37 - La derrota

Meldron cabalgaba al galope hacia el valle precedido por el atronador estrépito de los cascos y el pavoroso sonido del cuerno de batalla. Mi visión interior se despertó con el estruendo y vi que el Salvaje Sabueso atravesaba la llanura con un batallón de quinientos guerreros. El príncipe iba montado en un carro, rodeado por la flor y nata de sus hombres: cincuenta jinetes de su Manada de Lobos. Siawn Hy cabalgaba junto a Meldron. El traidor Paladyr no estaba con ellos, pero sin duda no debía de andar muy lejos.
Hab√≠an dado un rodeo por las monta√Īas para esquivar el r√≠o, y ahora se precipitaban al campo de batalla sorprendi√©ndonos por detr√°s. Cuando nuestros Jefes de Batalla se volvieron para enfrentarse al enemigo, ya los ten√≠an pr√°cticamente encima. No hubo tiempo para organizar una defensa efectiva, ni tampoco para replegarse ni para reordenarse.
Toda esperanza se había desvanecido incluso antes de que blandiéramos las armas ante aquella nueva amenaza.
Aun así, Bran y Scatha plantaron valientemente cara al enemigo. Si hubieran sido alertados, ¡quién sabe lo que habrían podido conseguir! En efecto, Bran derribó de un golpe a tres jinetes y Scatha dio buena cuenta de cuatro sin darles siquiera tiempo de que apreciaran su habilidad.
Pero Meldron no iba a conformarse con vencernos simplemente, cosa que le habría resultado demasiado fácil. Había planeado algo más divertido. En lugar de lanzar al combate a sus hombres, los agrupó en filas y formó un muro de contención en torno a nosotros. Luego, despacio, comenzó a empujarnos paso a paso hacia el río. Los enemigos a quienes nosotros habíamos impelido hacia el río fueron haciéndose a un lado de modo que nuestros guerreros se encontraron acorralados entre las mortíferas aguas y un denso bosque de lanzas.
Bran arremetió con arrojo contra un guerrero que se había acercado con excesiva imprudencia; derribó al jinete y saltó a lomos del animal. Durante unos instantes pareció que podría romper las filas del enemigo; la Bandada de Cuervos se dispuso a seguirlo, pero las patas del animal fueron cortadas desde abajo, y Bran cayó bajo el caballo.
Goewyn, de pie, a mi lado, gritó desafiante mientras los enemigos dominaban al Cuervo y lo hacían prisionero. La muchacha podría haberse ahorrado el aliento, porque todos corrimos enseguida la misma suerte. De forma ignominiosa fueron desarmados los intrépidos guerreros; uno a uno los Cuervos fueron arrojados al suelo a golpe de lanza y despojados de sus armas; les ataron las manos a la espalda y fueron encadenados unos a otros con gruesas sogas en el cuello.
El batallón de Cynan tuvo que soportar idéntica humillación. Los que resistieron o trataron de huir fueron golpeados hasta perder el sentido, o les cortaron los tendones de los brazos para que no pudieran sostener nunca más sus armas. Cuando hubieron dejado fuera de combate a Cynan y le hubieron confiscado sus armas, les tocó el turno a Scatha y a Calbha.
Meldron apareció sólo después de que todos fuimos hechos prisioneros. El Salvaje Sabueso dejó oír su voz entre la jauría de Lobos.
¬ó¬ŅEsto es todo de lo que sois capaces? ¬ógrit√≥¬ó. ¬ŅEs √©sta la invencible hueste de Llew?
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Llew? ¬ósusurr√≥ con angustia Goewyn¬ó. No lo veo.
¬óYo tampoco.
Cynfarch, que a mi lado luchaba por contener su furia, dijo:
¬óCreo que est√° all√≠..., en el centro. ¬ŅPor qu√© no ofrece resistencia?
—Me voy con él —anuncié abriéndome paso hacia donde había indicado Cynfarch.
Goewyn me acompa√Ī√≥ cogida fuertemente de mi mano. Nettles, temblando, caminaba silencioso junto a m√≠. Un √°spero grito y una punta de lanza en mi espalda nos detuvieron. Ya no pod√≠amos avanzar m√°s.
¬ó¬ŅLo ves? ¬ópregunt√≥ la muchacha.
