34 - Un enigma y una paradoja

El pueblo se precipitó al encuentro de Calbha. Enloquecidos de sed lo aclamaban con gritos y cánticos. Pero pronto murieron las canciones y cesó el griterío. Calbha no traía agua; ni siquiera le quedaba una gota de la poca que se había llevado cuando se marchó.
La decepción se convirtió en desesperación cuando informó sobre lo que había visto.
¬óMeldron ha penetrado en el valle por el sur, detr√°s del risco ¬ódijo desmontando de un salto¬ó. Hemos contado cinco mil guerreros a pie y dos mil a caballo.
¬ó¬ŅA qu√© distancia est√°n? ¬ópregunt√≥ Llew abri√©ndose paso entre la silenciosa multitud api√Īada.
—A un día —contestó Calbha—. No más.
¬ó¬ŅSaben que estamos aqu√≠? ¬óinquiri√≥ Cynan situ√°ndose al lado de Llew.
—Sí. Meldron lo sabe —respondió sin tapujos Calbha, y sus palabras conmovieron a la multitud—. El enemigo ha seguido el rastro que dejasteis al regresar de Dun Cruach.
—¡Bran! —gritó Llew llamando al Jefe de Batalla de los Cuervos, que salió de entre el gentío—. Hay que apostar centinelas en el risco.
¬óEnseguida ¬órepuso Bran apresur√°ndose a cumplir la orden.
Llew se dirigió de nuevo a Calbha.
¬ó¬ŅTe han visto?
—No tendría importancia si lo hubieran hecho —replicó el rey—. Pero no me han visto; aguardamos a que anocheciera para cruzar el risco y nos aseguramos de que los exploradores enemigos no nos avistaran. No obstante, Meldron no tiene necesidad de exploradores. Sabe muy bien dónde encontrarnos, te lo aseguro.
—Celebraremos consejo de inmediato —anunció Llew—. Cynan, ve a buscar a Scatha...
—Aquí estoy —exclamó Scatha saliendo de entre la multitud.
¬ó¬ŅTegid?
—Estoy detrás de ti —respondí.
—Bien. Id a buscar a Cynfarch y decidle que se una a nosotros —ordenó—. Celebraremos consejo en cuanto regrese Bran.
—Iré a buscarlo —se ofreció Cynan, y se alejó a toda prisa.
Goewyn y algunas mujeres se acercaron con jarras de agua para los jinetes.
—Estás muerto de cansancio —dijo Goewyn tendiéndole una jarra a Calbha—. Bebe.
Calbha cogió la jarra y se la acercó a los labios. Echó una rápida mirada en torno y preguntó:
¬ó¬ŅHay suficiente agua para todos?
—Hay suficiente para vosotros —contestó la muchacha—. Habéis cabalgado mucho para salvarnos. Y os lo agradecemos de corazón. Bebe y refréscate.
Pero Calbha rehusó.
—Si no hay suficiente agua para todos, tampoco la hay para nosotros. No queremos beber mientras los demás padecen sed —dijo devolviéndole la jarra.
Llew ordenó a la gente que regresara a sus hogares. Mientras la multitud se dispersaba, dijo a los que quedaban:
¬óSeguidme.
Atravesamos nuestros agostados campos y nos dirigimos al lugar donde Llew y yo hab√≠amos acampado cuando llegamos a Druim Vran. Llew encendi√≥ una peque√Īa fogata y extendimos las pieles de buey que hab√≠amos tra√≠do del campamento. Cynan y Cynfarch se reunieron con nosotros y nos dispusimos a esperar a Bran.
Aunque no podía ver los rostros, sentía cómo el miedo se iba deslizando sigilosamente entre nosotros: un miedo intenso, desesperado, sigiloso como una serpiente.
—Empezábamos a creer que no regresarías —dijo Cynan a Calbha para disipar la creciente tensión.
—Fuimos tan al norte como pudimos —repuso el rey, ansioso de unir su voz a la de Cynan— más lejos de lo que habíamos planeado.
¬ó¬ŅY no encontrasteis agua? ¬ópregunt√≥ Cynfarch.
¬ó¬°Much√≠sima! R√≠os, arroyos, estanques, manantiales..., pero todos emponzo√Īados, todos sin vida. ¬óHizo una pausa y a√Īadi√≥ con voz quebrada¬ó No hay agua buena en ninguna parte. La tierra se est√° muriendo.
