28 - Dyn dythri

¬ó¬ŅUn perro? ¬ŅEst√°s seguro? ¬ópregunt√≥ Ffand.
—Sí, creo que es un corgi.
Con aquella alusi√≥n a su mundo, mi visi√≥n interior se ilumin√≥ con la imagen de una extra√Īa criatura de patas cortas y espeso pelo moteado de rojo, amarillo y marr√≥n. Ten√≠a una enorme cabeza con orejas semejantes a las de un zorro y morro corto; su cuerpo era grueso y fornido. Era un curioso animal; parec√≠a mitad zorro mitad tej√≥n, pero carec√≠a de la gr√°cil estampa de ambos.
La imagen se desvaneció, pero no antes de que captara la ansiosa mirada que Llew dirigía a la Piedra del Gigante.
—Creo que deberíamos marcharnos —dijo inquieto.
Cuando nos dispon√≠amos a montar, o√≠mos el hueco crujir de la piedra al moverse y sentimos en nuestras entra√Īas el poderoso latido de la tierra. El suelo tembl√≥ bajo nuestros pies. Los caballos relincharon. Tir√© de las riendas para dominar mi corcel mientras el sobrecogedor ruido iba en aumento y crec√≠a el r√≠tmico temblor de la tierra.
Twrch gru√Ī√≥ y ech√≥ a correr hacia la Piedra del Gigante. Ffand dio un grito y se precipit√≥ detr√°s, en tanto que Llew, montado ya a caballo, azuzaba su montura tras la ni√Īa.
—¡Ffand! ¡Espera! —gritó.
Mi caballo piafó. Le refrené con fuerza la cabeza para evitar que se desbocara y saliera al galope.
El temblor cesó.
—¡Agárralo fuerte, Ffand! —gritó Llew.
Los ojos de mi mente permanecían en la más absoluta oscuridad y maldije mi ceguera.
¬ó¬ŅQu√© sucede? ¬ógrit√© apresur√°ndome a seguir a Llew¬ó. ¬°Dime!
—Un agujero... Se ha abierto un pasadizo bajo la piedra —me contestó—. Veo algo que se mueve. Ha desaparecido, pero creo que se trataba de una persona.
Desmontó y puso las riendas en mis manos.
¬ó¬°Sostenlas! ¬ódijo¬ó. Twrch va a hacerlo pedazos.
Antes de que pudiera replicar, Twrch comenz√≥ a ladrar furiosamente. Ffand grit√≥ rega√Ī√°ndolo, pero el perro no le hizo el menor caso. En el mismo instante o√≠ en la direcci√≥n de la piedra un grito, una voz humana. La voz grit√≥ de nuevo pronunciando algo que no entend√≠.
Llew intentó apaciguar a Twrch.
—¡Agárralo fuerte, Ffand! —ordenó—. Suceda lo que suceda, no lo sueltes.
O√≠ otro grito en aquella extra√Īa lengua, coreado al momento por otro. Llew dijo algo que no entend√≠. Despu√©s me orden√≥:
¬ó¬°Tegid, al suelo!
Al momento, un ruido atronador convulsionó el aire. Sentí en mi piel la presión de aquel sonido, y algo pasó silbando junto a mi oreja.
—¡Twrch! —vociferó Llew—. ¡No!
De nuevo estalló aquel agudo trueno. Ffand chilló. Twrch ladraba furiosa y salvajemente, como presintiendo un peligro mortal.
—¡Twrch! —lo llamó Llew frenéticamente— ¡Twrch, no! ¡Detenlo, Ffand!
Un tercer trueno estall√≥ en el aire. O√≠ el grito de un hombre. Luego un gru√Īido de Twrch y la voz de Llew. Corr√≠ hacia el sonido.
¬ó¬°Llew!
—¡Twrch! —conminó Llew.
¬ó¬°Llew! ¬ŅQu√© est√° sucediendo?
Me zumbaban los o√≠dos y me dol√≠a la cabeza. El aire ol√≠a a humo. Llew ordenaba a gritos a Twrch que se detuviera. De pronto, todo qued√≥ en silencio. Twrch gru√Ī√≠a suavemente como si royera un hueso. Llew murmur√≥ algo as√≠ como: ¬ęDemasiado tarde¬Ľ.
Llegué hasta donde él estaba.
¬ó¬ŅQu√© ha pasado?
—Es un hombre, un extranjero..., un dyn dythri —agregó, para indicar que el extranjero era un hombre de su mundo—. Tenía un revólver..., un arma.
¬ó¬ŅUn arma es lo que ha producido ese estruendo?
—Sí —repuso con alarma y excitación—. Estaba asustado y comenzó a disparar contra nosotros...
¬ó¬ŅA disparar?