¬óNo ¬órepuse.
Meldron también se estaba preguntando dónde se había metido Llew.
¬ó¬°Llew! ¬órugi√≥¬ó. ¬ŅD√≥nde est√°s? Mu√©strate de una vez, si es que no tienes miedo. He venido a buscarte, Llew. ¬ŅAs√≠ es como recibes a tu rey?
La voz de Llew se oyó entre sus hombres.
—Aquí estoy, Meldron.
¬óSal de ah√≠ para que pueda verte ¬óorden√≥ Meldron¬ó. Es in√ļtil que te escondas de m√≠, condenado tullido. ¬ŅTendr√© que matar uno a uno a tus hombres para encontrarte?
O√≠ maldecir a los guerreros; la pi√Īa de prisioneros se movi√≥ ligeramente.
—No —susurró Nettles—. Aros ol, Llew. No salgas.
—¡No lo hagas! —gritó Calbha, y recibió un golpe de lanza en los dientes.
Cayó al suelo; sus hombres hicieron un amago de socorrerlo pero fueron inmovilizados por una doble hilera de lanzas.
—Estoy aquí —respondió Llew apareciendo entre los prisioneros—. No pretendo esconderme de ti, Meldron.
¬óHas llegado muy lejos ¬ógru√Ī√≥ Meldron desde su carro¬ó. ¬ŅEs que pensabas que no vendr√≠a a sofocar tu insignificante rebeli√≥n? ¬ŅPensabas que podr√≠as escapar de m√≠? Tengo que vengar mi honor.
¬ó¬ŅHonor? ¬órepiti√≥ en tono fr√≠o Llew¬ó. Me extra√Īa que conozcas el significado de esa palabra.
—¡Atadlo! —gritó Meldron, y al instante fue obedecido.
Rodeado por sus hombres, con su adversario desarmado y atado, Meldron se sintió lo bastante seguro como para enfrentarse cara a cara con Llew. Ardí en cólera al contemplar la altiva expresión de su rostro y el contoneo con que se acercó a Llew.
¬óMorir√°s por lo que has hecho.
Llew no se dignó contestar.
¬ó¬ŅNo dices nada? ¬óse burl√≥ Meldron con arrogante sonrisa.
La vanidad del Salvaje Sabueso hab√≠a aumentado considerablemente; parec√≠a sumamente complacido de s√≠ mismo. Se acerc√≥, golpe√≥ el mu√Ī√≥n de Llew y se ech√≥ a re√≠r. Luego, mirando a uno y otro lado, grit√≥:
¬ó¬ŅD√≥nde est√° tu bardo ciego? ¬ŅD√≥nde se esconde Tegid? ¬ŅAcaso teme recibir el castigo que merece por haber participado en esta traici√≥n?
Al momento, di un paso al frente y respondí en voz bien alta:
—Sólo hablas de miedo y de escondites, Meldron. Es evidente que un cobarde ve la cobardía en todos los hombres.
Meldron se volvió hacia mí.
¬ó¬°Ah, Tegid!
Ordenó con un gesto que me llevaran ante él, y sus hombres me arrastraron violentamente; Cynfarch osó impedirlo, pero fue golpeado.
¬óNo te ve√≠a..., pero t√ļ tampoco me ves. ¬óSe ech√≥ a re√≠r, y la Manada de Lobos lo core√≥¬ó. Adem√°s de ciego eres un loco; sin duda has nacido bajo una doble maldici√≥n.
Esperé unos instantes a que sus hombres celebraran el insulto. Luego respondí.
¬óEs propio de enfermos imaginar en los dem√°s su propia enfermedad.
A modo de respuesta, Meldron me golpeó la boca con el revés de la mano.
¬óPor lo que acabas de decir, morir√°s el √ļltimo ¬ógru√Ī√≥ acercando su rostro al m√≠o¬ó Morir√°s despu√©s que todos los dem√°s.
En ese preciso instante vi algo que me heló el aliento en la garganta. Engarzado en oro y colgando de una tira de cuero, Meldron llevaba al cuello un fragmento de una piedra blanca: una Piedra Cantarina.
Mi mirada se clavó inmediatamente en Siawn Hy; ¡también él llevaba una! Todos los jefes de Meldron y los guerreros de la Manada de Lobos llevaban al cuello amuletos que contenían pedacitos de piedras. Pensando que la Canción de Albión los haría invencibles, se habían hecho talismanes con las Piedras Cantarinas y todos los llevaban colgando al cuello.