—Lo mismo ocurre en el sur —acotó Llew.
—Ya entiendo —dijo Calbha—. Me estaba preguntando qué había inducido a Cynfarch a reunirse con nosotros.
¬óBurlamos a Meldron en Dun Cruach ¬óexplic√≥ Cynan, y le relat√≥ la haza√Īa del escudo de fuego¬ó. Fue glorioso ¬óconcluy√≥.
Cynfarch no pudo dejar de a√Īadir:
—Y, si no hubierais malgastado vuestra seguridad por nosotros, Meldron no estaría ahora a vuestras puertas. A decir verdad, hemos cambiado una tumba por otra.
—Rey Cynfarch —intervino Scatha en tono firme—, estamos celebrando un consejo. No es el lugar más apropiado para hablar en esos términos.
¬ó¬ŅNo? ¬óreplic√≥ el rey¬ó. Si he hablado a tontas y a locas, os pido disculpas. Pero si he dicho la verdad, recordad mis palabras.
Nos hundimos en un incómodo silencio, roto sólo por la llegada de Bran. Cuando el Cuervo se hubo sentado, Llew tomó la palabra.
¬óNos avisar√°n si Meldron intenta atacarnos...
¬óNo necesita atacarnos ¬ógru√Ī√≥ Cynfarch¬ó. Apenas nos queda agua. La sed nos matar√° con la misma habilidad que las espadas de Meldron..., aunque m√°s lentamente.
—Con siete mil hombres —comentó Calbha—, el Salvaje Sabueso tiene espadas más que suficientes para procurarnos una rápida muerte.
—Siete mil... —musitó Cynan—. Me gustaría saber de dónde saca Meldron agua para un ejército tan numeroso.
Mi visión interior se despertó. Vi ante mí no los rostros de los reunidos en consejo sino la vasta hueste de Meldron esparciéndose por el valle al otro lado de Druim Vran. Vi la línea enemiga que avanzaba lentamente con los escudos a la espalda, sinuosa y reluciente como una serpiente venenosa. Vi el brillo rojo del sol en sus ojos, la deslumbrante luz del día reflejada en los tachones de los escudos y en los filos de las espadas. Vi las columnas de polvo que levantaban los cascos de los caballos y los pies de los hombres.
Vi que por donde pasaba el Salvaje Sabueso el cielo se oscurecía, se ennegrecía, se llenaba de humo; una luz sofocante rasgaba en jirones el lóbrego aire. Vi que la tierra agonizaba bajo las tinieblas, que la oscuridad se acercaba más y más a la alta muralla de Druim Vran.
—Bien, no podemos permanecer aquí sentados aguardando a que la sed acabe con nosotros —declaró Llew—. Debemos luchar mientras nos queden fuerzas.
¬ó¬ŅLuchar? ¬óse burl√≥ Cynfarch¬ó. ¬°Son siete mil hombres! Aunque pudi√©ramos sobrevivir a una batalla contra un ej√©rcito tan numeroso, la sed acabar√≠a por aniquilarnos.
—Te estás dejando llevar por el miedo —dijo Bran fríamente—. Llew, dinos qué deseas que hagamos.
Era muy propio de Bran evidenciar su respeto hacia Llew. No era nuevo; era su modo habitual de obrar. Pero, mientras hablaba, me pareci√≥ o√≠r de nuevo la voz de Ollathir: ¬ę¬ŅPara qu√© revelar lo que ya ha sido mostrado?¬Ľ.
As√≠ dio comienzo el consejo que se prolong√≥ hasta bien entrada la noche. Nos trajeron provisiones y comimos. El pan estaba duro y seco, y se nos atragantaba, pero no hab√≠a agua para ayudarlo a bajar. Bajo una luna de aspecto siniestro se fueron acalorando las deliberaciones; se alzaban las voces, se agriaban las reacciones. Sin embargo, no recuerdo los t√©rminos de la discusi√≥n; no pude probar bocado, porque hab√≠a vislumbrado algo que hab√≠a borrado de mi mente todo lo dem√°s: la silueta de una monta√Īa que se alzaba entre nosotros.
