31 - ¬ęproflems¬Ľ

—¡Al galope! ¡Todos! —gritó Cynan; y oí el chirrido de una espada al ser desenvainada—. ¡Deprisa! ¡Yo les haré frente!
¬ó¬ŅCu√°ntos son? ¬ópregunt√© yo.
—Creo que unos veinte —dijo Llew—. Quizá más. No lo sé con seguridad.
—¡Marchaos de una vez! —ordenó Cynan.
¬óNo. Permaneceremos todos juntos ¬óreplic√≥ Llew. Bran y Alun secundaron su decisi√≥n y los guerreros mostraron a gritos su aprobaci√≥n¬ó. Pero nos doblan en n√ļmero ¬óa√Īadi√≥ Llew¬ó. ¬ŅQu√© sugieres que hagamos?
—Tenemos carros —observó Cynan—. Podremos sembrar el pánico con ellos. Yo conduciré uno, que Bran se encargue del otro.
—Muy bien —asintió Llew.
Dio una r√°pida orden a Bran y luego me dijo:
—Tegid, cuida de Nettles. Quédate en la calzada. Nos reuniremos con vosotros en cuanto podamos.
—Me quedo aquí.
—Deberías quitarte de en medio...
—Me quedo aquí.
Llew no podía perder tiempo en discusiones.
—De acuerdo —concedió.
Oí el latigazo de las riendas, los gritos de los hombres, las órdenes de los jefes, la trápala de los cascos sobre las piedras de la calzada y los gritos de los jinetes enemigos que cargaban contra nosotros.
Alguien se me acercó corriendo.
¬óVigila nuestros caballos ¬ódijo Alun entreg√°ndome unas riendas y echando a correr otra vez.
—¡Sígueme! —le gritó Cynan—. ¡Ea!
El martilleo de los cascos resonó en la calzada mientras los guerreros se alejaban al galope. Con el ruido se despertó mi visión interior y ante mí apareció la calzada por la que corrían dos carros. Cynan conducía el primero y se precipitaba a toda velocidad hacia un compacto grupo de unos veinte enemigos. A su izquierda iba Bran, en el segundo carro, conducido por Alun, casi a la misma velocidad que el de Cynan. Llew cabalgaba a la derecha del príncipe con los demás guerreros.
¬ó¬Ņ¬ęProflems¬Ľ? ¬ópregunt√≥ una voz a mi lado.
Miré hacia allí y me topé con los ojos de Nettles. Aunque su pronunciación dejaba mucho que desear, entendí lo que quería decir.
—Sí —contesté—. Problemas.
No sé si me entendió, pero asintió con la cabeza y clavó su mirada en el campo de batalla. Mi visión interior contempló dos líneas de batalla que se precipitaban una contra otra; pero lo veía desde muy arriba, como si lo estuviese contemplando con los ojos de un halcón.
Vi con los ojos de la mente a los lustrosos caballos que se precipitaban al ataque adelantando fren√©ticamente las cabezas, con los ollares humeantes y los belfos cubiertos de espuma. Vi a Cynan, con los rojos cabellos llameando sobre sus hombros, con los m√ļsculos tensos y un pu√Īado de lanzas al alcance de la mano; Llew, con la espada al cinto, bland√≠a en alto la lanza; Bran, erguido en el segundo carro como un orgulloso roble, sosten√≠a tres lanzas en la mano, mientras que Alun, con la cabeza gacha, empu√Īaba vigorosamente las riendas y azuzaba los caballos de tiro con gritos de coraje. Vi a los jinetes enardecidos por la furia del combate, con las espadas desenvainadas y las puntas de las lanzas brillando al sol de la ma√Īana. Las patas de los caballos al galope se difuminaban con la veloz carrera, y los cascos golpeaban la tierra con atronador martilleo.
