22 - El rescate

O√≠mos primero un griter√≠o apagado y confuso. Uno de los centinelas hab√≠a avistado en su ronda nuestros barcos y hab√≠a dado la se√Īal de alarma, que no tard√≥ en ser respondida por otro grito m√°s cercano y perceptible.
La mayor√≠a de los guerreros de Meldron deb√≠an de estar acampados fuera del palacete, porque la reacci√≥n fue inmediata. Se oy√≥ una precipitada barah√ļnda de hombres que empu√Īaban espadas, escudos y lanzas, seguida del estruendo de pisadas que se abalanzaban corriendo hacia el borde del acantilado. Poco despu√©s salieron corriendo del palacete y de las casernas m√°s guerreros que se apresuraron a reunirse con sus compa√Īeros de armas.
—Espero que no hayamos subestimado la vanidad de Meldron —susurró Llew.
—Es difícil subestimarla —repuse—. ¡Escucha!
Mientras hablaba retumbó el horrendo rugido de un carynx.
—¡Ya está! —exclamó Llew—. ¡Vamos, Meldron! ¡Que empiece el espectáculo!
Acurrucados en el campo de cebada, seguíamos aguardando. El cuerno de batalla atronó por segunda vez, y su eco resonó en las colinas detrás de nosotros y fue coreado por los relinchos de los caballos y los gritos de excitación de los guerreros. Los ojos de mi mente se despertaron, y ante mí apareció la imagen de nerviosos caballos atados a las empalizadas del patio de Scatha y de hombres que, con los mantos al viento, se precipitaban hacia sus monturas.
¬ó¬ŅLo ves? ¬ópregunt√©.
¬óNo ¬órespondi√≥ Llew ech√°ndome una r√°pida ojeada¬ó. ¬ŅY t√ļ?
Sacudí la cabeza.
¬óNo. Meldron no est√° entre esos hombres.
Los jinetes se reunieron en el patio. El carynx emitió de nuevo su terrible bramido, y oí el atronador estruendo de los caballos que partían al galope.
Eso era precisamente lo que hab√≠amos estado esperando. A una se√Īal de Bran, Niall sali√≥ de entre las espigas y salv√≥ a la carrera la distancia que mediaba entre el sembrado y el edificio m√°s cercano, que era un granero. Se detuvo unos instantes y luego desapareci√≥ por la esquina del almac√©n. Poco despu√©s volvi√≥ a aparecer y nos indic√≥ con un gesto que pod√≠amos avanzar.
En grupos de tres o cuatro cruzamos el espacio abierto entre el sembrado y el granero. El patio estaba vac√≠o; no quedaba ning√ļn caballo, ni tampoco hab√≠a guerrero alguno a la vista.
Bran hizo otra se√Īal y en un abrir y cerrar de ojos atravesamos el patio, al otro lado del cual se alzaba el palacete. Pegados al muro avanzamos hacia la puerta. Bran y Niall iban los primeros, Llew y yo los √ļltimos. Al doblar la esquina del palacete, chocamos con los guerreros que nos preced√≠an, que de pronto se hab√≠an quedado paralizados y miraban fijamente algo.
¬ó¬ŅQu√© pasa? ¬ódijo Llew abri√©ndose paso¬ó. ¬ŅPor qu√© os hab√©is detenido?
Seguí a Llew, que avanzó hasta donde estaba Bran y, como todos los demás, se quedó de pronto inmóvil. Tendí la mano y le toqué el hombro; se volvió hacia mí con el semblante demudado.
¬ó¬ŅLlew?
Mi visi√≥n interior contempl√≥ de pronto la causa de su angustia: varias hileras de lanzas estaban clavadas hasta medio astil en el suelo, y en la punta de cada una de ellas hab√≠an ensartado la cabeza de un joven guerrero. Meldron hab√≠a asesinado a los guerreros mabinogi de la escuela de Scatha y hab√≠a clavado sus cabezas ante el palacete en una espantosa pantomima de una asamblea de guerreros. Los p√°jaros carro√Īeros hab√≠an hecho su trabajo, y las cuencas vac√≠as de los j√≥venes nos miraban acusadoramente.
Llew se alej√≥ del horrible espect√°culo y se dirigi√≥ hacia la puerta. Pero Bran lo detuvo asi√©ndolo del brazo. Hizo una se√Īal a los Cuervos y entr√≥ en el palacete espada en mano.