—¡Llevadlos al río! —ordenó entonces Meldron mientras se alejaba.
Me ataron las manos a la espalda. Unos robustos brazos me cogieron y me levantaron en vilo. Goewyn gritó y fue rápidamente silenciada.
—¡Meldron! —exclamó una voz.
Era Siawn Hy. Había estado aguardando, agazapado tras la sombra del usurpador. Intercambiaron unas palabras que no pude oír.
¬óHace tiempo que deseo ver la ciudad encantada que ha construido Llew ¬ódeclar√≥ Meldron, separ√°ndose de su compinche¬ó. ¬ŅCre√©is que alguien puede imped√≠rmelo ahora? ¬ŅNo? Pues vayamos a verla de una vez.
Luego el Salvaje Sabueso ordenó a sus hombres:
—¡Traedlos! ¡Traedlos a todos! —gritó—. ¡Seguidme!
Fuimos arrastrados risco arriba. El ingente ej√©rcito enemigo tom√≥ posesi√≥n de Druim Vran, profanando las sendas de nuestra rec√≥ndita ca√Īada. Nuestro pueblo, en lo alto del risco, lloraba nuestra derrota. Sus lamentos llenaban el aire como los gritos de una madre cuyo hijo le ha sido arrebatado por la muerte. El llanto se propagaba por todo el valle y se clavaba en mi coraz√≥n como una daga.
Fuimos llevados a trav√©s del bosque hasta el lago. Nuestros jefes fueron atados de pies y manos y obligados a alinearse en la orilla. Yo quer√≠a acercarme a Llew, para enfrentarnos juntos a la muerte y morir desafiando a Meldron hasta el √ļltimo momento.
Pero me habían atado las manos fuertemente y dos guerreros me vigilaban. No podía moverme. La muerte se acercaba; sentía sus negras alas revoloteando cada vez más cerca.
Dicen que el que arriesga todo no arriesga nada, y, como no tenía nada que perder, grité:
¬ó¬°Meldron! ¬°Salvaje Sabueso de Destrucci√≥n! Azote y Plaga de Albi√≥n, ojal√° vivas muchos a√Īos para que saborees el castigo que te has ganado con tus actos. ¬°Abominable Usurpador! Te deseo una larga vida, Meldron, para que puedas gozar del odio que te has ganado, para que puedas deleitarte con la aversi√≥n que inspira tu nombre. ¬°Regoc√≠jate en la ruina que has desencadenado en la tierra!
Deseaba con toda el alma que mis palabras devinieran armas que lo atormentaran hasta mucho después de que su carne y sus huesos se hubieran convertido en polvo.
¬ó¬°Meldron! ¬°Escucha mi maldici√≥n! ¬°Rey de Sabuesos, recibe tu parte! ¬ógrit√© extendiendo las atadas manos hacia el ponzo√Īoso lago¬ó. Llena tus pulmones de este hedor. Es una pestilencia exquisita, ¬Ņno te parece? ¬°Conserva el esplendor de tu reino, Meldron, Rey de la Corrupci√≥n, Pr√≠ncipe del Veneno!
—¡Hacedlo callar! —gritó enfurecido Meldron.
Enseguida sent√≠ un pu√Īetazo en la mand√≠bula. Un segundo golpe me hizo echar la cabeza hacia atr√°s. Se me llen√≥ la boca de sangre y ca√≠ de rodillas.
Cuando levant√© la cabeza, vi las negras aguas del lago muerto que brillaban apagadamente bajo la luz del bochornoso sol. Llew estaba de rodillas a poca distancia, tambi√©n junto a la orilla; le hab√≠an atado las mu√Īecas, las rodillas y los tobillos. Meldron, inflado de satisfacci√≥n, se ergu√≠a ante √©l.
Detr√°s acechaba Siawn Hy con sus audaces ojillos y su aire de superioridad.
Busqué entre la multitud y distinguí a Bran y a Scatha al frente de los prisioneros. Calbha estaba muy cerca, con la cabeza abatida; sangraba por el cuello y el hombro. Los tres llevaban sogas en el cuello y tenían atados los pies y las manos. No vi a Nettles, pero sí a Cynfarch, que se erguía orgulloso junto a una desafiante Goewyn que echaba fuego por los ojos. Todos ellos iban a morir después de Llew.
