29 - La plaga

La excesiva carga de los carros nos impedía viajar más deprisa; de otro modo habríamos llegado antes a Dun Cruach. Por eso tuvimos que soportar dos jornadas más de sofocante calor respirando a cada paso el hedor de los cadáveres, el polvo y la podredumbre.
El sol parecía chamuscar el cielo y reducir la tierra a cenizas. Yo al menos no tenía que soportar la deslumbradora luz, pero el pestilente y sofocante aire se me pegaba a los pulmones como pelusilla y cada aspiración devenía un auténtico suplicio. Cabalgábamos en silencio, desesperanzados ante aquella impenitente plaga.
Como los carros traqueteaban sin cesar, nos turnamos para llevar en brazos a Ffand. La niña no pesaba nada y de vez en cuando recobraba el conocimiento. Le dábamos agua y le humedecíamos la cara y el cuello para refrescarla, pero la herida era grave y yo no abrigaba esperanzas de que pudiera sobrevivir.
Llegamos a Dun Cruach al crepúsculo, entumecidos por los rigores del viaje. Pero recobramos los ánimos al ver que la gente salía de la fortaleza para darnos la bienvenida. En cuanto vieron las tinajas se precipitaron hacia los carros. En un abrir y cerrar de ojos los carros fueron descargados y el aire se llenó de gritos de alegría. Ffand, acurrucada en la silla delante de mí, se estremeció pero no se despertó.
De pronto oímos el vozarrón de Cynan:
—¡Bienvenidos, hermanos! —exclamó saludándonos con sincera alegría—. Nunca hubo huéspedes mejor acogidos en Dun Cruach, aunque no podré brindaros una copa de bienvenida, pues ayer nos bebimos la última reserva de cerveza.
—Saludos, Cynan —contestó Llew, desmontando de un salto—. Hemos venido lo más deprisa que nos ha sido posible.
—Llegáis justo a tiempo —repuso Cynan. Oí la palmada en el hombro con la que Cynan acostumbraba saludar a Llew y después, sin que tuviera tiempo de desmontar, sentí que me asía por la rodilla—. Gracias, amigos. Jamás lo olvidaré.
—No tiene importancia teniendo en cuenta lo que tú has hecho por nosotros —replicó Llew.
—¿Quién es esa muchacha que traes contigo, Tegid? —preguntó Cynan—. No me digas que te has echado novia.
—Se llama Ffand —le dije—. La encontramos en el camino.
—Es la niña que nos ayudó a escapar de Meldron en Sycharth —le explicó Llew.
—¡Vaya! —exclamó Cynan.
—Está herida —añadió Llew.
Antes de que pudiera decir nada más, Bran y Alun se aproximaron para preguntar qué debían hacer con los extranjeros.
—Traedlos aquí —ordenó Llew.
—¿Dyn dythri entre nosotros? —inquirió intrigado Cynan, que sin duda había echado una ojeada a los carros donde Bran y Alun llevaban a los prisioneros—. Veo que has juzgado conveniente atarlos.
—Me pareció lo más prudente —dijo Llew— Son enemigos. El que hirió a Ffand ya está muerto. —Y le explicó a continuación cómo habíamos capturado a los intrusos—. Los enviaremos de regreso a su mundo en cuanto nos sea posible. Hasta entonces, debemos asegurarnos de que no pueden escapar. —Hizo una pausa y añadió—: Aunque, a decir verdad, el de los cabellos blancos es un amigo.
—Una extraña manera de tratar a un amigo. Sin embargo, si te parece conveniente, hay un almacén en el que podemos encerrarlos. Mi padre jamás ha utilizado un foso de rehenes.
Dio una serie de instrucciones a Bran y a Alun y luego nos invitó a que entráramos en palacio.
—Hace mucho calor aquí. Dentro se está más fresco.
Cynan llamó a uno de los suyos y le ordenó que se hiciera cargo de Ffand, que le curara la herida y que le buscara un acomodo adecuado.
—Iré a verla enseguida —añadí poniendo en sus brazos a la niña.
Entramos en palacio para saludar a Cynfarch. El rey nos acogió con aire frío, casi enfadado, y enseguida se alejó para ordenar a sus hombres cómo debían racionar el agua.
