25 - Dinas dwr

En los rec√≥nditos parajes del norte de Caledon iba conform√°ndose el reino secreto. Una bellota enra√≠za profundamente en la tierra, su airoso tallo crece, se va abriendo en ramas de lustrosos reto√Īos..., se va convirtiendo en un roble. Y eso precisamente era Dinas Dwr: un roble de las monta√Īas, joven y verde pero robusto y prometedor. En los rec√≥nditos parajes de Caledon, en Dinas Dwr, nos √≠bamos convirtiendo en un pueblo.
Trabaj√°bamos con verdadero ah√≠nco: se limpiaba la tierra para convertirla en campos de labor, se criaba ganado para formar reba√Īos, se constru√≠an viviendas para albergar nuestra creciente poblaci√≥n, se cavaban minas para extraer cobre y hierro con el que alimentar las fraguas de los herreros; se ense√Īaba a los ni√Īos y se adiestraba a los guerreros; los artesanos se afanaban por adornar nuestra vida cotidiana con bellos objetos; despuntaban jefes para las tareas de gobierno.
√Ārea tras √°rea se iban acrecentando las tierras de labor; se plantaba centeno y cebada y se llenaban los silos; se constru√≠an nuevos silos que tambi√©n se llenaban. Nuestro ganado engordaba con la abundosa yerba de los prados; los reba√Īos iban creciendo. En las colinas obten√≠amos mineral de las rocas; fund√≠amos cobre, hierro y tambi√©n oro para artesanos y herreros. La ciudad acu√°tica crec√≠a a medida que nuestros obreros iban construyendo crannogs en el lago. Despuntaban jefes, l√≠deres de probada lealtad y sentido de la justicia; les d√°bamos autoridad y √©ramos recompensados con una fidelidad sin l√≠mites.
La tormenta de la guerra segu√≠a rugiendo al otro lado del escarpado risco que nos serv√≠a de protecci√≥n. Y, fluyendo en l√ļgubre riada por Druim Vran, iba llegando un inacabable torrente de exiliados. Cada campa√Īa emprendida por Meldron empujaba hacia nosotros nuevos refugiados en busca de un lugar donde guarecerse de la tempestad de sangre que asolaba el mundo. Por ellos nos √≠bamos enterando de lo que suced√≠a en Albi√≥n, y las noticias no eran ni mucho menos halag√ľe√Īas.
Yo sab√≠a muy bien que Meldron deb√≠a de haber estado registrando palmo a palmo todo el territorio para averiguar nuestro paradero. Adem√°s, a veces con la visi√≥n interior que se me iluminaba de repente, vislumbraba el col√©rico rostro del Salvaje Sabueso asomando entre sombr√≠os nubarrones de tormenta. Ve√≠a sus ojos pre√Īados de odio escrutando los horizontes lejanos, ve√≠a su mand√≠bula contra√≠da en un rictus de ira y me constaba que en alg√ļn lugar de Albi√≥n estaba sembrando en aquellos precisos instantes la muerte y la destrucci√≥n.
Alg√ļn d√≠a tendr√≠amos que enfrentarnos con √©l en el campo de batalla, pero no pod√≠a precisar si ese d√≠a estaba pr√≥ximo o lejano. Comenzaba a pensar que, mientras permaneci√©ramos en nuestra rec√≥ndita ca√Īada tras el baluarte de Druim Vran, estar√≠amos a salvo. Quiz√°s alg√ļn poder nos proteg√≠a en nuestro refugio y nos ocultaba de los escrutadores ojos de Meldron. Quiz√° la Mano Segura y Certera nos cubr√≠a con el Llengel, el manto m√°gico de Mathonwy. ¬ŅQui√©n pod√≠a saberlo? Y, aunque escrutaba sin cesar cada una de las vueltas de la rueda del a√Īo, no hallaba la respuesta.