El enemigo se acercaba trazando un amplio arco para rodear a los adversarios y dominar la batalla con su superioridad numérica. Blandían largas lanzas y escudos oblongos; los caballos llevaban petos, refuerzos de bronce en las patas y testeras rematadas con un largo cuerno. Algunos de los guerreros lucían yelmos adornados con cuernos, y uno de ellos portaba un curvado carynx que le llegaba de la cintura al hombro como si de una serpiente enroscada se tratara. Sus rostros eran adustos y sus salvajes ojos brillaban con feroz determinación. Por su aspecto, parecían miembros de la Manada de Lobos de Meldron, lo cual quería decir que el Salvaje Sabueso no debía de andar muy lejos.
Las dos líneas de batalla estaban ya muy cerca una de otra. Apreté los dientes disponiéndome a presenciar el terrible encontronazo.
Cynan y Alun se precipitaron contra el centro de la línea enemiga y la partieron en dos, pues los guerreros enemigos se apartaron para esquivar los carros, prefiriendo combatir con nuestros jinetes. Pero Llew y los demás se mantuvieron pegados a los carros para que el enemigo no pudiera sacar ventaja del ataque.
Los carros trazaron una curva y cambiaron bruscamente de dirección entre una densa nube de polvo. La línea enemiga, dividida como una serpiente cortada en dos, se replegó sobre sí misma para volver a unirse. Y en ese preciso instante nuestros jinetes atacaron.
Despegándose de pronto del carro de Cynan, los jinetes cargaron contra el enemigo con la rapidez de un lanzazo. La tierra tembló con el estrépito del choque; los caballos piafaban y se derrumbaban sobre sus costados. Las lanzas se hacían astillas. Las espadas relampagueaban.
Cynan y Alun lanzaron sus carros al combate atacando desde los flancos. Los enemigos retrocedieron como la resaca para dejar camino libre a los enloquecidos carros. Los hombres gritaban, los caballos trastabillaban.
Bran, de pie, arroj√≥ su lanza. √Čsta, redoblada su fuerza con la velocidad del carro, alz√≥ limpiamente a un enemigo de su silla y le atraves√≥ el escudo.
Cynan corría entre las filas enemigas con el ímpetu de un toro enloquecido que carga contra un zorro. Ante él, los enemigos huían entre aullidos. Con la cabeza alta, rugiendo salvajemente, Cynan atronaba los oídos del espantado enemigo y sembraba la muerte con certeros lanzazos. Vi a más de un adversario caer bajo las ruedas de su carro.
En un abrir y cerrar de ojos, la línea enemiga había sido rota y los enemigos habían sido dispersados. Después, los carros, como si fueran sólo uno, se precipitaron contra la otra mitad de la banda enemiga, que se había agrupado para cargar. Y de nuevo no hubo resistencia posible ante la velocidad de los carros y la ferocidad del ataque de Cynan y Bran.
Los carros atacaron el corazón de la fuerza enemiga y desaparecieron tras sembrar una tremenda confusión de caballos desbocados y cuerpos caídos; luego reaparecieron en el otro extremo, se detuvieron y se dispusieron a atacar de nuevo. La nube de polvo se dispersó. Cinco hombres yacían en el suelo, tres caballos se debatían en el polvo y cinco jinetes huían en confuso desorden.
Llew y los demás dieron buena cuenta de ellos. Vi el reflejo del sol en las espadas y luego tres caballos que huían sin jinete calzada adelante. Miré a Nettles y vi que se había arrodillado en el polvo; se había puesto las manos sobre los ojos y temblaba lastimosamente.
Los enemigos sobrevivientes se reunieron para un ataque final. Los carros de Cynan y Alun cargaron a la vez. Blandiendo la espada, Cynan azuzó sus caballos, que piafaron y se lanzaron al galope. Alun soltó un feroz alarido, y sus corceles se precipitaron como lanzados por una honda. Llew y los demás se unieron a los carros a media carrera con las lanzas en ristre.
Fue demasiado para el enemigo. La defensa falló y los enemigos rompieron filas y huyeron en desorden ante la violenta embestida de los nuestros. Escapaban en desbandada por donde habían venido. De los veinte que nos habían atacado, sólo quedaban seis. Llew y los guerreros los persiguieron a lanzazos. Pero los tiros quedaron cortos y los seis hombres escaparon.
