35 - Los gwr gwir

¬óRep√≠temelo, Goewyn. ¬ŅQu√© fue exactamente lo que te dijo Gwenllian?
¬óExtendi√≥ el brazo ¬órespondi√≥ Goewyn¬ó y se√Īal√≥ un lugar. Mir√© hacia all√≠ y vi que estaba apuntando hacia el lago. Luego me dijo: ¬ęNo tem√°is. La curaci√≥n est√° en el agua¬Ľ. Y despu√©s...
Se le quebró la voz.
¬óDime, ¬Ņqu√© pas√≥ despu√©s?
—Me desperté —repuso la muchacha llorando—. Vine al lago corriendo..., creyendo que Gwenllian estaría aquí. Me parecía tan real... Creí que había regresado a nuestro lado... y que la encontraría aquí.
¬ó¬ŅTe dijo algo m√°s? Pi√©nsalo bien. ¬ŅAlgo m√°s?
Goewyn sacudió la cabeza despacio; le temblaba la barbilla.
—No —respondió con un hilo de voz—. Nada más. Oh, Tegid... Tegid, la vi con mis propios ojos, te lo aseguro.
Le tend√≠ los brazos y la atraje hacia m√≠. Nos quedamos un rato en silencio; luego Goewyn se separ√≥ de m√≠, se enjug√≥ las l√°grimas y se march√≥ dej√°ndome sumido en profundas reflexiones sobre su sue√Īo.
No dorm√≠ aquella noche. Camin√© junto al ponzo√Īoso lago, respirando su p√ļtrido hedor. La cabeza me daba vueltas; mis conversaciones con Nettles y Goewyn me hab√≠an perturbado y llenado de inquietud. A cada paso que daba sent√≠a al otro lado de las murallas de este mundo la presencia de un pavoroso designio, inexorable e inflexible. Lo sent√≠a pero no pod√≠a aprehenderlo.
Antes del alba los guerreros se reunieron. Los preparativos habían seguido durante la noche, y con la primera luz del día los hombres se congregaron al toque del carynx. Los vi con los ojos de la mente: listos para la batalla, con el aspecto recio y fuerte de un bosque de altos robles, aguardaban que los fueran llamando los Jefes de Batalla alineados frente a ellos.
Scatha, con sus hermosos ojos verdes muy serenos y los cabellos anudados bajo su bru√Īido casco, fue la primera en elegir. Con un peque√Īo escudo al hombro y una falda de cuero adornada con discos de bronce que parec√≠an las escamas de un lagarto, blandi√≥ una lanza de color blanco agitando su largo y bien torneado brazo. Hab√≠a atado al astil, justo debajo de la punta, tres tiras de tela: dos negras y una blanca. Eran meirwon cofeb, s√≠mbolos en recuerdo de sus hijas, por las que iba a luchar aquel d√≠a y cuyas muertes y violaciones se dispon√≠a a vengar. Con voz clara pronunci√≥ los nombres de los guerreros a quienes les correspond√≠a el honor de luchar junto a ella.
Se había decidido que Pen-y-Cat sería el comandante en jefe de la batalla. Diestra en el manejo de las armas y con una capacidad de discernimiento sin rival, era sin duda el guerrero más temido por los enemigos y la más astuta de todos los jefes. Muchísimos hombres habían aprendido de ella las artes de la guerra y habían ganado gloria y renombre, pero ninguno había logrado superarla. Después de que Scatha hubo elegido cincuenta guerreros, le tocó el turno a Bran Bresal, el roble entre los robles. Con los negros cabellos trenzados, un brazalete de oro brillando en su brazo izquierdo y una reluciente torques en su garganta, Bran alzó su espada pintada de rojo. Entre la masa de guerreros se destacaron los Cuervos: Niall, Garanaw, Alun Tringad, Drustwn y Emyr Lydaw. Al igual que su jefe, no llevaban ni manto, ni siarc, ni breecs, ni cinturón. Como héroes épicos que se despojan de sus vestidos para la lucha, los Cuervos se aprestaban al combate desnudos, con sus cuerpos untados de aceite y reluciendo al sol.
Uno a uno fueron saludando a su jefe golpeando el astil de la lanza contra el escudo de Bran o dando una palmada al cuervo tatuado que adornaba su brazo.
