36 - El río de la muerte

Calbha y Scatha penetraron hasta el mism√≠simo coraz√≥n de la hueste enemiga, pero no pudieron proseguir su r√°pido avance. Los enemigos, en franca retirada, se detuvieron de pronto junto a la orilla m√°s pr√≥xima del r√≠o. Los jinetes de Meldron se hab√≠an enterado del ataque y hab√≠an tenido el tiempo suficiente para reunirse y llevar a cabo el primer intento de resistencia. Pese a ello, era tan grande el n√ļmero de fugitivos y estaban tan aterrorizados que los jinetes no pod√≠an llegar hasta donde estaba el batall√≥n de Scatha.
Los hombres de Cynan vieron también entorpecido su avance. Los mal entrenados enemigos, cuya retirada había sido cortada por sus propios jefes, se vieron forzados a dar la vuelta y encararse con el aplastante ataque de los galanaes. La confusión era tal y la masa de enemigos tan compacta que Cynan apenas tenía espacio para manejar la espada. Bran se veía en idénticas dificultades. Aunque no los podíamos ver demasiado bien, vislumbramos cómo la formación de los Cuervos, lanzas en ristre, penetraba con ímpetu entre las líneas enemigas con la intención de unirse a las fuerzas de Scatha, pero su avance era lentísimo.
—Pretenden luchar—observó Cynfarch—. Que el Dadga los proteja.
El batallón de Llew se esforzaba también por unirse al de Scatha y Calbha en el corazón del enemigo. Pero la irrupción de los jinetes de Meldron frenó su avance, al igual que había sucedido con Bran y Cynan. En efecto, la indisciplinada masa de soldados de Meldron hacía las veces de un auténtico muro de contención y entorpecía el ataque de Llew; una masa informe de adversarios lo separaba de Scatha.
Pero, del mismo modo que los nuestros no podían proseguir su ataque, tampoco los enemigos podían rechazarlo. La batalla parecía haber llegado a un punto muerto. Como encontradas corrientes del mar, aquellos improvisados y desventurados soldados se movían en oleadas que chocaban entre sí: unos eran empujados contra los atacantes, otros intentaban huir. Y nuestros batallones eran como islotes aislados por aquel caótico reflujo.
El carynx resonó al otro lado del valle. La noticia del ataque había llegado hasta los jefes de guerra del enemigo, que se apresuraron a dar la alarma. Pero, como habían cometido la estupidez de quedarse al otro lado del río, no podían dirigir a sus inexpertos guerreros, que se debatían en la mayor confusión.
Bran no tard√≥ demasiado en encontrar una salida. Juzgando imposible abrirse paso entre aquella mara√Īa, se cubri√≥ con el escudo y avanz√≥ aplastando a todo el que encontraba a su paso. Los Cuervos siguieron a su jefe y no tardaron en abrir un sendero a trav√©s de un amasijo de ca√≠dos. Avanzaban por un camino viviente; no me cabe duda de que sus pies no tocaban el suelo.
—¡Lo han logrado! —exclamó Goewyn cuando la Bandada de Cuervos se hubo reunido con Calbha y Scatha en el corazón de las fuerzas enemigas—. ¡Y ahora lo intenta Cynan!
El enemigo se precipit√≥ al espacio que los Cuervos acababan de abandonar. Cynan debi√≥ de darse cuenta del movimiento e intuitivamente se dispuso a aprovecharlo. Primero a empujones y luego con un imparable √≠mpetu, se lanz√≥ entre los enemigos como un toro furioso en medio de un reba√Īo; muchos perecieron bajo su espada. El √≠mpetu de su ataque logr√≥ que sus hombres pudieran llegar al c√≠rculo que hab√≠an despejado y donde se hab√≠an hecho fuertes Scatha y los Cuervos.
—Ahora sólo queda Llew —dijo Goewyn apretándome la mano mientras observaba con expresión ansiosa aquella turbamulta.
—Los caballos se lo impedirán —comentó Cynfarch agitando su lanza—. No podrá moverse.
Incapaces de llegar hasta el centro de su ej√©rcito, los jinetes enemigos hab√≠an dado la vuelta y se dirig√≠an bordeando la multitud hacia donde estaba Llew, que, efectivamente, no pod√≠a unirse a sus compa√Īeros de armas en el coraz√≥n de la hueste enemiga. El batall√≥n de Llew se encontraba aislado del grueso de nuestras tropas y tendr√≠a que luchar solo hasta que encontrara modo de abrirse camino entre los jinetes.