Trajeron un bote. Meldron ordenó que Llew fuera subido a él, y cuatro guerreros de la Manada de Lobos lo levantaron en vilo y lo arrojaron al bote. Luego subió Meldron y ordenó que empujaran la embarcación para alejarla de la orilla.
Enseguida comprendí cuál era la perversa intención del malvado Meldron. Mi corazón me dio un brinco, como una bestia cautiva que intentara escapar de su jaula. Me debatí para ponerme en pie.
—¡Meldron! —grité.
De nuevo me abati√≥ un tremendo pu√Īetazo, y unas robustas manos me obligaron a poner la cara a pocos cent√≠metros del agua ponzo√Īosa.
El Salvaje Sabueso quer√≠a matar a Llew a la vista de su pueblo. Quer√≠a que todos lo oy√©ramos gritar con su √ļltimo aliento mientras las aguas letales del emponzo√Īado lago le arrancaban la carne de los huesos. Meldron deseaba que todos vieran morir a Llew en horrible agon√≠a, que todos lo vieran vencido, desfigurado, con el cuerpo convertido en un amasijo de llagas sanguinolentas.
No me cabía la menor duda de que había sido idea de Siawn Hy; habíamos sido conducidos hasta el lago para ser torturados y asesinados en presencia de todo el pueblo de Dinas Dwr. El muy malvado quería que nadie abrigara la menor duda de que Llew estaba muerto y Meldron era el rey.
—¡Salvaje Sabueso! —grité—. ¡Te desafío! ¡Mátame primero a mí!
Meldron me miró y se echó a reír, pero no se molestó en contestar.
Intenté ponerme en pie. Me propinaron una patada y las manos que me inmovilizaban no me soltaron. Sólo me restaba aguardar lo inevitable; no podía hacer nada por impedirlo.
Meldron empu√Ī√≥ los remos, y el peque√Īo bote avanz√≥ lentamente hasta un punto fuera del alcance de los que est√°bamos en la orilla, pero lo suficientemente cerca para que todos pudi√©ramos contemplar el espect√°culo. Luego, mientras Llew permanec√≠a acurrucado a sus pies, se levant√≥ y alz√≥ la mano parodiando el gesto con el que un generoso rey ofrece un regalo a su pueblo.
El gesto me puso enfermo, porque me record√≥ a su padre, Meldryn Mawr, el m√°s noble de los reyes de Prydain. Y no fui el √ļnico en encontrar ofensiva aquella pantomima, porque Bran grit√≥:
—¡Meldron! ¡Yo te maldigo! ¡Yo, Bran Bresal, te maldigo hasta la séptima generación!
El valiente Cuervo se debatió para soltarse y recibió una lluvia de golpes. Al ver a la chusma de Meldron golpear a tan noble guerrero, sentí que me hervía la sangre y solté un grito tratando de levantarme, pero me pusieron un pie en el cuello y me obligaron a pegar la cabeza al suelo.
Los guerreros cautivos rompieron a gritar ante la vergonzosa afrenta hecha a su Jefe de Batalla. Pero fueron rápidamente silenciados de forma cruel y vergonzosa por la Manada de Lobos. La chusma de Meldron se atrevió incluso a atacar a Scatha, pero los golpes no podían nada frente a su impávida dignidad; aunque la golpearon sin piedad, ella no hizo el menor gesto para cubrirse. Permaneció con la cabeza erguida, mirando a sus atacantes con tal ferocidad que no pudieron menos que dejar de pegarle; de este modo Scatha quedó a salvo de más humillaciones.
No veía a Cynan ni tampoco a la Bandada de Cuervos, pues la multitud de espectadores era inmensa. Sin embargo, no me cabía duda de que ellos, como todos los demás, seguirían la suerte de Llew. Sabía que ellos, lo mismo que la muchedumbre en la orilla, estaban contemplando el pavoroso espectáculo que se desarrollaba ante nuestros ojos.
Meldron, henchido de orgullo y de autosatisfacción, estaba de pie en el bote con los brazos levantados. Los anillos y brazaletes de oro refulgían bajo el sol implacable.