Bran llamó además a otros guerreros, a quienes había escogido para que se unieran a la Bandada de Cuervos. Todos fueron agrupándose en torno a su paladín.
Despu√©s le toc√≥ el turno de elegir a Cynan. Con sus azules ojos brillantes de excitaci√≥n, el pr√≠ncipe alz√≥ el brazo que empu√Īaba una afilada espada. Se hab√≠a cortado y engominado los rojos cabellos y se hab√≠a cepillado cuidadosamente el bigote y la barba. Llam√≥ a los guerreros de la hueste de los galanaes y a otros que conoc√≠a. Luego mir√≥ hacia su padre, el rey Cynfarch, quien asinti√≥ con la cabeza. En efecto, aunque Cynan era Jefe de Batalla, el rey se reservaba el derecho de aprobar su elecci√≥n.
Luego le tocó a Calbha el turno de elegir. El rey, con torques y anillos de oro y una enorme espada al cinto, clavó en el suelo la punta de su lanza pintada de azul y agarró el astil con ambas manos. Con una voz que resonó como el hierro llamó a los miembros de la hueste de los cruinos y los fue colocando en filas de a diez; cuando hubo terminado, formaban ante él ciento cincuenta hombres.
Llew, vestido tan s√≥lo con unos breecs y un cintur√≥n de cuero, aguardaba su turno sentado en una pe√Īa; cuando Calbha hubo terminado, se puso en pie empu√Īando la espada con su mano sana; un escudo alargado le ocultaba el mu√Ī√≥n. Alz√≥ la voz y llam√≥ a los guerreros que quedaban. Deseosos de combatir a su lado, los hombres se apresuraron a acudir a su llamada. Todos fueron golpeando el borde del escudo del jefe con el astil de sus lanzas, produciendo un fragoroso estruendo. Pronto estuvieron formados ante √©l noventa y tres hombres, en simb√≥lico homenaje a los bardos asesinados en Prydain.
Luego Llew alz√≥ la espada, son√≥ el carynx y vi a Rhoedd de pie sobre una pe√Īa con el enorme y curvo cuerno de batalla en los labios. El sonido atron√≥ los aires, se extendi√≥ por la ca√Īada y reson√≥ en el risco. Rhoedd hizo sonar por segunda vez el cuerno, y al instante se puso en movimiento la Bandada de Cuervos. Luego siguieron Scatha y sus hombres, despu√©s Cynan y Calbha y en la retaguardia Llew con sus hombres formados en tres filas. Yo, empu√Īando mi vara, comenc√© la ascensi√≥n de Druim Vran tras nuestro ej√©rcito.
El pueblo se hab√≠a reunido para vernos marchar. Se hab√≠an apostado a lo largo del camino y al paso del ej√©rcito animaban con sus v√≠tores a los guerreros. Vi a Goewyn agitando una rama de abedul y junto a ella a Nettles con una de acebo; abedul y acebo, los emblemas de la fuerza y el valor seg√ļn la tradici√≥n de los bardos.
Con las primeras luces de la ma√Īana, vi a los guerreros de nuestra tribu dirigirse deseosos al encuentro del enemigo. Vi a aquellos valientes acudir presurosos al encuentro de la muerte: eran los Gwr Gwir, que se dispon√≠an a librar su batalla contra el enemigo. Alc√© la vara mientras desfilaban y rogu√© a la Mano Segura y Certera que los sostuviera durante el combate; invoqu√© al Supremo Sabedor para que guiara sus pasos; conjur√© al Sumo Dador para que les otorgara la victoria.
Las fuerzas de Meldron nos sobrepasaban en n√ļmero. √Čramos muy conscientes de ello. Pero los Jefes de Batalla hab√≠an sopesado el riesgo con cuidado: para tener alguna oportunidad frente a aquel enemigo tan numeroso, hab√≠a que actuar con la mayor celeridad. Nuestras reservas de agua disminu√≠an r√°pidamente; no pod√≠amos permitir que nos debilitara la sed. Para abrigar alguna esperanza de sobrevivir, hab√≠a que atacar, mientras a√ļn nos quedaban fuerzas, antes de que Meldron pudiera tomar posiciones en el valle al otro lado del risco.
