32 - La tormenta de fuego

Cynan pasó sus brazos en torno a los hombros de Llew y lo inmovilizó con una llave de lucha libre. Los ojos de Llew giraron en sus órbitas. Emitió un alarido agudo y salvaje, como el de un lobo o un águila que se precipita tras una presa, y, alzando los brazos, se libró de Cynan como si fuera una pluma posada sobre su espalda.
Luego salvó la muralla de un salto y atravesó corriendo el patio hacia el palacete. Cynan se puso en pie y se dispuso a correr tras él, pero yo lo detuve diciéndole:
¬ó¬°Espera! Es imposible detenerlo. No te oye y podr√≠a hacerte da√Īo.
¬ó¬ŅQu√© le pasa, Tegid? ¬óme pregunt√≥ mientras Llew entraba en palacio¬ó. Saethu du! ¬ŅQu√© le sucede?
—¡Mira! —repliqué.
Llew salía en ese instante del palacete con una antorcha en la mano y un tonel de cuero bajo el brazo. Se detuvo junto a la puerta, la empujó y se escabulló fuera.
¬óClanna na c√Ļ ¬ómusit√≥ Cynan.
¬óVamos ¬óle dije¬ó. Re√ļne a tus hombres y preparaos a seguirlo.
Cynan me miró pasmado.
¬ó¬°Apres√ļrate!
El pr√≠ncipe grit√≥ unas cuantas √≥rdenes a los guerreros que estaban m√°s cerca. Luego salt√≥ de la muralla al patio y pidi√≥ a gritos sus armas. Sus palabras a√ļn resonaban en el aire cuando se dej√≥ o√≠r de nuevo el cuerno de batalla. Los guerreros se reunieron a toda prisa junto al palacete. Entre el tumulto destac√≥ la figura de Bran Bresal, armado con lanza y escudo.
—¡Bran! —grité—. ¡Ven aquí!
Poco después el guerrero estaba a mi lado.
¬óSigue a Llew pero no intentes tocarlo. Haz todo lo que te ordene. Pero no trates de detenerlo.
Bran alzó la lanza a modo de saludo y se fue corriendo. Me di cuenta de que habría podido ahorrarme esas recomendaciones, porque era obvio que Bran obedecería ciegamente y sin cuestionar cualquier orden de Llew.
Me volví a observar la hueste de Meldron; estaba muy cerca. El resplandor de centenares de antorchas se extendía por la llanura. Llew, con la tea en alto, corría a enfrentarse con el enemigo.
En el patio reinaba una confusa algarabía de guerreros que corrían, retumbar de voces, piafar de caballos, armas que brillaban a la luz de la luna. La puerta se abrió, y Bran se precipitó fuera con una antorcha en la mano.
Corrió a reunirse con Llew y vi que el resplandor de las dos teas se alejaba hasta un lugar a cierta distancia de la muralla. Llew se detuvo entonces y clavó su tea en el suelo. Se cargó al hombro el tonel de cuero y comenzó a retroceder lentamente.
Cynan, armado y dispuesto para la lucha, se reunió conmigo en la muralla.
¬ó¬ŅQu√© est√° haciendo? ¬ópregunt√≥¬ó. ¬ŅSe ha vuelto loco?
¬óNo ¬ócontest√©¬ó. Ahora re√ļne a tus hombres y estad preparados.
Cynan se marchó y yo seguí observando a Llew, que dejó de retroceder y luego se dirigió adonde había dejado la tea. Con el tonel de cuero sobre el hombro comenzó a caminar hacia atrás en dirección opuesta. Al observarlo colegí lo que se traía entre manos.
—¡Cynan! —grité—. ¡Cynan! ¡Trae de inmediato al rey!
Cynan estaba en el patio con sus hombres. Los palafreneros habían ensillado los caballos y corrían a llevárselos a los guerreros. El príncipe cogió las riendas que le tendía uno de los mozos.
¬ó¬°Cynan! ¬ógrit√©¬ó. ¬ŅD√≥nde est√° Cynfarch?
—Disponiendo su carro —respondió Cynan—. Nos conducirá a la batalla.
—Envía a alguien para que lo traiga a la muralla. Tengo que hablar con él enseguida. ¡Deprisa!
Cynan hizo un gesto a uno de los guerreros, y el hombre desapareció entre el tumulto del patio.
¬óVen t√ļ tambi√©n ¬ólo llam√©.
Sent√≠ la presencia de alguien a mi lado. Me volv√≠ y vi que Nettles estaba junto a m√≠ en la muralla. Alz√≥ el brazo y se√Īal√≥ hacia la llanura. Donde antes brillaban centenares de antorchas, resplandec√≠an ahora a miles. Mientras las luces se acercaban, o√≠ un sonido como si un trueno lejano retumbara en la llanura.