Los Cuervos lo siguieron; tras ellos todos los dem√°s se precipitaron como una tromba dispuestos a enfrentarse con los guerreros que pudiera haber dentro.
Pero Meldron no estaba, y los dos guerreros que habían quedado de guardia fueron rápidamente silenciados con dos certeros lanzazos. Después, nos dispusimos a atender al prisionero que estaban vigilando.
Dejando a un lado la lanza, Llew se arrodilló junto al cuerpo que yacía en la ensangrentada chimenea.
¬óBoru...
Ante mi sorpresa, el hombre abrió los ojos y sus labios dibujaron una débil sonrisa.
—Llew... —murmuró con un desgarrador gemido—. Has venido...
—Todavía está vivo. Traed agua —ordené, y Niall se apresuró a obedecerme.
Me arrodillé junto a Llew y a Bran y procedí a cortar las ligaduras de cuero que sujetaban las manos y los pies del infeliz Boru. Lo habían torturado bárbaramente; le habían arrancado tiras de carne del estómago, de los muslos y de la espalda. Tenía el pelo chamuscado, porque le habían acercado la cabeza a las llamas, y un costado horriblemente quemado.
¬óBoru..., esc√ļchame si puedes ¬ódijo Llew¬ó. No disponemos de mucho tiempo porque Meldron puede regresar de un momento a otro. ¬ŅD√≥nde est√° Scatha?
El hombre se esforzaba por hablar, pero no podía pronunciar ni una sola palabra inteligible. Niall volvió con un vaso de agua.
¬óHaz salir a los hombres y esperadnos fuera ¬óle dijo Llew.
Volvió a concentrar toda su atención en Boru. Bran le alzó con sumo cuidado la cabeza mientras Llew sostenía el vaso. El desgraciado Boru bebió un sorbo y se atragantó. Cuando el espasmo hubo pasado, Bran le apoyó otra vez la cabeza en la chimenea.
¬óScatha..., ella...
Tosió otra vez y la tos acabó por convertirse en un angustiado jadeo.
¬óS√≠, Scatha ¬ósusurr√≥ Llew¬ó. ¬ŅD√≥nde est√°, Boru?
—... estaba seguro de que volverías... Ah...
Boru sonrió con un rictus de agonía. Llew se mojó los dedos y le humedeció la lengua que, muy negra, asomaba entre sus resecos labios.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Scatha? ¬ŅY sus hijas? Boru, ¬Ņsabes d√≥nde est√°n?
Boru cerró los párpados y su torturado cuerpo sufrió una convulsión; luego el paroxismo cesó y exhaló un suspiro tan profundo que pensé que había muerto. Pero Llew le cogió la cara con la mano y el muflón, se inclinó hacia él y le dijo:
¬óEres el √ļnico que puede ayudarnos ahora. Dime, Boru, ¬Ņest√° viva Scatha?
Boru alzó los párpados; los ojos le brillaban intensamente.
—Llew..., estás aquí...
¬ó¬ŅD√≥nde est√°n Scatha... y sus hijas, Boru? ¬ŅEst√°n aqu√≠? ¬ŅViven todav√≠a?
Boru se estremeció luchando por articular alguna palabra con su negra lengua.
—Las cuevas..., las cuevas del mar... —jadeó.
Creo que su voz lleg√≥ desde m√°s all√° de la muerte, porque, mientras pronunciaba esas palabras, sus ojos se cerraron y sus m√ļsculos se relajaron. Hab√≠a muerto.
¬óDescansa en paz, hermano ¬ódijo Llew con voz suave, mientras depositaba delicadamente en el suelo de la chimenea el quemado y torturado cuerpo de Boru.
¬óLas cuevas del mar ¬órepiti√≥ Bran¬ó. ¬ŅSabes d√≥nde est√°n?
—Sí. En la costa oeste de la isla hay unas cuevas. Fuimos varias veces a visitarlas a caballo.
¬ó¬ŅEst√°n muy lejos?
—No —respondió Llew—, pero necesitaremos caballos si queremos llegar antes que Meldron.
Bran procedió a hacer un rápido registro en el palacete y regresó con el rostro ceniciento.
¬ó¬ŅQu√© has encontrado? ¬óle pregunt√≥ Llew al verlo.
Por toda respuesta, el Jefe de Batalla nos indicó que lo siguiéramos. Nos condujo a la habitación de Scatha, en el otro extremo del palacete.