El consejo hab√≠a decidido salir al encuentro del Salvaje Sabueso y atacarlo. Si logr√°bamos aniquilar a Meldron y a su Manada de Lobos, era de esperar que el resto del ej√©rcito enemigo desertara de la lucha: muerto el perro se acab√≥ la rabia. Entonces podr√≠amos enviar hacia el norte una expedici√≥n a buscar agua en una de las islas, porque supon√≠amos que la plaga a√ļn no se hab√≠a extendido m√°s all√° de las costas de Caledon.
Los guerreros llegaron a la cima del risco y tomaron posiciones. Cuando llegué junto a ellos, se habían alineado por la cresta de Druim Vran a la espera de que los jefes deliberaran.
No atacar√≠amos hasta que Scatha hubiera calculado la fuerza y la posici√≥n del enemigo; Scatha quer√≠a ver exactamente d√≥nde estaba Meldron antes de decidir la mejor forma de ataque. Pero, cualquier punto flaco que se pudiera observar en las l√≠neas del pr√≠ncipe, era compensado con creces por el abrumador n√ļmero de sus tropas. La hueste del Salvaje Sabueso se extend√≠a por el valle a ambas orillas del r√≠o: eran miles y miles.
—Nunca lo hubiera podido imaginar... —oí que murmuraba Llew meneando lentamente la cabeza.
Bran, a su izquierda, escrutó el valle con expresión grave.
—El Sabueso de Prydain ha prosperado más de lo que su insaciable ambición codiciaba —observé—. Ha escalado muy alto pisoteando los cuerpos de los que ha asesinado y esclavizado.
—Más dura será la caída —comentó Bran—. Consideraré un verdadero honor contribuir a la ruina que tanto merece.
Estábamos en lo alto del risco aguardando el regreso de Scatha. Como desde allí no se divisaba ni a Meldron ni a su Manada de Lobos, ella y Cynan habían ido a echar un vistazo más de cerca. Cuando regresaran, tomaríamos una definitiva decisión sobre el orden de batalla.
Tuvimos que aguardar mucho rato. El sol se fue levantando y el calor iba en aumento a medida que el astro ascend√≠a por el marronoso cielo e iba transcurriendo la ma√Īana. La larga espera resultaba irritante, y los hombres comenzaban a impacientarse y a sentir el martirio de la sed. Bebimos nuestra raci√≥n de agua y contemplamos la trayectoria del bochornoso sol. Calbha se uni√≥ a nosotros y nos sentamos todos juntos escrutando el valle. El humo de las fogatas se levantaba en la distancia en oleadas grises y blancas.
—Son un verdadero océano —observó Calbha con voz tranquila—. Nosotros, en cambio, somos como un serpenteante arroyuelo que desciende de las colinas.
Casi había llegado el sol al mediodía cuando Scatha apareció al fin y con noticias preocupantes: seguían llegando al valle contingentes de guerreros.
—Pero Meldron no se ha unido todavía a sus fuerzas —nos informó Scatha—. Quizás esté entre los que siguen llegando, pero no lo hemos visto.
¬óEl ej√©rcito enemigo no est√° formado; no se est√°n reuniendo para atacar ¬óa√Īadi√≥ Cynan¬ó. Parecen estar a la espera de algo.
—Sin duda están esperando a Meldron —repuso Llew—. Si es así, no deberíamos aguardar más; deberíamos atacar ahora mismo.
Cynan no parecía muy de acuerdo, pero se limitó a encogerse de hombros.
—Preferiría combatir con el Salvaje Sabueso, no con sus marionetas, pero reconozco que no podemos seguir aquí de brazos cruzados. Empecemos cuanto antes.
Llew miró a Scatha.
¬ó¬ŅQu√© dices t√ļ, Pen-y-Cat?
Scatha se puso en pie.
—No creo que podamos cogerlos por sorpresa, pero al menos no están en orden de batalla. Sin Meldron se acobardarán más fácilmente. Sí, atacaremos ahora mismo.
Bran, Cynan y Calbha se mostraron de acuerdo y todos se apresuraron a reunirse con sus hombres.
¬óBien ¬ódijo Llew deslizando el mu√Ī√≥n por las correas del escudo¬ó, ha llegado la hora. ¬ŅNos prestar√°s tu apoyo en la batalla?
¬ó¬ŅPor qu√© lo preguntas? Lo sabes de sobra.