Mientras tanto, prestaba mis servicios como Jefe de la Canci√≥n a nuestro clan, formado por innumerables tribus. Cantaba de vez en cuando, s√≥lo en los d√≠as sagrados. No era un trabajo en absoluto pesado, pero a medida que se iban sucediendo las estaciones mi intranquilidad iba en aumento. En efecto, ten√≠a la impresi√≥n de que, considerando que era el √ļltimo superviviente de mi casta, mi posici√≥n era muy precaria. Si me sobreven√≠a alg√ļn accidente o si mor√≠a en combate en caso de ser atacados, se perder√≠an las maravillosas leyendas de Albi√≥n y se desvanecer√≠a la vasta sabidur√≠a de nuestro mundo. Me ve√≠a a m√≠ mismo como una vela de junco encendida en plena corriente de aire: una r√°faga, un golpe de viento, y el genuino esp√≠ritu de nuestra raza se desvanecer√≠a y se perder√≠a para siempre.
Procuraba no pensar en lo mucho que se había perdido ya con la destrucción de la Sagrada Hermandad. Yo era un bardo, el Bardo Supremo de la Isla de la Fuerza. A mí me tocaba detener el declive que tanto temía y transformarlo en ascensión; tenía que intentarlo.
En la estaci√≥n de gyd, cuando el templado calor de la primavera acaricia la tierra, decid√≠ fundar una escuela de bardos. Medit√© largamente el plan y despu√©s lo puse en conocimiento de Llew. Lo encontr√© contemplando c√≥mo el habilidoso Garanaw ense√Īaba a un pu√Īado de j√≥venes el manejo de la lanza.
¬ó¬°Es una maravilla! ¬ócoment√≥ Llew refiri√©ndose a Garanaw¬ó. ¬°Ojal√° pudieras verlo, Tegid! ¬ŅSabes c√≥mo lo llaman los muchachos? ¬óme pregunt√≥¬ó. Garanaw Braichir, el del Brazo Largo. Su habilidad en el manejo de la lanza me recuerda a Boru.
Scatha hab√≠a comenzado hac√≠a un a√Īo a entrenar j√≥venes guerreros. Ella y Bran hab√≠an seleccionado lo m√°s granado de la juventud y ella y los Cuervos se hab√≠an hecho cargo de su instrucci√≥n.
—Necesitaremos guerreros —observó Llew.
Aunque pronunció estas palabras con aire distraído, yo vi con los ojos de mi mente la imagen de un borroso campo de batalla. Entre el humo y la oscuridad me pareció que se estaba librando una batalla que no podía ver, y no tenía manera de saber si tal imagen era la de un acontecimiento actual o por venir.
¬óS√≠, siempre necesitaremos guerreros ¬órespond√≠ alejando de mi mente la imagen¬ó. Pero tambi√©n necesitamos bardos. Quiz√°s a√ļn m√°s que guerreros.
¬óEs cierto ¬órepuso Llew, y, aun sin verlo, supe que me observaba con fijeza; sent√≠a sus ojos clavados en m√≠¬ó. Bien, hermano bardo, habla claro de una vez. ¬ŅQu√© est√°s barruntando, Tegid?
¬óScatha y Bran est√°n entrenando j√≥venes manos que empu√Īen espadas ¬óle dije¬ó. Yo debo entrenar j√≥venes lenguas que entonen nuestras canciones. Necesitamos Jefes de Batalla, es muy cierto. ¬°Pero tambi√©n necesitamos paladines cantores!
¬óCalma, hermano ¬óme apacigu√≥ Llew¬ó. Lo que quieres es una escuela de bardos, ¬Ņno? Pues s√≥lo tienes que decirlo.
¬óYa lo estoy diciendo. Y deseo comenzar ahora mismo. Ya he perdido demasiado tiempo.
¬óMe parece una buena idea. Perfecto.
Comenzamos a caminar hacia el lago. En la orilla hab√≠a aumentado el n√ļmero de caba√Īas; unos cuantos artesanos ¬óun cantero, un broncista y un carpintero¬ó hab√≠an construido sus caba√Īas entre las viviendas que nosotros hab√≠amos levantado junto al lago.
—Dinas Dwr —murmuró Llew saboreando las palabras—. Se está haciendo realidad, Tegid. Guerreros, bardos, artesanos, granjeros... —iba diciendo mientras pasábamos entre las casas—. Se está haciendo realidad. Dinas Dwr se está convirtiendo en un reino autónomo.
