40 - Catelyn

—Cuéntame todo lo demás —dijo.
—El Matarreyes está reuniendo sus huestes en Roca Casterly —respondió Ser Rodrik Cassel, en la habitación, a su espalda—. Vuestro hermano nos escribe que ha enviado jinetes a la Roca para exigir a Lord Tywin que explique sus intenciones, pero no ha obtenido ninguna respuesta. Edmure ha ordenado a Lord Vance y Lord Piper que guarden el paso bajo el Colmillo Dorado. Os jura que no cederá ni un metro de tierra Tully sin antes regarlo con sangre Lannister.
Catelyn se apartó del amanecer. Tanta belleza no bastaba para aliviar su sombrío humor; era una crueldad que un día comenzara con tanta hermosura y fuera a terminar de manera tan horrible como todo indicaba.
—Edmure ha enviado jinetes y ha hecho juramentos —dijo—. Pero no es el señor de Aguasdulces. ¿Qué pasa con mi padre?
—El mensaje de Lord Hoster no lo menciona, mi señora. —Ser Rodrik se tironeó de los bigotes. Mientras se recuperaba de las heridas, le habían vuelto a crecer, blancos como la nieve e hirsutos como un espino. Casi volvía a ser el mismo de antes.
—Mi padre no dejaría la defensa de Aguasdulces en manos de Edmure a menos que estuviera muy enfermo —señaló, preocupada—. Debisteis despertarme en cuanto llegó el pájaro.
—Vuestra señora hermana pensó que sería mejor dejaros dormir. Me lo ha dicho el maestre Colemon.
—Debisteis despertarme —insistió.
—Según el maestre, vuestra hermana pensaba hablar con vos después del combate —dijo Ser Rodrik.
—¿Así que piensa seguir adelante con esta payasada? —Catelyn hizo una mueca—. El enano la ha hecho bailar a su son y ella está tan sorda que no oye la música. Suceda lo que suceda esta mañana debemos partir enseguida, Ser Rodrik. Mi lugar está en Invernalia, al lado de mis hijos. Si os sentís con fuerzas para viajar, pediré a Lysa que nos proporcione escolta hasta Puerto Gaviota. Desde allí seguiremos en barco.
—¿Otra vez en barco? —Ser Rodrik se puso algo verde, pero consiguió no estremecerse—. Como ordenéis, mi señora.
El anciano caballero aguardó tras la puerta mientras Catelyn llamaba a las criadas que Lysa le había asignado. Si hablaba con su hermana antes del duelo quizá consiguiera que cambiara de opinión, pensó mientras la vestían. Los planes de Lysa cambiaban según sus estados de ánimo, y sus estados de ánimo cambiaban a cada hora. La niña tímida que había sido en Aguasdulces se había convertido con los años en una mujer que era, a ratos orgullosa, miedosa, cruel, soñadora, despiadada, tímida, testaruda, soberbia y, sobre todo, inconstante.
Cuando el repugnante carcelero de Lysa había acudido a ellas para decirles que Tyrion Lannister quería confesar, Catelyn suplicó a su hermana que hablaran con el enano en privado; pero no, ella tenía que hacer de aquello un espectáculo ante la mitad del Valle. Y así habían ido las cosas...
—Lannister es mi prisionero —dijo a Ser Rodrik mientras bajaban por las escaleras de la torre, en dirección a los fríos salones blancos del Nido de Águilas. Catelyn vestía una sencilla túnica de algodón con cinturón plateado—. Habrá que recordárselo a mi hermana.
Junto a la entrada de las habitaciones de Lysa se encontraron con su tío, que salía hecho una furia.
—¿Vas a unirte al festival de los locos? —gritó Ser Brynden—. Te diría que le dieras una buena bofetada a ver si se le metía algo de sentido común en la cabeza, pero no serviría de nada, sólo te magullarías la mano.
—Ha llegado un pájaro de Aguasdulces —empezó Catelyn—. Con una carta de Edmure...
