26 - El agua mortal

Las avispas zumbaban en el umbrío bosquecillo, revoloteando perezosamente en el calor del mediodía. Gwion y sus dos compañeros, el inteligente Iollo del clan de los taolentanos y el tímido y risueño Daned del clan de los saranaes, estaban sentados en un tronco de abedul arañando la corteza mientras trataban de memorizar el ogham de los árboles. Con los ojos cerrados, yo dormitaba escuchando la salmodia de mis tres mabinogi.
—Beith el abedul —recitaban—, luis el serbal, nuinn el fresno, fearn el aliso, saille el sauce, huath... el roble...
—No. Un momento —dije alzando la cabeza—. ¿Huath el roble? ¿Estáis seguros?
Guardaron silencio unos instantes; luego Daned se aventuró a decir:
—¿Huath es el acebo?
—No, pero algo parecido. Piensa. ¿Qué es?
—¿El espino? —preguntó Iollo.
—Exacto. Continuad.
—Huath el espino, duir el roble —siguieron recitando.
—Desde el principio —ordené—. Empezad otra vez.
—¿Otra vez? —protestó Gwion—. Hace demasiado calor para pensar. Y además, estoy harto de árboles. Me apetece hablar de otras cosas.
En otra ocasión yo habría insistido en que acabaran la recitación, pero Gwion tenía razón: hacía demasiado calor para pensar, demasiado calor para moverse. Desde alban heruin, el día más largo, los días se habían ido haciendo más y más calurosos. El sol brillaba en un cielo blanco como metal fundido en un horno e iba marchitando todo lo verde que quedaba en la tierra. El aire estaba pesado, cargado; no soplaba la menor brisa ni se movía una hoja.
—Muy bien —asentí a regañadientes—. ¿De qué te gustaría hablar?
—De peces —contestó Gwion.
—De acuerdo, recitad el ogham de los peces —sugerí.
—Por favor, penderwydd —intervino Iollo—, ¿de veras tenemos que hacerlo?
Dudé unos instantes, y Gwion aprovechó la oportunidad al vuelo.
—Quiero saber cosas del salmón —se apresuró a decir.
—¿Qué quieres saber? —inquirí, presintiendo la treta.
—Por ejemplo —repuso con toda seriedad—, ¿por qué no hay salmones en nuestro lago?
—Pero ¡si ya sabéis la respuesta! —exclamé yo—. O deberíais saberla.
—Son peces de mar —aventuró Daned.
—Sí.
—Pero en nuestro río de Llogres había salmones —insistió Gwion— Y eso que estábamos muy lejos del mar.
—Iollo —dije yo—, ¿cuál es la principal diferencia entre el río y el mar?
—Los ríos y los arroyos tienen agua dulce, y el mar salada. ¿Por qué entonces hay salmones en los ríos? —preguntó tras reflexionar unos instantes.
—Eso te pregunto yo.
Gwion se dio cuenta de que la discusión se estaba desviando y trató de reconducirla otra vez.
—Pero ¿por qué no hay salmones en nuestro lago?
—En nuestro lago no desemboca ningún río —le explicó Iollo—. Por eso los salmones no pueden llegar hasta aquí.
—Sí hay un río —insistió Gwion—. Al otro lado de Druim Vran. Baja de la montaña y desemboca en el lago.
—¿Es cierto, penderwydd? —quiso saber Daned.
—Sí —repuse.
—Se lo enseñaré —se ofreció Gwion poniéndose en pie de un salto con demasiada prontitud, a mi juicio—. ¿Me das tu permiso, penderwydd?
Dudé unos instantes. Gwion aguardó conteniendo el aliento. Sentado en el suelo, con mi vara sobre las rodillas, rememoré de pronto otro caluroso y bochornoso día en un umbrío bosquecillo; un día en que era yo quien, sentado en un tronco y atontado por el calor, me devanaba los sesos para recordar un pequeño detalle de un hecho, mientras me moría de ganas por conseguir el permiso de Ollathir para retirarme a dormitar.