Aunque el sol ardía en el mortecino cielo, sentí que una sombra caía sobre mí.
—Necesitan caballos —murmuró Cynfarch—. Y carros. ¡Caballos y carros!
Los jinetes segu√≠an avanzando hacia donde se encontraba Llew. Era evidente que pronto comenzar√≠a el combate. Goewyn tambi√©n se dio cuenta. Me apret√≥ el brazo; sus u√Īas se clavaron en mi piel. O√≠ un agudo golpeteo y vi que Nettles, asiendo nerviosamente una piedra en su pu√Īo, la golpeaba contra la pe√Īa en la que estaba sentado y contemplaba con ojos desorbitados el campo de batalla.
Los jinetes se acercaban más y más. Bran, Scatha, Cynan y Calbha estaban rodeados y Llew no podía hacer nada por detener la carnicería. Me tocaba actuar a mí. Me puse en pie. Así mi vara y la alcé hacia el sofocante sol. Como Bardo Supremo de Albión, invoqué el poder del Taran Tafod y lo envié en ayuda de nuestros guerreros.
Con la vara en alto alcé mi voz hacia los cielos y hacia las fuerzas que residían más allá:
—Gwrando! Gryd Grymoedd, Gwrando! —grité con todas mis fuerzas—. Gwrando! Nefol Elfenau, Gwrando! Erfyn Fygu Gelyn! Gwthio Gelyn! Gorch Gelyn! Gwasgu Gelyn!
Las palabras se articulaban en mi boca y brotaban de mis labios como llamas; respiraba fuego. Mi voz ya no era la mía, sino la voz de la Palabra que sostiene todo lo creado. Me vacié de todo pensamiento y me convertí en un vibrante junco agitado por el viento.
—Gryd Elfenau A Nefol Grymoedd! Gwrando! Gorch Gormail Fygu! —grité oyendo sólo el sonido del Taran Tafod tan agudo como un carynx.
Aspiré aire, abrí la boca y dejé que las palabras de la arcana y sagrada lengua fluyeran desde lo más profundo de mi corazón.
¬óNefol Elfenau, Gwrando! Erfyn Fygu Gelyn! Gwthio Gelyn! Gorch Gelyn! Gwasgu Gelyn!
Se levantó una fuerte brisa; la sentí en el rostro.
¬óGwrando, Gryd Nefol Elfenau! Erfyn Gwrando! Erfyn Nefol! Gorch Gormail Fygu!
Grité con el atronador bramido del toro. El viento arreció agitándome las mangas mientras sostenía en alto la vara con los brazos muy rígidos. Eché la cabeza hacia atrás y dejé que el trueno del Taran Tafod estallara a su voluntad.
Y, en respuesta a mi grito, oí el rugido del viento que soplaba desde los cuatro puntos cardinales. Oscuros nubarrones ocultaron el sol y cedió el seco calor del día. El ardiente y blanquecino cielo fue palideciendo bajo un palio de humo y nubes...
¬ę... El sol se apagar√° como el √°mbar...¬Ľ
El viento arreció, ululó, se enfureció. Una fría ráfaga me azotó el rostro, otra me golpeó la espalda y las piernas. La gente gritó asustada y se echó atrás. Cynfarch se dejó caer al suelo a mi lado, y Goewyn se abrazó a mis piernas, tanto para sostenerme como para protegerse ella misma. Nettles se acurrucó junto a mí.
¬ę... Los cuatro vientos se pelear√°n entre ellos con r√°fagas terribles...¬Ľ
Los vientos se desataron furiosos en el cielo y ulularon en el valle; arrastraban piedras y ramas, levantaban columnas de polvo que se elevaban en oscuros y ondulantes remolinos.
¬ę... El Polvo de los Antepasados se alzar√° hasta las nubes...¬Ľ
Goewyn se aferraba con todas sus fuerzas a mis piernas; Cynfarch se apoyaba en el astil de su lanza para guardar el equilibrio. Allá abajo, en el valle, los guerreros enemigos eran presa del terror y de la confusión. Gemían y gritaban angustiados, aturdidos por aquella sobrenatural galerna.
¬ę... La esencia de Albi√≥n se dispersar√° y desgarrar√° en la lucha de los vientos...¬Ľ
Al otro lado del ponzo√Īoso r√≠o resonaron los cuernos de batalla del enemigo, pero su estruendo se perdi√≥ entre la impetuosa furia de la galerna. El cielo se oscureci√≥ en un falso crep√ļsculo; brillaban estrellas entre los jirones de nubes. Los caballos, asustados, relinchaban y piafaban pateando a los jinetes bajo sus cascos. Los gritos de terror de los hombres se mezclaban con los gemidos de los moribundos; el fragor de las lanzas contra los escudos atronaba la b√≥veda celeste. Nuestros valientes guerreros segu√≠an luchando incansablemente; sus espadas rechinaban a cada golpe.