Govan yac√≠a sobre las pieles de oveja del lecho, con la t√ļnica subida hasta las caderas. La hab√≠an violado; y, cuando sus atacantes se cansaron de esa diversi√≥n, la degollaron. Su piel estaba blanca como las mantas sobre las que descansaba, excepto en el lugar donde la sangre se hab√≠a coagulado. Ten√≠a la cabeza ladeada y los ojos abiertos.
Llew se tambaleó y tuvo que agarrarse a mí para no caer.
—El cuerpo está frío —murmuró Bran—. La mataron mucho antes de nuestra llegada.
Llew hizo ademán de acercarse al lecho, pero yo lo agarré del brazo.
—No hay tiempo. Tenemos que salvar a los que todavía están vivos, si es que podemos.
Se desprendi√≥ con brusquedad de mi brazo y se acerc√≥ al lecho. Con manos temblorosas desencorv√≥ las piernas de Govan, primero la derecha y luego la izquierda, y la tap√≥ con la t√ļnica. Le cruz√≥ los brazos sobre el pecho, le enderez√≥ la cabeza y le cerr√≥ los ojos. Se qued√≥ unos instantes mir√°ndola; a no ser por la sangre de la herida bajo la barbilla, se hubiera dicho que la muchacha s√≥lo estaba durmiendo.
Sin pronunciar ni una palabra, Llew salió de la habitación y se encaminó hacia la puerta del palacio. Bran lo alcanzó en el umbral.
—Quizás un solo hombre tenga más probabilidades de salir airoso —observó—. Iré yo.
—No sabes dónde están las cuevas —dijo Llew—. Iremos los dos.
Luego se dirigió a Niall, que aguardaba fuera.
—Regresa con los hombres a la playa y esperad los barcos. Nos reuniremos con vosotros allí.
¬ó¬ŅC√≥mo lograr√©is reuniros con nosotros? ¬ópregunt√©.
Nuestros barcos, con las bordas erizadas de lanzas, habían entrado en la bahía para alejar del palacete a los guerreros de Meldron. Cuando el enemigo llegara a la bahía para hacer frente a la supuesta invasión, nuestros barcos debían navegar costeando como si buscaran un lugar apropiado para desembarcar guerreros. Esperábamos que Meldron los perseguiría y nosotros tendríamos tiempo de rescatar a los prisioneros. Los soldados de Cynan tenían órdenes de aguardar escondidos a que Meldron se alejara para entonces proceder a la destrucción de los barcos del príncipe. Una vez cumplidas las respectivas misiones, ambos contingentes regresarían al lugar donde habíamos desembarcado para encontrarse con los barcos que habrían completado la vuelta a la isla.
Habíamos conseguido que Meldron se alejara de la bahía, tal como habíamos planeado, pero, al parecer, se dirigía hacia el lugar donde Llew debía rescatar a Scatha y a sus hijas. No podríamos liberarlas sin ser vistos y no podíamos correr el riesgo de que nos vieran.
—No puedes cruzar la isla a plena luz del día; es muy peligroso y la distancia es muy grande.
¬óNo nos queda otro remedio ¬órepuso con brusquedad Llew mientras atravesaba el patio. Ech√≥ una ojeada a la bah√≠a y a la humareda que se levantaba de la playa donde Cynan estaba incendiando los barcos de Meldron¬ó. A menos que podamos detener a Cynan ¬óa√Īadi√≥.
Corrimos hacia los acantilados que se cernían sobre la bahía. Seis barcos se hundían en las aguas con las velas en llamas y los cascos quebrados. Cynan y sus hombres habían desaparecido; habían llevado a cabo su misión y se habían marchado.
—Demasiado tarde —dijo Llew—. Podríamos haber utilizado uno de esos barcos.
¬óId a las cuevas y quedaos all√≠. Os enviaremos un barco a la hora del crep√ļsculo ¬ósuger√≠ yo.
Bran y Llew se pusieron en marcha. Yo di las oportunas órdenes a los Cuervos.
¬óNiall, regresa con los hombres a la ensenada y aguardad los barcos. Vosotros, Garanaw, Emyr, Alun y Drustwn, venid conmigo.