—Bueno —asentí al fin—. Vayamos a descubrir la respuesta a ese acertijo. ¡Vamos al lago! ¡Condúcenos, Gwion!
Gwion dio un salto de alegría.
—¡Enseguida, maestro!
—¡En marcha, pues!
Los tres muchachos echaron a correr y descendieron por el camino que conducía al lago. Las ramas de los abedules aún se estremecían con los gritos de los niños, cuando oí los pasos de uno de ellos que regresaba. Poco después sentí que unos delgados brazos me abrazaban por la cintura y que una sudorosa cabecita se posaba en mi estómago. Gwion no pronunció palabra, pero su abrazo era de sobra elocuente. Le acaricié los húmedos cabellos, y el niño desapareció corriendo de nuevo.
Cogí el bastón y descendí por el camino que llevaba desde el soto al lago. Me detuve unos instantes en el sendero a plena luz del sol y sentí que su calor me abrasaba la cara y los brazos como una llamarada. Aquel bochorno me arrebataba las fuerzas y la voluntad; parecía un fenómeno casi sobrenatural.
Mientras permanecía quieto, oí un grito en el lago y luego un chapoteo que me indicó que uno de mis pupilos se había arrojado al agua. Mi visión interior se despertó y vi la imagen de otro rostro joven: el de una niña, consumida por el hambre y por la fatiga, cubierta de polvo y sudor, pero con los ojos iluminados por una firme determinación. Reconocí el rostro; lo había visto ya antes...
—Penderwydd! —gritó Gwion—. ¡Ven a nadar con nosotros!
Me acerqué a la orilla del lago y me senté sobre una peña. Me quité el siarc y los buskins y me puse en pie. La sensación del agua fresca en los pies era una verdadera gloria. Gwion me vio con el agua por los tobillos y me animó a gritos a que me reuniera con él.
¿Por qué no? Me quité los breecs y avancé unos pasos. El agua estaba deliciosa. Me metí hasta el cuello y sentí la redonda suavidad de las piedras del fondo del lago.
—¡Por aquí! ¡Por aquí, maestro! —gritaban mis mabinogi.
Me sumergí y nadé hacia ellos. Nos pusimos a juguetear en el agua, y nuestras voces resonaron en el quieto y mortecino ambiente. Poco después nuestros gritos fueron coreados por otros chillidos salvajes, exuberantes y alegres: los jóvenes aprendices de guerrero corrían también a meterse en el agua. Garanaw, siguiendo mi ejemplo, había dado permiso a sus pupilos para que se bañaran.
Nos alejamos de la orilla para dejar sitio a los guerreros.
—¡Aquí está más fría! —gritó Iollo.
—¡Mira! —exclamó Gwion.
Se sumergió en el agua y luego salió a la superficie soltando un chorro de agua por la boca.
—Abajo está aún más fría —informó.
—¡Yo puedo resistir mucho más tiempo bajo el agua! —fanfarroneó Daned, y su reto fue aceptado por los demás.
Los tres comenzaron a bucear y a agarrarse a las rocas del fondo para no emerger enseguida a la superficie. Continuaron jugando un buen rato mientras yo me contentaba con flotar perezosamente, hasta que un grito de Gwion llamó mi atención.
—Penderwydd! ¡He encontrado algo! Penderwydd!
Nadé hacia su voz.
—¿Qué es, Gwion?
—¡Aquí! —dijo él.
El agua no era demasiado profunda, así que me puse en pie y el muchacho depositó un objeto en mis manos.
—Al principio creí que era una simple piedra —explicó.
Di vueltas al objeto entre mis manos para examinar su forma. Iollo y Daned se acercaron nadando.
—¡Una escudilla! —exclamó Iollo—. ¿Dónde la encontraste?
—En el fondo del lago —respondió Gwion.