—Le resulta muy duro tener que aceptar vuestra ayuda —nos explicó Cynan—. Está desconcertado; todo ha caído sobre sus hombros demasiado deprisa... Mucha gente ha muerto envenenada. Hemos intentado cavar nuevos pozos, pero la tierra está demasiado seca...
—Estamos aquí para llevaros con nosotros a Dinas Dwr —declaró Llew—. El agua nos bastará para el viaje de regreso. ¿Cuánto tardaréis en estar listos para emprender la marcha?
Cynan tardó en contestar.
—Podríamos partir ahora mismo, pero no creo que Cynfarch quiera marcharse.
—Hablaremos con él.
—Como queráis —asintió Cynan—. Pero no esperéis que cambie de idea. Ya me costó trabajo convencerlo para que enviara a Rhoedd..., y no me permitió que os pidiera ayuda. Mi padre es un hombre muy tozudo.
—Quizá cambie de idea ahora que estamos aquí —sugirió Llew.
—Quizá —comentó Cynan—. Deja que hable con él después de cenar.
La cena fue bastante lúgubre. Cynfarch, avergonzado por no poder agasajarnos con todos los honores, estaba ceñudo y silencioso, y no era una compañía ciertamente agradable. El pueblo, aunque contento por el agua recibida, no podía sobreponerse a la melancolía de su rey. En medio de una tierra devastada, no había sitio en Dun Cruach para la alegría y la esperanza.
—La situación es peor de lo que esperaba —murmuró Llew cuando al fin pudimos levantarnos de la mesa.
Salimos del palacio, pero el aire era todavía sofocante y no soplaba la menor brisa.
—No deberíamos haber venido —comenté.
—Habrían muerto sin el agua —observó sombríamente Llew.
Cynan se unió a nosotros.
—Si estáis tramando un plan para matar a Meldron, soy el hombre que necesitáis.
—¿Ya has hablado con Cynfarch? —preguntó Llew—. No es prudente permanecer aquí más tiempo que el estrictamente necesario.
—Se lo he dicho —replicó con aire lúgubre Cynan—. Mi padre prefiere morir a perder su reino.
—¡Ya ha perdido su reino! Y no tardará en perder la vida.
—¿Crees que no es consciente de ello?
Se hizo un silencio tenso. Los dos se miraban fijamente; la ira y la tensión se respiraban en el sofocante ambiente.
—¿No estaría dispuesto a marcharse para salvar a su pueblo?
—Quizá lo haría por ellos, pero no por otra razón.
—Entonces hemos de hacerle ver que si permanecemos un día más aquí, su gente morirá.
—Es muy fácil de decir, pero muy difícil de hacer —señaló Cynan—. Mi padre cree que cuando llueva acabará la plaga. Está en un error, y así se lo he dicho. Pero no quiere escucharme.
—Ahora se lo diremos nosotros —sugirió Llew.
—Es muy tarde y no está de humor para hablar. Mejor mañana.
Nos quedamos otra vez en silencio, inquietos e incomodados unos con otros. El silencio se hizo tenso y pesado; los tres estábamos pensando en si era mejor abordar de una vez por todas a Cynfarch o aguardar hasta el día siguiente. Rhoedd nos sacó de dudas, pues justo en aquel momento apareció para decirnos que Cynfarch deseaba ver a los intrusos.
—El rey desea que sean llevados a su presencia ahora mismo.
Llew titubeó.
—Bien —asintió por fin, aunque era evidente que no le agradaba tener que conceder a los extranjeros ni un minuto de libertad—. Traedlos —añadió disponiéndose a entrar en el palacio—. ¿Vienes, Tegid?
—Enseguida —respondí—. Primero iré a ver a Ffand.
Cynan llamó a una mujer para que me llevara hasta la casa donde habían acomodado a la niña.
—Está aquí —me dijo la mujer, y su voz despertó mi visión interior.
Vi a Ffand dormida en un lecho de mullida lana; una mujer estaba sentada junto a ella sosteniendo un velón de junco. Como hacía calor, la habían acostado desnuda cubierta sólo por una colcha amarilla. La mujer le había lavado la herida con agua y le había cambiado la venda. Luego la había peinado.
Me arrodillé junto a la niña y la llamé:
—Ffand. Soy Tegid. ¿Puedes oírme? —Le acaricié el hombro—. ¿Puedes oírme, Ffand?
La niña se estremeció y entreabrió lentamente los ojos.
—No estamos en la fortaleza de Llew —observó con una vocecilla delgada como un hilo de seda.