Niall y los guerreros se marcharon; yo regresé con los Cuervos al palacete. Garanaw y Drustwn levantaron el cuerpo de Boru, yo extendí mi manto en el suelo y Emyr y Alun envolvieron en él el cadáver. Luego, mientras Garanaw y Drustwn sacaban del palacio el cuerpo de Boru, me dirigí con Alun y Emyr a la habitación de Scatha. Envolvimos el cuerpo de Govan en una manta y nos lo llevamos. Después, en la colina que se alzaba sobre el caer, los Cuervos cavaron con sus espadas una tumba. Enterramos los dos cuerpos juntos y los cubrimos de tierra.
Mir√© en direcci√≥n a la bah√≠a, pero desde donde est√°bamos no pod√≠amos divisarla. Tampoco se ve√≠a ni rastro de la hueste de Meldron. Me volv√≠ hacia las colinas, moteadas de gris y verde, y sobre las que se deslizaba la sombra de una nube que ocultar√≠a sin duda nuestros movimientos. Pero aquello fue lo √ļltimo que vi, porque inmediatamente la ceguera se apoder√≥ otra vez de m√≠ y las tinieblas borraron por completo la luz.
Emprendimos el regreso a trav√©s de las colinas y descendimos por el acantilado hacia la peque√Īa ensenada rocosa en la que hab√≠amos desembarcado. Nos reunimos con el resto de los guerreros y nos dispusimos a esperar en la playa. Drustwn encontr√≥ una pe√Īa seca desde la que otear el horizonte y nos sentamos los dos juntos.
—Cynan ya debería haber llegado —comentó Drustwn al cabo de un rato; se levantó y comenzó a caminar por la playa con pasos impacientes.
El viento soplaba del mar y las olas rompían en las rocas. Seguimos aguardando.
Drustwn regresó junto a mí.
—Algo ha ido mal —dijo—. Hace rato que deberían estar aquí.
Sus palabras despertaron en mi mente una imagen: un barco bordeaba lentamente la costa. En ese mismo instante se oyó en la playa un grito.
¬ó¬°Barco a la vista! ¬°Se acerca un barco!
Drustwn echó a correr, y regresó enseguida apresuradamente.
—¡Es uno de los barcos de Meldron! —anunció.
Trat√© de retener la imagen del barco, pero se desvaneci√≥ antes de que pudiera distinguir algo m√°s. En la playa los guerreros prorrumpieron en un desafiante griter√≠o y se dispusieron a la lucha mientras el velero entraba en la ensenada. Empu√Ī√© el bast√≥n, me puse en pie y le dije a Drustwn:
¬óDime todo lo que veas.
Mientras hablaba, los furiosos alaridos de la playa se convirtieron en gritos de bienvenida.
—¡Es Cynan! —gritó alguien.
—¡Sí, sí! ¡Es Cynan! —confirmó Drustwn—. Se ha apoderado de uno de los barcos de Meldron.
Se oyó otro grito en la playa en el momento en que aparecía un segundo velero.
¬ó¬°Otro barco! ¬°Se ha apoderado de dos barcos!
¬ó¬°Que los hombres suban a bordo! ¬óorden√©¬ó. ¬°R√°pido! Quiz√° podamos a√ļn salir airosos de esta empresa.
Drustwn ordenó a los hombres que subieran a bordo y, cogiéndome del brazo, me condujo hasta el barco más próximo; me ayudó a subir por la borda y dio un grito para que nos hiciéramos a la mar enseguida. Todavía estaba él saltando a bordo cuando los barcos enfilaron hacia aguas más profundas.
Cynan vino a nuestro encuentro.
¬ó¬ŅD√≥nde est√° Llew?
—Ha ido a buscar a Scatha —respondí, y le relaté lo que habíamos encontrado en el palacio. Entre los muchachos asesinados había varios que pertenecían a su clan.
—Mataré a Meldron —juró Cynan cuando hube acabado mi relato—. Le arrancaré su negro corazón con mis propias manos.
¬ó¬ŅC√≥mo te fue en la bah√≠a?
¬óNo pod√≠a haberme ido mejor ¬óreplic√≥ Cynan¬ó. Los barcos estaban todos juntos..., ocho en total; √©stos eran los mejores. Tuvimos que esperar a que nuestros veleros se marcharan de la bah√≠a y Meldron saliera en su persecuci√≥n. Reventamos los cascos e incendiamos las velas ¬óa√Īadi√≥ dando una palmada en la borda¬ó. Todos excepto estos dos. Son m√°s grandes y m√°s r√°pidos que los nuestros. No pude resistir la tentaci√≥n de apoderarme de ellos.