—Llew encontró una vasija en el agua cuando llegamos aquí —les conté.
—¿Cómo había venido a parar hasta el lago? —quiso saber Iollo.
—Esta región estuvo habitada en otros tiempos —respondí.
Examiné la labrada superficie de la escudilla, cubierta parcialmente por algas acuáticas.
—¡Yo también quiero encontrar una! —exclamó Iollo.
Comenzaron a bucear otra vez, y pensé que iban a ahogarse tratando de encontrar más tesoros. Era improbable que encontraran nada de valor, pero de pronto...
—Penderwydd! —gritó Iollo—. ¡He encontrado otra cosa... y es de plata!
Nadó hacia mí y yo le tendí las manos.
—¿Qué es? —preguntó.
—Tú eres quien tiene vista. ¿No sabes lo que es?
Depositó en mis manos el objeto. Mis dedos lo acariciaron: era un objeto pequeño y plano de metal pulido, aunque parecía tener algunas incisiones, una especie de dibujos en la superficie.
—Parece un pez —sugirió Gwion—, pero es plano y no tiene cola ni aletas.
—Hay una inscripción —añadió Iollo—. Aquí.
Me cogió la mano y me hizo presionar el dedo sobre el dibujo.
—¿Sabes qué es? —inquirió—. ¿Has visto alguna vez algo parecido?
—Parece una hoja —comentó Gwion.
—Es una hoja —confirmé.
—¿De plata? —dijo Iollo—. Debe de tener mucho valor.
—Sí, mucho —repliqué—. Es una ofrenda al dios de este lugar. Una hoja de abedul hecha de plata para honrar al señor del bosquecillo.
El hallazgo de la hoja de plata los animó aún más, y los jóvenes guerreros no tardaron en unirse a la búsqueda. Yo los dejé y me retiré a la orilla. Salí del agua y me tendí sobre las rocas para secarme al sol.
—¡Tegid! ¡Por fin te encuentro!
—Sí, Drustwn, aquí me tienes —dije incorporándome.
—Llew me envía a buscarte —explicó el moreno Cuervo.
Noté en su voz una nota de ansiedad y pregunté:
—¿Qué ha sucedido?
—Ha llegado un jinete de Dun Cruach. Llew me ordenó que te buscara. Bran y Calbha están ya con él.
—Si me sirves de guía llegaremos antes —repuse recogiendo mis ropas.
Me vestí y cogí el bastón.
Drustwn me condujo por la orilla del lago, me ayudó a subir a un bote y de un empujón lo alejó de la orilla al tiempo que saltaba a bordo, empuñaba el remo y comenzaba a bogar hacia el crannog.
Nuestra ciudad flotante había crecido considerablemente a medida que aumentaba el número de habitantes. El crannog tenía ya el aspecto de una verdadera isla, pues entre las viviendas habían crecido arbustos e incluso árboles y los terraplenes de la muralla de madera estaban cubiertos de matorrales. Un grupo de muchachas estaban pescando en el amarradero; hasta mí llegaba el chapoteo de sus pies en el agua y el alegre trino de su cháchara.
Drustwn saltó del bote en cuanto tocó el amarradero. Sentí su mano en mi brazo y no me soltó hasta que mis pies se posaron firmemente en el tosco entarimado. Entramos por la puerta principal de la muralla y fuimos atravesando una serie de patios intercomunicados hasta llegar al palacete, construido sobre una plataforma de tierra y piedra.
Aspiré el olor a humo rancio que salía por las puertas abiertas de las habitaciones y oí un tenue murmullo de voces procedente de la más alejada de todas, en la que estaban reunidos Llew y los demás.