—No. Estamos en Dun Cruach, el poblado de nuestros aliados, Cynan Machae y su padre, el rey Cynfarch.
—Ah —suspiró aliviada.
—¿Creíste que era Dinas Dwr?
—Dicen que Dinas Dwr es una fortaleza encantada con muros de cristal, para que no pueda ser vista —susurró—. Por eso Meldron no puede encontrarla. No pensé ni por un momento que esto fuera Dinas Dwr —aseguró con tono desdeñoso.
Cerró los ojos otra vez como para alejar una imagen desagradable.
—¿Cómo te encuentras, Ffand? ¿Te duele? —Sacudió la cabeza ligeramente—. ¿Tienes hambre?
Volvió a abrir los ojos.
—¿Era un hombre de Nudd?
—¿Quién?
—El extranjero —dijo con una voz mucho más débil—. ¿Por eso estaba escondido bajo la Piedra del Gigante?
—Sí —repuse después de reflexionar unos instantes—. Era un hombre de Nudd. Por eso estaba escondido bajo la piedra.
—Entonces me alegro de que Twrch lo matara.
Tragó saliva; los músculos de su garganta se movieron, pero su boca siguió seca. Le alcé la cabeza y le acerqué la copa a los labios. Bebió un trago, pero no quiso más.
—Volveré enseguida —le dije a la mujer levantándome—. Si se despierta otra vez, házmelo saber.
La mujer asintió y siguió velando a la niña; yo regresé al palacete. Como mi visión interior seguía despierta, al entrar vi a los tres extranjeros ante Cynfarch, cada uno de ellos vigilado de cerca por un guerrero. Los extranjeros miraban con la boca abierta a la gente reunida en torno. Me coloqué junto a Llew, que contemplaba la escena.
Cynfarch, con su imponente aspecto, estaba sentado orgullosamente sobre su trono. Examinó con curiosidad a los extranjeros, luego hizo un gesto para llamar al más alto. El sujeto tragó saliva, alzó las manos en gesto de súplica y comenzó a gemir lastimosamente en su desagradable lengua. A pesar de que no entendía las palabras, colegí que estaba rogando por su vida.
—Rhoi taw! —ordenó Cynan.
El significado de sus palabras era tan evidente que el extranjero cerró al punto la boca.
—Noble padre —dijo Cynan dirigiéndose al rey—, hemos traído ante tu presencia a los dyn dythri, como ordenaste. Míralos, señor, y verás que no son de nuestra raza.
—Es obvio. Me gustaría saber por qué están aquí.
—Se lo preguntaré, pero no creo que hablen nuestra lengua.
—Quizá —dijo el rey—, pero un hombre debe responder por sí mismo si puede. Pregúntales.
Cynan se dirigió al sujeto llamado Weston.
—¿Cómo te llamas, extranjero? —inquirió—. ¿Por qué has venido a nuestro mundo?
El extranjero se estremeció. Emitió una especie de maullido e hizo un gesto desesperado. Algunos espectadores se echaron a reír, pero fue una risa de inquietud que no tardó en desvanecerse. Los otros extranjeros se encogieron con una expresión de terror en los ojos.
Cynan se dirigió entonces a su padre.
—Al parecer el extranjero no posee el don del entendimiento, señor.
—No me extraña, con la pinta que tiene —musitó el rey—. Sin embargo, me gustaría saber por qué él y los otros han venido aquí. ¿Hay alguien que pueda hablar por él?
—Desde luego —contestó Cynan acercándose a Llew—. ¿Qué dices, hermano? ¿Quieres hablar por él?
—Nada bueno podemos obtener de ese sujeto —murmuró Llew.
Luego, sin dedicar ni una sola mirada al tal Weston, llamó al hombrecillo de cabellos blancos.
—Este hombre se llama Nettles —le dijo al rey—. Lo conozco; es amigo mío. Es una especie de bardo y podemos confiar en que dirá la verdad. En este aspecto, no se parece en nada a los otros dos.
Indicó con un gesto al hombrecillo que se acercara y le puso la mano sana sobre el hombro.
—Es un hombre honrado..., de gran sabiduría y experiencia. Ha luchado por impedir que los otros vinieran. Puedo asegurarlo.
Hizo una pausa y contempló con afecto al hombrecillo.
—Entiendo su lengua. Pregunta lo que quieras. Estoy dispuesto a hablar por él.