¬ę... El fragor de la batalla ser√° o√≠do en las estrellas del cielo...¬Ľ
La oscuridad invadió mi visión interior. La ceguera me reclamaba otra vez. Entre el bramido de la tempestad oía el estrépito de las armas y los gritos de los hombres, pero ya no podía ver lo que estaba sucediendo en el campo de batalla.
¬ó¬°Goewyn! ¬ógrit√©¬ó. ¬°Goewyn! ¬°Esc√ļchame! ¬°No puedo ver!
Me pasé el bastón a la mano izquierda, tendí la derecha hacia la muchacha y la ayudé a ponerse en pie. Goewyn se abrazó a mí y juntos arrostramos la galerna. Nettles asumió la tarea de ayudarme a sostenerme de pie; se puso de rodillas y se abrazó a mis piernas con todas sus fuerzas.
—¡He perdido mi visión interior! —grité—. Mira por mí, Goewyn; sé mis ojos.
—¡Es horrible, Tegid! Son muchos... No veo a Llew... ¡Ahora sí! ¡Allí está! Ya lo veo. Y a sus guerreros. Los jinetes los han alcanzado, pero ellos resisten. Los caballos están asustados; piafan y patean... Es tremendo; los jinetes no pueden combatir desde la silla. Nuestros guerreros los están masacrando... Es una lucha muy cruel.
¬ó¬ŅY los Cuervos?
¬óLos veo ¬ódijo ella¬ó. Veo a Bran. Est√°n avanzando... Intentan llegar hasta Llew. Pero los jinetes enemigos est√°n delante de ellos, y van llegando a√ļn m√°s.
¬óEst√°n aislados ¬óa√Īadi√≥ Cynfarch¬ó. Los Cuervos no pueden ayudar a Llew.
¬ó¬ŅY Cynan? ¬ŅQu√© hace? ¬ŅLo ves?
—Sí, lo veo... —empezó a decir Goewyn.
—Está a la cabeza de sus hombres —la interrumpió Cynfarch—. Está luchando. Todos están luchando.
¬ó¬ŅY el enemigo? ¬ŅResiste?
—El enemigo ha rodeado a los nuestros. Scatha está en el centro del círculo. Calbha a su derecha. Cynan a su izquierda. Bran también está a la izquierda —repuso Cynfarch alzando la voz para hacerse oír a través de la galerna.
¬óHuyen a cientos, a miles ¬óa√Īadi√≥ Goewyn¬ó. No quieren luchar. Pero sus Jefes de Batalla los fuerzan a resistir. Golpean con sus lanzas, pero con escaso resultado.
¬ó¬ŅCu√°ntos hombres hemos perdido? ¬ŅCu√°ntos han muerto o est√°n heridos?
—Creo... —comenzó Goewyn, e hizo una pausa para hacer un rápido cálculo—. El enemigo ha sufrido muchas bajas... pero resiste. No puedo calcularlo, Tegid. Creo que hemos perdido algunos, pero no demasiados.
Me pesaba la vara; me dolía el brazo de sostenerla sobre mi cabeza. El viento arrancaba lágrimas de mis ojos sin vista. Así con fuerza la vara y procuré dominar mi tembloroso brazo. Con la lengua secreta de los bardos invoqué a la Mano Segura y Certera para que socorriera a nuestros guerreros.
—Dagda Samildanac! —grité—. Gwrando, Dagda! Cyfodi GwrGwir, Sicur Llaw Samildanac! Cyfodi A Cysgodi, Dagda Sicur Llaw! Gwrando!
El vendaval rug√≠a risco abajo; sus r√°fagas eran heladas, su fuerza tremenda. Me temblaban brazos y piernas con el poder que se hab√≠a desencadenado en torno. O√≠ el luminoso estallido de un rayo y la fragorosa respuesta de un trueno. Se me estremeci√≥ el alma; la tierra vacil√≥ bajo mis pies. Lo √ļnico que pod√≠a hacer era resistir el embate de la tempestad.
—¡Tegid! —exclamó Goewyn apretándose contra mí—. Retroceden..., ¡el enemigo está retrocediendo!
¬ó¬°Dime lo que ves, Goewyn!