¬óLo √ļnico que le falta es un rey ¬óobserv√©, pero Llew no dijo nada.
Seguimos caminando y de pronto o√≠ el chapoteo de los remos de un bote que se acercaba desde el crannog hacia la orilla. Sent√≠ que la atenci√≥n de Llew se concentraba en la barquichuela. O√≠ el casco del bote rozar los guijarros de la orilla y mi visi√≥n interior se ilumin√≥ con la imagen del pasajero. Era una mujer vestida con una sencilla t√ļnica amarilla, del color de la mantequilla. La luz del sol se reflejaba en sus cabellos y los te√Ī√≠a de oro. Llevaba un collar de discos de oro en cada uno de los cuales refulg√≠a una piedra azul.
—¡Bienvenida, Goewyn! —saludé antes de que ella y Llew pudieran pronunciar palabra.
Vi que la muchacha sonreía y que sus ojos se posaban ligeramente en Llew y luego se clavaban en mí.
¬óHola, Goewyn ¬ódijo Llew, y no pude menos que notar la frialdad de su saludo.
—No creo en absoluto que te hayas quedado ciego, Tegid Tathal —comentó la joven con tono festivo—. Creo más bien que finges estarlo.
¬ó¬ŅQu√© dices? ¬óexclam√©¬ó. ¬ŅPor qu√© habr√≠a de emplear tan absurda treta?
¬óNo es en absoluto absurda ¬óinsisti√≥ ella¬ó. Si un hombre, al que todos consideraran ciego, pudiera ver de verdad, ver√≠a m√°s que ning√ļn otro... porque ver√≠a c√≥mo lo miran los hombres. Teni√©ndolo por ciego, los hombres no disimular√≠an sus acciones. Y √©l los ver√≠a tal como son de verdad. Y de este modo el ciego se convertir√≠a en el m√°s sabio de todos los hombres.
—Una observación muy sagaz —concedí—. Pero no es mi caso; puedes estar bien segura.
—No lo estoy del todo —replicó alegremente—. Hola, Llew, creí que estarías en el campo de entrenamiento con Garanaw.
—Hemos estado observándolo mientras instruía a los chicos —repuso Llew—. Pero Garanaw no necesita que nadie lo ayude... y mucho menos un guerrero manco.
Sus palabras eran cortantes y su tono desde√Īoso. Goewyn se despidi√≥ de nosotros y sigui√≥ su camino. Yo me encar√© con Llew.
¬ó¬ŅPor qu√© siempre tratas de alejarla de ti?
¬ó¬ŅQu√© dices? Yo no trato de alejarla.
¬óTe ama.
Llew se echó a reír, pero sin alegría.
—Has estado demasiado tiempo al sol. Me gusta Goewyn; es una alegría contemplarla y estar junto a ella.
¬óEntonces ¬Ņpor qu√© la esquivas?
¬ó¬ŅQu√© est√°s diciendo, bardo entrometido? ¬ódijo en tono desenfadado pero con cierta tirantez en la voz que lo traicionaba.
¬ó¬ŅEs que crees que a ella le importa que uno de tus brazos sea m√°s largo que el otro? Te ama a ti, no a tu mano derecha.
¬óEst√°s diciendo estupideces.
¬ó¬ŅO es que quiz√° te importa que fuera violada por los lobos de Meldron?
¬ó¬ŅQui√©n se ha atrevido a decir eso?
¬óElla misma me lo dijo el invierno pasado. Le cost√≥ mucho tiempo recuperarse de las heridas que le infligi√≥ Meldron. T√ļ la rescataste, viste c√≥mo estaba... Supuso que lo sab√≠as todo. Y me pregunt√≥ si por eso la esquivabas.
¬óBasta ya, Tegid. No sabes lo que dices.
¬ó¬ŅDe veras?
—Sí, de veras.
Noté el calor de su ira mientras se alejaba de mí, muy enfadado. Su negativa había sido rotunda, contundente, y probaba que todo lo que yo había dicho era cierto. Y la verdad permanecía escondida en lo más profundo de su maltrecho corazón.