—Ya lo sé, pequeña. —El pez negro con que se abrochaba la capa era la única concesión que Brynden hacía en cuestión de ornamentos—. He tenido que enterarme a través del maestre Colemon. Le pedí a tu hermana que me dejara partir con un millar de jinetes para ir inmediatamente a Aguasdulces. ¿Y sabes qué me ha dicho? «El Valle no puede prescindir ahora de mil espadas, no puede prescindir ni de una espada, tío. Eres el Caballero de la Puerta. Tu lugar está aquí.» —Del otro lado de la puerta les llegó el sonido de una carcajada infantil. Su tío echó un vistazo por encima del hombro, sombrío—. Le he dicho que más vale que se vaya buscando otro Caballero de la Puerta. Pescado negro o no, sigo siendo un Tully. Me marcharé a Aguasdulces antes de que anochezca.
—¿Solo? —Catelyn no se molestó en fingir sorpresa—. Sabes tan bien como yo que no sobrevivirías en el camino alto. Ser Rodrik y yo vamos a volver a Invernalia. Ven con nosotros, tío. Yo te daré mil hombres. Aguasdulces no tendrá que luchar a solas.
—Como tú digas —asintió Brynden con gesto brusco después de meditar un instante—. Es el camino más largo para volver a casa, pero así al menos llegaré. Te espero abajo. —Se alejó a zancadas, con la capa ondeando a la espalda.
Catelyn intercambió una mirada con Ser Rodrik. Ambos se encaminaron hacia el lugar de donde procedían las nerviosas risitas infantiles.
Las habitaciones de Lysa daban a un pequeño jardín, un círculo de tierra y hierba con flores azules, rodeado de altas torres blancas. Los diseñadores habían intentado que fuera un bosque de dioses, pero el Nido de Águilas reposaba sobre la piedra dura de la montaña, y por mucha tierra fértil que acarrearan desde el Valle no consiguieron que arraigara ningún arciano. De manera que los señores del Nido de Águilas plantaron hierba y distribuyeron unas cuantas estatuas entre los arbustos bajos. Allí se reunirían los dos campeones, para poner sus vidas y la de Tyrion Lannister en las manos de los dioses.
Lysa, con el pelo recién cepillado y envuelta en una túnica de terciopelo color crema, con un collar de zafiros y adularias que le rodeaba el cuello lechoso, daba audiencia en una terraza desde la que se divisaba el lugar del combate, rodeada por sus caballeros, pretendientes, grandes señores y señores de mediana importancia. Muchos de ellos seguían teniendo la esperanza de poder casarse con ella, llevarla a la cama y gobernar a su lado el Valle de Arryn. Por lo que había visto Catelyn durante su estancia en el Nido de Águilas, era una esperanza vana.
Se había erigido una plataforma de madera para elevar el trono de Robert. Y allí estaba el señor del Nido de Águilas, entre risitas y palmoteos, mientras un titiritero jorobado vestido con abigarradas ropas azules y blancas hacía que dos marionetas de madera se lanzaran tajos y estocadas. Se habían dispuesto jarras de crema espesa y cestas de moras, y los invitados bebían vino dulce aromatizado con naranja en copas de plata labrada. El festival de los locos, como lo había llamado Brynden, con toda razón.
Al otro lado de la terraza, Lysa reía alegremente alguna broma de Lord Hunter, y mordisqueaba una mora en la punta de la daga de Ser Lyn Corbray. Eran los pretendientes favoritos de Lysa... al menos aquel día. A Catelyn le habría costado decidir cuál de los dos hombres era menos adecuado. Eon Hunter era aún más viejo que Jon Arryn, la gota lo tenía casi imposibilitado y cargaba con la maldición de tres hijos pendencieros y a cuál más codicioso. Ser Lyn era un loco de otro tipo: delgado, atractivo, heredero de una casa antigua pero venida a menos, engreído, temerario, de genio vivo... y, según se decía, su desinterés por los encantos íntimos de las mujeres era notorio.
