33 - La palabra ya pronunciada

Antes de llegar a Dinas Dwr, colegí lo que iba mal. Un hombre no necesita ojos para reconocer el hedor de los peces putrefactos; hasta la más torpe de las narices lo reconoce. A medida que me acercaba al lago, la pestilencia iba haciéndose más fuerte y virulenta.
Cuando llegué, la multitud había enmudecido. Me abrí paso entre la gente y encontré a Llew junto a la orilla mirando fijamente el agua.
—Me lo advertiste, Tegid —murmuró—. Pero no te hice caso.
Su voz despert√≥ mi visi√≥n interior. Vi nuestro hermoso lago muerto y sus claras aguas enturbiadas y cubiertas de ponzo√Īosa espuma; el resplandeciente espejo de la superficie estaba mate y mortecino, como el ojo de un cuerpo muerto largo tiempo atr√°s. La vegetaci√≥n de las orillas estaba agostada y reseca. En las aguas del lago flotaban peces y p√°jaros muertos. La superficie parec√≠a estremecerse de vez en cuando formando unas burbujas que estallaban y llenaban el aire de un vapor hediondo. Todo el valle apestaba.
¬óEl veneno ha alcanzado tambi√©n Dinas Dwr ¬ódijo Bran, que contemplaba cerca de m√≠ el p√ļtrido lago¬ó. Ya no queda ning√ļn lugar a salvo en este mundo.
Scatha y Goewyn se acercaron y nos saludaron calurosamente con un beso. Vi que Goewyn se quedaba junto a Llew; no dijo nada, pero no apartaba de él sus ojos. Sin embargo, Llew no le dirigió la palabra, ni tan siquiera la miró; si lo hubiese hecho, habría comprobado cómo su frialdad hería a la muchacha en lo más hondo.
Al ver las manchas de holl√≠n y cenizas en nuestras ropas, Scatha supuso que hab√≠amos huido entre las llamas, y Alun le relat√≥ la Heroica Haza√Īa del escudo de fuego que hab√≠a llevado a cabo Llew.
—Me habría gustado estar allí para verlo con mis propios ojos —comentó Scatha.
Todos los Cuervos corearon sus palabras aplaudiéndonos. Pese a todo, era una bienvenida sombría, porque estaban tan abrumados como nosotros por la desgracia que había caído sobre Dinas Dwr.
¬óEs un triste regreso al hogar ¬ódijo Goewyn se√Īalando con temblorosa mano el lago¬ó. Siento en el alma que os hay√°is encontrado con esto.
Llew paseó los ojos por la muchedumbre.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Calbha? ¬ópregunt√≥.
—Ha ido a buscar agua. Se marchó hace cuatro días con seis hombres —respondió Scatha—. Casi no nos quedan reservas.
¬óHemos tenido que abandonar el crannog ¬ó a√Īadi√≥ con tristeza Goewyn.
—Pensamos que era lo mejor... mientras dure la plaga —observó Scatha.
—Sin duda —asintió Llew mirando con dolorosa expresión el lago.
Ten√≠a los ojos ba√Īados en l√°grimas; al pesta√Īear, corrieron por sus mejillas y se las enjug√≥ torpemente con su mu√Ī√≥n.
—Si hubiese estado aquí... —murmuró dando bruscamente la espalda a su ciudad acuática.
Como hab√≠a dicho Goewyn, la gente se hab√≠a mudado del crannog al campamento levantado en un extremo de la ca√Īada, junto al risco, lo m√°s lejos posible del lago. Pero el hedor de las aguas muertas bajo el sol abrasador tambi√©n llegaba hasta all√≠.
Cynfarch y su pueblo, desconcertados y entristecidos, se instalaron entre los nuestros. Les parec√≠a que hab√≠an huido hacia un destino a√ļn m√°s fatal que el que hab√≠an dejado atr√°s. Cynfarch, profundamente descorazonado, vagaba sin descanso entre las tiendas de los galanaes como una tormenta a punto de estallar. Hay que decir en su favor que manten√≠a la boca cerrada y se absten√≠a de expresar sus recelos.
Pasaron dos días y aumentó el calor del abrasador sol. Racionamos el agua cuidadosamente en espera de alguna noticia de Calbha. Pero no llegaba ninguna.
El hedor del lago también iba en aumento. El calor sofocante agravaba la pestilencia y la putrefacción; las aguas, en otro tiempo claras y límpidas, desprendían un olor insoportable. Mis mabinogi acudieron a mí deseosos de reemprender su aprendizaje, pero no pudimos soportar el calor y la fetidez y decidí abandonar las lecciones.
¬óComenzaremos otra vez cuando cese la plaga ¬óles dije¬ó. Volved con vuestras familias y ayudad en todo lo que pod√°is.