Mientras los Jefes de Batalla deliberaban, iban surgiendo im√°genes en mi mente..., im√°genes de tiempos pasados cuando Ollathir a√ļn viv√≠a y Meldryn Mawr era rey. Vi a Meldryn Mawr sentado en el trono, en su palacete, con el semblante tan brillante como la torques que llevaba al cuello; sus ojos escrutaban la multitud que se congregaba ante √©l; su seguridad y su sabidur√≠a resplandec√≠an como la corona que le ce√Ī√≠a la frente... Era el poderoso Rey de Oro, el Se√Īor y Protector de su pueblo...
Y vi junto a √©l a Ollathir, el Bardo Supremo, majestuosamente revestido con el manto de p√ļrpura y la torques de oro; el Palad√≠n de los Bardos, el Guerrero de la Verdad, orgulloso, solemne y sabio, sosten√≠a entre sus robustas manos la vara de serbal, ense√Īa del penderwydd, con aire resuelto, firme, inflexible... Era el se√Īor de la Sagrada Hermandad, el fiel servidor de la Soberan√≠a.
Vi la hermosa tierra de Prydain tal como era antes de su desolaci√≥n: una fulgurante gema verde bajo un cielo radiante; Sycharth dominaba la llanura en su altivo promontorio cerni√©ndose como una atalaya sobre los campos colmados de grano y el siempre cambiante mar que se extend√≠a a lo lejos; a la dorada luz del alba refulg√≠an las fortalezas de los nobles se√Īores; al sol del atardecer brillaban los muros de troncos, los hermosos bosques, las frondosas espesuras, los tumultuosos arroyos, los caudalosos r√≠os... Prydain, el m√°s bello de los reinos, el inexpugnable trono del m√°s poderoso rey.
Meldryn Mawr, el poderoso Monarca de Oro... Ollathir, el Príncipe de los Bardos... Prydain, la Fortaleza de los Valientes Reyes... los tres juntos..., juntos.
¬ŅPor qu√© los tres? ¬ŅQu√© deb√≠a deducir yo de aquella visi√≥n?
Hacía falta una mente más sagaz que la mía para penetrar en el corazón de aquel misterio. Entretanto, nuestros enemigos se iban congregando al otro lado del risco protector. Había que encontrar con urgencia la respuesta. Meldron, siempre insaciable, no tardaría mucho en reclamar la victoria.
El consejo se prolongaba. Pero mi cabeza ardía con aquel enigma, que sacudía mis pensamientos como una tempestad y me llenaba de angustia. Me ardía el corazón y me sentía incapaz de soportar por más tiempo aquellas voces estridentes. Me levanté y me retiré del consejo, sin que nadie se apercibiera de mi marcha.
¬ęQue hablen ¬ópens√©¬ó. El enemigo est√° el acecho... Debo hacer algo.¬Ľ
Pero no sabía qué hacer. Así que comencé a caminar sin rumbo fijo golpeteando el suelo con mi bastón y dejé que mis pies me condujeran a donde quisieran. Bordeé el campamento y seguí caminando.
El golpeteo de mi bast√≥n despert√≥ a un durmiente que se uni√≥ a mi deambular. En efecto, Nettles, sin decir nada, acompas√≥ su paso al m√≠o. Desde nuestra huida de Dun Cruach, me hab√≠a acostumbrado a su compa√Ī√≠a y agradec√≠ su silenciosa presencia en aquellos dif√≠ciles momentos. Me detuve y le dije:
¬óVamos, charlaremos un rato.
Ante mi sorpresa el hombrecillo respondió:
¬óMo bodlon, do.
Su vocabulario aumentaba día a día de forma asombrosa, porque era de una constancia infatigable. Asentí y reanudamos el paseo. El menudo extranjero caminaba a mi lado; durante un buen rato ambos permanecimos callados.
¬ó¬Ņ¬ęProflem¬Ľ? ¬ópregunt√≥ de pronto.
—Sí —repuse—. Un problema muy grande.
Seguimos andando y de pronto me encontré explicándole el misterio que tanto me mortificaba. No sabía hasta qué punto comprendía lo que le estaba diciendo, pero no me importaba. Me hacía mucho bien poder hablar con alguien; con alguien que además se limitaba a escuchar.
¬óCuando el Malvado se escap√≥ de su prisi√≥n en el Mundo Subterr√°neo, ¬Ņad√≥nde fue? ¬ópregunt√©¬ó. Cuando Nudd, el se√Īor de Uffern y de Annwn, el rey de los coranyid, se lanz√≥ a destruir nuestro mundo, ¬Ņpor d√≥nde empez√≥?