Lysa vio a Catelyn y la recibió con un abrazo fraternal y un beso húmedo en cada mejilla.
—Qué mañana tan bonita, ¿verdad? Los dioses nos sonríen. Toma una copa de vino, mi querida hermana. Lord Hunter ha tenido la amabilidad de hacer que lo subieran de sus bodegas.
—No, gracias. Tenemos que hablar, Lysa.
—Luego —le prometió su hermana, al tiempo que empezaba a darse la vuelta.
—Ahora. —Catelyn habló más alto de lo que pretendía. Los hombres se volvieron para mirarla—. No puedes seguir adelante con esta locura, Lysa. El Gnomo sólo tiene valor vivo. Muerto no vale ni como carroña para los cuervos. Y si venciera su campeón...
—Es poco probable, mi señora —la tranquilizó Lord Hunter, palmeándole la espalda con una mano llena de manchas hepáticas—. Ser Vardis es un guerrero valeroso. Dará buena cuenta del mercenario.
—¿Estáis seguro, mi señor? —replicó Catelyn con frialdad—. Yo no tanto. —Ella había visto pelear a Bronn en el camino alto; no era ninguna casualidad que hubiera sobrevivido a un viaje que se había cobrado las vidas de tantos otros. Se movía como una pantera, y su espada oxidada parecía formar parte de su brazo.
Los pretendientes de Lysa se estaban arremolinando en torno a ellos como abejas junto a una flor.
—Las mujeres no entienden de estas cosas —dijo Ser Morton Waynwood—. Mi querida señora, Ser Vardis es un caballero. El otro en cambio es... bueno, los hombres como él son cobardes, en el fondo. Resultan muy útiles en una batalla, cuando están rodeados de miles de tipos como ellos, pero en cuanto se quedan solos pierden toda la hombría.
—Supongamos que tenéis razón —dijo Catelyn con una cortesía que le dolía en la boca—. ¿Qué ganaremos con la muerte del enano? ¿Creéis que a Jaime le importará un bledo que juzgáramos a su hermano antes de despeñarlo?
—Pues lo decapitaremos —sugirió Ser Lyn Corbray—. Cuando el Matarreyes reciba la cabeza del Gnomo lo tomará como una advertencia.
—Lord Robert quiere ver cómo vuela —dijo Lysa, impaciente, sacudiendo la melena suelta que le llegaba a la cintura como si con eso zanjara el asunto—. Y nadie tiene la culpa más que el Gnomo. Él fue quien exigió un juicio por combate.
—Lady Lysa no podía negarse de manera honorable, ni aunque lo hubiera deseado —entonó Lord Hunter, parsimonioso.
Catelyn hizo caso omiso de los aduladores y concentró todas las energías en su hermana.
—Te recuerdo que Tyrion Lannister es mi prisionero.
—¡Y yo te recuerdo que el enano asesinó a mi señor esposo! —chilló ella—. ¡Envenenó a la Mano del Rey, dejó huérfano a mi pequeñín, y quiero que lo pague muy caro! —Lysa se dio la vuelta bruscamente y se dirigió hacia el otro extremo de la terraza. Ser Lyn, Ser Morton y el resto de los pretendientes hicieron una fría reverencia a Catelyn y corrieron tras ella.
—¿Creéis que fue así? —le preguntó en voz baja Ser Rodrik cuando volvieron a estar a solas—. ¿Pensáis que mató a Lord Jon? El Gnomo lo niega, y parece sincero...
—Creo que los Lannister asesinaron a Lord Arryn —respondió Catelyn—. Pero no sé si fue Tyrion, o Ser Jaime, o la reina, o todos a la vez. —Lysa había nombrado a Cersei en la carta que enviara a Invernalia, pero en aquellos momentos parecía convencida de que el asesino había sido Tyrion... quizá porque el enano estaba allí, a su alcance, mientras que la reina se encontraba a salvo tras los muros de la Fortaleza Roja, a cientos de leguas hacia el sur. Catelyn casi deseaba haber quemado la carta de su hermana antes de leerla.