¬óPueblo ¬ógrit√≥ desde las mort√≠feras aguas¬ó, vais a ser hoy testigos de una victoria. Vais a ser hoy testigos de c√≥mo un rey re√ļne a toda Albi√≥n bajo su protecci√≥n. En efecto, ha sido vencido el √ļltimo enemigo que me quedaba.
Sus palabras eran gusanos en la boca de un cad√°ver.
—¡Abrid bien los ojos! —continuó el Salvaje Sabueso—. Ya habéis visto cómo mis enemigos han sido destruidos. Habéis visto cómo aplasto a los que intentan utilizar contra mí la traición.
Meldron cogió a Llew de la mano y lo obligó a ponerse en pie ante él con la cabeza gacha como corresponde a un vencido.
—Ahora vais a ver qué hago con los que se levantan en armas contra mí —vociferó Meldron para que lo oyera bien la multitud congregada en la ribera del lago, tanto sus guerreros como los prisioneros—. Observad cómo llevo a cabo la venganza que sólo a mí me corresponde.
Llew alzó el rostro, irguió los hombros y miró a Meldron con expresión desafiante.
Meldron lo agarró por los brazos y lo obligó a que mirara a la multitud que los observaba desde la orilla. Luego, con una sonrisa diabólica en los labios, el Salvaje Sabueso apoyó las manos en la espalda de Llew y le dio un violento empujón. Llew cayó de cabeza al lago.
—¡No, no! —gritó Cynan.
Se había lanzado con violencia hacia delante, empujando con piernas y hombros, y había logrado llegar hasta el mismo borde del agua, donde gritó con desesperado desafío mientras sus captores lo derribaban.
¬ó¬°Llew!
El aire tembló con gritos de horror y consternación, tan agudos y penetrantes como el dolor que los inspiraba. Luego reinó el más espantoso silencio...
Llew se hundi√≥ al instante en las p√ļtridas aguas. No se debati√≥, ni pate√≥, ni emiti√≥ los angustiosos gritos de dolor que hab√≠amos o√≠do en el r√≠o. Se oy√≥ s√≥lo un simple chapoteo y despu√©s un pavoroso silencio, mientras las letales aguas se ondulaban y volv√≠an a aquietarse enseguida.
Meldron miraba fijamente el lugar donde había caído Llew. Parecía decepcionado por la rapidez de su muerte y la serenidad con que la había afrontado. Había esperado sin duda ofrecer un espectáculo más emocionante. Frunció los labios y se le ensombreció el rostro mientras contemplaba la superficie del mortífero lago.
Luego se volvi√≥ hacia la multitud congregada en la orilla. Alz√≥ el brazo y vi que se√Īalaba a Cynan como la pr√≥xima v√≠ctima.
Pero, en el preciso momento en que se daba la vuelta para mirarnos, llam√≥ su atenci√≥n una tr√©mula luz en la superficie del emponzo√Īado lago. Yo tambi√©n la vi: un d√©bil resplandor, un destello como el que produce un pez plateado al saltar en un arroyo. Era evidente que algo se mov√≠a bajo las aguas del mort√≠fero lago.
El brazo de Meldron vacil√≥. Sus ojos se clavaron en el lugar donde Llew hab√≠a desaparecido. Su rostro expresaba a la vez frustraci√≥n y expectaci√≥n. ¬ŅA lo mejor iba a poder disfrutar al fin de su venganza contemplando la agon√≠a de su enemigo?
Creí ver otra vez el destello, aunque quizá sólo fue el reflejo del sol en el agua. Meldron seguía con los ojos clavados en el lago. Le temblaba el brazo como si estuviese viendo una maravilla.
Goewyn fue la primera en comprender lo que estaba sucediendo. Soltó un grito de asombro que sonó como la nota de un arpa que se propagara por las aguas. Con mi visión interior vi su rostro iluminado y sus ojos desorbitados de reverencial pavor. Seguí la dirección de su mirada y contemplé un maravilloso portento.
La mano de un hombre emergía del agua.
Los demás también la vieron y todos gritaron de asombro y contento. Pero su alegría cesó de pronto. Los gritos se acallaron en todas las gargantas cuando los espectadores se dieron cuenta de que la mano no era de carne: era de fría y resplandeciente plata.