horas, y yo cantaba ante un dolmen, ante un lugar sagrado; las palabras que pronunciaba deven√≠an chispas que prend√≠an en el coraz√≥n de los hombres. Y yo cre√≠a firmemente que lo que cantaba iba a suceder; ten√≠a que suceder.