—A usar el arma; quiero decir que nos atacó con su arma. Twrch lo ha matado.
—Mala suerte. El extranjero demostró una total falta de prudencia.
¬óDesde luego. Fue tan est√ļpido como para...
Antes de que pudiera acabar la frase, oí una especie de rumor junto al Carreg Cawr; Llew se puso tenso.
¬óClanna na c√Ļ! ¬°Hay m√°s! ¬ódijo precipit√°ndose a agarrar al perro¬ó. ¬°Twrch, quieto, Twrch!
Luego me ordenó:
—No te muevas de aquí, Tegid. Voy a hablar con ellos.
¬ó¬ŅCu√°ntos han venido?
—Dos —contestó— No..., espera. Tres. Un tercero está saliendo en estos momentos.
Hizo una pausa y luego lo o√≠ exclamar una extra√Īa palabra:
¬ó¬°Nettles!
El grito despertó mi visión interior. La oscuridad se disipó, y vi que se había abierto un agujero al pie de la Piedra del Gigante. Junto al agujero había tres hombres de aspecto asustado y baja estatura, vestidos con los curiosos y anodinos atuendos de los extranjeros; tenían los cabellos muy cortos y la piel de un insano color gris amarillento. Era obvio que no resplandecía en ellos la luz de la vida.
Los dyn dythri permanecían muy juntos, encorvados, con las manos en la cara y llorando. Tras observarnos entre los dedos de las manos, se atrevieron por fin a mirarnos protegiéndose el rostro con las manos, como si les doliesen los ojos. Nos contemplaban boquiabiertos y las piernas les temblaban sin cesar. Aquellos aterrorizados extranjeros eran unas criaturas vulgares y cobardes.
—¡Nettles! —gritó otra vez Llew.
Uno de los hombres lo mir√≥ y advert√≠ que aquella extra√Īa palabra era ni m√°s ni menos que su nombre. Era m√°s bajito que los dem√°s, ten√≠a la cara redonda y una escasa niebla de plateados cabellos flotaba sobre su cabeza como las nubes en la cresta de una monta√Īa. En su cara brillaba un singular adorno: dos cristales redondos enmarcados en anillos de metal y unidos por tiras de plata.
El hombre abrió desmesuradamente los ojos tras los cristales y observó unos instantes a Llew; luego sonrió al reconocerlo. Uno de los que estaban con él, temblando todavía, murmuró algo y constaté que ya había oído antes aquella ruda forma de hablar: era la lengua que hablaba Llew cuando llegó a nuestro mundo. Por tanto, aquellos hombres pertenecían a su clan.
¬ó¬°Tegid! Es Nettles..., el profesor Nettleton. Ya te habl√© de √©l, ¬Ņrecuerdas?
Llew se aproxim√≥ al hombrecillo. Los otros dos se encogieron a√ļn m√°s como si desearan desaparecer completamente.
¬ó¬°Mo anam, Nettles! ¬óexclam√≥ Llew¬ó ¬ŅQu√© est√°s haciendo aqu√≠? No deber√≠as haber venido.
El hombrecillo, con sonrisa insegura, apenas se atrevía a mirarlo a la cara. Después Llew, acordándose de su antigua lengua, le dijo unas palabras, y el otro respondió. Hablaron un momento. Llew miró a los otros dos, que retrocedieron ante su mirada, y empujó al hombrecillo hacia donde yo me encontraba.
—Te presento a Nettles. Es lo más parecido a un bardo que se puede encontrar en mi mundo. Es el hombre que me ayudó.
¬óLo recuerdo ¬órepuse.
Mi visión interior estudió la imagen que estaba ante mí y me di cuenta de que, pese a su fragilidad y a su fealdad, sus ojos brillaban con la inteligencia de una mente aguda y sagaz.
Mientras Llew y Nettles hablaban, concentré mi atención en los dos hombres que permanecían temblando junto a la piedra. Habían visto al hombre que había matado Twrch, cuyo cuerpo yacía a pocos pasos, y su temor había aumentado.
Uno de ellos, el m√°s alto, parec√≠a ser el jefe. Avanz√≥ titubeando hasta el cuerpo. Twrch gru√Ī√≥, y se le eriz√≥ el pelo; al instante el hombre retrocedi√≥ asustado.
El hombrecillo miró el cadáver y dijo algo a Llew, quien le respondió en su lengua. Tras hablar unos instantes, Llew se volvió hacia mí.
¬óLe he contado lo sucedido. Y le he preguntado si esos hombres llevan m√°s... eh..., armas. Pero no lo sabe.
Luego observó con ojos escrutadores a los dos sujetos.
¬óEs un verdadero desastre, hermano ¬óse lament√≥¬ó. Ya sabes todo el mal que Simon ha causado aqu√≠. Pues bien, estos hombres son a√ļn peores que √©l. Los he visto antes, pero no me han reconocido. El alto, Weston, es el jefe. Twrch ha matado a uno de sus hombres.