—Veneno... —Ser Rodrik se tironeó de los bigotes—. Sí, claro, podría ser cosa del enano. O de Cersei. Se dice que el veneno es arma de mujer, y perdonad que lo diga, mi señora. En cambio, el Matarreyes... no me gusta ese hombre, pero no es el tipo de persona que haría algo así. Le gusta demasiado ver su espada dorada manchada de sangre. ¿Fue veneno, mi señora?
—¿Cómo si no habrían hecho que pareciera muerte natural? —Catelyn frunció el ceño, algo intranquila. Tras ellos, Lord Robert gritó divertido cuando una de las marionetas en forma de caballero cortó a la otra por la mitad, derramando sobre la terraza una lluvia de serrín teñido de rojo. Miró a su sobrino y suspiró—. A ese niño le hace falta mucha disciplina. Si no lo apartan de su madre una buena temporada, nunca será capaz de gobernar.
—Su señor padre habría estado de acuerdo con vos —dijo una voz junto a su codo. Catelyn se volvió. El maestre Colemon estaba a su lado, con una copa de vino en la mano—. Pensaba enviar al chico como pupilo a Rocadragón, ¿sabéis? Oh, pero estoy hablando demasiado... —La nuez de la garganta le subía y le bajaba tras la papada. Estaba muy nervioso—. Me temo que he abusado del excelente vino de Lord Hunter. Sólo pensar en el derramamiento de sangre me pone los nervios de punta...
—Os equivocáis, maestre —dijo Catelyn—. Iba a enviarlo a Roca Casterly, no a Rocadragón, y todo eso se acordó tras la muerte de la Mano, sin el consentimiento de mi hermana.
El maestre sacudió la cabeza con energía. Tenía el cuello tan largo que casi parecía una marioneta él también.
—No, mi señora, tengo que llevaros la contraria, pero fue Lord Jon quien...
Abajo empezó a sonar una campana. Los grandes señores, y también las sirvientas, interrumpieron lo que hacían y se acercaron a la balaustrada. Abajo, dos guardias enfundados en capas celestes acompañaban a Tyrion Lannister. El regordete septon del Nido de Águilas lo escoltó hasta la estatua erigida en el centro del jardín, una mujer llorosa, tallada en mármol blanco jaspeado, que con toda seguridad representaba a Alyssa.
—El hombrecillo malvado —dijo Lord Robert, con una risita tonta—. Madre, ¿puedo hacerlo volar? Quiero verlo volar.
—Más tarde, mi pequeñín —le prometió Lysa.
—Primero, el juicio —pronunció, cansino, Ser Lyn Corbray—, y después, la ejecución.
Un momento más tarde, los dos campeones aparecieron por lados opuestos del jardín. El caballero contaba con la asistencia de dos escuderos jóvenes, el mercenario con la del maestro de armas del Nido de Águilas.
Ser Vardis Egen vestía de acero de la cabeza a los pies, llevaba una pesada armadura articulada sobre una cota de mallas y una sobrecota acolchada. Grandes rondelas circulares, esmaltadas en colores crema y azul, con el sello de la luna y el halcón de la Casa Arryn, protegían la articulación vulnerable donde el brazo se unía al tórax. Una faldilla de metal articulado lo cubría desde la cintura hasta medio muslo, y tenía la garganta protegida por un gorjal macizo. De las sienes del yelmo brotaban las alas del halcón, y el visor era un afilado pico de metal con una estrecha ranura para los ojos.
Bronn llevaba una armadura tan ligera que, al lado del caballero, parecía casi desnudo. Vestía solamente una camisa de anillas de hierro sobre cuero tratado, un medio yelmo redondo, de acero, con un protector para la nariz, y un casco de malla. Botas altas de cuero con espinilleras de acero le protegían las piernas hasta cierto punto, y en los dedos de los guantes llevaba cosidos discos de hierro negro. No obstante, Catelyn se dio cuenta de que el mercenario era un palmo más alto que su oponente, con más alcance... y, a primera vista, aparentaba quince años menos.