—Muy bien —repuso el rey—. Me gustaría saber por qué han venido a nuestro mundo y con qué intenciones.
Ante el asombro de todos los reunidos, el hombrecillo de cabellos de nieve respondió sin la menor vacilación en una lengua muy parecida a la nuestra, pero ininteligible.
—¿Qué está diciendo? —pregunté a Llew, que sonreía cariñosamente mirando al hombrecillo.
—No tengo ni idea. Habla en una lengua llamada gaélico.
—¿Le has dicho tú que lo hiciera?
—No, se le ha ocurrido a él. Ha debido de pensar que era una buena idea.
Antes de que pudiera añadir nada más, el rey exclamó:
—Este hombre habla de forma muy franca. ¿Qué ha dicho?
—Permíteme que hable con él, noble señor —le dijo Llew.
Se dirigió al hombrecillo e intercambiaron unas palabras. Weston y el otro extranjero los miraban asombrados.
Luego el hombrecillo comenzó a hablar en voz alta. Cuando hubo acabado, Llew dijo:
—Soberano Señor, mi amigo dice que han llegado aquí desde un lugar que está más allá de este mundo. Dice que no miente al deciros que los hombres que están con él no son buenos. Hace tiempo que ansiaban entrar en Albión y, como ves, por fin lo han conseguido.
Llew inclinó la cabeza hacia su amigo y hablaron en voz baja. Weston intentó adelantarse para escucharlos, pero el guardián que lo vigilaba lo obligó a retroceder.
Nettles habló otra vez en voz alta y Llew tradujo:
—No te lleves a engaño. Aunque parecen débiles e insignificantes, les acompaña el fatal poder de la malevolencia, la corrupción y la deshonra. Apenas tienen conciencia de lo que se traen entre manos, pero utilizan lo poco que saben con intenciones aviesas. Me alegra que los hayan apresado porque no se puede confiar en ellos.
El rey escuchó con gravedad y miró a Weston. El extranjero se echó a temblar ante la escrutadora mirada de Cynfarch; el sudor le corría por la cara y el cuello. Cuando ya no pudo sostener más la mirada del rey, tendió sus manos hacia Nettles y comenzó a quejarse en su desagradable lengua.
Llew y Nettles conferenciaron unos instantes.
—Ese hombre se llama Weston —le dijo Llew al rey—. Pregunta por qué ha sido hecho prisionero. Dice que no tienes derecho a tratarlo así, y te ordena que lo liberes de inmediato.
La pretensión del extranjero enfureció al rey, que cambió completamente de idea acerca de los dyn dythri.
—Me asombra la ignorancia del extranjero —declaró Cynfarch con atronadora voz—. ¿Acaso no sabe que soy el rey? Mi deber es la justicia, y ejercerla es mi derecho. ¿Acaso no puede entenderlo?
—Me parece que él no reconoce a ningún hombre como rey, señor —observó Llew—. Y puedo asegurarte que estos extranjeros no estiman ni respetan la soberanía..., ni en su mundo ni en éste.
Cynfarch entrecerró los ojos enfurecido.
—Es obvio. Ningún hombre inteligente comparece ante un soberano señor con demandas si no se ha ganado previamente el derecho a hacerlo con su lealtad y fidelidad.
—Padre —intervino Cynan—, Llew piensa que estos extranjeros deben ser devueltos a su mundo tan pronto como sea posible.
—¿De veras? —preguntó Cynfarch mirando a Llew.
—Sí, señor —replicó Llew—. El Bardo Supremo sabe cómo hacerlo.
—Que así sea —asintió el rey—. Si la desaparición de estos dyn dythri de nuestro mundo nos protege a nosotros de perjuicios y no les causa a ellos daño alguno, que así sea. —Hizo un gesto a los centinelas y añadió— Lleváoslos. No quiero oír nada más.
Los extranjeros fueron sacados al punto del palacete; Weston protestaba ruidosamente mientras los centinelas se lo llevaban. El rey sacudió la cabeza lentamente con el entrecejo fruncido. El grosero comportamiento de aquel extranjero lo había alterado.
Llew, olfateando la oportunidad, tomó la palabra.
—Rey Cynfarch, ya has visto cómo están las cosas. El agua está contaminada; arrogantes extranjeros invaden Albión; Meldron merodea por Caledon destruyendo a todos los que se alzan contra él.