Llew arrojó el tonel y corrió a coger la antorcha. Bran estaba a su lado, pero Llew no parecía verlo; luego acercó la antorcha al suelo. Al momento se levantó una llamarada que se extendió hacia los lados trazando un amplio arco sobre la yerba reseca.
Cynfarch, espada en mano, me llam√≥ desde el patio. En aquel preciso instante se oy√≥ un sonido semejante a un golpe de viento, y el patio se ilumin√≥ de s√ļbito. Por las puertas abiertas el rey vio una cortina de fuego que se alzaba hacia el cielo. Ech√≥ una r√°pida ojeada al extra√Īo fen√≥meno e inquiri√≥:
¬ó¬ŅQu√© demonios est√° haciendo?
¬óEst√° prepar√°ndonos una salida ¬órepuse¬ó. Pero debemos apresurarnos a partir cuanto antes.
¬ó¬ŅA partir dices? ¬óse sorprendi√≥ el rey torciendo el gesto, y tom√≥ aliento para rechazar violentamente mi sugerencia.
¬óNos vamos ahora mismo ¬órepet√≠¬ó. ¬°Mira! ¬óa√Īad√≠ apuntando hacia la cortina de fuego¬ó. Llew ha preparado un escudo ante nosotros.
¬ó¬ŅQu√© dices que ha hecho? ¬órugi√≥ Cynfarch.
—¡Un escudo de fuego! —exclamó Cynan.
—¡Llamadlo al instante! —gritó el rey—. Ha desafiado mi autoridad.
—El awen del penderwydd alienta en él —le dije al rey—. Sólo tiene oídos para la voz de la Mano Segura y Certera. Llámalo, si quieres, pero no creo que te obedezca.
La silueta de Llew se destacaba contra la cortina de llamas; había alzado la mano por encima de su cabeza, con la palma hacia arriba, en actitud de un bardo suplicante. Parecía moverse con el resplandor de las llamas de forma que se diría que estaba danzando ante el fuego.
Las llamas subían más y más a medida que el fuego prendía en la hierba reseca. El calor generaba un viento ardiente que avivaba las llamas.
Bran, con la lanza en alto, se volvi√≥ hacia la muralla e hizo una se√Īal a los guerreros; al punto, como si la hubiesen estado esperando toda su vida, los guerreros se aprestaron a salir de la fortaleza para reunirse con Llew. Enarbolando las teas que hab√≠an cogido en el palacio y en el almac√©n, se precipitaron apresuradamente por las puertas y se reunieron con √©l en la l√≠nea de fuego. Los gritos de los guerreros y el crepitar de las llamas llenaron la noche mientras los hombres encend√≠an sus teas en la cortina de fuego.
¬ó¬°Cynfarch! ¬ógrit√©¬ó. Est√° decidido. Re√ļne a tu pueblo y a tu ganado y coge todos los tesoros que puedas cargar. Echa una √ļltima mirada de despedida a estos lares y prep√°rate a partir.
La ira ensombreció el rostro del rey Cynfarch. Pero Cynan, con los ojos iluminados por las llamas, palmoteó el hombro de su padre y le dijo:
¬óTu c√≥lera no puede prevalecer ante su haza√Īa. Permite que nos comportemos como hombres valientes, conscientes de nuestra fuerza. Permite que utilicemos el escudo de fuego de Llew para protegernos mientras nos vamos.
—¡Mientras huimos! —gritó colérico el rey—. ¡No puede hacerme esto! ¡No tiene autoridad alguna sobre mi pueblo!
¬óNo es la autoridad de Llew la que ha dispuesto todo esto ¬órespond√≠ yo¬ó, sino la autoridad de Aquel que gobierna el fuego y el viento. Si eres capaz de hacer que el viento y las llamas te obedezcan, hazlo. Si no, te sugiero que te dispongas a partir mientras a√ļn estamos a tiempo.
Cynfarch se dio la vuelta y entró en el palacete. Yo me volví hacia las llamas que se habían convertido en una muralla de fuego, en una enorme y ondulante vela que se movía con el ardiente vendaval. Los guerreros de Cynfarch completaron la tarea que Llew había empezado. Lenguas de fuego lamían la yerba seca que iba prendiendo en llamaradas agitadas por el viento.
¬óVamos ¬óle dije a Nettles¬ó. Ha llegado la hora de partir.
El hombrecillo apartó su mirada del fuego y me siguió obedientemente sin decir ni una palabra.
Bajamos de la muralla y nos unimos al tumulto del patio mientras la gente corr√≠a a sacar tesoros y posesiones del palacete y de las casas. En el patio se hab√≠an reunido unos diez carros: cuatro eran los que hab√≠amos utilizado para acarrear el agua y a√ļn no hab√≠an sido descargados; los dem√°s fueron cargados r√°pidamente hasta rebosar con las riquezas del clan.