En su torpe lengua se dirigió a Nettles, y luego me dijo:
¬óDeben ser vigilados y obligados a volver a su mundo lo m√°s pronto posible. Nettles est√° de acuerdo; trat√≥ de detenerlos ¬óme explic√≥ Llew¬ó. Logr√≥ impedir que vinieran durante bastante tiempo. Pero hoy tuvieron suerte..., o desgracia, seg√ļn se mire.
Yo no entendía lo que me estaba diciendo Llew aunque sabía que se refería a la llegada de los extranjeros. Pero sí comprendí que estaba muy enfadado y que deseaba que se marcharan.
Después, Llew y el hombrecillo se acercaron a los otros dos sujetos. Los dos extranjeros retrocedieron ante Llew, y con sobrada razón, porque, pese a que sólo tenía una mano, habría podido matarlos de un simple golpe.
Al observarlo me di cuenta de cu√°nto hab√≠a cambiado. Sus hombros y su espalda se hab√≠an ensanchado, sus brazos hab√≠an desarrollado poderosos m√ļsculos y sus piernas se hab√≠an robustecido. As√≠ como se cern√≠a la Piedra del Gigante sobre √©l, as√≠ se alzaba √©l sobre las fr√°giles criaturas que temblaban ante su presencia.
Avanzó hacia ellos, y vi con los ojos de la mente aquellas cobardes caras contraídas por el miedo; oí que hablaban en su grosera lengua con el tal Nettles.
Llew se volvió hacia mí.
¬óNettles les est√° diciendo lo que... ¬óHizo una pausa y mir√≥ en torno con aire inquieto¬ó. ¬°Un momento! ¬ŅD√≥nde est√° Ffand?
De improviso echó a correr.
—¡Está herida! —gritó—. ¡Ese imbécil le ha pegado un tiro!
¬ó¬ŅQu√© dices?
¬ó¬°Deprisa, Tegid! ¬°Ven!
La ni√Īa yac√≠a en el suelo; parec√≠a poco m√°s que un manto arrojado sobre la yerba. Ten√≠a una mancha roja en el costado.
—Está sangrando. Es grave, Tegid. —Tanteó cuidadosamente la herida con los dedos de su mano sana—. La bala la ha atravesado de parte a parte. Es una herida limpia, pero está perdiendo mucha sangre.
Rasgué un jirón del borde de su manto y taponé la herida.
¬óLa vendaremos ¬ódije¬ó. Es lo √ļnico que podemos hacer hasta que lleguemos a Dun Cruach.
Llew apretó el improvisado apósito sobre la herida, mientras yo rasgaba otro jirón del manto y lo anudaba con fuerza a modo de vendaje.
¬óEspero que sirva hasta que lleguemos a Dun Cruach. Debes llevarla hasta los carros, Tegid. Yo me las apa√Īar√© con esos... intrusos ¬ódijo pronunciando con ira la √ļltima palabra¬ó. ¬ŅPuedes ver?
¬óBastante.
Cog√≠ en brazos a Ffand, y en ese preciso instante o√≠ que se acercaban unos caballos: eran Bran y Alun. La s√ļbita aparici√≥n de los dos Cuervos, con sus tatuajes azules, sus brazaletes, sus lanzas y escudos, alarm√≥ a√ļn m√°s a los extranjeros. Se arrimaron a la Piedra del Gigante mirando a los guerreros con ojos desencajados por el temor.
¬óHemos o√≠do un extra√Īo ruido ¬óexplic√≥ Bran mirando a los extranjeros¬ó y consideramos prudente venir a ver qu√© os hab√≠a sucedido.
Alun contempl√≥ ce√Īudo a los extranjeros.
—Dyn dythri —murmuró.
¬óNo te inquietes, Alun ¬órepuso Llew con frialdad¬ó. No se van a quedar mucho tiempo. Van a volver tan pronto como sea posible al lugar de donde han venido.
¬ó¬ŅLo vas a hacer ahora mismo? ¬ópregunt√≥ Alun mirando la Piedra del Gigante¬ó. ¬ŅAqu√≠?
¬óNo ¬ócontest√≥ Llew¬ó El portal..., las puertas se han cerrado. Hay que encontrar otro lugar por el que enviarlos de regreso a su mundo. Ll√©vatelos a los carros, Alun ¬óa√Īadi√≥ se√Īalando con un gesto a los extranjeros¬ó. Y t√ļ coge a Ffand. Prep√°rale un acomodo confortable. Tegid y yo iremos enseguida. Antes tenemos que hacer una cosa.