—Hwynt ffoi! —gritó Nettles—. ¡Huyen!
—Se precipitan hacia el río —confirmó Goewyn—. ¡Escapan!
La galerna arrancaba de sus labios las palabras antes de que las articulara.
Así el bastón por un extremo y lo alcé apuntando al cielo.
¬óDaillaw! Gwasgu Gelyn! Gorch YrGelyn!
De nuevo sentí un pálpito vibrante en las manos y en los brazos, en las piernas, en los huesos y en la sangre. Pese a la fuerza del vendaval, sentí que el aire se estremecía en torno y que los cielos se sacudían.
La vara que sostenía en la mano se incendió y mis pulmones aspiraron un aire caliente que olía a chamusquina, al tiempo que el fragoroso bramido de un trueno estallaba sobre mi cabeza. Mi cráneo se estremeció, y el corazón dejó de latirme en el pecho. Una deslumbradora luz blanca se encendió dentro de mi cerebro.
Me pareció que estaba volando, como un águila; me elevaba más y más internándome en la tempestad que estremecía el cielo, sacudido por la violencia del vendaval. Muy lejos, allá abajo, vi el campo de batalla. Vi que en él pululaban hombres; pero no me parecían hombres: eran olas de un agitado mar que se levantaban y rompían. Lo veía todo con los agudos ojos de un águila; luego comencé a perder altura poco a poco.
El humo no me permit√≠a ver. Segu√≠a cayendo. Y, cuando me pareci√≥ que iba a chocar con la tierra, el humo se despej√≥ y me di cuenta de que me encontraba en el valle, en medio de la batalla. A mi alrededor los hombres hu√≠an con los ojos desorbitados por el terror, se empujaban, tropezaban, pisoteaban a los que hab√≠an ca√≠do. Corr√≠an hacia el r√≠o y se precipitaban en sus emponzo√Īadas aguas impelidos por el desesperado af√°n de escapar.
Enloquecidos, aterrorizados, saltaban desde los bancales a la putrefacta corriente. Los primeros enemigos, con el agua a la altura de los muslos, avanzaban por la pestilente corriente con la intención de llegar a la otra orilla sanos y salvos. Pero, tras dar algunos pasos, se detuvieron porque sobre ellos había caído un nuevo horror.
Con las bocas abiertas, se dieron la vuelta y gritaron algo a sus compatriotas en desesperada agon√≠a. Sus gritos eran estremecedores. Pero m√°s horrible a√ļn era la visi√≥n de sus arrugadas y supurantes carnes.
En efecto, donde los alcanzaba el agua envenenada, la piel se les apergaminaba, se les llenaba de llagas que supuraban sangre y pus. Repugnantes llagas les enrojecían las manos, brazos, muslos y piernas. El veneno les salpicaba los ojos, el cuello, el pecho y el rostro. El gemido pavoroso del vendaval se mezclaba con los gritos de dolor de los hombres que iban cayendo en aquellas mortíferas aguas.
Los infelices se tambaleaban y perd√≠an pie. Los que ca√≠an en el r√≠o no volv√≠an a levantarse. Pero, aunque el aire estaba invadido de tremendos chillidos que deb√≠an de haberles servido de aviso, los enemigos segu√≠an precipit√°ndose en la mort√≠fera corriente y eran mutilados y matados por el cruel veneno. Las negras aguas se iban ti√Īendo de sangre.
Los hombres, con las carnes ulceradas, se esforzaban por alcanzar la otra orilla gritando y gimiendo de dolor como animales. Pero tampoco podían retroceder: la presión de los fugitivos los empujaba, los obligaba a enfrentarse con aquella pavorosa muerte. El negro río estaba lleno de cuerpos flotantes. Ninguno de los que caían en su cauce lograba llegar a salvo a la otra orilla.
El horror de tan extra√Īa y terrible forma de morir alarm√≥ a los que estaban junto a la orilla y su p√°nico aument√≥ la confusi√≥n reinante. Los hombres soltaban las armas y se dejaban caer al suelo: se hubiera dicho que estaban muertos a no ser por el temblor de sus miembros. Al otro lado del r√≠o los hombres contemplaban boquiabiertos el tremendo portento.
Aparté mi vista de tan desolador panorama y busqué a nuestros guerreros: Llew, Bran, Scatha y Cynan. A mi alrededor sólo vi hombres que huían enloquecidamente. Las armas se estrellaban contra el suelo. Aterrorizados, los enemigos abandonaban la lucha con la esperanza de escapar con vida. Pero no había ni rastro de nuestros valientes guerreros.