—Sí. —Dejó un instante la espada sobre su muslo y me apretó el brazo con la mano sana—. Adiós, Tegid.
—Que todo vaya bien, hermano —repliqué abrazándolo.
Se alej√≥ y ocup√≥ su puesto a la cabeza de sus guerreros. Poco despu√©s, alz√≥ la espada en silenciosa se√Īal y los guerreros comenzaron a descender desde el risco hacia el valle. Pronto desaparecieron entre los √°rboles, y los perd√≠ de vista.
Camin√© por la cresta de Druim Vran hasta encontrar una pe√Īa donde encaramarme para ser visto desde el valle. Me encaram√© a la roca y aguard√© a que la batalla comenzara.
Un p√°lido pero bochornoso sol llenaba el valle de una blanquecina calima; el r√≠o se deslizaba como una negra y ponzo√Īosa mancha. Mi atenci√≥n se concentr√≥ en el r√≠o, espeso y enturbiado por una repugnante espuma. Formaba una barrera natural en el valle; no era un obst√°culo insalvable, ni mucho menos, pero comprob√© que el enemigo se manten√≠a lejos de las orillas. Los hombres, acampados a ambos lados del pestilente cauce, se guardaban muy bien de acercarse. Nadie iba a beber agua, naturalmente, y nadie intentaba cruzarlo.
Con los ojos de la mente, escrut√© el anchuroso valle en busca de alg√ļn pedazo de tierra sin ocupar, pero no distingu√≠ ni uno. Todo el valle rebull√≠a con la horda enemiga y segu√≠an entrando guerreros por la estrecha boca de la ca√Īada. Jam√°s se hab√≠a visto en Albi√≥n un ej√©rcito tan numeroso.
Jam√°s. Me sent√© en la pe√Īa y contempl√© el ins√≥lito y pavoroso espect√°culo. Ni en los d√≠as de Nemed, ni siquiera en los d√≠as de Nuadha se hab√≠a visto un ej√©rcito tan grande. Los hombres y los caballos eran incontables; las lanzas de los guerreros formaban un verdadero bosque de fresnos; las espadas refulg√≠an al sol con el radiante brillo del mar, y los escudos eran m√°s numerosos que las conchas de una playa infinita.
Scatha, nuestra astuta comandante en jefe, había decidido no emplear caballos..., una prudente estrategia dictada por lo desesperado de nuestra situación. Los caballos podrían proporcionarnos al principio una ventaja indudable, pero por otro lado facilitarían que el enemigo nos identificara, nos rodeara y nos rechazara. Nuestro plan de batalla estribaba en infiltrarnos entre las fuerzas de Meldron, encontrarlo y acabar con él; era, pues, mucho mejor emplear sólo soldados de a pie que, en el caos de la batalla, podrían deslizarse entre las tropas enemigas sin ser descubiertos.
Observ√© el pie del risco, donde esperaba ver las primeras se√Īales del ataque. Scatha hab√≠a decidido tambi√©n no utilizar el toque del carynx.
—Ya se darán cuenta del ataque sin necesidad de que suene el cuerno de batalla —había dicho—. Quizá tengamos tiempo de penetrar hasta el corazón mismo de la hueste de Meldron antes de que los que están al otro lado del río se den cuenta de lo que ocurre.
√Čsa era nuestra √ļnica esperanza: llegar al centro de las tropas enemigas y hacernos fuertes all√≠. As√≠ sembrar√≠amos la confusi√≥n. Nos rodear√≠an, s√≠; pero hab√≠a tantos guerreros que, hici√©ramos lo que hici√©ramos, acabar√≠an por rodearnos. Pero, si lleg√°bamos hasta el centro del ej√©rcito enemigo, al menos habr√≠amos logrado crear un peque√Īo campo de batalla y nuestros batallones no se ver√≠an aislados unos de otros.
Era, como ya he dicho, una t√°ctica desesperada. Sin embargo, al observar las tropas enemigas acampadas en el valle, comprend√≠ claramente la gravedad de nuestra situaci√≥n. No hab√≠a esperanza de vencer a Meldron. Como mucho, podr√≠amos s√≥lo... ¬Ņqu√©? ¬ŅResistir su ataque? ¬ŅAplazar su inevitable victoria?