—Hiciste muy bien —le dije, y le conté adónde habían ido Llew y Bran.
Al oírme, Cynan ordenó al timonel que pusiera rumbo hacia la costa oeste de la isla.
—El Salvaje Sabueso ha mordido el anzuelo —afirmó—. Quizás en su prisa por alcanzar nuestros barcos no mire hacia atrás.
¬ó¬ŅY si lo hace?
—Bueno —repuso Cynan con expresión astuta—, pues entonces sólo verá dos de sus barcos que persiguen a los invasores. Cuando caiga en la cuenta de que no ordenó persecución alguna, ya estaremos fuera de su alcance.
Si el corto viaje hacia la bah√≠a del caer de Scatha nos pareci√≥ largo, la traves√≠a desde la bah√≠a hasta la costa oeste de Ynys Sci nos result√≥ interminable. Mi ansiedad iba en aumento minuto a minuto. Cuanto m√°s nos acerc√°bamos a nuestro destino, m√°s inquieto me sent√≠a. Escrut√© en lo m√°s profundo de mis pensamientos para averiguar lo que tanto me estaba perturbando, pero no pude descubrir nada y me hund√≠ en una l√ļgubre aprensi√≥n.
Un grito de Drustwn me despertó de mi ensimismamiento.
—¡Allí! ¡Ya los veo! —gritó asomado a la borda—. ¡Llew! ¡Bran! ¡Estamos aquí!
El alarido del Cuervo desvaneci√≥ las tinieblas y despert√≥ mi visi√≥n interior. Agarr√°ndose a uno de los cabos del m√°stil, Drustwn se subi√≥ a la barandilla y agit√≥ fren√©ticamente el brazo. Dirig√≠ mis ojos sin vista hacia tierra y escudri√Ī√© la costa.
Era un litoral rocoso, sembrado de pe√Īascos y de peligrosas calas. Algunas eran poco m√°s que agujeros excavados en la roca; otras conformaban unas cuevas lo suficientemente profundas como para esconder un bote. Llew, con Goewyn en brazos, avanzaba penosamente hacia nosotros. Bran y Scatha lo segu√≠an muy cerca.
Un grito de alegr√≠a surgi√≥ de la garganta de los guerreros congregados en la borda; pero la alegr√≠a muri√≥ en el aire porque sobre el acantilado que se cern√≠a sobre los fugitivos apareci√≥ una hilera de enemigos. Al momento unos cincuenta guerreros empezaron a descender por los pe√Īascos mientras los dem√°s arrojaban lanzas contra las siluetas que se internaban en la rompiente.
—¡Acércate más! —gritó Cynan.
El timonel contestó algo que no pude oír, pero Cynan no le hizo caso.
¬ó¬°Ac√©rcate m√°s! ¬órepiti√≥, golpeando la borda con los pu√Īos.
Las lanzas brillaron acantilado abajo y se precipitaron en el mar. Cynan, con medio cuerpo fuera y haciendo bocina con las manos, gritó con una voz que retumbó en el mar:
—¡Nadad! ¡Nadad hacia aquí!
Desde lo alto seguían cayendo las lanzas, que dibujaban un arco en el aire y se hundían en las aguas por doquier. Pronto el primero de los enemigos llegó a la arena y se lanzó al agua en pos de los fugitivos.
Nuestros guerreros empezaron a animar con sus gritos a Llew y a Bran. Llew, con Goewyn abrazada a él, perdió pie y ambos quedaron sumergidos en el agua unos instantes; enseguida se levantó, agarró otra vez a Goewyn y reanudó la huida.
—¡Nunca podrán conseguirlo! —exclamó Cynan con el rostro congestionado sin dejar de golpear la borda con sus manazas.
Apenas acababa de pronunciar tan agoreras palabras cuando el barco se ladeó con un ruido sordo. El casco había chocado con una roca. Los hombres se apresuraron a trepar a la baranda y a empujar con los bicheros para separar el barco de las rocas. Al observar el percance que habíamos sufrido, una feroz algarabía se levantó en el acantilado. Los enemigos más impulsivos arrojaron sus lanzas contra nosotros, pero los lanzazos quedaron cortos, aunque por muy poco.