Se arrodillaron sobre la hierba, bajo la mujer llorosa, uno frente al otro, con Lannister entre ambos. El septon extrajo una esfera de vidrio facetado de la bolsa de tela que llevaba en la cintura. La levantó por encima de su cabeza y la luz se fragmentó. Sobre el rostro del Gnomo aparecieron arco iris danzantes. Con voz alta, solemne y melódica, el septon rogó a los dioses que miraran abajo y sirvieran de testigos para encontrar la verdad en el alma de aquel hombre, para garantizarle la vida y la libertad si era inocente, y la muerte si era culpable. Su voz retumbó contra las torres circundantes.
Cuando el último eco desapareció, el septon bajó el vidrio y se marchó presuroso. Tyrion se inclinó y susurró algo al oído de Bronn antes de que los guardias se lo llevaran. El mercenario se incorporó riendo y se sacudió una brizna de hierba de la rodilla.
Robert Arryn, señor de Nido de Águilas y Defensor del Valle, se movía con impaciencia en su trono elevado.
—¿Cuándo van a combatir? —preguntó, plañidero.
Uno de los asistentes ayudó a Ser Vardis a ponerse en pie. El otro le entregó un escudo triangular, de algo más de un metro de alto, de grueso roble con clavos de hierro. Se lo ataron al antebrazo izquierdo. Cuando el maestro de armas de Lysa le ofreció un escudo similar a Bronn, el mercenario escupió y lo rechazó con un gesto. Una basta barba de tres días le cubría la mandíbula y los pómulos, pero si no se había afeitado no era por falta de una cuchilla: el filo de su espada tenía el destello peligroso del acero que ha sido afilado durante horas, cada día, hasta resultar tan cortante que no se podía ni tocar.
Ser Vardis extendió la mano, enfundada en un guantelete, y su asistente le entregó una espada larga de doble filo. En la hoja habían cincelado la delicada imagen de un cielo montañoso; el puño era la cabeza de un halcón, la guarda tenía forma de alas.
—Hice que forjaran esa espada para Jon en Desembarco del Rey —dijo Lysa con orgullo a sus huéspedes, que observaban cómo Ser Vardis lanzaba un tajo de práctica—. La llevaba siempre que se sentaba en el Trono de Hierro, en el palacio del rey Robert. ¿No es encantadora? Creo que es adecuado que nuestro campeón vengue a Jon con su espada.
La magnífica hoja, con adornos de plata, era sin duda hermosísima, pero a Catelyn le pareció que Ser Vardis se habría sentido más cómodo con su espada. Pero no dijo nada, estaba harta de discusiones inútiles con su hermana.
—¡Haced que combatan! —exigió Lord Robert.
Ser Vardis miró al señor del Nido de Águilas y levantó la espada, a guisa de saludo.
—¡Por el Nido de Águilas y el Valle!
Tyrion Lannister había permanecido sentado en un balcón al otro lado del jardín, flanqueado por sus guardias. A él se volvió Bronn con un saludo apresurado.
—Esperan vuestra orden —dijo Lady Lysa a su hijo, el señor.
—¡Combatid! —gritó el chico, con los brazos temblorosos y las manos aferradas a la silla como garfios.
Ser Vardis giró, levantando el pesado escudo. Bronn se dispuso a hacerle frente. Las espadas chocaron, una, dos veces, probando las fuerzas. El mercenario retrocedió un paso. El caballero lo persiguió, con el escudo levantado ante sí. Lanzó un tajo, pero Bronn retrocedió, poniéndose fuera de su alcance, y la hoja plateada solamente cortó el aire. Bronn se movió hacia su derecha. Ser Vardis se desplazó para seguirlo, con el escudo entre ambos. El caballero avanzaba pisando con cuidado el suelo irregular. El mercenario retrocedía, con una leve sonrisa en los labios. Ser Vardis atacó, lanzando estocadas, pero Bronn retrocedió dando un pequeño salto sobre una piedra, cubierta de musgo. El mercenario giró a la izquierda, apartándose del escudo, aproximándose al flanco desprotegido del caballero. Ser Vardis intentó un ataque a las piernas, pero no llegó. Bronn siguió danzando hacia su izquierda. Ser Vardis giró en el sitio.