Cynfarch apareci√≥ montado en su carro y se puso a la cabeza de su pueblo. Cynan, a caballo, se desga√Īitaba impartiendo √≥rdenes. Un palafrenero me trajo mi caballo. Cog√≠ las riendas y orden√© al hombre que se reuniera con su familia; luego mont√© y ayud√© a Nettles a acomodarse en la grupa. En ese momento se oy√≥ un estr√©pito en la otra punta del patio, y al instante nos vimos rodeados por asustadas cabezas de ganado que balaban y gem√≠an ante las pavorosas llamas.
El rey Cynfarch, sobre el carro, con el conductor a su lado, se llev√≥ a los labios el carynx y dio la se√Īal de partida. Doscientas personas avanzaron como una sola hacia las puertas, y el rey nos condujo hacia la llanura iluminada por el fuego.
Me detuve ante las puertas para aguardar junto a Cynan a que todos hubieran salido. Primero desfilaron las familias apeloton√°ndose tras el carro del rey; despu√©s salieron los pastores azuzando cerdos y vacas, pues las ovejas los segu√≠an mansamente; por √ļltimo los carros cargados con el tesoro de la tribu.
Cynan miró las llamas; su caballo relinchó, cabrioleó y sacudió la cabeza.
¬ó¬°Mira! ¬ódijo alzando la voz sobre el crepitar del fuego¬ó. Las llamas est√°n levantando viento.
En efecto, el intenso calor del fuego había generado una ventolera que soplaba salvajemente y arrastraba las llamas avivándolas y convirtiéndolas en un verdadero torrente de fuego.
¬ó¬°A ver c√≥mo te las apa√Īas, Meldron! ¬óexclam√≥ Cynan¬ó. Llew te ha vencido una vez m√°s.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Llew? ¬ógrit√©.
—¡No lo veo! —respondió Cynan escrutando las ondulantes llamas—. Ni tampoco a Bran.
Con los ojos de la mente observ√© la muralla de fuego buscando a Llew. Nettles me dio un golpecito en el hombro y se√Īal√≥ hacia un extremo de la llameante cortina. Entonces distingu√≠ a Llew, cubierto de sudor, galopando enloquecidamente a lo largo de la resplandeciente muralla. Parec√≠a una criatura nacida de la tempestad, olvidada por completo de las llamas que se retorc√≠an en torno. Bran lo segu√≠a a poca distancia. Y los guerreros, montados a caballo, corr√≠an con sus antorchas a lo largo de la cortina de fuego; de vez en cuando se deten√≠an para avivar las llamas y part√≠an de nuevo al galope.
—¡Allí está! —grité—. ¡Allá delante!
Llew desapareció otra vez entre el humo y las llamas, y nosotros nos dispusimos a cumplir con nuestra tarea. El rey Cynfarch conducía a su pueblo lejos del humo y de la incendiada llanura; luego torció hacia el norte alejándose de aquel infierno. Nosotros íbamos en retaguardia, tras los carros; Llew y los guerreros vigilaban las llamas que nos separaban del enemigo e iban alimentando la tempestad de fuego.
Durante la jornada siguiente nos dirigimos hacia el norte a través de una calinosa humareda que oscurecía el cielo y ocultaba el sol. Una lluvia de negra ceniza caía sin cesar; avanzábamos penosamente cubriéndonos la cabeza con los mantos. A cada paso, yo esperaba que la hueste de Meldron apareciera entre la tenebrosa humareda y nos alcanzara.
Pero no se veía ni rastro del enemigo; no vislumbramos tan siquiera el apagado brillo de una lanza, ni oímos el eco de sus caballos. Sin embargo, yo seguía temiendo que nos dieran alcance.
Fueron transcurriendo los días y el calor del sol fue haciéndose más y más insoportable. La tierra estaba seca y dura como la arcilla y se resquebrajaba a nuestro paso como un pan demasiado cocido. La comitiva de fugitivos levantaba una espesa polvareda. El calor era sofocante. Descansábamos desde el amanecer hasta la puesta del sol y viajábamos de noche con la esperanza de eludir tanto el calor como la hueste de Meldron, que con toda seguridad seguía las huellas que íbamos dejando en el polvo.
Cuando comenzamos a ascender hacia las monta√Īas m√°s septentrionales de Caledon comenc√© a abrigar la esperanza de que podr√≠amos escapar; y, cuando sent√≠ bajo mis pies la pendiente que conduc√≠a hacia Druim Vran, pens√© que lo hab√≠amos conseguido.