Continué solo mi paseo en torno al lago. Sabía que en las boscosas laderas del risco había un soto de abedules entre los pinos que podría servir para albergar mis clases. Mientras me dirigía hacia allí golpeteando el suelo con mi bastón, iba repasando mentalmente las órdenes de la Sagrada Hermandad, comenzando por la más modesta de todas: los mabinogi.
Los j√≥venes que eligiera se convertir√≠an en cawganog y cupanog, y comenzar√≠an a aprender de memoria las Haza√Īas de los H√©roes, que constituyen la esencia del arte de los bardos. Quiz√° descubriera a alg√ļn muchacho en cuyo esp√≠ritu ardiera como un ascua el awen; ser√≠a indudablemente magn√≠fico. Quien lograra dominar las habilidades mentales llegar√≠a a ser un filidh, luego un brehon, despu√©s un gwyddon, y con el tiempo se convertir√≠a en un derwydd. Entre los derwyddi se elegir√≠an los penderwyddi, los Bardos Supremos, uno por cada uno de los tres antiguos reinos de Albi√≥n. Y alg√ļn d√≠a, entre los Bardos Supremos de Prydain, Llogres y Caledon, destacar√≠a alguien merecedor de ser un Phantarch, el Jefe de los Jefes, que, en su rec√≥ndita c√°mara, entonar√≠a la Canci√≥n de Albi√≥n que sustenta todo lo creado.
Tal pensamiento me llev√≥ a preguntarme si llegar√≠a el d√≠a en que de nuevo habr√≠a un Phantarch. ¬ŅResonar√≠a otra vez la Canci√≥n de Albi√≥n en Domhain Dorcha? ¬ŅResplandecer√≠a otra vez la vivificante Canci√≥n como una luz entre la Tenebrosa Oscuridad?
Me detuve junto al lago. El sol me calentaba la cara y el cuello; la brisa del lago me revolvía los cabellos; los trinos de los pájaros resonaban nítidamente en mis oídos. En aquel lugar protegido estábamos a salvo. No obstante, aquella paz no duraría demasiado si es que las palabras de la profecía de la banfáith se hacían realidad. Y hasta ahora la profecía se había ido cumpliendo. ¡Que así fuera!
Hacía fresco entre los tiernos y blancos abedules. Yo permanecía inmóvil, y las jóvenes ramas se movían suavemente sobre mi cabeza. Las hojas nuevas revoloteaban como plumas, y con los ojos de la mente vi la moteada luz juguetear entre los esbeltos troncos y caer sobre la verde yerba del soto. Era el lugar ideal para comenzar mi tarea, pensé. En aquel bosquecillo establecería la nueva escuela de bardos de Albión.
Me aguardaba una ardua tarea, un camino de destino incierto. Empezar√≠a al d√≠a siguiente; buscar√≠a unos cuantos j√≥venes para embarcarlos conmigo en el dif√≠cil camino a trav√©s de los ogham de los √°rboles, de los p√°jaros y de las bestias; a trav√©s de la ciencia secreta de la madera y del agua, de la tierra, del aire y de las estrellas; a trav√©s de toda clase de leyendas: las de Anruth, Nuath, Eman, Dindsenchas y Cetals; a trav√©s de las Sublimes Oraciones; a trav√©s del Bretha Nemed, las Leyes del Privilegio y la Soberan√≠a; a trav√©s de las cuatro artes de la Poes√≠a, a trav√©s de las leyes de los bardos y del Taran Tafod, el Lenguaje Secreto; a trav√©s de todos los sagrados ritos de nuestro pueblo. Quiz√°s encontrara a alg√ļn muchacho en quien brillara el Imbas Forosnai, la Luz Prof√©tica; quiz√°s encontrara a un nuevo Ollathir. Permanec√≠ un rato m√°s en el bosquecillo para llevar a cabo un rito sagrado: cort√© tres ramas tiernas de tres abedules y trenc√© con ellas un aro. Despu√©s hice rodar el aro tres veces en torno al bosquecillo siguiendo la √≥rbita del sol y luego lo coloqu√© en el centro del soto. Saqu√© la bolsa que conten√≠a el Nawglan y derram√© parte de las cenizas de las Nueve Maderas Sagradas dentro del aro de abedul dibujando las tres rayas del Gogyrven, los Tres Rayos de la Verdad. Mientras lo hac√≠a fui recitando las palabras sagradas:
En la escarpada senda de nuestra vocación,
sea fácil o difícil para nuestra carne mortal,
sea nuestro camino radiante o tenebroso,
arduo o sosegado,
concédenos, Supremo Sabedor, tu segura protección,
para que no tropecemos ni nos extraviemos.