El jinete, fuera quien fuera, olía a caballo y a sudor. Estaba bebiendo cerveza de una jarra con la avidez de un hombre sediento. Llew me tocó el hombro con el muflón de su brazo derecho en cuanto estuve a su lado, un ademán que se había convertido en una costumbre; cuando se reunía en consejo con sus hombres me quería a su lado. Y siempre me tocaba el hombro con el muflón, como para indicar al ciego cuál era su lugar, aunque más bien me inclino a pensar que también lo hacía para infundirse confianza.
—Por fin has llegado, Tegid —me dijo—. Siento mucho haber interrumpido tu clase, pero pensé que querrías oír las noticias.
—Hola, Tegid —me saludó el mensajero.
—Hola, Rhoedd —repuse reconociendo al instante la voz—. Has cabalgado muy deprisa. Tu mensaje debe de ser muy urgente.
—Antes de hablar —le indicó Llew—, apura tu jarra.
Rhoedd apuró hasta el fondo su jarra y exhaló un profundo suspiro.
—Gracias, Llew. Nunca había tomado una cerveza mejor, y nunca tampoco había necesitado tanto un trago.
Sus palabras hicieron aparecer ante los ojos de mi mente un estanque de aguas muy quietas..., anormalmente quietas, rodeado de juncos. El estanque brillaba tenebrosamente bajo un sol calinoso; no soplaba la menor brisa ni cantaban los pájaros entre las requemadas hojas de los arbustos. Sus aguas estaban muertas, inertes y silenciosas. Concentré toda mi atención en la imagen y vi, en la ribera de aquel estanque muerto, el putrefacto esqueleto de una oveja semienterrado en el fango.
—Llenad otra vez su jarra —ordené—. Hace tres días que no bebe ni una gota.
—¿Es cierto? —preguntó Llew.
—Sí, señor; así es —asintió Rhoedd, y al momento oí el borboteo de la cerveza en la jarra—. Sólo tenía agua para dos días.
Rhoedd bebió con avidez. Todos aguardamos a que apurara hasta el fondo la dulce y dorada cerveza.
—De nuevo, muchas gracias —dijo cuando hubo acabado—. Os traigo saludos de parte de Cynan.
—¿Saludos? —repitió asombrado Bran.
—Buen hombre, ¿casi has reventado tu caballo sólo para traernos saludos de Cynan? —inquirió con brusquedad Calbha.
—Sus saludos y una advertencia —replicó Rhoedd—. Que protejáis vuestra agua.
Sorprendidos por las palabras de Rhoedd, todos se quedaron callados. Pero yo había visto la imagen del estanque mortífero.
—Veneno —dije.
—Exactamente —asintió Rhoedd—. Nuestras aguas han sido envenenadas. Están contaminadas y todos los que beben enferman. Algunos incluso han muerto.
—Agua envenenada —observó consternado Calbha—. Es una atrocidad.
—¿Dónde más ha ocurrido? —preguntó Llew.
—En todos los poblados de los galanaes —replicó Rhoedd—. No sabemos hasta qué punto se ha esparcido la contaminación de las aguas, por eso no me detuve a beber en ningún lugar hasta llegar aquí.
—Pero nuestra agua es muy buena —dijo Drustwn—. ¿No lo has visto?
—Te diré lo que he visto —replicó Rhoedd—. He visto bebés muriendo entre espasmos; he visto a sus madres gimiendo por las noches. He visto a hombres hechos y derechos perder el control de sus intestinos y desplomarse en su propia porquería; he visto niños cegados por la fiebre. Eso es lo que he visto con mis propios ojos. La infección se ha ido extendiendo... no sé hasta dónde. Por eso no me arriesgué a probar ni gota de agua durante todo el camino.
—Bueno, aquí puedes beber sin temor —aseguró Bran—. La infección no nos ha alcanzado.
—¿Qué podemos hacer? —preguntó Llew—. ¿Cómo podemos ayudar a Dun Cruach? ¿Llevándoles agua?
—El rey Cynfarch no pide ayuda —repuso Rhoedd—. Sólo pensó en alertaros del peligro.