Gwion se entristeció mucho, así que le di mi arpa.
—Quédatela, Gwion Bach. Si quieres llegar a ser un filidh tienes que practicar.
—Llámame cuando quieras, penderwydd —exclamó el muchacho—. Día y noche el arpa estará aguardándote a que la toques.
El ni√Īo se alej√≥ corriendo, seguramente deseoso de practicar con el instrumento. Yo me volv√≠ hacia Nettles, que me hab√≠a acompa√Īado al bosquecillo de abedules.
¬óEs un regalo sin importancia ¬ódije.
—Pero le ha servido para recuperar el ánimo —observó el hombrecillo sin detenerse apenas a buscar las palabras adecuadas.
¬óOjal√° pudiera hacer otro tanto con los dem√°s habitantes de Dinas Dwr ¬órepuse.
Durante el d√≠a nos acosaba el hedor a muerte, y por la noche los ni√Īos lloraban de sed y de fiebre. Se preparaba y se serv√≠a la comida; pero nadie la probaba. A cada bocanada del hediondo aire, se nos revolv√≠a el est√≥mago. El calor y la fetidez nos mermaban las fuerzas y el esp√≠ritu; nos mov√≠amos con torpeza, aturdidos por la enormidad de nuestra desgracia y abrumados por nuestra incapacidad para hacerle frente. Era un enemigo con el que no pod√≠amos luchar y mucho menos pensar en vencerlo.
Al crep√ļsculo del segundo d√≠a Llew me pidi√≥ consejo.
¬óDebemos hacer algo, Tegid. Acomp√°√Īame.
Me condujo lejos del campamento, a un lugar donde no pod√≠amos ser o√≠dos. Nos sentamos juntos en una roca bajo un saliente del risco. La roca estaba a√ļn caliente y las moscas revoloteaban en el calor del anochecer.
¬óCalbha no ha regresado y pronto se nos agotar√°n las reservas de agua.
¬ó¬ŅPara cu√°ntos d√≠as tenemos?
¬óPara tres o cuatro; cinco a lo m√°ximo, si la escatimamos.
Un sorbo de agua al d√≠a para los hombres y los animales, dos para los ni√Īos... ¬ŅC√≥mo podr√≠amos escatimarla a√ļn m√°s?, me pregunt√©.
—No creo que Calbha regrese a tiempo —continuó Llew—, si es que regresa.
¬ó¬ŅQu√© quieres que haga?
Llew se quedó callado y yo escuché el zumbido de los insectos mientras el calor del día iba disminuyendo casi imperceptiblemente.
¬óNo lo s√© ¬órespondi√≥ con un deje de desesperaci√≥n¬ó. Nadie puede hacer nada. No deber√≠a haberme marchado ¬óa√Īadi√≥ con voz tensa.
Medit√© en sus palabras. Era cierto: no deber√≠a haberse marchado de Dinas Dwr; as√≠ se lo hab√≠a aconsejado yo. Pero el tono con que las hab√≠a pronunciado..., el tono con que las hab√≠a dicho despert√≥ en m√≠ una extra√Īa sensaci√≥n: como si una corriente fluyera bajo mis pies, como si un poderoso torrente, un tumultuoso r√≠o corriera bajo la tierra. Me pareci√≥ sentir que un misterioso poder se filtraba por la pe√Īa en que est√°bamos sentados.
¬óT√ļ sab√≠as que esto iba a ocurrir, Tegid ¬ócontinu√≥ diciendo Llew¬ó. Dijiste que sobrevendr√≠a un desastre. Bien, estabas en lo cierto.
¬ó¬ŅQu√© quieres decir?
—Que no habría ocurrido si me hubiese quedado —replicó bruscamente Llew.
De nuevo sent√≠ el misterioso poder estremeci√©ndose, agit√°ndose en la tierra y en el aire que nos rodeaba. ¬ęNo habr√≠a ocurrido si me hubiese quedado...¬Ľ ¬°√Čl tambi√©n lo sab√≠a! Tambi√©n lo sent√≠a. Pero ¬Ņpor qu√© raz√≥n? ¬ŅPor qu√© raz√≥n el hecho de permanecer en Dinas Dwr habr√≠a cambiado algo, a no ser que la mera presencia de Llew ejerciera alg√ļn poder sobre la maldad que se extend√≠a sobre la tierra? En √©l alentaba el awen de Ollathir. El awen del Bardo Supremo de Albi√≥n pod√≠a ser una poderosa y potente arma..., como hab√≠a demostrado la inspirada haza√Īa de la tormenta de fuego. ¬ŅEra eso? ¬ŅO era otra cosa?
¬óLlew, ¬Ņqu√© quieres decir? ¬ópregunt√©.