Calbha ten√≠a raz√≥n: √©ramos un serpenteante arroyuelo que descend√≠a de las monta√Īas. La hueste del Salvaje Sabueso era, en cambio, tan vasta y profunda como el mar. Una vez comenzada la batalla, ese anchuroso mar nos tragar√≠a y borrar√≠a para siempre nuestro rastro.
Mientras tal pensamiento tomaba forma en mi mente, oí el graznido de un cuervo que echaba a volar desde el risco. Dirigí mis ojos sin vista hacia el cielo y vislumbré las sombras de unas alas negras recortadas contra el amarillento cielo. Desvié inmediatamente los ojos para librarme de tal visión.
La voz de Gwenllian resonó entonces con nítida claridad en mis oídos. La banfáith había dicho:
¬ęEl sol se apagar√° como el √°mbar, la luna esconder√° su faz: la abominaci√≥n contaminar√° la tierra. Los cuatro vientos se pelear√°n entre ellos con r√°fagas terribles; el estruendo se oir√° hasta en las estrellas. El Polvo de los Antepasados se alzar√° hasta las nubes; la esencia de Albi√≥n se dispersar√° y desgarrar√° en la lucha de los vientos.
¬ĽEntonces surgir√° el Gigante de la Maldad y aterrorizar√° a todos con el h√°bil filo de su espada. Sus ojos vomitar√°n fuego; sus labios gotear√°n veneno. Con su enorme hueste asolar√° la isla. Todos los que se le enfrenten ser√°n barridos por el r√≠o de perversidad que fluye de su mano. La Isla de la Fuerza se convertir√° en una tumba.
¬ĽTodo esto va a sobrevenir por obra del Hombre C√≠nico, que, montado en su corcel de bronce, siembra un infortunio tan grande como calamitoso. ¬°Alzaos, hombres de Gwir! ¬°Empu√Īad las armas y enfrentaos a los hombres malvados que hay entre vosotros! El fragor de la batalla ser√° o√≠do en las estrellas del cielo, y el A√Īo Grande avanzar√° hacia su consumaci√≥n final.¬Ľ
Sí, todo lo que había predicho había sucedido. Pero la profecía acababa con un acertijo:
¬ęEscucha, Hijo de Albi√≥n: la sangre nace de la sangre. La carne nace de la carne. Pero el esp√≠ritu nace del Esp√≠ritu y con √©l permanece por siempre jam√°s. Antes de que Albi√≥n sea una, debe ser realizada la Heroica Haza√Īa y debe reinar Mano de Plata.¬Ľ
Mano de Plata era el nombre del paladín que iba a salvar a Albión. Era el nombre de Llew: Llew Llaw Eraint, de quien habían sido anunciadas maravillosas acciones.
Una voz acusadora se levant√≥ dentro de m√≠: ¬ę¬°Loco! ¬ŅQu√© has hecho?¬Ľ.
Hab√≠a intentado forzar el cumplimiento de la profec√≠a nombr√°ndolo rey. Pero hab√≠a fracasado. Meldron hab√≠a echado por tierra las esperanzas de que pudiera reinar. La Ley de la Soberan√≠a no puede ser desobedecida... por ninguna raz√≥n, por ning√ļn hombre. Meldron, el Salvaje Sabueso, le hab√≠a arrebatado la dignidad real al cortarle la mano.
¬ęY ahora ¬ópens√© contemplando el hediondo valle lleno de humo por el que se extend√≠a el enemigo en mortal riada¬ó la Isla de la Fuerza se ha convertido en una tumba.¬Ľ
Oí unos pasos suaves detrás de mí. Antes de que pudiera darme la vuelta, sentí la mano de Goewyn posada en mi hombro.
—Quiero estar a tu lado, Tegid —dijo en un tono que no admitía réplica.
—Quédate —repuse—. Apoyaremos juntos a nuestros valientes.
Nos sentamos y aguardamos a que diera comienzo la batalla consol√°ndonos con nuestra mutua presencia. Cuando por fin empez√≥ el combate, fue como si se hubiera levantado una peque√Īa ola en el extremo del vasto oc√©ano de la hueste de Meldron. Vi un remolino, como el de la cresta de una ola justo al pie del risco; tuve que observar con atenci√≥n para darme cuenta de que Scatha y sus hombres hab√≠an irrumpido entre el enemigo.