—Vivimos tiempos difíciles —asintió el rey.
—Y peores aún se avecinan —afirmó Llew—. Pero en Dinas Dwr hay agua y comida suficiente para todos; además Druim Vran nos proporciona segura protección. Te invito a que vengas con nosotros al norte, al menos hasta que Meldron sea derrotado.
—Pero ¿cómo lograremos derrotar a Meldron —preguntó Cynfarch— si nadie le planta cara?
—Le plantaremos cara —le aseguró Llew—. Cuando llegue el momento oportuno, empuñaremos las armas. Hemos traído agua; hay suficiente para el viaje de regreso a Dinas Dwr. Pero no podemos perder más tiempo. Tenemos que partir ahora mismo.
El rey meditó unos instantes.
—He escuchado con atención lo que me has dicho —repuso—. Mañana te daré mi respuesta.
Llew pareció inclinado a seguir presionando a Cynfarch, pero yo sabía muy bien que eso no haría sino entorpecer la decisión del rey, así que me adelanté y dije:
—Aguardaremos tu decisión, señor.
Cynfarch se retiró a sus aposentos y el pueblo también se marchó a dormir; Llew, Cynan, Bran y yo nos quedamos solos.
—¿Cómo es posible que se niegue a partir? —preguntó asombrado Llew—. No hay agua. No podréis resistir mucho tiempo.
—Pese a ello, no nos marcharemos a menos que el rey esté de acuerdo —replicó Cynan—. Así están las cosas. Tendremos que aguardar hasta mañana.
—Bien —comentó Bran—, entonces me voy a la cama.
Se levantó y en cuatro pasos atravesó la sala y se echó a dormir en un rincón sobre una piel de buey.
—Es una buena idea —aprobó Cynan—. Acercaos, os mostraré vuestras habitaciones.
Nos dirigimos hacia la puerta del palacete. Pero antes de salir fuimos alcanzados por la mujer que velaba a Ffand.
—Bardo —dijo—, debes venir enseguida. La niña te llama.
Los tres la seguimos. Cuando entramos en la habitación iluminada por la vela de junco, oí que la mujer le decía:
—Aquí está el bardo, niña. Llew también ha venido.
Al oír estas palabras se avivó mi visión interior. Vi la delgada silueta de la niña en el lecho; a la luz de las velas, su cara parecía muy pálida.
—¿Tegid? —dijo.
—Aquí estoy, criatura —contesté arrodillándome junto al lecho—. Aquí estoy, Ffand.
—Tengo frío —se quejó ella con voz muy débil.
La cabaña era muy pequeña y el ambiente estaba cargado; sin embargo la muchacha estaba temblando.
—Trae otro manto —ordené a la mujer.
Llew se arrodilló a mi lado.
—¿Te duele mucho, Ffand?
La niña respiró fatigosamente.
—No —repuso—. Pero tengo frío..., mucho frío.
—¿Qué querías decirme? —pregunté.
Tardó en contestar.
—¿Dónde está Twrch? —inquirió.
—Fuera. Te está esperando. No se ha alejado de la puerta.
—¿Quieres que te lo traiga? —dijo Llew.
Ella sacudió la cabeza con débiles movimientos.
—Lo pasará mal sin mí —susurró.
—Ffand —dijo Llew—, ya verás como te pones bien. Pronto podrás hacerte cargo de él otra vez.
—Cuídalo —murmuró la niña con un hilillo de voz—. Es todo lo que tengo.
—Ffand, escucha... —empezó a decir Llew cogiéndole la mano—. ¿Ffand?
Pero el espíritu de Ffand había volado muy lejos. La niña había muerto.
Llew sostuvo la mano de Ffand entre las suyas un momento; luego se inclinó y la besó en la frente. Después se levantó y abandonó la habitación. La mujer había regresado con el manto. Lo extendimos sobre el cuerpo sin vida de Ffand y nos retiramos.
—... y llama también a Bran y a Alun —estaba diciendo Llew—. Yo traeré los caballos.
Cynan se marchó a toda prisa y Llew se encaró conmigo.
—¡Los dyn dythri tienen que marcharse esta misma noche! Me aseguraré de que así sea —declaró lleno de ira.
—Pero debemos...
—¡Esta misma noche! —gritó Llew alejándose—. ¡Y tú vendrás con nosotros, Tegid!