Nettles, que caminaba en silencio a mi lado, no respondió; así que yo mismo contesté a mi pregunta.
¬óPor Sycharth, la fortaleza principal del rey de Prydain. Eso...
—Ah —exclamó Nettles—. ¡Prydain!
Constaté una vez más la rapidez con que operaba su mente. Incluso mientras yo hablaba, iba registrando y acumulando vocabulario. Así que seguí pensando en voz alta, despacio, para darle ocasión a que captara lo que pudiese.
¬óPrydain sufri√≥ la terrible c√≥lera de Nudd... pero s√≥lo despu√©s de que el rey fuera apartado de all√≠ con enga√Īos. La Horda de Demonios asol√≥ Prydain... pero s√≥lo despu√©s de que su rey hubiera sido alejado. Y ¬Ņa qui√©n persigui√≥ Nudd con su g√©lido odio? ¬ŅQui√©n soport√≥ el despiadado ataque del ancestral enemigo de Albi√≥n? Te lo dir√©: Meldryn Mawr. El Soberano de la Noche Eterna eligi√≥ al poderoso Rey de Oro para que se enfrentara a la terrible matanza desencadenada por su odio. Fue Meldryn Mawr, monarca de Prydain, soberano de los llwyddios, quien soport√≥ el cruel ataque del enemigo.
¬ęS√≠ ¬ópens√©¬ó, el rey de Prydain soport√≥ la matanza; a√ļn m√°s: sobrevivi√≥ a ella y triunf√≥.¬Ľ
—Pero me estoy adelantando —le dije a Nettles que caminaba lleno de curiosidad a mi lado—. Antes de que Prydain cayera, antes de que Meldryn Mawr fuera alejado de su fortaleza, antes de que Nudd y sus perversos coranyid fueran liberados..., se desató el Cythrawl.
—El Cythrawl —repitió Nettles en voz baja— Hen Gelyn.
¬óS√≠ ¬óle dije¬ó. La Maldad Ancestral. ¬ŅY a qui√©n quiso destruir en primer lugar la Bestia del Abismo? A Ollathir, el Bardo Supremo de Albi√≥n..., a Ollathir.
—El penderwydd Ollathir —musitó Nettles.
—Al Bardo Supremo Ollathir, sí..., que sustentaba la Soberanía de Prydain. ¡Sólo Ollathir sabía dónde habitaba el Phantarch!
De nuevo se alzaba ante m√≠ el triple misterio: el rey, el reino y el bardo. Sin embargo, hab√≠a otros reyes, otros reinos, otros bardos. ¬ŅQu√© diferenciaba a aquellos tres de los dem√°s?
¬óAh√≠ precisamente radica el misterio ¬ómurmur√© en voz alta a Nettles¬ó. ¬ŅPor qu√© precisamente esos tres?
Reflexioné unos instantes y entonces me di cuenta de que conocía la respuesta, la palabra que ya había sido pronunciada: la Canción de Albión. Y comencé a hablarle a Nettles del Phantarch, y mientras le hablaba se iba haciendo la luz en mi mente.
¬ó¬ŅPor qu√© precisamente esos tres? ¬órepet√≠¬ó. Te lo dir√©: porque ellos eran quienes sustentaban la Canci√≥n de Albi√≥n.
—Canaid Alba —murmuró Nettles.
Me detuve de nuevo. ¬ŅHasta qu√© punto me entend√≠a aquel extranjero? ¬ŅC√≥mo hab√≠a logrado tener conocimiento de aquellas cosas?
—La Canción de Albión, sí; eso es justamente lo que las huestes de las tinieblas deseaban destruir. Porque, mientras se salvaguardara la Canción, ellos no prevalecerían. Por eso arrasaron Prydain. Por eso atacaron a un legítimo rey en su propio reino; al hacerlo atacaron la prístina esencia de la Soberanía.
—Aird Righ? —exclamó Nettles.
Comprendí lo que quería decir, pero el hombrecillo había cometido una ligera equivocación.
—No, no me refería al Supremo Rey —lo corregí—, tan sólo a un legítimo rey.
—Aird Righ! —repitió tozudamente.