Cynan lanzó un alarido de triunfo, saltó del carro antes de que se detuviera y de un espadazo cortó la cabeza del enemigo más cercano. Cogió la lanza del muerto, clavó la cabeza en la punta y la hincó en el suelo.
Embargado de alegría y regocijo, yo alcé mi voz en un exaltado canto de victoria, para que las colinas que nos circundaban corearan con su eco mi desafiante canción. Luego me volví hacia Nettles.
¬ó¬°Todo ha terminado! ¬°Los hemos derrotado!
El hombrecillo baj√≥ las manos y me mir√≥ pesta√Īeando; no me entend√≠a, pero no importaba.
—Gorfoleddu! —le dije—. ¡Alégrate y regocíjate!
Nettles sonrió.
¬óGorfoleddu ¬ódijo repitiendo dos veces m√°s la palabra y asintiendo con la cabeza.
Bran y Alun fueron los primeros en regresar a nuestro lado. Llew y los dem√°s jinetes llegaron tras ellos, y despu√©s Cynan, que ven√≠a refunfu√Īando.
¬óDeber√≠amos perseguirlos ¬ógru√Ī√≥¬ó. Se lo dir√°n a Meldron.
—Esta vez ha habido suerte —observó Bran—. No estaban preparados para hacer frente a los carros. Pero no volverá a suceder.
—Razón de más para acabar lo que hemos empezado —arguyó Cynan.
—Bran está en lo cierto —intervine yo—. Puede que el grueso de las tropas de Meldron esté acampado al otro lado de la colina. Deberíamos regresar a Dun Cruach sin perder tiempo.
Cynan no se dejaba convencer.
¬óQue llamen al Salvaje Sabueso. No le tengo miedo.
¬óHabr√° otras batallas ¬ódijo Llew¬ó. Aprovechemos la victoria que nos ha sido concedida, y dejemos la lucha para otro d√≠a. Nos est√°n esperando, hermano. Cond√ļcenos a casa.
Montamos a caballo y emprendimos el regreso. Yo iba detrás de Llew y pese a que llevaba a la grupa a Nettles no me rezagué. Los carros traqueteaban sobre las piedras de la calzada camino de Dun Cruach. El calor iba en aumento, pero Cynan nos impuso una marcha apresurada a través de las secas y requemadas colinas y llegamos a Dun Cruach cuando el disco del sol, opaco y ceniciento, se estaba poniendo por el oeste.
Al llegar, me enteré de que Ffand había sido enterrada a primera hora del día.
¬óHace mucho calor ¬óme explic√≥ la mujer que la hab√≠a cuidado¬ó, el entierro no pod√≠a esperar y no sab√≠amos cu√°ndo ibais a regresar. ¬ŅEst√°s disgustado, se√Īor?
En sus palabras no había censura alguna, pero me sentí herido.
—No —repuse—, hiciste bien. Debería haberme ocupado yo de todos los detalles.
La mujer nos condujo a Llew y a m√≠ hasta la tumba: un peque√Īo cuadrado de tierra a la sombra del palacete.
¬óEs un lugar fresco ¬ónos dijo¬ó, el mejor que pude encontrar.
Le di las gracias y se retiró. Llew permaneció callado largo rato con la mirada clavada en la tierra removida.
—Ya lo ves, Tegid —habló al fin—. Los extranjeros no pertenecemos a este mundo. No podemos quedarnos..., nunca podremos quedarnos.
Después de cenar, Cynan relató los acontecimientos del día en el palacete de Cynfarch, en torno a unas copas de agua. Los nuestros, que se habían quedado en el caer para hacer los preparativos del viaje al norte, expresaron ruidosamente su pesar por haberse perdido la diversión. Y tuvimos que contar y recontar la batalla para que todos pudieran compartirla. En consecuencia, se nos vino encima la noche antes de que pudiéramos hablar con Cynfarch.