En el abrigo de este soto,
ampáranos y guíanos;
Aird Righ, con la autoridad de las Doce Naturalezas:
el Viento de r√°fagas y galernas,
el Trueno de las tempestuosas olas,
el Rayo del resplandeciente sol,
el Jabalí de las siete batallas,
el √Āguila del escarpado risco,
el Oso del bosque,
el Salmón de las aguas,
el Lago de la ca√Īada,
la Flor de Brezo de la colina,
la Destreza del artesano,
la Palabra del poeta,
el Fuego del pensamiento del sabio.
¬ŅQui√©n sustenta el gorsedd, sino T√ļ?
¬ŅQui√©n contiene todas las eras del mundo, sino T√ļ?
¬ŅQui√©n gobierna la Rueda del Cielo, sino T√ļ?
¬ŅQui√©n alimenta la vida en el √ļtero, sino T√ļ?
Así pues, Dios de Todas las Virtudes y Poderes,
bendícenos y protégenos con tu Mano Segura y Certera,
cond√ļcenos hasta el final de nuestro viaje.
Despu√©s, me levant√© y abandon√© el soto camino del lago. Cuando sal√≠a de entre los √°rboles y me encaminaba por el sendero de la ribera, o√≠ un ligero chapoteo detr√°s de m√≠. No prest√© atenci√≥n porque pens√© que deb√≠a de haber sido un pez o una rana y segu√≠ caminando golpeteando el suelo con la vara. Pero, cuando me acercaba ya a las primeras caba√Īas del lago, o√≠ otra vez el sonido: un chapoteo justo en el borde del agua.
Me detuve. Me di la vuelta lentamente y grité:
—¡Ven aquí!
Nadie respondió, pero mi agudo oído captó el rumor de una respiración.
—Ven aquí —repetí—. Quiero hablar contigo.
Al momento oí el ruido de unos pies desnudos sobre la roca.
¬óEstoy esperando ¬ódije.
¬ó¬ŅC√≥mo supiste que estaba all√≠? ¬ófue la respuesta.
Era una voz clara y confiada, casi arrogante pero no exenta de cierto respeto; el que había hablado era indudablemente un muchacho.
¬óTe lo dir√© ¬órespond√≠¬ó, si me dices primero por qu√© me segu√≠as. ¬ŅDe acuerdo?
¬óDe acuerdo ¬óasinti√≥ mi joven sombra. El muchacho tom√≥ aliento y repuso al cabo de unos instantes¬ó. Te segu√≠a para ver si ibas a cantar. Ahora te toca responder a ti ¬óa√Īadi√≥.
—Supe que me seguías porque te oí —dije; inmediatamente me giré y reanudé la marcha golpeteando el suelo con la vara.
El muchacho no se conformó con mi respuesta. Se puso a mi lado y protestó:
—¡Pero si no hacía ruido!
—Es cierto —reconocí—. No hacías ruido. Pero yo tengo las orejas muy largas.
¬óNo tanto.
¬óTan largas como para o√≠r a un ni√Īo tan ruidoso como t√ļ.
¬ó¬°Yo no soy ruidoso! ¬óse quej√≥ mi joven acompa√Īante.
Luego, sin hacer una pausa para tomar aliento, inquirió:
¬ó¬ŅTe duelen los ojos por estar ciego?
—Al principio me dolían. Ahora ya no —contesté—. Pero no estoy tan ciego como te imaginas.
¬óEntonces ¬Ņpor qu√© golpeteas el suelo con tu vara?
Aunque la pregunta era impertinente, no la había hecho con tono irrespetuoso.