—Ese hombre es un cobarde —declaró Lord Hunter—. ¡Detente y pelea, miserable! —Varias voces se hicieron eco de aquel sentimiento.
Catelyn miró a Ser Rodrik. Su maestro de armas sacudió brevemente la cabeza.
—Quiere que Ser Vardis lo persiga. El peso de la armadura y el escudo agotarían hasta al más fuerte de los hombres.
Ella había visto a los hombres practicar con la espada casi todos los días de su vida, había presenciado medio centenar de torneos, pero esto era algo diferente y más letal: un baile, donde la menor equivocación en un paso significaba la muerte. Y mientras observaba, el recuerdo de otro duelo en otra época acudió a la memoria de Catelyn Stark, tan vívidamente como si hubiera ocurrido el día anterior.
Habían luchado en el patio inferior de Aguasdulces. Cuando Brandon vio que Petyr sólo llevaba el yelmo, la placa pectoral y la malla, se quitó casi toda la armadura. Petyr le había pedido a ella una prenda para llevarla, pero Catelyn lo había rechazado. Su padre, el señor, la había prometido a Brandon Stark, y fue a él a quien le dio su prenda, un pañuelo azul claro en el que había bordado la trucha saltarina de Aguasdulces. Mientras se lo ponía en la mano, miró a Brandon, suplicante.
—Sólo es un niño tonto, pero lo quiero como a un hermano. Me causaría dolor verlo morir —le dijo.
Su prometido la miró con los fríos ojos grises de los Stark, y le prometió no matar al chico que la amaba.
Aquel combate terminó casi nada más empezar. Brandon era un hombre hecho y derecho, e hizo retroceder a Meñique a todo lo largo del patio hasta la escalera que llevaba al agua, descargando el acero sobre él a cada paso, hasta que el chico quedó tambaleándose y sangrando por una docena de heridas. «¡Ríndete!», le gritó en varias ocasiones, pero Petyr se limitaba a hacer un gesto de negación y seguía combatiendo, sombrío. Cuando el río les lamía ya los tobillos, Brandon puso punto final al duelo con un mandoble de revés, que cortó el cuero recubierto de anillas de acero de Petyr y le produjo una herida en la carne blanda, bajo las costillas, tan profunda que Catelyn creyó que sería mortal. Mientras caía, el chico la miró y murmuró: «Cat». La sangre, brillante, le fluía entre los dedos, recubiertos de malla. Catelyn pensaba que ya se había olvidado de aquello.
Fue la última vez que vio su rostro... hasta el día en que la llevaron ante él, en Desembarco del Rey.
Habían transcurrido dos semanas antes de que Meñique tuviera fuerzas suficientes para abandonar Aguasdulces, pero su padre, el señor, le prohibió visitarlo en la torre, donde yacía. Lysa ayudó a su maestre a cuidarlo, era más callada y retraída en aquella época. Edmure también fue a visitarlo, pero Petyr lo echó. Su hermano había actuado como escudero de Brandon en el duelo y Meñique no se lo perdonaría. Tan pronto como tuvo fuerzas suficientes para ser transportado, Lord Hoster Tully envió fuera a Petyr Baelish, en una litera cerrada, para que concluyera su restablecimiento en los Dedos, en la roca batida por el viento que lo había visto nacer.