¬óRey Cynfarch ¬ódijo Llew poni√©ndose en pie para dirigirse al soberano¬ó. Me alegro de sentarme a tu mesa esta noche para relatarte nuestra victoria. Pero tengo muy presente que hemos perdido un d√≠a y que a√ļn estamos aguardando tu decisi√≥n. ¬ŅVendr√°s con nosotros a Dinas Dwr?
El rey frunció el entrecejo.
—He decidido... —comenzó con voz tensa.
Llew permanecía en silencio aguardando la decisión de Cynfarch. Pero el rey no llegó a pronunciarla, porque en aquel preciso momento oímos el grito del centinela de guardia en la muralla. Instantes después el agudo sonido del cuerno de batalla dio la alarma.
El grito de alarma despertó mi visión interior. Vi ante mí la muralla de troncos..., los guerreros aureolados por la luz de la luna..., las fulgurantes estrellas en la bóveda oscura del cielo..., la puerta del palacete que se abría de par en par y los guerreros que se precipitaban al patio... Corrí con los demás hacia la muralla y subimos al parapeto. Ante nosotros se extendía un paisaje oscuro y desierto; sólo se veía en la distancia el débil resplandor de una antorcha. Miré al guerrero que había dado la alarma y abrí la boca para decir algo. Pero, justo cuando volvía la cabeza hacia él, capté un débil parpadeo en la oscuridad: otra antorcha.
El guerrero alz√≥ el brazo y se√Īal√≥ un punto entre las tinieblas. Mir√© hacia all√≠ y vi que el segundo resplandor parpadeaba entre un pu√Īado de luces. Me di cuenta entonces de que hab√≠a una larga hilera de antorchas.
Bran apareció a mi lado.
¬ó¬ŅQu√© es eso?
—Meldron —contesté—. Nos ha encontrado.
De pronto la muralla se convirti√≥ en un hervidero de guerreros. Junto a m√≠, Llew y Cynan contemplaban en silencio el resplandor de las antorchas que se extend√≠an por toda la llanura. Hab√≠a miles de luces, titilantes leng√ľetas de fuego, e iban apareciendo m√°s y m√°s por momentos.
—Así que piensa atacar de noche —observó Cynan—. Pues que venga. Le prepararemos un recibimiento que no olvidará en mucho tiempo.
Llew no dec√≠a nada. Miraba fijamente la oscuridad como si quisiera penetrarla; ten√≠a el rostro contra√≠do, los ojos entrecerrados, el entrecejo fruncido, los m√ļsculos de las mand√≠bulas tensos.
Me inquiet√≥ a√ļn m√°s su expresi√≥n que la s√ļbita aparici√≥n de la hueste de Meldron.
—Llew... —dije tocándole el brazo; lo noté rígido como la raíz de un árbol. Mi inquietud aumentó—. ¡Llew!
Me mir√≥. A la luz de la luna sus ojos brillaban de un modo extra√Īo; estaban clavados en m√≠ pero no me ve√≠an.
¬óHabla, Llew ¬ódije posando mi mano en su r√≠gido brazo¬ó. ¬ŅQu√© est√°s viendo?
Abrió la boca despacio... Entonces vi espuma en las comisuras de sus labios y comprendí.
El corazón comenzó a latirme desaforadamente. Sabía muy bien lo que le estaba ocurriendo. Lo sabía..., y tal certeza me llenaba a la vez de esperanza y de temor. Porque había visto antes aquello y sabía muy bien cuál era su causa.
Cynan también se había dado cuenta del cambio experimentado en Llew.
¬ó¬ŅQu√© ocurre? ¬ópregunt√≥¬ó. ¬°Tegid! ¬ŅQu√© le pasa?
Llew comenz√≥ a temblar. Se abalanz√≥ sobre m√≠ y me ara√Ī√≥ con su mano sana. Cynan le sujet√≥ con fuerza los brazos y luch√≥ por inmovilizarlo.
¬ó¬°Tegid! ¬°Ay√ļdame! ¬°No puedo dominarlo!