Le tend√≠ a Bran la ni√Īa, y el Cuervo la acomod√≥ delicadamente en la silla delante de √©l; luego volvi√≥ grupas y se alej√≥. Alun, lanza en mano, cabalg√≥ hacia los extranjeros. Un r√°pido movimiento de lanza fue suficiente para obligarlos a ponerse en marcha. Se alejaron por Sarn Cathmail; esperamos a que estuvieran fuera de la vista y entonces procedimos a enterrar al extranjero a la sombra de Carreg Cawr.
Llew removi√≥ la tierra con su espada y arranc√≥ la yerba. Luego cav√≥ con la ayuda de su cuchillo y despu√©s apartamos la tierra con las manos. Twrch nos ayud√≥. Cuando hubimos cavado la tumba, Llew fue en busca del cad√°ver. Rebusc√≥ un momento entre la yerba y no tard√≥ en encontrar lo que estaba buscando: era un extra√Īo objeto de metal, peque√Īo, cuadrado, con una especie de tubo bastante largo, de color negro azulado y brillo met√°lico.
—Es el arma..., un revólver —me explicó Llew.
Parec√≠a mentira que aquel peque√Īo objeto pudiera causar tanto da√Īo, y mucho menos producir el atronador estruendo que hab√≠amos o√≠do. Llew lo abri√≥ y extrajo unas cuantas cosillas con apariencia de simientes.
¬óSon balas ¬ódijo llev√°ndose a la boca una de ellas.
Le arrancó con los dientes la punta, la escupió y sacó del cascarillo de bronce que había quedado un polvo de color negro. Hizo lo mismo con las otras y luego arrojó el revólver a la tumba.
¬óBien ¬ódeclar√≥ con evidente satisfacci√≥n¬ó, esta pistola ha sido disparada por √ļltima vez.
Arrastramos el cuerpo del extranjero hasta la tumba y lo enterramos. El hombre tenía la garganta destrozada; la sangre había empapado su siarc. Twrch nos contempló en silencio mientras alisábamos la tierra y la yerba.
Regresamos junto a los caballos y nos apresuramos a alcanzar a nuestros compa√Īeros. Aquella noche acampamos entre el brezo junto a Sarn Cathmail. Vigilamos por turnos a los dyn dythri para que no escaparan y al d√≠a siguiente proseguimos la marcha. Poco a poco el paisaje comenz√≥ a cambiar: la tierra, muy seca, estaba agrietada y endurecida por el sol; la poca hierba que quedaba estaba raqu√≠tica y requemada. El brezo era de color marr√≥n, y el cielo, amarillento y sucio del polvo arrastrado por el viento.
Los exploradores volvieron con la noticia de que los arroyos y las fuentes estaban contaminados. Al cabo de un rato llegamos a un peque√Īo lago de aspecto siniestro. El agua estaba corrompida y en la superficie flotaba una espuma negra y p√ļtrida. Nubes de moscas revoloteaban en la orilla, donde peces muertos se pudr√≠an al sol.
Seguimos cabalgando y pasamos junto a arroyos, estanques y lagos de distintos tama√Īos; en todos ellos el agua estaba negra y las orillas cubiertas por una especie de escarcha ocre y hedionda; la vegetaci√≥n de las m√°rgenes se hab√≠a secado. Por doquier brillaban tenebrosamente al sol huesos de animales envenenados y, no muy lejos, esqueletos de p√°jaros carro√Īeros.
Viaj√°bamos por una tierra quieta y silenciosa; pero el silencio era pestilencia, y la quietud, la inmovilidad de la muerte. El aire apestaba a podredumbre y corrupci√≥n. Nos abrumaba una combinaci√≥n espantosa de calor y hedor. Nos picaban los ojos y nos ard√≠a el est√≥mago; nos tambale√°bamos mareados en nuestras sillas. Incluso los caballos parec√≠an afectados por la pestilencia del aire: sacaban espuma por la boca, se les contra√≠an los m√ļsculos y se negaban a comer.
¬óEs horrible ¬ómurmur√≥ l√ļgubremente Rhoedd¬ó. Peor que cuando me march√©. Ahora tambi√©n el aire se ha contaminado; antes no ol√≠a de esta forma.
—Es cuestión de tiempo —observó Bran—. La atmósfera se ha contaminado con la pestilencia de los cadáveres.
Rhoedd nos hab√≠a puesto en antecedentes, pero la realidad era a√ļn peor de lo que nos hab√≠a explicado. En efecto, bajo aquel cielo mortecino y amarillento, la tierra parec√≠a irremediablemente perdida. Y a medida que avanz√°bamos el hedor aumentaba. La misteriosa corrupci√≥n hab√≠a penetrado profundamente, se hab√≠a filtrado por doquier y poco a poco hab√≠a extendido su veneno por toda Albi√≥n.