—Es igual —dijo Llew—. Lo ayudaremos. Le llevaremos toda el agua que podamos acarrear.
—No podemos acarrear demasiada —observó Bran.
—Podremos llevarles la suficiente como para que resistan el viaje hasta aquí —contestó Llew—. Nos pondremos en marcha tan pronto como estén dispuestas las tinajas.
En contra de mi parecer se decidió acarrear agua a Dun Cruach y traer a su población hasta Dinas Dwr. La decisión no me agradó. No es que quisiera escamotearle el agua a Cynan; nada más lejos de mi intención. Ni tampoco me oponía al deseo de Llew de prestarles ayuda. Pero la simple idea de abandonar Dinas Dwr me inquietaba y me llenaba de ansiedad.
Llew quiso saber el porqué de tal sensación.
—No me parece prudente marcharnos de Dinas Dwr —fue todo lo que pude decirle.
En dos días se dispusieron los carros y se llenaron las vasijas. La noche antes de la partida, aguardé a que Llew abandonara el palacio y me dirigí a sus aposentos.
—No debemos marcharnos mañana —le dije nada más entrar—. Es peligroso abandonar Druim Vran en estos momentos.
—Bienvenido, Tegid. ¿Qué te trae por aquí?
—¿No has oído lo que te he dicho?
—Te he oído. Y te he estado aguardando todo el día.
Lo oí atravesar la habitación y dirigirse a una mesa que había al fondo. Cogió una jarra y oí que llenaba unas copas. Luego vino hacia mí y me tocó la mano con el muflón.
—Toma —dijo—. Siéntate y charlemos.
Se sentó en el suelo sobre una piel de becerro, y yo me acomodé frente a él dejando el bastón a mis pies. Llew alzó la copa y exclamó:
—Slàinte!
—Slàinte môr! —repuse alzando la mía.
Entrechocamos las copas y bebimos. La cerveza estaba caliente y rancia y me dejó un regusto amargo en la boca.
—Ahora, dime: ¿qué es lo que te inquieta? —me preguntó al cabo de un momento—. Has comenzado con tu escuela de bardos. Me dijiste que aquí estábamos a salvo, que la cañada era un lugar seguro.
—Lo es. Nada malo puede pasarnos aquí —repliqué—. Por eso no debemos marcharnos.
—No te comprendo, Tegid. Navegamos hasta Ynys Sci e incluso fuimos a la fortaleza de Meldron. Entonces no dijiste que debíamos permanecer aquí. Corrígeme si me equivoco, pero, si no recuerdo mal, incluso nos empujaste a tales empresas.
—Era diferente.
—¿Por qué? —inquirió—. ¿Por qué era diferente? Quiero saberlo.
Sentía un nudo en el estómago. ¿Cómo podía explicarle a él lo que ni tan siquiera podía explicarme a mí mismo?
—Por aquel entonces cogimos desprevenido a Meldron.
Fue todo lo que se me ocurrió.
—No es razón suficiente.
—Ahora Meldron sabe sin duda alguna que estamos escondidos en algún rincón de Caledon. Nos está buscando. Si nos marchamos, nos encontrará y todavía no somos lo bastante fuertes como para enfrentarnos con él en combate.
—Me asombras, Tegid. Sólo se trata de llevar agua a Dun Cruach, no de enfrentarnos a Meldron cara a cara. Además, es lo mínimo que podemos hacer por ellos, después de todo lo que Cynan y su padre han hecho por nosotros.
—No cuestiono la deuda que hemos contraído con Cynan y con su padre. Te honra sentir la gratitud que sientes. Pero no podemos abandonar el valle en estos momentos.
—Pero es precisamente ahora cuando necesitan el agua —insistió Llew en tono amable pero con un deje de impaciencia—. Ahora... y no el próximo lugnasadh o quién sabe cuándo.
—Si nos marchamos de Dinas Dwr, habrá problemas —declaré de forma terminante.