Cynan se arrojó al agua y tras él los Cuervos y varios guerreros más. Unos corrieron al encuentro de Llew y lo ayudaron a llevar a bordo a Goewyn; los demás siguieron a Cynan para hacer frente a los enemigos. Bran, al ver a sus hombres dirigirse hacia él, echó una mirada hacia atrás y obligó a Scatha a seguir sola hacia el barco.
Llew y Niall subieron a bordo a Goewyn. Luego subió Llew. Yo acudí corriendo al encuentro de mi amigo, que se había arrodillado junto a la muchacha.
Goewyn estaba medio inconsciente. Yacía completamente empapada sobre la cubierta, luchando entre jadeos por recuperar la respiración. Tenía una parte de la cara hinchada y amoratada, la garganta llena de verdugones enrojecidos y los brazos y las palmas de las manos llenos de cortes como si se hubiese abierto camino entre tojos.
Scatha lleg√≥ junto al barco y tendi√≥ las manos hacia los hombres que la esperaban para subirla a bordo. Tambi√©n ten√≠a los brazos y las manos ara√Īados, pero no parec√≠a haber sufrido m√°s heridas. Se arrodill√≥ junto a Llew; alguien le tendi√≥ un manto con el que cubri√≥ a Goewyn.
—Márchate, yo cuidaré de ella —le dijo a Llew.
Llew se levantó y me miró. Antes de que pudiera decirme nada, se oyó el prolongado y aterrador sonido del carynx en los acantilados.
—¡Es Meldron! —gritó alguien.
El príncipe había avistado los barcos y había abandonado la persecución de los presuntos invasores. Con una rápida ojeada se hizo cargo de lo que estaba ocurriendo. El cuerno de batalla sonó otra vez, y cientos de guerreros se unieron a sus camaradas acantilado abajo.
—¡Virad el barco! —gritó Llew.
Los hombres se afanaron con los bicheros y la proa se deslizó suavemente hacia la boca de la ensenada.
Cynan y los Cuervos entablaron combate con los enemigos. Refulgieron las espadas, relampaguearon las lanzas y el crujido de las armas reson√≥ entre las rocas. Las im√°genes se suced√≠an vertiginosamente ante los ojos de mi mente: la luz del sol reverberaba en los tachones de los escudos y en las hojas de las espadas; la sangre te√Ī√≠a de rojo las verdes aguas del mar; los cuerpos flotaban a la deriva; el oleaje arrastraba miembros sin vida; la espuma de las olas lam√≠a las piernas de los combatientes...
Los enemigos aullaban de rabia en el acantilado. El aire parec√≠a estallar con los graznidos y el vuelo de las gaviotas. Niall orden√≥ a los guerreros que abandonaran el combate. Emyr hizo sonar el carynx y Cynan alz√≥ la espada y corri√≥ hacia el barco. Instantes despu√©s, los hombres que estaban a bordo inclinados sobre la baranda ayudaron a subir a sus compa√Īeros de armas.
En mi visi√≥n interior relampague√≥ la imagen de un jinete dominado por violenta c√≥lera: Meldron, furioso al ver que le robaban los barcos, ard√≠a en c√≥lera por haber sido enga√Īado y por tener que contemplar c√≥mo sus enemigos lograban escapar.
Y también vi a alguien más: a Siawn Hy, que, a caballo, contemplaba junto a Meldron cómo nuestros barcos huían fuera de su alcance. Pero, a diferencia de Meldron, no parecía dominado por la ira, sino que sonreía. Y su sonrisa era cruel, fría, brutal. Lo vi inclinarse y susurrarle algo a Meldron, quien lo miró con vivo interés.
Despu√©s el viperino Siawn murmur√≥ algo m√°s al pr√≠ncipe, y √©ste pareci√≥ animarse un tanto. Se dio la vuelta en la silla y grit√≥ una orden a sus guerreros. Cuando volvi√≥ su rostro otra vez hacia el mar, su col√©rico ce√Īo hab√≠a desaparecido y su semblante estaba tranquilo; una maliciosa luz le iluminaba los ojos.
Y de pronto, entre la banda de guerreros, surgió un jinete: un hombre vigoroso y de hombros muy anchos. En la cabeza llevaba un casco de bronce; su escudo era ovalado y la espada, sin funda, le pendía de la cadera. Incluso antes de verle la cara, supe quién era: lo hubiera conocido por la forma de montar a caballo.
¬°Era Paladyr!