El sonido de acero contra acero llevó a Catelyn de regreso al presente. Ser Vardis atacaba con fiereza a Bronn, lanzándose sobre él con el escudo y la espada. El mercenario retrocedía, vigilando cada estocada, pisando con agilidad las rocas y las raíces, con los ojos siempre clavados en su adversario. Catelyn vio que era más rápido: la espada plateada del caballero nunca estuvo próxima a tocarlo, pero su hoja, de un gris desagradable, había dibujado una muesca en la placa de hombro de Ser Vardis.
Aquel choque momentáneo terminó tan rápido como había empezado cuando Bronn dio un paso lateral y se deslizó tras la estatua de la mujer llorosa. Ser Vardis lanzó una estocada al lugar donde había estado el mercenario, sacando una esquirla del muslo de mármol blanco de Alyssa.
—No están combatiendo bien, madre —se quejó el señor de Nido de Águilas—. Quiero que peleen.
—Lo harán, mi pequeñín —lo consoló la madre—. El mercenario no se puede pasar todo el día huyendo.
Algunos de los nobles que se encontraban en la terraza de Lysa hacían bromas injuriosas mientras volvían a llenar sus copas de vino, pero desde el otro lado del jardín, los ojos estrábicos de Tyrion Lannister vigilaban los pasos del caballero como si nada más importara en el mundo.
Bronn salió de detrás de la estatua con rapidez y decisión, moviéndose aún a la izquierda, y lanzó un mandoble con ambas manos al costado del caballero no protegido por la armadura. Ser Vardis lo paró con torpeza, y la espada del mercenario, con un destello, subió buscando la cabeza. Sonó el metal y un ala del halcón cayó, como triturada. Ser Vardis dio medio paso atrás para afirmar el cuerpo y levantó el escudo. Cuando la estocada de Bronn chocó contra la madera, saltaron astillas de roble. El mercenario dio un paso más a la izquierda, separándose del escudo, y golpeó a Ser Vardis en el estómago. La espada dejó un corte amplio en la placa del caballero.
Ser Vardis se apoyó sobre el pie que mantenía detrás, mientras su espada plateada descendía en un arco brutal. Bronn logró apartarla y, de un salto, se alejó. El caballero cayó sobre la mujer llorosa, haciendo que se balanceara sobre su pedestal. Perplejo, retrocedió, moviendo la cabeza hacia uno y otro lado, mientras buscaba a su oponente.
La ranura del visor de su yelmo reducía su campo de visión.
—¡Detrás de vos! —le gritó Lord Hunter, demasiado tarde.
Bronn dejó caer su espada con ambas manos, golpeando el codo del brazo con el que Ser Vardis manejaba la espada. El fino metal articulado que protegía la articulación crujió. El caballero soltó un gruñido y levantó el arma. En aquella ocasión, Bronn no retrocedió. Las espadas chocaron y el canto del acero llenó el jardín y resonó contra las torres blancas del Nido de Águilas.
—Ser Vardis está herido —dijo Ser Rodrik, con voz preocupada.
Catelyn no necesitaba que se lo dijeran: tenía ojos, podía ver el fino hilo de sangre que corría por el antebrazo del caballero, la humedad en la articulación del codo. Cada quite era más lento y bajo que el anterior. Ser Vardis se volvió de costado a su adversario, intentando defenderse con el escudo, pero Bronn se movía en torno a él, raudo como un gato. El mercenario parecía ganar fuerzas con cada momento. Sus mandobles ahora dejaban marcas. Profundos cortes brillantes marcaban la armadura del caballero, sobre el muslo derecho, en el visor roto, atravesando su placa pectoral, el más largo en la parte delantera del gorjal... La rondela con la luna y el halcón, sobre el brazo derecho de Ser Vardis, estaba limpiamente cortada en dos y colgaba de la correa. Se podía escuchar su respiración trabajosa, que brotaba por los respiraderos del visor.
Pese a la ceguera de la arrogancia, los caballeros y nobles del Valle veían ya con claridad qué ocurría debajo de ellos. Pero su hermana, no.
—¡Basta ya, Ser Vardis! —gritó Lady Lysa—. Terminad con él ya, mi niño se está aburriendo.