—¡Llew! —grité dando un paso al frente.
Tropecé con un cuerpo y caí de bruces. Antes de que pudiera levantarme noté que alguien me cogía por el brazo...
¬ó¬°Tegid!
Varias manos tiraron de mí. Goewyn y Nettles me agarraban con fuerza como temiendo que el viento pudiera arrastrarme.
En mis oídos resonó el eco de un trueno que estallaba y retumbaba en el valle. Jadeante, recuperé el aliento y me puse de rodillas. Traté de levantarme, pero las piernas no me sostenían. Nettles me asió por los hombros y me ayudó a tenerme en pie.
Goewyn se acerc√≥ a√ļn m√°s a m√≠. Sent√≠ que me posaba las manos en la cara. Me habl√≥, pero su voz me pareci√≥ lejana y d√©bil. Me zumbaban los o√≠dos. De nuevo estaba ciego.
¬óMi vara... Yo... ¬ŅD√≥nde est√° mi vara?
Tendí las manos hacia delante y busqué a tientas por el suelo.
Goewyn me cogió las manos.
¬óEst√°s herido, Tegid. Tu vara ha desaparecido.
¬óAy√ļdame a ponerme en pie.
Goewyn llamó a Cynfarch y entre los tres me levantaron. Me dolían las manos, me escocían, me temblaban.
—¡Escuchad! ¡Oigo gritos! —exclamó Cynfarch—. ¡El río! ¡Están empujando a los enemigos hacia el río!
¬óLa ponzo√Īa reclama lo que es suyo ¬órepuse, y les cont√© lo que hab√≠a visto que les suced√≠a a los que intentaban escapar por el mort√≠fero r√≠o¬ó. Pero, mirad enseguida y decidme lo que veis. ¬°R√°pido!
—¡El río los está matando! —dijo Goewyn con voz ahogada.
—El viento ha amainado —observó Cynfarch—. La tormenta se aleja.
—El awen también —acoté más para mí mismo que para los demás.
Luego, cogiendo a Goewyn y a Nettles del brazo, les pedí:
—Vamos, servidme de guías. Bajemos. ¡Deprisa!
Emprendimos el descenso desde el escarpado risco hasta el valle. Cynfarch iba delante; yo apoyaba mi mano en su hombro. Goewyn y Nettles caminaban junto a m√≠ y me sosten√≠an porque mis piernas estaban a√ļn muy d√©biles. Cuando llegamos al valle, el grueso de las tropas enemigas se hab√≠a retirado hacia los bancales del r√≠o. Atrapados entre los guerreros y las mort√≠feras aguas, los hombres se deten√≠an junto a la orilla para no morir en las emponzo√Īadas aguas. Muchos de ellos arrojaban las armas al suelo en se√Īal de rendici√≥n. Pero los que eran guerreros de verdad hac√≠an un √ļltimo y desesperado intento de reagruparse y reemprender la batalla.
Atravesamos a toda prisa el valle, tropezando con los cad√°veres de los infortunados que hab√≠an muerto aplastados por sus propios compa√Īeros. Sus retorcidos miembros sobresal√≠an de la tierra como tallos rotos; muchos ni siquiera ten√≠an armas. Aun as√≠, hab√≠an sido obligados a engrosar las filas del sanguinario Salvaje Sabueso.
Llegamos al lugar donde Llew hab√≠a sido rodeado en los primeros momentos de la batalla y nos detuvimos a examinar los cuerpos que yac√≠an en tierra. Las yerbas resecas estaban resbaladizas y el aire hed√≠a a sangre. Encontramos a Rhoedd, que a√ļn sosten√≠a el carynx en sus manos, y a otros compa√Īeros muertos; nuestro coraz√≥n se nubl√≥ de tristeza.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Llew? ¬ŅLo veis?
—Creo que está entre la turbamulta del río —respondió Goewyn—. Veo a gente luchando.
—Conducidme hasta allí —dije.
No habíamos dado ni diez pasos cuando Cynfarch se detuvo de pronto.
¬ó¬ŅQu√© sucede? ¬ó pregunt√© con impaciencia¬ó ¬ŅQu√© has visto?
¬óYo tambi√©n lo he visto ¬órespondi√≥ Goewyn¬ó. Es polvo. Nubes de polvo que se levantan a lo largo de la ca√Īada... ¬ó¬°Jinetes! ¬óla interrumpi√≥ Cynfarch. En ese preciso instante o√≠ que la tierra retumbaba. ¬ó¬°Es Meldron!