Y comencé a preguntarme si sabría lo que estaba diciendo.
—Un momento... —dije—. Déjame pensar.
La Soberan√≠a..., la presencia de un leg√≠timo rey... ¬Ņqui√©n sino un leg√≠timo rey podr√≠a salvaguardar la Canci√≥n? ¬ŅY ser√≠a posible que ese monarca fuera adem√°s el Supremo Rey?
¬óPero ¬Ņc√≥mo es posible que Meldryn Mawr pudiera ser el Supremo Rey sin saberlo? ¬ópregunt√© a mi menuda sombra¬ó. ¬°Es imposible!
Nettles no dijo nada; sent√≠a sus ojos clavados en m√≠ con expresi√≥n intensa, urgente. ¬ŅQu√© era lo que sab√≠a?
—No podía ser el Aird Righ —repetí.
Di dos pasos y me detuve en seco. Quiz√° no era Meldryn Mawr quien ignoraba su suprema dignidad real. ¬°Quiz√°s era yo quien la ignoraba! A lo mejor Meldryn Mawr y Ollathir ten√≠an una raz√≥n poderosa para ocultarlo, del mismo modo que hab√≠an ocultado que el Phantarch habitaba en el coraz√≥n de la monta√Īa de Findargad para proteger la Canci√≥n.
Tal constataci√≥n me dej√≥ tan aturdido como si hubiera recibido un pu√Īetazo. Me tambale√©. Nettles me ayud√≥ a no perder el equilibrio. ¬°No s√≥lo estaba ciego! Era un ignorante..., peor a√ļn.
—Pridayn, Meldryn Mawr, Ollathir —dije despacio para que Nettles pudiera seguirme— en los tres residía la esencia de Albión.
Y ahora los tres convergían en una persona: Llew.
Me estremecí como el cazador que acaba de avistar su presa.
¬óLlew es el centro ¬óconclu√≠¬ó. Llew es la palabra ya pronunciada. Llew es la monta√Īa que se alza entre nosotros.
—Llew —repitió Nettles.
—Sí, mi inteligente amigo, Llew —dije.
Comencé a caminar otra vez; Nettles se esforzaba por seguir mi paso.
¬óLlew posee el awen del penderwydd, porque estaba con Ollathir cuando muri√≥, y el Bardo Supremo le entreg√≥ el awen con su √ļltimo aliento. Llew posee la soberan√≠a de Meldryn Mawr porque ahora soy yo el Bardo Supremo de Albi√≥n y yo lo invest√≠ con la dignidad real. Y Llew ha penetrado hasta el sagrado centro de Prydain: ha atravesado M√īr Cylch en el Coraz√≥n del Coraz√≥n, y ha defendido por dos veces el pilar de piedra de Prydain que se alza en la Roca Blanca; incluso lo ha te√Īido con su sangre.
Mi mente funcionaba con la celeridad de una lanza disparada hacia el blanco. En Llew habían convergido los tres; Llew era el nudo. Era la vasija en que había sido derramada la esencia de Albión.
¡Ay!, pero era una vasija rota. No podía ostentar la dignidad real con la que había sido investido. Y ése era el corazón del enigma.
Rey y no rey, bardo y no bardo, Llew gobernaba, aunque rehusaba hacerlo, una tribu que no era tal tribu sino un conglomerado de diezmados clanes que formaban un reino que no era un reino. La paradoja era total. Si encerraba alg√ļn sentido, era imposible penetrarlo.
Sin embargo, gracias a la equivocación de Nettles, una nueva y asombrosa luz se había encendido en mi mente: la dignidad real de Prydain podía ser además la Suprema Dignidad Real de Albión.
Estaba ante un enigma que a la vez era una paradoja. ¬ŅQu√© significaba? No lo sab√≠a. Tendr√≠a que meditar en ello en los pr√≥ximos d√≠as.
Me desped√≠ de Nettles rog√°ndole que descansara para as√≠ poder reflexionar sobre la revelaci√≥n que acababa de recibir. Vagu√© solo recorriendo la ca√Īada como una fiera inquieta. Mis pies me llevaron al camino que conduc√≠a al lago muerto. Camin√© hasta la orilla. El hedor de las aguas me revolv√≠a el est√≥mago, pero me obligu√© a m√≠ mismo a continuar mi paseo por la orilla del lago. Al poco rato o√≠ que alguien se hab√≠a acercado tambi√©n al lago.