¬ó¬ŅPor qu√© haces tantas preguntas?
¬óNo soy el √ļnico que hace preguntas ¬óreplic√≥ al instante.
Me eché a reír, y pareció muy satisfecho de haberme hecho gracia. Se me adelantó unos pasos y luego se detuvo; oí el chapoteo de las piedras que estaba arrojando al lago.
¬ó¬ŅC√≥mo te llamas, muchacho?
—Gwion Bach —respondió en tono alegre—. Como la canción.
¬ó¬ŅA qu√© clan perteneces?
¬óA los oirixenos de Llogres. Pero ya no somos tan numerosos como antes ¬órepuso Gwion; su voz denotaba orgullo, pero no tristeza.
Probablemente era a√ļn muy joven como para entender lo que le hab√≠a sucedido a su clan.
¬óMe alegro de conocerte, Gwion Bach. Yo me llamo Tegid Tathal.
—Ya lo sé. Eres el Bardo Supremo. Todo el mundo te conoce.
¬ó¬ŅPor qu√© quer√≠as o√≠rme cantar?
¬óMe encanta el arpa.
¬ó¬ŅY las canciones?
¬óMi madre canta mejor.
¬óEntonces quiz√° sea mejor que vuelvas junto a ella.
¬óYa no est√° con nosotros ¬ómurmur√≥ el ni√Īo¬ó. Muri√≥ cuando los bandidos quemaron nuestra fortaleza.
—Lo siento mucho, Gwion Bach. Hablé con imprudente precipitación.
¬óNo tiene importancia ¬órepuso el muchacho.
Al oír tan sencilla respuesta, mi visión interior se despertó y vi a un muchacho de rizados cabellos negros, menudo pero ágil como el pensamiento, con enormes ojos oscuros y un rostro que denotaba una despierta inteligencia. Calculé que debía de tener ocho o nueve estaciones. Pese a ello era despabilado y seguro de sí mismo como si tuviese doce.
¬óDime, Gwion Bach ¬óle dije¬ó, ¬Ņte gustar√≠a aprender las canciones?
No contestó enseguida, sino que reflexionó unos instantes.
¬ó¬ŅTendr√≠a un arpa para m√≠ solo?
—Si aprendieras a tocarla, desde luego. Pero es muy difícil y tendrás que trabajar duro.
—Lo intentaré —dijo como si me estuviese haciendo un favor.
¬ó¬ŅQui√©n es tu padre? Le preguntar√© si me permite ense√Īarte las artes de un bardo.
¬óMi padre se llama Conn, pero tambi√©n lo mataron ¬ódeclar√≥ con s√ļbita tristeza.
¬ó¬ŅQui√©n cuida de ti ahora?
¬óCleist ¬ódijo sencillamente sin dar m√°s explicaciones¬ó. ¬ŅMe est√°s viendo ahora?
Su pregunta me cogió desprevenido.
—Sí —repuse—, en cierto modo. A veces veo cosas, no con los ojos sino con la mente.
Ladeó la cabeza.
—Si es cierto que me ves, dime qué llevo en la mano.
—Una rama de color plateado —respondí—. Una rama de abedul. Me viste cortarlas en el soto y te agenciaste una.
Entonces cerró los ojos y se puso el dedo pulgar en la frente. Poco después los abrió y me dijo:
¬óYo no puedo verte si cierro los ojos. ¬ŅMe ense√Īar√°s c√≥mo se hace?
Su carita tenía una expresión tan inocente e ilusionada que no pude menos que echarme otra vez a reír.
¬óTe ense√Īar√© cosas a√ļn mejores, Gwion ap Conn.
¬óSi Cleist lo consiente.
¬óPor supuesto; si Cleist lo consiente.
Nos dirigimos juntos hacia las caba√Īas, y Gwion me condujo hasta una casa donde viv√≠an varios oirixenos. Le pedir√≠a permiso a Cleist; discutir√≠amos adecuadamente el asunto. Pero daba igual; estaba seguro de que hab√≠a encontrado mi primer mabinog. Mejor dicho, √©l me hab√≠a encontrado a m√≠.