Hay que decir, en honor a la verdad, que Ser Vardis Egen fue fiel a la orden de su dama hasta el fin. En ese instante, retrocedía, casi en cuclillas tras el escudo lleno de cortes, y un segundo después se lanzó a la carga. Embistió como un toro y estuvo a punto de hacer caer a Bronn. Ser Vardis chocó con él y golpeó el rostro del mercenario con el borde del escudo. Bronn casi, casi cayó... dio un paso atrás, trastabilló sobre una piedra y se apoyó en la mujer llorosa para mantener el equilibrio. Ser Vardis tiró su escudo a un lado y lo persiguió, usando ambas manos para levantar la espada. Tenía el brazo derecho, desde el codo hasta los dedos, cubierto de sangre, pero el último mandoble desesperado hubiera abierto a Bronn en canal, desde el cuello hasta el ombligo... si el mercenario se hubiera quedado allí para recibirlo.
Pero Bronn dio un paso atrás. La maravillosa espada plateada de Jon Arryn chocó con el codo de mármol de la mujer llorosa y se partió limpiamente, perdiendo un tercio de su longitud. Bronn clavó un hombro en la espalda de la estatua. La imagen de Alyssa Arryn, lavada por los elementos, se balanceó y cayó con un gran estruendo, y Ser Vardis Egen quedó debajo de ella.
En una fracción de segundo, Bronn estuvo encima de él, pateando lo que quedaba de su rondela partida para echarla a un lado, a fin de dejar al descubierto la zona vulnerable entre el hombro y la placa pectoral. Ser Vardis yacía de costado, atrapado bajo el torso roto de la mujer llorosa. Catelyn oyó el gemido del caballero cuando el mercenario levantó la espada con ambas manos y la clavó con todo su peso bajo el brazo, atravesando las costillas de Ser Vardis Egen, que se estremeció y quedó quieto.
El silencio se apoderó de todo el Nido de Águilas. Bronn se arrancó el medio yelmo y lo dejó caer sobre la hierba. Tenía el labio partido y sangrante, resultado del golpe con el escudo, y su cabello, negro como el carbón, estaba empapado de sudor. Escupió un diente roto.
—¿Ha terminado, madre? —preguntó el señor del Nido de Águilas.
Catelyn deseaba decirle que no, que aquello acababa de empezar.
—Sí —dijo Lysa, sombría, con voz tan fría y muerta como el capitán de su guardia.
—¿Ahora puedo hacer volar al hombrecillo?
—A este hombrecillo, no —dijo Tyrion Lannister poniéndose en pie al otro lado del jardín—. Este hombrecillo se va en la cesta de los nabos, muchas gracias.
—Dais por supuesto... —comenzó a decir Lysa.
—Doy por supuesto que la Casa Arryn no olvida sus propias palabras —repuso el Gnomo—. «Tan Alto como el Honor.»
—Prometiste que podría hacerlo volar —gritó a su madre entre estremecimientos el señor del Nido de Águilas.
—Los dioses han tenido a bien proclamarlo inocente, niño. —El rostro de Lady Lysa estaba púrpura de furia—. No tenemos otra elección que la de dejarlo libre. — Levantó la voz—. Guardias, sacad de mi vista al señor de Lannister y a su... criatura. Llevadlos a la Puerta de la Sangre y dejadlos libres. Ocupaos de que tengan caballos y alimentos suficientes para llegar al Tridente, y cercioraos de que les sean devueltos todos sus bienes y armas. Las necesitarán en el camino alto.
—El camino alto —repitió Tyrion Lannister.
Lysa se permitió una desmayada sonrisa de satisfacción. Catelyn se dio cuenta de que se trataba de otro tipo de sentencia de muerte. Tyrion Lannister debía saberlo también. De todos modos, el enano le dedicó a Lady Arryn una reverencia burlona.
—Como ordene, mi señora. Creo que conocemos el camino.