¬ó¬ŅQui√©n est√° ah√≠?
—Tegid... —contestó una voz seguida de un sollozo.
¬ó¬ŅGoewyn?
Avancé hacia los sollozos. Goewyn se refugió en mis brazos ocultando el rostro entre las manos y apoyó la cabeza en mi pecho.
¬ó¬ŅPor qu√© lloras? ¬ŅQu√© te pasa?
¬óGwenllian... ¬ódijo con voz quebrada; sent√≠ que alzaba la cabeza y levantaba su rostro hacia m√≠¬ó. La he visto, Tegid. He visto a Gwenllian en sue√Īos. Se me apareci√≥ mientras dorm√≠a.
—Ah —suspiré—. Ya entiendo.
—La vi —dijo, apartándose de mí—. Me habló. Gwenllian me habló.
¬ó¬ŅQu√© te dijo?
Goewyn exhaló un largo y estremecido suspiro.
¬óNo acabo de entender lo que me dijo.
—Cuéntamelo.
Goewyn deslizó su mano bajo mi brazo y caminamos por la orilla del tenebroso y pestilente lago. Poco después, me dijo:
¬óQuise aguardar despierta a que acabara el consejo para enterarme de lo que se hab√≠a decidido. Pero estaba rendida de cansancio. Me pesaba la cabeza, se me cerraban los ojos. Decid√≠ echarme para descansar un rato y me qued√© dormida al instante. Mientras dorm√≠a, o√≠ un extra√Īo sonido, como un batir de alas sobre mi cabeza. El sonido me despert√≥..., me despert√≥ en sue√Īos. Es curioso; sab√≠a que estaba dormida y sab√≠a que estaba so√Īando.
¬óConozco esa clase de sue√Īos ¬óle dije¬ó. ¬ŅQu√© viste?
¬óVi el lago ¬ócontest√≥ la muchacha con una voz que son√≥ distante, como si hubiera vuelto a penetrar en su sue√Īo, como si estuviera evoc√°ndolo¬ó. Vi el lago tal como est√° ahora, p√ļtrido y f√©tido. Vi que las aguas se iban espesando con la suciedad. Y vi a alguien en la orilla..., una mujer vestida de blanco. Tan pronto como la vi, supe que era Gwenllian. Corr√≠ hacia ella. ¬°La abrac√©, Tegid! ¬°Estaba viva! ¬°No puedes imaginar la felicidad que sent√≠!
Como no hice el menor comentario, continuó su relato.
—Entonces Gwenllian me habló. Oí su voz. Parecía muy tranquila; es más, parecía contenta. Su rostro resplandecía de paz y felicidad.
Goewyn enmudeció conmovida al evocar la visión.
¬óAs√≠ que te habl√≥. ¬ŅQu√© te dijo?
—Me dijo que recordara la profecía; que era muy importante porque encerraba una verdad que iba a cumplirse —continuó, apretándome excitada el brazo—. Dijo que había llegado el Día de la Lucha, pero que la Mano Segura y Certera estaba con los GwrGwir.
¬ó¬ŅEst√°s segura? ¬ŅDijo exactamente GwrGwir?
¬óS√≠, pero no s√© qu√© significa ¬ócontest√≥ Goewyn¬ó. Gwir significa verdad, ¬Ņno? ¬ŅQui√©nes son los Hombres de Gwir?
—No lo sé —dije sacudiendo despacio la cabeza—. A menos que los Hombres de Gwir, quienes quiera que sean, se opongan a Meldron.
El t√©rmino formaba parte de la profec√≠a que Gwenllian hab√≠a confiado a Llew tras la Haza√Īa Heroica de Ynys B√†inail; √©l solo hab√≠a resistido frente al Cythrawl, y a √©l hab√≠an sido confiadas las palabras de la profec√≠a. Yo hab√≠a pensado mucho en ellas rememorando sus t√©rminos. A menudo hab√≠a discutido con Llew su significado.
¬ó¬ŅDijo algo m√°s?
Goewyn hizo una pausa para escoger las palabras.
¬óS√≠ ¬órepuso con una voz que era un susurro¬ó. Dijo: ¬ęNo tem√°is. La curaci√≥n est√° en el agua¬Ľ.