—¡Allí! —exclamó Goewyn—. Ya ha comenzado.
Los hombres de Calbha se sumaron a la lucha detrás y a la derecha de Scatha; Cynan lo hizo a poca distancia, por la izquierda. Los tres batallones empujaron a la vez entre las desordenadas filas de los enemigos, con más ímpetu y fuerza de lo que hubiera podido imaginar. Los enemigos parecían fundirse ante ellos y huían sin plantar batalla.
La Bandada de Cuervos atacó por la derecha, y se dirigió rápidamente hacia donde estaba Scatha. ¡Eran una auténtica maravilla! ¡Se movían a una velocidad vertiginosa! Vi claramente cómo Bran se lanzaba contra el enemigo barriendo a cuantos guerreros encontraba a su paso; Alun Tringad y Garanaw luchaban por mantenerse a su altura, y los restantes hombres de la Bandada de Cuervos seguían imparables a su jefe.
Al principio no vi a Llew. Pero Goewyn exclamó:
—¡Ya lo veo! A la izquierda, detrás de Cynan. ¡Allí está!
Con mi visión interior distinguí a Llew al frente de sus guerreros, volando al encuentro de Scatha. Los enemigos se apartaban ante ellos y luego cerraban filas una vez que habían pasado los atacantes.
O√≠ un grito en lo alto del risco, a la izquierda, y vi que la mitad de los habitantes de Dinas Dwr estaban asomados al risco mientras los dem√°s procuraban apostarse en alg√ļn lugar desde donde poder contemplar la batalla. Incapaces de esperar el final del combate, hab√≠an venido a presenciarlo.
Los gritos se convirtieron pronto en un coro de entusiasmo. No sé si hasta los guerreros llegaban los gritos de valor de sus conciudadanos, pero lo cierto es que caían sobre ellos como una lluvia de sincero orgullo. Y por unos momentos pareció que lo imposible se había hecho realidad: empujados tan sólo por una valiente determinación, podríamos vencer al enemigo y expulsarlo del valle.
El ruido de unos guijarros a mi derecha me indic√≥ que Nettles, con su habitual discreci√≥n, se hab√≠a apostado a mi lado. Cynfarch, lanza en mano, lleg√≥ detr√°s y observ√≥ el valle con escrutadora mirada. Si lo sorprendi√≥ el contingente de fuerzas del Salvaje Sabueso, no dio la menor se√Īal de ello.
¬óHa empezado bien ¬ócoment√≥¬ó. Pese a su n√ļmero, est√°n mal entrenados y organizados.
—Sí, ha empezado bien —asentí, pues jamás había visto una confusión semejante en un ejército—. Además, no se comportan como guerreros.
Al decirlo, me di cuenta de la causa: aquellos hombres no eran guerreros. Claro que no. ¬ŅC√≥mo habr√≠a podido reunir Meldron una hueste tan numerosa? Si me hubiera detenido a reflexionar s√≥lo un momento, habr√≠a advertido lo que ahora resultaba obvio: no hab√≠a en Albi√≥n guerreros suficientes para conformar un ej√©rcito tan numeroso. Meldron hab√≠a formado su hueste con los desgraciados que hab√≠a sojuzgado: granjeros, artesanos, pastores y j√≥venes inexpertos. Les hab√≠a dado espadas y lanzas, pero, aunque iban armados, no eran guerreros. Por eso, frente a la pavorosa desesperaci√≥n de los nuestros, aquellos desventurados enemigos, inexpertos y mal entrenados, hab√≠an salido corriendo o hab√≠an sucumbido.
Ciertamente, aquello no era motivo de orgullo. Pero al ver al enemigo huyendo ante el rápido avance de los nuestros, el pueblo seguía gritando y vitoreando. El eco de la algarabía levantada en lo alto del risco descendía por las laderas hacia el valle en alborozada cascada. Con los ojos de la mente vi que el enemigo retrocedía, refluía como la marea empujada por el ímpetu de nuestro ataque. ¡Granjeros y pastores contra experimentados guerreros! No había gloria alguna en semejante victoria. Pero, por vergonzosa que fuera, me atreví a esperar que el potente y decisivo ataque de nuestros guerreros, que seguían avanzando hacia el corazón del invasor, convertiría la batalla en una fuga desenfrenada.