¬óOjal√° te hubiera hecho caso ¬óreplic√≥ en tono l√ļgubre¬ó. Ya est√°. Ya lo he dicho. No me lo hagas repetir otra vez.
¬óNo me refer√≠a a eso ¬óle dije¬ó. ¬ŅPor qu√© crees que tu presencia habr√≠a impedido que la plaga emponzo√Īara el lago?
Sentí que se estremecía.
¬ó¬ŅQui√©n sabe? ¬órepuso con impaciencia¬ó. ¬ŅQu√© quieres que te diga?
¬óDicen que un verdadero rey tiene el poder de proteger y preservar su reino. ¬ŅPor eso crees que tu presencia aqu√≠ habr√≠a supuesto alguna diferencia?
¬óT√ļ conoces todas las respuestas ¬ócontest√≥ en tono √°spero¬ó. As√≠ que t√ļ sabr√°s... ¬óSe dio una palmada en el mufl√≥n¬ó. Yo soy un tullido, Tegid. ¬ŅRecuerdas?
Luego se marchó y me dejó tan in albis como antes, excepto en un aspecto: ahora sabía que una enorme y poderosa fuerza yacía escondida al alcance de la mano, como una espada envainada ante el Día de la Lucha. A mí me correspondía descubrir la forma de despertarla. Si pudiera lograrlo...
Pero primero tenía que encontrarla.
Levant√© las piernas, las cruc√© y me acomod√© en la pe√Īa. Aspir√© profundamente y exhal√© el aire una vez..., dos veces..., tres veces, para aclarar mis pensamientos, alejar de m√≠ el temor y la ansiedad, y vaciar mi coraz√≥n de todo excepto del deseo de penetrar aquel misterio. Cuando estuve completamente tranquilo y relajado, completamente en paz, aspir√© profundamente y recit√© una invocaci√≥n:
¬°Gracias sean dadas a la Mano Segura y Certera
por protegernos en la necesidad!
¬°Gracias sean dadas al Dador de la Palabra
por los Tres Pilares de la Verdad!
¬°Gracias sean dadas a la Luz Vivificadora
por el fuego sagrado de la Sabiduría!
Esc√ļchame ahora, Supremo Gu√≠a, y cond√ļceme por tu senda.
Porque ancho es el mundo y confusos los caminos
que el hombre debe recorrer.
Y yo temo extraviarme.
Aqu√≠ me tienes sentado en esta pe√Īa:
permanecer√© inm√≥vil hasta que t√ļ, Motor Inm√≥vil de lo creado,
me ordenes moverme;
guardar√© silencio hasta que t√ļ, Verbo Vivificador,
me hables;
permanecer√© en tinieblas hasta que t√ļ, Luz de la Vida,
me ilumines.
Concédeme ahora, Generoso Dador, tres peticiones:
conocimiento de lo que no sé;
sabiduría para comprenderlo;
discernimiento para aprehenderlo.
Después, en paz conmigo mismo, silencioso, expectante, puse las manos sobre las rodillas y aguardé... Paz..., paz. Escuchaba y aguardaba.
Aguardaba... paz...
El aire, inmóvil y pesado como un manto, recogía todos los sonidos del valle como si los fosilizara en ámbar. Oí a poca distancia el apagado parloteo de las madres que acostaban a sus hijos. Oí el ladrido de un perro, el mugido de una vaca, el gorjeo de los pájaros que retornaban a sus nidos en el risco que se cernía sobre mi cabeza. Oí los sonidos del mundo que se iba hundiendo en las tinieblas, que se callaba con un postrer aliento, que suspiraba de gratitud por la liberación de las penas y los sufrimientos del día.
Cerré mis oídos a esos sonidos y escuché en mi interior: paz..., paz..., paz...
Oí el latido de mi corazón, que palpitaba con rítmica lentitud. Oí el sonido de mi propia voz que se desvanecía como una piedra arrojada al silencio de un pozo, en cuyos ondulantes abismos resonaba el eco de mi ruego que suplicaba conocimiento y sabiduría.
Luego el eco se perdi√≥ en los abismos. Y, en respuesta a mi s√ļplica, o√≠ la voz de Ollathir, el Bardo Supremo, el Sabio Gu√≠a, el amigo desaparecido para siempre:
¬ó¬ŅPara qu√© pronunciar la palabra que ya ha sido pronunciada? ¬ópregunt√≥ la voz de Ollathir con tono severo¬ó. ¬ŅPara qu√© revelar lo que ya ha sido mostrado? ¬ŅPara qu√© proclamar la verdad que se alza como una monta√Īa entre vosotros?
Y entonces oí, en lo alto del risco, el agudo son del carynx; un largo toque seguido de otros dos más cortos. Su eco retumbó en el silencioso valle a través del lago sin vida.
Calbha había regresado.