—Problemas —dijo con calma—. ¿Qué clase de problemas?
—No lo sé —admití—. Ocurrirá un desastre.
—Un desastre —repitió—. ¿Es que acaso has visto ese desastre?
—No —tuve que admitir—. Pero lo presiento.
—Hace demasiado calor para seguir discutiendo este asunto, Tegid —dijo, y mi visión interior se despertó al oírle.
Vi una opaca nube de polvo que se levantaba de la tierra reseca arrastrada por violentos vientos. El sol no brillaba, sino que su disco amarillo pendía muy pálido de un cielo de color marronoso. Y no vi señal alguna de vida ni en los aires ni en la tierra. Las palabras de la banfáith acudieron a mi mente:
—«El Polvo de los Antepasados se alzará hasta las nubes —salmodié en voz baja— la esencia de Albión se dispersará y desgarrará en la lucha de los vientos».
Llew permaneció callado unos instantes.
—¿Qué significan esas palabras? —preguntó al fin.
—El reinado de Meldron es sacrílego —le contesté—. Su profanación ha comenzado a corromper la tierra. Su ilegítima soberanía es la abominación que cabalga sobre la tierra envenenándola, matándola. Y aún falta por ocurrir lo peor.
Se quedó callado largo rato. Yo alcé mi copa, bebí un trago y volví a dejarla en el suelo.
—«En el Día de la Lucha, las raíces y las ramas se intercambiarán los lugares, y la novedad del fenómeno será considerada una maravilla» —recité.
—¿Y bien? Ilumina mi entendimiento —rogó en tono cansado.
—Las raíces y las ramas ya han intercambiado sus lugares, ¿no lo ves? En la persona de Meldron, el rey y la dignidad real han intercambiado sus lugares.
—Lo siento, Tegid..., es tarde. Estoy muy cansado... y no acabo de entenderlo.
—Las palabras de la profecía...
—Ya sé, ya sé, la profecía..., sí. ¿Qué significa?
—La soberanía, Llew. Meldron ha usurpado el poder que sólo poseen los bardos. Se ha proclamado rey y reclama la soberanía. Ha tergiversado el orden establecido.
—¿Y eso ha envenenado el agua? —inquirió Llew tratando de comprender—. ¿De veras la ha envenenado?
—Eso creo. ¿Cuánto tiempo piensas que ese endemoniado cínico puede reinar en estas latitudes sin envenenar la tierra? —dije—. La tierra es algo vivo. Recibe la vida del pueblo que la trabaja, del mismo modo que el pueblo recibe la vida del rey. Si la corrupción infecta al rey, el pueblo sufre las consecuencias... Sí, y finalmente también la tierra. Así es como ha ocurrido.
—Simon tiene la culpa de todo —replicó utilizando el antiguo nombre de Siawn Hy—. De todo. Fue Simon quien le dijo a Meldron que podía apoderarse por la fuerza de la dignidad real. Y por eso Albión está agonizando.
No esperó mi respuesta y continuó:
—Si yo hubiera hecho lo que vine a hacer, nada de todo esto habría ocurrido.
—De nada sirve hablar en esos términos —le recordé—. Nosotros hacemos sólo lo que sabemos hacer, hacemos lo que podemos.
—Razón de más para ayudar ahora a Cynan —insistió.
Seguía en sus trece. Le había dicho lo que debía decirle, pero no había logrado convencerlo.
—Muy bien —dije—. Nos iremos. Llevaremos el agua a Dun Cruach y arrostraremos las consecuencias.
—Como digas, hermano —asintió Llew en tono amable—. ¿Qué será de tus mabinogi?
—Goewyn cuidará de ellos.
—Entonces no hay más que hablar. Partiremos al alba.
Me marché para que descansara. Yo estaba demasiado inquieto y angustiado como para poder conciliar el sueño aquella noche; además no se movía ni una hoja y hacía un calor sofocante.