Tras el frenesí producido por el awen, Llew había caído en el más absoluto silencio. Bran iba a su lado, pero Llew no hablaba con nadie y cabalgaba cabizbajo con el cuerpo inclinado, como abrumado por un insoportable dolor. Yo traté de animarlo, pero sin resultado; incluso se mostraba adusto con Nettles.
El hombrecillo extranjero cabalgaba conmigo; se hab√≠a convertido en mi compa√Īero, en mi sombra. Comenc√© a ense√Īarle nuestra lengua y pronto tuve que inclinarme ante la agilidad de su mente, ante la prontitud con que dominaba las expresiones m√°s dif√≠ciles. Antes de que lleg√°ramos a Druim Vran ya pod√≠amos mantener una rudimentaria conversaci√≥n. Era sin duda un camarada muy agradable, inteligente y curioso.
Fue lo √ļnico bueno de aquel viaje. Por lo dem√°s, yo me mostraba preocupado y nervioso; y no era el √ļnico. Pese a la magn√≠fica estratagema de Llew, tampoco Cynan acababa de creer que hubi√©ramos eludido a Meldron tan f√°cilmente y tal idea lo inquietaba. Mientras el √ļltimo de los carros y el √ļltimo reba√Īo coronaban la cresta de Druim Vran y comenzaban a descender hacia nuestra rec√≥ndita fortaleza, Cynan y yo nos quedamos rezagados.
¬óBueno, hermano ¬óme dijo¬ó, quiz√° pienses que estoy loco, pero a decir verdad me siento inquieto.
Mientras me hablaba había vuelto la cabeza, y, aunque no podía verlo, yo tenía la certeza de que estaba escrutando el camino por si veía aparecer a Meldron.
—Tuvimos mucha suerte al poder marcharnos de Dun Cruach —comenté.
¬óOh, desde luego ¬óasinti√≥ con tono sombr√≠o¬ó. Fue una verdadera proeza, y necesaria, no me cabe la menor duda. No ten√≠amos otra salida. No obstante... ¬óhizo una pausa mirando de nuevo el camino¬ó, una cosa es marcharse y otra llegar a la meta sanos y salvos. ¬ŅNo te parece?
¬óPues hemos llegado sanos y salvos.
¬ó¬ŅT√ļ crees? No me parece que lo hayas dicho con demasiada seguridad, ¬Ņverdad? ¬óHizo una pausa y luego gru√Ī√≥¬ó Vamos, bardo, hablemos con toda franqueza.
¬óNo pretendo esconder mis temores. Y me alegra que los compartas conmigo, Cynan Machae. Siempre consider√© este viaje una lo cura; desde el principio me manifest√© en contra de emprenderlo. Y, aunque de nuevo estamos bajo la protecci√≥n de nuestro risco, todav√≠a no me siento a salvo. A decir verdad, creo que la haza√Īa todav√≠a no ha terminado.
En mis palabras reson√≥ el insondable eco de mi propia desesperanza. ¬ŅPor qu√©? Cynan hab√≠a puesto el dedo en la llaga. Yo me hab√≠a resistido a abandonar Dinas Dwr, pero la aventura parec√≠a haber concluido felizmente. Entonces ¬Ņpor qu√© me torturaban a√ļn oscuros presagios? ¬ŅEn nuestro rec√≥ndito reino segu√≠an reinando la paz y la tranquilidad, como parec√≠a, o nos acechaba alg√ļn nuevo desastre?
En aquel momento llegó a nuestros oídos el clamor de la gente que salía a recibirnos. Cynan montó a caballo.
—Apresurémonos o nos perderemos la bienvenida —dijo.
Yo escuch√© atentamente los gritos de alegr√≠a y me pareci√≥ que expresaban algo m√°s que bienvenida; alentaba en ellos una nota extra√Īa que se me escapaba. ¬ŅDe qu√© se trataba? ¬ŅEs que la bienvenida era demasiado excesiva, demasiado ardiente? ¬ŅO es que yo hab√≠a estado esperando tanto tiempo que sucediera lo peor que ya no pod√≠a reconocer la felicidad cuando la ten√≠a delante?
Cynan notó mi vacilación.
¬ó¬ŅQu√© te preocupa?
¬óNo es nada ¬órepuse empu√Īando las riendas y montando de nuevo¬ó. Un√°monos al regocijo ¬óa√Īad√≠ azuzando al caballo.
¬óTegid ¬ógrit√≥ el pr√≠ncipe sigui√©ndome¬ó, ¬Ņalgo va mal?
No hizo falta que le respondiera, porque, cuando habíamos recorrido la mitad del camino hacia el lago, llegó hasta nosotros el inconfundible hedor a putrefacción.
Mi caballo se detuvo de pronto negándose a proseguir. Pero yo lo azucé con urgencia y lo lancé al galope. Cynan me gritó que lo esperara. Pero yo no le hice caso y volé camino abajo hacia el lago.